Sin embargo, ambas comparten una íntima obsesión. En el delirante monólogo en el que se debate la locura de Carlota en el castillo de Bouchot, «podrás si quieres, contemplar tu rostro en mi alma de agua remansada y honda, pero eso sí: te advierto que no verás, de mi ternura, sino un espejo de agua, y si lo rompes, sólo escucharás el eco silencioso de tu voz transformada en agua encantada», uno de los pasajes cumbre en la novela de Fernando del Paso, «La Princesa Charlotte quiere escribir su vida con agua, la quiere escribir con aire, con nada. La Princesa Charlotte quiere inventar la nada, la nada más clara, la nada más pura, la más diáfana, la más transparente de todas las nadas, para beber de ella».
En tanto que Charlotte Rittenmeyer, afirma: «—Me gusta el agua —dijo ella—. Es un lugar para morir. No en el aire caliente, sobre el suelo caliente, y esperar horas para que se enfríe la sangre y uno pueda dormir, y semanas para que el pelo deje de crecer. El agua, el fresco, para enfriarlo, tan pronto que uno pueda dormir para borrar del cerebro y de los ojos y de la sangre todo lo que se ha visto y pensado y sentido y necesitado y negado».
Inusitado desvarío en el que coinciden ambas Carlotas, tan distantes la una de la otra en el espacio geográfico y temporal. Soñar con el agua, ser de agua, morir en ella...
En los días subsecuentes, mañana viernes y el sábado, me ocuparé de estas dos obras de ambos autores: Faulkner y del Paso.
Jules Etienne

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