Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

lunes, 12 de octubre de 2026

Otoño: LOS PLACERES Y LOS DÍAS, de Marcel Proust

"... siguen brillando sobre la cara sombría y desesperada del otoño. A las seis de la tarde, cuando se pasa por las Tullerías..."

 II: Versalles

Agotado el otoño, ni siquiera calentado por el sol extraño, pierde sus últimos colores, uno por uno. Se extinguió el infinito ardor de sus follajes, tan incendiados que toda la tarde y la misma mañana daban la gloriosa ilusión del sol poniente. Únicamente las dalias, los claveles de la India y los crisantemos amarillos, violetas, blancos y rosa- dos, siguen brillando sobre la cara sombría y desesperada del otoño. A las seis de la tarde, cuando se pasa por las Tullerías, uniformemente grises y desnudas bajo el cielo tan sombrío en que los árboles negros describen, rama a rama, su desespera- ción poderosa y sutil, un macizo, advertido de pronto, de esas flores de otoño luce suntuosamente en la oscuridad y produce para nuestros ojos acostumbrados a esos horizontes reducidos a cenizas, una voluptuosa violencia. Las horas de la mañana son más dulces. El sol brilla todavía a ratos y aún puedo ver, al dejar la terraza del borde del agua, a lo largo de las amplias escalinatas de piedra, que mi sombra baja uno por uno los escalones delante de mí. No quisiera describiros aquí, después de tantos otros Versalles, gran nombre oxidado y dulce, cementerio real de follajes, de anchas aguas y mármoles, lugar verdaderamente aristocrático y desmoralizador, en que no nos turba ni siquiera el remordimiento de que la vida de tantos obreros sólo haya servido para afinar y ensanchar, no tanto las alegrías de otro tiempo como la melancolía del nuestro. No quisiera hacerlo después de tantos otros y, sin embargo, cuántas veces, en la copa enrojecida de vuestros estanques de mármol rosado, he ido a beber hasta la hez y hasta delirar la embriagadora y amarga dulzura de esos días supremos de otoño. La tierra mezclada de hojas marchitas y de hojas podridas, parecía a lo lejos un mosaico amarillo y violeta, sin brillo. Al pasar cerca del caserío, al levantar el cuello de mi abrigo, contra el viento, oí el zureo de las palomas. Por doquier, como en domingo, embriagaba el olor del boj.

¿Cómo he logrado recoger aún un delgado ramillete de primavera en esos jardines saqueados por el otoño? En el agua el viento estrujaba los pétalos de una rosa que tiritaba. En ese gran deshojar del Trianón, únicamente la bóveda leve de un puenteci- llo de geranio blanco, levantaba sobre el agua helada sus flores apenas inclinadas por el viento. En verdad, desde que he respirado el viento de mar afuera y la sal por los caminos profundos de Normandía, desde que he visto brillar el mar a través de las ramas de rododendros floridos, se todo lo que puede agregar la vecindad de las aguas a las gracias vegetales. ¡Pero qué pureza más virginal en ese dulce geranio blanco, inclinado con una graciosa moderación sobre las aguas friolentas entre los muelles de hojas muertas! ¡Oh plateada vejez de los bosques aún verdes, oh ramas implorantes, estanques y surtidores que un gesto piadoso ha puesto aquí y allá, como urnas ofrecidas a la melancolía de los árboles.


Marcel Proust (Francia, 1871-1922).

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