(Fragmento del capítulo II)
Mar, dulzura del otoño, islas bañadas en luz, diáfano velo de garúa que cubre la inmortal desnudez de Grecia. Dichoso del hombre, iba yo pensando, al que antes de morirse le haya sido dado navegar por las egeas aguas.
Muchos son los goces de este mundo: mujeres, frutas, ideas. Pero hender las aguas de este mar, en el tierno otoño, murmurando el nombre de cada isla, supera a toda otra alegría y abre en el corazón del hombre un paraíso. En ninguna otra región pasa uno tan serena, tan fácilmente, de la realidad al ensueño. Todo límite se sutiliza y en los mástiles de la más vetusta embarcación brotan ramilletes y racimos. Dijérase que aquí, en Grecia, el milagro es la flor de la necesidad.
A mediodía cesó de llover, desgarró las nubes el sol, que se mostró suave, tierno, recién lavadito, al acariciar con sus rayos a las aguas y a las tierras bien amadas. Yo estaba en la proa, y dueño del horizonte hasta en su más apartada lejanía, me embriagaba con la contemplación del milagro.

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