Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

domingo, 4 de octubre de 2020

Epidemias: LA ENÉIDA, de Virgilio

"Nuestros marineros claman a porfía (…) que lleguemos a Creta, cuna de nuestros antepasados..."

(Fragmento del Tercer Libro)

En alas de la fama llegan a nuestros oídos nuevas de que el caudillo Idomeneo, arrojado del reino de sus padres, ha huido, dejando desamparadas las playas de Creta; de que sus moradas están libres de enemigos, y de que allí nos esperan habitaciones abandonadas. Salimos del puerto de Ortigia, y volando por el piélago, dejamos atrás a Naxos con sus collados cubiertos de bacantes, a la verde Donusa, a Olearo y a la blanca Paros; las Cícladas, esparcidas por el mar y una multitud de estrechos y de lenguas de tierra. Nuestros marineros claman a porfía, encareciendo unos con otros sus deseos, de que lleguemos a Creta, cuna de nuestros antepasados; y favorecidos del viento, que se levantó a popa, llegamos en fin prósperamente a las playas de los antiguos Curetes. Al punto, llevado de mi impaciencia, hago empezar a construir los muros de la anhelada ciudad, a la que pongo por nombre Pérgamo, exhortando a mi gente, entusiasmada de aquella denominación troyana, a que ame sus nuevos hogares y levante al punto una fortaleza. Ya habíamos sacado a la seca playa casi todas nuestras naves; ya nuestra juventud celebraba fiestas nupciales y atendía al cultivo de nuestros nuevos campos; yo empezaba a darles leyes y viviendas, cuando de repente sobrevino un año de horrible peste, producida por la corrupción del aire, mortífera para los hombres, los árboles y los sembrados. Los que no perdían la dulce vida, la arrastraban entre crueles enfermedades; pasaba esto en la estación en que Sirio abrasa con sus rayos los campos esterilizados; las yerbas estaban secas, y las mieses, agostadas, negaban todo sustento. Entonces mi padre me exhortó a que, cruzando el mar, fuese a consultar segunda vez el oráculo de Febo en su templo de Ortigia, y a implorar su clemencia, preguntándole qué término tiene señalado a nuestras cansadas peregrinaciones, de dónde nos manda que probemos a sacar remedio a nuestros trabajos, adónde en fin, hemos de enderezar el rumbo.


Publio Virgilio Marón: Publius Virgilius Maro (Imperio romano, 70 a. de C.-19 a. de C.)

(Traducido al español por Eugenio de Ochoa).

sábado, 3 de octubre de 2020

Epidemias: EDIPO REY, de Sófocles

"Un dios que trae el fuego abrasador de las fiebres, la execrable Peste, se ha adueñado de la ciudad..."

(Parlamento inicial)

La acción transcurre en Tebas, ante el palacio de Edipo. En el centro, un altar con varios escalones. Un grupo numeroso de tebanos, de toda edad y condición social, arrodillados, que han depositado ramas laurel y olivo adornadas con cintas blancas, se hallan en círculo, y en el centro de éste, el gran sacerdote de Zeus.

Edipo sale del palacio; se detiene un momento en el umbral, contempla a la multitud y empieza a hablar:

¡Hijos míos, nuevos vástagos del antiguo Cadmo!, ¿Qué tenéis que impetrar de mí, cuando venís a esta audiencia con ramos de suplicantes? Nuestra ciudad está saturada del humo del incienso, así como de ayes y lamentos. Por eso, hijos míos, he creído preferible informarme por mí mismo, y no por mensajeros, y con este fin he querido presentarme aquí yo mismo, Edipo, cuyo nombre es celebrado por todos los labios. «Vamos, habla tú, anciano, puesto que por tu edad eres el más indicado para explicarte por ellos. ¿Por qué esa actitud? ¿Con qué fin os habéis congregado aquí? ¿Qué teméis o qué deseáis? Heme aquí dispuesto a ayudaros en todo, ya que tendría que ser insensible al dolor si no me conmoviesen tal concurrencia y vuestra actitud suplicante.

Sacerdote: Pues bien, ¡Oh Edipo!, rey de nuestra patria, ya ves que somos suplicantes de todas las edades, agrupados en torno de las aras de tu palacio. Unos no tienen aún fuerza para volar lejos del nido; otros, sacerdotes como yo lo soy de Zeus, abrumados por los años; éstos se cuentan entre lo más florido de nuestra juventud, mientras el resto del pueblo, coronado con las ramas de los suplicantes, se apiña en el Ágora, en torno de los dos templos consagrados a Palas y junto a las cenizas proféticas del divino Ismeno. «Tebas, como tú mismo lo estás viendo, se halla profundamente consternada por la desgracia; no puede levantar la cabeza del abismo mortífero en que está sumida. Los brotes fructíferos de la tierra se secan en los campos; perecen los rebaños que pacen en los pastizales; se despuebla con la esterilidad de sus mujeres. Un dios que trae el fuego abrasador de las fiebres, la execrable Peste, se ha adueñado de la ciudad, y va dejando exhausta de hombres la mansión de Cadmo, mientras las sombras del Hades desbordan de llantos y de gemidos. Ciertamente ni estos jóvenes ni yo, apiñados en torno de tus lares, pretendemos igualarte con los dioses; pero te reconocemos como el primero de los mortales para socorrernos en la desgracia que se cierne sobre nuestras vidas y para obtener el auxilio de los dioses. Pues fuiste tú, cuando viniste a esta ciudad de Cadmo, quien nos libraste del tributo que pagábamos a la implacable Esfinge, y esto lo hiciste sin haber sido informado por nosotros ni haber recibido ninguna instrucción. Tebas piensa y proclama que sólo con la ayuda de alguna divinidad conseguiste enderezar el rumbo de nuestra vida. Hoy, pues, poderoso Edipo, a ti vuelven sus ojos todos estos suplicantes que te ruegan halles remedio a sus males, bien porque hayas oído la voz de algún dios, bien porque te hayas aconsejado de algún mortal, pues sé que los consejos de los hombres de experiencia ejercen una feliz influencia en los acontecimientos. «¡Ea, oh tú, el mejor de los mortales, salva a esta ciudad! ¡Vamos!, recuerda que si esta tierra hoy te proclama su salvador, es en atención a tu celo pasado. Que tu reino no nos deje jamás el recuerdo de haber sido puestos a flote, para después volver a caer en el abismo. Levanta, pues, esta ciudad con firme solidez. Tiempo atrás, felices auspicios te hicieron hallar para nosotros una suerte favorable; sé hoy semejante a lo que fuiste entonces. Si, en efecto, has de continuar rigiendo esta tierra, será más confortador reinar sobre hombres que regir un país sin habitantes. De nada sirven navíos y fortalezas tan pronto como los hombres han desertado de ellos.

Sófocles (Grecia, 496 a. de C.-406 a. de C.)

viernes, 2 de octubre de 2020

Epidemias: EPOPEYA DE GILGAMESH, poema babilonio

"En vez de decretar el diluvio, hubiera surgido una epidemia que azotara el país."

(Fragmento de la tablilla XI: Narración de la historia del diluvio)

Ea tomó la palabra y dijo,
dirigiéndose a Enlil:
Tú, sabio entre los dioses,
el Valeroso,
¿cómo no pediste consejo
para imponer el diluvio?
Impón al culpable una pena,
impón un castigo al criminal.
Perdona, no destruyas,
sé generoso...
En vez de decretar el diluvio,
hubieran surgido leones
que redujeran el número de gente.
En vez de decretar el diluvio,
hubieran surgido lobos
que redujeran el número de gente.
En vez de decretar el diluvio,
hubiera habido una hambruna
para debilitar al país.
En vez de decretar el diluvio,
hubiera surgido una epidemia
que azotara al país.
Yo no develé el secreto
de los grandes dioses;
yo sólo induje un sueño a Atráhasis,
y él oyó el secreto de los dioses.


Poema épico anónimo
Traducido al español directo de la lengua acadia por Jorge Silva Castllo.

jueves, 1 de octubre de 2020

Epidemias: LA ILÍADA, de Homero


Canto I: La peste y la cólera

(Fragmento inicial)

Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves -cumplíase la voluntad de Zeus- desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.

¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que pelearan? El hijo de Leto y de Zeus. Airado con el rey, suscitó en el ejército maligna peste, y los hombres perecían por el ultraje que el Atrida infiriera al sacerdote Crises. Éste, deseando redimir a su hija, se había presentado en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas de Apolo, el que hiere de lejos, que pendían de áureo cetro, en la mano; y a todos los aqueos, y particularmente a los dos Atridas, caudillos de pueblos, así les suplicaba:

- ¡Atridas y demás aqueos de hermosas grebas! Los dioses, que poseen olímpicos palacios, os permitan destruir la ciudad de Príamo y regresar felizmente a la patria! Poned en libertad a mi hija y recibid el rescate, venerando al hijo de Zeus, a Apolo, el que hiere de lejos.

Todos los aqueos aprobaron a voces que se respetara al sacerdote y se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, a quien no plugo el acuerdo, le despidió de mal modo y con altaneras voces:

- No dé yo contigo, anciano, cerca de las cóncavas naves, ya porque ahora demores tu partida, ya porque vuelvas luego, pues quizás no te valgan el cetro y las ínfulas del dios. A aquélla no la soltaré; antes le sobrevendrá la vejez en mi casa, en Argos, lejos de su patria, trabajando en el telar y aderezando mi lecho. Pero vete; no me irrites, para que puedas irte más sano y salvo.

Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. Fuese en silencio por la orilla del estruendoso mar; y, mientras se alejaba, dirigía muchos ruegos al soberano Apolo, a quien parió Leto, la de hermosa cabellera:

- ¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila, a imperas en Ténedos poderosamente! ¡Oh Esminteo! Si alguna vez adorné tu gracioso templo o quemé en tu honor pingües muslos de toros o de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen los dánaos mis lágrimas con tus flechas!

Así dijo rogando. Oyóle Febo Apolo e, irritado en su corazón, descendió de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del enojado dios, cuando comenzó a moverse. Iba parecido a la noche. Sentóse lejos de las naves, tiró una flecha y el arco de plata dio un terrible chasquido. Al principio el dios disparaba contra los mulos y los ágiles perros; mas luego dirigió sus amargas saetas a los hombres, y continuamente ardían muchas piras de cadáveres.

Durante nueve días volaron por el ejército las flechas del dios. En el décimo, Aquiles convocó al pueblo al ágora: se lo puso en el corazón Hera, la diosa de los níveos brazos, que se interesaba por los dánaos, a quienes veía morir. Acudieron éstos y, una vez reunidos, Aquiles, el de los pies ligeros, se levantó y dijo:

- ¡ Atrida! Creo que tendremos que volver atrás, yendo otra vez errantes, si escapamos de la muerte; pues, si no, la guerra y la peste unidas acabarán con los aqueos. Mas, ea, consultemos a un adivino, sacerdote o intérprete de sueños -pues también el sueño procede de Zeus-, para que nos diga por qué se irritó tanto Febo Apolo: si está quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, y si quemando en su obsequio grasa de corderos y de cabras escogidas, querrá libramos de la peste.

Cuando así hubo hablado, se sentó. Levantóse entre ellos Calcante Testórida, el mejor de los augures -conocía lo presente, lo futuro y lo pasado, y había guiado las naves aqueas hasta Ilio por medio del arte adivinatoria que le diera Febo Apolo-, y benévolo los arengó diciendo:

- ¡Oh Aquiles, caro a Zeus! Mándaseme explicar la cólera de Apolo, del dios que hiere de lejos. Pues bien, hablaré; pero antes declara y jura que estás pronto a defenderme de palabra y de obra, pues temo irritar a un varón que goza de gran poder entre los argivos todos y es obedecido por los aqueos. Un rey es más poderoso que el inferior contra quien se enoja; y, si bien en el mismo día refrena su ira, guarda luego rencor hasta que logra ejecutarlo en el pecho de aquél. Dime, pues, si me salvarás.

Y contestándole, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:

- Manifiesta, deponiendo todo temor, el vaticinio que sabes; pues ¡por Apolo, caro a Zeus; a quien tú, Calcante, invocas siempre que revelas oráculos a los dánaos!, ninguno de ellos pondrá en ti sus pesadas manos, cerca de las cóncavas naves, mientras yo viva y vea la luz acá en la tierra, aunque hablares de Agamenón, que al presente se jacta de ser en mucho el más poderoso de todos los aqueos.

Entonces cobró ánimo y dijo el eximio vate:

- No está el dios quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, sino a causa del ultraje que Agamenón ha inferido al sacerdote, a quien no devolvió la hija ni admitió el rescate. Por esto el que hiere de lejos nos causó males y todavía nos causará otros. Y no librará a los dánaos de la odiosa peste, hasta que sea restituida a su padre, sin premio ni rescate, la joven de ojos vivos, y llevemos a Crisa una sagrada hecatombe. Cuando así le hayamos aplacado, renacerá nuestra esperanza.


Homero (Grecia, siglo VIII a. de C.)

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Cervantes y Mafalda nacieron el mismo día

 
Apenas ayer se cumplía otro aniversario de la primera aparición de Mafalda en la revista Primera Plana. Y hoy falleció su creador: Joaquín Salvador Lavado Tejón, quien firmaba como Quino, apelativo afectuoso de Joaquín,

El 29 de septiembre de 1547, nació el autor del célebre Don Quijote de la Mancha. Muchos años después, siglos más bien, en la misma fecha de 1964, comenzó a publicarse en Argentina, la tira cómica de Mafalda.

No faltará quien tal vez considere irreverente referirse a una de las obras maestras de la literatura universal al mismo tiempo que a un sencillo dibujo. Sin embargo, me parece que ambos son el reflejo de su respectiva época y con espléndido sentido del humor retratan la realidad desde una perspectiva irónica. De manera, pues, que me he tomado la libertad de reunir algunas frases que volvieron célebres a Don Quijote y a Quino -ambos comparten la inusual letra Q como inicial de su nombre-, en las que se pueden encontrar algunos puntos de contacto.

Por ejemplo, Don Quijote decía que "La virtud es más perseguida por los malos que amada de los buenos", de manera que "la senda de la virtud es muy estrecha y el camino del vicio, ancho y espacioso".

En tanto que Mafalda exclama, con su típico desenfado (leyendo un libro): "Debes seguir siempre la senda del bien. Lógico... ¡Con el embotellamiento que debe haber en la autopista del mal!".

"Cada uno es como Dios lo hizo, y aun peor muchas veces", decía Don Quijote mientras que a Mafalda le preocupaba una posibilidad: "¿Y no será que en este mundo hay cada vez más gente y menos personas?".

Para Don Quijote, "los deseos se alimentan de esperanzas". Por su parte, Mafalda se pregunta: "¿Y si en vez de planear tanto voláramos más alto?".

Aseguraba Don Quijote que: "El sueño es alivio de las miserias para los que sufren despiertos." Y en boca de Felipe, el ingenuo amigo de Mafalda: "He decidido enfrentar a la realidad, así que en cuanto se ponga linda me avisan".

Estas son algunas reflexiones, media docena para ser exacto, que aparecen en El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha:

"Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de las dádivas, sino con el de la misericordia."

"Los males que no tienen fuerza para acabar con la vida, no han de tenerla para acabar con la paciencia."

"Por la calle del ya voy se va a la casa del nunca."

"Amor y deseo son dos cosas diferentes; no todo lo que se ama se desea, no todo lo que se desea se ama."

"Cada uno es artífice de su ventura."

"La alabanza propia envilece."

Y ahora, otras tantas de Mafalda:

"¿No sería más progresista preguntar dónde vamos a seguir, en ves de dónde vamos a parar?"

"Como siempre: lo Urgente no deja tiempo para lo Importante."

Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!"

"No es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Lo que pasaba era que los que estaban peor todavía no se habían dado cuenta."

"La vida es linda, lo malo es que muchos confunden lindo con fácil."

Para concluir con una frase ya clásica:

Paren el mundo que me quiero bajar!"


Jules Etienne

viernes, 14 de agosto de 2020

Epidemias: LA CUARENTENA, de Jean-Marie Gustave Le Clézio


(Fragmento del diario del botánico, 28 de mayo)

Dos hombres habían sido desembarcados antes que nosotros y llevados directa- mente al edificio de la enfermería, situado cerca del dique, frente al islote Gabriel. Se trataba de un pasajero, monsieur Tournois, y de un miembro de la tripulación llamado Nicolas, ambos embarcados ilegalmente en Zanzíbar, y tan gravemente enfermos que las autoridades sanitarias de Port-Louis habían negado la libre plática al capitán Boileau. Jacques, que examinó de cerca al marinero Nicolas, me confesó que presentaba todos los síntomas de las viruelas confluentes.

Julius Véran es el prototipo del mal compañero de viaje, aquel que uno preferiría evitar. A bordo del Ava me cruzaba con él cada día en la cubierta, desde que zarpamos de Marsella. Es un hombre guapetón de unos cincuenta años, de espeso bigote y cabello negro y corto, con aspecto de suboficial de la guardia o de tratante de caballos. Su mala reputación se propagó por el barco y lo volvió caricaturesco. Jugador, mujeriego, fanfarrón y estafador, al parecer se había metido en una serie de sucios negocios, por lo que tenía mucha prisa por salir de Francia. Dice ser negociante de vinos, de viaje a Port Louis para montar un negocio de importación de vinos franceses. A Jacques, desde el primer momento, le dieron mala espina sus aires de grandeza, su exagerada obsequiosidad para con las señoras, su manera de besar la mano de Suzanne. Le puso el apodo de monsieur Véran el Verme: el gusano. El que se juntara con Bartoli -el hombre del que sospechábamos que era el espía de Correos que había informado de nuestra escala en Zanzíbar a las autoridades británicas- no contribuyó a que nos cayera simpático.

Ayer por la noche, cuando Jacques trataba de tranquilizar a Suzanne, oí a Véran el Verme reír con sarcasmo. Cuando le miré, se encogió de hombros y fue a echarse en el fondo de la barraca. A la luz de la lámpara punkah, su rostro blancuzco cruzado por el bigote parecía impasible, pero sus ojos vivaces brillaban con expresión malévola. Permanecí largo rato despierto, para vigilarlo. Había en el suelo una vibración incesante que no lograba reconocer, ora lenta y grave, ora aguda, que me perforaba el oído.

- ¿Escuchas? -pregunté a Jacques. Enderezó la cabeza, tratando de verme en la penumbra-. ¿Escuchas ese ruido? Hace una especie de chi, chi, o más bien, de chun, chun…

Se encogió de hombros. Llegó el sueño como un flujo irresistible que borra todas las miradas y acalla todos los ruidos.


J. M. G. Le Clézio: Jean-Marie Gustave Le Clézio (Francia, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2008.

(Traducido al español por Thomas Kauf).
La novela completa puede leerse en Los libros de Mario.

miércoles, 12 de agosto de 2020

Epidemias: EL MAR DE LAS SIRTES, de Julien Gracq

"... una señal negra izada a lo alto de aquella asta gigantesca en vísperas de una epidemia o un diluvio."

(Fragmento del capítulo Un crucero)

Frente a nosotros, en el horizonte, ascendía una humareda, perfectamente visible en el cielo, que se iba oscureciendo ya por el este. Una humareda singular e inmóvil, que parecía pegada al cielo de Oriente, semejante en su base a un hilo atirantado, delgado y muy recto, que se hacía más espeso según iba cobrando altura y se quebraba de pronto en una especie de corola plana y fuliginosa, suavemente palpitante en el aire y con los bordes insensiblemente doblados por el viento. Aquella humareda fija y tenaz no sugería ningún barco; a veces se parecía al hilillo extenuado que sube muy alto en una noche tranquila por encima de una hoguera expirante, y sin embargo infundía el presentimiento de ser particularmente vivaz; de su forma se desprendía no sé qué impresión maléfica, como la de la umbela abierta sobre el cono invertido que se deshilacha, propia de ciertas setas venenosas. Y, como éstas, parecía haber crecido, haberse posesionado del horizonte con rapidez singular; de pronto había estado allí; su propia inmovilidad, engañosa en la palidez del atardecer, debió de haberla sustraído a la mirada. Súbitamente, fijándome con atención en el punto del horizonte en que hundía sus raíces, me pareció distinguir por encima de la cenefa de bruma que volvía a formarse de nuevo como una doble e imperceptible pestaña de sombra, y la reconocí por el vuelco repentino que medio el corazón.

- ¡Es el Tängri!... ¡Allí! -le grité casi a Fabrizio con una emoción tan brusca que se me clavaron los dedos en su hombro. Echó un vistazo febril al mapa y observó a su vez el horizonte con una expresión de curiosidad incrédula.

- ¡Sí! -exclamó tras un momento de silencio con voz que salía lentamente de su asombro, como si no osara rendirse a la evidencia-. Es el Tängri. Pero¿qué humareda es ésa?

Había en su voz la misma inquietud que sentía hacer vibrar sordamente en mí una nota de alarma. Sí, por lo que podía tener de natural y vulgarmente explicable, resulta desorientador ver salir en aquel momento del volcán, apagado hacía tanto tiempo, aquella humareda inesperada. Su penacho, que ondulaba ahora en la brisa más fresca, se diluía en ella y parecía ensombrecer, más aún que la noche, el cielo de tormenta y ejercer un maleficio sobre aquel mar desconocido; más que una nueva erupción, después de las muchas que la habían precedido, recordaba las lluvias de sangre, los sudores de las imágenes o una señal negra izada a lo alto de aquella asta gigantesca en vísperas de una epidemia o un diluvio.


Julien Gracq: Louis Poirier (Francia, 1910-2007).

(Traducido al español por José Escué).

martes, 11 de agosto de 2020

Epidemias: ESTRELLA DE PLATA, de Arthur Conan Doyle

"Verá usted, señor, nada importante; pero tres de ellas han empezado a cojear."

(Fragmento)

Mientras subíamos al carruaje, uno de los mozos de cuadra nos mantuvo la puerta abierta. Una idea repentina pareció ocurrírsele a Holmes, pues se inclinó hacia delante y le tocó la manga al muchacho.

-Veo que tiene algunas ovejas en el prado -le dijo-. ¿Quién se ocupa de ellas?

- Yo señor.

- ¿Ha notado que les pase algo últimamente?

- Verá usted, señor, nada importante; pero tres de ellas han empezado a cojear.

Pude darme cuenta de que la respuesta complació sumamente a Holmes pues soltó una risita y se frotó las manos.

- ¡Buen disparo, Watson, muy bueno! -me dijo, pellizcándome el brazo-. Gregory, permítame que llame su atención sobre esta rara epidemia entre las ovejas. ¡Siga, cochero!

El semblante del coronel Ross seguía mostrando la pobre impresión que se había formado acerca de la habilidad de mi compañero, pero pude observar en el rostro del inspector que se había despertado vivamente su interés.

- ¿Lo considera importante? -preguntó.

-Extremadamente.

Arthur Conan Doyle (Inglaterra, 1859-1930).

domingo, 26 de julio de 2020

Epidemias: AUTOBIOGRAFÍA (La vida de Rubén Darío escrita por él mismo), de Rubén Darío


(Párrafos iniciales del capítulo XVII)

Al llegar a este punto de mis recuerdos, advierto que bien puedo equivocarme, de cuando en cuando, en asuntos de fecha, y anteponer o posponer la prosecución de sucesos. No importa. Quizás ponga algo que aconteció después en momentos que no le corresponde y viceversa. Es fácil, puesto que no cuento con más guía que el esfuerzo de mi memoria. Así, por ejemplo, pienso en algo importante que olvidé cuando he tratado de mi primera permanencia en San Salvador.

Un día, en momentos en que estaba pasando horas tristes, sin apoyo de ninguna clase, viviendo a veces en casa de amigos y sufriendo lo indecible, me sentí mal en la calle. En la ciudad había una epidemia terrible de viruela. Yo creí que lo que me pasaba sería un malestar causado por el desvelo, pero resultó que desgraciadamente era el temido morbo. Me condujeron a un hospital con el comienzo de la fiebre. Pero en el hospital protestaron, puesto que no era aquello un lazareto; y entonces, unos amigos, entre los cuales recuerdo el nombre de Alejandro Salinas, que fue el más eficaz, me llevaron a una población cercana, de clima más benigno, que se llamaba Santa Tecla. Allí se me aisló en una habitación especial y fui atendido, verdadera- mente, como si hubiese sido un miembro de su familia, por unas señoritas de apellido Cáceres Buitrago. Me cuidaron, como he dicho, con cariño y solicitud, y sin temor al contagio de la peste espantosa. Yo perdí el conocimiento, viví algún tiempo en el delirio de la fiebre, sufrí todo lo cruento de los dolores y de las molestias de la enfermedad; pero fui tan bien servido, que no quedaron en mí, una vez que se había triunfado del mal, las feas cicatrices que señalan el paso de la viruela.


Rubén Darío (Nicaragua, 1867-1916).

sábado, 25 de julio de 2020

Epidemias: SALMO, de Georg Trakl

"Un barco blanco remonta el canal cargado con epidemias sangrientas."

a Karl Kraus

Hay una luz que el viento ha extinguido.
Hay una taberna que en la tarde un ebrio abandona.
Hay una viña quemada y negra.
con agujeros llenos de arañas.
Hay un cuarto que han blanqueado con leche.
El demente ha muerto.
Hay una isla de los mares del sur
para recibir al dios del sol. Tocan los tambores.
Los hombres ejecutan danzas de guerra.
Las mujeres contonean las caderas
entre enredaderas y flores de fuego,
cuando el mar canta. Oh nuestro paraíso perdido.

Las ninfas han abandonado los bosques de oro.
Sepultan al extranjero.
Comienza entonces una lluvia ígnea.
El hijo de Pan surge
bajo la apariencia de un peón caminero,
que duerme al mediodía sobre la tierra ardiente.
Hay niñas en un patio con vestiditos
de una pobreza desgarradora.
Hay salas colmadas de acordes y sonatas.
Hay sombras que se abrazan ante un espejo ciego.
En las ventanas del hospital
se calientan los convalecientes.
Un barco blanco remonta el canal
cargado con epidemias sangrientas.

La hermana extranjera surge de nuevo
en los malos sueños de alguien.


Georg Trakl (Austria, 1887-1914).

(Traducido al español por Helmut Pfeiffer). 

viernes, 24 de julio de 2020

Epidemias: JUEGOS DE MASACRE (Pim, Pam, Pum, el juego de la peste), de Eugène Ionesco


(Fragmento de la escena en la prisión)

Carcelero: Los guardianes de la puerta han muerto.

Segundo prisionero: ¿Cómo? ¿De qué han muerto? ¿Por qué no llaman a otros guardias?

Carcelero: ¡Claro! Los hemos sustituido por guardianes invisibles.

Primer prisionero: ¿Se está usted burlando?

Carcelero: No tengo la costumbre. La enfermedad hace estragos por la ciudad. Hasta las mismas murallas, hasta las mismas puertas, y eso que las cuidan hombres que pueden morir en cualquier momento. Y aunque así sucediera, las puertas de la ciudad no se abrirán porque afuera hay soldados vigilando que nadie pueda salir.

Primer prisionero: La ciudad con sus límites es suficiente para mí.

Segundo prisionero: Y para mí.

Carcelero: Los guardianes del exterior no padecen la enfermedad, o al menos no la tienen todavía. Por eso no permiten que nadie salga, no quieren que la enfermedad se propague más allá de la ciudad, ¿entienden? Adentro casi todos están contami- nados. Y los que aún no lo están es probable que pronto lo estarán.

Segundo prisionero: ¿Cuál es la enfermedad?

Carcelero: Se trata de una enfermedad que mata y es todo lo que sabemos. Es una epidemia con la que no tenemos esperanza. Hay cuerpos tirados en las calles, en las alcantarillas, en departamentos cerrados, iglesias, templos, ya no es posible recoger tantos cadáveres. Hasta los enterradores se han estado muriendo y eso que hicieron el juramento de que no se enfermarían. Por eso todos creían que eran inmunes, pero ni siquiera un juramento es sagrado. Gatos, perros, caballos, ratas, abandonados a un lado de los restos humanos. Desde el lunes, treinta mil nuevos cadáveres, hombres, mujeres, animales, todos yacen juntos. Es el doble que la semana pasada y el triple que la semana anterior.


Eugène Ionesco (Rumano nacionalizado francés, 1909-1994). 

jueves, 23 de julio de 2020

Epidemias: RUMBO AL MAR BLANCO, de Malcolm Lowry

"... le preguntó la hora pero Christopher no la sabía. Miraron a su alrededor los relojes parados."

(Fragmento del capítulo 1)

De pie junto al poste que señalaba el lugar del último ahorcamiento en el montículo, con el pelo clarísimo al aire, tenían los ojos brillantes por el sol y el viento aunque la desesperación les pisara los talones, y como dos náufragos en una balsa se los protegían contra alguna esperanza que se esfumaba ante un mundo plano, mientras a su alrededor rompía el oleaje y los rociaba no de mar, sino de polvo y paja. Para Sigbjørn, el más joven, el sollozo del viento en torno a la prisión sonaba igual que el viento en las jarcias de un barco; le parecía escuchar en el aire los hilos telegráficos repitiendo el lamento fúnebre de la antena de radio en la Bahía de Bengala,* y el golpeteo de algún postigo flojo bien habría podido ser el crujido de las tracas de un barco que se bamboleara en una fuerte marejada; pero, si bien volvía a sentir esa particular angustia del mar, él, que había sido marinero, detectaba también dentro de sí, por primera vez en varias semanas ahora que Tor había vuelto de una breve estancia en Londres, el cisma que los separaba y, con cierto narcisismo, el ir y venir de la marea de los muy diversos sentimientos del otro.

* Lowry afirmaba que su abuelo materno, capitán de la marina noruega, había muerto heroicamente en la Bahía de Bengala cuando pidió a una cañonera inglesa que hundiera su propio barco porque entre la tripulación se había propagado el cólera.

(Fragmento del capítulo 14)

Christopher señaló una fotografía en la pared:

- Esos son mis tres hermanos, todos ellos están muertos.

Habló como si por primera vez estuviera consciente que se trataba de cualquier cosa menos un capricho del destino.

- Aquel de allá, el primero, lo mató un tranvía… lo dejó sangrando. Y este segundo, el de aquí, se enterró un clavo en el pie. Y a este joven le pusieron una trampa en un bar, y murió dos días después. A nadie le daban oportunidad en aquella época. Luego está mi pobre hermana, se la llevó la epidemia de influenza en el ’18.

Regresaron a la habitación del frente, donde Sigbjørn le preguntó la hora, pero Christopher no la sabía. Miraron a su alrededor los relojes parados.


Malcolm Lowry (Inglaterra, 1909-1957). 

miércoles, 22 de julio de 2020

Epidemias: SINUHÉ, EL EGIPCIO, de Mika Waltari


(Fragmento del libro decimocuarto: La guerra santa)

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El tercer año se declaró la peste en Siria, porque la peste sigue siempre los rastros de la guerra y nace en cuanto un número suficiente de cadáveres se pudre en un mismo lugar. En realidad toda Siria no era ya más que una fosa pestilente, y tribus enteras fueron exterminadas, de manera que sus lenguas cayeron para siempre en el olvido. La peste alcanzó a aquellos a quienes la guerra había perdonado y en los dos ejércitos mató tantos hombres que las operaciones fueron interrumpidas y las tropas huyeron a las montañas y los desiertos al abrigo de la peste. Y no hacía diferencia alguna entre ricos y pobres, nobles y villanos, azotaba equitativamente a todo el mundo y los remedios ordinarios eran insuficientes y los apestados se tapaban la cabeza con sus mantas y se acostaban en el suelo y morían en tres días. Pero los que curaron conservaban cicatrices espantosas en las axilas y articulaciones, que eran las heridas por donde el pus había corrido durante su convalecencia.

La peste era tan caprichosa en la elección de sus víctimas como en su curación, porque no siempre eran las personas más robustas o más sanas las que se curaban, sino muchas veces las más débiles y enfermizas, como si la enfermedad no hubiese encontrado en ellas suficientes fuerzas para poder matarlas. Por esto al cuidar a los apestados, los sangraba lo más posible para debilitarlos y les prohibía todo alimento durante la enfermedad. Así pude curar a un gran número de enfermos, pero muchos murieron también a pesar de mis cuidados, de manera que ignoro si mi tratamiento es bueno. Yo tenía, sin embargo, que curar a los enfermos para mantener la confianza en mí, porque un enfermo que pierde la esperanza de la curación o la que ha depositado en su médico, muere más seguramente que el que confía en él. Mi manera de tratar la peste valía, con toda seguridad, más que cualquier otra, pero no costaba nada.

Los navíos llevaron la peste a Egipto, pero no mató allí a tanta gente como en Siria, porque era más débil, y el número de curaciones fue superior al de defunciones. Con la crecida, la peste desapareció de Egipto aquel mismo año, y el invierno la suprimió en Siria, de manera que Horemheb pudo reunir a sus tropas y reanudar las hostilidades. En primavera, llegó a través de las montañas a la llanura vecina de Megiddo y batió a los hititas en una gran batalla, después de la cual pidieron la paz porque, viendo los triunfos de Horemheb, el rey Burraburiash había recobrado la confianza, recordando su alianza con Egipto. Se mostró arrogante con los hititas, e invadiendo el antiguo país de Mitanni, arrojó a los hititas de sus pastos de Naharani. Viendo que no podían conseguir ya nada de una Siria devastada, los hititas ofrecieron la paz, porque eran soldados prudentes y hombres económicos, y no querían arriesgar por una simple cuestión de honor los carros de guerra que necesitaban para dar una merecida corrección a los babilonios.

Horemheb fue muy feliz al firmar la paz, porque sus tropas se habían agotado y la guerra había arruinado a Egipto, y quería emprender la reconstrucción de Siria a fin de reanimar el comercio en provecho de Egipto. Pero exigió corno condición la entrega de Megiddo, de la que Aziru había hecho su capital y estaba dotada de murallas infranqueables y de torres. Por esto los hititas aprisionaron a Aziru y su familia en Megiddo y se apoderaron de los enormes tesoros que había acumulados y entregaron a Horemheb a Aziru, su mujer y sus dos hijos, cargados de cadenas. Habiendo dado así un rehén a los egipcios, que comenzaron a saquear Megiddo y a empujar hacia el Norte, fuera de los terrenos que debían abandonar, todos los rebaños y ganados del país de Amurrú. Horemheb no se lo impidió, sino que hizo sonar las trompetas para anunciar el fin de la guerra y ofreció banquetes a los jefes hititas y a los príncipes, bebiendo todas las noches con ellos y jactándose de sus hazañas. Y al día siguiente haría ejecutar a Aziru y su familia delante de las tropas reunidas y los jefes hititas, para señalar la paz eterna que reinaría en adelante entre Egipto y el país de Khatti.

Por esto rehusé tomar parte en el festín y por la noche fui a la tienda donde Aziru estaba cargado de cadenas, y los centinelas me dejaron pasar porque sabían que era el médico de Horemheb y que alguna vez incluso le hacía frente. Quería ver a Aziru, porque sabía que no tenía ya un solo amigo en toda Siria, porque no era más que un vencido, condenado a morir. Sabía que amaba la vida y yo quería asegurarle que, después de todo lo que había visto, la vida no valía la pena de ser vivida. Y como médico quería decirle que la muerte era fácil y más dulce que el dolor, la pena y el sufrimiento de la vida. La vida es como una llama ardiente que quema, pero la muerte es el agua sombría del olvido. Quería decirle todo esto porque tenía que morir al día siguiente al alba, y aquella noche no podía dormir porque amaba la vida. Pero si se negaba a escucharme, me sentaría a su lado en silencio, para que no estuviese solo. En efecto, un hombre puede vivir sin un amigo, pero es difícil morir sin él, sobre todo si durante la vida se ha sido jefe y testa coronada.


Mika Waltari (Finlandia, 1908-1979). 

martes, 21 de julio de 2020

Epidemias: LA EPIDEMIA, de Alberto Moravia

"Algunos hablaban de violetas, otros de rosas, había quienes decían que flor de azahar, bergamotas o incienso."

(Fragmento inicial)

Las crónicas cuentan que en cierta época, en ese país, comenzó a propagarse una enfermedad singular o por lo menos afección -porque muchos niegan que se tratara propiamente de una verdadera enfermedad-. Se trataba, en pocas palabras, de lo siguiente. Una bella mañana, al despertar, la gente se dio cuenta de que todos apestaban. Pero no de los pies, o las axilas, o de cualquier otro lugar del cuerpo donde esto ocurre con frecuencia; no: en un punto bien determinado entre el cuello y el cráneo. Este hedor también tenía un carácter muy claro; era un olor a carne podrida o en vías de putrefacción. La intensidad de la exhalación variaba desde un ligero olor hasta el hedor más intolerable, pero su carácter no cambiaba. Siempre se trataba, inequívocamente, de un olor a carne pestilente. Esta enfermedad ya era de por sí extraña, pero su evolución lo fue aún más. A pesar del hedor, que a veces se percibía a gran distancia, el paciente -perdón por el juego de palabras- no mostraba ningún síntoma de estar enfermo. Sin fiebre ni dolores de cabeza, tampoco mareos, es decir, aparte del hedor, ninguna molestia. Y de nuevo (esto es lo más singular que tenía la enfermedad), gradualmente, como por una lenta e insensible perversión de las papilas olfativas, la pestilencia, para el enfermo, disminuía constantemente en su intensidad y molestias. No sólo la propia, sino también la de otras personas con la misma enfermedad. Hasta el momento en el que se convirtió para ellos en un perfume: ¡ni más ni menos! Las crónicas y documentos científicos de la época coinciden en que el olor primitivo apestaba a carne podrida; pero en cuanto al tipo de perfume que los enfermos creían oler más tarde, las opiniones diferían mucho. Algunos hablaban de violetas, otros de rosas, había quienes decían que flor de azahar, bergamotas o incienso. No hay duda, sin embargo, de que siempre se trataba de un perfume. Pero para las personas sanas, esa transformación de la pestilencia en perfume no se llevaba a cabo; para ellos, el hedor seguía apestando, y eso era todo, lo que dio origen a materia para la discusión e incidentes de los que nos ocuparemos más tarde. Después de esa curiosa transformación del sentido olfativo -o del olor, si así se le considera-, no sucedió nada notable. El paciente continuó exhalando su hedor (o perfume, según se prefiera) mientras seguía viviendo como si nada hubiese pasado, hasta morir por razones ajenas a la enfermedad mencionada. Notamos que los efectos de esta epidemia entre quienes la padecieron fueron modestos, si no es que nulos. Esto explica por qué entonces, como ahora, no daba la impresión de ser una enfermedad, sino sólo una alteración tan inofensiva como misteriosa.


Alberto Moravia: Alberto Pincherle  (Italia, 1907-1990).

lunes, 20 de julio de 2020

Epidemias: PERDIDO EN EL TIEMPO, de Daphne du Maurier

"Entiérrame al borde el acantilado, Robbie, en donde mis huesos puedan oler el mar."

(Fragmentos del capítulo XXIV)

Robbie volvió con una jarra de agua. Poniendo su brazo detrás de la cabeza de su hermano, le ayudó a beber. Pero después de dos sorbos, Roger tosió y se dejó caer de nuevo sobre el lecho, abriendo la boca en busca de aire.

- No hay remedio -dijo-. La hinchazón ha ganado la garganta e impide pasar el líquido. Humedece los labios solamente, ya es suficiente alivio.

- ¿Cuánto tiempo has permanecido aquí?

- No puedo decirlo. Cuatro o cinco días, quizá. Poco después de tu partida, supe que había contraído la peste. Entonces traje mi lecho aquí a fin de que pudieras reposar tranquilamente arriba cuando regresaras. ¿Cómo está sir William?

- Se ha recobrado, gracias a Dios, lo mismo que la pequeña Katherine. Elizabeth ha escapado al contagio, todavía, lo mismo que la servidumbre. Más de sesenta han muerto esta semana en Tywardreath. La abadía está cerrada, como sabes, el prior y los hermanos han partido para Minster.

- No es ninguna pérdida. Podemos arreglárnoslas sin ellos. ¿Has visitado la capilla?

- Sí, y he recitado la oración de costumbre.

Robbie humedeció de nuevo los labios de su hermano. De una manera ruda y tierna a la vez, trató de aliviar la hinchazón detrás de las orejas.

- Ya te lo he dicho, no hay remedio. Es el fin. No hay ningún sacerdote que pueda asistirme espiritualmente, ni una tumba en el cementerio con los otros. Entiérrame al borde del acantilado, Robbie, en donde mis huesos puedan oler el mar.

()

Me levanté del sitio junto a la ventana y fui al estante de libros. Tomé uno de los volúmenes de la Enciclopedia Británica.

- ¿Qué busca usted?

Volví las páginas hasta encontrar lo que quería.

- La fecha de la Peste Negra -dije-. Fue en 1348. Trece años después de la muerte de Isolda.

Volví a colocar el libro en el estante.

- La peste bubónica -comentó el doctor-. Es endémica en el Lejano Oriente. Hay algunos casos en Vietnam. Es una enfermedad horrible que causa una muerte muy dolorosa.

- Lo sé. Acabo de ver justamente a Roger Kylmerth morir de ella en la antigua lavandería convertida en laboratorio por Magnus.

Volví al asiento junto a la ventana y tomé el bastón de Magnus.

- Usted debe haberse preguntado como me las arreglé para hacer mi último «viaje». Esta es la explicación.

Desenrosqué el pomo del bastón y le mostré el pequeño recipiente interior. Lo tomó en sus manos y lo invirtió. Estaba completamente vacío.

- Lo siento -dije-, pero cuando le vi a usted sentado abajo de Gratten, sabía que tenía que hacerlo. Era mi última oportunidad. Y estoy contento de haberlo hecho, pues ahora todo ha terminado definitivamente. No habrá más tentaciones. No más deseos de escaparme hacia otro mundo. Le he dicho a usted que Roger estaba libre. Pues bien, yo también lo estoy ahora.

No me contestó. Continuaba mirando el interior del bastón.


Daphne du Maurier (Inglaterra, 1907-1989).

(Traducido al español por Jaime Pérez).
La novela íntegra puede leerse en Momento digital.