Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

sábado, 30 de octubre de 2010

Decir Adiós es morir un poco (página 199)


 
Y ahora que te queda claro que a nadie le interesa "el colchoncito" porque ya no es nota, ¿seguirás investigando por tu cuenta? Con el único fin de cerrar el círculo, de llegar al fondo para conocer la verdad, igual que el detective de la novela: ¿quién dio la orden de que asesinaran a Dolores? ¿Hasta cuándo se les va a permitir a los poderosos pasear alegremente su cinismo por esa ancha avenida de la impunidad? Y tú, ¿qué puedes hacer para evitarlo? Disculpe las molestias que le ocasione esta corrupción, pero estamos construyendo otra nueva. Más sofisticada. Más redituable. Ya lo verá. Usted también va a querer formar parte de ella. Para una gran ciudad, grandes traiciones.
 
 
Jules Etienne

martes, 26 de octubre de 2010

Páginas ajenas: POEMA DONDE AMOR DICE..., de Alí Chumacero

Eres el tallo que los ojos hiere
murmurando una luz anochecida;
eres aliento encadenado al fuego,
paloma navegando en la mirada
con inocencia de disuelto aroma.

Eres perfume espeso, flor vencida,
caricia de un aroma enamorado;
eres espacio donde se origina
un oscuro gemido prisionero,
como latido de ala en el rocío.

Eres lenta penumbra que los labios
cruza en silencio; apenas leve huella
de un sabor a la sombra derramado;
espuma prisionera en su cristal,
hecha sonido, luz, aroma y pluma.

Eres tal un murmullo transparente
en temblorosa vibración vertido;
eres flor de aire que navega incierta
como sonoro viaje hacia el oído
o aleteo herido de azucena.

Eres aroma preso entre mis manos
hasta decir caricia fugitiva;
una huida paloma sobre el cuerpo,
al contacto del mío temblorosa,
bajo el cálido vuelo de mi tacto.

Mas cruzas como un sueño desnudado,
fugaz como el correr del agua pura;
sueño que se desborda de su forma,
última espuma que en tu piel murmura
la postrera fatiga del deseo.

Sólo un aroma erige la blancura
o aurora de tu voz acariciada,
así de alba es la antigua ola
que urdida en sal y caracol asciende
y después en afán queda anegada.

Así también mis labios en silencio
reciben el murmullo de tu piel,
al oír a las alas de tus poros
convertirse en alientos y gemidos
y en un suave sudor de flor tranquila.

Entonces ya no labios, sino oídos
ardientes para asirte y contemplarte,
como a estatua bañada por la música
de una tristeza o ángel deslizado
que mordiera tu imagen silenciosa.

Porque el tacto ilumina tu desnudo
que a su trémulo encuentro se ha mudado
en sal, paloma, vuelo, rosa y llama,
y oye cómo por tu piel florece
y madura la sombra de la muerte.

 
Alí Chumacero (México, 1928-2010)

lunes, 25 de octubre de 2010

Alí Chumacero: la muerte de un poeta


El sábado me encontraba junto con mi entrañable amigo Raúl Herrera, dispuestos a abordar el ferry que nos llevaría a la Isla Gabriola, para cumplir el trayecto que hiciera Malcolm Lowry en 1946, y que culminaría con su novela Ferry de Octubre a Gabriola, la cual ya he consignado previamente. El plan original era escribir hoy algo sobre esa experiencia cuando, al leer las noticias me enteré de la muerte, precisamente ese día, de Alí Chumacero. No creo que este sea el espacio adecuado para una nota necrófila como las que se redactan en las agencias noticiosas y se publican en los medios, escritas de manera impersonal y siempre impregnadas con esa desagradable sensación de que el tiempo apremia.

Únicamente consignaré que Chumacero fue un poeta longevo (nació en Nayarit, en 1918), cuya obra -su brevedad no va en menoscabo alguno de sus méritos y cualidades-, comprende tres poemarios: Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1947) y Palabras en reposo ((1956). Sus discursos fueron recopilados y publicados con motivo de sus noventa años, por Jorge Asbun Bojalil, en Alas de centella.

Recuerdo cuando el año pasado me encontraba trabajando en una antología de poemas sobre los espejos, y me encontré uno suyo con el título Espejo de zozobra, al que pertenece el siguiente párrafo, tan oportuno en esta ocasión:

"... y en vano quiero ya cerrar los ojos,
dejar los brazos a su propio peso
o que el agua del silencio lave mi cuerpo,
pues ya mi sueño frente a mí me nombra,
ya destroza el espejo en que se guarda
y reclina su voz sobre la mía:
ya estoy frente a la muerte."

Advertía que no pienso dedicar este breve texto a los consabidos apuntes biográficos, pero sí resulta oportuno recordar que fue él, cuando trabajaba en el Fondo de Cultura Económica, el corrector y editor de Pedro Páramo, de Juan Rulfo.

Lo que se pueda decir de Chumacero ya lo ha escrito -mejor de lo que podríamos hacerlo otros-, José Emilio Pacheco en una remembranza crítica a la que llamó Jardín de Ceniza, como el título de uno de sus poemas que también me he permitido reproducir.

Terminaré citando un párrafo de René Avilés Favila, mi antiguo maestro en la Facultad de Ciencias Políticas hace ya más de treinta años: "Alí fue un roble poderoso, cuyas hojas se esparcieron por todo el país. Deja hueco en las letras, en la historia cultural de México. Imposible de llenarlo. Un poeta espléndido que supo combinar dos artes: las letras y la amistad en una larga y memorable vida."

(Es posible leer el texto de José Emilio Pacheco sobre Alí Chumacero en:

viernes, 22 de octubre de 2010

Decir Adiós es morir un poco (páginas 136 y 137)


Extraña lógica la que rige los principios del PPD. Si uno de sus dirigentes comete fraude, si Rosa Ríos incluye a su modista particular, al plomero que le destapa la ceñería en la nómina bajo el rubro de asesores, si los medios exhiben videos en los que aparecen en flagrancia miembros prominentes del partido cometiendo actos de corrupción, si quienes están a cargo de las finanzas son apostadores empedernidos, lo grave no es la falta en sí misma ni la obligación de proceder para castigar a los culpables, sino descubrir quién filtró la información a los medios y con qué propósito. Confiriendo al hecho de que alguien se oculte detrás de la maniobra, la categoría de eximente de responsabilidad.

Como si de repente se supiera que a "garganta profunda" le antipatizaba Nixon y tenían alguna rencilla personal, o incluso que alguien le hubiese pagado para que confesara lo relativo al caso a los periodistas del Washington Post. Su motivación, por indigna que fuese, ¿borraría la inmoralidad que implicaba Watergate?

De camino a la cita haces una escala obligatoria en El Moro para comer unos churros. Los prefieres con canela. Con una parsimonia digna de un ritual, los vas remojando en el chocolate de manera que al morderlos se deshacen en tu boca. Es seguro que a Diana le han de encantar, porque ella disfruta tanto los postres. Le dedicas la faena del sexto churro de la tarde mientras imaginas qué estará haciendo en el mar. Alguien habrá atracado en el muelle de su cuerpo. Al terminar ya casi es la hora. Tendrás que apresurarte para coincidir con Jorge Orión en la esquina de la Torre Latinoamericana. Caminar por la antigua San Juan de Letrán no es fácil. Los lateranenses configuran una fauna muy peculiar. Las banquetas cumplen diversas funciones de compraventa, desde los merolicos ponderando sus mercancías hasta el que despacha tacos de canasta que se comen allí mismo, pasando sobre los objetos de contrabando extendidos en el suelo. Porque solamente así, unos arriba de otros, cabemos todos. La fila se desplaza inexorable, impidiendo cualquier intento por cambiar el ritmo del paso. Como la vida misma.


La ilustración es una fotografía del interior de Churros El Moro.
Fue tomada del blog chutemoc.blogspot.com

miércoles, 20 de octubre de 2010

Para documentar el morbo: LAS RELACIONES ENDOGÁMICAS DE VARGAS LLOSA


Casi todos los que conocen la obra de Mario Vargas Llosa tienen una referencia, aunque sea lejana, de Julia Urquidi. Quienes leímos La Tía Julia y el escribidor, podemos decir que la conocimos, a partir de esa primera impresión que narra Varguitas, protagonista de la novela y alter ego del autor: "la recién llegada, en bata, sin zapatos y con ruleros, vaciaba una maleta".
 
La dedicatoria de la novela no deja margen a la duda: "A Julia Urquidi Illanes, a quien tanto debemos yo y esta novela". La tía se lo agredeció afirmando que le gustaban algunos pasajes pero se sentía un tanto amargada de que hubiese puesto su vida al descubierto. O por decirlo parafraseando a mi querida amiga Narda Solís: "su vida privada se volvió del dominio público".
 
Fue hasta que adaptaron la obra de Vargas Llosa al formato de telenovela, que ella se disgustó, porque sentía que la presentaban como una seductora de menores y nada más ajeno a la realidad -aseguraba-, lo que la motivó a escribir su propia respuesta: Lo que Varguitas no dijo, publicada en 1983.
 
Cuando se conocieron en Bolivia, Julia tenía 19 años y Vargas Llosa nueve: "Mario era un niño debilucho, engreído y antipático; toda la familia vivía alrededor de él y tenía conciencia de su privilegiada situación y sabía como aprovecharla. Parace que desde niño supo sacar ventaja de quienes lo querían." La hermana de ella, Ofelia Urquidi, estaba casada con Luis Llosa, a su vez hermano de la madre de Vargas Llosa. A eso se debe que se hayan conocido a tan temprana edad.
 
Diez años después, recién divorciada Julia, tuvo lugar el reencuentro con su respectiva relación pasional que aparece en las páginas de la novela:
 
"Se apartó y me miró con un brillo pendenciero en los ojos.
- No te olvides que he venido a Lima a buscarme marido -bromeó a medias-. Y creo que esta vez he encontrado lo que me conviene. Buen mozo, culto, con buena situación y con canas en las sienes.
- ¿Estás segura de que esa maravilla se va a casar contigo? -le dije, sintiendo otra vez furia y celos.
Cogiéndose las caderas, en una pose provocativa, me repuso:
- Yo puedo hacer que se case conmigo.
Pero al ver mi cara se rió, me volvió a echar los brazos al cuello, y así estábamos, besándonos con amor-pasión cuando oímos la voz de Javier:
- Los van a meter presos por escandalosos y pornográficos."
 
Es entonces que se tienen que fugar para casarse en Chincha, una población a doscientos kilómetros de Lima, ya que la familia no veía adecuada la relación entre ambos. Después de permanecer un tiempo en Perú se trasladan a Europa, primero a Barcelona y de allí a París. Para esa época, ante lo irremediable, ya la familia se ha resignado y acepta su matrimonio. Ofelia, la hermana de Julia, les pide que reciban a sus hijas, Patricia y Wanda. La primera de ellas estudia en la Sorbona y su amistad con Mario se transforma pronto en complicidad: pasan el tiempo juntos, van al cine, murmuran entre ellos, y Julia se empieza a sentir relegada y a sospechar que hay algo más. La situación no podía desembocar en otra cosa que no fuera una crisis del matrimonio, con intentos de suicidio incluidos. Cuando Wanda, la hermana mayor, muere en un accidente de aviación, Patricia se ve muy afectada y decide regresar a Lima.
 
Julia advierte a su marido y sobrino a la vez, distante, melancólico, pero él siempre evade la situación. Su carrera como escritor -aquella con la que soñaba Varguitas en el párrafo inicial de la novela: "En ese tiempo remoto, yo era muy joven y vivía con mis abuelos en una quinta de paredes blancas de la calle Ocharán, en Miraflores. Estudiaba en San Marcos. Derecho, creo, resignado a ganarme más tarde la vida con una profesión liberal, aunque en el fondo me hubiera gustado más llegar a ser un escritor."-, se consolida y La Ciudad y los Perros obtiene el premio Biblioteca Breve de Seix Barral. Le solicita a Julia permiso para visitar Lima con el fin de recabar datos para su nuevo proyecto, La Casa Verde, ella se lo permite y Vargas Llosa ya nunca vuelve a su lado.
 
El reencuentro con Patricia era predecible y con cobardía epistolar le anuncia el rompimiento definitivo a Julia, quien lo describe con sus propias palabras: "Tenía fe en él y una gran confianza. No me equivoqué en lo literario. Como hombre me defraudó. Cuando ya su nombre empezó a ser conocido y tenía una vida nueva me excluyó. Lo anterior ya no servía. Ahora tenía que ascender con nuevas emociones y relaciones. Los sacrificios de quien tanto le había dado ¿qué importancia tenían? Eso ya no valía nada. Ya logró lo que quería. Borrón y cuenta nueva. Sólo importaba él."
 
Julia retornó a Bolivia y Vargas Llosa siguió adelante con el plan de casarse con su prima Patricia. Faltaba cubrir un requisito indispensable para la boda: el acta de ella en Cochabamba, Bolivia. Entonces le escriben a la tía Julia para que les haga el favor de obtenerla y enviárselas. Después, no sólo se casarían, sino que hasta tuvieron tres hijos: Álvaro, Gonzalo y Morgana.
 
Julia Urquidi falleció el pasado 10 de marzo, en Bolivia, a la edad de 84 años. De manera que su relación con Mario Vargas Llosa atravesó por estas fases: tía, esposa, ex esposa y, más tarde, tía abuela de sus hijos. Ya no alcanzaría a enterarse de que él recibió el Nobel. A saber cuál habría sido su reacción. Patricia fue su prima hermana y es, hasta la fecha, su esposa. El caso de Ofelia Urquidi resulta un tanto más curioso, puesto que fue tía de Vargas Llosa, más tarde se convirtió en su cuñada, luego en su suegra y, por último, en abuela de sus hijos. Una muestra de como la realidad puede fácilmente superar a la ficción, con todo y premio Nobel.

 
La ilustración es una fotografía de Mario Vargas Llosa con Julia Urquidi.

lunes, 18 de octubre de 2010

Otoño: LA ILÍADA, de Homero


(Fragmento del Canto V: Principalía de Diomedes)

Entonces Palas Atenea infundió a Diomedes Tidida valor y audacia, para que brillara entre todos los argivos y alcanzase inmensa gloria, e hizo salir de su casco y de su escudo una incesante llama parecida al astro que en otoño luce y centellea después de bañarse en el Océano. Tal resplandor despedían la cabeza y los hombros del héroe cuando Atenea le llevó al centro de la batalla, allí donde era mayor el número de los guerreros que se agitaban tumultuosos. 
Homero (Grecia, siglo VIII a. de C.).

La ilustración corresponde a la estatua de Palas Atenea y Diomedes en Schlossbrücke de Berlín, Alemania.

lunes, 11 de octubre de 2010

Decir Adiós es morir un poco (página 180)


Esto es algo que no te gustaría que cambiara de México. Su verbosidad, no para evadir la verdad en sí misma, sino para retardar el momento de afrontarla. Sólo se sugiere a través de alusiones veladas y figuras retóricas, porque plantearla con la crudeza directa de los europeos o los norteamericanos puede herir fácilmente la sensibilidad a flor de piel del mexicano: A mí nadie me habla en ese tono. Y entonces ponemos en marcha todo un ceremonial de fórmulas de cortesía -con todo respeto, si usted me lo permite, sin ofender al presente-, que precede algo tan sencillo como una negativa. Decir no, no sé, no puedo o, aun peor, no quiero, es una grosería imperdonable. Por eso tanta floritura verbal. Los mexicanos somos maestros en el arte del perifraseo.

jueves, 7 de octubre de 2010

García Márquez y Vargas Llosa


Ahora los dos son premio Nobel de literatura. Antes fueron amigos muy cercanos. Se conocieron en Venezuela en 1967, con motivo de que Vargas Llosa recibía el premio de novela Rómulo Gallegos. El afecto llegó al grado de que García Márquez fue padrino del segundo hijo del peruano. Hasta 1976.

Sucedió en la ciudad de México. Con motivo de la exhibición privada de la película Supervivientes de los Andes -sobre el célebre caso de canibalismo entre los pasajeros de un avión que se estrelló en dicha cordillera-, cuando García Márquez extendió los brazos para saludar a su amigo con un abrazo, fue recibido con un contundente derechazo (imposible que Vargas Llosa lo intentara con la izquierda), que lo derribó al suelo. Y si bien durante todos estos años ninguno de los dos ha querido entrar en detalles del motivo, los presentes aseguran que Vargas Llosa exclamó: ¿Cómo te atreves a querer abrazarme después de lo que le hiciste a Patricia en Barcelona?. Patricia es el nombre de su esposa. Fuera de eso, nunca se ha sabido con certeza lo que provocó una reacción tan airada que puso fin a la amistad entre ambos. Mercedes, la mujer de García Márquez, dejo entrever alguna vez al tocarse el tema, "es que Mario es un celoso estúpido."

Se especula que Vargas Llosa, que empezaba a compartir el éxito del entonces denominado boom de la literatura hispanoamericana, se había entusiasmado con una modelo estadounidense, al grado de que había dejado a su familia en Barcelona. García Márquez, quien también radicó en una época en esa ciudad, habría tratado de consolar a Patricia, su comadre, aconsejándole que pidiera el divorcio por abandono de hogar. La versión, sin embargo, nunca se ha confirmado ya que Vargas Llosa ha respondido, cuando se le inquiere sobre el asunto, que será trabajo de los biógrafos averiguarlo: "que ellos descubran, que digan qué pasó."

Pero tampoco los biógrafos han podido establecerlo. Recientemente, a finales de 2008, la editorial Espasa-Calpe publicó la obra De Gabo a Mario, escrita por Ana Gallego y Ángel Esteban, ambos filólogos y expertos en literatura hispanoamericana: "Nos interesaba bucear en esa amistad legendaria, que no surge con facilidad en el mundo de las letras, y en el hecho de sólo durase una serie de años para cortarse bruscamente."

Con motivo de la noticia del premio para Vargas Llosa, apareció en twitter un texto a nombre de Gabo que decía "cuentas iguales", pero Jaime Abello, director de la Fundación Nuevo Periodismo Latinoamericano, se apresuró a desmentirlo, ya que asegura que García Márquez -como cualquier escritor inteligente que se respete-: "No tiene cuenta en twitter. Esos mensajes son apócrifos."

Habrá que esperar un poco para ver si, en efecto, el colombiano felicita a su viejo amigo con este nuevo motivo.

(La ilustración corresponde a la fotografía que Rodrigo Moya le tomó a
García Márquez el 14 de febrero de 1976, dos días después del incidente
con Vargas Llosa, y que el New York Times reproduce en su sitio:

miércoles, 6 de octubre de 2010

Páginas ajenas: DESDE LA MONTAÑA, de Tomas Tranströmer



Estoy en la montaña y veo la ensenada.

Sobre el área estival, reposan los veleros.

"Somos sonámbulos. Lunas vagabundas."

Eso dicen las velas blancas.


"Nos deslizaremos por una casa dormida.

Abriremos las puertas lentamente

Nos asomamos a la libertad."

Eso dicen las velas blancas.


Un día vi navegar los deseos del mundo.

Todos el mismo rumbo: una misma flota.

"Ahora estamos dispersos. Séquito de nadie."

Eso dicen las velas blancas.




(Traducido del sueco por Roberto Mascaró).

lunes, 4 de octubre de 2010

Temporada del Premio Nobel


Todos los años, a principios del mes de octubre, se inicia lo que podríamos denominar la temporada Nobel, cuando comienzan a adjudicarse los premios establecidos por Alfred Nobel en su testamento -el de economía no es tal y lo otorga el Banco Central de Suecia en su memoria-, hasta llegar a los dos más publicitados: el de literatura y el de la paz, este último el único que se concede fuera de Suecia, ya que lo decide el parlamento noruego.

El premio Nobel de literatura es una de las cinco categorías originales establecidas por su creador que, según sus propias palabras, debe otorgarse "a quien haya producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal". A la fecha se ha concedido en 102 ocasiones, deberían ser siete más, ya que la premiación dio principio en 1901, pero fue suspendido dos años, en 1914 y 1918, debido a la primera guerra mundial y entre 1940 y 1943, por la segunda guerra, además de que en 1935 fue declarado desierto.

Con frecuencia se señala que se trata de un premio que ha soslayado los méritos literarios de autores que debieron obtenerlo, como serían los casos de Tolstoi, Joyce, Proust y Kafka, y entre los de habla hispana, Jorge Luis Borges o Julio Cortázar. Otros criterios añaden en esa lista de omisiones los nombres de Huxley, Ibsen, Conrad y Zola. Todos ellos leídos hasta nuestros días en traducciones a una gran diversidad de idiomas.

Lo que le da un cierto carácter de injusticia, es que entre los ganadores figuren escritores de quienes ya ni siquiera se recuerda su obra y es difícil encontrarlos en alguna biblioteca: Bjorstene Bjornson, José de Echegaray, Giosué Carducci y Rudolph Eucken, fueron todos premiados antes de que Tolstoi falleciera, y la lista se amplia con los nombres de Paul von Heyse, Verner von Heidenstam, Karl Adolph Gjellerup, Henrik Pontoppidan y Carl Spitteler, en una época en la que Marcel Proust y Franz Kafka vivían.

Para resumirlo en pocas palabras, es muy difícil mantener el respeto por una lista que incluye a un político como Winston Churchill, por sus discursos y sus memorias, e ignora a los ya mencionados. Sin embargo, año con año, el ritual se repite y se mantiene la curiosidad por conocer el nombre del nuevo consagrado, con frecuencia casi desconocido para los lectores en idiomas ajenos al de su obra.

Destaca el hecho de que en los últimos seis años hayan sido tres las mujeres premiadas, dos de ellas escritoras en lengua alemana: Elfriede Jelinek y Herta Müller -aunque originaria de Rumania-, y la británica Doris Lessing quien, por cierto, nació en Irán cuando todavía se llamaba Persia, en 1919, ya que su padre era un oficial del ejército inglés acantonado en esa zona.

Concluyo con el párrafo final de Tomás Eloy Martínez, fallecido a principios de este año, en su artículo Los misterios del Nobel, refiriéndose al premio para Le Clézio: "Es inevitable que la Academia Sueca se equivoque, pero esta vez se equivocó menos que en los veinte años pasados. El itinerario disparejo que dibujan los nombres de los ganadores es no sólo una definición del Nobel, sino también -quien sabe- del misterioso destino de la literatura."

viernes, 1 de octubre de 2010

Decir Adiós es morir un poco (página 140)


Vivimos en la corte del rey morbo. Somos sus pajes, bufones, juglares y uno que otro marqués, rindiéndole pleitesía. Claudicó la discreción. El pasamontañas del subcomandante Marcos es innecesario, todos sabemos quién es. "El Mochaorejas" aparece en pantalla sin ningún pudor. "El Divino" reparte autógrafos en lugares públicos. Cualquier hijo de vecino expone sus miserias en un talk show. Un grupo de enajenados se encierra para someter su intimidad al omnipresente dios-cámara bautizado, a despecho de Orwell, el Big Brother. Cualquier cosa es preferible al anonimato. Si Jesucristo regresara a tratar de redimirnos, le daríamos un programa de televisión.

lunes, 27 de septiembre de 2010

¿Coincidencia o plagio?


Hace unos días Antonio, un lector de este blog, inquirió sobre la similitud entre el título de un poema de Luis Cernuda que incluí la semana pasada y una canción de Joaquín Sabina que figura en su álbum 19 días y 500 noches. El primero es Donde habite el olvido y la otra Donde habita el olvido, la diferencia por la conjugación es mínima. La letra de la canción, sin embargo, no hace referencia alguna al poema. La pregunta sería: ¿hasta qué grado es legítimo utilizar una expresión tan similar -sin que sea la misma- y en qué momento se convierte en un plagio? Para todos aquellos que escribimos resulta un riesgo inevitable concebir una frase que consideramos ingeniosa y después resulta que ya alguien se nos había adelantado. Cuando ese alguien es famoso, más temprano que tarde acabaremos por enterarnos, pero cuando no lo es tanto uno quedará expuesto, sin misericordia, a ser acusado de robarse las ideas ajenas.

Son de sobra conocidos algunos casos como el de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, quien fuera acusado por el escritor griego Kostas Sokrátus, de haberse basado en su novela Los excomulgados, a lo que aquél respondió: "Cada vez que un libro tiene éxito, siempre aparece alguien que dice que él tuvo la idea primero". Otro antecedente célebre fue El perfume, de Patrick Suskind, que obtuvo un sorpresivo éxito internacional y de la que se decía que, cuando el autor trabajaba como lector en una editorial suiza tuvo oportunidad de leer Lo fétido y lo fragante, de Alain Corbin, obra de la que, por cierto, aconsejó que no fuese publicada. También sobre Dan Brown y El código da Vinci, pesa una demanda legal por parte de los autores de La sagrada sangre y el cáliz sagrado, publicada en 1983. En España se conoce el reclamo de Alexis de Vilar, quien asegura que Woody Allen se habría robado varios aspectos de su novela Goodbye Barcelona para escribir el guión de la película Vicky, Cristina, Barcelona.

Todavía más famosa es la acusación en contra de Camilo José Cela, premio Nobel de literatura en 1989, por parte de María del Carmen Formoso, autora de la novela Carmen, Carmela, Carmiña (Fluorescencia), quien asegura que La cruz de San Andrés toma las ideas de su obra. Lo que ha hecho a este caso más interesante que otros a los que ya me he referido, es que una juez de Barcelona haya resuelto -diez años después de presentada la querella-, que sí existen indicios racionales para considerar que se cometió un delito contra la propiedad intelectual. El asunto implicaría la complicidad de los organizadores del premio Planeta de novela en 1994, ya que Formoso presentó su manuscrito para concursar el 2 de mayo, en tanto que Cela hasta el 30 de junio, último día del plazo. Como es sabido, la novela de éste resultó premiada. Un experto en literatura de la Universidad de Barcelona a quien se le solicitó el informe pericial, concluyó en que se trataba de una "transformación, al menos parcial, de la obra original." Partiendo de lo que dijera Juan Marsé, quien aseguraba que en los últimos años Cela acostumbraba a autoplagiarse, una cosa es reciclar las ideas propias y otra, muy diferente, aprovechar las de otros.

Todo lo anterior me remite a Gabriel García Márquez, cuando algunos críticos señalaron, hace ya muchos años, que El Otoño del Patriarca parecía inspirada en El señor Presidente, del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, también premio Nobel, García Márquez aclaró que a él no le preocupaba gran cosa, puesto que en su momento al propio Asturias también lo habían acusado de plagiar Tirano Banderas, de Ramón del Valle Inclán. Si fuéramos muy rigurosos, a partir del teatro griego y después de las obras de Shakespeare, todo sería plagio.

El tema, sin duda, da para más. De manera que pienso retomarlo en un futuro.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Páginas ajenas: DONDE HABITE EL OLVIDO..., de Luis Cernuda



Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
no esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia áerea mientras crece el tormento.

Allí donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

Decir Adiós es morir un poco (página 62)


 
Los andenes del ferrocarril son nostálgicos por sí mismos. A eso se debe que el cine los haya preferido para las despedidas. Diana te mira por la ventanilla y, tal vez por el reflejo de las luces en el cristal, parecería que sus ojos brillan. Deseas que nada le pase.
 
 
Jules Etienne

lunes, 20 de septiembre de 2010

Le Clézio: EL BUSCADOR DE ORO


Mi primer contacto con el estilo literario de Le Clézio, estuvo precedido por su definición por parte de la Academia Sueca al otorgarle el premio Nobel: "El escritor de la ruptura, de la aventura poética y de la sensualidad extasiada, investigador de una humanidad fuera y debajo de la civilización reinante", y reconocerle su capacidad de restituir el poder de las palabras "para invocar una realidad esencial".

Sería muy obvio, casi innecesario, subrayar el aliento poético en su descripciones: "Está también la voz de Mam. Es todo lo que ahora sé de ella, todo lo que de ella conservo. Tiré todas las fotos amarillentas, los retratos, las cartas, los libros que leía, para no turbar su voz. Quiero escucharla siempre, como aquellos a quienes se ama y cuyo rostro ya no se conoce, su voz, la dulzura de su voz que lo contiene todo, la calidez de sus manos, el olor de sus cabellos, su vestido, la luz, al caer la tarde..." (Página 25)

Se comprende que el creador de un párrafo como el anterior haya manifestado su intención de trascender el mero poder de la palabra per se: "Quisiera ir más allá del lenguaje, dejarme llevar por una poesía en estado puro, una poesía creada por gestos y por los ritmos de la danza; es decir, por el ser en ebullición."

La novela da principio como la historia de dos niños que viven en Boucan, en las islas Mauricio -igual que el propio autor-, en un estado de gracia de pleno contacto con la naturaleza, sus pies descalzos cuando corren sobre la arena, nadan en el mar, trepan a los árboles, se pierden en el monte, hasta que un huracán arrasa con el paraíso de su infancia y en su paso obligado a la vida urbana tendrán que usar zapatos y vestir como los demás, extrañarán el mar y los sueños que se quedaron encallados en la isla. Al paso del tiempo, el protagonista decide rescatar entre los viejos papeles de su padre, lo relativo al tesoro del corsario en la vecina Isla de Rodrigues. Se embarca en una goleta para instalarse en la Ensenada de los Ingleses y desde ahí emprender la búsqueda del oro que da título a la novela. Entonces conocerá a Ouma porque, finalmente, también el amor tendrá su lugar.

"- ¿Es verdad que está buscando oro?
Me asombró, no tanto por la pregunta como por la lengua. Habla un francés casi sin acento.
- ¿Eso le han dicho? Sí, busco oro, es cierto.
- ¿Ha encontrado?
Me río.
- No, no he encontrado todavía.
- ¿Y realmente cree que por aquí hay oro?
Su pregunta me divierte:
- ¿Por qué? ¿usted no lo cree?
Me mira. Su rostro es liso, sin temor, como el de un niño.
- Aquí todo el mundo es muy pobre." (Página 166)

Escritor itinerante, Le Clézio vivió, entre otros países, en México y Panamá. Por el escenario de El Buscador de Oro es de suponerse su carácter autobiográfico, aunque el propio autor aclara su postura al afirmar, "Yo creo que la novela francesa no es, como suele pensarse, autobiográfica sino autoerótica: hay una especie de encierro en el autoerotismo, como si no existiera el otro. La ficción es el camino para escapar al peligro de enamorarse de uno mismo, da lugar al otro, que no es el infierno, como decía Sartre, sino el paraíso."

Si bien la obra se divide en siete partes que saltan arbitrariamente en el discurrir de la trama, como de Rodrigues, Ensenada de los Ingleses, 1911 a Ypres, invierno de 1915 - Somme, otoño de 1916, el relato narrado en primera persona y tiempo presente, fluye lineal, las referencias al pasado son precisas en su forma evocativa: "Todo está ahora tan lejos, ni siquiera estamos seguros de haberlo vivido realmente. La fatiga, el hambre, la fiebre ha enturbiado nuestra memoria, han desgastado la señal de nuestro recuerdo. ¿Por qué estamos hoy aquí? Enterrados en estas trincheras, con el rostro ennegrecido por el humo, las ropas harapientas, envarados por el barro seco desde hace meses en ese olor de letrinas y muerte." (Página 216)

La prosa de Le Clézio es nítida, a veces redundante: "Ahora no hablamos ya. Permanecemos acostados el uno contra el otro, estrechándonos muy fuerte para no sentir el frío de la noche. Oímos el mar, y el viento contra las agujas de los filaos, pues no existe nada más en el mundo." (Página 275) Para cerrar con esa misma cadencia que es el atributo principal del relato, "Ahora es de noche, oigo en lo más hondo de mí el vivo ruido del mar que se acerca." (Página 291).

La fotografía que ilustra esta entrada es de la Isla Rodrigues.


viernes, 17 de septiembre de 2010

¿Acción o descripción? ¿Verbo o adjetivo?



Me encuentro leyendo El Buscador de oro, de Jean-Marie Gustave Le Clézio. Confieso que cuando recibió el premio Nobel, hace un par de años, desconocía su obra. De manera que todo lo que ahora leo es un descubrimiento personal. Cuando concluya la lectura de esta novela me ocuparé de comentarla, pero por lo pronto quisiera dejar establecida una primera observación.

Hace muchos años, formaba parte de un taller literario coordinado por el entrañable Edmundo Valadés. Durante una de nuestras sesiones semanales surgió la discusión. El maestro, quien era gran admirador de Marcel Proust, apreciaba la minuciosidad descriptiva de su prosa. Y en alguna ocasión previa, Rafael Ramírez Heredia nos había dicho que en la literatura actual a la primera frase debe corresponder una acción. Es decir, la estructura clásica de las novelas que iniciaban con adjetivos en su primera línea, habría sido desplazada por la fuerza del verbo.

Hoy me topo, con sorpresa, que Le Clézio emprende la narración en tono descriptivo para desembocar en una extensa introspección: "Por mucho que retroceda en mi memoria, siempre oigo el mar. Mezclado con el viento en las agujas de los filaos, con el viento que no cesa, ni siquiera cuando te alejas de las costas y te adentras por los campos de caña, es el ruido que ha arrullado mi infancia. Lo oigo ahora, en lo más profundo de mí, me lo llevo adondequiera que voy. El ruido lento, incansable, de las olas que rompen a lo lejos en la barrera de coral y que vienen a morir en la arena..."

Traté de hacer un rápido recuento al azar, basado en mi memoria, de las primeras líneas de los autores que acostumbro a leer y me topé, en efecto, con un predominio del verbo. Por ejemplo, nadie tan contundente comoArtemio Cruz cuando dice: "Yo despierto..." para comenzar la novela de Carlos Fuentes. El párrafo inicial de El Amor en los Tiempos del Cólera, de García Márquez, es de una gran belleza, "Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados."

Imposible dejar de mencionar La Metamorfosis, de Franz Kafka: "Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto." El Extranjero, de Albert Camus, es un paradigma de la capacidad para sintetizar el espíritu que permea la totalidad de la obra: "Mamá ha muerto hoy. O tal vez fue ayer, no lo sé. He recibido un telegrama desde el asilo..."

"¿Encontraría a la maga?", se pregunta Julio Cortázar en el arranque de Rayuela. Es probable que el inicio más famoso de las letras mexicanas corresponda a Juan Rulfo: "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo."

Sin embargo, mantengo mi admiración por Crónica de una Muerte Anunciada, una breve obra maestra que da principio anunciando lo que sucederá al final: "El día en que lo iban a matar, Santiago Nassar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que iba a llegar el obispo." La justificación del propio García Márquez para hacerlo de ese modo obedece a que decidió despojar al texto de la incertidumbre sobre si se cometería el crimen o no, para que los lectores se despreocuparan por la intriga y pudieran concentrarse en la lectura de sus pormenores.



Jules Etienne 

martes, 14 de septiembre de 2010

Una Serenata para Lupe (páginas 85 y 86)


Esa noche, extenuados por el esfuerzo que demandaban sus rituales amorosos, se habrían dormido uno junto al otro, abrazados los cuerpos y entrelazados sus deseos, para que al despertar Lupe, en plena madrugada, pudiera ver a Cooper acostado a su lado. Entonces debió exclamar: "Supongo que eres parte de este sueño." Tal vez hubiera sido así, pero a la mañana siguiente, de regreso a la realidad cotidiana, Cooper roncaba con la boca abierta en el sofá de la sala y Lupe, arrodillada, vigilaba su sueño sin despegar la vista de su rostro.

- ¿No es hermoso? -dijo en voz alta mientras lo contemplaba.

Su voz lo despertó, alcanzó a escuchar lo que ella había dicho y se rió. Al advertirlo, estalló en un reclamo:

- ¡Te estás riendo del amor de Lupe!

Antes de que él lograra articular alguna respuesta, pasaron del jaloneo verbal al físico. Cooper tuvo que someterla sujetándola por las muñecas hasta que se tranquilizó. Ambos terminaron exhaustos.

A mi paso por el cine conocí a muchos hombres con la fama de ser los más guapos. Me di el gusto de acostarme con algunos de ellos: Douglas Fairbanks, Clark Gable, Errol Flynn, John Gilbert... Bueno, hasta me casé con Tarzán. ¿Cuántas mujeres podrán presumir algo así? Pero nunca vi a nadie más hermoso que Gary.

Esa era la pauta invariable de sus ciclos pasionales, que oscilaban entre la intensidad romántica y la violencia de las disputas para terminar reincidiendo, una y otra vez, en las reconciliaciones, mismas que aún no alcanzaban a cicatrizar cuando ya había surgido un nuevo motivo de disgusto. Es bien sabido que la piel de los que aman es, en esencia, inflamable. El caos amoroso es el arancel que debe pagar el ser humano por el privilegio de vivir una relación apasionada. Casi todos, excepto los avaros y los calculadores, han experimentado una, ardiente e irrepetible, a lo largo de sus vidas. Es cuando hasta los más desafortunados, los feos, aquellos que carecen de gracia, se vuelven hermosos ante los ojos del amante. Rostros vulgares que dejan de serlo para adquirir la belleza que les confiere el otro cuando los mira. Y es, precisa y paradójicamente, en la otredad, cuando surgen las expresiones humanas más egoístas, como los celos, la necedad de borrar todo vestigio de un pasado sin ellos, el afán de adueñarse por completo del objeto de sus devaneos, de su cuerpo, sus pensamientos, su tiempo, todo. Se renuncia a la libertad individual para entregarse al otro en un supremo acto de agoísmo: poseerlo como recompensa por ser poseído.

Jules Etienne

jueves, 9 de septiembre de 2010

Decir Adiós es morir un poco (páginas 163 y 164)


Para comprobar si te siguen, cambias tu rutina y caminas hasta Bellas Artes. Nadie vigila tus pasos. En la explanada unos turistas toman las consabidas fotos para exportación, cuando un chamaco menos que adolescente hurta un bolso y trata de huir. En su carrera tropieza con el pie de un hombre que le ha puesto una zancadilla. La vendedora de chicles, que observa lo acontecido, lo reduce a un epifonema:

- ¡Ojete! Qué le costaba dejarlo que se pelara. Esos güeyes son gringos, lo que les sobra es la lana.

En efecto, es como si el honor patrio estuviera en juego una vez más. Otra deshonra, una raya más al tigre. Pero permitir que se escapara sería seguir hundiéndonos en este círculo vicioso. Si Rosa Ríos y todos los poderosos que disponen a sus anchas del presupuesto siguen gozando de su libertad, ¿por qué un jodido no les puede robar unos cuantos dólares a esos gringos? Recuperar una infinitésima parte de lo que ellos nos despojaron. Vamos a ser corruptos todos, pero parejo. Deshonestos por antonomasia. Lo que no se vale, como dice la chiclera, es ser ojetes con unos y tolerantes con otros. Si esto va a ser una jungla, sin ley y sin respeto, más te valdría irte preparando para ser caníbal. La realidad es una sobredosis de crueldad.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Una Serenata para Lupe (último párrafo del segundo capítulo)


Los astrólogos aseguran que es una suerte de confabulación cósmica la que rige la existencia humana. Con una precisión micrométrica, los movimientos planetarios influyen en la vida de cada individuo, según no sólo la fecha y el año, sino la hora y el minuto, con lo que su carta astral quedará lacrada como un oráculo ineluctable. A Lupe, por diversos motivos, le habían tratado de alterar el año de su nacimiento, pero es no fue suficiente para falsificar un destino al que había llegado la hora de enfrentar.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Neruda y Sabines: una similitud


Con motivo del poema A medianoche, que incluí el último día de agosto, emprendí otra visita a los poemas de Jaime Sabines que tengo a mi alcance y no pude evitar uno que mantengo a la vista, prendido por una chincheta en mi tablero de pendientes (en el que conservo algunas fotos, un pensamiento de Thomas Henry Huxley y otro de Albert Camus, recortes de periódicos, en fin, todo menos las cuentas por pagar o mi próxima cita con el médico, que se supone sería el objetivo de ese corcho): Pensándolo bien. Y hace poco, hurgando entre la poesía de Neruda, porque estaba seguro que había escrito algo sobre el otoño que ya se avecina, me topé con Vuelve el otoño y la dejé marcada en su antología. Sin embargo, me quedaba la sensación de que acababa de leer algo semejante al poema de Sabines entre las páginas de Neruda. Esto fue lo que encontré:

Todos me piden que dé saltos,
que tonifique y que futbole,
que corra, que nade y que vuele.
Muy bien.

Todos me aconsejan reposo,
todos me destinan doctores,
mirándome de cierta manera.
¿Qué pasa?

Todos me aconsejan que viaje,
que entre y que salga, que no viaje,
que me muera y que no me muera.
No importa.

Todos ven las dificultades
de mis vísceras sorprendidas
por radioterribles retratos.
No estoy de acuerdo.

Todos pican mi poesía
con invencibles tenedores
buscando, sin duda, una mosca,
tengo miedo.

Tengo miedo de todo el mundo,
del agua fría, de la muerte.
Soy como todos los mortales,
inaplazable.

Por eso en estos cortos días
no voy a tomarlos en cuenta,
voy a abrirme y voy a encerrarme
con mi más pérfido enemigo,
Pablo Neruda.

El poema se titula El Miedo y fue publicado en 1958 en el volumen Estravagario. Ahora veremos el texto de Sabines, Pensándolo bien, que es muy posterior, ya que Sabines nació en 1926 y en este poema alude a los cincuenta años de edad:

Me dicen que debo hacer ejercicio para adelgazar,
que alrededor de los 50 son muy peligrosos la grasa y el cigarro,
que hay que conservar la figura
y dar la batalla al tiempo, a la vejez.

Expertos bien intencionados y médicos amigos
me recomiendan dietas y sistemas
para prolongar la vida unos años más.

Lo agradezco de todo corazón pero me río
de tan vanas recetas y tan escaso afán.
(La muerte también ríe de todas esas cosas.)

La única recomendación que considero seriamente
es la de llevar una mujer joven a la cama
porque a estas alturas
la juventud sólo puede llegarnos por contagio.

Ambos poemas darían la impresión de dirigirse hacia un cul-de-sac literario, que Neruda resuelve consigo mismo, mientras que Sabines logra una sorpresiva vuelta de tuerca que concluye con innegable sentido del humor. También encuentro similitudes entre Déjame reposar, de Sabines, y Ritual de mis piernas, de Neruda. Pero eso ya quedará para mejor ocasión.

La ilustración corresponde a El Cirujano (alrededor de 1670),
de David Teniers, el joven.