Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

sábado, 19 de diciembre de 2015

Los unicornios de García Lorca

 
La referencia al mítico Unicornio es constante y variada a lo largo de la obra de Federico García Lorca. Desprovisto de cualquier intención crítica y sin el afán de emprender un análisis sobre su valor simbólico o alguna otra minuciosa consideración acerca de sus reiteradas alusiones, me limito a consignar una breve recopilación -lo más exhaustiva posible-, sujeta a la brevedad del presente texto. En pocas palabras, a dejar constancia de las reincidencias del mito en su poética.

En sus Narraciones se encuentra el Pequeño homenaje a un cronista de salones: "Es preciso que el elefante tenga ojos de perdiz y la perdiz pezuñas de unicornio". Este es su poema Procesión:

Por la calleja vienen
extraños unicornios.
¿De qué campo,
de qué bosque mitológico?
Más cerca,
ya parecen astrónomos.
Fantásticos Merlines
y el Ecce Homo,
Durandarte encantado.
Orlando furioso.

Entre sus Canciones se incluye esta Fábula:

Unicornios y cíclopes.
 
Cuernos de oro
y ojos verdes.
Sobre el acantilado,
en tropel gigantesco,
ilustran el azogue
sin cristal, del mar.
 
Unicornios y cíclopes.
 
Una pupila
y una potencia.
¿Quién duda la eficacia
terrible de esos cuernos?
¡Oculta tus blancos,
Naturaleza!

Otra de sus Canciones se titula Segundo aniversario:

La luna clava en el mar
un largo cuerno de luz.
 
Unicornio gris y verde,
estremecido, pero extático.
El cielo flota sobre el aire
como una inmensa flor de loto.
 
(¡Oh, tú sola paseando
la última estancia de la noche!)

Al Romancero gitano pertenece esta Burla de don Pedro a caballo:
 
Por el camino llano
dos mujeres y un viejo
con velones de plata
van al cementerio.
Entre los azafranes
han encontrado muerto
el sombrío caballo
de Don Pedro.
Voz secreta de tarde
balaba por el cielo.
Unicornio de ausencia
rompe en cristal su cuerno.
La gran ciudad lejana
está ardiendo
y un hombre va llorando
tierras adentro.
Al Norte hay una estrella.
Al Sur un marinero.

Para concluir con unas cuantas estrofas de su poema Mundo:
 
Noche de rostro blanco. Nula noche sin rostro.
Bajo el sol y la luna. Triste noche del mundo.
Dos mitades opuestas y un hombre que no sabe
cuándo su mariposa dejará los relojes.
 
Debajo de las alas del dragón hay un niño.
Caballitos de cardio por la estrella sin sangre.
El unicornio quiere lo que la rosa olvida,
y el pájaro pretende lo que las aguas vedan.
 
Sólo tu Sacramento de luz en equilibrio
aquietaba la angustia del amor desligado.
Sólo tu Sacramento, manómetro que salva
Corazones lanzados a quinientos por hora.
 

Jules Etienne

viernes, 18 de diciembre de 2015

Unicornios: CENTURIA (Cien breves novelas-río), de Giorgio Manganelli


Noventa y cinco

Con extraordinario estupor descubrió en la parada del autobús un unicornio blanco. La cosa le sorprendió mucho porque el unicornio había llenado todo un capítulo del tratado de las Cosas que no existen; él había sido entonces muy competente en materia de Cosas que no existen y había obtenido notas excelentes, y hasta el profesor le había exhortado a convertirse en un especialista en Cosas que no existen. Se da por supuesto que, cuando se estudian las Cosas que no existen, se investigan también las razones por las que no pueden existir y los modos en que no existen, ya que las Cosas pueden ser imposibles, contradictorias, incompatibles, extraespacio- temporales, antihistóricas, recesivas, implosivas, y no existir de muchos otros modos. El unicornio era absolutamente antihistórico. Sin embargo ahí había uno en la parada del autobús y la gente no parecía prestarle atención; pero lo extraordinario no acaba ahí: en efecto, el unicornio estaba parloteando -no podía utilizarse otra palabra- con algo que él no veía; después llegó el autobús, el unicornio saludó a este alguien que él no veía y subió “exhibiendo”, como quien dice, un pase; y entonces apareció un basilisco de mediana estatura con unas gafas oscuras muy gruesas. El basilisco era un animal complicado y su inexistencia se debía al “exceso”; se trataba, además, de un animal descrito como peligroso -sus ojos poseían poderes “imposibles”- y se le ocurrió pensar que por dicho motivo llevaba las gafas. El basilisco tenía una bolsa bajo el brazo y cuando se acercaba un autobús la abría y sacaba algo -¿no era una cabeza de Medusa?-, algo que miraba el número del autobús y se lo decía, porque estaba claro que con aquellas gafas él no podía ver nada. El especialista en Cosas que no existen estaba muy turbado; ¿era posible que se hubiera vuelto loco? No lo creía. Comenzó a vagabundear sin una meta precisa y encontró un tragéfalo, un ave fénix y una anfibesna en bicicleta; un sátiro le preguntó dónde estaba la calle Macedonio Melloni y un señor con la cabeza en mitad del pecho le preguntó la hora y le dio las gracias cortésmente. Cuando comenzó a ver las hadas y los elfos y los ángeles custodios, le pareció que siempre había vivido en una ciudad abandonada por los seres humanos o poblada de comparsas; ahora comienza a preguntarse si también el Mundo, precisamente el Mundo, es una Cosa que no existe.


Giorgio Manganelli (Italia, 1922-1990)

jueves, 17 de diciembre de 2015

Unicornios: CONFIESO QUE HE VIVIDO, de Pablo Neruda

"En la Edad Media la cacería de todos los unicornios fue un deporte místico y estético."

(Fragmentos de Oceanografía dispersa)

De aquel gran pulpo que conocimos todos por primera vez en Los trabajadores del mar de Víctor Hugo (también Víctor Hugo es un pulpo tentacular y poliformo de la poesía), de esa especie sólo llegué a ver un fragmento de brazo en el Museo de Historia Natural de Copenhague. Este sí era el antiguo kraken, terror de los mares antiguos, que agarraba a un velero y lo arrollaba cubriéndolo y enredándolo. El fragmento que yo vi conservado en alcohol indicaba que su longitud pasaba de treinta metros.
 
Pero lo que yo perseguí con mayor constancia fue la huella, o más bien el cuerpo del narval. Por ser tan desconocido para mis amigos el gigantesco unicornio marino de los mares del Norte, llegué a sentirme exclusivo correo de los narvales, y a creerme narval yo mismo.
 
Existe el narval? Es posible que un animal del mar extraordinariamente pacífico que lleva en la frente una lanza de marfil de cuatro o cinco metros, estriada en toda su longitud al estilo salomónico, terminada en aguja, pueda pasar inadvertido para millones de seres, incluso en su leyenda, incluso en su maravilloso nombre?
 
De su nombre puedo decir -narwhal o narval- que es el más hermoso de los nombres submarinos, nombre de copa marina que canta, nombre de espolón de cristal.
 
Y por qué entonces nadie sabe su nombre?
 
Por qué no existen los Narval, la bella casa Narval, y aún Narval Ramírez o Narvala Carvajal?
 
No existen. El unicornio marino continúa en su misterio, en sus corrientes de sombra transmarina, con su larga espada de marfil sumergida en el océano ignoto.
 
En la Edad Media la cacería de todos los unicornios fue un deporte místico y estético. El unicornio terrestre quedó para siempre, deslumbrante, en las tapicerías, rodeado de damas alabastrinas y copetonas, aureolado en su majestad por todas las aves que trinan o fulguran.
 
En cuanto al narval, los monarcas medioevales se enviaban como regalo magnífico algún fragmento de su cuerpo fabuloso, y de éste raspaban polvo que, diluido en licores, daba, oh eterno sueño del hombre!, salud, juventud y potencia.
 
Vagando una vez en Dinamarca, entré en una antigua tienda de historia natural, esos negocios desconocidos en nuestra América que para mí tienen toda la fascinación de la tierra. Allí, arrinconados, descubrí tres o cuatro cuernos de narval. Los más grandes medían casi cinco metros. Por largo rato los blandí y acaricié.
 
El viejo propietario de la tienda me veía hacer lances ilusorios, con la lanza de marfil en mis manos, contra los invisibles molinos del mar. Después los dejé cada uno en su rincón. Sólo pude comprarme uno pequeño, de narval recién nacido, de los que salen a explorar con su espolón inocente las frías aguas árticas.
 
Lo guardé en mi maleta, pero en mi pequeña pensión de Suiza, frente al lago Leman, necesité ver y tocar el mágico tesoro del unicornio marino que me pertenecía. Y lo saqué de mi maleta.
 
Ahora no lo encuentro.
 
Lo habré dejado olvidado en la pensión de Vésenaz, o habrá rodado a última hora bajo la cama? o verdaderamente habrá regresado en forma misteriosa y nocturna al círculo polar?
 
Miro las pequeñas olas de un nuevo día en el Atlántico.
 
El barco deja a cada costado de su proa una desgarradura blanca, azul y sulfúrica de aguas, espumas y abismos agitados.
 
Son las puertas del océano que tiemblan. Por sobre ella vuelan los diminutos peces voladores, de plata y transparencia.
 
Regreso del destierro.
 
Miro largamente las aguas. Sobre ellas navego hacia otras aguas: las olas atormentadas de mi patria. El cielo de un largo día cubre todo el océano. La noche llegará y con su sombra esconderá una vez más el gran palacio verde del misterio.
 
 
 Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Unicornios: MIÉRCOLES DE CENIZA, de T. S. Eliot

"Mientras adornados unicornios respiran cerca del ataúd dorado."

(Fragmento)
 
IV

Agrietan los años que caminan, que se llevan
Los violines y las flautas, restableciendo
Uno que se mueve entre el tiempo de dormir y despertarse,
Usando Luz blanca envuelta, forrando a su alrededor, envuelta.
Los años nuevos caminan, restaurando
A través de una brillante nube de lágrimas, los años, restaurando
Con nuevo verso la rima antigua.
Redimid El tiempo. Redimid La visión irreal del sueño más alto
Mientras adornados unicornios respiran cerca del ataúd dorado.

La hermana silenciosa cubierta de blanco y azul
Entre los tejos, detrás del Dios jardín,
Cuya flauta es sin aliento, inclinó su cabeza y señaló pero no habló
Pero la fuente brotó y el pájaro cantó abajo
Redimid el tiempo, redimid el sueño
La señal de la palabra no oída, no dicha
Hasta que el viento sacude mil susurros del seto y después de esto nuestro exilio.

 
Thomas Stearns Eliot
(Estadounidense nacionalizado británico, 1888-1965). Obtuvo el premio Nobel en 1948.

martes, 15 de diciembre de 2015

Unicornios: EL EREMITA, de Guillaume Apollinaire

"Mira soy unicornio Sin embargo a pesar de su miedo lascivo Como un muñeco querido mi sexo es inocente"

(Fragmento)
 
Un descalzo eremita cerca de un blanco cráneo
Gritó Os maldigo mártires y aflicciones
Múltiples tentaciones pese a mí me acarician
Tentaciones de Luna y de palabras vanas
 
Muchas estrellas huyen cuando digo mis oraciones
Oh jefe de difunta Oh viejo marfil Órbitas hoyos
De narices roídas Tengo hambre Mis gritos se vuelven roncos
He aquí para mi ayuno un pedazo de queso
 
Oh Señor flagelad las nubes del poniente
Que os tienden en el cielo tan lindas nalgas rosas
Anochece las flores del día ya se cierran
Y en la sombra las ratas embelesan el piso
 
Los hombres saben tantos juegos amor y morra
El amor juego de ombligo o juego de la gran oca
La morra juego del número tan falaz de los dedos
Señor haced Señor que un día me enamore
 
Espero a la que me tenderá sus menudos dedos
Cuántos signos blancos en las uñas las perezas
Mentiras sin embargo espero que levante
Sus manos amorosas ante mí la desconocida
 
Señor qué te he hecho Mira soy unicornio
Sin embargo a pesar de su miedo lascivo
Como un muñeco querido mi sexo es inocente
De anhelo solitario y erguido como un hito
  

Guillaume Apollinaire: Wilhelm Albert Wlodzomierz Apolinary de Kostrowicki
(Francés nacido en Italia, 1880-1918)

La ilustración corresponde a la escultura en bronce El unicornio (1984), de Salvador Dalí.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Unicornios: EL UNICORNIO, de Manuel Mujica Láinez

"... cerca del vado de la Biche, donde Clodoveo hizo beber a sus caballos, pasó un unicornio a mi vera..."
 
(Fragmento del capítulo I: El hada, el caballero y el doncel)

No intento arrogarme la prerrogativa de la exclusividad. No voy a salir yo inventando al unicornio. Antes, muchos han experimentado la sugestión de su enigma, desde el poeta de los Salmos, en los cuales representa en primer término el poder de Dios y luego la fuerza vital de los hombres, hasta Tertuliano y Justino, que lo utilizan para caracterizar a Cristo; a Prisciliano, que llamó a Dios, "unicorne"; a San Nilo, según el cual el monje es un unicornio; a San Basilio, que designa a Cristo como filius unicornium; a Ambrosio, que expresa que el nacimiento del unicornio es un misterio equiparable a la concepción de Nuestro Señor; y a Ctesias, Plinio y los naturalistas alejandrinos, que describieron coloridamente al monoceronte; y al Preste Juan, que pintó la guerra del unicornio y el león; y a Felipe de Thaon, que lo incluyó en su Bestiario; y a Thibaut de Champaña, que en una canción lo empleó para elaborar una imagen encantadora; y al escéptico Ambroise Paré; y así hasta los actuales contemporáneos, Jung, el erudito Odell Shepard, autor de Lore of the Unicorn, y el último, el delicioso e inquietante Bertrand d'Astorg de Le mythe de la Dame á la Licorne. Sí; se lo ha desmenuzado, autopsiado, investigado, y encrespadas interpretaciones promovió. Alegoría de Jesús y del Espíritu Santo; símbolo de la potencia del mal; emblema de la encarnación; imagen de la vida eremítica; proyección de la Luna; efigie del alquímico mercurio; para casi todos, arquetipo de pureza; para Leonardo da Vinci, figura y cifra de la sensualidad.  ¡Qué discutido bruto, qué delicadísima insignia, zarandeada por el juego metafórico!

Una tarde, en la floresta de Lussac, cerca del vado de la Biche, donde Clodoveo hizo beber a sus caballos, pasó un unicornio a mi vera, al galope. Tuve tiempo de apresar con los ojos su forma fugaz, y ya había escapado, dejándome la visión multicolor de su cuerpo equino, blanco, su cabeza roja, sus ojos azules, su cuerno negro, blanco y escarlata. Quise atraparlo y, sin darme sitio a ejercer mis facultades de hada, pues hubiera querido llevarle a Raimondín el preciado trofeo, se perdió en la salvaje espesura. No tuve en cuenta entonces, en mi aturdimiento, el arte especial que para cazar un unicornio se requiere, y que en la Edad Media hasta los niños conocían. El monoceronte es un ser ambiguo. Por eso ha sido objeto de glosas tan distintas. Peligroso, sanguinario, muere de tristeza en el cautiverio. Es capaz de luchar con un elefante, su detestado enemigo, y de clavarle el cuerno en la corteza rugosa; y sin embargo, ama a las palomas y se detiene a descansar bajo el árbol entre cuyas ramas se escucha su arrullo apasionado. Para cazarlo -¿por qué no lo recordé a la sazón?- es menester situar a una doncella en el corazón mismo del bosque que la bestia cruza con violento retumbo de cascos y vibrantes relinchos. La que servirá de trampa, debe ser una verdadera doncella, sin mácula alguna, pues si su pureza hubiera flaqueado en lo más leve, el unicornio, infalible detector de corrupciones, a cuya sensibilidad no se hurta y disimula nada, la castigará hincándole el asta filosa y dándole instantánea muerte. Ella lo aguardará en solitario silencio. Será hermosa y estará desnuda. Como los unicornios participan, a semejanza de los humanos, de gustos diversos, un manuscrito sirio, citado por d'Astorg, propone la posibilidad, a falta de una virgen, de emplear una prostituta o un joven vestido de muchacha. Pero lo corriente, lo ortodoxo, lo que han recogido los tapices de Clurry y los de los Cloisters de Nueva York, es que el cebo sea una mocita de perfecta castidad. Y desnuda, como lo estuve yo dentro de mi tonel fatídico. En los tapices góticos no la tejieron sin rebozo, exhibiendo la desvelada diafanidad de su cuerpo, quizás porque el pudor de las damas tejedoras se resistía a ese desenfado; mas ha de estar desnuda: sine qua non. Y en la intrincada umbría aguardará a la aparición piafante. Entonces acontecerá lo que los exegetas han reseñado reiterativamente: el monocorne, con la defensa recién aguzada en una roca  (esa defensa que sirvió para salvarlo del Diluvio, pues por ella lo ataron al casco del Arca), se parará, huyendo de cazadores y lebreles, deslumbrado por el resplandor de la virginidad; vacilará un segundo; luego doblegará la cabeza; se aproximará a la doncella lentamente y, mientras ésta lo acaricia, depositará su testuz con un enamorado suspiro en su regazo, y entrecerrará los ojos. Quedará como enajenado, tan distante, tan olvidado de todo, que los cazadores lo ultimarán con sus flechas, venablos y picas, sin que oponga resistencia alguna. Ello se deberá, opinan unos, a la frescura que emana de la inocencia y que apacigua el ardor de su sangre y lo conduce al sueño; según la conjetura de Leonardo, a la voluptuosa satisfacción que domina su sangre bravía y lo impulsa a recostar su delicia en el pecho tibio de la niña intacta -que domina su sangre bravía y lo impulsa a recostar su delicia en el pecho tibio de la niña intacta -o de la mujerzuela, o del disfrazado muchacho, respondiendo a la variedad de sus inclinaciones- y a omitir las aptitudes bélicas de su cuerno. Por un camino o por el otro: por el del embargado respeto a la candidez, o por el de la inerme entrega a la lascivia, el unicornio encontrará su doloroso fin. En consecuencia, yo lo considero -pues ello depende del modo en que se mire al asunto- como el símbolo de la pureza y como el símbolo de la impureza, y eso, esa opuesta dualidad que culmina en su destrucción inexorable, es lo que en él más me conmueve.
 
 
Manuel Mujica Láinez (Argentina, 1910-1984)

domingo, 13 de diciembre de 2015

Unicornios: VOLPONE o EL ZORRO, de Ben Jonson

(Fragmento del tercer acto, escena VII)

Volpone: Esa es la virtud del que ruega;
Si tienes sabiduría, escúchame, Celia.
Tus baños se harán en esencia de alhelíes,
en espíritu de rosas y de violetas,
en leche de unicornio, y en aliento de panteras
conservada en bolsas y mezclada con vinos de Creta.
Nuestras bebidas estarán preparadas de oro y ámbar
que tomaremos hasta que el techo gire
con el vértigo; y mi enano baile,
mi eunuco cante, mi tonto haga travesuras.
 
 
Ben Jonson (Inglaterra, 1572-1637)
 
La ilustración corresponde a Harry Baur y Jacqueline Delubac como Volpone y Celia, en una adaptación al cine de la obra teatral.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Unicornios: EL RINOCERONTE, de Juan José Arreola

"... es el padre espiritual de la criatura poética que desarrolla, en los tapices de la Dama, el tema del Unicornio..."

El gran rinoceronte se detiene. Alza la cabeza. Recula un poco. Gira en redondo y dispara su pieza de artillería. Embiste como ariete, con un solo cuerno de toro blindado, embravecido y cegado, en arranque total de filósofo positivista. Nunca da en el blanco, pero queda siempre satisfecho de su fuerza. Abre luego sus válvulas de escape y bufa a todo vapor.
 
(Cargados con armadura excesiva, los rinocerontes en celo se entregan en el claro del bosque a un torneo desprovisto de gracia y destreza, en el que sólo cuenta la calidad medieval del encontronazo.)
 
Ya en cautiverio, el rinoceronte es una bestia melancólica y oxidada. Su cuerpo de muchas piezas ha sido armado en los derrumbaderos de la prehistoria, con láminas de cuero troqueladas bajo la presión de los niveles geológicos. Pero en un momento especial de la mañana, el rinoceronte nos sorprende: de sus ijares enjutos y resecos, como agua que sale de la hendidura rocosa, brota el gran órgano de vida torrencial y potente, repitiendo en la punta los motivos cornudos de la cabeza animal, con variaciones de orquídea, de azagaya y alabarda.
 
Hagamos entonces homenaje a la bestia endurecida y abstrusa, porque ha dado lugar a una leyenda hermosa. Aunque parezca imposible, este atleta rudimentario es el padre espiritual de la criatura poética que desarrolla, en los tapices de la Dama, el tema del Unicornio caballeroso y galante.
 
Vencido por una virgen prudente, el rinoceronte carnal se transfigura, abandona su empuje y se agacela, se acierva y se arrodilla. Y el cuerno obtuso de agresión masculina se vuelve ante la doncella una esbelta endecha de marfil.

 
Juan José Arreola (México, 1918-2001)

viernes, 11 de diciembre de 2015

Unicornios: ALICIA A TRAVÉS DEL ESPEJO, de Lewis Carroll


(Fragmento del capítulo El león y el unicornio)

- No le hizo el menor daño -aseguró el unicornio sin darle importancia, e iba a continuar hablando cuando su vista se topó con Alicia; se volvió en el acto y se quedó ahí pasmado, durante algún rato, mirándola con un aire de profunda repugnancia.
 
- ¿Qué es... esto? -dijo al fin.
 
- Esto es una niña -explicó Haigha de muy buena gana, poniéndose entre ambos para presentarla, por lo que extendió ambas manos en su dirección, en típica actitud anglosajona-. Acabamos de encontrarla hoy. Es de tamaño natural y ¡el doble de espontánea!
 
- ¡Siempre creó que se trataba de un monstruo fabuloso! -exclamó el unicornio-. ¿Está viva?
 
- Al menos puede hablar -declaró solemne Haigha. El unicornio contempló a Alicia con una mirada soñadora y le dijo:
 
- Habla, niña.
 
Alicia no pudo impedir que los labios se le curvaran en una sonrisa mientras rompía a hablar, diciendo:
 
- ¿Sabe una cosa?, yo también creí siempre que los unicornios eran unos monstruos fabulosos. ¡Nunca había visto uno de verdad!
 
- Bueno, pues ahora que los dos nos hemos visto el uno al otro -repuso el unicornio- si tú crees en mí, yo creeré en ti, ¿trato hecho?
 
- Sí, como guste -contestó Alicia.
 
 
Lewis Carroll: Charles Lutwidge Dodgson (Inglaterra, 1832-1898)

jueves, 10 de diciembre de 2015

Unicornios: DIVAGACIONES, de Rubén Darío

"Y junto a mi unicornio cuerno de oro..."

(Fragmento)
 
Amor, en fin, que todo diga y cante,
amor que encante y deje sorprendida
a la serpiente de ojos de diamante
que está enroscada al árbol de la vida.

Ámame así, fatal cosmopolita,
universal, inmensa, única, sola
y todas; misteriosa y erudita:
ámame mar y nube, espuma y ola.

Sé mi reina de Saba, mi tesoro;
descansa en mis palacios solitarios.
Duerme. Yo encenderé los incensarios.
Y junto a mi unicornio cuerno de oro,
tendrán rosas y miel tus dromedarios.
 
 
Rubén Darío (Nicaragua, 1867-1916)

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Unicornios: EL ROMANCE DE MELUSINA, de Jean D'Arras

(Fragmento)

Deslumbrante Fortuna, dura, agria y amarga, me has precipitado de lo alto de tu rueda a lo más bajo, al más cenagoso lugar, fuera de tu casa, donde Júpiter abreva a los míseros, a los cautivos, a los apenados y desgraciados; sed maldita de Dios; por tu culpa falté gravemente a mi querido Señor; ahora quieres que expíe aquella falta. Pobre de mí, tú me habías dado gran prestigio gracias al buen juicio y a valor de la mejor de las mejores, de la más ella entre las bellas, la más sensata entre las sensatas; ahora tengo que perderla por ti, falsa y miserable, traidora y envidiosa. Está loco quien se fía de ti; ahora odias, ahora amas, ahora penas, ruego destruyes; no hay en ti ni seguridad ni estabilidad, como veleta al viento. Pobre de mí, dulce amiga mía, yo soy el falso y cruel áspid y vos el precioso unicornio. Os he traicionado con mi mal veneno. Vos me curasteis mi primer daño; ahora os lo agradezco de mala forma, faltando a vuestra confianza. Si os he perdido por esta razón me iré lejos de aquí y nadie volverá a tener noticias mías.
 
 
Jean D'Arras (Francia, siglo XIV)
Se calcula que Melusina o La noble historia de Lusignan debió ser escrito entre 1392 y 1393.

martes, 8 de diciembre de 2015

Unicornios: LA TEMPESTAD, de William Shakespeare

 
(Fragmento de la escena III del tercer acto)

Entran diversas figuras extrañas trayendo un banquete; bailan a su alrededor con gentiles saludos, invitando al rey, etc., a comer, y salen.

Alonso: ¡Cielos, danos ángeles custodios! ¿Qué eran ésos?

Sebastián:  ¡Títeres vivientes! Ahora creeré que existe el unicornio, que en Arabia hay un árbol, el trono del fénix, y que en él  en este instante reina un fénix.
 
Antonio: Yo me creeré ambas cosas. Y si a lo demás no dan crédito, que vengan  y les juraré que es verdad. Los viajeros nunca engañan, aunque los tontos los condenen.

 
William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616) 

lunes, 7 de diciembre de 2015

Unicornio: EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA, de Miguel de Cervantes

"... como lo tomaban los caballeros pasados: cual se llamaba el de la Ardiente Espada; cuál, el del Unicornio..."

(Fragmento del capítulo XIX)

De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo, y de la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, con otros acontecimientos famosos

 - No es eso -respondió don Quijote-; sino que el sabio, a cuyo cargo debe de estar el escribir la historia de mis hazañas le habrá parecido que será bien que yo tome algún nombre apelativo, como lo tomaban todos los caballeros pasados: cual se llamaba el de la Ardiente Espada; cuál, el del Unicornio; aquél, el de las Doncellas; aquéste, el del Ave Fénix; el otro, el Caballero del Grifo; estotro, el de la Muerte; y por estos nombres e insignias eran conocidos por toda la redondez de la tierra. Y así, digo que el sabio ya dicho te habrá puesto en la lengua y en el pensamiento ahora que me llamases el Caballero de la Triste Figura, como pienso llamarme desde hoy en adelante, y para que mejor me cuadre tal nombre, determino de hacer pintar, cuando haya lugar, en mi escudo una muy triste figura.

 
Miguel de Cervantes y Saavedra (España, 1547-1616)

domingo, 6 de diciembre de 2015

Unicornios: LA CORTESANA, de Pietro Aretino

 
(Fragmento del quinto acto, escena XXV)
 
Parabolano: Cuantas cosas buenas existen, tienen cuernos. Los bueyes, los caracoles... y ¿qué te parece el Unicornio, cuyo cuerno vale un mundo y es además contraveneno? Piensa en lo que valdrá el cuerno de un hombre, cuando el de un animal vale tanto y tiene tanta virtud. Los cuernos del hombre son buenos contra la pobreza, y muchos señores los tienen por armas.
 
 
Pietro Aretino (Italia, 1492-1556)

sábado, 5 de diciembre de 2015

Unicornios: PSICOLOGÍA Y ALQUIMIA, de Carl Gustav Jung

"El unicornio se transforma algo más tarde en una paloma blanca..."

(Fragmento del capítulo 6: El simbolismo de la alquimia en el marco de la historia de la religión)

Quisiera exponer mediante el ejemplo del unicornio cómo se mezcla el simbolismo de Mercurio con la tradición gnóstico-pagana y la tradición de la Iglesia. El unicornio no es un estado de cosas firmemente definido, sino un ser fabuloso sujeto a múltiples variantes. Así, hay caballos, asnos, peces, dragones, escarabajos, etc., de un cuerno. Se trata aquí, para expresarlo con más precisión, del motivo de la «unicornicidad». En las Bodas químicas de Rosencreutz, aparece un unicornio blanco como la nieve, haciendo la reverencia a un león. El unicornio, como el león, es un símbolo de Mercurio. El unicornio se transforma algo más tarde en una paloma blanca, otro símbolo de Mercurio, cuya forma volátil, el spiritus, es un paralelo del Espíritu Santo. En los símbolos de Lambsprinck, lo menos diez figuras (de quince) contienen representaciones de la naturaleza doble de Mercurio. La figura 3 compara el unicornio con un ciervo. Este último, en su condición de cervus fugitivus, es asimismo un símbolo de Mercurio. En una serie de siete símbolos de proceso, Milio nos ofrece en el sexto un unicornio debajo de un árbol como símbolo del spiritus vitae que da origen a la resurrección. En la tabla de símbolos de Penoto, el unicornio está subordinado al oro, conjuntamente con el león, el águila y el dragón. El aurum non vulgi es un sinónimo de Mercurio, así como el león, el águila y el dragón. He aquí lo que se dice en una poesía, De la materia y la práctica de la piedra:
 
Soy el auténtico unicornio de los antiguos. 
¿Quién puede dividirme 
y conjuntar de nuevo mi cuerpo 
para que mi cadáver ya no se abra...?
 
En este sentido he de remitirme, una vez más, a Ripley, en cuya obra hallamos este pasaje: «Pero en el regazo de ella estaba echado el león verde, de cuyo costado corría sangre.» Por un lado, esta imagen se refiere a la conocida representación de la Pietà; pero, por otro, al unicornio herido por el cazador, unicornio que es capturado en el regazo de la doncella: un motivo frecuente en las representaciones medievales. Cierto que el león verde ha sustituido aquí al unicornio, lo cual no causa dificultad alguna a los alquimistas, en cuanto que el león es igualmente un símbolo de Mercurio. La doncella representa la parte femenina, pasiva, de éste; el león o el unicornio, en cambio, la parte salvaje, indomable, varonil, la fuerza penetrante del spiritus mercurialis. Dado que el símbolo del unicornio fue conocido en toda la Edad Media como allegoria Christi y del Espíritu Santo, esta relación era corriente también para el alquimista; de manera que, cuando se servía de este símbolo, no dudaba en ver el parentesco e incluso hasta la identidad de Mercurio y Cristo.
 
 
Carl Gustav Jung (Suiza, 1875-1961) 

viernes, 4 de diciembre de 2015

Unicornios: LOS MONSTRUOS Y LA EDAD MEDIA, de G. K. Chesterton

"El pataleo del horrible Unicornio sacudía el infinito..."
 
No recuerdo haber leído una relación adecuada y comprensiva de los monstruos fabulosos de que tanto se ha escrito en la Edad Media. Los estudios que he visto presentaban los mismos disparates extraños y sin sentido que asfixian todos nuestros pensamientos al respecto.
 
El disparate fundamental, naturalmente, es ese tan gracioso al que estudiosos como Frazer han prestado, o mejor dicho dado en prenda, su autoridad. Me refiero a esa absurda idea de que en cuestiones de imaginación los hombres tienen necesidad de copiarse unos de otros. Los poemas y las leyendas poéticas tienden a semejarse, no porque los hebreos fueran en realidad caldeos, ni porque los cristianos fueran verdaderamente paganos, sino porque todos eran realmente hombres. Porque existe, a pesar de toda la tendencia del pensamiento moderno, algo llamado hombre y la hermandad de los hombres; cualquiera que haya observado la Luna puede haberla llamado virgen y cazadora sin haber oído hablar jamás de Diana. Cualquiera que haya observado el Sol puede haberlo llamado el dios de los oráculos o de las curaciones sin haber oído hablar jamás de Apolo. Un hombre enamorado, recorriendo jardines, compara una mujer a una flor y no a una tijereta; aunque la tijereta también fue creada por Dios y es muy superior a la flor en cuanto a cultura y viajes. Al oír hablar a cierta gente, se creería que el amor a las flores ha sido impuesto por alguna larga tradición sacerdotal y que el amor a las tijeretas ha sido prohibido por algún terrorífico tabú tribal.
 
El segundo gran disparate es suponer que tales fábulas, aun cuando realmente fueron tomadas en préstamo de fuentes más antiguas, se utilizan con un espíritu antiguo, cansado y consuetudinario. Cuando el alma en verdad despierta, siempre debe tratar con los objetos más cercanos. Si un hombre despierta en la cama de un sueño celestial que le ordenó pintar y pintar hasta que todo esté azul, comenzaría por pintarse a sí mismo de azul, después la cama y así sucesivamente. Pero utilizaría la maquinaria que tuviera más cerca; y esto es exactamente lo que ocurre en las verdaderas revoluciones espirituales. Trabajan de acuerdo con el medio ambiente, aun cuando lo alteran.
 
De este modo, cuando los profesores nos dicen que los cristianos "tomaron prestada" esta o aquella fábula de los paganos, es como si dijéramos que un ladrillero "tomó prestados" los ladrillos a la arcilla o que un químico "tomó prestados" los explosivos a los elementos químicos; o que los constructores góticos de Lincoin o Beauvais "tomaron prestado" el arco ojival a las angostas celosías de los moros. Tal vez lo tomaron prestado, pero (¡por todos los santos!) lo devolvieron con creces.
 
Cinco o seis errores más no deben detenernos. Pues, sobre estos dos fundamentales, descansa el error principal sobre los unicornios, por ejemplo. Los monstruos míticos de que se habla en la Edad Media tenían en su mayoría, sin ninguna duda, una tradición más antigua que el cristianismo. No admito esto último porque muchas de las más eminentes autoridades dirían lo mismo. Como dijo Swinburne en su conversación con Perséfone, "He vivido lo bastante para saber una cosa", que hombres eminentes significa hombres de éxito y que los hombres de éxito en realidad odian el cristianismo.
 
Pero esto es algo evidente en la tradición general de vida y letras. Creo que alguien en el Antiguo Testamento dijo que el unicornio es un animal muy difícil de cazar; y en realidad aún no lo han cazado. Si nadie ha dicho todavía que en este caso "unicornio" debe significar rinoceronte, alguien lo hará muy pronto, pero no seré yo. Aunque es probablemente cierto que muchos de esos monstruos medievales tienen origen pagano, esta verdad, que se repite siempre, es mucho menos sorprendente que otra verdad que siempre se ignora.

El monstruo de las fábulas paganas era, siempre, por lo menos que yo recuerde, un emblema del mal. Es decir, un verdadero monstruo; era, como dijo Kingsley en estos hermosos y paganos hexámetros:
 
De formas extrañas; sin igual, que no obedecen
a los gobernantes de cabellos dorados.
Rebeldes en vano, braman hasta que mueren por la espada
de algún héroe.

A veces, una vez muerto, el monstruo podía usarse para matar a otros monstruos, como Perseo usó a la Gorgona para matar al Dragón del océano. Pero es un simple accidente material. Imagino que, del mismo modo, si pudiera colocar la cabeza de un profesor de folclore en un extremo de una pica, a la manera de la Revolución Francesa, serviría a la perfección como garrote para golpear las cabezas menos duras de otros profesores de folclore. Asimismo, la Hidra, que desarrollaba dos cabezas por cada tina que le corlaban, podría haber sido usada como emblema de la evolución que se ramifica y del avance de una población creciente. Pero, en verdad, nunca se alabó a la Hidra. La mataron con alivio general. El Minotauro pudo haber sido alabado por los modernos como un lugar de encuentro de hombres y animales; la Quimera podría ser admirada por los modernos como un ejemplo del principio de que tres cabezas son mejor que una. Digo que la Quimera y la Hidra podrían haber sido admiradas por los modernos. Pero los antiguos no las admiraban. Entre los paganos, el animal grotesco, fabuloso, era algo que debía matarse. A veces lo mataba a uno, como la Esfinge. Pero nunca se la amaba.
 
El hecho de la reaparición de animales tan espantosos después de que Europa se convirtió al cristianismo es lo que jamás vi descrito con propiedad. En una de las leyendas más antiguas de san Jorge y el Dragón, san Jorge no mataba al Dragón, sino que lo guardaba cautivo y lo rociaba con agua bendita. A veces, algo semejante ocurría en ese departamento de la mente humana que crea imágenes violentas y nada naturales. Tomemos al Grifo, por ejemplo. En nuestra época, el Grifo, como la mayoría de los símbolos medievales, ha sido convertido en algo insignificante y ridículo, digno de un baile de máscaras; en veinte dibujos de Punch, por ejemplo, vemos al Grifo y a la tortuga que sostienen el escudo cívico de Londres. Para el "ciudadano" moderno, el arreglo es excelente. El Grifo, que lo come, no existe; la tortuga, a la que él come, sí existe. Pero el Grifo no sólo no fue siempre trivial, sino que tampoco fue siempre malo. Era la reunión mística de dos animales considerados sagrados: el león de san Marcos, el león de la generosidad, el valor, la victoria; y el águila de san Juan, el águila de la verdad, de la aspiración, de la libertad intelectual. De ese modo, el Grifo se usó a menudo corno símbolo de Cristo, pues combinaba el águila y el león del mismo modo misterioso e íntegro en que Cristo combinaba lo divino y lo humano. Pero, aunque se pensara que el Grifo era bueno, no por eso se lo temía menos. Tal vez más.
 
Pero el caso más notable es el del Unicornio, que. yo tenía la intención de hacer figurar de manera prominente en este artículo, pero que parece haber evadido mis pensamientos de manera milagrosa y hasta este momento he omitido. El Unicornio es una criatura terrible y, aunque parece vivir vagamente en África, no me sorprendería verlo caminar por uno de los cuatro caminos que conducen a Beaconsfield; el monstruo, más blanco que los caminos, y el cuerno, más alto que la aguja de la iglesia. Pues todos estos animales místicos eran imaginados enormemente grandes, así como incalculablemente feroces y libres. El pataleo del horrible Unicornio sacudía el infinito desierto en que vivía; y la alas del gigantesco Grifo subían por sobre nuestras cabezas hasta el Paraíso, con el trueno de mil querubines. Y, sin embargo, subsiste el hecho de que, si le preguntáramos a un hombre de la Edad Media qué quería significar el Grifo, hubiera respondido "la castidad".
 
Cuando hayamos comprendido este hecho, comprenderemos muchas otras cosas pero, por encima de todo, la civilización de la que descendemos. El cristianismo no concibió las virtudes cristianas como algo suave, tímido y respetable. Las concibió como algo amplio, desafiante y hasta destructivo, que despreciaba el yugo de esta vida, vivía en el desierto y buscaba su alimento en Dios. Mientras no hayamos comprendido esto, nadie comprenderá realmente ni siquiera el cartel "El Unicornio y el león" sobre alguna panadería.
 

Gilbert Keith Chesterton (Inglaterra, 1874-1936)

jueves, 3 de diciembre de 2015

Unicornios: EL LIBRO DE LOS SERES IMAGINARIOS, de Jorge Luis Borges

"En la Edad Media, los bestiarios enseñan que el unicornio puede ser apresado por una niña."

El unicornio
 
La primera versión del unicornio casi coincide con las últimas. Cuatrocientos años antes de la era cristiana, el griego Ctesias, médico de Artajerjes, Mnemón, refiere que en los reinos del Indostán hay muy veloces asnos silvestres, de pelaje blanco, de cabeza purpúrea, de ojos azules, provistos de un agudo cuerno en la frente, que en la base es blanco, en la punta es rojo y en el medio es plenamente negro. Plinio agrega otras precisiones (VIII, 31): «Dan caza en la India a otra fiera: el unicornio, semejante por el cuerpo al caballo, por la cabeza al ciervo, por las patas al elefante, por la cola al jabalí. Su mugido es grave; un largo y negro cuerno se eleva en medio de su frente. Se niega que pueda ser apresado vivo». El orientalista Schrader, hacia 1892, pensó que el unicornio pudo haber sido sugerido a los griegos por ciertos bajorrelieves persas, que representan toros de perfil, con un sólo cuerno.
 
En la enciclopedia de Isidoro de Sevilla, redactada a principios del siglo VII, se lee que una cornada del unicornio suele matar al elefante; ello recuerda la análoga victoria del karkadán (rinoceronte), en el segundo viaje de Simbad.1 Otro adversario del unicornio era el león, y una octava real del segundo libro de la inextricable epopeya The Faerie Queene conserva la manera de su combate. El león se arrima a un árbol; el unicornio, con la frente baja, lo embiste; el león se hace a un lado, y el unicornio queda clavado al tronco. La octava data del siglo XVI; a principios del XVIII, la unión del reino de Inglaterra con el reino de Escocia confrontaría en las armas de Gran Bretaña el leopardo (león) inglés con el unicornio escocés.
 
En la Edad Media, los bestiarios enseñan que el unicornio puede ser apresado por una niña; en el Physiologus Graecus se lee: «Cómo lo apresan. Le ponen por delante una virgen y salta al regazo de la virgen y la virgen lo abriga con amor y lo arrebata al palacio de los reyes». Una medalla de Pisanello y muchas y famosas tapicerías ilustran este triunfo, cuyas aplicaciones alegóricas son notorias. El Espíritu Santo, Jesucristo, el mercurio y el mal han sido figurados por el unicornio. La obra Psychologie und Alchemie (Zürich, 1944) de Jung, historia y analiza estos simbolismos.
 
Un caballito blanco con patas traseras de antílope, barba de chivo y un largo y retorcido cuerno en la frente, es la representación habitual de este animal fantástico.
 
Leonardo da Vinci atribuye la captura del unicornio a su sensualidad; ésta le hace olvidar su fiereza y recostarse en el regazo de la doncella, y así lo apresan los cazadores.

1. Éste nos dice que el cuerno del rinoceronte, partido en dos, muestra la figura de un hombre; Al-Qazwiní dice que la de un hombre a caballo, y otros hablan de pájaros y de peces.
 
 
Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)

La ilustración corresponde a La niña y el unicornio (The Girl and the Unicorn), de Raven Slane. 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Venecia y unicornios: UN CABALLO EN VENECIA, de Ángel Crespo

"... un unicornio caballo de crines onduladas que no mueve el viento..."

Venecia recorrida por un caballo
de noche por un caballo
blanco animal que avanza
trotando por el aire de la noche
que todavía no se hace viento caballo
desconcertado es un caballo
recortado a golpes de luz ya al galope
fino como un ciervo una cierva
un unicornio caballo de crines
onduladas que no mueve el viento
como el caballo de un grabado
o de una tela sin montura
ni caballero descabalgado
caballo que cruza Venecia
de noche y ni vuela ni para
al espantarse de los puentes
con gracia de caballo manso
corriendo sin que se despeine
la crin rizada de la cola
al pie de las casas y canales
deshabitados llenas de agua
que no le salpica los flancos
descabalgado blanco como
una luna que se refleja
en el aire un caballo
que se pierde en Venecia
entre mis versos: ese caballo.
 
 
Ángel Crespo (España, 1926-1995)

martes, 1 de diciembre de 2015

Venecia: HERZOG, de Saul Bellow

"Hasta en Venecia nevaba cuando estuve allí."
 
(Fragmentos)
 
Querida Zinka. Soñé contigo la semana pasada. En mi sueño, paseábamos por Ljubljana, y tuve que sacar mi billete para Trieste. Me daba pena dejarte. Pero te favorecía al hacerlo. Estaba nevando. Y mientras soñaba contigo, también nevaba. Hasta en Venecia nevaba cuando estuve allí.
 
(...)
 
Queridos señores míos: El Servicio de Información ha tenido la amabilidad de enviarme desde Belgrado un paquete con mi ropa de invierno. No quise llevar mis calzoncillos largos a Italia, el paraíso de los exiliados, y lo lamenté. Nevaba cuando llegué a Venecia. No pude entrar en el «vaporetto» con mi maleta.
 
 
Saul Bellow (Estadounidense nacido en Canadá; 1915-2005). Obtuvo el premio Nobel en 1976.