Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

lunes, 11 de enero de 2021

Año nuevo: CIEN AÑOS DE SOLEDAD, de Gabriel García Márquez

 
(Párrafo final del capítulo IX)

El coronel Aureliano Buendía abandonó el cuarto en diciembre, y le bastó con echar una mirada al corredor para no volver a pensar en la guerra. Con una vitalidad que parecía imposible a sus años, Úrsula había vuelto a rejuvenecer la casa. «Ahora van a ver quién soy yo -dijo, cuando supo que su hijo viviría-. No habrá una casa mejor, ni más abierta a todo el mundo, que esta casa de locos.» La hizo lavar y pintar, cambió los muebles, restauró el jardín y sembró flores nuevas, y abrió puertas y ventanas para que entrara hasta los dormitorios la deslumbrante claridad del verano. Decretó el término de los numerosos lutos superpuestos, y ella misma cambió los viejos trajes rigurosos por ropas juveniles. La música de la pianola volvió a alegrar la casa. Al oírla, Amaranta se acordó de Pietro Crespi, de su gardenia crepuscular y su olor de lavanda, y en el fondo de su marchito corazón floreció un rencor limpio, purificado por el tiempo. Una tarde en que trataba de poner orden en la sala, Úrsula pidió ayuda a los soldados que custodiaban la casa. El joven comandante de la guardia les concedió el permiso. Poco a poco, Úrsula les fue asignando nuevas tareas. Los invitaba a comer, les regalaba ropas y zapatos y les enseñaba a leer y escribir. Cuando el gobierno suspendió la vigilancia, uno de ellos se quedó viviendo en la casa, y estuvo a su servicio por muchos años. El día de Año Nuevo, enloquecido por los desaires de Remedios, la bella, el joven comandante de la guardia amaneció muerto de amor junto a su ventana.
 
 
Gabriel García Márquez (Colombia, 1927-2014). Obtuvo el premio Nobel en 1982.

domingo, 10 de enero de 2021

Año nuevo: HENDERSON, EL REY DE LA LLUVIA, de Saul Bellow

"Fue un estallido de ruidos, como en Coney Island o Atlantic City o Times Square en Año Nuevo."
 
(Párrafo del capítulo XII)

¡Qué gritos! ¡Qué animación! ¡Qué retumbar los bombos, como si volvieran a hablar los animales por medio de los pellejos que en otro tiempo recubrieran sus cuerpos! Fue un estallido de ruidos, como en Coney Island o Atlantic City o Times Square en Año Nuevo. Al salir el rey por la puerta, aquella enorme cacofonía sepultó mis palabras anteriores.
 
Saul Bellow (Estadounidense nacido en Canadá, 1915-2005).
Obtuvo el premio Nobel en 1976.
 
(Traducido al español por Vera Ozores).
La ilustración corresponde al festejo de año nuevo en Times Square a finales de los años cincuenta.
La novela se publicó en 1958.

sábado, 9 de enero de 2021

Año nuevo: LOS ESCONDITES, de Eugenio Montale

".... un corcho de botella que le pegó en la frente en un lejano cotillón de año nuevo..."

Cuando no estoy seguro de estar vivo

la certidumbre está a dos pasos, pero cómo duele

reencontrar los objetos, una pipa, el perrito

de madera de mi esposa, una esquela

del hermano de ella, tres o cuatro gafas

también de ella, un corcho de botella

que le pegó en la frente en un lejano

cotillón de año nuevo en Sils Maria

y otras chácharas. Mudan de domicilio, entran

en los agujeros más ocultos, siempre

cerca de acabar en la basura.

Conspirando entre sí se organizaron

para sostenerme, saben mejor que yo

el hilo que las une a quien quisiera

deshacerse de ellas y no se atreve. Más cercano

en el tiempo el Gubelin automático trata

de sumárseles, perpetuamente rechazado.

Lo compramos en Lucerna y ella dijo

llueve demasiado en Lucerna, jamás nos va a servir.

Y en efecto…


Eugenio Montale (Italia 1896-1981). Obtuvo el premio Nobel en 1975.

viernes, 8 de enero de 2021

Año nuevo: LA BALANZA DE LOS BALEK, de Heinrich Böll

"... y sacando los cinco guijarros del bolsillo, los presentó a la joven dama..." 

(Fragmento)

Cuando el día de Año Nuevo los Balek von Bilgan concurrieron a misa mayor con sus nuevas armas -un gigante sentado al pie de un abeto- en su coche ya campeando sobre azul y oro, vieron los duros y pálidos rostros de la gente mirándolos de hito en hito. Habían esperado ver el pueblo lleno de guirnaldas, y que irían por la mañana a cantarles al pie de sus ventanas, y vivas y aclamaciones, pero, cuando ellos pasaron con su coche, el pueblo estaba como muerto; en la iglesia, los pálidos rostros de la gente se volvieron hacia ellos con expresión enemiga, y cuando el párroco subió al púlpito para decir el sermón, sintió el frío de aquellos rostros hasta entonces tan apacibles y amables, pronunció pesaroso su plática y regresó al altar bañado en sudor. Y cuando, después de la misa, los Balek von Bilgan salieron de la iglesia, pasaron entre dos filas de silenciosos y pálidos rostros. Pero la joven Balek von Bilgan se detuvo delante, junto a los bancos de los niños, buscó la cara de mi abuelo, el pequeño y pálido Franz Brücher y, en la misma iglesia, le preguntó:

- ¿Por qué no llevaste el café a tu madre?

Y mi abuelo se levantó y dijo:

- Porque todavía me debe usted tanto dinero como cuestan cinco kilos de café -y sacando los cinco guijarros del bolsillo, los presentó a la joven dama y añadió-: Todo esto, cincuenta y cinco gramos, es lo que falta en medio kilo de su justicia.

Y antes de que la señora pudiera decir nada, los hombres y mujeres que había en la iglesia entonaron el canto:

“La Justicia de la tierra, oh, Señor, te dio muerte…”

Mientras los Balek estaban en la iglesia, Wilhelm Vohla, el cazador furtivo, había entrado en el gabinete, habían robado la balanza y aquel libro tan grueso, encuadernado en piel, en el cual estaban anotados todos los kilos de setas, todos los kilos de amapolas, todo lo que los Balek habían comprado en el pueblo. Y toda la tarde del día de Año Nuevo, estuvieron los hombres del pueblo en casa de mis abuelos contando; contaron la décima parte de todo lo que les habían comprado… pero cuando habían ya contado muchos miles de marcos y aún no terminaban, llegaron los gendarmes del comandante del distrito e irrumpieron en la choza de mi abuelo disparando y empuñado las bayonetas y, a la fuerza, se llevaron la balanza y el libro. En la refriega murió la pequeña Ludmilla, hermana de mi abuelo, resultaron heridos un par de hombres y fue agredido uno de los gendarmes por Wilhem Vohla, el cazador furtivo.

No sólo se sublevó nuestro pueblo, sino también Blaugau y Bernau, y durante casi una semana se interrumpió el trabajo de las agramaderas. Pero llegaron muchos gendarmes y amenazaron a hombres y mujeres con meterlos en la cárcel, y los Balek obligaron al párroco a que exhibiera públicamente la balanza en la escuela y demostrara que el fiel de la justicia estaba bien equilibrado. Y hombres y mujeres volvieron a las agramaderas, pero nadie fue a la escuela a ver al párroco. Estuvo allí solo, indefenso y triste con sus pesas, la balanza y las bolsas de café.


Heinrich Böll (Alemania, 1917-1985). Obtuvo el premio Nobel en 1972.

La lectura del texto íntegro es posible en Ciudad Seva.

jueves, 7 de enero de 2021

Año nuevo: LO BELLO Y LO TRISTE, de Yasunari Kawabata

"Keiko llevaba el mismo kimono de la noche anterior: una prenda de satén estampado en el que predominaban los tonos de azul..."

(Fragmento del capítulo Primavera temprana)

Al día siguiente, cuando estaba por subir al tren, mientras se repetía que era inútil esperar que Otoko lo despidiera en la estación, apareció su discípula Sakami Keiko.

- ¡Feliz Año Nuevo! La señorita Ueno tenía intenciones de venir a despedirlo, pero tuvo que hacer algunas llamadas de Año Nuevo que le ocuparán toda la mañana y por la tarde recibirá visitas. Por eso he venido en su lugar.

- Muy amable de su parte –replicó Oki.

La belleza de la muchacha atraía la atención de las pocas personas que viajaban aquel día de fiesta.

- Es la segunda vez que usted se incomoda por mí.

- Es un placer. Keiko llevaba el mismo quimono de la noche anterior: una prenda de satén estampado en el que predominaban los tonos de azul, con un motivo de pájaros que revoloteaban entre copos de nieve. Los pájaros ponían una nota de color, pero el conjunto era bastante sombrío para ser la vestimenta festiva de una muchacha tan joven.

- Muy elegante su quimono. ¿El estampado es obra de la señorita Ueno?- No –dijo Keiko y se ruborizó un poco–. Es obra mía, pero no resultó como esperaba.

Pero lo cierto era que ese quimono oscuro hacía resaltar la perturbadora belleza de Keiko. Además había algo juvenil en la decorativa armonía de colores y en las variadas formas de los pájaros. Hasta los copos de nieve parecían estar danzando.

La muchacha le entregó varias cajas de bocadillos típicos de Kyoto para que comiera en el tren y le señaló que se las enviaba Otoko. Durante los minutos que el tren permaneció en la estación, Keiko estuvo de pie junto a la ventanilla. Al verla así, enmarcada por la ventanilla, Oki pensó que quizás aquel fuera el período en que la belleza de aquella mujer había llegado a su esplendor. Él no había visto a Otoko en el apogeo de su belleza juvenil. Tenía dieciséis años cuando se separaron.

Oki comió temprano; alrededor de las cuatro y media. En las cajas encontró una variedad de comidas de Año Nuevo, entre las que figuraban algunas bolitas de arroz de forma perfecta. Parecían expresar las emociones de una mujer. Sin duda la propia Otoko las había preparado para el hombre que, mucho tiempo atrás, había destruido su tierna juventud.

Al masticar aquellos bocadillos de arroz, sintió el perdón de la mujer en su lengua y en sus dientes. No, no era perdón, era amor. Estaba seguro de que era amor, un amor que aún ardía en lo más hondo de su ser. Todo lo que él sabía de la vida de Otoko en Kyoto era que ella se había abierto camino como pintora sin ninguna ayuda. Quizás hubieran existido en su vida otros amores, otras historias sentimentales. Pero sabía que ella sentía por él el desesperado amor de la adolescencia. Él, por su parte, había tenido relaciones con otras mujeres; pero nunca había vuelto a amar con la misma intensidad.

Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.

(Traducido al español por Nélida M. de Machain).

lunes, 4 de enero de 2021

Año nuevo: UN CUENTO DE AÑO NUEVO, de Anatole France


Horteur, el fundador de la Etoile, el director político y literario de la Revue National y del Nouveau Siécle Ilustré, habiéndome recibido en su gabinete, repantigado en su silla dictatorial, me dijo:

- Mi buen Marteau, hazme un cuento para el número extraordinario del Nouveau Siécle. Trescientas líneas con ocasión del “año nuevo”. Alguna cosa viviente, con cierto perfume aristocrático.Contesté a Horteur que yo no podría hacerlo como él quería, pero que de buena gana le escribiría un cuento.

- Me gustaría -dijo-, que se titulase: “Cuento para los ricos”.

- Yo preferiría titularlo: “Cuento para los pobres”.

- Es lo mismo. Un cuento que inspire a los ricos piedad para los pobres.

- Es que precisamente no me gusta que los ricos tengan piedad de los pobres.

- ¡Bravo!

- No bravo, sino científico. Creo que la piedad del rico hacia el pobre es injuriosa y contraria a la fraternidad humana. Si quieres que hable a los ricos, les diré: “Ahórrenle a los pobres su piedad; para nada les sirve. ¿Por qué la piedad y no la justicia? Están en deuda con ellos; salden sus cuentas. Esta no es cuestión de sentimiento; es una cuestión económica. Si lo que les dan graciosamente es para prolongar la pobreza de ellos y la riqueza de ustedes, ese don es inicuo y las lágrimas que mezclen no lo harán más equitativo. Hay que restituir, como decía el procurador al juez después del sermón del hermano Maillard. Ustedes hacen limosna para no restituir. Dan un poco para guardar mucho, y se felicitan por ello. Así el tirano de Samos arrojó su anillo al mar. Pero la Némesis de los dioses no recibió la ofrenda. Un pescador devolvió al tirano su anillo dentro del vientre de un pescado. Y Polycrato fue despojado de todas sus riquezas.”

- Estás bromeando.

- No bromeo. Quiero hacer comprender a los ricos que son benéficos con descuento y generosos de conveniencia, que entretienen al acreedor y que no es así como se hacen los negocios. Es un aviso que puede serles útil.

- Y quieres meter semejantes ideas en el Nouveau Siécle para acreditarlo. ¡Nada de esto, amigo mío, nada de esto!

- ¿Por qué quieren que el rico proceda con el pobre de otro modo que con los ricos y los poderosos? Les pagan lo que les deben, y si nada les deben, nada les pagan. Esta es la probidad. Si es honrado, que haga lo mismo con los pobres. Y no digan que los ricos nada deben a los pobres. Yo no creo que lo piense ni un solo rico. Las incertidumbres comienzan al tratar de la extensión de la deuda, que no se tiene prisa por solventar. Se prefiere permanecer en la duda. Se sabe que se debe, no se sabe lo que se debe, y se entrega de cuando en cuando una pequeñez a cuenta. Esto se llama la beneficencia; y es muy ventajoso.

- Pero lo que dices no tiene sentido común, mi querido colaborador. Yo tal vez soy más socialista que tú; pero soy práctico. Suprimir un sufrimiento, prolongar una existencia, reparar una pequeña parte de las injusticias sociales, ya es un resultado. El poco bien que se hace, hecho queda. No es todo, pero es algo. Si el cuentecito que te pido enternece a un centenar de mis ricos suscriptores y los dispone a dar, esto se habrá ganado contra el mal y contra el sufrimiento. Así, poco a poco, se hace soportable la condición de los pobres.- ¿Acaso es bueno que la condición de los pobres sea soportable? La pobreza es indispensable a la riqueza; la riqueza es necesaria a la pobreza. Estos dos males se engendran el uno al otro y se sostienen el uno por el otro. No se ha de mejorar la condición de los pobres; hay que suprimirla. Yo no induciré a los ricos a que den limosna, porque su limosna está envenenada, porque la limosna beneficia al que la da y daña al que la recibe, y porque, en fin, la riqueza, siendo por sí misma dura y cruel, no debe revestir la apariencia engañosa de la dulzura. Si quieres que escriba un cuento para los ricos, yo les diré: “Sus pobres son sus perros a quienes alimentan para morder. Los socorridos son para los poseedores una jauría que ladra a los proletarios. Los ricos no dan sino a los que piden. Los trabajadores nada piden; por lo tanto nada reciben.”

- Pero, ¿los huérfanos, los enfermos, los ancianos?…

- Tienen derecho a vivir. Para ellos no excitaría la piedad, sino que invocaría el derecho.

- ¡Todo esto son teorías! Volvamos a la realidad. Me escribes un cuentecito con ocasión del año nuevo y puedes meter en él un poco de socialismo. El socialismo está de moda. Es una elegancia. No hablo del socialismo de Guesde, ni de Jaurés; sino del buen socialismo que la gente de mundo opone, con intención e ingenio, al colectivismo. Ha de haber en tu cuento figuras jóvenes. Se publicará con ilustraciones y la gente gusta de las láminas que representan asuntos agradables. Pon en escena una muchacha joven y hermosa. Esto no es difícil.

- Efectivamente, no es difícil.

- ¿No podrías también introducir en el cuento un muchacho deshollinador? Tengo una ilustración a propósito, un grabado en colores que representa una linda joven que da limosna a un pequeño deshollinador en las escalinatas de la Magdalena. Sería una ocasión de utilizarlo… Hace frío, nieva; la linda señorita socorre al muchacho… ¿Te haces cargo?

- Comprendo perfectamente.

- Tú harías primores sobre este tema.

- Los haré. El pequeño deshollinador, en un transporte de agradecimiento, se arroja al cuello de la linda señorita, que resulta ser la propia hija del señor conde de Linotte. Le da un beso e imprime sobre la mejilla de la graciosa criatura una pequeña O de hollín, una hermosa O redonda y negra. La ama. Edma (porque ella se llama Edma) no se muestra insensible a un sentimiento tan sincero y tan ingenuo… Me parece que la idea es sugestiva.

- Sí… con esto podrías hacer algo.

- Me animas a continuar… De vuelta en su morada suntuosa del bulevar Malesherbes, Edma experimenta por primera vez repugnancia a lavarse, quisiera guardar sobre su mejilla la huella de los labios que en ella se posaron. Entre tanto, el chiquillo la ha seguido hasta la puerta y ha quedado en éxtasis bajo las ventanas de la encantadora muchacha… ¿Va bien así?

- Bueno… sí.

- Pues prosigo. A la mañana siguiente, Edma, acostada en su camita blanca, ve salir de la chimenea de su cuarto al pequeño deshollinador, que se arroja ingenuamente sobre la deliciosa niña y la cubre de redondas O de hollín. He olvidado decirte que él es maravillosamente bello. La condesa de Linotte los sorprende en esa dulce tarea. Grita, llama. Se halla él tan ocupado que ni la ve ni la oye.

- Mi querido Marteau…

- Se halla él tan ocupado que ni la ve ni la oye. Acude el conde, que tiene espíritu caballeresco, y coge al muchacho por los fondillos del pantalón, que es lo que ve primero, y lo tira por la ventana.

- Mi querido Marteau…

- Abreviaré… Nueve meses después, el pequeño deshollinador se casa con la noble señorita. No había tiempo que perder. He aquí las consecuencias de una caridad bien practicada.

- Mi querido Marteau, ¿te has burlado bastante de mí?

- No lo creas. Voy a terminar. Casado con la señorita de Linotte, el pequeño deshollinador llegó a ser conde pontificio y se arruinó en las carreras. Hoy día es fumista en la calle de la Gaité, en Montparnasse. Su mujer despacha en la tienda y vende calentadores, a 18 francos, pagaderos en ocho meses.

- Mi querido Marteau, esto no tiene nada de divertido.

- Atiende, mi querido Horteur. Lo que te acabo de contar es, en el fondo, La caída de un ángel, de Lamartine, y Eloa, de Alfredo de Vigny. En todo caso, vale más que tus historietas lacrimosas que hacen creer a las gentes que son muy buenas, cuando no son buenas; que obran bien, cuando no obran bien; que es fácil ser bienhechores, cuando es la cosa más difícil del mundo. Mi cuento es moral. Además, es optimista y acaba bien. Porque Edma encuentra en la tienda de la calle de la Gaité la felicidad que hubiera buscado en vano en las diversiones y en las fiestas, de haberse casado con un diplomático o un oficial… Mi querido director, respóndeme: ¿quieres mi cuento “Edma o la caridad bien practicada” para el Nouveau Siécle Illustré?

- ¿Es que me lo propones seriamente…?

- Te lo propongo seriamente. Si no lo quieres, lo publicaré en otra parte.

- ¿Dónde?- En un periódico burgués.

- No creo que te lo admitan.

- Pues ya lo verás.


Anatole France (Francia, 1844-1924). Obtuvo el premio Nobel en 1921.

domingo, 3 de enero de 2021

Año nuevo: LA MARCA DE LA BESTIA, de Rudyard Kipling

".. algunas tierras en el Himalaya, cerca de un lugar llamado Dharamsala."

(Fragmento)

Cuando Fleete llegó a la India poseía un poco de dinero y algunas tierras en el Himalaya, cerca de un lugar llamado Dharamsala. Ambas propiedades le fueron legadas por un tío, y, de hecho, vino aquí para explotarlas. Era un hombre alto, pesado, afable e inofensivo. Su conocimiento de los indígenas era, naturalmente, limitado, y se quejaba de las dificultades del lenguaje.
 
Bajó a caballo desde sus posesiones en las montañas para pasar el Año Nuevo en la estación y se alojó con Strickland. En Nochevieja se celebró una gran cena en el club, y la velada -como es natural- transcurrió convenientemente regada con alcohol. Cuando se reúnen hombres procedentes de los rincones más apartados del Imperio, existen razones para que se comporten de una forma un tanto bulliciosa. Había bajado de la Frontera un contingente de Catch-'em Alive-O's, hombres que no habían visto veinte rostros blancos durante un año y que estaban acostumbrados a cabalgar veinte millas hasta el Fuerte más cercano, a riesgo de regalar el estómago con una bala Khyberee en lugar de sus bebidas habituales. Desde luego, se aprovecharon bien de esta nueva situación de seguridad, porque trataron de jugar al billar con un erizo enrollado que encontraron en el jardín, y uno de ellos recorrió la habitación con el marcador entre los dientes. Media docena de plantadores habían llegado del Sur y se dedicaban a engatusar al Mayor Mentiroso de Asia, que intentaba superar todos sus embustes al mismo tiempo. Todo el mundo estaba allí, y allí se dio un estrecha- miento de filas general y se hizo recuento de nuestras bajas, en muertos o mutilados, que se habían producido durante el año. Fue una noche muy mojada, y recuerdo que cantamos Auld Lang Syne con los pies en la Copa del Campeonato de Polo, las cabezas entre las estrellas, y que juramos que todos seríamos buenos amigos. Después, algunos partieron y anexionaron Birmania, otros trataron de abrir brecha en el Sudán y sufrieron un descalabro frente a los Fuzzies en aquella cruel refriega de los alrededores de Suakim; algunos obtuvieron medallas y estrellas, otros se casaron, lo que no deja de ser una tontería, y otros hicieron cosas peores, mientras el resto de nosotros permanecimos atados a nuestras cadenas y luchamos por conseguir riquezas a fuerza de experiencias insatisfactorias.
 
 
 Rudyard Kipling (Británico nacido en la India; 1865-1936). Obtuvo el premio Nobel en 1907.

La ilustración corresponde a un paisaje invernal de Dharamkot, en las proximidades de Dharamsala.

sábado, 2 de enero de 2021

Año nuevo: ODA AL PRIMER DÍA DEL AÑO, de Pablo Neruda

"Veo el último día de este año, en un ferrocarril hacia las lluvias..."

Lo distinguimos
como
si fuera
un caballito
diferente de todos
los caballos.
Adornamos su frente
con una cinta,
le ponemos
al cuello cascabeles dorados,
y a medianoche
vamos a recibirlo
como si fuera
explorador que baja de una estrella.
Como el pan se parece
al pan de ayer,
como un anillo a todos los anillos:
los días parpadean
claros, tintineantes, fugitivos,
y se recuestan en la noche oscura.

Veo el último
día
de este
año
en un ferrocarril, hacia las lluvias
del distante archipiélago morado,
y el hombre
de la máquina,
complicada como un reloj del cielo,
agachando los ojos
a la infinita
pauta de los rieles,
a las brillantes manivelas,
a los veloces vínculos del fuego.

Oh conductor de trenes
desbocados
hacia estaciones
negras de la noche,
este final del año
sin mujer y sin hijos
¿no es igual al de ayer, al de mañana?
Desde las vías
y las maestranzas
el primer día, la primera aurora
de un año que comienza,
tiene el mismo oxidado
color del tren de hierro:
y saludan
los seres del camino,
las vacas, las aldeas,
en el vapor del alba,
sin saber
que se trata
de la puerta del año,
de un día
sacudido
por campanas
adornado con plumones y claveles.

La tierra
no lo
sabe:
recibirá este día
dorado, gris, celeste,
lo extenderá en colinas,
lo mojará con
flechas
de transparente
lluvia,
y luego
lo enrollará
en su tubo,
lo guardará en la sombra.

Así es, pero
pequeña
puerta de la esperanza,
nuevo día del año,
aunque seas igual
como los panes
a todo pan,
te vamos a vivir de otra manera,
te vamos a comer, a florecer,
a esperar.
Te pondremos
como una torta
en nuestra vida,
te encenderemos
como candelabro,
te beberemos
como
si fueras un topacio.

Día
del año
nuevo,
día eléctrico, fresco,
todas
las hojas salen verdes
del
tronco de tu tiempo.

Corónanos
con
agua,
con jazmines
abiertos,
con todos los aromas
desplegados,
sí,
aunque
sólo
seas
un día,
un pobre
día humano,
tu aureola
palpita
sobre tantos
cansados
corazones,
y eres,
¡oh día
nuevo,
oh nube venidera,
pan nunca visto,
torre
permanente!



 Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.

viernes, 1 de enero de 2021

Año nuevo: PRIMERO DE ENERO, de Mijaíl Lermontov


A veces, rodeado de turbias multitudes,
cuando a través de mí, como a través de un sueño,
entre el rumor del baile y de la música
y en el brusco murmullo de frases aprendidas
fulguran las imágenes sin alma de los hombres
que por las conveniencias exhiben su careta.

Cuando mi fría mano roza apenas
-con el atrevimiento descuidado
de las bellezas de la corte-
con las manos ya frías, insensibles,
hundido en apariencia en sus vanos fulgores,
acaricio en el alma un viejo sueño,
los santos ecos del pasado.

Como si unos momentos pudiera adormecerme,
en el recuerdo del pasado
como un pájaro libre emprendo el vuelo.
Me veo niño, alrededor
los sitios tan queridos:
la casa señorial
en medio del jardín
con el invernadero abandonado;
cubre una verde red de hierbas
el estanque dormido;
tras el estanque el humo de la aldea,
allá en la lejanía se levanta
la niebla sobre el campo.
Yo voy por la avenida envuelta en sombra,
a través de las ramas
penetra un rayo de la tarde,
las hojas amarillas
gimen bajo los pasos temerosos.

Y una extraña tristeza
me oprime el corazón:
pienso en ella, amo y lloro,
pienso en los sueños de mi mente
-un fuego azul despide su mirada,
la sonrisa es de rosa
igual que el resplandor
de la aurora que nace tras el bosque-.

Así, señor de un encantado reino,
durante largas horas
permanezco callado
y hasta hoy guardo vivo su recuerdo
bajo las tempestades
de dolorosas dudas y pasiones;
como una fresca isla,
ingenuamente, en medio del mar
florece en húmedo desierto.

Cuando volviendo en mí reconozco el engaño
y el ruido de la turba
hace huir mis ensueños
-huéspedes no invitados a la fiesta-
deseo ardientemente
confundir su alegría
y arrojar a su rostro
versos de hierro audaces
llenos de rabia y de amargura.

Mijaíl Lermontov (Rusia, 1814-1841).

(Traducido al español por María Francisca de Castro Gil).

jueves, 31 de diciembre de 2020

Año nuevo: LAS INTERMITENCIAS DE LA MUERTE, de José Saramago

"Hasta la medianoche en punto del último día del año aún hubo gente que aceptó morir..."

(Fragmento sobre la noche de año nuevo)

Este pobre diablo no tiene remedio posible, no merece la pena perder tiempo operándolo, le decía el cirujano a la enfermera mientras ésta le ajustaba la mascarilla a la cara. Realmente, quizá no hubiera salvación para el desdichado el día anterior, pero lo que quedaba claro era que la víctima se negaba a morir en éste. Y lo que sucedía aquí, sucedía en todo el país. Hasta la medianoche en punto del último día del año aún hubo gente que aceptó morir en el más fiel acatamiento de las reglas, tanto las que se refieren al fondo de la cuestión, es decir, se acabó la vida, como las que se atienen a las múltiples formas en que éste, el dicho fondo de la cuestión, con mayor o menor pompa y solemnidad, suele revestirse cuando llega el momento fatal. Un caso sobre todos interesante, obviamente por tratarse de quien se trata, es el de la ancianísima y venerada reina madre. A las veintitrés horas y cincuenta y nueve minutos de aquel treinta y uno de diciembre nadie sería tan ingenuo para apostar el palo de una cerilla quemada por la vida de la real señora. Perdida cualquier esperanza, rendidos los médicos ante la implacable evidencia, la familia real, jerárquicamente dispuesta alrededor del lecho, esperaba con resignación el último suspiro de la matriarca, tal vez unas palabras, una última sentencia edificante para la formación moral de los amados príncipes sus nietos, tal vez una bella y redonda frase dirigida a la siempre ingrata retentiva de los súbditos futuros. Y después, como si el tiempo se hubiera parado, no sucedió nada. La reina madre no mejoró ni empeoró, se quedó como suspendida, balanceándose el frágil cuerpo en el borde de la vida, amenazando a cada instante con caer hacia el otro lado, pero atada a éste por un tenue hilo que la muerte, sólo podía ser ella, no se sabe por qué extraño capricho, seguía sosteniendo. Ya estamos en el día siguiente, y en él, como se informó nada más al empezar este relato, nadie iba a morir.
 
La tarde ya estaba muy avanzada cuando comenzó a circular el rumor de que, desde la entrada del nuevo año, más exactamente desde las cero horas de este día uno de enero en que estamos, no había constancia de que se hubiera producido en el país fallecimiento alguno. Podría pensarse, por ejemplo, que el rumor tuviera origen en la sorprendente resistencia de la reina madre a desistir de la poca vida que aún le restaba, pero lo cierto es que el habitual parte médico distribuido por el gabinete de prensa de palacio a los medios de comunicación social aseguraba no sólo que el estado general de la real enferma había experimentado una visible mejoría durante la noche, sino que incluso sugería y hasta daba a entender, eligiendo cuidadosamente las palabras, la posibilidad de un completo restablecimiento de la importantísima salud. En su primera manifestación el rumor podría haber partido con toda naturalidad de una agencia de pompas fúnebres y traslados, Por lo visto nadie parece dispuesto a morir en el primer día del año, o de un hospital, Ese tipo de la cama veintisiete ni ata ni desata, o del portavoz de la policía de tráfico, Es un auténtico misterio que, habiéndose producido tantos accidentes en la carretera, no haya ni un muerto para muestra. El rumor, cuya fuente primigenia nunca fue descubierta, aunque a la luz de lo que sucederá después eso importe poco, llegó pronto a los periódicos, a la radio, a la televisión, e hizo que inmediatamente las orejas de los directores, adjuntos y redactores jefes se alertaran, son personas preparadas para olfatear a distancia los grandes acontecimientos de la historia del mundo y entrenadas para agrandarlos siempre que tal convenga. En pocos minutos ya estaban en la calle decenas de reporteros de investigación haciendo preguntas a todo bicho viviente que se les pusiera por delante, mientras que en las caldeadas redacciones los teléfonos se agitaban y vibraban con idéntico frenesí indagador. Se realizaron llamadas a los hospitales, a la cruz roja, a la morgue, a las funerarias, a las policías, a todas, con comprensible exclusión de la secreta, y las respuestas llegaban siempre con las mismas lacónicas palabras, No hay muertos.
 
 
 José Saramago (Portugal, 1922-2010). Obtuvo el premio Nobel en 1998.

jueves, 22 de octubre de 2020

Epidemias: LOS NOVIOS, de Alessandro Manzoni

"... visitaron enfermos y cadáveres, y por doquier hallaron las feas y terribles marcas de la pestilencia."

(Fragmento del capítulo XXXI)

A lo largo, pues, de toda la franja de territorio recorrida por el ejército, se había encontrado algún cadáver en las casas, alguno por el camino. Poco después, en este o en aquel pueblo, empezaron a enfermar, a morir, personas, familias, de males violentos, extraños, con síntomas desconocidos para la mayoría de los vivos. Había tan sólo algunos para quienes no resultaban nuevos: los pocos que podían acordarse de la peste que, cincuenta y tres años antes, había asolado también buena parte de Italia, y en especial el Milanesado, donde fue llamada, y lo es todavía, la peste de San Carlos. ¡Tanta fuerza tiene la caridad! Entre los recuerdos tan variados y solemnes de un infortunio general, puede ésta hacer descollar el de un hombre, porque a ese hombre le inspiró sentimientos y acciones más memorables aún que los males; imprimirlo en las mentes, como un compendio de todas aquellas desgracias, porque en todas lo introdujo y mezcló, como guía, socorro, ejemplo, víctima voluntaria; hacer, de una calamidad para todos, una hazaña para este hombre; designarla por su nombre, como una conquista, o un descubrimiento.

El protomédico Lodovico Settala, que no sólo había visto aquella peste, sino que había sido uno de sus más activos e intrépidos, y, aunque jovencísimo entonces, de sus más famosos sanadores; y que ahora, sospechando grandemente de ésta, estaba alerta y sobre aviso, informó, el 20 de octubre, al tribunal de sanidad, de que, en el pueblo de Chiuso (último del territorio de Lecco, y confinante con el Bergamasco), había entrado indudablemente el contagio. No por ello se tomó resolución alguna, como se lee en el Informe de Tadino.

Y he aquí que empiezan a llegar avisos parecidos de Lecco y de Bellano. El tribunal se decidió entonces, contentándose con enviar a un comisario, que, por el camino, recogiese a un médico de Como, y fuese con él a visitar los lugares indicados. Ambos, «o por ignorancia o por otra causa, se dejaron persuadir por un viejo e ignorante barbero de Bellano, de que aquella clase de males no era peste»; sino, en algunos lugares, efecto ordinario de las emanaciones otoñales de los pantanos, y en los otros, efecto de las privaciones y penalidades sufridas, durante el paso de los alemanes. Semejante seguridad fue transmitida al tribunal, que al parecer se dio con ello por satisfecho.

Pero, llegando sin tregua más y más noticias de muerte de distintos lugares, fueron enviados dos delegados para ver y proveer: el ya mencionado Tadino, y un oidor del Tribunal. Cuando éstos llegaron, el mal se había extendido ya tanto, que las pruebas se ofrecían por sí solas, sin necesidad de ir a buscarlas. Recorrieron el territorio de Lecco, la Valsassina, las riberas del lago de Como, los distritos denominados Monte de Brianza y Gera de Adda; y por doquier hallaron pueblos cerrados por cancelas en las entradas, otros casi desiertos, y sus habitantes huidos y acampados en las tierras, o dispersos; «y nos parecían», dice Tadino, «criaturas salvajes, llevando en la mano unos hierbabuena, otros ruda, otros romero y otros frascos de vinagre». Se informa- ron del número de muertos: era espantoso; visitaron enfermos y cadáveres, y por doquier hallaron las feas y terribles marcas de la pestilencia. Dieron al punto, por carta, aquellas siniestras noticias al tribunal de sanidad, el cual, al recibirlas, que fue el 30 de octubre, «se dispuso», dice el mismo Tadino, a prescribir las cédulas, para impedir el acceso a la ciudad de las personas procedentes de los pueblos donde el contagio se había manifestado; «y mientras se redactaba el bando», dio anticipada- mente alguna orden sumaria a los consumeros.


Alessandro Manzoni (Italia, 1785-1873).

miércoles, 21 de octubre de 2020

Epidemias: ROMEO Y JULIETA, de William Shakespeare

"Aquí te la devuelvo. Ni siquiera pude encontrar un mensajero que te la devolviera. Tanto miedo hay a la peste..."

(Acto V, escena III)

Entra Fray Juan.

Fray Juan: ¡Fray Lorenzo! ¡Hermano! Entra Fray Lorenzo.

Fray Lorenzo: ¡Fray Juan...! ¡Bienvenido! ¿Cómo está Romeo?

Fray Juan: No lo he visto Lorenzo. Fui a buscar un hermano, uno de nuestra orden, estaba en la ciudad visitando a un enfermo. Lo encontré en el momento en que la guardia sospechó que pudiese venir de alguna casa donde hubiese contagio de la peste. Sin dejarnos salir, sello las puertas, y fue así que no pude hacer el camino hasta Mantua.

Fray Lorenzo: ¿Quién llevó mi carta hasta Romeo?

Fray Juan: Nadie... Aquí te la devuelvo. Ni siquiera pude encontrar un mensajero que te la devolviera. Tanto miedo hay a la peste...

Fray Lorenzo: ¡Por mis santas órdenes! No era una carta cualquiera. Haberla dejado sin entregar es muy peligroso. Rápido hermano Juan. Necesito una barra de hierro....

Fray Juan: La estoy trayendo...

Sale Fray Juan.

Fray Lorenzo: Debo ir ya mismo a la tumba. Despertará en tres horas... Pobre cuerpo viviente, encerrado entre muertos...

Sale.

William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616).

(Traducido al español por Mauricio Kartun).

La ilustración corresponde al quinto acto de Romeo y Julieta durante la puesta en escena de la Royal Shakespeare Company en 2004. La fotografía fue tomada por Peter Coombs. 

martes, 20 de octubre de 2020

Epidemias: EL HOSPITAL DE LOS PODRIDOS, entremés anónimo atribuido a Miguel de Cervantes

(Fragmento inicial)

Salen Leyva, el rector y el secretario

Leyva: ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué hospital se ha hecho de forma!

Rector: Era tanta la pudrición que había en este lugar, que corría gran peligro de engendrarse una peste, que muriera más gente que el año de las landres; y así, han acordado en la república, por vía de buen gobierno, de fundar un hospital para que se curen los heridos desta enfermedad o pestilencia, y a mí me han hecho rector.

Secretario:  Después que hay galera para las mujeres y hospital para los que se pudren, anda el lugar más concertado que un reloj.

Rector: No quiera vuesa merced saber más, señor Leyva, que había hombre que ni comía ni dormía en siete horas, haciendo discursos; y cuando vía a uno con una cadena o vestido nuevo, decía: "¿Quién te lo dio, hombre? ¿Dónde lo hubiste? ¿De dónde lo pudiste sacar? Tú no tienes hacienda más que yo; con tener más que tú, apenas puedo dar unas cintas a mi mujer". Y desvanecidos en esto, se les hace una ponzoña y polilla. Mas pongámonos aquí y veremos salir los enfermos.



Este entremés del Siglo de oro suele atribuirse a
Miguel de Cervantes (España, 1547-1616).

Aunque su autoría también se le adjudica a
Félix Lope de Vega y Carpio (España, 1562-1635).

Las ilustraciones corresponden a una puesto en escena del grupo Teatro Zircó.

lunes, 19 de octubre de 2020

Epidemias: DESCRIPCIÓN DE LA PESTE EN FLORENCIA, de Niccolò Machiavelli

"Y poniendo fin al trágico relato de la horrenda peste, me encomiendo al placer de un nuevo coloquio con ella."

(Fragmento)

Al no ver en torno mío persona cuyo respeto me pudiera contener, y como ella además me había mirado con sus piadosos ojos, me acerqué y le dije:

- Graciosa dama, si mi pregunta cortés no os molesta, tened la bondad de compla- cerme diciéndome qué razones os retienen aquí tan largamente y si puedo tener la suerte de serviros en algo.

- Como veis -me contestó- he esperado, hasta ahora en vano, que los frailes recen las completas. En cuanto a mis cuidados, son tantos que no ya vos, sino que cualquier otra persona de menos calidad podría valerme. Mi luto demuestra que de mi querido esposo me veo privada, y lo que más me duele es que haya muerto de la peste cruel y aunque yo en peligro de ella no estoy, por miedo a ella nadie se atreve a acercarse a mí, y vos mismo os apartaréis al haberlo sabido, como es prudente.

Su palabra, su voz y su preocupación por mi salud, me cautivaron el corazón si ya no me lo hubiera cautivado su belleza.

- ¿Por qué estáis sola? -volví a preguntarle.

- Porque me he quedado sola.

- ¿Sería de vuestro agrado tener compañía?

- Sólo es mi deseo el de vivir acompañada honestamente.

- Aún cuando a mí no me complaciera el ir acompañado de una dama, en vista de vuestra venusta y graciosa figura en la que puso la naturaleza para bien de todos sus esfuerzos y movido en compasión por vuestros afanes, dispuesto estoy a acompañaros y si bien mi edad no es la que pudiera conveniros, mis facultades y mis demás condiciones, son tales que podrán conveniros.

- De los hombres siempre son las promesas largas y corta la fe, según aprendí en las pasadas historias.

- A quien escribe, es lícito decir lo que quiere; pero quien prudentemente lee, no se fía de quien razonablemente no debe fiarse; lo mejor es que cada uno aprenda de sí mismo.

- Puesto que el cielo, dispensador de todos los bienes, junto  a vos me ha puesto, aún cuando jamás os he visto y no creo insipiraros particulares cuidados, puesto que de mí os contentáis, me parecería error y ofensa el no aceptaros.

Apenas había ella dicho estas palabras, cuando un ocioso fraile, de cabeza rapada, más apto para el remo que no para el sacrificio (cuyo nombre callo, para poder mejor hablar sis respetos) como el halcón cae a plomo sobre la pieza que ve en la tierra, se lanzó sobre la esbelta y delicada dama y muy domésticamente como si mil veces hubiese antes hablado con ella (según costumbre suya), le preguntó si no necesitaba ninguno de sus oficios. Yo me encargué de contestarle que por entonces de todo estaba satisfecha y para nada le servía su frailesca caridad.

El bigardo, que ya jadeaba al prometerse un encuentro muy agradable que hubiese destruido el nuestro, al ver que la caza se le iba, la fulminó con ojos de serpiente, pero acogido duramente por ella y poco acariciado por mí, abandonó la batida y se retiró en mal hora, barbotando no sé qué.

Pero no creáis que yo, como suele hacerse, me aparté de ella, sino que la acompañé hasta su casa y como había cautivado mi corazón llegamos a un acuerdo.

Cuando quedé solo y pleno de la dulce alegría que me había inspirado mi dulce compañera, por no desviarme de mi plan ni de mi costumbre, dirigí mis pasos al egregio y alegre templo de San Lorenzo, para ver si allí podía gozar como en otros años de mayo y de sus flores; pero allí recibí una impresión semejante a la de los que beben las sucias aguas del Leteo, pues aunque en la bellísima dama quería concentrar todos mis pensamientos, por todas partes y en todas las cosas y figuras creía ver al inoportuno e hipócrita fraile.

De tal manera los celos embargaban mi espíritu, que ocuparme de otra cosa no podía.

Pareciéndome que gastaba en vano el tiempo y deseando a todo trance, como convenido estaba, volver a ver a la deseada dama, me volví a mi casa en seguida.

Y poniendo fin al trágico relato de la horrenda peste, me encomiendo al placer de un nuevo coloquio con ella.

Nicolò Machiavelli (Italia, 1469-1527).

(Traducido al español por E. Barriobero y Herrán).
La ilustración corresponde a La bella (1536), de Tiziano, que se encuentra en la Galería Palatina de Florencia.

viernes, 16 de octubre de 2020

Epidemias: EL BANQUETE, de Platón

"... casi todo lo destruye y arrasa; engendra la peste y toda clase de enfermedades..."

(Fragmento)

»Pausanias ha empezado muy bien su discurso, pero pareciéndome que a su final no lo ha desenvuelto suficientemente, creo que estoy en el caso de completarlo. Apruebo la distinción que ha hecho de los dos amores, pero creo haber descubierto por mi arte, la medicina, que el amor no reside sólo en el alma de los hombres, donde tiene por objeto la belleza, sino que hay otros objetos y otras mil cosas en que se encuentra; en los cuerpos de todos los animales, en las producciones de la tierra; en una palabra, en todos los seres; y que la grandeza y las maravillas del dios brillan por entero, lo mismo en las cosas divinas que en las cosas humanas. Tomaré mi primer ejemplo de la medicina, en honor a mi arte.

»La naturaleza corporal contiene los dos amores; porque las partes del cuerpo que están sanas y las que están enfermas constituyen necesariamente cosas deseme- jantes, y lo desemejante ama lo desemejante. El amor, que reside en un cuerpo sano, es distinto del que reside en un cuerpo enfermo, y la máxima, que Pausanias acaba de sentar: que es cosa bella conceder sus favores a un amigo virtuoso, y cosa fea entregarse al que está animado de una pasión desordenada, es una máxima aplicable al cuerpo. También es bello y necesario ceder a lo que hay de bueno y de sano en cada temperamento, y en esto consiste la medicina; por el contrario, es vergonzoso complacer a lo que hay de depravado y de enfermo, y es preciso combatirlo, si ha de ser uno un médico hábil. Porque, para decirlo en pocas palabras, la medicina es la ciencia del amor corporal con relación a la repleción y evacuación; el médico, que sabe discernir mejor en este punto el amor arreglado del vicioso, debe ser tenido por más hábil; y el que dispone de tal manera de las inclinaciones del cuerpo, que puede mudarlas según sea necesario, introducir el amor donde no existe y hace falta, y quitarlo del punto donde es perjudicial, un médico de esta clase es un excelente práctico; porque es preciso que sepa crear la amistad entre los elementos más enemigos, e inspirarles un amor recíproco. Los elementos más enemigos son los más contrarios, como lo frío y lo caliente, lo seco y lo húmedo, lo amargo y lo dulce y otros de la misma especie. Por haber encontrado Esculapio, jefe de nuestra familia, el medio de introducir el amor y la concordia entre estos elementos contrarios, se le tiene por inventor de la medicina, como lo cantan los poetas y como yo mismo creo. Me atrevo a asegurar que el Amor preside a la medicina, lo mismo que a la gimnasia y a la agricultura. Sin necesidad de fijar mucho la atención, se advierte su presencia en la música, y quizá fue esto lo que Heráclito quiso decir, si bien no supo explicarlo. La unidad, dice, que se opone a sí misma, concuerda consigo misma; produce, por ejemplo, la armonía de un arco o de una lira. Es un absurdo decir que la armonía es una oposición, o que consiste en elementos opuestos, sino que lo que Heráclito al parecer entendía es que de elementos, al pronto opuestos, como lo grave y lo agudo, y puestos después de acuerdo, es de donde el arte musical saca la armonía. En efecto, la armonía no es posible en tanto que lo grave y lo agudo permanecen en oposición; porque la armonía es una consonancia; la consonancia un acuerdo, y no puede haber acuerdo entre cosas opuestas, mientras permanecen opuestas; y así las cosas opuestas, que no concuerdan, no producen armonía. De esta manera también las sílabas largas y las breves, que son opuestas entre sí, componen el ritmo, cuando se las ha puesto de acuerdo. Y aquí es la música, como antes era la medicina, la que produce el acuerdo, estableciendo la concordia o el amor entre las contrarias. La música es la ciencia del amor con relación al ritmo y a la armonía. No es difícil reconocer la presencia del amor en la constitución misma del ritmo y de la armonía. Aquí no se encuentran dos amores, sino que, cuando se trata de poner el ritmo y la armonía en relación con los hombres, sea inventando, lo cual se llama composición música, sea sirviéndose de los aires y compases ya inventados, lo cual se llama educación, se necesitan entonces atención suma y un artista hábil. Aquí corresponde aplicar la máxima establecida antes: que es preciso complacer a los hombres moderados y a los que están en camino de serlo, y fomentar su amor, el amor legítimo y celeste, el de la musa Urania. Pero respecto al de Polimnia, que es el amor vulgar, no se le debe favorecer sino con gran reserva y de modo que el placer que procure no pueda conducir nunca al desorden. La misma circunspección es necesaria en nuestro arte para arreglar el uso de los placeres de la mesa, de modo que se goce de ellos moderadamente, sin perjudicar a la salud.

»Debemos, pues, distinguir cuidadosamente estos dos amores en la música, en la medicina y en todas las cosas divinas y humanas, puesto que no hay ninguna en que no se encuentren. También se hallan en las estaciones, que constituyen el año, porque siempre que los elementos, de que hablé antes, lo frío y lo caliente, lo húmedo y lo seco, contraen los unos para con los otros un amor ordenado y componen una debida y templada armonía, el año es fértil y es favorable a los hombres, a las plantas y a todos los animales, sin perjudicarles en nada. Pero cuando el amor intemperante predomina en la constitución de las estaciones, casi todo lo destruye y arrasa; engendra la peste y toda clase de enfermedades que atacan a los animales y a las plantas; y las heladas, los hielos y las nieblas provienen de este amor desordenado de los elementos. La ciencia del amor, en el movimiento de los astros y de las estaciones del año, se llama astronomía. Además los sacrificios, el uso de la adivinación, es decir, todas las comunicaciones de los hombres con los dioses, sólo tienen por objeto entretener y satisfacer al amor, porque todas las impiedades nacen de que buscamos y honramos en nuestras acciones, no el mejor amor, sino el peor, faz a faz de los vivos, de los muertos y de los dioses. Lo propio de la adivinación es vigilar y cuidar de estos dos amores. La adivinación es la creadora de la amistad, que existe entre los dioses y los hombres, porque sabe todo lo que hay de santo o de impío, en las inclinaciones humanas. Por lo tanto, es cierto decir, en general, que el Amor es poderoso, y que su poder es universal; pero que cuando se consagra al bien y se ajusta a la justicia y a la templanza, tanto respecto de nosotros como respecto de los dioses, es cuando manifiesta todo su poder y nos procura una felicidad perfecta, estrechándonos a vivir en paz los unos con los otros, y facilitándonos la benevolencia de los dioses, cuya naturaleza se halla tan por encima de la nuestra».


Platón (Grecia, 427 a. de C.-347 a. de C.)

La ilustración corresponde a El banquete de Platón (1873), de Anselm Friedrich Feuerbach.