Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
lunes, 11 de enero de 2021
Año nuevo: CIEN AÑOS DE SOLEDAD, de Gabriel García Márquez
domingo, 10 de enero de 2021
Año nuevo: HENDERSON, EL REY DE LA LLUVIA, de Saul Bellow
sábado, 9 de enero de 2021
Año nuevo: LOS ESCONDITES, de Eugenio Montale
Cuando no estoy seguro de estar vivo
la certidumbre
está a dos pasos, pero cómo duele
reencontrar los
objetos, una pipa, el perrito
de madera de mi
esposa, una esquela
del hermano de
ella, tres o cuatro gafas
también de ella,
un corcho de botella
que le pegó en
la frente en un lejano
cotillón de año nuevo
en Sils Maria
y otras
chácharas. Mudan de domicilio, entran
en los agujeros
más ocultos, siempre
cerca de acabar
en la basura.
Conspirando
entre sí se organizaron
para sostenerme,
saben mejor que yo
el hilo que las
une a quien quisiera
deshacerse de
ellas y no se atreve. Más cercano
en el tiempo el
Gubelin automático trata
de sumárseles,
perpetuamente rechazado.
Lo compramos en
Lucerna y ella dijo
llueve demasiado
en Lucerna, jamás nos va a servir.
Y en efecto…
Eugenio Montale (Italia 1896-1981). Obtuvo el premio Nobel en 1975.
viernes, 8 de enero de 2021
Año nuevo: LA BALANZA DE LOS BALEK, de Heinrich Böll
(Fragmento)
Cuando el día de
Año Nuevo los Balek von Bilgan concurrieron a misa mayor con sus nuevas armas
-un gigante sentado al pie de un abeto- en su coche ya campeando sobre azul y
oro, vieron los duros y pálidos rostros de la gente mirándolos de hito en hito.
Habían esperado ver el pueblo lleno de guirnaldas, y que irían por la mañana a
cantarles al pie de sus ventanas, y vivas y aclamaciones, pero, cuando ellos
pasaron con su coche, el pueblo estaba como muerto; en la iglesia, los pálidos
rostros de la gente se volvieron hacia ellos con expresión enemiga, y cuando el
párroco subió al púlpito para decir el sermón, sintió el frío de aquellos
rostros hasta entonces tan apacibles y amables, pronunció pesaroso su plática y
regresó al altar bañado en sudor. Y cuando, después de la misa, los Balek von
Bilgan salieron de la iglesia, pasaron entre dos filas de silenciosos y pálidos
rostros. Pero la joven Balek von Bilgan se detuvo delante, junto a los bancos
de los niños, buscó la cara de mi abuelo, el pequeño y pálido Franz Brücher y,
en la misma iglesia, le preguntó:
- ¿Por qué no
llevaste el café a tu madre?
Y mi abuelo se
levantó y dijo:
- Porque todavía
me debe usted tanto dinero como cuestan cinco kilos de café -y sacando los
cinco guijarros del bolsillo, los presentó a la joven dama y añadió-: Todo
esto, cincuenta y cinco gramos, es lo que falta en medio kilo de su justicia.
Y antes de que
la señora pudiera decir nada, los hombres y mujeres que había en la iglesia
entonaron el canto:
“La Justicia de
la tierra, oh, Señor, te dio muerte…”
Mientras los
Balek estaban en la iglesia, Wilhelm Vohla, el cazador furtivo, había entrado
en el gabinete, habían robado la balanza y aquel libro tan grueso, encuadernado
en piel, en el cual estaban anotados todos los kilos de setas, todos los kilos
de amapolas, todo lo que los Balek habían comprado en el pueblo. Y toda la
tarde del día de Año Nuevo, estuvieron los hombres del pueblo en casa de mis
abuelos contando; contaron la décima parte de todo lo que les habían comprado…
pero cuando habían ya contado muchos miles de marcos y aún no terminaban,
llegaron los gendarmes del comandante del distrito e irrumpieron en la choza de
mi abuelo disparando y empuñado las bayonetas y, a la fuerza, se llevaron la
balanza y el libro. En la refriega murió la pequeña Ludmilla, hermana de mi
abuelo, resultaron heridos un par de hombres y fue agredido uno de los
gendarmes por Wilhem Vohla, el cazador furtivo.
No sólo se
sublevó nuestro pueblo, sino también Blaugau y Bernau, y durante casi una
semana se interrumpió el trabajo de las agramaderas. Pero llegaron muchos
gendarmes y amenazaron a hombres y mujeres con meterlos en la cárcel, y los
Balek obligaron al párroco a que exhibiera públicamente la balanza en la
escuela y demostrara que el fiel de la justicia estaba bien equilibrado. Y
hombres y mujeres volvieron a las agramaderas, pero nadie fue a la escuela a
ver al párroco. Estuvo allí solo, indefenso y triste con sus pesas, la balanza
y las bolsas de café.
Heinrich Böll (Alemania, 1917-1985). Obtuvo el premio Nobel en 1972.
La lectura del texto íntegro es posible en Ciudad Seva.
jueves, 7 de enero de 2021
Año nuevo: LO BELLO Y LO TRISTE, de Yasunari Kawabata
(Fragmento del capítulo Primavera temprana)
Al día siguiente, cuando estaba por subir al tren, mientras se repetía que era inútil esperar que Otoko lo despidiera en la estación, apareció su discípula Sakami Keiko.
- ¡Feliz Año Nuevo! La señorita Ueno tenía intenciones de venir a despedirlo, pero tuvo que hacer algunas llamadas de Año Nuevo que le ocuparán toda la mañana y por la tarde recibirá visitas. Por eso he venido en su lugar.
- Muy amable de su parte –replicó Oki.
La belleza de la muchacha atraía la atención de las pocas personas que viajaban aquel día de fiesta.
- Es la segunda vez que usted se incomoda por mí.
- Es un placer. Keiko llevaba el mismo quimono de la noche anterior: una prenda de satén estampado en el que predominaban los tonos de azul, con un motivo de pájaros que revoloteaban entre copos de nieve. Los pájaros ponían una nota de color, pero el conjunto era bastante sombrío para ser la vestimenta festiva de una muchacha tan joven.
- Muy elegante su quimono. ¿El estampado es obra de la señorita Ueno?- No –dijo Keiko y se ruborizó un poco–. Es obra mía, pero no resultó como esperaba.
Pero lo cierto era que ese quimono oscuro hacía resaltar la perturbadora belleza de Keiko. Además había algo juvenil en la decorativa armonía de colores y en las variadas formas de los pájaros. Hasta los copos de nieve parecían estar danzando.
La muchacha le entregó varias cajas de bocadillos típicos de Kyoto para que comiera en el tren y le señaló que se las enviaba Otoko. Durante los minutos que el tren permaneció en la estación, Keiko estuvo de pie junto a la ventanilla. Al verla así, enmarcada por la ventanilla, Oki pensó que quizás aquel fuera el período en que la belleza de aquella mujer había llegado a su esplendor. Él no había visto a Otoko en el apogeo de su belleza juvenil. Tenía dieciséis años cuando se separaron.
Oki comió temprano; alrededor de las cuatro y media. En las cajas encontró una variedad de comidas de Año Nuevo, entre las que figuraban algunas bolitas de arroz de forma perfecta. Parecían expresar las emociones de una mujer. Sin duda la propia Otoko las había preparado para el hombre que, mucho tiempo atrás, había destruido su tierna juventud.
Al masticar aquellos bocadillos de arroz, sintió el perdón de la mujer en su lengua y en sus dientes. No, no era perdón, era amor. Estaba seguro de que era amor, un amor que aún ardía en lo más hondo de su ser. Todo lo que él sabía de la vida de Otoko en Kyoto era que ella se había abierto camino como pintora sin ninguna ayuda. Quizás hubieran existido en su vida otros amores, otras historias sentimentales. Pero sabía que ella sentía por él el desesperado amor de la adolescencia. Él, por su parte, había tenido relaciones con otras mujeres; pero nunca había vuelto a amar con la misma intensidad.
Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.
(Traducido al español por Nélida M. de Machain).
lunes, 4 de enero de 2021
Año nuevo: UN CUENTO DE AÑO NUEVO, de Anatole France
Horteur, el fundador de la Etoile, el director político y literario de la Revue National y del Nouveau Siécle Ilustré, habiéndome recibido en su gabinete, repantigado en su silla dictatorial, me dijo:
- Mi buen Marteau, hazme un cuento para el número extraordinario del Nouveau Siécle. Trescientas líneas con ocasión del “año nuevo”. Alguna cosa viviente, con cierto perfume aristocrático.Contesté a Horteur que yo no podría hacerlo como él quería, pero que de buena gana le escribiría un cuento.
- Me gustaría -dijo-, que se titulase: “Cuento para los ricos”.
- Yo preferiría titularlo: “Cuento para los pobres”.
- Es lo mismo. Un cuento que inspire a los ricos piedad para los pobres.
- Es que precisamente no me gusta que los ricos tengan piedad de los pobres.
- ¡Bravo!
- No bravo, sino científico. Creo que la piedad del rico hacia el pobre es injuriosa y contraria a la fraternidad humana. Si quieres que hable a los ricos, les diré: “Ahórrenle a los pobres su piedad; para nada les sirve. ¿Por qué la piedad y no la justicia? Están en deuda con ellos; salden sus cuentas. Esta no es cuestión de sentimiento; es una cuestión económica. Si lo que les dan graciosamente es para prolongar la pobreza de ellos y la riqueza de ustedes, ese don es inicuo y las lágrimas que mezclen no lo harán más equitativo. Hay que restituir, como decía el procurador al juez después del sermón del hermano Maillard. Ustedes hacen limosna para no restituir. Dan un poco para guardar mucho, y se felicitan por ello. Así el tirano de Samos arrojó su anillo al mar. Pero la Némesis de los dioses no recibió la ofrenda. Un pescador devolvió al tirano su anillo dentro del vientre de un pescado. Y Polycrato fue despojado de todas sus riquezas.”
- Estás bromeando.
- No bromeo. Quiero hacer comprender a los ricos que son benéficos con descuento y generosos de conveniencia, que entretienen al acreedor y que no es así como se hacen los negocios. Es un aviso que puede serles útil.
- Y quieres meter semejantes ideas en el Nouveau Siécle para acreditarlo. ¡Nada de esto, amigo mío, nada de esto!
- ¿Por qué quieren que el rico proceda con el pobre de otro modo que con los ricos y los poderosos? Les pagan lo que les deben, y si nada les deben, nada les pagan. Esta es la probidad. Si es honrado, que haga lo mismo con los pobres. Y no digan que los ricos nada deben a los pobres. Yo no creo que lo piense ni un solo rico. Las incertidumbres comienzan al tratar de la extensión de la deuda, que no se tiene prisa por solventar. Se prefiere permanecer en la duda. Se sabe que se debe, no se sabe lo que se debe, y se entrega de cuando en cuando una pequeñez a cuenta. Esto se llama la beneficencia; y es muy ventajoso.
- Pero lo que dices no tiene sentido común, mi querido colaborador. Yo tal vez soy más socialista que tú; pero soy práctico. Suprimir un sufrimiento, prolongar una existencia, reparar una pequeña parte de las injusticias sociales, ya es un resultado. El poco bien que se hace, hecho queda. No es todo, pero es algo. Si el cuentecito que te pido enternece a un centenar de mis ricos suscriptores y los dispone a dar, esto se habrá ganado contra el mal y contra el sufrimiento. Así, poco a poco, se hace soportable la condición de los pobres.- ¿Acaso es bueno que la condición de los pobres sea soportable? La pobreza es indispensable a la riqueza; la riqueza es necesaria a la pobreza. Estos dos males se engendran el uno al otro y se sostienen el uno por el otro. No se ha de mejorar la condición de los pobres; hay que suprimirla. Yo no induciré a los ricos a que den limosna, porque su limosna está envenenada, porque la limosna beneficia al que la da y daña al que la recibe, y porque, en fin, la riqueza, siendo por sí misma dura y cruel, no debe revestir la apariencia engañosa de la dulzura. Si quieres que escriba un cuento para los ricos, yo les diré: “Sus pobres son sus perros a quienes alimentan para morder. Los socorridos son para los poseedores una jauría que ladra a los proletarios. Los ricos no dan sino a los que piden. Los trabajadores nada piden; por lo tanto nada reciben.”
- Pero, ¿los huérfanos, los enfermos, los ancianos?…
- Tienen derecho a vivir. Para ellos no excitaría la piedad, sino que invocaría el derecho.
- ¡Todo esto son teorías! Volvamos a la realidad. Me escribes un cuentecito con ocasión del año nuevo y puedes meter en él un poco de socialismo. El socialismo está de moda. Es una elegancia. No hablo del socialismo de Guesde, ni de Jaurés; sino del buen socialismo que la gente de mundo opone, con intención e ingenio, al colectivismo. Ha de haber en tu cuento figuras jóvenes. Se publicará con ilustraciones y la gente gusta de las láminas que representan asuntos agradables. Pon en escena una muchacha joven y hermosa. Esto no es difícil.
- Efectivamente, no es difícil.
- ¿No podrías también introducir en el cuento un muchacho deshollinador? Tengo una ilustración a propósito, un grabado en colores que representa una linda joven que da limosna a un pequeño deshollinador en las escalinatas de la Magdalena. Sería una ocasión de utilizarlo… Hace frío, nieva; la linda señorita socorre al muchacho… ¿Te haces cargo?
- Comprendo perfectamente.
- Tú harías primores sobre este tema.
- Los haré. El pequeño deshollinador, en un transporte de agradecimiento, se arroja al cuello de la linda señorita, que resulta ser la propia hija del señor conde de Linotte. Le da un beso e imprime sobre la mejilla de la graciosa criatura una pequeña O de hollín, una hermosa O redonda y negra. La ama. Edma (porque ella se llama Edma) no se muestra insensible a un sentimiento tan sincero y tan ingenuo… Me parece que la idea es sugestiva.
- Sí… con esto podrías hacer algo.
- Me animas a continuar… De vuelta en su morada suntuosa del bulevar Malesherbes, Edma experimenta por primera vez repugnancia a lavarse, quisiera guardar sobre su mejilla la huella de los labios que en ella se posaron. Entre tanto, el chiquillo la ha seguido hasta la puerta y ha quedado en éxtasis bajo las ventanas de la encantadora muchacha… ¿Va bien así?
- Bueno… sí.
- Pues prosigo. A la mañana siguiente, Edma, acostada en su camita blanca, ve salir de la chimenea de su cuarto al pequeño deshollinador, que se arroja ingenuamente sobre la deliciosa niña y la cubre de redondas O de hollín. He olvidado decirte que él es maravillosamente bello. La condesa de Linotte los sorprende en esa dulce tarea. Grita, llama. Se halla él tan ocupado que ni la ve ni la oye.
- Mi querido Marteau…
- Se halla él tan ocupado que ni la ve ni la oye. Acude el conde, que tiene espíritu caballeresco, y coge al muchacho por los fondillos del pantalón, que es lo que ve primero, y lo tira por la ventana.
- Mi querido Marteau…
- Abreviaré… Nueve meses después, el pequeño deshollinador se casa con la noble señorita. No había tiempo que perder. He aquí las consecuencias de una caridad bien practicada.
- Mi querido Marteau, ¿te has burlado bastante de mí?
- No lo creas. Voy a terminar. Casado con la señorita de Linotte, el pequeño deshollinador llegó a ser conde pontificio y se arruinó en las carreras. Hoy día es fumista en la calle de la Gaité, en Montparnasse. Su mujer despacha en la tienda y vende calentadores, a 18 francos, pagaderos en ocho meses.
- Mi querido Marteau, esto no tiene nada de divertido.
- Atiende, mi querido Horteur. Lo que te acabo de contar es, en el fondo, La caída de un ángel, de Lamartine, y Eloa, de Alfredo de Vigny. En todo caso, vale más que tus historietas lacrimosas que hacen creer a las gentes que son muy buenas, cuando no son buenas; que obran bien, cuando no obran bien; que es fácil ser bienhechores, cuando es la cosa más difícil del mundo. Mi cuento es moral. Además, es optimista y acaba bien. Porque Edma encuentra en la tienda de la calle de la Gaité la felicidad que hubiera buscado en vano en las diversiones y en las fiestas, de haberse casado con un diplomático o un oficial… Mi querido director, respóndeme: ¿quieres mi cuento “Edma o la caridad bien practicada” para el Nouveau Siécle Illustré?
- ¿Es que me lo propones seriamente…?
- Te lo propongo seriamente. Si no lo quieres, lo publicaré en otra parte.
- ¿Dónde?- En un periódico burgués.
- No creo que te lo admitan.
- Pues ya lo verás.
Anatole France (Francia, 1844-1924). Obtuvo el premio Nobel en 1921.
domingo, 3 de enero de 2021
Año nuevo: LA MARCA DE LA BESTIA, de Rudyard Kipling
La ilustración corresponde a un paisaje invernal de Dharamkot, en las proximidades de Dharamsala.
sábado, 2 de enero de 2021
Año nuevo: ODA AL PRIMER DÍA DEL AÑO, de Pablo Neruda
como
si fuera
un caballito
diferente de todos
los caballos.
Adornamos su frente
con una cinta,
le ponemos
al cuello cascabeles dorados,
y a medianoche
vamos a recibirlo
como si fuera
explorador que baja de una estrella.
Como el pan se parece
al pan de ayer,
como un anillo a todos los anillos:
los días parpadean
claros, tintineantes, fugitivos,
y se recuestan en la noche oscura.
Veo el último
día
de este
año
en un ferrocarril, hacia las lluvias
del distante archipiélago morado,
y el hombre
de la máquina,
complicada como un reloj del cielo,
agachando los ojos
a la infinita
pauta de los rieles,
a las brillantes manivelas,
a los veloces vínculos del fuego.
Oh conductor de trenes
desbocados
hacia estaciones
negras de la noche,
este final del año
sin mujer y sin hijos
¿no es igual al de ayer, al de mañana?
Desde las vías
y las maestranzas
el primer día, la primera aurora
de un año que comienza,
tiene el mismo oxidado
color del tren de hierro:
y saludan
los seres del camino,
las vacas, las aldeas,
en el vapor del alba,
sin saber
que se trata
de la puerta del año,
de un día
sacudido
por campanas
adornado con plumones y claveles.
La tierra
no lo
sabe:
recibirá este día
dorado, gris, celeste,
lo extenderá en colinas,
lo mojará con
flechas
de transparente
lluvia,
y luego
lo enrollará
en su tubo,
lo guardará en la sombra.
Así es, pero
pequeña
puerta de la esperanza,
nuevo día del año,
aunque seas igual
como los panes
a todo pan,
te vamos a vivir de otra manera,
te vamos a comer, a florecer,
a esperar.
Te pondremos
como una torta
en nuestra vida,
te encenderemos
como candelabro,
te beberemos
como
si fueras un topacio.
Día
del año
nuevo,
día eléctrico, fresco,
todas
las hojas salen verdes
del
tronco de tu tiempo.
Corónanos
con
agua,
con jazmines
abiertos,
con todos los aromas
desplegados,
sí,
aunque
sólo
seas
un día,
un pobre
día humano,
tu aureola
palpita
sobre tantos
cansados
corazones,
y eres,
¡oh día
nuevo,
oh nube venidera,
pan nunca visto,
torre
permanente!
viernes, 1 de enero de 2021
Año nuevo: PRIMERO DE ENERO, de Mijaíl Lermontov
A veces, rodeado de turbias multitudes,
cuando a través de mí, como a través de un sueño,
entre el rumor del baile y de la música
y en el brusco murmullo de frases aprendidas
fulguran las imágenes sin alma de los hombres
que por las conveniencias exhiben su careta.
Cuando mi fría mano roza apenas
-con el atrevimiento descuidado
de las bellezas de la corte-
con las manos ya frías, insensibles,
hundido en apariencia en sus vanos fulgores,
acaricio en el alma un viejo sueño,
los santos ecos del pasado.
Como si unos momentos pudiera adormecerme,
en el recuerdo del pasado
como un pájaro libre emprendo el vuelo.
Me veo niño, alrededor
los sitios tan queridos:
la casa señorial
en medio del jardín
con el invernadero abandonado;
cubre una verde red de hierbas
el estanque dormido;
tras el estanque el humo de la aldea,
allá en la lejanía se levanta
la niebla sobre el campo.
Yo voy por la avenida envuelta en sombra,
a través de las ramas
penetra un rayo de la tarde,
las hojas amarillas
gimen bajo los pasos temerosos.
Y una extraña tristeza
me oprime el corazón:
pienso en ella, amo y lloro,
pienso en los sueños de mi mente
-un fuego azul despide su mirada,
la sonrisa es de rosa
igual que el resplandor
de la aurora que nace tras el bosque-.
Así, señor de un encantado reino,
durante largas horas
permanezco callado
y hasta hoy guardo vivo su recuerdo
bajo las tempestades
de dolorosas dudas y pasiones;
como una fresca isla,
ingenuamente, en medio del mar
florece en húmedo desierto.
Cuando volviendo en mí reconozco el engaño
y el ruido de la turba
hace huir mis ensueños
-huéspedes no invitados a la fiesta-
deseo ardientemente
confundir su alegría
y arrojar a su rostro
versos de hierro audaces
llenos de rabia y de amargura.
jueves, 31 de diciembre de 2020
Año nuevo: LAS INTERMITENCIAS DE LA MUERTE, de José Saramago
(Fragmento sobre la noche de año nuevo)
jueves, 22 de octubre de 2020
Epidemias: LOS NOVIOS, de Alessandro Manzoni
miércoles, 21 de octubre de 2020
Epidemias: ROMEO Y JULIETA, de William Shakespeare
Entra Fray Juan.
Fray Juan: ¡Fray Lorenzo! ¡Hermano! Entra Fray Lorenzo.
Fray Lorenzo: ¡Fray Juan...! ¡Bienvenido! ¿Cómo está Romeo?
Fray Juan: No lo he visto Lorenzo. Fui a buscar un hermano, uno de nuestra orden, estaba en la ciudad visitando a un enfermo. Lo encontré en el momento en que la guardia sospechó que pudiese venir de alguna casa donde hubiese contagio de la peste. Sin dejarnos salir, sello las puertas, y fue así que no pude hacer el camino hasta Mantua.
Fray Lorenzo: ¿Quién llevó mi carta hasta Romeo?
Fray Juan: Nadie... Aquí te la devuelvo. Ni siquiera pude encontrar un mensajero que te la devolviera. Tanto miedo hay a la peste...
Fray Lorenzo: ¡Por mis santas órdenes! No era una carta cualquiera. Haberla dejado sin entregar es muy peligroso. Rápido hermano Juan. Necesito una barra de hierro....
Fray Juan: La estoy trayendo...
Sale Fray Juan.
Fray Lorenzo: Debo ir ya mismo a la tumba. Despertará en tres horas... Pobre cuerpo viviente, encerrado entre muertos...
Sale.
martes, 20 de octubre de 2020
Epidemias: EL HOSPITAL DE LOS PODRIDOS, entremés anónimo atribuido a Miguel de Cervantes
Leyva: ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué hospital se ha hecho de forma!
Aunque su autoría también se le adjudica a
Las ilustraciones corresponden a una puesto en escena del grupo Teatro Zircó.
lunes, 19 de octubre de 2020
Epidemias: DESCRIPCIÓN DE LA PESTE EN FLORENCIA, de Niccolò Machiavelli
- Graciosa dama, si mi pregunta cortés no os molesta, tened la bondad de compla- cerme diciéndome qué razones os retienen aquí tan largamente y si puedo tener la suerte de serviros en algo.
- Como veis -me contestó- he esperado, hasta ahora en vano, que los frailes recen las completas. En cuanto a mis cuidados, son tantos que no ya vos, sino que cualquier otra persona de menos calidad podría valerme. Mi luto demuestra que de mi querido esposo me veo privada, y lo que más me duele es que haya muerto de la peste cruel y aunque yo en peligro de ella no estoy, por miedo a ella nadie se atreve a acercarse a mí, y vos mismo os apartaréis al haberlo sabido, como es prudente.
Su palabra, su voz y su preocupación por mi salud, me cautivaron el corazón si ya no me lo hubiera cautivado su belleza.
- ¿Por qué estáis sola? -volví a preguntarle.
- Porque me he quedado sola.
- ¿Sería de vuestro agrado tener compañía?
- Sólo es mi deseo el de vivir acompañada honestamente.
- Aún cuando a mí no me complaciera el ir acompañado de una dama, en vista de vuestra venusta y graciosa figura en la que puso la naturaleza para bien de todos sus esfuerzos y movido en compasión por vuestros afanes, dispuesto estoy a acompañaros y si bien mi edad no es la que pudiera conveniros, mis facultades y mis demás condiciones, son tales que podrán conveniros.
- De los hombres siempre son las promesas largas y corta la fe, según aprendí en las pasadas historias.
- A quien escribe, es lícito decir lo que quiere; pero quien prudentemente lee, no se fía de quien razonablemente no debe fiarse; lo mejor es que cada uno aprenda de sí mismo.
- Puesto que el cielo, dispensador de todos los bienes, junto a vos me ha puesto, aún cuando jamás os he visto y no creo insipiraros particulares cuidados, puesto que de mí os contentáis, me parecería error y ofensa el no aceptaros.
Apenas había ella dicho estas palabras, cuando un ocioso fraile, de cabeza rapada, más apto para el remo que no para el sacrificio (cuyo nombre callo, para poder mejor hablar sis respetos) como el halcón cae a plomo sobre la pieza que ve en la tierra, se lanzó sobre la esbelta y delicada dama y muy domésticamente como si mil veces hubiese antes hablado con ella (según costumbre suya), le preguntó si no necesitaba ninguno de sus oficios. Yo me encargué de contestarle que por entonces de todo estaba satisfecha y para nada le servía su frailesca caridad.
El bigardo, que ya jadeaba al prometerse un encuentro muy agradable que hubiese destruido el nuestro, al ver que la caza se le iba, la fulminó con ojos de serpiente, pero acogido duramente por ella y poco acariciado por mí, abandonó la batida y se retiró en mal hora, barbotando no sé qué.
Pero no creáis que yo, como suele hacerse, me aparté de ella, sino que la acompañé hasta su casa y como había cautivado mi corazón llegamos a un acuerdo.
Cuando quedé solo y pleno de la dulce alegría que me había inspirado mi dulce compañera, por no desviarme de mi plan ni de mi costumbre, dirigí mis pasos al egregio y alegre templo de San Lorenzo, para ver si allí podía gozar como en otros años de mayo y de sus flores; pero allí recibí una impresión semejante a la de los que beben las sucias aguas del Leteo, pues aunque en la bellísima dama quería concentrar todos mis pensamientos, por todas partes y en todas las cosas y figuras creía ver al inoportuno e hipócrita fraile.
De tal manera los celos embargaban mi espíritu, que ocuparme de otra cosa no podía.
Pareciéndome que gastaba en vano el tiempo y deseando a todo trance, como convenido estaba, volver a ver a la deseada dama, me volví a mi casa en seguida.
Y poniendo fin al trágico relato de la horrenda peste, me encomiendo al placer de un nuevo coloquio con ella.
viernes, 16 de octubre de 2020
Epidemias: EL BANQUETE, de Platón
»La naturaleza corporal contiene los dos amores; porque las partes del cuerpo que están sanas y las que están enfermas constituyen necesariamente cosas deseme- jantes, y lo desemejante ama lo desemejante. El amor, que reside en un cuerpo sano, es distinto del que reside en un cuerpo enfermo, y la máxima, que Pausanias acaba de sentar: que es cosa bella conceder sus favores a un amigo virtuoso, y cosa fea entregarse al que está animado de una pasión desordenada, es una máxima aplicable al cuerpo. También es bello y necesario ceder a lo que hay de bueno y de sano en cada temperamento, y en esto consiste la medicina; por el contrario, es vergonzoso complacer a lo que hay de depravado y de enfermo, y es preciso combatirlo, si ha de ser uno un médico hábil. Porque, para decirlo en pocas palabras, la medicina es la ciencia del amor corporal con relación a la repleción y evacuación; el médico, que sabe discernir mejor en este punto el amor arreglado del vicioso, debe ser tenido por más hábil; y el que dispone de tal manera de las inclinaciones del cuerpo, que puede mudarlas según sea necesario, introducir el amor donde no existe y hace falta, y quitarlo del punto donde es perjudicial, un médico de esta clase es un excelente práctico; porque es preciso que sepa crear la amistad entre los elementos más enemigos, e inspirarles un amor recíproco. Los elementos más enemigos son los más contrarios, como lo frío y lo caliente, lo seco y lo húmedo, lo amargo y lo dulce y otros de la misma especie. Por haber encontrado Esculapio, jefe de nuestra familia, el medio de introducir el amor y la concordia entre estos elementos contrarios, se le tiene por inventor de la medicina, como lo cantan los poetas y como yo mismo creo. Me atrevo a asegurar que el Amor preside a la medicina, lo mismo que a la gimnasia y a la agricultura. Sin necesidad de fijar mucho la atención, se advierte su presencia en la música, y quizá fue esto lo que Heráclito quiso decir, si bien no supo explicarlo. La unidad, dice, que se opone a sí misma, concuerda consigo misma; produce, por ejemplo, la armonía de un arco o de una lira. Es un absurdo decir que la armonía es una oposición, o que consiste en elementos opuestos, sino que lo que Heráclito al parecer entendía es que de elementos, al pronto opuestos, como lo grave y lo agudo, y puestos después de acuerdo, es de donde el arte musical saca la armonía. En efecto, la armonía no es posible en tanto que lo grave y lo agudo permanecen en oposición; porque la armonía es una consonancia; la consonancia un acuerdo, y no puede haber acuerdo entre cosas opuestas, mientras permanecen opuestas; y así las cosas opuestas, que no concuerdan, no producen armonía. De esta manera también las sílabas largas y las breves, que son opuestas entre sí, componen el ritmo, cuando se las ha puesto de acuerdo. Y aquí es la música, como antes era la medicina, la que produce el acuerdo, estableciendo la concordia o el amor entre las contrarias. La música es la ciencia del amor con relación al ritmo y a la armonía. No es difícil reconocer la presencia del amor en la constitución misma del ritmo y de la armonía. Aquí no se encuentran dos amores, sino que, cuando se trata de poner el ritmo y la armonía en relación con los hombres, sea inventando, lo cual se llama composición música, sea sirviéndose de los aires y compases ya inventados, lo cual se llama educación, se necesitan entonces atención suma y un artista hábil. Aquí corresponde aplicar la máxima establecida antes: que es preciso complacer a los hombres moderados y a los que están en camino de serlo, y fomentar su amor, el amor legítimo y celeste, el de la musa Urania. Pero respecto al de Polimnia, que es el amor vulgar, no se le debe favorecer sino con gran reserva y de modo que el placer que procure no pueda conducir nunca al desorden. La misma circunspección es necesaria en nuestro arte para arreglar el uso de los placeres de la mesa, de modo que se goce de ellos moderadamente, sin perjudicar a la salud.
»Debemos, pues, distinguir cuidadosamente estos dos amores en la música, en la medicina y en todas las cosas divinas y humanas, puesto que no hay ninguna en que no se encuentren. También se hallan en las estaciones, que constituyen el año, porque siempre que los elementos, de que hablé antes, lo frío y lo caliente, lo húmedo y lo seco, contraen los unos para con los otros un amor ordenado y componen una debida y templada armonía, el año es fértil y es favorable a los hombres, a las plantas y a todos los animales, sin perjudicarles en nada. Pero cuando el amor intemperante predomina en la constitución de las estaciones, casi todo lo destruye y arrasa; engendra la peste y toda clase de enfermedades que atacan a los animales y a las plantas; y las heladas, los hielos y las nieblas provienen de este amor desordenado de los elementos. La ciencia del amor, en el movimiento de los astros y de las estaciones del año, se llama astronomía. Además los sacrificios, el uso de la adivinación, es decir, todas las comunicaciones de los hombres con los dioses, sólo tienen por objeto entretener y satisfacer al amor, porque todas las impiedades nacen de que buscamos y honramos en nuestras acciones, no el mejor amor, sino el peor, faz a faz de los vivos, de los muertos y de los dioses. Lo propio de la adivinación es vigilar y cuidar de estos dos amores. La adivinación es la creadora de la amistad, que existe entre los dioses y los hombres, porque sabe todo lo que hay de santo o de impío, en las inclinaciones humanas. Por lo tanto, es cierto decir, en general, que el Amor es poderoso, y que su poder es universal; pero que cuando se consagra al bien y se ajusta a la justicia y a la templanza, tanto respecto de nosotros como respecto de los dioses, es cuando manifiesta todo su poder y nos procura una felicidad perfecta, estrechándonos a vivir en paz los unos con los otros, y facilitándonos la benevolencia de los dioses, cuya naturaleza se halla tan por encima de la nuestra».















