Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

martes, 14 de julio de 2020

Epidemias: CANTO GENERAL, de Pablo Neruda

"... el hambre echa los dados en la navegación, sopla las velas..."

III: Llegan al mar de México (1519)

(Fragmento)

El hambre antigua de Europa, hambre como la cola
de un planeta mortal, poblaba el buque,
el hambre estaba allí, desmantelada,
errabunda hacha fría, madrastra
de los pueblos, el hambre echa los dados
en la navegación, sopla las velas:
«Más allá, que te como, más allá
que regresas
a la madre, al hermano, al Juez y al Cura,
a los inquisidores, al infierno, a la peste.
Más allá, más allá, lejos del piojo,
del látigo feudal, del calabozo,
de las galeras llenas de excremento.»


Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoallo (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.

lunes, 13 de julio de 2020

Epidemias: FAMILIA, de Ba Jin

"... una epidemia se llevó a su padre y tuvo que asumir todas las responsabilidades familiares..."

(Fragmento del capítulo 6)

Así, con diecinueve años, había empezado su vida laboral. Poco a poco fue habituándose a la empresa. La primera vez que cobró los treinta y dos yuanes de salario se sintió alegre y triste al mismo tiempo; alegre porque los había ganado con su esfuerzo, y triste porque aquel dinero era el precio que había pagado por olvidar su carrera.

Su existencia era soportable. En el trabajo, cada mes recibía la paga sin experimentar emoción alguna. En casa, los días transcurrían sin sobresaltos; soportaba caras largas, escuchaba conversaciones aburridas y se ocupaba de tediosos asuntos, pero la familia no le importunaba demasiado y les dejaban en paz a su esposa y a él.

No había transcurrido ni medio año cuando un hecho desafortunado volvió a trastocarle la vida: una epidemia se llevó a su padre y tuvo que asumir todas las responsabilidades familiares: velar por la madrastra, las dos hermanas y los dos hermanos, que todavía iban a la escuela. Solo tenía veinte años. Nunca hubiera podido imaginarse que su situación podría ser aún más dura.


Ba Jin: Li Yaotang (China, 1904-2005).

(Traducido al español por Eulàlia Jardí).

domingo, 12 de julio de 2020

Epidemias: LA MONTAÑA MAGNÉTICA, de Cecil Day-Lewis

"permanecerán un momento en silencio por el paso de una era, en su propio funeral."

9

(Fragmento)

Aquí inoculamos con ideas muertas
Contra las epidemias de sangre, contra
La infección de la fe y el exceso de vida.
Nuestros métodos están actualizados; enseñamos
a través de la cabeza y no del corazón,
Lenguaje con gramófonos y sexo con diagramas,
Profecía por deducción, oraciones por números.
Para honores ver el folleto: aquellos que nos dejan
Conseguirán un puesto y compadecen al pobre;
Sus ojos brillan ante lo extraño;
Nunca se avergüenzan, tienen una palabra para todo,
Viviendo a crédito, muriendo cuando el corazón se detiene;
Llevarán brazaletes negros y permanecerán un momento en silencio
Por el paso de una era, en su propio funeral.

(Here we inoculate with dead ideas
Against blood-epidemics, against
The infection of faith and the excess of life.
Our methods are up to date; we teach
Through head and not by heart,
Language with gramophones and sex with charts,
Prophecy by deduction, prayer by numbers.
For honours see prospectus: those who leave us
Will get a post and pity the poor;
Their eyes glaze at strangeness;
They are never embarrased, have a word for everything,
Living on credit, dying when the heart stops;
Will wear black armlets and stand a moment in silence
For the passing of an era, at their own funeral.)


Cecil Day-Lewis (Irlandés fallecido en Inglaterra, 1904-1972).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

sábado, 11 de julio de 2020

Epidemias: TRES NOVELAS DE ALEJO CARPENTIER


El reino de este mundo

(Fragmento del capítulo 7: San Trastorno)

A la mañana siguiente, instada por Leclerc que acababa de atravesar pueblos diezmados por la epidemia, Paulina huyó a la Tortuga seguida por el negro Solimán y las camaristas cargadas de hatos. Los primeros días se distrajo bañándose en una ensenada arenosa y hojeando las memorias del cirujano Alejandro Oliverio Oexmelin, que tan bien había conocido los hábitos y fechorías de los corsarios y bucaneros de América, de cuya turbulenta vida en la isla quedaban las ruinas de una fea fortaleza. Se reía cuando el espejo de su alcoba le revelaba que su tez bronceada por el sol, se había vuelto la de espléndida mulata. Pero aquel descanso fue de corta duración. Una tarde. Leclerc desembarcó en la Tortuga con el cuerpo destemplado por sinies- tros escalofríos. Sus ojos estaban amarillos. El médico militar que lo acompañaba le hizo administrar fuertes dosis de ruibarbo.

Paulina estaba aterrorizada. A su mente volvían imágenes, muy desdibujadas, de una epidemia de cólera en Ajaccio. Los ataúdes que salían de las casas en hombros de hombres negros; las viudas veladas de negro, que aullaban al pie de las higueras; las hijas, vestidas de negro, que se querían arrojar a las tumbas de los padres, y a quienes había que sacar de los cementerios a rastras. De pronto se sentía angustiada por la sensación de encierro que había tenido muchas veces, en la infancia. La Tortuga, con su tierra reseca, sus peñas rojizas, sus eriales de cactos y chicharras, su mar siempre visible, se le asemejaba, en estos momentos, a la isla natal. No había fuga posible.

Los pasos perdidos

(Fragmento del capítulo VI)

En eso, un grifo abierto escupió una gárgara herrumbrosa, aspirando luego una suerte de tirolesa que corrió por todos los caños del edificio. Al ver caer el chorro que brotaba de la boca del tritón, en medio de la fuente, comprendimos que desde aquel instante sólo podríamos contar con nuestras reservas de agua, que eran pocas. Se habló de epidemias, de plagas, que serían acrecentadas por el clima tropical. Alguien trató de comunicarse con su Consulado: los teléfonos no tenían corriente, y su mudez los hacía tan inútiles, mancos como estaban, con el bracito derecho colgándoles del gancho de las reclamaciones, que muchos, irritados, los zarandeaban, los golpeaban sobre las mesas, para hacerlos hablar. «Es el Gusano» decía el gerente, repitiendo el chiste que, en la capital, había acabado por ser la explicación de todo lo catastrófico. «Es el Gusano.» Y yo pensaba en lo mucho que se exaspera el hombre, cuando sus máquinas dejan de obedecerle, en tanto que andaba en busca de una escalera de mano, para lanzarme hasta la ventanilla de un baño del cuarto piso, desde la cual podía mirarse afuera sin peligro. Cansado de otear un panorama de tejados, advertí que algo sorprendente ocurría al nivel de mis suelas. Era como si una vida subterránea se hubiera manifestado, de pronto, sacando de las sombras una multitud de bestezuelas extrañas. Por las cañerías sin agua, llenas de hipos remotos, llegaban raras liendres, obleas grises que andaban, cochinillas de caparachos moteados, y, como engolosinados por el jabón unos ciempiés de poco largo, que se ovillaban al menor susto, quedando inmóviles en el piso como una diminuta espiral de cobre. De las bocas de los grifos surgían antenas que avizoraban, desconfiadas, sin sacar el cuerpo que las movía. Los armarios se llenaban de ruidos casi imperceptibles, papel roído, madera rascada, y quien hubiera abierto una puerta, de súbito, habría promovido fugas de insectos todavía inhábiles en correr sobre maderas enceradas, que de un mal resbalón quedaban de patas arriba, haciéndose los muertos. Un pomo de poción azucarada, dejado sobre un velador, atraía una ascensión de hormigas rojas. Había alimañas debajo de las alfombras y arañas que miraban desde el ojo de las cerraduras. Unas horas de desorden, de desatención del hombre por lo edificado, habían bastado, en esta ciudad, para que las criaturas del humus, aprovechando la sequía de los caños interiores, invadieran la plaza sitiada.


El siglo de las luces

(Párrafo final del capítulo XXXVII)

Tras de los macizos de buganvillas, la casa resplandecía por todos sus candelabros, quinqués y arañas venecianas. Ahora habría que esperar la medianoche, en medio de bandejas de ponche. Doce campanadas caerían de la torre, y cada cual tendría que atragantarse con las doce uvas de ritual. Luego, sería la cena interminable, prolonga- da en sobremesa de avellanas y almendras rotas por los cascanueces. Y la orquesta de negros que, esta noche, estrenaría valses nuevos, cuyos papeles habían llegado la víspera y se ensayaban desde la mañana. Esteban no sabía qué hacer para huir de aquella fiesta, de los niños que lo acosaban, de los servidores que lo llamaban por su nombre, para que tomara parte en un juego o probara las copas que ya empezaban a alzar el tono de las risas en los portales iluminados. En eso se oyó un picado trotar de caballos. Remigio, en el pescante del coche muy enlodado, había aparecido al cabo de la avenida. Pero nadie venía en el coche. Parando en seco al ver a Esteban, le hizo saber que, tras de haber sufrido un síncope, Jorge estaba en cama, derribado por una epidemia nueva que azotaba la ciudad -epidemia que se atribuía a las grandes mortandades habidas en los campos de batalla de Europa, y cuyos miasmas mefíticos habían traído unas naves rusas, recién llegadas, que cambiaban mercade- rías nunca vistas por frutas tropicales, muy gustadas por los ricos señores de San Petersburgo.

(Párrafo inicial del capítulo XXXVIII)

La casa olía a enfermedad. Desde su entrada advertían las gargantas una presencia de mostazas y linazas en la lejanía de las cocinas. Era, de corredores a escaleras, un ir y venir de tisanas y sinapismos, pócimas y aceites alcanforados, en tanto que en baldes se subían las aguas de malvavisco y cebollas de lirio destinadas a refrescar la piel de quien no lograba soltar una fiebre tenaz, alzada a veces hasta las divagaciones del delirio. Después de un viaje triste y apresurado en lo posible, durante el cual apenas si se hablaron, Sofía y Esteban habían hallado a Jorge en estado de suma gravedad. Y no se trataba de un caso aislado. Media ciudad estaba postrada por una epidemia nueva que, con harta frecuencia, se manifestaba en dimensión mortal. Al ver aparecer a su esposa, el enfermo la miró con ojos extenuados, agarrándose de sus manos como si en ellas encontrara un asidero salvador. Como las puertas de la habitación estaban cerradas para evitar corrientes de aire, reinaba en ella una atmósfera sofocante y densa, oliente a vahos de farmacia, alcohol de fricción y cera de bujías, siempre encendidas porque Jorge tenía la opresiva sensación de que si se dormía en la oscuridad no despertaría más. Sofía lo arropó, lo arrulló, le puso una compresa de vinagre en la frente ardida, y fue al almacén para que Carlos pormenorizara el tratamiento aconsejado por médicos que poco sabían, en verdad, cómo luchar contra un mal hasta ahora desconocido...


Alejo Carpentier
(Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia, 1904-1980).

viernes, 10 de julio de 2020

Epidemias: OPUS NIGRUM, de Marguerite Yourcenar


"La peste, procedente de Oriente, entró en Alemania (…) apagando la vela del sabio sentado entre sus libros..."

(Fragmento del capítulo Los Fugger de Colonia)

El año 1549 se inició con unas lluvias que asolaron los sembrados de los hortelanos; la crecida del Rin inundó los sótanos, en donde manzanas y barriles medio vacíos flotaban en el agua gris. En mayo, las fresas aún verdes se pudrieron en el bosque y las cerezas en los huertos. Martin mandó distribuir sopa a los pobres bajo los portales de Saint-Géréon; la caridad cristiana y el miedo a los motines inspiraron esa especie de limosnas a los burgueses. Pero estos males no fueron más que los precursores de otras calamidades mucho más terribles. La peste, procedente de Oriente, entró en Alemania por Bohemia. Viajaba sin apresurarse, al toque de las campanas, como una emperatriz. Inclinada sobre el vaso del bebedor, apagando la vela del sabio sentado entre sus libros, ayudando a misa junto al sacerdote, escondida como una pulga en la camisa de las mujeres de vida alegre, la peste aportaba a la vida de todos un elemento de insólita igualdad, un áspero y peligroso fermento de aventura. Las campanas que tocaban a muerto difundían por el aire un insistente rumor de fiesta negra: los papanatas que se reunían en torno campanarios no se cansaban de mirar, allá en lo alto, la silueta del hombre que las hacía sonar, tan pronto encuclillas como colgado con todo su peso del enorme badajo. Las iglesias no paraban de trabajar; las tabernas, tampoco.

Martin se atrincheró en su despacho como lo hubiera hecho ante la visita de unos ladrones. Afirmaba que el mejor profiláctico consistía en beber moderadamente un johannisberg de buena cosecha, evitar el contacto de las rameras y de los compañeros de taberna, no respirar el olor de las calles y, sobre todo, procurar no informarse del número de víctimas. Johanna continuaba yendo al mercado o bajando a tirar la basura; su cara surcada de cicatrices y su jerga extranjera le habían atraído desde siempre la antipatía de las vecinas. En aquellos días nefastos, la desconfianza se convertía en franco odio y, cuando ella pasaba, las gentes hablaban de sembradoras de peste y de brujas. Lo confesara o no, la vieja criada se alegraba en secreto de la llegada del azote de Dios; su terrible alegría se le leía en la cara; pese a encargarse a la cabecera de Salomé, que estaba muy grave, de las tareas más peligrosas y a las que se negaban las demás sirvientas, su ama la rechazaba gimiendo, como si la criada, en vez de un jarro, llevara en la mano una guadaña y un reloj de arena.

Al tercer día, Johanna no reapareció a la cabecera de la enferma y fue Bénédicte quien se encargó de darle las medicinas y de poner entre sus manos el rosario que se le caía continuamente. Bénédicte quería a su madre o más bien ignoraba que pudiera no amarla. Pero había sufrido con su beatería tonta y ramplona, con sus cacareos de cuarto de recién parida, con sus alegrías de nodriza que se complace en recordar a sus niños ya crecidos la época de los balbuceos, del orinal y de los pañales. Sentía vergüenza por la irritación inconfesable que tantas veces había sentido, y ello aumentó su celo de enfermera. Martha llevaba las bandejas y los montones de ropa limpia, pero se las arreglaba para no entrar nunca en la habitación. No habían logrado que viniera ningún médico.

La noche que siguió a la muerte de Salomé, Bénédicte, que estaba acostada al lado de su prima, sintió a su vez los primeros síntomas del mal. Una sed ardiente la quemaba por dentro y ella trató de distraerse imaginando al ciervo bíblico que bebía en la fuente de agua viva. Una tosecilla convulsiva le rascaba la garganta; se contuvo lo más posible para dejar dormir a Martha. Flotaba ya, con las manos juntas, dispuesta a escaparse de la cama con dosel para subir al gran Paraíso claro en donde se hallaba Dios. Los cánticos evangélicos estaban olvidados; el rostro amigo de las santas reaparecía por entre las cortinas; María, en lo alto del cielo, tendía los brazos entre pliegues de color azul, ademán que imitaba el hermoso Niño mofletudo, de deditos de color de rosa. En silencio, Bénédicte deploraba sus pecados: una pelea con Johanna por una cofia rota; alguna que otra sonrisa en respuesta a las ojeadas que le echaban los muchachos al pasar por debajo de su ventana; unas ganas de morir, en que entraba la pereza; impaciencia por ir al cielo y deseos de no verse obligada a elegir entre Martha y los suyos, entre dos maneras de hablar a Dios. Al llegar las primeras luces del alba, Martha lanzó un grito al ver el rostro desfigurado de su prima.

Marguerite Yourcenar* (Escritora francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció; 1903-1987).

(Traducido al español por Emma Calatayud).

* El apellido Yourcenar era un seudónimo literario, anagrama del verdadero apellido: Crayencour. Su nombre completo fue Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislain Cleenwerck de Crayencourc, al que podrían añadirse al final Cartier de Marchienne, sus apellidos maternos.

jueves, 9 de julio de 2020

Epidemias: ¡NOTICIA BOMBA!, de Evelyn Waugh



(Fragmento del libro segundo. Piedras: 20 libras esterlinas)

Capítulo cuarto

Fue un día rebosante de acontecimientos.

A las nueve se presentó Erik Olafsen para despedirse. En algún punto de la línea férrea había un brote epidémico,  y partía para organizar un hospital. No parecía entusiasmado.

- No hay trabajo más estúpido -dijo-. Conozco el paño. ¿Sabe a cuántos curamos la última vez que estuve en uno de esos hospitales?

- No tengo ni la menor idea.

- A ninguno. Absolutamente ninguno. No conseguimos pillar más que a los pacientes que estaban tan graves que no podían moverse. Los demás huyeron hacia los poblados, de modo que cada vez se extendió más la epidemia. A las zonas civilizadas, no envían médicos sino soldados. Cercan completamente el lugar donde está localizada la epidemia, y disparan contra todo aquel que pretende huir. Cuando, algunos días más tarde, ya han muerto todos, prenden fuego a las cabañas. Pero aquí no puedo hacer nada por los pobres. En fin, el gobierno me ha pedido que vaya, de modo que dentro de un rato me iré. ¿Dónde está Kätchen?

- De compras.

- Bien. Muy bien. Eso de llevar ropa vieja y mojada la entristecía. Me alegro muchísimo de que ahora sea amiga de usted. Despídame de ella.

A las diez regresó Kätchen cargada de paquetes.

- No sabes lo feliz que me he sentido -dijo-. Todo el mundo está excitadísimo ante la llegada del verano, y, además, ahora que saben que tengo un amigo, todos me tratan amablemente. Mira lo que he comprado.

- Precioso. ¿Te han dado alguna noticia?

- Ha sido muy difícil. Había tanto que hablar acerca de lo que estaba comprando que no he tenido tiempo de referirme a la política. Sólo un momento con la austríaca. Ayer tomó el té con el ama de llaves del presidente, pero me parece que vas a llevarte una decepción. Hace cuatro días que el ama de llaves no ve al presidente. Resulta que está encerrado en sus habitaciones.

- ¿Encerrado?

- Sí, le han encerrado. Acostumbran a hacerlo siempre que tiene que firmar documentos importantes. Pero al ama de llaves no le hace ninguna gracia. Verás, generalmente son los miembros de su propia familia los que le encierran, y de ordinario vuelven a soltarle al cabo de unas pocas horas. Pero esta vez han sido el doctor Benito y el ruso y los dos secretarios negros venidos de Norteamérica. Fueron ellos quienes lo encerraron hace tres días, y cuando los parientes del presidente quieren verle, les dicen que está borracho. No le han permitido acudir a la inauguración de la Universidad Jackson. El ama de llaves dice que tiene que estar pasando algo.

Evelyn Waugh: Arthur Evelyn St. John Waugh (Inglaterra, 1903-1966).

(Traducido al español por Antonio Mauri).

miércoles, 8 de julio de 2020

Epidemias: EL BANQUETE, de Silvina Ocampo


"Colgadas de ese hilo (…), las máscaras de destacaban: era casi lo único que se veía en el cuarto."

(Texto íntegro)

Era el día fijado para el banquete. Élida Fraisjus, sobrenombre inspirado por los jugos frescos que pregonaban en Francia, era una de las organizadoras; se vestía para la fiesta. Adivinaba en el cielo rosado del atardecer de daguerrotipo el advenimiento de un cataclismo, pero, de igual modo que una sinfonía empieza a veces con similares acordes a los que la terminan, pensó que esa transparencia inusitada de la atmósfera no era otra cosa que el anuncio de un epílogo feliz.

Frente a los espejos altos y circulares de su cuarto, elegía las máscaras que colgaban de un hilo dorado entre el resto de los atuendos que parecían miniaturas. La máscara era para ella lo más importante, si bien las botas caladas color carne y con uñas nacaradas la preocupaban también bastante. Colgadas de ese hilo dorado que marcaba sus límites con un resplandor de diamante, las máscaras se destacaban: era casi lo único que se veía en el cuarto. Esperaban que la dueña se las calara, pues antes de elegir una se probaba varias porque nunca sabía muy bien cuál elegiría. Era una mujer tan rápida que a pesar de sus vacilaciones se demoraba apenas. Un motivo de amargura para ella era sentirse fea. Le pareció que era tan fea con máscara como sin máscara, cosa que no admitían sus amigas. Tenía una voz ronca, su acento la multiplicaba de modo que cuando hablaba parecía que hablaban varias personas. Pensaba: "Esto no se corrige y se advierte en la cara a pesar de la máscara". Élida era una mujer anticuada: esos problemas ya no existían y muchas amigas se burlaban de ella. No había personas feas ni viejas, me atrevo a decirlo (por ese motivo nadie quería morir, salvo Elida), lo cual era contraproducente, porque mucha gente se suicidaba por miedo de morir. Aunque este hecho conviniera en cierto modo a la humanidad, varias veces los gobiernos estuvieron a punto de prohibir el uso de las máscaras a las personas menores de cincuenta años. Pero la ley fue rechazada gracias a las manifestaciones y los actos de violencia que se produjeron. Había gavillas de adolescentes que las usaban a escondidas. Descubrieron un arsenal de máscaras impúdicas: los menores de edad las almacenaban. El escándalo se propagó hasta en los colegios donde los alumnos las consiguieron para los exámenes, de modo que casi todos resultaban impostores. Saber cómo se preparaban esas máscaras y de qué material estaban hechas resultaría macabro y prefiero referirme ahora al banquete que iba a tener lugar en esas próximas horas. El banquete era para celebrar el maremoto de Tirreno, en las vastas zonas del Hiro donde corren los afluentes del Arpón y del Tuyar: millones de personas murieron en la catástrofe.

Según los científicos era ésta la suma necesaria para que el mundo no sufriera la privación del aire y el hambre que los estaba cercando. Con el banquete celebraban pues el acontecimiento más importante del año. De no ser por esa catástrofe, el mundo habría incurrido en otra catástrofe peor; la ejecución del proyecto del doctor Chiksa de disminuir la estatura de los hombres por un proceso parecido al de los arbolitos japoneses, pero sin mantener las proporciones adecuadas. No menos de tres generaciones llevaría el cumplimiento del plan si a toda costa mantenían las proporciones. De ese modo cruel, pero eficaz, el costo de la vida se reduciría a la cuarta o quinta parte, pero no resolvería del todo el problema vigente, que alarmaba al mundo. Después de la misa ritual, celebrada en un recinto cerrado, donde Élida tuvo la primera claustrofobia de su vida por culpa de la máscara color café con leche, para quedar bien con los negros y los blancos, la concurrencia pasó a la sala de audiencias, donde los discursos le quitaban el aire. Después, los invitados pasaron a los comedores. Un mundo se agolpaba en busca de asientos alrededor de la enorme y giratoria mesa cuyo mecanismo no funcionaba bastante lentamente para algunos glotones que querían repetir de cada plato (como si no hubiera otros, y otros y otros más apetecibles). La verdad es que, una vez probado el primer plato, el temor a que el próximo fuera más pesado hacía que la gente se volviera a servir blandiendo las cucharas con avidez, ya que siempre servían lo mejor primero y dejaban lo peor para los postres. ¿El tumulto de voces no dejaba oír los discursos o Élida se sentía mal?. Una mujer sensible, siempre duda de sus experiencias; Élida más que cualquiera. Su propia voz, tan disonante en el silencio, en el tumulto le pareció armónica:

- En este día de emociones y de esperanzas nos hemos reunido para llorar, deplorar y festejar la desaparición de mil millones de habitantes de la Tierra. Sin duda la muerte es resurrección para nosotros y esto es lo dramático del asunto. A partir de este momento respiraremos mejor, nosotros, los desventurados que vivimos.

Élida, sintiéndose más bonita, se ahogaba. Dijo dos o tres frases que, si alguien las hubiera recogido, serían célebres, pero no la escucharon porque escuchaban al ministro.-...podremos comer mejor -prosiguió el ministro. Élida sintió que se le cerraba la garganta, con la última banana que comió-. Todos los adelantos de nuestra civilización podrán aprovecharse al fin de cuentas -la rapidez con que hablaba el ministro decreció. Sus ojos entrecerrados parecían dos lagrimones. Alguien lo interrumpió bruscamente para decirle algo al oído y se despabiló-. Por desgracia, ninguna alegría llega sola. Señores, estamos cercados por una peste -hubo un zumbido de moscardón en la sala-. En las calles se están muriendo centenares de personas por los efectos del agua pútrida de los pantanos de las inundaciones. La peste la propagan los mosquitos contra los cuales hemos luchado tanto, para extinguirlos y revitalizarlos. Esta noticia que acabo de recibir, demuestra tal vez que nos hemos anticipado en la organización de los agasajos para la cual trabajó tanto la señora Élida Fraisjus como sus colaboradoras.

Los aplausos ahogaron las últimas palabras del ministro y Élida alcanzo a oír su nombre. Se arrancó la máscara para que Dios le viera la cara, la edad de su piel y el color, y para que uno de los mosquitos la picara, pero se preguntó en los últimos momentos ¿por qué este afán por morir?. Y su propia voz ronca le respondió: "Ya ves, la eternidad no es distinta".

Silvina Ocampo (Argentina, 1903-1993).

domingo, 5 de julio de 2020

Epidemias: LLUVIA*. de Georges Simenon


"Por eso me acuerdo de dos semanas durante las cuales el reloj del mercado quedó parado en las nueve y diez..."

(Fragmento)

Llover negro, en todo caso, sigue siendo para mí algo muy especial, algo íntimamente vinculado a nuestra pequeña ciudad normanda, con la plaza del mercado en la que vivíamos, con determinada época del año, e incluso con ciertas horas del día.

Y no me refiero a las abundantes lluvias tormentosas que, detrás de los cristales de mi ventana en forma de media luna, yo veía caer en grandes gotas claras que crepitaban en el alero de cinc y en los adoquines de la plaza, ni tampoco a la niebla lluviosa del pálido invierno.

Cuando llovía negro, la habitación baja de techo se hacía sombría y todo su fondo, hacia el tabique que la separaba del cuarto de mis padres, quedaba como afelpado por la penumbra.

Desde mi sitio, apenas podía ver el cielo. Todos los caserones de la plaza, en medio de la cual se alzaba el mercado con su tejado de pizarra, habían sido edificados a la vez, bajo un mismo modelo. Las ventanas de la planta baja, donde sólo había tiendas, eran muy altas y terminaban en arco. Más tarde, las dividieron en dos en el sentido de la altura al añadir un entarimado que formaba un entresuelo. Éste recibía la luz por una media luna a ras del piso de madera.

Allí me encontraba yo, en medio de mis juguetes, y la luz, más bien que del cielo, procedía de los reflejos del pavimento mojado. Casi todas las tiendas, como la nuestra, se iluminaban. Alguna vez oía el timbre de la farmacia o la campanilla de mi casa. El crepúsculo duraba horas, poblado por siluetas que pasaban de prisa, por paraguas brillantes, por zuecos que castañeteaban presurosos; en el café Costard el humo se espesaba, y abajo, en la tienda, la voz dulzona de mi madre, de mi madre que siempre temía no ser lo suficientemente cortés, murmuraba:

- Se lo aseguro, señora. Le garantizo el color… Es un artículo que vendemos desde hace años, y nunca hemos tenido una queja…

¿Llovía, verdaderamente? La lluvia fluía más bien como un río, con un movimiento suave y regular. Después, cuando la oscuridad era total, mi madre gritaba, al pie de la escalera de caracol:

- ¡Jerôme! Ya es hora de bajar…

Para no tener que encender varios mecheros. ¿Cómo no comprende que el menor cambio en los ritos diarios tenía que grabarse fatalmente en mi memoria? Por eso me acuerdo de las dos semanas durante las cuales el reloj del mercado quedó parado en las nueve y diez, así como del hombrecillo barbudo que se pasó un día entero en lo alto de una escalera de bombero, para repararlo.

Por lo que se refiere a mi tía Valérie, todo es todavía más claro, pues entonces yo tenía siete años y, si no estaba en la escuela, era porque se hablaba de una epidemia de escarlatina, y mi madre temía más a las epidemias que a cualquier otro incon- veniente.

Georges Simenon
(Belga fallecido en Suiza, 1903-1989).

* El título original de la novela en francés es Il pleut bergère, que es parte del estribillo de una canción infantil, por eso su traducción literal no tiene sentido. En inglés se le ha traducido como Black Rain y en italiano el correspondiente Pioggia nera, aunque en español por lo general se le conoce sólo como Lluvia.

sábado, 4 de julio de 2020

Epidemias: LOS ARRABALES DE CANNERY, de John Steinbeck


"Las escuelas se cerraron. No había una sola casa donde no hubiera niños calenturientos y padres enfermos."

(Fragmento del capítulo XVI)

Los pescadores, cargados de dinero, entraban y salían durante toda la tarde. Se hacían a la mar al obscurecer y pescaban durante la noche para poder jugar por las tardes. Por la noche, los soldados del nuevo regimiento venían al Restaurante y se sentaban en torno a la gramola, bebiendo Coca-Cola y fijándose en las muchachas para cuando recibiesen su paga. Dora estaba preocupada por los impuestos, pues se hallaba frente al curioso enigma que declaraba ilegal su comercio, pero le hacía pagar un impuesto. Aparte de todo esto, estaban los clientes de todo el año, los trabajadores de los cascajales, los caballistas de los ranchos, los empleados del ferrocarril, que entraban por la puerta principal, y los oficinistas de la ciudad y los negociantes de importancia que entraban por la puerta de atrás y tenían reservados saloncitos de quimón.

Por todas estas razones, aquél fue un mes terrible, y a la mitad de él estalló una epidemia de influenza que se extendió por toda la ciudad. Mrs. Talbot y su hija, que estaban en el San Carlos Hotel, la padecían. La padecía Tom Work. Benjamín Peabody y su familia estaban también enfermos. La excelentísima María Antonia Field cayó enferma también. Toda la familia Gross estaba atacada.

Los médicos de Monterey -y había muchos que se ocupaban de los casos corrientes, accidentes y neurosis- estaban enloquecidos. Tenían más trabajo del que podían atender, y con clientes que, aunque no pagasen las cuentas, tenían al menos dinero con que pagarlas. El arrabal conservero, cuyos habitantes eran más fuertes, tardó en contraer la enfermedad, pero finalmente la padeció también. Las escuelas se cerraron. No había una sola casa donde no hubiera niños calenturientos y padres enfermos. No era una enfermedad mortal, como ocurrió en 1917, pero en los niños tenía la tendencia de atacar al mastoides. Los médicos estaban muy ocupados, y, además, el arrabal conservero no era un cliente de importancia.

El doctor del Laboratorio Biológico de Occidente no tenía derecho a ejercer. Pero no era culpa suya que todos los habitantes del arrabal fuesen a consultarlo. Antes de darse cuenta, se vio corriendo de casucha en casucha, tomando temperaturas, dando medicinas, pidiendo y entregando mantas, e incluso llevando alimentos de una casa a otra, mientras las madres lo miraban con inflamados ojos desde sus lechos dándole las gracias y haciéndolo responsable de la mejoría de sus hijos. Cuando no Podía atender a alguno, telefoneaba a un médico local, y éste venía, a veces, cuando lo consideraba de urgencia. Mas para las familias siempre eran casos de urgencia. El doctor no dormía apenas. Se alimentaba con cerveza y sardinas de lata. En casa de Lee Chong, donde fue a comprar cerveza, se encontró con Dora, que iba a buscar un par de tijeras para las uñas.

- Parece agotado -le dijo Dora.

- Lo estoy -dijo el doctor-. No duermo desde hace una semana.

- Lo sé -dijo Dora-. Me dicen que la epidemia es grave. Y también la época es mala.


John Steinbeck (Estados Unidos, 1902-1968).
Obtuvo el premio Nobel en 1962.

viernes, 3 de julio de 2020

Epidemias: GENTE INDEPENDIEN- TE, de Halldór Laxness


"... una gran epidemia como la viruela y la peste negra de tiempos antiguos."

(Fragmento del capítulo 3 de la primera parte: La boda)

Entretanto las mujeres, sentadas en el interior, mantenían una discusión susurrada en punto a Steinka de Gilteig, que, según se suponía, debía cuidar a su padre Póúr. Y es que había tenido un niño la semana anterior, y varias de las mujeres acudieron a ofrecer sus servicios para la ocasión, porque todas están ansiosas de ayudar cuando alguna ha tenido un hijo ilegítimo, o al menos durante la primera semana, mientras no se sabe todavía quién es el padre. Ella pasó un mal rato con todo eso, pobre chica, y el niño no lo pasó mejor; se dudaba de que sobreviviera. Pero, poco a poco, la conversación de las mujeres fue girando en torno a sus propias preñeces y enfermedades, así como a las enfermedades de los niños. En estos días el país no parece tener una gran salud, a pesar de lo cual no se ven señales de una gran epidemia como la viruela y la peste negra de tiempos antiguos; sólo aparecen esas dolencias eternas, como dolores de muelas, sarpullido, inflamación de las articu- laciones, magulladuras; toses enconadas, a menudo acompañadas de expectora- ciones de flema, continuos dolores agudos en el pecho e irritación de la garganta, eso por no mencionar los peculiares retumbos en el vientre que provienen del aire que hay dentro; aunque quizá ninguna enfermedad es más mortífera para la mente y el cuerpo que la de los nervios.

Halldór Laxness (Islandia, 1902-1998).
Obtuvo el premio Nobel en 1955.

(Traducido al español por Floreal Mazía).
La ilustración corresponde al antiguo cementerio de Svatárdalur, en Islandia.

jueves, 2 de julio de 2020

Epidemias: CONFESIONES DE UN BURGUÉS, de Sándor Márai

"... hacíamos planes para cambiar divisas y escribir poemas (…) sentados en el Romanisches Café."

(Fragmento del segundo capítulo)

4

Berlín, esa ciudad desesperada y enloquecida, se puso bellísima durante aquel invierno cruel. Guirnaldas de luces brillaban sobre los locales nocturnos. Los jóvenes, agrupados en pandillas, recorríamos infatigablemente la Berlín by night. Todos «nos lo pasábamos estupendamente», como si sintiéramos que el fin estaba próximo; mientras la juventud alemana se enredaba por las calles en continuas bacanales, los padres, hundidos en la vergüenza y el asombro de su fracaso, ya ni siquiera intentaban defender los principios de la educación. Yo regresaba a casa todas las noches con una nueva amante, y con las primeras luces del alba, a la hora de las presentaciones y las casi inmediatas despedidas, muchas jovencitas de la clase media venida a menos intentaban colocarme su número de teléfono. Pero ¿quién se preocupaba en serio de los amores nocturnos? Algunas mañanas me despertaba en la habitación de una casa señorial del barrio occidental, en una casa ajena con una dama ajena en los brazos, dama a quien no había conocido el día antes ni conocería la noche después. Supongo que eso es lo que ocurría antes cuando una ciudad se volvía loca por el miedo a la muerte en plena epidemia de peste. Sin embargo, yo, por encima de la peste, ligeramente infectado pero seguro de estar inmunizado, sabía que aquellos días eran para mí los días festivos de la juventud. Era incapaz de sentir vergüenza o remordimientos.

Sí, Berlín se puso bellísima con el terror de la peste en aquella fiesta loca y desenfrenada, en aquel carnaval macabro. Me levantaba por la tarde. Me despertaban mis amigos, hombres y mujeres que había conocido en aquel sucio torbellino, suecos, rusos y húngaros, miembros de una generación astuta y marcada por el spleen, dandis bien instruidos y contrabandistas; yo no conocía ni el nombre de la mayoría de ellos.

Estábamos unidos por unos lazos poco éticos, apartados de los alemanes y, en cierto modo, aliados en su contra, y no me habría sorprendido si un día nos hubiesen echado de la ciudad a patadas. Pero los alemanes, asombrados, se limitaban a callar. Nosotros, la chusma que algunos consideraban la élite espiritual del mundo occidental, hacíamos planes para cambiar divisas y escribir poemas, discutíamos sobre Péguy y sobre los negocios del sector peletero sentados en el Romanisches Café. Los alemanes, todos puestos en fila, mudos y severos, servían de telón de fondo para los desfiles tambaleantes de aquellas hordas. Al mismo tiempo, ellos también se aprovechaban de nosotros. Los extranjeros no sólo entregaban a Berlín billetes en divisas fuertes: la ciudad adquirió un aire de gran metrópoli y buenos modales, las mujeres aprendieron a vestir con elegancia, el ambiente de la ciudad estaba cargado de ideas, Berlín hervía de vida... Aquel invierno, la ciudad estaba bellísima, misteriosa, desconocida. Los paseos matinales por el Tiergarten y el olor a gasolina del fascinante Unter den Linden, esa mezcla de puerto mediterráneo sospechoso y metrópoli prusiana disciplinada, además del empuje despiadado y del hambre con los que la ciudad intentaba encontrar el equilibrio y saciarse, la libertad incondicional de expresión y de pensamiento, la devoción y la buena disposición con las que se recibía cualquier manifestación artística novedosa, todo eso hizo de Berlín una de las ciudades más interesantes y quizá más esperanzadoras de Europa. Los que vivimos allí durante aquellos años sentimos nostalgia eterna del «spleen de Berlín».

Sándor Márai (Húngaro fallecido en Estados Unidos, 1900-1989).

(Traducido al español por Judit Xantus).

miércoles, 1 de julio de 2020

Epidemias: ¡VÁMONOS CON PANCHO VILLA!, de Rafael F. Muñoz


"... en torno del vagón 7121 se hacía un círculo de vacío y de silencio."

(Fragmentos del capítulo Una hoguera)

En un rincón, sobre un camastro de ramas y hojas cubierto con un cobertor rojo, Perea está acostado. Frente a él, sentado a distancia en un cajón de parque, el viejo Tiburcio le mira en silencio; de cuando en cuando se le acerca, toma un puñado de algodón y la limpia cuidadosamente la cara, quitándole un pus verdusco que le mana de centenares de vejigas que se le abren en la piel lívida.

- ¿Te sientes bien, Máximo?

Un quejido era la única respuesta. Perea ardía en calentura, repentinamente atacado de corrosiva viruela, en plena marcha, lejos de los carros del servicio sanitario, en que había todo lo bueno para curar una herida, mas no para combatir una epidemia, y de donde no pudieron enviar sino unos rollos de algodón y una botella de líquido desinfectante.

Ante el enfermo, el viejo Tiburcio se encorvaba, mirándolo fijamente, como si quisiera contar los puntos purulentos y saber si eran menos o más; dos días y dos noches había pasado cuidándolo, solos en el carro que los demás soldados abandonaron por miedo al contagio. Desde lejos se sabía cuál era el vagón en que la peste se había declarado, porque hasta el techo estaba desierto; sólo unos cuantos audaces habían permanecido en él, durante las primeras horas de la enfermedad de Perea, hasta que vino la orden de aislarlo. Durante los altos, y en las noches que la cadena de trenes se detenía, en torno del vagón 7121 se hacía un círculo de vacío y de silencio.

(…)

- No hay remedio para él, Tiburcio, y ahorita mismo vamos a tomar una medida…

El viejo se quedó mirando a Urbina con una expresión de impaciencia. La noche se había extendido sobre la llanura y los trenes quedaron prisioneros de la penumbra, débilmente iluminados por las fogatas de los vivaques, que formaban una sucesión de hogueras paralela a la línea férrea, y en las que crepitan las contorsionadas ramas de los mezquites.

El jefe, meditando, se pasaba la mano por la mejilla mal afeitada; luego se frotaba la nuca como si creyera así ayudar a su cerebro para encontrar una solución a tan serio conflicto. Se abrochó la cazadora, volvió a desabotonarla y metió los pulgares en el cinturón de la pistola. Y todos presentían de él una cruel orden.

- ¿Dicen que hay peligro de que a todos les den las viruelas?

- Indudablemente, mi general, pues el mal es de tal manera infeccioso que…

Con un ademán de su brazo torpe, Urbina indicó silenció. A la misma hora, las trompetas entonaban la retreta lánguida, ordenando a las tropas el descanso. En torno al carro donde Máximo Perea deliraba había un círculo de silencio y de sombra. Tiburcio, arrastrando los pies, se encaminó hacia uno de los médicos.

- ¿No tiene remedio?

- Con los elementos que tenemos aquí no hay esperanza.

El viejo se oprimió la frente con la diestra, sosteniendo una intensa batalla interior, titubeó un momento y dirigiéndose a Urbina en tono decidido, habló:

- General, comprendo que estamos en situación muy difícil… En plena campaña no es lo mismo que en cualquier otra parte. Usted es el jefe por órdenes de mi general Villa; disponga, pues, lo que debe hacerse, que seré yo mismo quien lo cumpla.

- Pues ya ve usted lo que dijo el doctor: Perea no tiene remedio. Lo mejor que podemos hacer es evitar que otro se enferme. Todo debe desaparecer, su ropa, sus cobijas, sus armas…

- ¿Desaparecer? No entiendo…

- El general indica la solución acertada: es necesario la cremación del cuerpo y de todos los objetos.

Tiburcio no entendió

.- ¿Qué dice?

- Hay que incinerar el cuerpo.

- ¡Quemarlo, hombre, quemarlo!

- ¿Así como está? ¿Vivo?

- En estos momentos debe de estar insensible, porque las altas temperaturas…

- Pero ¿quemarlo vivo? ¿Qué, se han vuelto ustedes locos? -Su carne se puso de color de tierra; agitó los brazos, como si quisiera disipar aquellas frases que aún escuchaba distintamente. De vez en cuando, el fogón de un vivac cercano le iluminaba la cara; su bigote blanco parecía de cristal, y sus ojos brillaban como carbones encendidos-. ¿Éste es el premio a un soldado de la Revolución? ¿Es éste un ejército de hombres o una tropa de perros? -Llegó a levantar la mano con el puño cerrado haciendo vibrar la más terrible de las amenazas. Entonces Urbina se paró frente a él, convertido en amo de hombres.

- ¡No se me discute! La vida de un hombre, quienquiera que sea, no vale nada si se salva el peligro de una epidemia. ¿No ves que a todos les va a entrar el miedo? Sobre todo, aquí mando yo, y si tú te me opones, me vienes muy flojo. ¿Oíste? ¿Qué te estás creyendo, que porque el compadre Villa te tolera que le hables de tú a tú, todos vamos a hacer lo mismo? Aquí no hay más pantalones que los míos, y por ellos me paso a media humanidad… Así es que véle jalando… ¡Vaya! ¡Cuádrese, y obedezca la orden!

Rafael Felipe Muñoz (México, 1899-1972).