Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

domingo, 21 de julio de 2019

Tu boca: LA HORDA, de Vicente Blasco Ibáñez

"Deja que bese ese amarillo de oro... Ahora, el morado; ahora el azul... el rosa de tu frente... el heliotropo de tus labios..."

(Fragmento del capítulo 5)

- No; vámonos -murmuró la muchacha-. Fuera de aquí hablaremos; gritaré lo que quieras. ¡Quererse por primera vez en un cementerio!... Esto da mala sombra; acabaremos mal. Vámonos, Isidro.

Tiraba de él poseída de un terror infantil, y el joven la siguió. Pero al pasar bajo el arco que daba entrada al ábside, Isidro la detuvo, lanzando una exclamación de asombro.

La luz de la vidriera envolvía a Feli. Era una faja de colores palpitantes, que abarcaba a la joven de pies a cabeza, haciendo temblar todo su cuerpo, como si estuviese formado con las tintas del iris.

- ¡Qué bonita! -exclamó Maltrana con arrobamiento. -¡Si pudieras verte!... Tienes la falda verde y el pecho azul. Tu boca es de color naranja; una mejilla es violeta y la otra ámbar. Parece que tengas claveles en la frente.

Feli permanecía inmóvil, sonriendo con femenil complacencia, gozosa de que su novio la viera tan bella. Sentía la caricia del rayo mágico del sol; entornaba los ojos, cegada por la ola de dolores que palpitaba en sus ropas y en su carne. El halago de la coquetería disipaba su miedo al cementerio con esa facilidad que tienen las mujeres para el olvido cuando se sienten acariciadas en su vanidad.

Algo más que el contacto de la luz sintió de pronto Feli. Su novio la estrujaba otra vez, pero con mayores arrebatos, sin que ella intentase resistir.

- Deja que bese ese amarillo de oro... Ahora, el morado; ahora el azul... el rosa de tu frente... el heliotropo de tus labios... las violetas de tus ojos.

Caían los besos sobre ella como una lluvia sonora con chasquidos de pasión, que agrandaba el eco del cementerio.

Feli envolviáse entre sus brazos, intentando en vano librarse de ellos. Al moverse, los colores cambiaban de sitio, pasando de una parte a otra de su cuerpo adorable. Todos los resplandores de la luz desfilaban por su boca. Maltrana no perdonó uno: quiso saborearlos todos, en medio de aquella gloria de colores que envolvía su amoroso grupo.

Feliciana cerraba los ojos, estremecida por el chaparrón de besos, vibrando su virgen sensibilidad con el apretón de los masculinos brazos, sintiéndose próxima a caer al suelo como si las piernas temblorosas no pudiesen sostenerla, murmurando entre suspiros dulces:

- Basta... déjame... Que me matas; que grito... Asesino.


Vicente Blasco Ibáñez (España, 1867-1928).

sábado, 20 de julio de 2019

Tu boca: ¡ESBELTA SURGE! ¡VIENE DE LAS AGUAS DESNUDA...!, de Camilo Pessanha

"... yendo a la roca donde creo que estás, con los cabellos escurriendo agua..."

¡Esbelta surge! ¡Viene de las aguas, desnuda,
gobernando una concha inmaculada!
Las caderas flexibles, los senos palpitantes…
Muere mi boca por besar tu boca.


¡Sin vil pudor! ¿De qué hay que avergonzarse?
Soy un hermoso joven, casto y fuerte.
¡De blanco pecho! -que la muerte acoja…
Aunque la infame deba ahora esperar-.


Creyendo que es la hidra voy a acabar con ella
yendo a la roca donde creo que estás,
con los cabellos escurriendo agua,


e ir a inclinarme y desmayar de amor,
bajo el fervor de mi virginidad
y mi pulso de joven gladiador.


Camilo Pessanha (Portugal, 1867-1923).

 (Traducido al español por Amador Palacios).

viernes, 19 de julio de 2019

Tu boca: EL DIFUNTO MATÍAS PASCAL, de Luigi Pirandello

"... el tren de las doce, que va a Pisa."

(Fragmento inicial del capítulo 17: Reencarnación)

Llegué a la estación a tiempo de tomar el tren de las doce, que va a Pisa.

Después de sacar el billete, me acomodé en un coche de segunda, con la visera de la gorra de viaje calada hasta los ojos, no tanto porque no me vieran como para no ver yo a nadie. Pero seguía viendo, a pesar de todo, con el pensamiento, lo que no quería ver; me atosigaba la visión de aquel sombrero y aquel bastón que dejara encima del pretilillo del puente. Quizá alguno, al pasar por allí, los hubiese visto..., si no había ido ya algún sereno con el parte a la Comisaría... ¡Y yo estaba todavía en Roma! ¿Qué pasaría? Sentía que no vivía...

Hasta que, por fin, arrancó el tren. Por fortuna no había subido ningún otro viajero a mi vagón. Me puse en pie, alcé los brazos y lancé un interminable suspiro de satisfacción, como si se me hubiese quitado un peso de encima. ¡Ah! Volvía a contarme en el número de los vivos; a ser yo, ¡Matías Pascal! Me hubiera puesto a participárselo a todo el mundo a grito pelado: «¡Que soy yo, Matías Pascal! ¡Que soy yo! ¡No me había muerto! ¡Estoy aquí!» ¡Y no tenía ya que mentir, ni por qué temer que me descubrieran! Es decir, todavía no, hasta que no llegase a Miragno... Allí era donde tendría que darme a conocer como del mundo de los vivos e injertarme de nuevo en mis sepultas raíces... ¡Loco de mí ¿Cómo había podido figurarme que un tronco pudiese vivir cercenado de sus raíces? Y, sin embargo, todavía me acordaba de aquel otro viaje de Alenga a Turín; lo mismo que ahora, habíame considerado entonces feliz... ¡Loco! ¡Había sido un loco! «¡La liberación!», decía. ¡Aquello me había parecido la liberación! ¡Sí, con la capa de plomo de la mentira a cuestas! ¡Una capa de plomo encima de una sombra! ... Ahora volvería a cargar con la mujer y la suegra, es cierto... Pero ¿no había tenido que cargar con ellas también cuando era un muerto? Ahora, por lo menos, estaría vivo y podría defenderme. ¡Ah! ¡Ya nos las veríamos!

Al pensar en ello de nuevo, se me antojaba inverosímil la ligereza con que dos años atrás me lanzara yo fuera de la ley, a la aventura. Y volvía a verme en aquellos primeros días, dichoso en medio de la inconsciencia, o por mejor decir, de la locura, en Turín, primero, y después en otras poblaciones, en callada romería, mudo, solo, metido en mi concha, saboreando a mis anchas el sentimiento de lo que en aquella época se me antojaba mi felicidad; y evocaba mi paseo por Alemania, a lo largo del Rin, en un vapor. ¿Habría sido un sueño todo aquello? No, señor; que había sido realidad. ¡Oh, si hubiera podido yo hacer siempre aquella vida.... viajar como un forastero del vivir! ... Pero luego, en Milán.... aquel pobre perro que estuve a punto de comprarle al viejo que vendía cajas de cerillas... Ya entonces.

Torné con el pensamiento a Roma. Y entre como una sombra en la casa abandonada. ¿Dormirían todos? Adriana, quizá no; quizá me está aguardando todavía, esperándome de un momento a otro; le habrán dicho que yo he ido a buscar dos padrinos para batirme con el pintor Bernáldez; y como tardo, le entra mucho miedo y llora...

Me apreté la cara con ambas manos, sintiendo que el corazón se me encogía de angustia.

- Pero si yo no podía ser un viviente para ti, Adriana -gemí-, ¿no es mejor que ahora me creas muerto? Muertos los labios que cogieron aquel beso de tu boca... ¡Olvídame, pobre Adriana, olvídame!


Luigi Pirandello (Italia, 1867-1936). Obtuvo el premio Nobel en 1934.

La ilustración corresponde al puente de la Magdalena, conocido como "puente del diablo",
en la provincia de Lucca, al norte de Pisa. 

jueves, 18 de julio de 2019

Tu boca: ¡OH MI ADORADA NIÑA!, de Rubén Darío

"La ensangrentada huella del filo de un puñal:" 

¡Oh mi adorada niña!
Te diré la verdad:
Tus ojos me parecen
brasas en un cristal;
tus rizos, negro luto,
y tu boca sin par,
la ensangrentada huella
del filo de un puñal.


Rubén Darío (Nicaragua, 1867-1916).

miércoles, 17 de julio de 2019

Tu boca: EL LIBRO DE MONELLE, de Marcel Schwob

"Respira el hálito de tu boca y no aspires los alientos muertos."

(Fragmento del capítulo I: Palabras de Monelle)

No te resistas a la naturaleza. No apoyes contra las cosas los pies de tu alma. Que tu alma no de vuelta la cara como el niño malo.
Anda en paz con la luz roja de la mañana y el resplandor gris del anochecer. Sé el alba mezclada al ocaso.
Mezcla la vida con la muerte y divídelas en momentos.
No esperes la muerte: ella está en ti. Sé su camarada y tenia contra ti; es como tú mismo.
Muere de tu muerte; no codicies las muertes antiguas. Varía los géneros de muerte con los géneros de vida.
Ten por viva toda cosa incierta, y toda cosa segura, por muerta.

Y Monelle dijo: Te hablaré de las cosas muertas.

Quema cuidadosamente a los muertos, y desparrama sus cenizas a los cuatro vientos del cielo.
Quema cuidadosamente las acciones pasadas, y apisona las cenizas; pues el fénix que renacería de ellas sería el mismo. No juegues con los muertos y no acaricies sus rostros.
No te rías de ellos y no llores sobre ellos: olvídalos.
No te fíes de las cosas pasadas. No te ocupes para nada en construir bellos ataúdes para los momentos pasados: piensa en matar los momentos porvenir.
Desconfía de todos los cadáveres.
No abraces a los muertos: ellos asfixian a los vivos.
Consagra a las cosas muertas el respeto que se debe a las piedras de construcción.
No manches tus manos en la extensión de las líneas gastadas. Purifica tus dedos en aguas nuevas.
Respira el hálito de tu boca y no aspires los alientos muertos.
No contemples las vidas pasadas más que tu vida pasada. No colecciones sobres vacíos.
No lleves en ti ningún cementerio. Los muertos producen pestilencia.


Marcel Schwob (Francia, 1867-1905).

(Traducido al español por Ariel Dilon).
La ilustración corresponde a un trabajo visual de Adam Martinakis.

lunes, 15 de julio de 2019

Tu boca: MÚSICA INMORTAL, de Romain Rolland

"Estás fuera del mundo. Constituyes por ti sola un mundo. Tú tienes tu sol, tus leyes, tu flujo y tu reflujo."

La vida pasa. El cuerpo y el alma se desvanecen como las olas. Los años dejan su huella en la carne del àrbol que envejece. El mundo entero de las formas se gasta.

Tú sola, Música inmortal, no pasas. Tú eres el mar interior. Tú eres el alma profunda. En tus claras pupilas no se refleja el rostro melancólico de la vida. Como un rebaño de nubes se aleja de ti el cortejo de los días ardientes, helados, febriles, fugitivos, que ahuyenta la inquietud. Sólo tú no pasas. Estás fuera del mundo. Constituyes por ti sola un mundo. Tú tienes tu sol, tus leyes, tu flujo y tu reflujo. Posees la paz de las estrellas que trazan en el campo de los espacios nocturnos su rasgo luminoso, arados de plata conducidos por la mano segura del labrador invisible.

Música, virgen madre que llevas en tus entrañas inmaculadas todas las pasiones, que encierras el bien y y el mal en el lago de tus ojos del color de los juncos, del agua verde pálida que fluye de los glaciares, tú estás por encima del bien y del mal. Quien se refugia en ti vive al margen de los siglos; la sucesión de los días no será para él más que un día infinito, y la muerte, que todo lo muerde, se romperá los dientes.

Música que acunaste mi alma dolorida, haciéndola firme, tranquila y alegre al inundarla de amor y de bondad, quiero besar tu boca pura, esconder mi rostro entre tu cabellera de miel, apoyar mis pupilas abrasadas en la dulce palma de tu mano. Cuando cerramos los ojos y nos callamos veo la luz inefable de tus ojos, bebo la sonrisa de tus labios mudos, y acurrucado sobre tu corazón escucho el palpitar de la vida eterna.


Romain Rolland (Francia, 1866-1944). Obtuvo el premio Nobel en 1915.

domingo, 14 de julio de 2019

Tu boca: NOCTURNO, de José Asunción Silva

"... si entrevieras en sueños a aquél con quien tú sueñas (...) y sintieras sus labios anidarse en tu boca..."

Oh dulce niña pálida, que como un montón de oro
de tu inocencia cándida conservas el tesoro;
a quien los más audaces, en locos devaneos
jamás se han acercado con carnales deseos;
tú, que adivinar dejas inocencias extrañas
en tus ojos velados por sedosas pestañas,
y en cuyos dulces labios -abiertos sólo al rezo-
jamás se habrá posado ni la sombra de un beso…
Dime quedo, en secreto, al oído, muy paso,
con esa voz que tiene suavidades de raso:
si entrevieras en sueños a aquél con quien tú sueñas
tras las horas de baile rápidas y risueñas,
y sintieras sus labios anidarse en tu boca
y recorrer tu cuerpo, y en su lascivia loca
besar todos sus pliegues de tibio aroma llenos
y las rígidas puntas rosadas de tus senos;
si en los locos, ardientes y profundos abrazos
agonizar soñaras de placer en sus brazos,
por aquel de quien eres todas las alegrías,
¡oh dulce niña pálida!, di, ¿te resistirías?…


José Asunción Silva (Colombia, 1865-1896).

sábado, 13 de julio de 2019

Tu boca: CUANDO EL AMOR VOLÓ POR LA VENTANA, de Leonard Merrick

"Ella imaginó como se vería el mar cuando apareciera la luna. El anhelo de contemplarlo la emocionó y la impulsó a asomarse de nuevo a la ventana."

(Fragmentos)

Capítulo II

Sacudió su cabeza hacia ambos lados y concluyó la entrevista.

- Bueno, estás de suerte -exclamó la señorita Joyce mientras bajaban-. Que pronto se arregló todo, ¿no? También tienes una linda voz, querida. Sabía que llegarían a un acuerdo apenas abrieras tu linda boca.

Meenie le expresó su gratitud; se pasearon juntas unos cuantos metros en el atarde- cer.
Capítulo XXI

Ella imaginó como se vería el mar cuando apareciera la luna. El anhelo de contem- plarlo la emocionó y la impulsó a asomarse de nuevo a la ventana.

- ¡Ralph, es sábado! -exclamó.

Leonard Merrick (Inglaterra, 1864-1939).

(Traducido del inglés por Jules Etienne). 

viernes, 12 de julio de 2019

Tu boca: VÍA LÁCTEA, de Olavo Bilac

"Duermes, los pechos desnudos sobre la almohada, suelto tu cabello negro..."

XVIII

Duermes... Pero ¿qué susurro la húmeda
tierra despierta? ¿Qué rumor levanta
las estrellas, que la noche lleva en lo alto
luciendo en esa túnica extendida presas?

¡Son mis versos! ¡Palpita mi vida
en los deseos que la nostalgia eleva
dentro de mí y que, rompiendo la tregua,
van a llenar tus sueños, paloma dormida!

Duermes, los pechos desnudos sobre la almohada,
suelto tu cabello negro... Míralos, recorriendo
con duda, sutiles tu cuerpo entero.

Besando tu boca tibia y carnosa,
mientras suben y bajan y cautivan tu aliento.
¿Por qué se ha de acabar este momento?


Olavo Bilac (Brasil, 1864-1918).

jueves, 11 de julio de 2019

Tu boca: LA SEÑORITA DE LOS OJOS VERDES, de Maurice Leblanc

"Pero encontrar ojos verdes y labios que se abandonan; ¡qué voluptuosidad!..."

(Fragmentos)

Capítulo III: Un beso en la sombra

Conocía bien la contestación a semejante pregunta. Si se había interesado por la joven a causa de tener esos ojos de jade, ¿cómo no iba a protegerla, cuando la había sentido desfalleciendo cerca de él y con los labios muy próximos a los suyos? ¿Acaso se puede entregar una mujer cuya boca se ha besado? Cierto que era una asesina; pero se había estremecido bajo sus caricias. Y Raúl se percataba de que nada del mundo podría hacer que no la defendiese contra todo y contra todos. El ardiente beso de aquella noche dominaba todo el drama y todas las resoluciones a que el instinto de Raúl, más que su razón, le ordenaba dedicarse.

Capítulo IV: Es robada la Villa B...

Permaneció, pues, todo el día bajo el toldo del vagón, mientras el tren de mercancías se dirigía hacia el sur, entre campos soleados. Soñaba tranquilamente, comiendo manzanas para engañar al hambre. Y sin perder el tiempo en edificar frágiles hipótesis sobre La bella señorita, sus crímenes y su alma tenebrosa, saboreaba los recuerdos de la boca más tierna y más exquisita que la suya hubiera besado. Ese hecho era el único de que deseaba preocuparse. Vengar a la inglesa, castigar a la culpable, atrapar al tercer cómplice, volver a la posesión de los billetes robados, todo eso, evidentemente, era interesante. Pero encontrar ojos verdes y labios que se abandonan; ¡qué voluptuosidad!...

Capítulo VI: Entre la hojarasca

La joven calló. Había recogido su sombrero y con él se tapaba la parte inferior de la cara, principalmente los labios. Para Raúl no cabían dudas en la explicación de la conducta adoptada por la joven. Si le detestaba no era porque hubiese sido testigo de los crímenes cometidos y de tanta vergüenza, sino porque la había tenido en sus brazos y porque le había besado la boca. Aquel pudor, tan extraño en una mujer como ella, en una mujer tan sincera, arrojaba tal claridad sobre la intimidad de su alma y de sus instintos, que Raúl, a su pesar, murmuró:

- Le ruego que olvide.

Capítulo VII: Una de las bocas del infierno

- Por una parte, pues, la denuncia pública, los tribunales y el temible castigo... Por la otra, el segundo término del dilema en que deberás escoger el acuerdo en las condiciones que ya puedes adivinar. Claro está que no me conformo con una promesa; exijo que, puesta de rodillas, me jures que una vez en París vendrás a verme a mi casa. Además, como prueba inmediata de que el acuerdo es leal, quiero que lo firmes poniendo tu boca sobre la mía. Pero no ha de ser un beso de odio y asco, sino un beso de buena gana, como los que me han dado otras tan bellas y más difíciles que tú... ¡Un beso de amor!... Pero ¡contesta! -exclamó en un estallido de rabia-. Contéstame que aceptas. Ya me está molestando tu actitud de alma en pena. Contéstame, si no quieres que te obligue y, además de dármelo por la fuerza, ganarte la cárcel.


Maurice Leblanc (Francia, 1864-1941).

miércoles, 10 de julio de 2019

Tu boca: MATAR EL TIEMPO, de Miguel de Unamuno

"... lo juro por tu lecho, no lo dirá mi lengua que fue presa de tu boca:"

He sorbido tus lágrimas, princesa,
y en ellas el secreto de tu pecho,
mas no temas, lo juro por tu lecho,
no lo dirá mi lengua que fue presa


de tu boca. Soy fiel a mi promesa.
Cuando, mendigo, llegué a tí maltrecho
del cielo amparo hallé bajo tu techo
y me pusiste junto a tí en la mesa.


No sólo en ella. Pero bien, señora,
por delgado que sea cada estambre
que traman la costumbre redentora,


esta es de nuestra vida la raigambre
y se come, fijando antes la hora,
más por matar el tiempo que no el hambre.


Miguel de Unamuno (España, 1864-1936). 

Matar el tiempo forma parte del Rosario de sonetos líricos con el número CXI (91).

martes, 9 de julio de 2019

Tu boca: EL PLACER, de Gabriele D'Annunzio

"... te apoderaste con las dos manos del ramo y hundiste dentro de él tu cara, aspirando su perfume."

(Fragmento del capítulo I)

- Yo entré. Tú apenas volviste la cabeza: me acogiste duramente. ¿Qué tenías? No lo sé. Puse el ramo sobre la mesita y esperé. Empezaste á hablar de cosas triviales, sin voluntad y sin placer. Yo pensé, descorazonado. «¡Ya no me ama!» Pero el perfume era fuerte, muy intenso: había impregnado toda la estancia. Todavía te estoy viendo, cuando te apoderaste con las dos manos del ramo y hundiste dentro de él tu cara, aspirando su perfume. Al levantar el rostro, parecía exangüe y tus ojos estaban alterados como por una especie de embriaguez...
- ¡Sigue, sigue!... dijo Elena, con voz débil, inclinada sobre el pretil, como encantada por la fascinación del agua corriente.

- Después, sobre el diván: ¿te acuerdas? Yo te cubrí el pecho, los brazos, la cara, con las flores, agobiándote. Tú te levantabas continuamente, me presentabas tu boca, la garganta, tus párpados cerrados. Entre tu piel y mis labios sentía las hojas frías y suaves. Si te besaba el cuello, un escalofrío recorría tu cuerpo y extendías las manos para rechazarme y mantenerme alejado. ¡Oh! entonces... Tenías la cabeza hundida en los cojines, el pecho oculto por las rosas, los brazos desnudos hasta los codos, y nada era más dulce y amoroso que aquel leve temblor de tus pálidas manos sobre mis ardorosas sienes... ¿Te acuerdas?

- ¡Sí, sí! ¡Sigue!


Gabriele D'Annunzio (Italia, 1863-1938).

lunes, 8 de julio de 2019

Tu boca: PELEAS Y MELISANDA, de Maurice Maeterlinck


(Fragmento del cuarto acto, escena IV)

Melisanda (con voz ahogada): ¡Ah!... ¡Está detrás de un árbol!

Peleas: ¿Quién?

Melisanda: ¡Golod!

Peleas: ¿Golod?... ¿Dónde?... No veo nada...

Melisanda: Allí... donde acaban nuestras sombras...

Peleas: Sí, sí; le he visto... No nos volvamos bruscamente...

Melisanda: Tiene la espada...

Peleas: Yo no tengo la mía...

Melisanda: Ha visto que nos abrazábamos...

Peleas: No sabe que le hemos visto... No te muevas; no vuelvas la cabeza... Se arrojaría sobre nosotros... Se estará quieto mientras crea que no sabemos... Nos observa... Aún está inmóvil... Vete, vete enseguida por aquí... Yo le esperaré... le detendré...

Melisanda : ¡No, no, no!...

Peleas: ¡Vete, vete! ¡Lo ha visto todo!... ¡Nos matará!...

Melisanda: ¡Mejor! ¡Mejor! ¡Mejor!...

Peleas: ¡Viene! ¡Viene!... ¡Tu boca!... ¡Tu boca!...

Se besan desatinadamente.

Peleas: ¡Oh! ¡Oh! ¡Todas las estrellas se caen!...

Melisanda: ¡Sobre mí también! ¡Sobre mí también!...

Peleas: ¡Más! ¡Más! ¡Dame!... ¡Dame!...

Melisanda: ¡Toda! ¡Toda! ¡Toda!...

Golod se precipita sobre ellos con la espada en la mano, y hiere a Peleas, que cae junto a la fuente. Melisanda huye llena de espanto.

Melisanda (huyendo): ¡Oh! ¡Oh! ¡No tengo valor!... ¡No tengo valor!...

Golod la persigue a través del bosque, en silencio.


Maurice Maeterlinck (Belga fallecido en Francia, 1862-1949).
Obtuvo el premio Nobel en 1911.

Las ilustraciones corresponden a la puesta en escena de Pelleas et Mélisande en el año de 1904,
con Sarah Bernhardt interpretando del peronaje masculiomo de Pélleas.

domingo, 7 de julio de 2019

Tu boca: LUJURIA, de Joaquín Dicenta

"... gozar tu cuerpo, que a gozar me llama, ¡ver tu carne a mi carne confundida y oír tu beso respondiendo al mío!"

Cuando murmuras con nervio acento
tu cuerpo hermoso que a mi cuerpo toca
y recojo en los besos de tu boca
las abrasadas ondas de tu aliento.
Cuando más que ceñir, romper intenso
una frase de amor que amor provoca
y a mí te estrechas delirante y loca,
todo mi ser estremecido siento.
Ni gloria, ni poder, ni oro, ni fama,
quiero entonces, mujer. Tu eres mi vida,
esta y la otra si hay otra; y solo ansío
gozar tu cuerpo, que a gozar me llama,
¡ver tu carne a mi carne confundida
y oír tu beso respondiendo al mío!


Joaquín Dicenta (España, 1862-1917).

sábado, 6 de julio de 2019

Tu boca: LA SEÑORITA ELSA, de Arthur Schnitzler

"Nada de medias, no. Sería inconveniente. Desnuda, completamente desnuda (...) ¿Soy realmente tan hermosa como dice el espejo?"

(Fragmento)

No hay más tiempo que perder, ni hay que ser cobarde de vuelta. ¡Abajo la ropa! ¿Quién será el primero? ¿Serás tú, primo Paul? Tienes suerte de que no esté aquí el cabeza de romano. ¿Vas a posar tu boca esta noche sobre mis hermosos senos? ¡Qué bella soy! Berta tiene una blusa de seda negra. Qué refinamiento. Pero yo seré más refinada aún. ¡Será una vida magnífica! Nada de medias, no. Sería incon- veniente. Desnuda, completamente desnuda. Cissy es la que va a envidiarme. Y otras también. Pero ellas no se atreverían jamás a tanto. Y, por consiguiente, todas ellas quisieran tomarme como ejemplo. Yo, la virgen, me atrevo. ¡Ah!, ¡como voy a reírme de Dorsday! Aquí estoy, señor Dorsday. Pronto, al correo. ¡Cincuenta mil! Esto los vale, ¿no es cierto?

¡Soy hermosa, hermosa! ¡Contémplame, noche! ¡Contémplenme, montañas! ¡Cielo, fíjate en lo bella que soy! Pero si ustedes están ciegos. Los de abajo tienen ojos. ¿Me soltaré el cabello? No. Tendría un aire de loca. Y nadie deberá creer que estoy loca. Sólo deberán creerme impúdica. Y canalla. ¿Dónde está el telegrama? Dios mío, ¿dónde puse el telegrama? Aquí, míralo, muy quietecito al lado del veronal. Te suplico aún... cincuenta mil... de otro modo, todo inútil. La dirección sigue siendo Fiala. Oh, sí, este es el telegrama. Un pedazo de papel, con unas letras encima. Expedido en Viena a las cuatro y media. No, ni sueño, todo esto es verdad. Y, en casa, esperan los cincuenta mil florines. Y el señor de Dorsday espera también. Que espera. Tenemos todo el tiempo por delante. Qué agradable es esto de pasearse así, completamente desnuda, a lo largo del cuarto. ¿Soy realmente tan hermosa como dice el espejo? Oh, pero aproxímese, linda señorita. ¡Quiero apretar sus senos contra los míos! ¡Qué fastidio que la luna nos separe! ¡Qué bien nos entenderíamos!, ¿no es verdad? No tendríamos necesidad de nadie más. Hay telegramas y hoteles y montañas, estaciones y bosques, pero no hay hombres. Es que los soñamos. No hay más que el doctor Fiala, que existe con su dirección. Ella sigue siendo la misma. Oh, no estoy nada loca. Sencillamente un poco emocionada. Y hay por qué, cuando se está llamada a venir por segunda vez al mundo. Porque la otra Elsa murió ya. Sí, seguramente estoy muerta. Y sin veronal.


Arthur Schnitzler (Austria, 1862-1931).

viernes, 5 de julio de 2019

Tu boca: LAÚD DE AMOR, de Rabindranath Tagore

"Tal vez por mí palpite tu dormida boca entreabierta."

La estrella

El río avanza, mansamente, abriendo la noche. Las estrellas, desnudas,  tiemblan en el agua. El río traza una línea de rumor en el silencio.

He abandonado mi barca al capricho de las aguas. Tendido cara al cielo  pienso en ti que duermes, extraviada entre los sueños.

Tal vez ahora me sueñes, amor mío, de nocturnos, húmedos ojos estrellados.

Pronto mi barca ha de pasar frente a tu casa, amor mío, extendida en tu sueño  como un río. Tal vez por mí palpite tu dormida boca entreabierta.

Llega una ráfaga de fruta y de jazmín. Este viento ha pasado por tu casa y en él  toco tu sueño y aspiro tu aroma y beso tu boca, amor mío que tal vez ahora andas conmigo, en un jardín, por tu sueño.

Detrás de tu oreja, entre los cabellos, húmedos del baño todavía, arde un jazmín, en tu sueño. Dame la mano y mírame a los ojos, en tu sueño, amor mío, y suavemente,  arrástrame  al círculo mágico en que ahora, dormida, sonríes.

Ya veo, entre la sombra de la orilla, una lucecita que me mira con amoroso parpadeo. Es tu casa: para mí la más dulce, la más cercana y lejana de las estrellas, amor mío.


Rabindranath Tagore (India, 1861-1941). Obtuvo el premio Nobel en 1913.

jueves, 4 de julio de 2019

Tu boca: LOS DISCÍPULOS DE EMAÜS, de José María Vargas Vila

"Y, tu boca, boca suave, nido de un pájaro ideal; ¿dónde está el ave que la habitaba?"

(Fragmento)

Que pueda yo, verme en el cristal angélico de tus ojos, como en el espejo beatífico de un pozo muy profundo a donde no llega el hálito mefítico del mundo, y, todo duerme en él, bajo sus ondas tornasoles, color de miel, que me mire en sus abismos de cristal, y, sienta, como siempre siento al contemplarme en ellos, los grandes paroxismos del ideal; ¡cómo son bellos tus ojos de índigo!, como una suave noche de azul; ¿estuvieron tus ojos en los trópicos? ¿de dónde nos trajeron tanta luz? Y, tu boca, boca suave, nido de un pájaro ideal; ¿dónde está el ave que la habitaba? ¿por qué no trina como trinaba al salir de tus labios de coral? en el rosal florecido yo encuentro el nido vacío, deja que ponga en él, el beso mío; mi beso paternal; Y, así diciendo, la besa suave y lentamente, con un gran gesto como ritual.

Cósima tiembla bajo las caricias, y, con voz tremante por las caricias que la embargan, susurra con voz leda, como el canto de un ave en la arboleda:

- Maestro mío...


José María Vargas Vila (Colombiano fallecido en España, 1860-1933).

miércoles, 3 de julio de 2019

Tu boca: CUANDO EN EL ÁRBOL DE SERVAL, de Charles G. D. Roberts

"... entonces, del corazón la recompensa, roja, roja es tu boca para mí..."

Cuando en el árbol de serval
los colores de la luz lentos se desvanecen,
y el tranquilo atardecer,
todo lirios, te respira,
entonces, el corazón está contento,
siento tu cabello enredándome,
y tierna llega la oscuridad,
que me trae hasta ti.

Y cuando al otro lado del mar,
la rosa del amanecer se abre lentamente,
y el oro se rompe, y el azul,
todos alegres por ti,
entonces, del corazón la recompensa,
roja, roja es tu boca para mí,
y la vida significa amor,
y tú significas el amor.


Charles G. D. Roberts: Sir Charles George Douglas Roberts
(Canadá, 1860-1943).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).
En este sitio es posible leer la versión original del poema en inglés: When in the Rowan-Tree.

lunes, 1 de julio de 2019

Tu boca: EN UN ABANICO, de Manuel Gutiérrez Nájera

"Colibrí del que se aleja (...) y ve de cerca tu boca y no la puede besar."

I

Pobre verso condenado
A mirar tus labios rojos
Y en la lumbre de tus ojos
Quererse siempre abrasar;
Colibrí del que se aleja
El mirto que lo provoca,
Y ve de cerca tu boca,
Y no la puede besar.


Manuel Gutiérrez Nájera (México, 1859-1895).

domingo, 30 de junio de 2019

Tu boca: LA BOLA DE CRISTAL, de Helene Böhlau

"Esparce mucha miel sobre tu boca y mientras la están lamiendo se obtiene aquello que se quería conseguir."

(Fragmento)

«Sí –le dijo una vez a su amigo-. Si el buen Dios fuera una mujer, lo cual no es una cosa imposible de imaginar, los hombres tendrían buen trato allá arriba. Las peores picardías serían manejadas con la mayor gracia, puesto que están aquí en la tierra, donde un hombre puede prescindir de la moral y ser amado, para después nada más correr tras salirse con la suya.» Con charlas como esa la sabia mujer se ganaba el favor del capitán y se iba sintiendo mucho más en casa al lado de él. A menudo le regañaba como si fuera un colegial, pero él lo tomaba de una manera amigable

.«Con un hombre nunca debes pedir directamente una cosa. Esparce mucha miel sobre tu boca y mientras la están lamiendo se obtiene aquello que se quería conseguir. Es la única manera.» Así solía decir la vieja mujer. Y lo hacía alegremente, como muchas otras mujeres astutas. Tenía entonces un amigo siempre pendiente de sus dolores.
  
Helene Böhlau (Alemania, 1859-1940).