Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

domingo, 16 de junio de 2019

Tu boca: AMOR, de Naborre Campanini

"No me mires así ¡oh amada mía! (...) Con esas trenzas blondas no me atormentes más ¡oh mi adorada!"

Juntos los dos sentados
Sobre las rocas que la mar lamía,
Te dije: -Con los ojos abrasados
No me mires así ¡oh amada mía!

Murmuraron las ondas
Y espaciaste en el mar una mirada;
Yo añadí: -Con esas trenzas blondas
No me atormentes más ¡oh mi adorada!

Trajo a mi oído el viento
Una trova de dulce melodía,
Y entonces dije: -Con tan hondo acento
No me hables más así ¡oh amada mía!

Callada y fijamente
Me miraste de amor, como una loca;
Y se unieron en una estrechamente
Tu boca amante con mi amante boca

De tu cabeza de oro
Las hebras en mi pecho se derraman
Mientras exclama el inefable coro
De ondas y vientos, con dulzura: se aman.


Naborre Campanini (Italia, 1850-1925).

(Traducido al español por Juan Luis Estelrich).

sábado, 15 de junio de 2019

Tu boca: AZIYADÉ, de Pierre Loti

"¡Me podría comer las palabras de tu boca!"

(Fragmento del capítulo III: Eyoub para dos)

Y mi pasión brotó en un raudal de palabras, los pensamientos acudían a mi mente a la par que las voces turcas. Le dirigí multitud de preguntas, pidiéndole:

- ¡Contéstamel

Ella, ella me miraba con éxtasis, absorta, arrobada; pero parecía no entenderme.

- Aziyadé -le dije-: ¿No me comprendes?

- No –respondió. Y me dijo con voz grave de matices dulces y salvajes:

- ¡Me podría comer las palabras de tu boca! Senin laf yemek isterim! (Quisiera comerme el sonido de tu voz).


Pierre Loti: Louis-Marie-Julien Viaud (Francia, 1850-1923).

El título completo de la novela es: Aziyadé, extractos de notas y cartas de un oficial de la marina inglesa. 

viernes, 14 de junio de 2019

Tu boca: TE AMO, de Ella Wheeler Wilcox

"... bésame dulcemente con tu ardiente y húmeda boca, todavía fragante de vino tinto..."

Amo tus labios cuando están húmedos de vino
y rojos con un deseo desenfrenado;
amo tus ojos cuando brillan con la luz del amor
iluminados por un fuego apasionado.
Amo tus brazos cuando tu cálida piel blanca
toca la mía en un intenso abrazo;
amo tu cabello cuando se pega
con tus besos en mi cara.

No es para mí ese frío, apacible beso,
del amor displicente de una virgen;
no es para mí la dicha de una santa,
ni el corazón de una paloma impoluta.
Pero dame el amor que libre se da
y se ríe de toda la culpa del mundo,
con tu cuerpo tan joven y cálido en mis brazos,
encendiendo el fuego de mi pobre corazón.

Así que bésame dulcemente con tu ardiente y húmeda boca,
todavía fragante de vino tinto,
y dime con fervor nacido en el Sur
que tu cuerpo y tu alma son míos.
Estréchame en tus cálidos brazos jóvenes,
mientras las pálidas estrellas brillan,
y viviremos el resto de nuestras vidas
entre las delicias de un amor vibrante.


Ella Wheeler Wilcox (Estados Unidos, 1850-1919).

jueves, 13 de junio de 2019

Tu boca: CAMINO A DAMASCO, de August Strindberg


(Fragmento de la escena I del primer acto)

Mendigo: Lo ves, ya estás interesado. Omne tulit punctum qui miscuit utile dulci. Siempre he tenido éxito en todo lo que he emprendido, porque nunca he intentado nada. Me gustaría llamarme Polícrates, que encontró el anillo de oro en el estómago del pescado. La vida me ha dado todo lo que le pedí. Aunque nunca le pedí nada; Me cansé del éxito y tiré el anillo. Sin embargo, ahora que he envejecido, me arrepiento. Lo busco en las alcantarillas; pero como la búsqueda lleva tiempo, en lugar de mi anillo de oro no desdeño unas colillas de cigarros…

Extraño: No sé si este mendigo es un cínico o está loco.

Mendigo: Yo tampoco lo sé.

Extraño: ¿Sabes quién soy?

Mendigo: No. Y no me interesa.

Extraño: Bueno, el interés suele ser lo que viene después. ... ¿Ves?, me tientas a arrancar las palabras de tu boca. Y eso es lo mismo que recoger los cigarros de otras personas.

Mendigo: ¿Así es que no seguirás mi ejemplo?

Extraño: ¿Qué es esa cicatriz en tu frente?

Mendigo: La obtuve de una relación cercana.

Extraño: ¡Ahora me asustas! ¿Eres real? ¿Puedo tocarte? (Le toca el brazo). No hay duda de ello. ... ¿Te dignarías a aceptar una moneda a cambio de una promesa de buscar tu anillo en otra parte de la ciudad? (Le entrega la moneda). Post nummos virtus. ... Otro eco. Debes irte de inmediato.

Mendigo: Lo haré. Pero me has dado demasiado. Te devolveré tres cuartas partes de ella. Así no nos debemos el uno al otro nada más que amistad.

Extraño: ¡Amistad! ¿Pero es que soy amigo tuyo?

Mendigo: Bueno, yo sí lo soy tuyo. Cuando uno está solo en el mundo no se puede ser muy particular.

Extraño: Entonces déjame decirte que te olvidas de ti mismo...

Mendigo: ¡Sólo demasiado complacido! Pero cuando nos volvamos a encontrar, tendré una palabra de bienvenida para ti.

(Sale).
August Strindberg (Suecia, 1849-1912).

(Traducido al español por Jules Etienne).
La ilustración corresponde a una puesta en escena de la obra en Belgrado, dirigida por Nikita Milivojević en 2014.   

miércoles, 12 de junio de 2019

Tu boca: MADRIGAL, de Manuel Acuña

"... que si querube fuera, y por unir tu boca con la mía, existencia y Edén juntos perdiera..."

Son tus labios tan rojos y tan bellos,
y tan suave y tan dulce
la dulce y suave miel que mana de ellos,
que si querube fuera,
y por unir tu boca con la mía,
existencia y Edén juntos perdiera,
sin vacilar siquiera
a existencia y Edén renunciaría.


Manuel Acuña (México, 1849-1873).

La ilustración corresponde a Encuentro romántico, de Mihaly von Zichy.

martes, 11 de junio de 2019

Tu boca: EL JARDÍN DE LOS SUPLICIOS, de Octave Mirbeau

"Tu boca... dame, dame tus labios..."

(Fragmento del primer capítulo de la segunda parte)

- Qué bueno eres... querido... querido amor... ¡Besa mis labios... mi nuca... mis cabellos... adorado mío!...

Su cabellera tenía un olor animal tan penetrante y me rozaba la faz con tan eléctricas caricias, que a su solo contacto olvidaba yo fiebres, fatigas y dolores... y sentía circular, correr por las venas heroicos ardores, nuevas fuerzas...

- ¡Ah, cómo vamos a divertimos, alma mía!... La vista de los presos... me trastorna... y agitan mi cuerpo estremecimientos iguales á los que produce el amor... Paréceme... ¿sabes?... paréceme que penetro en lo más recóndito, hasta el fondo de las tinieblas de mi ser... Tu boca... dame, dame tus labios...

Y ligera, ágil, impúdica y gozosa, seguida del perro que saltaba alegre también, fue en busca de las mujeres encargadas de vestirla.


Octave Mirbeau (Francia, 1848-1917).

lunes, 10 de junio de 2019

Tu boca: CANCIÓN DEL SILENCIO (Paisaje)*, de Jens Peter Jacobsen

"... corre brillante el musgo sobre el suelo. Los rayos de luna se derraman..."

¡Silencio, querida mujer!
sigilosamente debemos dar un paso, juntos los dos.
Hay una canción dentro
del reposo nocturno del bosque.

Tranquilas están las olas y el viento,
silencio en tu boca y la de cada pajarillo,
los manantiales también guardan silencio
corre brillante el musgo sobre el suelo.

Los rayos de luna se derraman
silenciosamente entre las olas
y a lo largo de las tranquilas veredas
el contorno brillante de la luna parpadea.

La nube de plata está allí,
descansa sobre su ala ancha,
arriba de las copas de los árboles
mira hacia abajo a quien la escucha.

Tranquilas están las olas y el viento,
sigilosamente debemos dar un paso, juntos los dos.
Hay una canción dentro
del reposo nocturno del bosque.


Jens Peter Jacobsen (Dinamarca, 1849-1885).

* A la versión original en danés se le conoce por su primera línea: Stille, du elskede kvinde!,
en cambio la versión en inglés de Mark DeGarmeaux lleva por título Landscape (Paisaje). 

domingo, 9 de junio de 2019

Tu boca: LOS CANTOS DE MALDOROR, del Conde de Lautrémont

"... quiero que estemos estrechamente abrazados para toda la eternidad..."

(Fragmento del Canto Primero)

Cuando hayamos abandonado esta vida efímera, quiero que estemos estrechamente abrazados para toda la eternidad, que ambos formemos un único ser, tu boca íntimamente unida a la mía. Pero aun así mi castigo no será completo. Tendrás, además, que desgarrarme sin detenerte nunca, con los dientes y las uñas a la vez. Adornaré mi cuerpo con guirnaldas perfumadas para este holocausto expiatorio; y entonces sufriremos los dos, yo por ser desgarrado, tú por desgarrarme... con mi boca unida a la tuya.


Conde de Lautréamont: Isidore Ducasse (Francés nacido en Uruguay, 1846-1870). 

sábado, 8 de junio de 2019

Tu boca: AFUERA DE LA PUERTA, de Lorenzo Stecchetti (Olindo Guerrini)

"Oh, si esa voz en tu pensamiento mientras habla te sonroja, créelo, hermosa, te digo lo que siento..."

Glaucos los ojos, rubios los rizos,
pasó delante de mi vista;
toda temblorosa dijo mi nombre
y sonrojada me saludó.

Tenía en sus ojos como un deseo,
un verdadero destello de amor…
Oh, dime, dime, del amor mío,
presiento, ¿quizás hablar del corazón?

¿Tal vez hablar de mis suspiros?
¿Te digo el primero de mis pensamientos?
¿Te cuento los sueños de mis noches
y del amplio vacío de la almohada?

¿Te digo que sólo, sólo un rizo
de tu cabello quiero besar?
¿Que por un beso de tu boca
podría a la muerte desafiar?

Oh, si esa voz en tu pensamiento
mientras habla te sonroja,
créelo, hermosa, te digo lo que siento:
Te amo y el amor no sabe mentir.


Lorenzo Stecchetti: Olindo Guerrini (Italia, 1845-1916).

viernes, 7 de junio de 2019

Tu boca: LA TRAGEDIA DE LA CALLE DE LAS FLORES, de Eça de Queirós


(Párrafo de la extensa carta que Genoveva le escribe a Víctor)

Mi querido amor.
(...)

Adiós, adorado. Es tarde. El fuego está apagado y estoy cansada. ¿Sabes lo que quisiera? Entrar paso a paso en tu cuarto, sin despertarte, poner un beso muy leve en tu boca adorada, y descender, sin despertarte… Sólo un beso ¿Pero tendría valor para tanto? Podría resisitirme a decirte al oído: soy yo, tu Genoveva, tu esclava, tómame, sé mi señor. Mi amado, ¡cuánto te adoro! A veces pienso que me haces mejor. Eres purificador; me siento con más nobleza, pienso con más serenidad. ¡Cómo nos cambia el amor! Adiós, mi amado. Quisiera poder escribirte toda mi vida, pero mi pobre mano, ¡mi pequeña mano está tan fatigada! ¡Si te tuviese aquí para recostarme en tu hombro! Oh, que hermoso paseo bajo los árboles, ¿no crees? ¿Sentiste el calor de mi brazo? ¿Estaba en tu corazón?
(…)
Adiós.Tu G.


José Maria Eça de Queirós (Portugués fallecido en Francia, 1845-1900).

jueves, 6 de junio de 2019

Tu boca: A UNA ESTATUA DE PERSÉFONE EN EL JARDÍN, de Maurice Thompson


Y tú que por el capullo de la amapola te detienes
vestido con las prendas oscuras del sur
con el sueño en tus ojos y en tu boca,
enredado en el silencio, sosteniendo en tu mano
una poción para la muerte y una varita somnolienta,
¿Traes contigo el fuego inmitigable y la sed?
No; porque tu cabello sombrío está lleno de bálsamo,
Tu poción es deleite, tu varita mágica le da descanso.
Ven, tócame con tu palma fresca y plácida,
Arrúllame hacia el sueño sin medida, inefable calma,
Y llévame a tu jardín en el oeste,
Más allá de donde yacen sus nublados confines
¡Un dulce paraíso sin límites!


Maurice Thompson (Estados Unidos, 1844-1901).

miércoles, 5 de junio de 2019

Tu boca: ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA, de Friedrich Nietzsche

"... y, sin embargo, oh alma mía, tu sonrisa an­hela las lágrimas, y tu boca trémula, los sollozos."

Del gran anhelo

Oh alma mía, yo te he enseñado a decir «Hoy» como se dice «Alguna vez» y «En otro tiempo» y a bailar tu ronda por encima de todo Aquí y Ahí y Allá.

Oh alma mía, yo te he redimido de todos los rincones, yo he apartado de ti el polvo, las arañas y la penumbra.

Oh alma mía, yo te he lavado del pequeño pudor y de la vir­tud de los rincones y te persuadí a estar desnuda ante los ojos del sol.

Con la tempestad llamada «Espíritu» soplé sobre tu mar agitado; todas las nubes las expulsé de él soplando, estrangu­lé incluso al estrangulador llamado «Pecado».

Oh alma mía, te he dado el derecho de decir no como la tempestad y de decir sí como dice sí el cielo abierto: silencio­sa como la luz te encuentras ahora, y caminas a través de tempestades de negación.

Oh alma mía, te he devuelto la libertad sobre lo creado y lo increado: ¿y quién conoce la voluptuosidad de lo futuro como tú la conoces?

Oh alma mía, te he enseñado el despreciar que no viene como una carcoma, el grande, amoroso despreciar, que ama máximamente allí donde máximamente desprecia.

Oh alma mía, te he enseñado a persuadir de tal modo que persuades a venir a ti a los argumentos mismos: semejante al sol, que persuade al mar a subir hasta su altura.

Oh alma mía, he apartado de ti todo obedecer, todo doblar la rodilla y todo llamar «señor» a otro, te he dado a ti misma el nombre «Viraje de la necesidad» y «Destino».

Oh alma mía, te he dado nuevos nombres y juguetes multi­colores, te he llamado «Destino» y «Contorno de los contor­nos» y «Ombligo del tiempo» y «Campana azur».

Oh alma mía, a tu terruño le he dado a beber toda sabidu­ría, todos los vinos nuevos y también todos los vinos fuertes, inmemorialmente viejos, de la sabiduría.

Oh alma mía, todo sol lo he derramado sobre ti, y toda noche y todo callar y todo anhelo: así has crecido para mí cual una viña.

Oh alma mía, inmensamente rica y pesada te encuentras ahora, como una viña, con hinchadas ubres y densos y dora­dos racimos de oro:

apretada y oprimida por tu felicidad, aguardando a cau­sa de tu sobreabundancia, y avergonzada incluso de tu aguar­dar.

¡Oh alma mía, en ninguna parte hay ahora un alma que sea más amorosa y más comprehensiva y más amplia que tú! El futuro y el pasado ¿dónde estarían más próximos y juntos que en ti?

Oh alma mía, te he dado todo, y todas mis manos se han va­ciado por ti: ¡y ahora! Ahora me dices, sonriente y llena de melancolía: «¿Quién de nosotros tiene que dar las gracias?

¿el que da no tiene que agradecer que el que toma tome? ¿Hacer regalos no es una necesidad? ¿Tomar no es un apia­darse?»

Oh alma mía, comprendo la sonrisa de tu melancolía: ¡Tam­bién tu inmensa riqueza extiende ahora manos anhelantes!

¡Tu plenitud mira por encima de mares rugientes y busca y aguarda; el anhelo de la sobreplenitud mira desde el cielo de tus ojos sonrientes!

¡Y, en verdad, oh alma mía! ¿Quién vería tu sonrisa y no se desharía en lágrimas? Los ángeles mismos se deshacen en lá­grimas a causa de la sobrebondad de tu sonrisa.

Tu bondad y tu sobrebondad son las que no quieren la­mentarse y llorar: y, sin embargo, oh alma mía, tu sonrisa an­hela las lágrimas, y tu boca trémula, los sollozos.

«¿No es todo llorar un lamentarse? ¿Y no es todo lamentar­se un acusar?» Así te hablas a ti misma, y por ello, oh alma mía, prefieres sonreír a desahogar tu sufrimiento,

¡a desahogar en torrentes de lágrimas todo el sufrimien­to que te causan tu plenitud y todos los apremios de la viña para que vengan viñadores y podadores!

Pero tú no quieres llorar, no quieres desahogar en lágrimas tu purpúrea melancolía, ¡por eso tienes que cantar, oh alma mía! Mira, yo mismo sonrío, yo te predije estas cosas:

cantar, con un canto rugiente, hasta que todos los mares se callen para escuchar tu anhelo, hasta que sobre silenciosos y anhelantes mares se balan­cee la barca, el áureo prodigio, en torno a cuyo oro dan brin­cos todas las cosas malas y prodigiosas:

también muchos animales grandes y pequeños, y todo lo que tiene prodigiosos pies ligeros para poder correr sobre senderos de color violeta,

hacia el áureo prodigio, hacia la barca voluntaria y su dueño: pero éste es el vendimiador, que aguarda con una po­dadera de diamante,

tu gran liberador, oh alma mía, el sin-nombre ¡al que sólo cantos futuros encontrarán un nombre! Y, en verdad, tu aliento tiene ya el perfume de cantos futuros,

¡ya tú ardes y sueñas, ya bebes tú, sedienta, de todos los consoladores pozos de sonoras profundidades, ya descansa tu melancolía en la bienaventuranza de cantos futuros!

Oh alma mía, ahora te he dado todo, e incluso lo último que tenía, y todas mis manos se han vaciado por ti: ¡el mandar­te cantar, mira, esto era mi última cosa!

El mandarte cantar, y ahora habla, di: ¿quién de nosotros tie­ne ahora que dar las gracias? O mejor: ¡canta para mí, canta, oh alma mía! ¡Y déjame que sea yo el que dé las gracias!

Así habló Zaratustra.

Friedrich Nietzsche (Alemania, 1844-1900).

lunes, 3 de junio de 2019

Tu boca: LAS BOSTONIANAS, de Henry James

"¡Abundan los caballeros que estarían felices de cerrar tu boca besándola!"

(Fragmento del capítulo XVII)

Ningún hombre que haya visto le interesa una pizca en su corazón nuestra causa y lo que estamos tratando de lograr. La odian, la desprecian; tratarán de dificultarla siempre que puedan. Oh sí, sé que hay hombres que pretenden que les importa, pero esos no son realmente hombres, ¡y ni siquiera de ellos estoy segura! Cualquier hombre que uno mire, la verdad sea dicha, emprende una guerra a cuchillo en contra nuestra. No pretendo negar que también hay algunos seres del género masculino que estarían dispuestos a respaldarnos un poco; a darnos una palmadita en la espalda y recomendar ciertas concesiones moderadas; para decir que en efecto hay dos o tres pequeños puntos en los que la sociedad no ha sido justa con nosotras. Pero cualquier hombre que pretenda aceptar por su propia voluntad nuestro programa en su totalidad, como tú y yo lo entendemos, antes de que se vea forzado a hacerlo, esa persona lo único que estaría tramando es traicionarnos. ¡Abundan los caballeros que estarían felices de cerrar tu boca besándola! Si algún día te vuelves peligrosa para su egoísmo, para sus disimulados intereses, para su inmoralidad -¡Tal y como rezo todos los días al cielo, mi querida amiga, que tú lo seas!- será un gran triunfo para alguno de ellos si logra persuadirte de que te ama. Entonces verás de lo que es capaz de hacer contigo, ¡y qué tan lejos lo puede llevar su amor! Será un día triste para ti y para mí, y para todas nosotras, si creyeras algo así. Puedes ver ahora que estoy en calma, cuánto he reflexionado al respecto.

(No man that I have ever seen cares a straw in his heart for what we are trying to accomplish. They hate it; they scorn it; they will try to stamp it out whenever they can. Oh yes, I know there are men who pretend to care for it; but they are not really men, and I wouldn't be sure even of them! Any man that one would look at--with him, as a matter of course, it is war upon us to the knife. I don't mean to say there are not some male beings who are willing to patronise us a little; to pat us on the back and recommend a few moderate concessions; to say that there are two or three little points in which society has not been quite just to us. But any man who pretends to accept our programme in toto, as you and I understand it, of his own free will, before he is forced to -such a person simply schemes to betray us. There are gentlemen in plenty who would be glad to stop your mouth by kissing you! If you become dangerous some day to their selfishness, to their vested interests, to their immorality -as I pray heaven every day, my dear friend, that you may! -it will be a grand thing for one of them if he can persuade you that he loves you. Then you will see what he will do with you, and how far his love will take him! It would be a sad day for you and for me and for all of us, if you were to believe something of that kind. You see I am very calm now; I have thought it all out.)

Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

domingo, 2 de junio de 2019

Tu boca: ROSELA, de José Peón y Contreras

"¿Me quieres? pues dímelo; ¡esto te lo pido yo de rodillas a tus pies!"

VI

(Fragmento)

¿Por qué me ves padecer
y no alivias mi tormento?
¿Por qué no quieres creer
que voy la vida a perder
al rigor del sufrimiento?

¿No piensas que en esta cuita
que mi corazón agita,
sin paz, en duda y sin calma
en soledad infinita
se me está muriendo el alma?

¿Piensas que si no te amara,
si no te adorase tanto,
tus desdenes soportara?
¡Ni uno solo... derramara
mi sangre antes que este llanto!

¿Sospechas en mí, doblez?
O dime que tu esquivez
es hija de tu albedrío,
que tú no me amas, bien mío,
¡pero dilo de una vez!

Dilo... sepa al cabo yo
qué me guarda el porvenir;
sabré que debo morir,
que sin tu amor... ¡Eso no!
¡Sin él no quiero vivir!

¿Lo oyes bien?, pues bien, contesta.
En mi ansia perenne y loca,
a oírte al alma se apresta...
¡Quiero escuchar de tu boca
hechicera la respuesta!

¿Quién ha de sentir así
su amor, ¡ay! dímelo, ¡quién!
Ni quien con tal frenesí
te ha de adorar... ¡dime, di,
si merezco tu desdén!

¿No me quieres? di que no,
si ese mi destino es.
¿Me quieres? pues dímelo;
¡esto te lo pido yo
de rodillas a tus pies!


José Peón y Contreras (México, 1843-1907).