Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

domingo, 4 de agosto de 2019

Tu boca: MANCHAS, de Theodosia Garrison


Los tres fantasmas en el camino solitario
se hablaban uno al otro,
- ¿De dónde viene esa mancha sobre tu boca
que ninguna mano puede cubrir?
- De comer fruta prohibida,
hermano, mi hermano.

Los tres fantasmas en el camino sin sol
se hablaban uno al otro,
- ¿De dónde viene esa quemadura roja en tu pie
que no pueden cubrir ni el polvo ni la ceniza?
- Apagué el fuego de la chimenea de un vecino,
hermano, mi hermano.

Los tres fantasmas en el camino sin viento
se hablaban uno al otro
- ¿De dónde viene esa sangre en tu mano
que ninguna otra mano puede cubrir?
- De romper el corazón de una mujer,
hermano, mi hermano.

Sin embargo, en la tierra somos hombres que caminamos limpios,
glotón, ladrón y amante;
la blanca piel es suficiente para esconder nuestras manchas
que ningún hombre podría descubrir.
Desnuda el alma se acerca a Dios,
hermano, mi hermano.


Theodosia Garrison (Estados Unidos, 1874-1944).

viernes, 2 de agosto de 2019

Tu boca: INTERVALO, de Colette

"Y ni la fresa más grande, ni la cereza más negra están en tu boca: se funden deliciosas en la mía... "

¿Te dijeron que durante tu ausencia vivía sola, huraña y fiel, con un gesto de impaciencia y de espera?... No lo creas. Ni soy fiel ni estoy sola. Y no es a ti a quien espero. ¡No te irrites! Lee esta carta hasta el final. Me gusta desafiarte cuando estás lejos, cuando nada puedes contra mí y te contentas con apretar los puños y romper un vaso... Me gusta desafiarte sin peligro, y verte a través de la distancia, muy pequeño, iracundo e inofensivo; ahora tú eres el perro y yo el gato, que te burla subido a un árbol...

»No te espero. ¿Te dijeron que abría apresuradamente mi ventana, desde el amanecer, como aquellos días, en los que andabas, por la avenida, llevando de frente, hasta mi balcón, tu larga sombra? Te mintieron. Si dejé mi lecho, pálida, un poco alucinada por el sueño, no fue porque el eco de tus pasos me llamase... iQue bella es la avenida, rubia y vacía! Ni una rama muerta, ni un ripio detiene mi mirada que campea, y el tachón azul de tu sombra no camina ya sobre la arena inmaculada, que solo han hollado los pies de los pájaros...

«Esperaba únicamente... aquella hora, la primera del día, la mía, la que no comparto con nadie. Te dejaba morder sólo el tiempo necesario para acogerte, para robarte la frescura, el rocío de tu pasaje a través de los campos, y para cerrar sobre nosotros mis persianas... Ahora, el alba sólo me pertenece a mí, a mí sola, que la saboreo, rosa y perlina, como un fruto intacto que han desdeñado los hombres. Y por ella dejo mi sueño, mi sueño que a veces te pertenece a ti... ¿Lo ves? Despierta apenas, y ya te abandono para traicionarte...

»¿Te dijeron también que, hacia el medio día, bajaba descalza hasta el mar? ¿Me espiaron, verdad? Te alabaron mi soledad hostil, y el paseo mudo, sin objeto, de mis pies sobre la playa; te apiadaron al hablarte de mi cabeza inclinada sobre el pecho, en actitud pensativa, y de pronto, estirada, dirigida hacia... ¿hacia qué? ¿hacia quién?... ¡Oh, si me hubieses podido oír! Acabo de reírme, de reírme, de reírme como nunca me has oído reír! Y es que ya no hay sobre la playa alisada por las olas, la menor traza de tus juegos, de tus saltos, de tu violenta juventud, ya no flotan tus gritos en el aire, y tu arranque de nadador no rompe ya la voluta armoniosa de la ola, que se endereza, se inclina, se enrolla como una hoja verde y, transparente, llega hasta mi y se deshace a mis pies...

»¿Esperarte, buscarte? No será aquí, donde nada se acuerda ya de ti. El mar no mece ya barcas; la gaviota que pescaba, arrebatada por la ola, ha volado. La rojiza peña, en forma de león, se prolonga violeta, bajo el agua que la asalta. ¿Pudiste tú dominar bajo tu talón desnudo, ese taciturno león? ¿Y esa arena que cruje al secarse, como seda caliente, la has hollado y registrado? ¿Ha bebido en ti tu perfume como la sal del mar? Me pregunto todo esto andando al medio día, por la playa, e inclino la cabeza, incrédula. Pero a veces me vuelvo, en acecho, como los niños que se asustan de una historia que inventan ellos mismos:-no, no, no estás ahí-; tuve miedo. Creí encontrarte, otra vez con los ojos fijos en mí, como para robarme mis pensamientos... tuve miedo.

»No hay nada, nada más que la playa, que se encoge, se arruga, como bajo una llama invisible. Aún es medio día. iNo he concluido de ofenderte, ausente! Corro hacia la sombría sala, en la que el día azul se mira en la pulida mesa, en el panzudo armario de color moreno; su frescura huele a cueva y a frutas, por la sidra que espuma en la jarra, por el puñado de fresas en el hueco de una hoja de col... Un solo cubierto. El otro lado de la mesa, frente a mi reluce como el agua al sol. Y no te echaré la rosa ¿sabes? aquella rosa tibia que encontrabas cada mañana en tu plato; la prendo muy alta en mi pecho, y no tengo más que volver un poco la cabeza para acariciarme los labios... iQue ancha es la ventana! Me la ocultabas a medias y nunca había visto, como ahora, el revés malva, blanco casi, de las clemátides colgantes...

»Canto a media voz, dulcemente para mi sola... Y ni la fresa más grande, ni la cereza más negra están en tu boca: se funden deliciosas en la mía... Las codiciabas de tal manera, que te las ofrecía no por ternura, sino por una especie de pudor civilizado...

»Toda la tarde está ante mi, como una terraza inclinada, radiante en lo alto y que se hunde allá abajo en la tarde indistinta, color de estanque. Es la hora en que me encierro ¿te lo dijeron? ¿Reclusión celosa, no es eso? ¿Meditación triste y voluptuosa de una enamorada solitaria? ¿Qué sabes tú? ¿Qué nombres dar a los fantasmas que acojo y que me apremian con sus consejos? ¿Jurarías que mi sueño tiene los rasgos de tu cara? iDuda de mí! Duda de mí, tú que has podido sorprender mis lloros y mis risas, tú, a quien burlo en todo momento; tú, a quien beso nombrándote muy bajo: «Extranjero...» iHasta anochecido te traiciono! Pero por la noche, cuando te he dado una cita, la luna llena me sorprende al pie del árbol donde deliraba un ruiseñor, tan entusiasmado con su canto, que no oyó, ni nuestros pasos, ni nuestros hálitos, ni nuestras palabras entremezcladas... Ninguno de mis días seméjase al anterior, pero una noche de luna llena es divinamente parecida a otra noche de luna llena...

»¿A través del espacio, por encima del mar y de las montañas, vuela tu espíritu a la cita que le doy al pie del árbol? Vuelvo como lo había prometido, vacilante, pues mi cabeza no encuentra ya el brazo que la sostenía... iTe llamo entonces, porque sé que no acudirás a mi llamamiento! Bajo mis párpados cerrados, juego con tu imagen, dulcifico el color de tu mirada, el sonido de tu voz, peino a mi gusto tu cabellera, afino tu boca, y te invento sutil, alegre, indulgente y tierno; y te cambio y te corrijo...

»Te transformo... poco a poco, por completo, hasta el nombre que llevas... Y después me voy, furtiva, ligera, avergonzada, como si entrando contigo, bajo la sombra del árbol, saliese con un desconocido...» 


Colette: Sidonie Gabrielle Colette (Francia, 1873-1954).

(Traducido al español por Julio G. de la Serna).

jueves, 1 de agosto de 2019

Tu boca: PARA E. L., de George Cabot Lodge

"Tu pecho está perfumado de flores olvidadas (...) al anhelo y la risa de tu boca..."

XI

Tuyo es el silencio de una noche de niebla,
Tuya es la maravilla de una noche de estrellas,
Tuyo es el cuerpo, una solemne eucaristía,
Y tuya la cara que los ojos no ensombrecen,
Salve tu cabello el pálido crepúsculo como amatista.

Tuya es la voz, que frasea el eco del mar,
Y tuyo el estado de ánimo de las estatuas negras con la luna,
Mirando, inerte, con los ojos demasiado tensos para ver,
Hacia el este a través de exasperados desiertos al mediodía;
Tuyo es el día primaveral de la eternidad del mundo.

Tu pecho está perfumado de flores olvidadas,
Tus sueños y destinos son tan viejos como jóvenes
Eso emociona al coro de horas memoriales,
Al anhelo y la risa de tu boca;
Tu alma está orgullosa y en calma con poderes inmortales.

Tuyo es el portento de lo que no muere,
Tuya es la pasión de un cambio mortal,
Tuyo es el amor -¡Ah, Dios!- que se sostiene y aferra,
Y tuyo el amante, violento y extraño,
Que al afinar su lira por ti, desespera y rompe la cuerda,
¡No sea que la canción desentone al intentar más allá de su rango!


(Thine is the silence of a night of mist,
Thine is the wonder of a night of stars,
Thine is the body, a solemn eucharist,
And thine the face, the eyes no shadow mars
Save of thy hair the twilight pale as amethyst.

Thine is the voice, phrased echo of the sea,
And thine the mood of statues black with moon,
Staring, inert, with eyes too tense to see,
Eastward thro? deserts desperate with noon;
Thine is the day-spring of the world's eternity.

Thy breast is perfumed of forgotten flowers,
Thy dreams and destinies are old as youth
That thrills, in chorus of memorial hours,
The longing and the laughter of thy mouth;
Thy soul is proud and calm with long-immortal powers

Thine is the portent of a deathless thing.
Thine is the passion of a mortal change,
Thine is the love -Ah, God!- to cleave and cling,
And thine the lover, violent and strange,
To tune the lyre for thee, despair and break the string,
Lest song turn discord tried beyond its range!)


George Cabot Lodge (Estados Unidos, 1873-1909).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

miércoles, 31 de julio de 2019

Tu boca: LOS ENCANTAMIENTOS, de Henri Barbusse

"Le quitó la mordaza y acarició con los dedos el contorno de su boca maravillosa."
 
(Fragmento del capítulo XXXIII)
 
- ¿Así que mi pequeña perrita durmió bien? -arrojó Luc sus buenos días a Sybil que apenas había podido cerrar el ojo durante la noche. Le quitó la mordaza y acarició con los dedos el contorno de su boca maravillosa.
 
- ¡Tu boca es deliciosa! ¿Puedes chupármela? -le preguntó, dándole su miembro endurecido por la erección matinal.*
 
- No... yo no...
 
- Aprenderás, ¡y te vas a asegurar de que yo no sienta el contacto con tus dientes!
 
Sybil no quería hacer una felación, se la había negado a Jean debido a su educación restrictiva y ahora tener que hacerlo con un extraño le resultaba imposible.

- Yo le ruego...

- Abre tu boca, ¿o prefieres que te haga probar el látigo?

- No, no me azote... se lo suplico...

- ¡Mujer idiota!

Henri Barbusse (Francés fallecido en Rusia, 1873-1935).
 
* La novela Les enchaînements fue publicada sin censura por Ernest Flammarion en París, en 1925. 

martes, 30 de julio de 2019

Tu boca: EN EL PARQUE, de José Juan Tablada

"... miré todas las rosas sangrando entre tu boca..."

Un último sonrojo murió sobre tu frente...
Caíste sobre el césped: la tarde sucumbía,
Venus en el brumoso confín aparecía
y rimando tus ansias sollozaba la fuente.

¿Viste acaso aquel lirio y cómo deshacía
una a una sus hojas en la turbia corriente
cuando al eco obstinado de mi súplica ardiente
respondiste anegando tu mirada en la mía?...

Ya en la actitud rendida que la caricia invoca
tendiste sobre el césped tus blancos brazos flojos
vencida por los ruegos de mi palabra loca.

Y yo sobre tu cuerpo cayendo al fin de hinojos
miré todas las rosas sangrando entre tu boca
¡y todas las estrellas bajando hasta tus ojos!


José Juan Tablada
(Mexicano fallecido en Estados Unidos, 1871-1945).

lunes, 29 de julio de 2019

Tu boca: CENIZAS, de Grazia Deledda


(Del capítulo VIII, fragmento de la carta de Margarita a Anania escrita poco después de la medianoche)

«Recuerda, Anania, ¡recuerda! Incluso anoche me dijiste que desde la cumbre del Gennargentu lloraste tu amor, proclamándolo eterno. Así que estabas mintiendo; ¿Estabas mintiendo anoche? ¿Y por qué?... ¡Por qué me tratas así! ¿Qué hice para merecer tanto dolor? ¿Será posible que no recuerdes cuánto te he amado siempre? ¿Recuerdas que una noche estuve en la ventana y me tiraste una flor después de besarla? Guardo esa flor para adornar mi vestido de novia; y digo que la guardo porque estoy seguro de que serás mi esposo amado, que no querrás ver morir a tu Margarita (¿y tu soneto lo recuerdas?), que seremos tan felices, en nuestra casita, solos, solos con nuestro amor y nuestro deber. Estoy esperando, ahora mismo, una palabra de esperanza. Dime que todo fue un sueño tormentoso; dime que la razón ha regresado a ti, y que te arrepientes de haberme hecho sufrir.

«Mañana por la noche, o más bien esta noche, porque ya es pasada la una, te estaré esperando; no te lo pierdas; ven, adorado, ven, mi amado esposo, ven: te esperaré como la flor espera el rocío después de un día de sol ardiente; ven, déjame revivir, déjame olvidar; ven, adorado, mis labios, ahora bañados en lágrimas amargas, descansarán sobre tu boca amada como....»

- ¡No! ¡No! ¡No! -dijo Anania convulsivamente, retorciendo la carta sin leer las últimas líneas-. ¡No voy a ir! ¡Eres vil, eres un vil cobarde! Moriré, pero nunca me volverás a ver.
Apretando las sábanas con el puño se arrojó sobre la cama y escondió su rostro en la almohada, mordiéndola, conteniendo los sollozos que le hinchaban la garganta.

Un apasionado temblor lo recorría todo, de los pies a la nuca, la invocación de Margarita le dejaba un sombrío deseo de sus besos y durante un largo rato luchó amargamente contra la descabellada necesidad de leer la carta hasta el final.

Mas poco a poco recuperó la conciencia de sí mismo y de lo que sentía. Le parecía que haber visto a Margarita desnuda, y sentir por ella un amor delirante le provocaba un disgusto tan profundo que aniquilaba ese mismo amor.

(«Ricorda, Anania, ricorda! Anche ieri notte mi dicevi che dalla vetta del Gennargentu gridasti il tuo amore, proclamandolo eterno. Dunque mentivi; anche ieri notte mentivi? E perchè?... Perchè mi tratti così! Che ho fatto io per meritarmi tanto dolore? Possibile che tu non ricordi come ti ho sempre amato? Ricordi una sera che io stavo alla finestra e tu mi buttasti un fiore, dopo averlo baciato? lo conservo quel fiore per ornarme il mio vestito da sposa; e dico conservo perchè son certa che tu sarai il mio sposo diletto, che tu non vorrai far moriré la tua Margherita (e il tuo sonetto, lo ricordi?), che saremo tanto felici, nella nostra casetta, soli, soli col nostro amore ed il nostro dovere. Sono io che aspetto da te, súbito, una parola di speranza. Dimmi che tutto fu un sogno tormentoso; dimmi que la ragione  è ritornata in te, e che ti penti d'avermi fatto soffrire.

«Domani notte, o meglio stanotte, perchè è già passata la una, ti aspetto; non mancare; vieni, adorato, vieni, diletto mio, mio amato sposo, vieni: io ti aspetterò come il fiore aspetta la rugiada dopo una giornata di sole ardente; vieni, fammi rivivere, fammi dimenticare; vieni, adorato, le mie labbra, ora bagnate d’amaro pianto, si poseranno sulla tua bocca amata come....»

- No! no! no! -disse convulso Anania, torcendo la lettera senza leggerne le ultime righe-. Non verró! Sei vile, vile, vile! Morró ma non mi vedrai mai più.
Coi fogli stretti nel pugno si gettò sul letto, e nascose il viso sul guanciale, mordendolo, comprimendo i singhiozzi che gli gonfiavano la gola.

Un fremito di passione lo percorreva tutto, dai piedi alla nuca; le invocazioni di Margherita gli davano un desiderio cupo dei baci di lei, e a lungo lottò acerbamente contro il folle bisogno di rileggere la lettera sino in fondo.

Ma a poco a poco riprese coscienza di sè e di ciò che provava. Gli parve di aver veduto Margherita nuda, e di sentire per lei un amore delirante e un disgusto così profondo che annientava lo stesso amore.)


Grazia Deledda (Italia, 1871-1936). Obtuvo el premio Nobel en 1926.

(Traducido del italiano por Jules Etienne).

domingo, 28 de julio de 2019

Tu boca: LOS PASOS, de Paul Valéry

"Persona pura, sombra divina ¡Qué suaves son tus pasos elegidos!"

Tus pasos, hijos de mi silencio,
Lentamente, en santidad se desplazan,
Hasta el lecho de mi desvelo presencio
Llegan mudos, se congelan.

Persona pura, sombra divina
¡Qué suaves son tus pasos elegidos!
¡Dioses... todos los dones que adivina
Vienen a mí sobre estos pies desnudos!

Si veo tus labios avanzar,
Tu boca preparas para aliviar
Al habitante de mi pensamiento
Con un beso como alimento,

No apresures este momento tierno,
Dulzura de ser no siendo,
Que mi vida es esperarlos
Y mi corazón no será más que tus pasos.

(Les pas

Tes pas, enfants de mon silence,
Saintement, lentement placés,
Vers le lit de ma vigilance
Procèdent muets et glacés.

Personne pure, ombre divine,
Qu'ils sont doux, tes pas retenus!
Dieux !... tous les dons que je devine
Viennent à moi sur ces pieds nus !

Si, de tes lèvres avancées,
Tu prépares pour l'apaiser,
A l'habitant de mes pensées
La nourriture d'un baiser,

Ne hâte pas cet acte tendre,
Douceur d'être et de n'être pas,
Car j'ai vécu de vous attendre,
Et mon coeur n'était que vos pas.)


Paul Valéry (Francia, 1871-1945).

(Traducido del francés por Jules Etienne).

sábado, 27 de julio de 2019

Tu boca: EL TITÁN, de Theodore Dreiser

"Ella era como una mariposa, pensaba, blanca y amarilla, o azul y dorada, que revoloteaba..."

(Fragmento del capítulo XVI: Un interludio fatídico)

- ¿Te acuerdas de aquella pintura que vimos en la galería de arte el otro día, Algernon? -dijo con su acento peculiar, llamándolo por su segundo nombre, que era el que había adoptado para él porque le parecía más adecuado para el estado de ánimo que tenía cuando estaba con ella y porque, sobre todo, le gustaba más. Cowperwood había protestado, pero se atuvo a él-. ¿Recuerdas lo bonito que era el azul de la capa del anciano? (Se trataba de La adoración de los Magos) ¿No te pareció prrre-cioo-soo?

Arrastraba las sílabas de una manera tan encantadora e hizo una mueca graciosa con la boca, que sintió el impulso de besarla.

- Eres una flor de trébol -le dijo, acercándose para tomarla por los brazos-. Una flor del cerezo. Eres un sueño, una figurita de porcelana de Dresde.

- ¿Vas a despeinarme, cuando apenas acabo de conseguir arreglarme el pelo?

Era la voz cordial de la inocencia; y también los ojos.

- Sí, eso voy a hacer, sinvergüenza.

- Pero no me ahoges. De veras, casi me haces daño con tu boca, ¿sabes? ¿Es que no vas a tratarme bien?

- Sí, cariño, Aunque también quiero hacerte daño.

- Bueno, entonces, si tienes que hacerlo.

Pero a pesar de todos sus arrebatos, el encanto seguía estando allí. Ella era como una mariposa, pensaba, blanca y amarilla, o azul y dorada, que revoloteaba sobre un seto de rosas silvestres.


Theodore Dreiser (Estados Unidos, 1871-1945).

viernes, 26 de julio de 2019

Tu boca: FANDANGO, de Vilhelm Krag

"¡Que vengan! Que entren a bailar con sus pies delicados..."

¡Música no, jenízaros!
¡Silencio, ritmos cargados de marcha!
¡Silencio por favor, músicos!

La mujeres circasianas, las circasianas
¡Que vengan! Que entren
a bailar con sus pies delicados
música silenciosa
de guitarras distantes
rasgando, tarareando, acarician los sonidos,
sonrientes, reclinando sonidos seductores
sensualmente dulces:
¡Fandango!

Un toque rojo sombrío para el baile de luz vibrante
largo velo que nubes de plata trazan brillante
tiernos brazos que suavemente se entrelazan
al bailar
una oreja sonrojada, el blanco dedo meñique
y los pies veloces como un rayo sin sonido
su piel de arena cubierta por la sedosa cabellera negra.-
y se ondulan con ese tintineo de joyas y pedrería.
Y las mejillas. Y los ojos.
¡Fandango!

Zerlina, doncella mía, tu cuello es tan dulce
tus ojos tan negros,
pero tus ojos están húmedos, Zerlina.

Zerlina, doncella mía, tus labios son tan rojos
y tus mejillas redondas
¡Pero tus mejillas están pálidas, Zerlina!

Zerlina, doncella mía, tu piel es tan suave,
tu boca tan fresca
pero- ¿por qué se estremece tu boca, Zerlina?

«¡Ah, mi señor! Pronto llegará el otoño
y caen los pétalos de las rosas de Persia
y hay llanto en las corolas del clavel
y el follaje se marchita, mi señor.»

Zerlina, doncella mía, gracias por tu baile
y tus palabras. –Ahora déjame solo.

Todo se marchita. Se marchita,
se marchita,
el mundo, se marchita, y las rosas y las mujeres,
mi cuerpo y todos sus nervios temblorosos
¡Marchitar!

Y el tiempo, que me roba tan lentamente más allá de mí,
y pasan las horas para cavar una tumba.
No me atrevo a pensar – No me atrevo a vivir.
¡No te atrevas a morir!

Y en esta quietud, tan de la noche y mortal,
como la llamada del chorlito viene el murmullo sin fin;
Se marchita, se marchita,
se mar...

¡Música, música, música, jenízaros,
el gran tambor chino!


Vilhelm Krag (Noruega, 1871-1933).

(Traducido al español por Jules Etienne).
La ilustración corresponde a Una tarde ociosa en el serrallo (1876), de Giacomo Mantegazza.

jueves, 25 de julio de 2019

Tu boca: LAS CANCIONES DE BILITIS, de Pierre Louÿs


El antro de las ninfas

Tus pies son más delicados que los de la argentina Thetis. Entre tus brazos cruzados reúnes tus senos o los acunas blandamente como dos bellos cuerpos de palomas.
 
Bajo tus cabellos disimulas tus ojos húmedos, tu boca temblorosa y las flores rojas de tus orejas; pero nada detendrá mi mirada ni el cálido hálito del beso.
 
Porque en el secreto de tu cuerpo estás tú, Mnasidika amada, que recelas del antro de aquellas ninfas de que habla Homero, el lugar donde las náyades tejen paños de púrpura.
 
El lugar de donde fluyen, gota a gota, unas fuentes inagotables y donde la puerta del Norte deja descender a los hombres, y donde la puerta del Sur deja entrar a los Inmortales.
  
Pierre Louÿs (Francés nacido en Bélgica, 1870-1925).

(Traducido al español por Ramón Hervás).

miércoles, 24 de julio de 2019

Tu boca: A LEONOR, de Amado Nervo

"... pero hay algo más bello aún: tu boca:"

Tu cabellera es negra como el ala
del misterio; tan negra como un lóbrego
jamás, como un adiós, como un «¡quién sabe!»
Pero hay algo más negro aún: ¡tus ojos!

Tus ojos son dos magos pensativos,
dos esfinges que duermen en la sombra,
dos enigmas muy bellos... Pero hay algo,
pero hay algo más bello aún: tu boca.

Tu boca, ¡oh sí!; tu boca, hecha divinamente
para el amor, para la cálida
comunión del amor, tu boca joven;
pero hay algo mejor aún: ¡tu alma!

Tu alma recogida, silenciosa,
de piedades tan hondas como el piélago,
de ternuras tan hondas...
Pero hay algo,
pero hay algo más hondo aún: ¡tu ensueño!


Amado Nervo (Mexicano fallecido en Uruguay, 1870-1919).

martes, 23 de julio de 2019

Tu boca: LOS ALIMENTOS TERRESTRES, de André Gide


(Fragmento del Libro Segundo)

Todas las cosas llegan a su tiempo, Natanael; cada una de ellas nace de su necesidad y no es, por decirlo así, sino una necesidad exteriorizada. Yo tenía necesidad de un pulmón, me ha dicho el árbol: entonces mi savia se ha convertido en hoja para que pudiera respirar por ella. Luego, cuando ha respirado, mi hoja ha caído y yo no he muerto por ello. Mi fruto contiene todo mi pensamiento sobre la vida.

Natanael, no temas que abuse de esta forma de apólogo, pues no me gusta mucho. No quiero enseñarte más sabiduría de la vida. Pues el pensar es una gran zozobra. Cuando era joven me fatigué siguiendo de lejos las consecuencias de mis actos y no estaba seguro de no pecar sino a fuerza de no obrar.

Luego escribí: no debo la salvación de mi carne sino al irremediable envenenamiento de mi alma. Después ya no comprendí en absoluto lo que había querido decir con eso.

Natanael, no creo ya en el pecado.

Pero tú comprenderás que sólo con mucha alegría se compra un poco de derecho a pensar. El hombre que se dice dichoso y que piensa es el que será llamado verdaderamente fuerte.

Natanael, la desdicha de cada uno proviene de que es siempre cada uno quien mira y subordina a sí mismo lo que ve. No es por nosotros, sino por ella, por lo que cada cosa es importante. Que tu ojo sea la cosa mirada.

Natanael, no puedo comenzar un solo verso sin que aparezca en él tu nombre delicioso.

Natanael, quisiera hacerte venir al mundo.

Natanael, ¿comprendes lo suficiente el patetismo de mis palabras? Quisiera acercar- me a ti más todavía.

Y como para resucitarlo, se tendió Elíseo sobre el hijo de la Sulamita -"la boca sobre su boca, y los ojos sobre sus ojos, y las manos sobre sus manos"-, yo deseo tender mi gran corazón radiante sobre tu alma todavía tenebrosa, tenderme sobre ti todo entero, mi boca sobre tu boca, y mi frente sobre tu frente, tus manos frías en mis manos ardientes, y mi corazón palpitante... ("Y la carne del niño se calentó otra vez", está escrito...) a fin de que en el deleite te despiertes -y luego me dejes- para una vida palpitante y desordenada.

Natanael, he aquí todo el calor de mi alma -llévalo.


André Gide (Francia, 1869-1951).
Obtuvo el premio Nobel en 1947.