Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

domingo, 12 de agosto de 2018

Solsticio: CANTO DE SOLSTICIO, de Paul Celan

"¡Cuán negro lo dejas estar en el valle! ¡Y arriba brilla y chispea!"

Tú no puedes, al que das al mediodía las heridas de los ensueños,
negar en el sueño el favor de su amante ciega:
él rueda con las horas valle abajo, para que el tiempo
sea libre para aquellos que pasean a la luz de la luna
sobre el tejado de tu mundo, que brilla de azul futuro;
a él que te mide y te pesa y al final te tiende en la tumba;
él que alzó de tu seno tu niño con el pelo de fuego del entenebrecimiento
cómo puedes negarle el favor del ojo, que cegado lo mira:
aquí únicamente se le refleja la estrella entusiasta de tus frentes;
la lanzada en tu corazón sólo aquí la reconoce.

¡Cuán negro lo dejas estar en el valle! ¡Y arriba brilla y chispea!
Tú haces como si hubiera un segundo que fuera a soportar
la carga de roca de tu tiempo, para que tú a otros más fácil entregues el toque
de horas sin hora, el viento radiante del milenio.

¡Oh pétreos mástiles de la melancolía! ¡Oh yo entre vosotros y vivo!
Oh yo entre vosotros y vivo y bello y ella no debe sonreírme...


Paul Celan (Poeta en lengua alemana originario de Rumania y fallecido en Francia; 1920-1970).

(Traducido del alemán por José Luis Reina Palazón).

Agosto: LOLITA, de Vladimir Nabokov

"... durante ese año de locura (agosto de 1947-agosto de 1948)..."

(Fragmento del capítulo 1 de la segunda parte)
 
Mi abogado ha sugerido que dé un informe preciso y franco del itinerario que seguimos, y supongo que he llegado aquí a un punto en que no puedo evitar esa faena. En líneas generales, durante ese año de locura (agosto de 1947-agosto de 1948) nuestra marcha empezó con una serie de rodeos y espirales en Nueva Inglaterra, después de lo cual serpenteamos hacia el sur, arriba y abajo, hacia el este y el oeste; nos hundimos en ce qu'on appelle Dixieland, evitamos Florida porque los Farlow estaban allí, viramos al oeste, zigzagueamos a través de cintas de algodón y maíz (me temo que esto no sea demasiado claro, Clarence, pero no he tomado notas y sólo tengo a mi disposición, para cotejar con él estos recuerdos, un libro de viajes atrozmente mutilado, en tres volúmenes, casi un símbolo de mi pasado desgarrado y androjoso); cruzamos y volvimos a cruzar las Rocallosas, rodamos por desiertos donde nos azotaron los vientos, llegamos al Pacífico. Giramos al norte a través de la pálida pelusa lila de matorrales en flor junto a los caminos; alcanzamos casi la frontera canadiense, seguimos hacia el este, a través de tierras buenas y de tierras malas, de regreso a la agricultura en gran escala, evitando –a pesar de las estridentes imprecaciones de la pequeña Lo– el terruño natal de la pequeña Lo, en un área productora de maíz, carbón y cerdos, y por fin retornamos al repliegue del este, desembocando en la ciudad escolar de Beardsley.


Vladimir Nabokov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1899-1977).

sábado, 11 de agosto de 2018

Mircea Eliade: PROFETA DEL SOLSTICIO


La verdadera dimensión de la figura del rumano Mircea Eliade quedará para siempre condicionada a aquello que su paisano Emile Cioran se refirió como la maldición de los pueblos que se expresan en una lengua provinciana –tal sería el caso de la rumana-, que los condena al anonimato.

Los rumanos vienen siendo los latinos olvidados. Las alusiones cotidianas a las lenguas romances suelen limitarse al francés, italiano, español o portugués, y por lo general se ignora al rumano. Por eso un poeta de la talla de Mihai Eminescu sigue siendo tan desairado. Si hubiese escrito en cualquiera de las lenguas citadas, su lugar en la historia de la literatura tendría, sin duda, mayor preponderancia. A eso también se debe que Lucian Blaga y Mircea Eliade, sean mucho menos conocidos de lo que su obra se merece.*

Mircea Eliade, autor prolífico experto en la historia de las religiones, de formación cosmopolita vagó por el mundo, haciendo escalas en Italia y la India durante su juventud, para después desempeñar cargos diplomáticos en Inglaterra y Lisboa. Al finalizar la segunda guerra se dedicó a la docencia y se trasladó a Francia, donde residió hasta 1957. Finalmente decidió radicar en los Estados Unidos, como catedrático en la universidad de Chicago, lugar en el que permaneció hasta su muerte, en abril de 1986. Además de su rumano natal hablaba otros siete idiomas: francés, inglés, italiano, alemán y lenguas antiguas como el hebreo, persa y sánscrito.

La versión francesa del segundo tomo de sus Memorias, publicada en 1988, lleva el título de Cosecha del solsticio. Debido a la importancia simbólica que tiene el solsticio en diferentes religiones, éste mantiene un sitio preponderante en la obra de Eliade. Por ejemplo, en el ensayo Lo sagrado y lo profano se refiere a su influencia en algunas culturas milenarias:

La capital del Soberano chino se encuentra en el Centro del Mundo: el día del solsticio de verano, a mediodía, la varilla del reloj de sol no debe proyectar sombra. Asombra reencontrar el mismo simbolismo aplicado al Templo de Jerusalén: la roca sobre la que se había edificado era el «ombligo de la Tierra».El peregrino islandés Nicolás de Therva, que visitó Jerusalén el siglo XII, escribe del Santo Sepulcro: «Es allí donde se encuentra el centro del mundo; el día del solsticio de verano cae allí la luz del Sol perpendicularmente desde el Cielo».

En su Historia de las creencias y de las ideas religiosas señala diferentes dioses y religiones cuyo principal festejo tiene lugar durante el solsticio de verano: "Parece que en el panteón de los baltos ocupaba un puesto importante la diosa del sol, Saule (cuya semejanza con la védica Sürya fue advertida hace tiempo). Se concibe a la vez como madre y como doncella. Saule posee también su montaña celeste, cerca de la que habita Dievs. Muchas veces estas dos divinidades luchan una contra otra; el combate dura tres días. Saule bendice la gleba, ayuda a los que sufren y castiga a los pecadores. Su fiesta más importante se celebra en el solsticio de verano." Respecto a los pueblos eslavos del Báltico: "Su fiesta principal, Kupala (de kupati, «bañarse»), tenía lugar durante el solsticio de verano y comprendía el encendido ritual de los hogares y un baño colectivo. Se confeccionaba con paja un ídolo, kupala, vestido de mujer y luego era colocado bajo el tronco de un árbol cortado, despojado de sus ramas e hincado en tierra."

Por su parte, El mito del eterno retorno explica la doctrina caldea del llamado Año Magno: "En ella se considera el Universo como eterno, pero es aniquilado y reconstruido periódicamente cada “Año Magno” (el correspondiente número de milenios varía de una a otra escuela); cuando los siete planetas se reúnen en el signo de Cáncer (“Invierno Grande”) se producirá un diluvio; cuando se encuentren en el signo de Capricornio (es decir, en el solsticio de verano del “Año Magno”) el Universo entero será consumido por el fuego."

En las páginas de su diario, el 21 de junio de 1949, escribió: “El solsticio de verano y la noche de San Juan conservan para mí todo su encanto y todo su prestigio. Pasa algo –y ese día no sólo me parece el más largo sino pura y simplemente otro que el de ayer y el de mañana.” Unos días después, el 5 de julio, agregaba: “De pronto, recuerdo que hace ahora exactamente veinte años, durante las terribles canículas de Calcuta, esribía el capítulo El sueño de una noche de verano, de Isabel y las aguas del diablo. El mismo sueño del solsticio de verano, con otra estructura y desarrollada a otros niveles, se encuentra en el centro de La noche de San Juan. ¿Será sólo una coincidencia? El mito y el símbolo del solsticio me obsesionan desde hace muchos años. Sin embargo, se me había olvidado que me perseguía desde Isabel…”

De manera que se advierte tal empeño en su novela La noche de San Juan (Noaptea de Sânziene), cuya traducción literal sería La noche de las hadas, en voz de Stefam Viziru, su protagonista: “- No sé como explicártelo –continuó Stefan-. Parece que todo viene de la noche de verano de hace nueve años, de la noche de San Juan de 1936. Es absurdo, pero tengo a veces la impresión de que fue entonces cuando me extravié y, a partir de entonces, ya no he vuelto a vivir mi vida.” El propio personaje prosigue con su relato: “Estaba aferrado al deseo de otra vez los lugares en donde pasé mi niñez en Baneasa. Debo decirte que nunca antes me había sentido tentado a dejar el Ministerio para irme a caminar por el bosque. Esto sólo me ha sucedido una vez –en la noche de San Juan en 1936-. Y entonces, en el bosque, conocí a Ileana. Es como si ella me hubiera atraído allí o quizá fuera yo quien la hubiera atraído a ella. ¿Qué le hizo a una muchacha joven y guapa ir a pasearse tan lejos, sola, en el bosque de Baneasa?"

Entre las costumbres rumanas la tradición de celebrar la Sanziene tiene más de cinco mil años de antigüedad, al tratarse del último día en que el sol brilla a plenitud, pues a partir de entonces irá perdiendo gradualmente su luz y las noches se tornarán cada vez más largas hasta la llegada del invierno. Como las Sanziene son guardianas de la fertilidad, protegen a los cultivos y las mujeres vírgenes. Se decía que cantaban y bailaban volando desnudas por el aire. Por eso todavía en la actualidad en esa fecha niñas y jóvenes van recogiendo flores, sanziene, para hacer coronas con las que adornan su cabellera. Se supone que esas guirnaldas conservan poderes curativos y ayudan a aquellas que desean embarazarse. Cuando las jóvenes, ataviadas con trajes típicos, se encuentran realizando su labor, no deben ser vistas por los hombres.

Unas décadas más tarde, en la extensa entrevista que Eliade concedió a Claude-Henri Roquet y que se publicaría bajo el título de La prueba del laberinto, sobre este mismo tema precisó: “No me interesaba únicamente el simbolismo religioso del solsticio, sino las imágenes y los temas del floklore rumano y europeo. En esa noche se entrabre el cielo, puede verse el más allá y un hombre puede desaparecer… Si alguien tiene esa visión milagrosa sale del tiempo, sale del espacio. Vive un instante que dura una eternidad… Sin embargo, no era la significación de ese simbolismo lo que me obsesionaba, sino la noche misma, esa noche que ya estaba allí.”

Retomando el contexto de la novela, este pensamiento se advierte en el siguiente diálogo entre la pareja protagónica:

Toda clase de milagros se pueden producir”, asegura Stefan, y más adelante señala que “es menester que alguien te enseñe como mirarlos, para saber que son milagros. De otra manera, ni siquiera los ves.” Desconcertada, Ileana se cuestiona: “Dicen que esta noche, exactamente a media noche, se abren los cielos, como que no entiendo”, y admite que “probablemente sólo se abren para aquellos que saben mirarlos.”

Es difícil encontrar otro autor que haya estudiado mejor los solsticios que Mircea Eliade, además de que se erigen en materia esencial de su obra narrativa.


Jules Etienne

* A diferencia del propio Emil Cioran, otros autores rumanos como Eugéne Ionesco (Ionescu) y Tristan Tzara (Samy Rosenstock), se nacionalizaron franceses y escribieron en ese idioma, en tanto que Paul Celan (su apellido era un anagrama del original Ancel), también radicado en París, escribía en alemán. Sus obras alcanzaron mayor difusión que las de sus paisanos que se expresan en rumano, su lengua madre.

viernes, 10 de agosto de 2018

Solsticio: PASTOR DE PAJA, de Marco Antonio Montes de Oca

"... son la pareja real, orden y danza consumados en el solsticio de las encarnaciones..."
 
CRUZ DE PAJA Y TRAPO:
Cuida mi rebaño de unicornios.
El cuerno que florece
en la explanada enrarecida
donde pensamiento y aventura
inauguran el baile:
son la pareja real,
orden y danza consumados
en el solsticio de las encarnaciones,
pureza de lo breve,
intensa pirámide
cuyos bloques son acuarios.

Oh, pastor de paja
que no te entregas
ni a la historia ni al instante:
un violín recorre
las crines tensas del pegaso,
su melodía, humo blanco
de un colmado vaso,
en muda luz se muda
emboscándose en la brisa.

Protege mi pecho
bajo un collar de enigmas,
protege al hombre acurrucado
en un rincón de su propia desmesura,
pues adentro de las cosas
el infierno duerme
y no acaba nunca
su estertor taimado.

Cuida la cosecha,
mis dedos elevándose
por el reverso de otros dedos,
el cojín que grita
lleno de hojas doradas.

Cuídame de la muerte
que no me perdona ni me toma.


Marco Antonio Montes de Oca (México, 1932-2009).

jueves, 9 de agosto de 2018

Solsticio: EL PÉNDULO DE FOUCAULT, de Umberto Eco


(Fragmento en que menciona al solsticio de verano)

Yo miraba con temor reverente. En aquel momento estaba convencido de que Jacopo Belbo tenía razón. Cuando me hablaba del Péndulo, su emoción me parecía fruto de un delirio estético, de ese cáncer que lentamente estaba creciendo informe, en su alma, y poco a poco, sin que él se diese cuenta, iba transformando su juego en realidad. Pero si tenía razón con respecto al Péndulo, quizá también fuera cierto el resto, el Plan, la Conjura Universal, y era justo que ahora yo estuvises allí, en la víspera del solsticio de verano. Jacopo Belbo no había enloquecido, sólo había descubierto, jugando, a través del Juego, la verdad.

Es que la experiencia de lo Numinoso no puede durar mucho tiempo sin trastonar la mente.

Traté entonces de apartar la vista siguiendo la curva que, desde los capiteles de las columnas dispuestas en semicírculo, se prolongaba por las nervaduras de la bóveda hasta la clave, repitiendo el misterio de la ojiva, que se apoya en una ausencia, suprema hipocresía estática, y a las columnas les hace creer que empujan hacia arriba las aristas, mientras que a éstas, rechazadas por la clave, las persuade de que son ellas quienes afirman las columnas contra el suelo, cuando en realidad la bóveda es todo y nada, efecto y causa al mismo tiempo. Pero comprendí que descuidar el Péndulo para admirar la bóveda, era como abstenerse de beber en el manantial para embriagarse en la fuente.

El coro de Saint-Martin-des-Champs sólo existía porque, en virtud de la Ley, podía existir el Péndulo, y éste existía porque existía aquél. No se elude un infinito, pensé, huyendo hacia otro infinito, no se elude la revelación de lo idéntico eludiéndose con la posibilidad de encontrarse con lo distinto.

Sin poder quitar la vista de la clave de la bóveda fui retrocediendo, lentamente, porque en unos pocos minutos, los que habían transcurrido desde que entrara allí, me había aprendido el recorrido de memoria, y las grandes tortugas metálicas que desfilaban a mi lado eran bastante imponentes como para señalar su presencia al rabillo de mis ojos. Retrocedí por la amplia nave, hacia la puerta de entrada, y otra vez pasaron sobre mí aquellos amenazadores pájaros prehistóricos de tela raída y alambre, aquellas malignas libélulas que una voluntad oculta había hecho colgar del techo de la nave. Adivinaba que eran metáforas sapienciales, mucho más significativas y alusivas de lo que el pretexto didascpalico hubiera querido, engañosamente, sugerir. Vuelo de insectos y reptiles jurásicos, alegoría de las largas migraciones que el Péndulo estaba compendiando sobre el suelo, arcontes, emanaciones perversas; y ahora se abatían sobre mí, con sus largos picos de arqueoptérix, el aeroplano de Breguet, el de Bleriot, el de Esnault, el helicóptero de Dufaux.


 Umberto Eco (Italia, 1932-2016).

miércoles, 8 de agosto de 2018

Solsticio: CANCIÓN DE LOS GRADOS, de Paul Auster


En los lotes baldíos
del solsticio. En la luz
que apostaste a las ruinas
del asombro. Cúmulos de arena:
postrado en oración -la distancia
aceptó
tu nombre.
 
Tú. Y otra vez tú.
Retrocede
un paso: lo que es más
ya no es más: nada
ha sido nunca
suficiente. Tiendas,
montadas y embestidas: una escalera
labrada
en un lecho de roca: los abruptos
peldaños nimbados
de fuego. Tú
y después nosotros. La tierra
no pregunta
por nadie.
 
Que así sea. Mucho
mejor -tantas palabras,
barridas y acarreadas
por tus rodillas beduinas,
no conjurarán tu hogar. Aun
si salieras a rastras de la piel
de tu hermano,
no irías más allá
de lo que respiras: ningún
ángel puede curarte
del nombre.
 
Mínima. Memoria
y espejismo. En cada punto
que te detienes a respirar
construiremos una ciudad
a tu alrededor. Tu alma
no volverá a atravesar
el muro tapizado
de estrellas
que se alza en nuestras noches.
 
 
Paul Auster (Estados Unidos, 1947).

martes, 7 de agosto de 2018

Solsticio: TRÓPICO DE CAPRICORNIO, de Henry Miller

"¿... o es que me había convertido en un muñeco tan maravillosamente amaestrado, que interpretaba el pensamiento antes de que llegara a los labios?"

(Fragmento)

Vivíamos pegados al techo, y el tufo caliente y repugnante de la vida diaria ascendía y nos sofocaba. Vivíamos con el calor del mármol, y el ardor ascendente de la carne humana caldeaba los anillos como de serpiente en que estábamos encerrados. Vivíamos cautivados por las profundidades más hondas, con la piel ahumada hasta alcanzar el color de un habano gris por las emanaciones de la pasión mundana. Como dos cabezas llevadas en las picas de nuestros verdugos, girábamos lenta y fijamente sobre las cabezas de hombros de abajo. ¿Qué era la vida en la tierra sólida para nosotros que estábamos decapitados y unidos para siempre por los genitales? Éramos las serpientes gemelas del Paraíso, lúcidas en celo y frías como el propio caos. La vida era un joder perpetuo y negro en torno a un poste fijo de insomnio. La vida era escorpión en conjunción con Marte, en conjunción con Mercurio, en conjunción con Venus, en conjunción con Saturno, en conjunción con Plutón, en conjunción con Urano, en conjunción con el mercurio, el láudano, el radio, el bismuto. La gran conjunción se producía todos los sábados por la noche, Leo fornicando con el Dragón en la casa de los hermanos. El gran malheur era un rayo de sol que se filtraba por las cortinas. La maldición era Júpiter, que podía fulgurar con mirada benévola.

La razón por la que es difícil contarlo es porque recuerdo demasiado. Recuerdo todo, pero como un muñeco sentado en las rodillas de un ventrílocuo. Me parece que durante el largo e ininterrumpido solsticio conyugal estuve sentado en su regazo (incluso cuando ella estaba de pie) y recité el parlamento que ella me había enseñado. Me parece que debió de ordenar al fontanero jefe de Dios que mantuviera brillando la negra estrella a través del agujero en el techo, debió de mandarle que derramase una noche perpetua y, con ella, todos los tormentos reptantes que van y vienen silenciosamente en la oscuridad, de modo que la mente se convierte en un punzón que gira y horada frenéticamente la negra nada. ¿Imaginé simplemente que ella hablaba sin cesar, o es que me había convertido en un muñeco tan maravi- llosamente amaestrado, que interpretaba el pensamiento antes de que llegara a los labios? Los labios estaban entreabiertos, suavizados con una espesa pasta de sangre oscura: los veía abrirse y cerrarse con suma fascinación, tanto si silbaban con odio viperino como si arrullaban como una tórtola. Siempre estaban en primer plano, como en los anuncios de las películas, por lo que ya conocía cada grieta, cada poro, y, cuando empezaba la salivación histérica, veía espumear la saliva como si estuviera sentado en una mecedora bajo las cataratas del Niágara. Aprendí lo que debía hacer exactamente como si fuera parte de su organismo; era mejor que un muñeco de ventrílocuo porque podía actuar sin que tirasen de mí violentamente por medio de hilos. De vez en cuando improvisaba, lo que a veces le agradaba enormemente; desde luego, hacía como que no notaba las interrupciones, pero yo siempre sabía cuándo le gustaba por la forma como se pavoneaba. Tenía el don de la transformación; era casi tan rápida y sutil como el propio diablo. Después de la de pantera y la de jaguar, la transformación que mejor se le daba era la de ave: la de garza salvaje, la de ibis, la de flamenco, la de cisne en celo.Tenía una forma de bajar en picado de repente, como si hubiera avistado un cadáver maduro, lanzándose derecha a las entrañas, arrojándose de inmediato sobre los bocados preferidos -el corazón, el hígado, o los ovarios- y remontando el vuelo de nuevo en un abrir y cerrar de ojos. Si alguien la descubría, se quedaba quieta como una piedra en la base de un árbol, con los ojos no del todo cerrados pero inmóviles con esa mirada fija del basilisco. Si la aguijoneaban un poco, se convertía en una rosa, una rosa intensamente negra con los pétalos más sedosos y de una fragancia irresistible.


Henry Miller (EUA, 1891-1980).

(Traducido al español por Carlos Manzano).

lunes, 6 de agosto de 2018

Solsticio: EL ÍDOLO DE LAS CÍCLADAS, de Julio Cortázar


(Fragmento)

Somoza se llevó la estatuilla a su departamento, y Morand la veía cada vez que se encontraban. Nunca se habló de que Somoza visitara alguna vez a los Morand, como tantas otras cosas que ya no se mencionaban y que en el fondo eran siempre Thérése. A Somoza parecía preocuparle únicamente su idea fija, y si alguna vez invitaba a Morand a beber un coñac en su departamento no era más que para volver sobre eso. Nada muy extraordinario, después de todo Morand conocía demasiado bien los gustos de Somoza por ciertas literaturas marginales como para extrañarse de su nostalgia. Sólo lo sorprendía el fanatismo de esa esperanza a la hora de las confidencias casi automáticas y en las que él se sentía como innecesario, la repetida caricia de las manos en el cuerpecito de la estatua inexpresivamente bella, los ensalmos monótonos repitiendo hasta el cansancio las mismas fórmulas de pasaje. Vista desde Morand, la obsesión de Somoza era analizable, todo arqueólogo se identifica en algún sentido con el pasado que explora y saca a luz. De ahí a creer que la intimidad con una de esas huellas podía enajenar, alterar el tiempo y el espacio, abrir una fisura por donde acceder a... Somoza no empleaba jamás ese vocabulario; lo que decía era siempre más o menos que eso, una suerte lenguaje que aludía y conjuraba desde planos irreductibles. Ya por ese entonces había empezado a trabajar torpemente en las réplicas de la estatuilla; Morand alcanzó a ver la primera antes de que Somoza se fuera de París, y escuchó con amistosa cortesía los obstinados lugares comunes sobre la reiteración de los gestos y las situaciones como vía de abolición, la seguridad de Somoza de que su obstinado acercamiento llegaría a identificarlo con la estructura inicial, en una superposición que sería más que eso porque ya no halaría dualidad sino fusión, contacto primordial (no eran sus palabras, pero de alguna manera tenía que traducirlas Morand cuando, más tarde las reconstruía para Thérése). Contacto que, como acababa de decirle Somoza, había ocurrido cuarenta y ocho horas antes, en la noche del solsticio de junio.


Julio Cortázar (Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914; y fallecido en París, Francia en 1984).

domingo, 5 de agosto de 2018

Solsticio: PARÍS EN EL SIGLO XX, de Jules Verne


(Fragmento)

Debería darle el sol a mediodía; pero las altas paredes de un patio impedían que entrara. Una sola vez en el año, el solsticio del 21 de junio, si hacía buen tiempo, el más alto de los rayos del astro radiante rozaba el techo vecino, se deslizaba velozmente por la ventana, se posaba como un pájaro en el ángulo de un estante o sobre el lomo de un libro, temblaba allí un instante y coloreaba con su proyección luminosa los pequeños átomos de polvo; después, al cabo de un minuto, retomaba vuelo y se marchaba hasta el año siguiente. El tío Huguenin conocía este rayo de luz, que era siempre el mismo; lo acechaba, con el corazón palpitante, con la atención de un astrónomo; se bañaba en su luz bienhechora, regulaba la hora de su viejo reloj a su paso, y agradecía al sol por no haberlo olvidado.


Jules Verne (Francia, 1928-1905).

sábado, 4 de agosto de 2018

El solsticio de verano según Jules Verne


 
Para Jules Verne, a quien se le reconocía como miembro de diferentes agrupaciones secretas -tal sería el caso de los Rosacruces y la Sociedad de la Niebla-, la celebración de los solsticios, tanto el de verano como el invernal, era de particular trascendencia. De ahí que hasta la lápida de su propia tumba fuese una suerte de acertijo iniciático. J. J. Benítez en su obra Yo, Julio Verne, decía respecto al uso de una expresión enigmática relativa al verano: "... esa jornada sólo podía ser la del solsticio; es decir, en el caso del verano, una fecha mágica y sagrada desde la más remota antigüedad. El día más largo, que simboliza el triunfo del sol. Tratándose, por tanto, de la época estival, ese «día mágico» sólo podía señalar el 21 de junio." Y más adelante, prosigue el propio Benítez:

«Aquello», ni remotamente intuido, sí tenía sentido. El sol, en efecto, «por el camino del oeste», en el ocaso, «ennegrece» u «oscurece» el sepulcro..., justamente en el «día mágico» del verano.

Salté como un gato sobre la hornacina. No había duda: la mano abierta de «Verne» proyectaba su sombra sobre el muro, oscureciendo dos de los dieciséis conceptos que integran la mencionada leyenda: ¡1828 y 1905! El resto, en cambio, aparecía iluminado por la ya débil radiación solar.

El fenómeno, naturalmente, tuvo una escasa duración. A los pocos minutos, todo volvió a la normalidad. Incrédulo y nervioso repetí las mediciones. Situé la brújula sobre la frente del «hombre» de mármol. El cálculo era correcto: oeste. Y otro tanto sucedió con la mano derecha. Ambos —rostro y mano— miran exacta e intencionadamente hacia poniente.

Entonces, si no era víctima de un alucinación, el enigma empezaba a cobrar sentido...

Roze, de acuerdo con los cálculos de Verne, había esculpido y situado el monumento de forma tal que, durante la puesta de sol de cada solsticio de verano, la mano derecha sombreara parte de la leyenda funeraria.

Ésta tenía que ser la «señal»...

En cuanto a la constante presencia de los solsticios en el conjunto de su obra, en esta ocasión me limitaré a aquellas que se refieran al que tiene lugar al principio del verano, esto es, al día más luminoso del año: "Se aproximaba el solsticio de junio, el día más largo del año en el hemisferio boreal..", según sus propias palabras en Robur, el conquistador. Y en París en el siglo XX, novela de la que ya me he ocupado en ocasiones anteriores, decía: "Una sola vez en el año, el solsticio del 21 de junio, si hacía buen tiempo, el más alto de los rayos del astro radiante rozaba el techo vecino, se deslizaba velozmente por la ventana..."

En su clásica aventura Veinte mil leguas de viaje submarino, se vale de los equinoccios y los solsticios para establecer la ubicación del submarino Nautilus. Cabe la acotación de que el siguiente fragmento corresponde al capítulo 14 de la segunda parte, titulado El polo sur, por lo que las fechas en el hemisferio austral son las opuestas a las que estamos acostumbrados quienes habitamos en el norte:

Era la fatalidad. Imposible efectuar la observación. Y si ésta no podía hacerse al día siguiente, tendríamos que renunciar definitivamente a fijar nuestra posición. En efecto, aquel día -era precisamente el 20 de marzo. Y al día siguiente, 21, el día del equinoccio, el sol, si no teníamos en cuenta la refracción, desaparecería del horizonte por un período de seis meses y con su desaparición comenzaría la larga noche polar. Surgido con el equinoccio de septiembre por el horizonte septentrional, el sol había ido elevándose en espirales alargadas hasta el 21 de diciembre. Desde ese día, solsticio de verano de las regiones boreales, había ido descendiendo y ahora se disponía a lanzar sus últimos rayos.

En contraste, su novela Una invernada entre los hielos acontece en el Ártico y este es un par de párrafos del séptimo capítulo:

Según la costumbre de los navegantes árticos, el aparejo permaneció tal como estaba; las velas fueron cuidadosamente plegadas sobre las vergas y metidas en su funda, y el nido de cornejas se quedó en su sitio, tanto para permitir observar a lo lejos corno para atraer la atención sobre el navío.

El sol ya apenas se levantaba por encima del horizonte. Desde el solsticio de junio, las espirales que había descrito eran cada vez más bajas, y no tardaría en desaparecer del todo.

Si bien en Los náufragos del Jonathan habla del solsticio de junio, esto sucede de nueva cuenta, al igual que en Veinte mil leguas de viaje submarino, desde una perspectiva al sur del planeta:

Estos, como niños grandes que eran, gozaron del sol mientras éste brilló, después, volviendo el cielo a mostrarse inclemente, se escondieron en sus refugios viviendo, confinados allí, como la primera vez, para salir en cuanto volvió a aclarar. Transcurrió así un mes, con alternativas de días buenos, poquísimos, y de malos que fueron muy numerosos, y se llegó al 21 de junio, fecha del solsticio de invierno en el hemisferio austral.

Aunque luego, en los pasajes culminantes del mismo relato, se refiere a los días largos y las noches breves:

Se estaba llegando al solsticio de verano. La noche cerrada apenas si duraba cuatro horas. Desde las dos de la mañana, el cielo se iluminó con los primeros resplandores del alba. De un mismo impulso, los hostelianos se dirigieron entonces al espaldón del sur, desde donde vislumbraron la larga línea del campamento enemigo.

Finalmente, no está de más consignar que las alusiones al solsticio en El volcán de oro, corresponden al invierno: "no se sabría decir si por la tarde o por la mañana, ya que en esa época del año, próxima al solsticio, ya no había mañana ni tarde." Lo mismo que en El rayo verde: "Además, aquel horizonte se dibujaba en el suroeste, es decir, en un segmento de arco que el astro radiante roza sólo en la época del solsticio de invierno."

El texto correspondiente al día de mañana lo estaré dedicando al párrafo completo de París en el siglo XX que aquí he mencionado de manera sucinta.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a la tumba de Jules Verne en el cementerio La Madeleine, en Amiens, Francia.

viernes, 3 de agosto de 2018

Solsticio: EL SECRETO DEL SOLSTI- CIO DE VERANO, de Christine Kabus

 
(Fragmento del capítulo 21)

Røros, junio de 1895. Clara.

Poco después, la señora Olsson quitó la mesa. Antes de que los comensales se dispersaran, el comerciante de maíz propuso que más tarde fueran todos juntos a la celebración de Sankthans, en la que habría una inmensa hoguera.
 
- ¿Conocen esa costumbre en su país? -le preguntó la dueña a Clara.
 
- Claro, nosotros también encendemos fuegos en honor de San Juan Bautista -respondió.
 
Evocó el recuerdo de la hermana Gerlinde, que les contaba a sus alumnas entre guiños lo prácticos que eran los líderes de la Iglesia en la Edad Media. Como no lograban erradicar antiguas costumbres paganas como la fiesta del solsticio de verano, las transformaron directamente en festividades cristianas. Y así fue como el Mittsommerfest, que tan importante era para celtas y germánicos con el que celebraban la energía vital del sol, se convirtió en el día en que nació Juan el Bautista, el hombre que anunció la venida de Jesús (cuyo nacimiento decidió celebrarse con la Navidad, coincidiendo con el solsticio de invierno).
 
 
Christine Kabus (Alemania, 1964).
 
La ilustración corresponde a una fotografía de la población de Røros, en Noruega.

jueves, 2 de agosto de 2018

Solsticio: LOS RESPLANDORES DEL RELÁMPAGO, de Marco Antonio Campos

".. por un lado, el cementerio, los muertos, sus muertos familiares, las sombras, el mármol y las cenizas, y del otro o frente a eso, el mar en movimiento continuo bajo las antorchas del solsticio salvaje."
 
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Cuando muy joven despreciaba las exégesis que querían explicar un poema hasta el ínfimo detalle. Esa exasperación se ha mitigado mucho en la actualidad y sólo la guardo para los a menudo ininteligibles ensayos de los estructuralistas, que en nuestro país han llegado, no pocas veces, a la desfiguración y la caricatura. Añádase aun esa manía o compulsión de cierta intelectualidad mexicana, no excluyendo la universitaria, de copiar lo extranjero, aun lo malo o lo absurdo, que ha sido mucho más perniciosa que benéfica para nuestra cultura.

Por 1969 debo haber leído el texto de Gustavo Cohen y creí que Valéry lo veía y leía con una sonrisa condescendiente, con amistoso escepticismo, pero a fin de cuentas daba a entender que no creía en eso, que un poema como El cementerio marino era virtualmente inexplicable. Vale esto a medias. Comprendo ahora que Valéry apreciaba la labor y el esfuerzo de Cohen que, en su soberbio esmero, es verdaderamente plausible. Una observación crítica: creemos, sin embargo, que Cohen ve a veces de más o ve de menos en el poema y que da por hecho algunas cosas que tienen interpretaciones abiertas. Pero también es cierto que nos da pistas sustantivas con las que el poema se vuelve más concreto, que su análisis de las influencias , de las asociaciones y las correspondencias literarias y filosóficas, es minuciosamente esclarecedor, y que su subrayado de hallazgos estilísticos, como por ejemplo la utilización de adjetivos de gran profundidad interior y los juegos y las armonías silábicas, iluminan versos y pasajes que nos permiten ver mejor partes de la casa. Cohen sabía de la vida y de la obra de Valéry cosas de las que muy pocos estaban enterados.

Cierto: un poema es ante todo un hecho estético para sentirse e imaginarse y comprenderse hasta donde se pueda, pero su explicación es casi imposible. Valéry lo supo como muy pocos, y en eso, en el secreto que guarda, diferenciaba sustancialmente la poesía de la prosa. Cohen abrió un camino, pero un poema como El cementerio marino los tiene infinitos.

Y decidí ir a Sète.

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Bajo del tren, cruzo el vestíbulo de la estación y salgo a la calle. Pregunto por el cementerio y me entero que hay dos. Hablo de Paul Valéry. "Ah, el cementerio marino". Sonrío. Por la magia de la poesía el cementerio se llama hoy como el título del poema. A pie el cementerio está lejos: por el viejo puerto y la Ciudadela. Camino por los muelles del canal. El sol cae a fuego y las luces pican y picotean, como puntas de alfileres luminosos sobre las aguas. Suben olores sucios y salados.

Desde aquella primera lectura de 1969 imaginé el cementerio pequeño, íntimo, arbolado, con numerosas sombras, ceñido al mar. Pero mi decepción es grande: se alza en una colina escarpada, casi no tiene árboles y el mar está como cincuenta metros abajo. El cementerio fue robado a la colina y escindido en cuatro niveles, separado cada uno por cercas de piedra gris. Salvo una pequeña sección del oriente, en el tercer nivel, está casi desnudo de árboles. Arriba, el faro, con una cruz en punta, es un vigía que parece cuidar el sueño de los muertos, la dirección de los barcos y las banderas de todas las naciones para que exista el mundo.

Empiezo a subir. Estoy empapado en sudor. Me parece que pantalón, camisa y cuerpo están hechos de agua. O son agua. No hay una sola alma viva en el cementerio. El aire es sofocante y el mediodía abrasador. Un aire de pájaros da un poco de aire al aire quieto.

Mientras más se sube por el cementerio el panorama marino se vuelve más luminoso. El mar azul se vaporiza hacia el horizonte en bruma azul y dorada. A diferencia de otros pueblos, los franceses son parcos en sentimentalismos o frases pomposas en sus lápidas. Ci-git, Ici repose, Regretté, y nombres y fechas en seco. No falta alguno de sus habituales énfasis patrióticos: "Muerto en el campo de honor", como si la guerra, creada o inventada por otros, y que sólo trae sangre, destrucción, sufrimiento y desdicha, fuera el lugar más digno para que se multiplicaran la viudez de las mujeres y la orfandad de los hijos.

Sigo subiendo. Descubro en un promontorio una pequeña virgen blanca que es como un instante elevado de ternura. Subo más y veo el mar desde las alturas. La bahía tiene la forma de media luna. ¡Qué belleza de mar! ¡Qué belleza, sobre todo, cuando desde las alturas se mira revelándose en su luz azul entre la blancura de las cruces dispares de las tumbas y de los mausoleos de mármol y de piedra! ¡Cielo, aire y mar paracen flotar en la bruma dorada y azul! Comprendo en toda su amplitud el verso: Tout entouré de mon regard marin*, y veo, en ese numeroso rebaño fúnebre, a las tumbas como corderos misteriosos. Comprendo entonces en toda su verdad por qué escribió aquí el poema: es el contraste íntegro de Vida y Muerte: por un lado, el cementerio, los muertos, sus muertos familiares, las sombras, el mármol y las cenizas, y del otro o frente a eso, el mar en movimiento continuo bajo las antorchas del solsticio salvaje. Se comprende por qué, rodeado de tanta muerte, dice o declara al final que debe "intentarse vivir".

Después de una hora no hay nadie aún en el cementerio pero uno no se siente solo con tanto cielo y con tanto sol y con tanto mar. Camino hacia el punto arbolado. Busco el alivio de la sombra. En el mar cruzan veleros de velas triangulares. Asocio con los foques del poema, esos foques que, Cohen observaba muy bien, son las palomas que caminan en el techo del mar. Oigo. Follajes de pájaros cantan en los follajes y envuelve un aire como de dicha. Es una de las partes más antiguas del cementerio. A diferencia de otras secciones hay aquí mausoleos y tumbas del siglo XIX y aun algunos del siglo XVIII. En muros y losas hay rajaduras, grietas, fragmentaciones de la piedra. Por la antigüedad, por las perspectivas y la altura, por los cipreses y los pinos, me imagino que el poema -tengo escasas dudas- Valéry lo concibió aquí. Y me parece ver una sombra que cruza entre las sombras.

Veo. Oigo. A los muertos les llega la parlata de los pájaros, la brisa ligera y los rumores soterrados de las olas.


Marco Antonio Campos (México, 1946).

* De mi mirada marina ceñido (según la traducción de Jorge Guillén),
Y mis ojos marinos circundan lo que ven (según la versión rimada de Raúl Gustavo Aguirre).

Las ilustraciones corresponden a un par de fotografías del cementerio de Sète,
en la región francesa de Languedoc-Rosellón.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Solsticio: EL CEMENTERIO MARINO, de Paul Valéry

"El alma expuesta a las antorchas del solsticio..." 

(Selección de cinco estrofas)

I
Este techo tranquilo, de palomas surcado,
Entre pinos y tumbas palpita, deslumbrado.
El justo Mediodía compone allí su fuego.
¡El mar, el mar, el mar que siempre recomienza!
Después de un pensamiento, ¡qué dulce recompensa
Una larga mirada al divino sosiego!

V
Como la fruta que se funde en complacencia,
Y suscita placer a cambio de su ausencia
En una boca donde se disuelve su forma,
Mi futura humareda yo también aquí huelo,
Y al alma consumida la música del cielo
Le habla de la ribera que en rumor se transforma.

VII
El alma expuesta a las antorchas del solsticio,
¡Tu justicia contesto, incomparable juicio
De la luz que utilizas tus armas sin piedad!
Yo te devuelvo pura a tu lugar primero,
¡Contémplate!. . . Fulgor, y reflejarte, empero
Significa de sombra una triste mitad.

X
Sacro interior, de un fuego sin materia colmado,
Fragmento de la tierra a la luz consagrado,
Este lugar me place, de antorchas circuido,
Hecho de oro y piedra y de nocturnos árboles,
En el que hay tantas sombras bajo trémulos mármoles.
¡Allí, sobre mis tumbas, el mar fiel se ha dormido!

XXIII
¡Sí! Majestuosa mar de delirios dotada,
Piel de pantera y clámide agujereada
Por millones de ídolos donde el sol se refleja,
Hidra absoluta, ebria de tu carne azulada,
Que en tu brillante cola hundes la dentellada
En un tumulto que al silencio semeja.

Charmes, 1922.

Paul Valéry (Francia, 1871-1945).

(La traducción del francés rimada en español es de Raúl Gustavo Aguirre).

martes, 31 de julio de 2018

Solsticio: IDOLATRÍA, de Ramón López Velarde

"... y cuando van de oro son un baño para la Tierra, y son preclaramente los dos solsticios de un único año."
 
La vida mágica se vive entera
en la mano viril que gesticula
al evocar el seno o la cadera,
como la mano de la Trinidad
teológicamente se atribula
si el Mundo parvo, que en tres dedos toma,
se le escapa cual un globo de goma.

Idolatremos todo padecer,
gozando en la mirífica mujer.

Idolatría
de la expansiva y rútila garganta,
esponjado liceo
en que una curva eterna se suplanta
y en que se instruye el ruiseñor de Alfeo.

Idolatría
de los dos pies lunares y solares
que lunáticos fingen el creciente
en la mezquita azul de los Omares,
y cuando van de oro son un baño
para la Tierra, y son preclaramente
los dos solsticios de un único año.

Idolatría
de la grácil rodilla que soporta,
a través de los siglos de los siglos,
nuestra cabeza en la jornada corta.

Idolatría
de las arcas, que son
y fueron y serán horcas caudinas
bajo las cuales rinde el corazón
su diadema de idólatras espinas.

Idolatría
de los bustos eróticos y místicos
y los netos perfiles cabalísticos.

Idolatría
de la bizarra y música cintura,
guirnalda que en abril se transfigura,
que sirve de medida
a los más filarmónicos afanes,
y que asedian los raucos gavilanes
de nuestra juventud embravecida.

Idolatría
del peso femenino, cesta ufana
que levantamos entre los rosales
por encima de la primera cena,
en la columna de nuestros felices
brazos sacramentales.

Que siempre nuestra noche y nuestro día
clamen: ¡Idolatría! ¡Idolatría!
 
 
Ramón López Velarde (México, 1888-1921).