Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

lunes, 27 de septiembre de 2010

¿Coincidencia o plagio?


Hace unos días Antonio, un lector de este blog, inquirió sobre la similitud entre el título de un poema de Luis Cernuda que incluí la semana pasada y una canción de Joaquín Sabina que figura en su álbum 19 días y 500 noches. El primero es Donde habite el olvido y la otra Donde habita el olvido, la diferencia por la conjugación es mínima. La letra de la canción, sin embargo, no hace referencia alguna al poema. La pregunta sería: ¿hasta qué grado es legítimo utilizar una expresión tan similar -sin que sea la misma- y en qué momento se convierte en un plagio? Para todos aquellos que escribimos resulta un riesgo inevitable concebir una frase que consideramos ingeniosa y después resulta que ya alguien se nos había adelantado. Cuando ese alguien es famoso, más temprano que tarde acabaremos por enterarnos, pero cuando no lo es tanto uno quedará expuesto, sin misericordia, a ser acusado de robarse las ideas ajenas.

Son de sobra conocidos algunos casos como el de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, quien fuera acusado por el escritor griego Kostas Sokrátus, de haberse basado en su novela Los excomulgados, a lo que aquél respondió: "Cada vez que un libro tiene éxito, siempre aparece alguien que dice que él tuvo la idea primero". Otro antecedente célebre fue El perfume, de Patrick Suskind, que obtuvo un sorpresivo éxito internacional y de la que se decía que, cuando el autor trabajaba como lector en una editorial suiza tuvo oportunidad de leer Lo fétido y lo fragante, de Alain Corbin, obra de la que, por cierto, aconsejó que no fuese publicada. También sobre Dan Brown y El código da Vinci, pesa una demanda legal por parte de los autores de La sagrada sangre y el cáliz sagrado, publicada en 1983. En España se conoce el reclamo de Alexis de Vilar, quien asegura que Woody Allen se habría robado varios aspectos de su novela Goodbye Barcelona para escribir el guión de la película Vicky, Cristina, Barcelona.

Todavía más famosa es la acusación en contra de Camilo José Cela, premio Nobel de literatura en 1989, por parte de María del Carmen Formoso, autora de la novela Carmen, Carmela, Carmiña (Fluorescencia), quien asegura que La cruz de San Andrés toma las ideas de su obra. Lo que ha hecho a este caso más interesante que otros a los que ya me he referido, es que una juez de Barcelona haya resuelto -diez años después de presentada la querella-, que sí existen indicios racionales para considerar que se cometió un delito contra la propiedad intelectual. El asunto implicaría la complicidad de los organizadores del premio Planeta de novela en 1994, ya que Formoso presentó su manuscrito para concursar el 2 de mayo, en tanto que Cela hasta el 30 de junio, último día del plazo. Como es sabido, la novela de éste resultó premiada. Un experto en literatura de la Universidad de Barcelona a quien se le solicitó el informe pericial, concluyó en que se trataba de una "transformación, al menos parcial, de la obra original." Partiendo de lo que dijera Juan Marsé, quien aseguraba que en los últimos años Cela acostumbraba a autoplagiarse, una cosa es reciclar las ideas propias y otra, muy diferente, aprovechar las de otros.

Todo lo anterior me remite a Gabriel García Márquez, cuando algunos críticos señalaron, hace ya muchos años, que El Otoño del Patriarca parecía inspirada en El señor Presidente, del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, también premio Nobel, García Márquez aclaró que a él no le preocupaba gran cosa, puesto que en su momento al propio Asturias también lo habían acusado de plagiar Tirano Banderas, de Ramón del Valle Inclán. Si fuéramos muy rigurosos, a partir del teatro griego y después de las obras de Shakespeare, todo sería plagio.

El tema, sin duda, da para más. De manera que pienso retomarlo en un futuro.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Páginas ajenas: DONDE HABITE EL OLVIDO..., de Luis Cernuda



Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
no esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia áerea mientras crece el tormento.

Allí donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

Decir Adiós es morir un poco (página 62)


 
Los andenes del ferrocarril son nostálgicos por sí mismos. A eso se debe que el cine los haya preferido para las despedidas. Diana te mira por la ventanilla y, tal vez por el reflejo de las luces en el cristal, parecería que sus ojos brillan. Deseas que nada le pase.
 
 
Jules Etienne

lunes, 20 de septiembre de 2010

Le Clézio: EL BUSCADOR DE ORO


Mi primer contacto con el estilo literario de Le Clézio, estuvo precedido por su definición por parte de la Academia Sueca al otorgarle el premio Nobel: "El escritor de la ruptura, de la aventura poética y de la sensualidad extasiada, investigador de una humanidad fuera y debajo de la civilización reinante", y reconocerle su capacidad de restituir el poder de las palabras "para invocar una realidad esencial".

Sería muy obvio, casi innecesario, subrayar el aliento poético en su descripciones: "Está también la voz de Mam. Es todo lo que ahora sé de ella, todo lo que de ella conservo. Tiré todas las fotos amarillentas, los retratos, las cartas, los libros que leía, para no turbar su voz. Quiero escucharla siempre, como aquellos a quienes se ama y cuyo rostro ya no se conoce, su voz, la dulzura de su voz que lo contiene todo, la calidez de sus manos, el olor de sus cabellos, su vestido, la luz, al caer la tarde..." (Página 25)

Se comprende que el creador de un párrafo como el anterior haya manifestado su intención de trascender el mero poder de la palabra per se: "Quisiera ir más allá del lenguaje, dejarme llevar por una poesía en estado puro, una poesía creada por gestos y por los ritmos de la danza; es decir, por el ser en ebullición."

La novela da principio como la historia de dos niños que viven en Boucan, en las islas Mauricio -igual que el propio autor-, en un estado de gracia de pleno contacto con la naturaleza, sus pies descalzos cuando corren sobre la arena, nadan en el mar, trepan a los árboles, se pierden en el monte, hasta que un huracán arrasa con el paraíso de su infancia y en su paso obligado a la vida urbana tendrán que usar zapatos y vestir como los demás, extrañarán el mar y los sueños que se quedaron encallados en la isla. Al paso del tiempo, el protagonista decide rescatar entre los viejos papeles de su padre, lo relativo al tesoro del corsario en la vecina Isla de Rodrigues. Se embarca en una goleta para instalarse en la Ensenada de los Ingleses y desde ahí emprender la búsqueda del oro que da título a la novela. Entonces conocerá a Ouma porque, finalmente, también el amor tendrá su lugar.

"- ¿Es verdad que está buscando oro?
Me asombró, no tanto por la pregunta como por la lengua. Habla un francés casi sin acento.
- ¿Eso le han dicho? Sí, busco oro, es cierto.
- ¿Ha encontrado?
Me río.
- No, no he encontrado todavía.
- ¿Y realmente cree que por aquí hay oro?
Su pregunta me divierte:
- ¿Por qué? ¿usted no lo cree?
Me mira. Su rostro es liso, sin temor, como el de un niño.
- Aquí todo el mundo es muy pobre." (Página 166)

Escritor itinerante, Le Clézio vivió, entre otros países, en México y Panamá. Por el escenario de El Buscador de Oro es de suponerse su carácter autobiográfico, aunque el propio autor aclara su postura al afirmar, "Yo creo que la novela francesa no es, como suele pensarse, autobiográfica sino autoerótica: hay una especie de encierro en el autoerotismo, como si no existiera el otro. La ficción es el camino para escapar al peligro de enamorarse de uno mismo, da lugar al otro, que no es el infierno, como decía Sartre, sino el paraíso."

Si bien la obra se divide en siete partes que saltan arbitrariamente en el discurrir de la trama, como de Rodrigues, Ensenada de los Ingleses, 1911 a Ypres, invierno de 1915 - Somme, otoño de 1916, el relato narrado en primera persona y tiempo presente, fluye lineal, las referencias al pasado son precisas en su forma evocativa: "Todo está ahora tan lejos, ni siquiera estamos seguros de haberlo vivido realmente. La fatiga, el hambre, la fiebre ha enturbiado nuestra memoria, han desgastado la señal de nuestro recuerdo. ¿Por qué estamos hoy aquí? Enterrados en estas trincheras, con el rostro ennegrecido por el humo, las ropas harapientas, envarados por el barro seco desde hace meses en ese olor de letrinas y muerte." (Página 216)

La prosa de Le Clézio es nítida, a veces redundante: "Ahora no hablamos ya. Permanecemos acostados el uno contra el otro, estrechándonos muy fuerte para no sentir el frío de la noche. Oímos el mar, y el viento contra las agujas de los filaos, pues no existe nada más en el mundo." (Página 275) Para cerrar con esa misma cadencia que es el atributo principal del relato, "Ahora es de noche, oigo en lo más hondo de mí el vivo ruido del mar que se acerca." (Página 291).

La fotografía que ilustra esta entrada es de la Isla Rodrigues.


viernes, 17 de septiembre de 2010

¿Acción o descripción? ¿Verbo o adjetivo?



Me encuentro leyendo El Buscador de oro, de Jean-Marie Gustave Le Clézio. Confieso que cuando recibió el premio Nobel, hace un par de años, desconocía su obra. De manera que todo lo que ahora leo es un descubrimiento personal. Cuando concluya la lectura de esta novela me ocuparé de comentarla, pero por lo pronto quisiera dejar establecida una primera observación.

Hace muchos años, formaba parte de un taller literario coordinado por el entrañable Edmundo Valadés. Durante una de nuestras sesiones semanales surgió la discusión. El maestro, quien era gran admirador de Marcel Proust, apreciaba la minuciosidad descriptiva de su prosa. Y en alguna ocasión previa, Rafael Ramírez Heredia nos había dicho que en la literatura actual a la primera frase debe corresponder una acción. Es decir, la estructura clásica de las novelas que iniciaban con adjetivos en su primera línea, habría sido desplazada por la fuerza del verbo.

Hoy me topo, con sorpresa, que Le Clézio emprende la narración en tono descriptivo para desembocar en una extensa introspección: "Por mucho que retroceda en mi memoria, siempre oigo el mar. Mezclado con el viento en las agujas de los filaos, con el viento que no cesa, ni siquiera cuando te alejas de las costas y te adentras por los campos de caña, es el ruido que ha arrullado mi infancia. Lo oigo ahora, en lo más profundo de mí, me lo llevo adondequiera que voy. El ruido lento, incansable, de las olas que rompen a lo lejos en la barrera de coral y que vienen a morir en la arena..."

Traté de hacer un rápido recuento al azar, basado en mi memoria, de las primeras líneas de los autores que acostumbro a leer y me topé, en efecto, con un predominio del verbo. Por ejemplo, nadie tan contundente comoArtemio Cruz cuando dice: "Yo despierto..." para comenzar la novela de Carlos Fuentes. El párrafo inicial de El Amor en los Tiempos del Cólera, de García Márquez, es de una gran belleza, "Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados."

Imposible dejar de mencionar La Metamorfosis, de Franz Kafka: "Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto." El Extranjero, de Albert Camus, es un paradigma de la capacidad para sintetizar el espíritu que permea la totalidad de la obra: "Mamá ha muerto hoy. O tal vez fue ayer, no lo sé. He recibido un telegrama desde el asilo..."

"¿Encontraría a la maga?", se pregunta Julio Cortázar en el arranque de Rayuela. Es probable que el inicio más famoso de las letras mexicanas corresponda a Juan Rulfo: "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo."

Sin embargo, mantengo mi admiración por Crónica de una Muerte Anunciada, una breve obra maestra que da principio anunciando lo que sucederá al final: "El día en que lo iban a matar, Santiago Nassar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que iba a llegar el obispo." La justificación del propio García Márquez para hacerlo de ese modo obedece a que decidió despojar al texto de la incertidumbre sobre si se cometería el crimen o no, para que los lectores se despreocuparan por la intriga y pudieran concentrarse en la lectura de sus pormenores.



Jules Etienne 

martes, 14 de septiembre de 2010

Una Serenata para Lupe (páginas 85 y 86)


Esa noche, extenuados por el esfuerzo que demandaban sus rituales amorosos, se habrían dormido uno junto al otro, abrazados los cuerpos y entrelazados sus deseos, para que al despertar Lupe, en plena madrugada, pudiera ver a Cooper acostado a su lado. Entonces debió exclamar: "Supongo que eres parte de este sueño." Tal vez hubiera sido así, pero a la mañana siguiente, de regreso a la realidad cotidiana, Cooper roncaba con la boca abierta en el sofá de la sala y Lupe, arrodillada, vigilaba su sueño sin despegar la vista de su rostro.

- ¿No es hermoso? -dijo en voz alta mientras lo contemplaba.

Su voz lo despertó, alcanzó a escuchar lo que ella había dicho y se rió. Al advertirlo, estalló en un reclamo:

- ¡Te estás riendo del amor de Lupe!

Antes de que él lograra articular alguna respuesta, pasaron del jaloneo verbal al físico. Cooper tuvo que someterla sujetándola por las muñecas hasta que se tranquilizó. Ambos terminaron exhaustos.

A mi paso por el cine conocí a muchos hombres con la fama de ser los más guapos. Me di el gusto de acostarme con algunos de ellos: Douglas Fairbanks, Clark Gable, Errol Flynn, John Gilbert... Bueno, hasta me casé con Tarzán. ¿Cuántas mujeres podrán presumir algo así? Pero nunca vi a nadie más hermoso que Gary.

Esa era la pauta invariable de sus ciclos pasionales, que oscilaban entre la intensidad romántica y la violencia de las disputas para terminar reincidiendo, una y otra vez, en las reconciliaciones, mismas que aún no alcanzaban a cicatrizar cuando ya había surgido un nuevo motivo de disgusto. Es bien sabido que la piel de los que aman es, en esencia, inflamable. El caos amoroso es el arancel que debe pagar el ser humano por el privilegio de vivir una relación apasionada. Casi todos, excepto los avaros y los calculadores, han experimentado una, ardiente e irrepetible, a lo largo de sus vidas. Es cuando hasta los más desafortunados, los feos, aquellos que carecen de gracia, se vuelven hermosos ante los ojos del amante. Rostros vulgares que dejan de serlo para adquirir la belleza que les confiere el otro cuando los mira. Y es, precisa y paradójicamente, en la otredad, cuando surgen las expresiones humanas más egoístas, como los celos, la necedad de borrar todo vestigio de un pasado sin ellos, el afán de adueñarse por completo del objeto de sus devaneos, de su cuerpo, sus pensamientos, su tiempo, todo. Se renuncia a la libertad individual para entregarse al otro en un supremo acto de agoísmo: poseerlo como recompensa por ser poseído.

Jules Etienne

jueves, 9 de septiembre de 2010

Decir Adiós es morir un poco (páginas 163 y 164)


Para comprobar si te siguen, cambias tu rutina y caminas hasta Bellas Artes. Nadie vigila tus pasos. En la explanada unos turistas toman las consabidas fotos para exportación, cuando un chamaco menos que adolescente hurta un bolso y trata de huir. En su carrera tropieza con el pie de un hombre que le ha puesto una zancadilla. La vendedora de chicles, que observa lo acontecido, lo reduce a un epifonema:

- ¡Ojete! Qué le costaba dejarlo que se pelara. Esos güeyes son gringos, lo que les sobra es la lana.

En efecto, es como si el honor patrio estuviera en juego una vez más. Otra deshonra, una raya más al tigre. Pero permitir que se escapara sería seguir hundiéndonos en este círculo vicioso. Si Rosa Ríos y todos los poderosos que disponen a sus anchas del presupuesto siguen gozando de su libertad, ¿por qué un jodido no les puede robar unos cuantos dólares a esos gringos? Recuperar una infinitésima parte de lo que ellos nos despojaron. Vamos a ser corruptos todos, pero parejo. Deshonestos por antonomasia. Lo que no se vale, como dice la chiclera, es ser ojetes con unos y tolerantes con otros. Si esto va a ser una jungla, sin ley y sin respeto, más te valdría irte preparando para ser caníbal. La realidad es una sobredosis de crueldad.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Una Serenata para Lupe (último párrafo del segundo capítulo)


Los astrólogos aseguran que es una suerte de confabulación cósmica la que rige la existencia humana. Con una precisión micrométrica, los movimientos planetarios influyen en la vida de cada individuo, según no sólo la fecha y el año, sino la hora y el minuto, con lo que su carta astral quedará lacrada como un oráculo ineluctable. A Lupe, por diversos motivos, le habían tratado de alterar el año de su nacimiento, pero es no fue suficiente para falsificar un destino al que había llegado la hora de enfrentar.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Neruda y Sabines: una similitud


Con motivo del poema A medianoche, que incluí el último día de agosto, emprendí otra visita a los poemas de Jaime Sabines que tengo a mi alcance y no pude evitar uno que mantengo a la vista, prendido por una chincheta en mi tablero de pendientes (en el que conservo algunas fotos, un pensamiento de Thomas Henry Huxley y otro de Albert Camus, recortes de periódicos, en fin, todo menos las cuentas por pagar o mi próxima cita con el médico, que se supone sería el objetivo de ese corcho): Pensándolo bien. Y hace poco, hurgando entre la poesía de Neruda, porque estaba seguro que había escrito algo sobre el otoño que ya se avecina, me topé con Vuelve el otoño y la dejé marcada en su antología. Sin embargo, me quedaba la sensación de que acababa de leer algo semejante al poema de Sabines entre las páginas de Neruda. Esto fue lo que encontré:

Todos me piden que dé saltos,
que tonifique y que futbole,
que corra, que nade y que vuele.
Muy bien.

Todos me aconsejan reposo,
todos me destinan doctores,
mirándome de cierta manera.
¿Qué pasa?

Todos me aconsejan que viaje,
que entre y que salga, que no viaje,
que me muera y que no me muera.
No importa.

Todos ven las dificultades
de mis vísceras sorprendidas
por radioterribles retratos.
No estoy de acuerdo.

Todos pican mi poesía
con invencibles tenedores
buscando, sin duda, una mosca,
tengo miedo.

Tengo miedo de todo el mundo,
del agua fría, de la muerte.
Soy como todos los mortales,
inaplazable.

Por eso en estos cortos días
no voy a tomarlos en cuenta,
voy a abrirme y voy a encerrarme
con mi más pérfido enemigo,
Pablo Neruda.

El poema se titula El Miedo y fue publicado en 1958 en el volumen Estravagario. Ahora veremos el texto de Sabines, Pensándolo bien, que es muy posterior, ya que Sabines nació en 1926 y en este poema alude a los cincuenta años de edad:

Me dicen que debo hacer ejercicio para adelgazar,
que alrededor de los 50 son muy peligrosos la grasa y el cigarro,
que hay que conservar la figura
y dar la batalla al tiempo, a la vejez.

Expertos bien intencionados y médicos amigos
me recomiendan dietas y sistemas
para prolongar la vida unos años más.

Lo agradezco de todo corazón pero me río
de tan vanas recetas y tan escaso afán.
(La muerte también ríe de todas esas cosas.)

La única recomendación que considero seriamente
es la de llevar una mujer joven a la cama
porque a estas alturas
la juventud sólo puede llegarnos por contagio.

Ambos poemas darían la impresión de dirigirse hacia un cul-de-sac literario, que Neruda resuelve consigo mismo, mientras que Sabines logra una sorpresiva vuelta de tuerca que concluye con innegable sentido del humor. También encuentro similitudes entre Déjame reposar, de Sabines, y Ritual de mis piernas, de Neruda. Pero eso ya quedará para mejor ocasión.

La ilustración corresponde a El Cirujano (alrededor de 1670),
de David Teniers, el joven.


miércoles, 1 de septiembre de 2010

Una serenata para Lupe (página 92)


Una premonición languidecía en los labios de Lupe, en aquel momento resecos como lo estaban ahora, tantos años después, con la tristeza de una noche sin luna. Dudaba en dejarle también a él una nota de despedida como la que ella jamás recibió, porque entre amantes la ausencia es en sí misma el adiós. Mensaje tácito que no requiere ser escrito porque tampoco compete a la razón. Para asumirlo basta la desolación, semejante a la que Lupe sentía ahora carcomiendo su memoria.

Jules Etienne

martes, 31 de agosto de 2010

Páginas ajenas: LLUVIA DE AGOSTO, de Maruja Vieira


Otra vez tú me tiendes
tu lento cerco de diamantes.

contigo estaba escrito
el nombre del amor sobre la tierra.
contigo, lluvia de la media noche,
tierna raíz de astros.

Y caes
y me envuelves.
Eres música,
estás ciñéndome los pasos
y el mundo se me pierde,
porque lo borras tú con la mano invisible
con que cierras jazmines
y entreabres luciérnagas.
 
 
Maruja Vieira (Colombia, 1922)

lunes, 30 de agosto de 2010

Páginas ajenas: FINAL DE AGOSTO, de Cesare Pavese

"... me senté a fumar en la ventana olfateando el viento..."

(Fragmento inicial)

Una noche de agosto, de esas agitadas por un viento tibio y tempestuoso, caminábamos por la acera demorándonos e intercambiando escasas palabras. El viento que nos hacía caricias imprevistas me imprimió en mejillas y labios una oleada aromática, después continuó con sus torbellinos con las hojas ya secas de la avenida. Ahora bien, no sé si aquella tibieza sabía a mujer o a hojas estivales, pero el corazón me dio un vuelco repentino, hasta el punto de que me paré.

Clara esperó, medio volviéndose, que siguiera caminando. Cuando en la esquina nos embistió otra ráfaga, Clara hizo ademán de detenerse, sin levantar la mirada, otra vez a la espera. Delante del portal me preguntó si quería encender la luz o pasear un poco más. Me quedé un rato quieto en la acera -escuché el crujido de una hoja seca arrastrada sobre el asfalto- y le dije a Clara que subiese, la seguiría de inmediato.

Cuando, tras un cuarto de hora, llegué arriba, me senté a fumar en la ventana olfateando el viento, y Clara me preguntó a través de la puerta de la habitación si me había calmado. Le dije que la esperaba, y un instante después estuvo a mi lado en la estancia oscura, se apoyó en mi silla y disfrutaba de la tibieza del viento sin hablar. Aquel verano éramos casi felices, no recuerdo que nos hubiéramos peleado nunca y pasábamos muchas horas juntas antes de dormirnos. Clara lo comprende todo, y entonces me quería mucho; yo la quería a ella y no había necesidad de decírselo. Y, sin embargo, ahora sé que nuestras desgracias comenzaron esa noche.
 
¡Si al menos Clara se hubiera irritado por mi agitación y no me hubiera esperado con tanta docilidad! Podía preguntarme qué me había dado, podía tratar de adivinarlo ella misma, tanto más que lo había intuido, pero no callar, como hizo, llena de comprensión. Detesto a la gente segura de sí, y por primera vez detesté a Clara.
 
Aquella turbonada de viento nocturno me había traído inesperadamente, como suele ocurrir, a la piel y a la nariz un gozo remoto, uno de esos desnudos recuerdos secretos como nuestro cuerpo, que se diría que le son connaturales desde la infancia. La playa donde he nacido se poblaba en verano de bañistas y se cocía bajo el sol. Eran tres, cuatro meses de una vida siempre inesperada y distinta; agitada, desigual, como un viaje o una mudanza.
 
 
Cesare Pavese (Italia, 1908-1950)

sábado, 28 de agosto de 2010

Páginas ajenas: TIERRA ROJA, TIERRA NEGRA, de Cesare Pavese

 
Tierra roja, tierra negra,
tú vienes del mar,
del verde requemado
donde hay palabras
antiguas y fatiga rojiza
y geranios entre las piedras -
no sabes cuánto traes
del mar, voces y fatiga,
tú, rica como un recuerdo,
como la campiña desnuda,
tú, dura y dulcísima
palabra, antigua por sangre
recogida por los ojos;
joven, como un fruto
que es recuerdo y estación -
tu aliento reposa
bajo el cielo de agosto,
las olivas de tu mirada
endulzan el mar
y tú vives, revives
sin sorprender, segura
como la tierra, oscura
como la tierra, almazara
de estaciones y de sueños,
que a la luna se muestra
antiquísima, como
las manos de tu madre,
la cuenca del brasero.
 
 
Cesare Pavese (Italia, 1908-1950)
 
(Traducido del italiano por Jules Etienne)

jueves, 26 de agosto de 2010

Cinco cuentos peregrinos de García Márquez


¿Por qué cinco y no doce como lo indica el título original? Porque entre el total de relatos que integran el volumen Doce cuentos peregrinos, de Gabriel García Márquez, sólo cinco acontecen durante el mes de agosto, y son a los que habré de referirme en esta breve reseña.
 
Su proceso de creación resultó tan peculiar, que el propio autor lo consigna en el prólogo de los mismos. Hay libros cuyo preámbulo ya de por sí justifica su lectura. Éste sería uno de ellos. Admite García Márquez al final de su exordio: "La escritura se me hizo entonces tan fluida que a ratos me sentía escribiendo por el puro placer de narrar, que es quizás el estado humano que más se parece a la levitación."
 
Respetando el orden con el que aparecen publicados, el primer relato sería Buen viaje, señor presidente. Apenas al inicio se establece que "El calor era insoportable en agosto, y él se quedaba en la hamaca hasta el medio día, leyendo al arrullo del ventilador de aspas del dormitorio." Más adelante, en esa misma página se lee:
 
"Uno de esos tantos agostos, mientras leía el periódico en la terraza, el presidente dio un salto de asombro.
 
- ¡Ah, caray! -dijo-. ¡He muerto en Estoril!"
 
En La Santa, de la que existe una versión fílmica titulada Milagro en Roma, desde su primer párrafo se disipa cualquier posible duda concerniente a la época del año en que transcurre: "Después del almuerzo Roma sucumbía en el calor de agosto. El sol de medio día se quedaba inmóvil en el centro del cielo, y en el silencio de las dos de la tarde sólo se oía el rumor del agua, que es la voz natural de Roma."
 
Espantos de agosto ya lleva implícito al mes en el propio título. "Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso..."

En Diecisiete ingleses envenenados, la protagonista, Plácida Linero, lleva ese nombre tan típico del universo garciamarquiano, que nada tiene que envidiarle a otros igual de rimbombantes como Fermina Daza o Ángela Vicario. "Era una mañana radiante de principios de agosto. Un domingo ejemplar, de aquellos veranos de después de la guerra en que la luz se comportaba como una revelación de cada día", principia, para indicar más adelante: "- Es inútil que siga rezando- dijo el oficial, sin la amabilidad de la primera vez-. Hasta Dios se va de vacaciones en agosto."

La última referencia al mes de agosto corresponde a El verano de la señora Forbes, misma que, por cierto, también se adaptó al cine. "Abrí las cortinas. Era pleno agosto, y a través de la ventana se veía la ardiente llanura lunar hasta el otro lado de la isla, y el sol parado en el cielo."

Curioso predominio de elementos como la luminosidad, un sol ardiente y el inevitable calor que le acompaña, característicos de este mes en el hemisferio norte del planeta.
 
 
Jules Etienne

(La lectura de los Doce cuentos Peregrinos con su respectivo prólogo es posible en:

miércoles, 25 de agosto de 2010

Páginas ajenas: LOS CONVIDADOS DE AGOSTO, de Rosario Castellanos

"... en la feria de agosto pasaría ante los ojos de sus amigos..."

(Fragmento)

La anciana obedecía a regañadientes. ¿Por qué ese afán de arrojarla del paraíso de sus recuerdos felices a este presente hostil? Contempló a Mateo con expresión crítica.
 
- Deberías parecerte a Lisandro.
 
Mateo farfulló una disculpa ininteligible. Era tartamudo y prefería el silencio al ridículo.

A su turno, Ester lo examinó también sin indulgencia. Veía, en sus ojos inyectados, en sus labios resecos, los rastros de una parranda. Con una solicitud irónica, ofreció:
 
- ¿No prefieres un buen caldo con chile pastor? Dicen que revive las fuerzas.
 
Emelina rió hasta atragantarse.
 
- ¿Dónde aprendes esas cosas, Ester? Son recetas de casada.
 
Ester abatió los párpados con severidad.
 
- Cuando se tiene por hermano a un borracho es necesario saber de todo.
 
Mateo quiso defenderse. No era un borracho. ¿Por qué esta solterona estúpida era incapaz de comprender que en la feria de agosto pasaría ante los ojos de sus amigos como un apulismado, si no los acompañaba en sus diversiones? ¿Y dónde creía esta infeliz que se cerraban los tratos comerciales? En las cantinas, en los palenques, en...
 
La longitud de la réplica lo aterrorizó. No dijo una palabra.
 
Triunfante, Ester se sirvió un trozo más de cecina. La anciana continuaba hablando.
 
- Lisandro sí era un hombre de gabinete entero, no como los de ahora. Lo mismo domaba una yegua que componía unos versos. En mi álbum de soltera guardo los primeros que me dedicó. A unos ojos. Eran mi quedar bien. Todos me los piropeaban. Pero por modestia mis padres me enseñaron a tener la vista baja.
 
Ahora, en cambio, exhibía con impudicia la fealdad.
 
Emelina sintió una aguda punzada de angustia. Ella también llegaría a la vejez, pero sin haber estrechado entre sus brazos más que fantasmas, sin haber llevado en sus entrañas más que deseos y sobre su pecho la pesadumbre, no de un cuerpo amado, sino de un ansia insatisfecha.

Rosario Castellanos (México, 1925-1974)

martes, 24 de agosto de 2010

Páginas ajenas: PRESENTIMIENTO, de Emily Dickinson



Presentimiento es esa larga sombra
que poco a poco avanza sobre el césped
cuando el sol sus imperios abandona…
 
Presentimiento es el susurro tenue
que corre entre la hierba temerosa
para decirle que la noche viene.
 
 
Emily Dickinson (Estados Unidos, 1830-1886)
 
(Traducido al español por Carlos López Narváez)

sábado, 21 de agosto de 2010

Agosto: ÉL, de H. P. Lovecraft

"... cuando Greenwich era un pueblecito apacible aún no absorbido por la ciudad."

(Fragmento)

Entonces, durante uno de estos paseos noctámbulos, conocí al hombre. Fue en un patio tenebroso y oculto del barrio de Greenwich, donde me había instalado en mi ignorancia, ya que había oído decir que aquel sitio era el hogar natural de los poetas y los artistas. Efectivamente, me encantaron las arcaicas callejuelas y las inesperadas plazoletas y patios; y cuando descubrí que los poetas y los artistas eran unos pretenciosos vociferantes cuya originalidad es toda oropel y cuyas vidas son la negación de toda la pura belleza que es la poesía y el arte, seguí viviendo allí por amor a esas cosas venerables. Las imaginaba como fueron al principio, cuando Greenwich era un pueblecito apacible aún no absorbido por la ciudad; y en las horas previas al amanecer, cuando todos los trasnochadores se habían escabullido, solía vagar a solas por los rincones misteriosos y meditar sobre los curiosos arcanos que las generaciones debieron de depositar allí. Esto me mantenía viva el alma, y me proporcionaba algunos de esos sueños y visiones por los que clamaba el poeta que había en lo más profundo de mí.

El hombre me abordó hacia las dos, una nublada madrugada de agosto, cuando deambulaba yo por una serie de patios independientes, ahora accesibles sólo por unos pasajes oscuros que cruzaban los edificios que se interponían, aunque en otro tiempo formaron parte de una red continua de callejas pintorescas. Había oído hablar de esos patios vagamente, y comprendí que hoy no debían de figurar ya en ningún plano; pero el hecho de que hubieran sido olvidados sólo los hacía más atractivos para mí, de forma que los buscaba con redoblado interés. Y ahora que los había encontrado mi ansiedad aumentó aún más, pues su disposición indicaba de algún modo que quizá eran éstos sólo unos pocos de un conjunto más vasto, sus duplicados encajonados entre altas y lisas paredes y desiertas viviendas traseras, u ocultos y sin luces de algún arco, respetados por las hordas de lenguas extranjeras y protegidos por furtivos y reservados artistas cuyas actividades no invitan a la publicidad.

Me habló, sin que yo le hubiera dado pie para ello, al observar mi actitud y el interés con que miraba puertas con aldaba situadas en lo alto de las escaleras barandilla de hierro, iluminándome entonces la cara el pálido resplandor que salía por los dinteles ornamentales. La suya quedaba en la sombra, y llevaba un sombrero de ala ancha que, en cierto modo, armonizaba perfectamente con la anticuada capa que lucía; pero me sentí vagamente inquieto aun antes de que dijera nada. Su figura era muy delgada -de una delgadez casi cadavérica-, y su voz resultó ser excepcionalmente suave y cavernosa aunque no especialmente profunda. Dijo que me ha estado observando durante algunos de mis vagabundeos y había notado que amaba como él los vestigios de tiempos pasados. ¿No me gustaría que me guiara alguien muy experto en estas exploraciones, y con una información sobre tales lugares mucho mayor que la que un recién llegado podía conseguir.

Mientras hablaba, vi fugazmente su rostro a la luz amarillenta de una ventana solitaria que brillaba en una buhardilla. Era un semblante noble, incluso hermoso, anciano, y mostraba los signos distintivos de un linaje y refinamiento poco común en esa época y lugar. Sin embargo, tenía cierta calidad que me producía desasosiego casi en la misma medida en que me agradaba su semblante: quizá era demasiado pálido, o desentonaba excesivamente mente con la ciudad, para que yo me sintiera cómodo o a gusto. No obstante, le seguí, pues, en aquellos días monótonos, mi búsqueda de antiguas bellezas y misterios era lo único que mantenía viva mi alma, y me parecía un raro favor del Destino toparme con alguien cuyas excursiones parecían haber llegado mucho más allá que las mías. Hubo algo en la noche que obligó al hombre de la capa a guardar silencio, y durante una hora larga me guió sin conversaciones superfluas, haciendo tan sólo brevísimos comentarios sobre nombres antiguos y fechas y cambios, e invitándome a caminar con un gesto amplio al adentrarnos por estrechas aberturas. Cruzamos de puntillas algunas travesías, saltamos alguna tapia de ladrillo, hasta que nos internamos a gatas por un pasadizo de piedra bajo y abovedado, cuya inmensa longitud y tortuosas revueltas borraron al fin las referencias de situación geográfica que hasta ahora había procurado yo conservar. Las cosas que vimos eran muy viejas y maravillosas, o al menos lo parecían, iluminadas por los escasos rayos de luz que nos las hacían visibles; jamás olvidaré las vacilantes columnas góticas, las pilastras estriadas y postes de verja hechos de hierro fundido y rematados con urnas, las ventanas de amplios dinteles y decorativos montantes en abanico más originales y extraños cada vez a medida que nos internábamos en este interminable laberinto de desconocida antigüedad.


H. P.Lovecraft: Howard Phillips Lovecraft (Estados Unidos, 1890-1937).

viernes, 20 de agosto de 2010

Agosto: NOTAS SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS FANTÁSTICOS


La razón por la cual escribo cuentos fantásticos es porque me producen una satisfacción personal y me acercan a la vaga, escurridiza, fragmentaria sensación de lo maravilloso, de lo bello y de las visiones que me llenan con ciertas perspectivas (escenas, arquitecturas, paisajes, atmósfera, etc.), ideas, ocurrencias e imágenes. Mi predilección por los relatos sobrenaturales se debe a que encajan perfectamente con mis inclinaciones personales; uno de mis anhelos más fuertes es el de lograr la suspensión o violación momentánea de las irritantes limitaciones del tiempo, del espacio y de las leyes naturales que nos rigen y frustran nuestros deseos de indagar en las infinitas regiones del cosmos, que por ahora se hallan más allá de nuestro alcance, más allá de nuestro punto de vista. Estos cuentos tratan de incrementar la sensación de miedo, ya que el miedo es nuestra más fuerte y profunda emoción y una de las que mejor se presta a desafiar los cánones de las leyes naturales. El terror y lo desconocido están siempre relacionados, tan íntimamente unidos que es difícil crear una imagen convincente de la destrucción de las leyes naturales, de la alienación cósmica y de las presencias exteriores sin hacer énfasis en el sentimiento de miedo y horror. La razón por la cual el factor tiempo juega un papel tan importante en muchos de mis cuentos es debida a que es un elemento que vive en mi cerebro y al que considero como la cosa más profunda, dramática y terrible del universo. El conflicto con el tiempo es el tema más poderoso y prolífico de toda expresión humana.
 
Mi forma personal de escribir un cuento es evidentemente una manera particular de expresarme; quizá un poco limitada, pero tan antigua y permanente como la literatura en sí misma. Siempre existirá un número determinado de personas que tenga gran curiosidad por el desconocido espacio exterior, y un deseo ardiente por escapar de la morada-prisión de lo conocido y lo real, para deambular por las regiones encantadas llenas de aventuras y posibilidades infinitas a las que sólo los sueños pueden acercarse: las profundidades de los bosques añosos, la maravilla de fantásticas torres y las llameantes y asombrosas puestas de sol. Entre esta clase de personas apasionadas por los cuentos fantásticos se encuentran los grandes maestros -Poe, Dunsany, Arthur Machen, M. R. James, Algernon Blackwood, Walter de la Mare; verdaderos clásicos- e insignificantes aficionados, como yo mismo.
 
Sólo hay una forma de escribir un relato tal y como yo lo hago. Cada uno de mis cuentos tiene una trama diferente. Una o dos veces he escrito un sueño literalmente, pero por lo general me inspiro en un paisaje, idea o imagen que deseo expresar, y busco en mi cerebro una vía adecuada de crear una cadena de acontecimientos dramáticos capaces de ser expresados en términos concretos. Intento crear una lista mental de las situaciones mejor adaptadas al paisaje, idea, o imagen, y luego comienzo a conjeturar con las situaciones lógicas que pueden ser motivadas por la forma, imagen o idea elegida.
(...)
 
Considero cuatro tipos diferentes de cuentos sobrenaturales: uno expresa una aptitud o sentimiento, otro un concepto plástico, un tercer tipo comunica una situación general, condición, leyenda o concepto intelectual, y un cuarto muestra una imagen definitiva, o una situación específica de índole dramática. Por otra parte, las historias fantásticas pueden estar clasificadas en dos amplias categorías: aquellas en las que lo maravilloso o terrible está relacionado con algún tipo de condición o fenómeno, y aquéllas en las que esto concierne a la acción del personaje con un suceso o fenómeno grotesco.
 
Cada relato fantástico -hablando en particular de los cuentos de miedo- puede desarrollar cinco elementos críticos: a) lo que sirve de núcleo a un horror o anormalidad (condición, entidad, etc.); b) efectos o desarrollos típicos del horror, c) el modo de la manifestación de ese horror; d) la forma de reaccionar ante ese horror; e) los efectos específicos del horror en relación a lo condiciones dadas.
 
Al escribir un cuento sobrenatural, siempre pongo especial atención en la forma de crear una atmósfera idónea, aplicando el énfasis necesario en el momento adecuado. Nadie puede, excepto en las revistas populares, presentar un fenómeno imposible, improbable o inconcebible, como si fuera una narración de actos objetivos. Los cuentos sobre eventos extraordinarios tienen ciertas complejidades que deben ser superadas para lograr su credibilidad, y esto sólo puede conseguirse tratando el tema con cuidadoso realismo, excepto a la hora de abordar el hecho sobrenatural. Este elemento fantástico debe causar impresión y hay que poner gran cuidado en la construcción emocional; su aparición apenas debe sentirse, pero tiene que notarse. Si fuese la esencia primordial del cuento, eclipsaría todos los demás caracteres y acontecimientos, los cuales deben ser consistentes y naturales, excepto cuando se refieren al hecho extraordinario. Los acontecimientos espectrales deben ser narrados con la misma emoción con la que se narraría un suceso extraño en la vida real. Nunca debe darse por supuesto este suceso sobrenatural. Incluso cuando los personajes están acostumbrados a ello, hay que crear un ambiente de terror y angustia que se corresponda con el estado de ánimo del lector. Un descuidado estilo arruinaría cualquier intento de escribir fantasía seria.
 
La atmósfera y no la acción, es el gran desiderátum de la literatura fantástica. En realidad, todo relato fantástico debe ser una nítida pincelada de un cierto tipo de comportamiento humano. Si le damos cualquier otro tipo de prioridad, podría llegar a convertirse en una obra mediocre, pueril y poco convincente. El énfasis debe comunicarse con sutileza; indicaciones, sugerencias vagas que se asocien entre sí, creando una ilusión brumosa de la extraña realidad de lo irreal. Hay que evitar descripciones inútiles de sucesos increíbles que no sean significativos.
 
Éstas han sido las reglas o moldes que he seguido -consciente o inconscientemente- ya que siempre he considerado con bastante seriedad la creación fantástica. Que mis resultados puedan llegar a tener éxito es algo bastante discutible; pero de lo que sí estoy seguro es que, si hubiese ignorado las normas aquí arriba mencionadas, mis relatos habrían sido mucho peores de lo que son ahora.
 
 
H. P. Lovecraft: Howard Phillips Lovecraft (Estados Unidos, 1890-1937)
 
Nació el 20 de agosto de 1890. Precisamente hoy se cumplen 120 años.

jueves, 19 de agosto de 2010

Páginas ajenas: LA RISA, de Henri Bergson


(Fragmento inicial)

¿Qué significa la risa? ¿Qué hay en el fondo de lo risible? ¿Qué puede haber de común entre la mueca de un payaso, el retruécano de un vodevil y la primorosa escena de una comedia? ¿Cómo destilaríamos esa esencia única que comunica a tan diversos productos su olor indiscreto unas veces y otras su delicado perfume?

Los más grandes pensadores, a partir de Aristóteles, han estudiado este sutil problema. Todos lo han visto sustraerse a su esfuerzo. Se desliza y escapa a la investigación filosófica, o se yergue y la desafía altaneramente.

Nuestra temeridad al abordarlo también tiene la excusa de que no aspiramos a encerrar el concepto de lo cómico en los límites de una definición. Ante todo, como encontramos en él algo que vive, lo estudiaremos con la atención que merece la vida, por ligera que sea. Seguiremos su desarrollo, veremos cómo se abren sus flores, y así, forma tras forma, por insensibles gradaciones, se sucederán ante nuestros ojos las metamorfosis más extrañas. Nada de lo que veamos dejaremos de anotar. Es posible que con este contacto logremos algo más flexible que una definición teórica: un conocimiento práctico e íntimo como el que engendra un largo trato. Y acaso también resultará al final que habremos hecho sin saberlo, un conocimiento útil. La fantasía cómica, razonable a su modo, hasta en los mayores extravíos, metódica en su misma locura, quimérica, no lo niego, pero evocando en sus ensueños visiones que al punto acepta y comprende la sociedad entera, ¿cómo no habría de ilustrarnos sobre los procedimientos de la imaginación humana, y más particularmente sobre la imaginación social, colectiva y popular? Nacida de la vida y emparentada con el arte, ¿cómo no habría de decirnos también algo sobre el arte y sobre la vida?
 
 
Henri Bergson (Francia, 1859-1941) Obtuvo el premio Nobel en 1927.