Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

jueves, 11 de octubre de 2018

Otoño: NARCISO Y GOLDMUNDO, de Hermann Hesse


Párrafos sobre el otoño

(Capítulo I)

En la época en que son más cortas las noches, hacía surgir de entre la fronda los pálidos rayos verdeclaros de sus extrañas flores, cuyo áspero olor evocaba recuerdos y oprimía. Y en octubre, recogida la uva y las otras frutas, caían de su copa amarillenta, al soplo del viento del otoño, los espinosos erizos, que no todos los años llegaban a la madurez, y que los rapaces del convento se disputaban y el subprior Gregorio, oriundo de Italia, asaba en la chimenea de su celda. Exótico y tierno, el hermoso árbol mecía ante la puerta del convento su copa, huésped delicado y friolento venido de otras regiones, pariente secreto de las esbeltas y mellizas columnas de arenisca de la entrada y de los adornos, labrados en piedra, de ventanas, cornisas y pilares, amado de los italianos y otra gente latina, y pasmo, por extranjero, de los naturales del país.

(Capítulo VII)

Cierta vez, cuando ya llevaba uno o dos años de andar de camino, llegó Goldmundo a la mansión de un caballero acomodado que tenía dos hijas bellas y jóvenes. Era por los comienzos del otoño, las noches pronto serían frías, bien las había probado el otoño y el invierno anteriores; no sin inquietud pensaba en los meses que iban a venir porque en invierno era duro el peregrinar. Pidió de comer y albergue para la noche. Fue acogido con amabilidad; y como el caballero oyese decir que el forastero había hecho estudios y sabía griego, lo mandó llamar de la mesa de los criados a la propia y lo trató casi como a un igual. Las dos hijas permanecían con los ojos bajos, la mayor tenía dieciocho años, la menor apenas dieciséis: Lidia y Julia.

(Capítulo VIII)

En aquel otoño perduró largamente el follaje de los altos fresnos del patio y en el jardín siguió habiendo ámelos y rosas por mucho tiempo.

(Capítulo X)

Todo retornaba y retornaba, lo que él creía ya conocer tan bien, todo retornaba y, no obstante, era cada vez otra cosa: el largo vagar por campos y prados o por los caminos empedrados, el dormir en el bosque estival, el andar despacioso por las aldeas tras de los grupos de mozas que volvían, enlazadas de las manos, de remover el heno o de recoger el lúpulo, el primer aguacero del otoño, las primeras, malignas heladas... todo retornaba, una vez, dos veces, la colorida cinta corría inacabablemente ante sus ojos.
 
(Capítulo XIV)
 
Había transcurrido el verano. Muchos afirmaban que con el otoño, o al menos con la llegada del invierno, concluiría la epidemia. Fue aquel un otoño sin alegría.
 
(Capítulo XVI)

Aunque aquel venturoso idilio con Inés durara poco y condujera a la perdición, hoy por hoy florecía, y él no podía renunciar al menor de sus goces. No quería ver a nadie ni que le distrajeran; quería pasar al aire libre aquel plácido día de otoño, bajo los árboles y las nubes. A María le dijo que tenía el propósito de hacer una excursión por el campo y que retornaría tarde, que le diera un buen trozo de pan y que no se quedara esperándolo por la noche. Ella no respondió nada, le llenó el bolsillo de pan y manzanas, le cepilló el viejo sayo, cuyos rasgones había zurcido el primer día, y lo dejó partir.
 
(Capítulo XVI)
 
Debía despedirse de la bella Inés; nunca más vería su gallarda figura, su espléndida cabellera rubia, sus ojos fríos y azules, nunca más aquel debilitarse y vacilar del orgullo en sus ojos, nunca más el vello dorado de su piel perfumada. ¡Adiós, ojos azules, adiós boca húmeda y palpitante! Había abrigado la esperanza de besarla muchas veces más. Hoy mismo, allá en las colinas, al sol del otoño, ¡cuánto había pensado en ella, cómo se había sentido unido a ella, cómo la había anhelado! Pero también tenía que despedirse de las colinas, del sol, del cielo azul con sus nubes blancas, de los árboles y bosques, de los viajes, de las horas del día y de las estaciones del año.

 Hermann Hesse
(Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Otoño: ESO NO PUEDE PASAR AQUÍ, de Sinclair Lewis

"... seguían viniendo desde Nueva York para admirar el colorido otoño de Vermont."

(Fragmento del capítulo 18)

Un buen número de turistas seguían viniendo desde Nueva York para admirar el colorido otoño de Vermont. Cuando Doremus llegó a la taberna del valle de Beulah tuvo que esperar con impaciencia mientras Lorinda sacaba toallas, buscaba horarios de tranvías y trataba educadamente a las ancianas que se quejaban de que las cataratas del río hacían demasiado ruido (o demasiado poco) por las noches. No pudo hablar con ella en privado hasta pasadas las diez. Mientras tanto, sentado en el salón de té y pasando imperturbable las hojas del último ejemplar de la revista Fortune, disfrutó del curioso y sublime lujo de poder observar cada minuto perdido que le amenazaba con la llegada de la hora en que se imprimiría la copia final.
 
A las diez y cuarto, Lorinda le llevó a su pequeño despacho, formado simplemente por un escritorio de tapa corrediza con una silla de oficina, otra silla normal y una mesa con montones de revistas antiguas. Todo estaba muy arreglado, pero seguía oliendo al humo de puro y los viejos archivos de los propietarios de antaño.
 

Sinclair Lewis (Estadounidense fallecido en Italia, 1885-1951).
Obtuvo el premio Nobel en 1930.
 
(Traducido al español por Amaya Bozal e Íñigo Rodríguez Villa-Aramburu).

martes, 9 de octubre de 2018

Otoño: MUERTE EN VENECIA, de Thomas Mann

"Un aparato fotográfico, cuyo dueño no apareció por ningún sitio, descansaba junto al mar sobre su trípode..."

Capítulo V
 
(Fragmento)

La playa presentaba un aspecto desagradable. Sobre la ancha y plana superficie de agua que separaba la playa del primer banco de arena, se rizaban estremecidas y tenues olas que corrían de delante hacia atrás. Otoño y decadencia parecían abrumar al balneario días antes animado por tanta profusión de colores, y en aquel instante ya casi abandonado, tanto que ni siquiera la arena estaba limpia. Un aparato fotográfico, cuyo dueño no apareció por ningún sitio, descansaba junto al mar sobre su trípode, y el paño negro que habían echado sobre él flotaba al viento.
 
Tadrio, junto con los tres o cuatro compañeros de juego que le habían quedado, corría a la derecha de su caseta; luego se puso a descansar en su silla de tijera, a mitad de camino entre el mar y la hilera de casetas, con una manta sobre las piernas. Aschenbach lo contemplaba por última vez. El juego, que no estaba ya vigilado, pues las mujeres debían de andar ocupadas con el equipaje, era más violento que de costumbre. Aquel chico robusto, con traje de marinero y cabello negro y liso a fuerza de pomada, a quien llamaban Saschu, excitado y cegado por un puñado de arena que le habían tirado a la cara, se dirigió hacia Tadrio y comenzó una lucha que pronto terminó con la caída del polaco, que era el más débil. Después, como si en el instante de la despedida ese sentimiento de humillación que suele poseer el inferior se trocase en cruel brutalidad y quisiera tomar venganza de una larga esclavitud, el vencedor no dejó libre al vencido, sino que, apoyando sobre la espalda de éste sus rodillas, le oprimió la cara tan largo rato contra la arena, que Tadrio, a quien la caída había dejado ya casi sin aliento, parecía a punto de ahogarse. Sus intentos de desembarazarse de su opresor eran contracciones, que cesaban a ratos y sólo sobrevenían como una convulsión. Espantado, Aschenbach se disponía a intervenir en el instante en que el brutal Saschu soltó a su víctima. Tadrio, muy pálido, se incorporó a medias, y apoyándose en un brazo estuvo unos minutos inmóvil, el cabello en desorden y los ojos húmedos. Luego se levantó para alejarse lentamente. Sus compañeros lo llamaron alegremente al principio, luego temerosos y suplicantes. El moreno, que sin duda sintió en seguida el remordimiento de su falta, le alcanzó y quiso reconciliarse con él. Pero aquél lo rechazó con un movimiento de hombros. Tadrio se dirigió en diagonal hacia el mar. Iba descalzo y vestía su traje listado con una cinta roja.
 
Deteniéndose al borde del agua, con la cabeza baja, empezó a dibujar en la arena húmeda con la punta del pie; luego entró en el agua, que en su mayor profundidad no le llegaba ni a la rodilla, la atravesó dudando, descuidadamente, y dejó el banco de arena. Allí se detuvo un momento, con el rostro vuelto hacia la anchura del mar, luego empezó a caminar lentamente, por la larga y angosta lengua de tierra, hacia la izquierda. Separado de la tierra por el agua, separado de los compañeros por un movimiento de altanería, su figura se deslizaba aislada y solitaria, con el cabello flotante, allá por el mar, a través del viento, hacia la neblina infinita. Otra vez se detuvo para contemplar el mar. De pronto, como si lo impulsara un recuerdo, bruscamente, hizo girar el busto y miró hacia la orilla por encima del hombro. El contemplador estaba allí, sentado en el mismo sitio donde por primera vez la mirada de aquellos ojos de ensueño se había cruzado con la suya. Su cabeza, apoyada en el respaldo de la silla, seguía ansiosamente los movimientos del caminante. En un instante dado se levantó para encontrar la mirada, pero cayó de bruces, de modo que sus ojos tenían que mirar de abajo arriba, mientras su rostro tomaba la expresión cansada, dulcemente desfallecida, de un adormecimiento profundo. Sin embargo, le parecía que, desde lejos, el pálido y amable mancebo le sonreía y le saludaba.
 
 
Thomas Mann
(Escritor alemán nacionalizado primero checoslovaco y más tarde estadounidense, 1875-1955).
Obtuvo el premio Nobel en 1929.

lunes, 8 de octubre de 2018

Otoño: ELIAS PORTOLU, de Grazia Deledda

"El rebaño pacía a los lejos. Algún gracioso corderillo de otoño, (...) balaba con lamentos de niño mimado."

(Fragmento inicial del capítulo VI)
 
Avanzaba el otoño, trayendo una dulce melancolía a la tanca. En los días vaporosos, el paisaje parecía más amplio, con misteriosos confines más allá del límite velado del horizonte. Y una soledad más intensa gravitaba sobre los campos; los árboles, las piedras, las matas, adquirían cierta gravedad, como si también ellos sintieran la tristeza otoñal. Grandes cuervos lentos y melancólicos surcaban el cielo pálido. La hierba otoñal renacía en los rastrojos ennegrecidos por las abundantes lluvias caídas últimamente.
 
En uno de estos días velados, todavía tibios, pero tristes, Elías se encontraba solo sentado junto a la cabaña. Leía uno de sus acostumbrados libritos de plegarias y de meditaciones. El rebaño pacía a los lejos. Algún gracioso corderillo de otoño, blanco como la nieve, balaba con lamentos de niño mimado.
 
Elías leía y esperaba a tío Martinu Monne, al que había mandado llamar para pedirle un consejo.
 
 
Grazia Deledda (Italia, 1871-1936). Obtuvo el premio Nobel en 1926.
 
(Traducido al español por José Miguel Velloso).

domingo, 7 de octubre de 2018

Otoño: TUS OJOS QUE ANTAÑO NUNCA SE CANSARON DE LOS MÍOS, de William Butler Yeats

"Aunque nuestro amor se desvanezca, permanezcamos junto al borde solitario de este lago..."
 
«Tus ojos que antaño nunca se cansaron de los míos,
se inclinan hoy con pesar bajo tus párpados oscilantes
porque nuestro amor declina».

Y responde ella:

«Aunque nuestro amor se desvanezca,
permanezcamos junto al borde solitario de este lago,
juntos en este momento especial
en el que la pasión, pobre criatura cansada, cae dormida.
¡Qué lejanas parecen las estrellas,
y qué lejano nuestro primer beso,
y qué viejo parece mi corazón!».
 
Pensativos caminan por entre marchitas hojas,
mientras él, lentamente, sosteniendo la mano de ella, replica:
«La Pasión ha consumido con frecuencia
nuestros errantes corazones».
 
Los bosques les rodeaban, y las hojas ya amarillas
caían en la penumbra como desvaídos meteoros,
entonces un animalillo viejo y cojo renqueó camino abajo.
Sobre él, cae el otoño; y ahora ambos se detienen
a la orilla del solitario lago una vez más.
Volviéndose, vio que ella había arrojado unas hojas muertas,
húmedas como sus ojos y en silencio recogidas
sobre su pecho y su pelo.
 
«No te lamentes», dijo él, «que estamos cansados
Porque otros amores nos esperan,
odiemos y amemos a través del tiempo imperturbable,
ante nosotros yace la eternidad,
nuestras almas son amor y un continuo adiós».

 

W. B. Yeats: William Butler Yeats (Irlanda, 1865-1939). Obtuvo el premio Nobel en 1923.

sábado, 6 de octubre de 2018

Otoño: ROSAS DE OTOÑO, de Jacinto Benavente

 
(Tercer acto, escena XV y final)
 
Dichos y Manuel; después, María Antonia

Manuel: Isabel, he conseguido que Pepe atienda a mis razones; está convencido de su error. Es él quien debe y desea ser perdonado; pero teme que María Antonia...

Isabel: No.

Carmen: ¡Dios mío! ¿María Antonia y Pepe?

Isabel: Sí; es tan difícil resignarse y esperar... María Antonia, hijos míos; ven, ven ahora a mis brazos, a los de tu padre... después, con tu esposo.

María Antonia: No, todo acabó; yo no perdono.

Isabel: Sí perdonarás..., para ser un día tan feliz como yo.

María Antonia: ¿Tú, tú eres feliz?

Isabel: Sí, muy feliz... ¿Verdad? Los amores alegres, los amores fáciles que sólo conocen la ilusión y el deseo ven deshojarse sus flores en una breve primavera; para el amor de la esposa, para los amores santos y fieles que saben esperar, son nuestras flores, flores tardías, las rosas de otoño; no son las flores del amor, son las flores del deber cultivadas con lágrimas de resignación, con aroma del alma, de algo eterno, ¿No es verdad, esposo mío?

Gonzalo: ¡Mi esposa santa! De rodillas para adorarte.

Isabel: ¡Ya lo ves, soy muy feliz! Son mis rosas de otoño.

(Telón).
 
 
Jacinto Benavente (España, 1866-1954).
Obtuvo el premio Nobel en 1922.

viernes, 5 de octubre de 2018

Otoño: BAJO LAS ESTRELLAS DE OTOÑO, de Knut Hamsun

"... una seta venenosa mostraba su pintada caperuza, ofreciendo al cielo su rojo color. ¡Qué hongo tan extraño…!"

(Fragmento del capítulo VIII)

Di las gracias por el café y salí. La señora tenía una costumbre, conservada, sin duda, de sus años juveniles, y que consistía en mirar de reojo, si bien, según afirmaba, era sin malicia alguna…
 
Ya las hojas empezaban a amarillear, aquí y allá, en el bosque, y aquello denotaba la proximidad del otoño. Únicamente los hongos se hallaban en pleno desarrollo; crecían por todas partes, reposando opulentos sobre sus pies rollizos: eran de las especies llamadas mizcalo, agárico y colmenilla.
 
A trechos, una seta venenosa mostraba su pintada caperuza, ofreciendo al cielo su rojo color. ¡Qué hongo tan extraño…! Crece en el mismo suelo que los hongos comestibles; se alimenta de la misma savia y recibe el sol y el agua del cielo en las mismas condiciones: es grueso, fuerte, y no comestible.
 
En cierta ocasión, pensé inventar una magnífica leyenda antigua acerca de la seta venenosa, y decir que la había leído en un libro.
 
 
Knut Hamsun (Noruega, 1859-1952). Obtuvo el premio Nobel en 1920.

jueves, 4 de octubre de 2018

Otoño: IMAGO, de Carl Spitteler

"Eran casi las once y media; todavía quedaba tiempo hasta que almorzaran en casa de la señora Steinbach."
 
(Fragmento de El regreso del Juez)

Cuando estuvo en la calle sacó el reloj.

Eran casi las once y media; todavía quedaba tiempo hasta que almorzaran en casa de la señora Steinbach. Un poco lejos estaba de la calle de la Catedral, pero podía ir allí un rato… Y recordó el jardincito familiar, resplandeciendo bajo el sol de otoño. Se puso vivamente en camino, sonriendo feliz ante la idea de volver a ver a su amiga. Y cuanto más tardaba en llegar, más le espoleaba el deseo. Sin embargo, se detuvo ante la puerta del jardín.
 
«Posiblemente tampoco esté en casa, pues, cuando empieza uno a fallar, se extiende el mal como una epidemia».
 
¡Qué milagro! Sí que estaba. Un grito de alegría resonó allí arriba, en la ventana y, llena de contento, le salió al encuentro escaleras abajo. Poco faltó para que se abrazaran. Se cogieron de las manos.
 
- ¿Pero es usted, de verdad? ¡Siéntese y cuénteme! Ante todo ¿cómo va? ¿Cómo iba yo a suponer…? Sonrió ella de gusto.
 
- En la voz le reconozco, sobre todo; así, pues, hable, diga lo que quiera, cualquier cosa. ¡Sólo quiero oír su voz para estar completamente segura de que está usted vivo y que todo esto no es un hermoso cuento de hadas. Pues, junto a usted, señor mío, la fantasía y la realidad se entremezclan y no me extrañaría nada verle desaparecer de repente ante mis ojos!

 
Carl Spitteler (Suiza, 1945-1924). Obtuvo el premio Nobel en 1919.
 
(Traducido al español por Miguel Chamorro).

miércoles, 3 de octubre de 2018

Otoño: JUAN CRISTÓBAL, de Romain Rolland

"Las coloradas manzanas brillaban como bolas de marfil."
 
(Fragmento del capítulo III: Ada)

Después del verano lluvioso vino un otoño resplandeciente. En los huertos abunda- ban las frutas. Las coloradas manzanas brillaban como bolas de marfil. Algunos árboles se revestían apresuradamente de su última y resplandeciente vestidura: color de fuego, color de fruta, color de melón maduro, de naranja, de limón, de sabrosos manjares y de carnes tostadas. Por todas partes brillaban en los bosques leonados fulgores, y las diáfanas flores de cólquico semejaban en las praderas llamitas de color de rosa.

En la tarde de un domingo bajaba Cristóbal de una colina, andando a paso largo, casi corriendo, impulsado por la pendiente. Iba cantando una frase cuyo ritmo le asediaba desde el principio del paseo. Iba muy colorado, desabrochado, moviendo los brazos y con mirar de loco, cuando en un recodo del camino se halló bruscamente en presencia de una joven alta y rubia que, subida en una tapia y tirando con todas sus fuerzas de una enorme rama de árbol, se hartaba golosamente de moradas ciruelas. Quedaron igualmente sorprendidos. Ella le miró asustada y con la boca llena; después soltó una carcajada. Él hizo otro tanto. La joven era de agradable aspecto, con su cara redonda a la que servían de marco sus cabellos rubios y algo rizados que formaban en torno suyo como un polvo de sol; sus mejillas eran llenas y sonrosadas, sus ojos grandes y azules, su nariz algo gruesa e impertinentemente respingada; su boca pequeña y muy colorada, enseñaba unos dientes blancos, fuertes y algo salientes, su barba era deliciosa y toda su persona alta, gruesa, bien formada y robusta. Él le gritó:

- ¡Buen provecho!
 

Romain Rolland (Francia, 1866-1944). Obtuvo el premio Nobel en 1915.

martes, 2 de octubre de 2018

Otoño: LA COSECHA, de Rabindranath Tagore

"... he de recoger flores para ella. La engalanaré con guirnaldas..."
 
22.

La excesiva luz ha fatigado a esta mañana de otoño. Si ya no quieres tañer tu flauta, déjame, para que con ella juegue a mi antojo. La abandonaré sobre mis rodillas, la rozaré con mis labias, la abandonaré entre las yerbas...

Después, en la imponente serenidad nocturna, he de recoger flores para ella. La engalanaré con guirnaldas, la colmaré con mi lámpara. Y luego volveré hacia ti para devolvértela.
 
Entonces, cuando la luna nueva vague solitaria entre las estrellas, tú tocarás melodías de medianoche.


Rabindranath Tagore (India, 1861-1941). Obtuvo el premio Nobel en 1913.

lunes, 1 de octubre de 2018

Otoño: EL MARAVILLOSO VIAJE DE NILS HOLGERSSON, de Selma Lagerlöf

"Aquellos sacos no contenían otra cosa que brillantes monedas de oro..."
 
(Fragmento del capítulo XXIII: El tesoro de la playa)

- Estoy segura -dijo Okka- de que has hecho más de lo que aparentas, y antes que refieras cómo te fue en el viaje, he de pedir al liliputiense que me ayude a buscar algo que debe estar escondido entre las peñas e islotes de estas playas. Hace una porción de años -continuó diciendo- que yo y un par de los que se han hecho viejos en la bandada, sorprendidos por una tormenta, fuimos arrastrados hasta estos lugares, entre cuyas piedras hubimos de buscar refugio durante varios días. Sufrimos mucha hambre y anduvimos buscando algo con que alimentarnos. No encontramos nada que comer y sólo vimos unos sacos medio enterrados en la arena, sobre los que nos lanzamos hasta romper sus telas a picotazos en la creencia de que pudieran contener trigo; pero no fue así. Aquellos sacos no contenían otra cosa que brillantes monedas de oro, que no tenían para nosotros aplicación alguna; y las dejamos donde estaban. En todos estos años no hemos pensado en tal hallazgo; pero por sucesos acontecidos en el pasado otoño, tenemos deseo de poseer dinero. No es probable que el tesoro se encuentre aquí todavía; pero, de todos modos, como hemos venido para buscarlo, vamos a ver si lo hallamos.
 
 
Selma Lagerlöf (Suecia, 1858-1940). Obtuvo el premio Nobel en 1909.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Otoño: NUDO DE VÍBORAS, de François Mauriac

"Porque nos despertamos en pleno otoño y los racimos, donde mora aún y brilla un poco de lluvia..."

(Fragmento del capítulo dieciocho)

Los olmos de los caminos y los álamos de la llanura dibujaban grandes planos superpuestos, y entre sus líneas sombrías se acumulaba la niebla y el humo de las hierbas quemadas y ese inmenso aliento de la tierra que ha bebido. Porque nos despertamos en pleno otoño y los racimos, donde mora aún y brilla un poco de lluvia, no encontrarán lo que les ha frustrado el agosto lluvioso. Para nosotros tal vez no sea nunca demasiado tarde. Tengo necesidad de repetirme que nunca es demasiado tarde.
 
Al día siguiente de mi vuelta penetré, y no por devoción, en la alcoba de Isa. El no hacer nada, esa disponibilidad total de la que no sé si gozo o sufro en el campo, esto sólo, me incitó a empujar la puerta entreabierta, la primera al lado de la escalera, a la izquierda. No solamente la ventana estaba abierta de par en par, sino también el armario y la cómoda. La servidumbre había abandonado la habitación y el sol devoraba, hasta en los más pequeños rincones, los restos impalpables de un destino acabado. La tarde de septiembre zumbaba de moscas sin sueño. Los tilos, tupidos y redondos, parecían frutos maduros. El cielo, oscuro en el cénit, palidecía sobre las colinas dormidas. Vibró la risa de una joven a quien no veía. Los anchos sombreros contra el sol se movían a ras de las viñas. Había comenzado la vendimia.
 
 
François Mauriac (Francia, 1885-1970). Obtuvo el premio Nobel en 1952.
 
(Traducido del francés por Fernando Gutiérrez).

viernes, 28 de septiembre de 2018

Septiembre: EL PERFUME, de Patrick Süskind

"Las fragancias del jardín le rodearon, claras y bien perfiladas, como las franjas policromas de un arco iris."

(Párrafo del capítulo 35)

Volvió a cerrar los ojos. Las fragancias del jardín le rodearon, claras y bien perfiladas, como las franjas policromas de un arco iris. Y la más valiosa, la que él buscaba, figuraba entre ellas. Grenouille se acaloró de gozo y sintió a la vez el frío del temor. La sangre le subió a la cabeza como a un niño sorprendido en plena travesura, luego le bajó hasta el centro del cuerpo y después le volvió a subir y a bajar de nuevo, sin que él pudiera evitarlo. El ataque del aroma había sido demasiado súbito. Por un momento, durante unos segundos, durante toda una eternidad, según se le antojó a él, el tiempo se dobló o desapareció por completo, porque ya no sabía si ahora era ahora y aquí era aquí, o ahora era entonces y aquí era allí, o sea la Rue des Marais en París, en septiembre de 1753; la fragancia que llegaba desde el jardín era la fragancia de la muchacha pelirroja que había asesinado. El hecho de volver a encontrar esta fragancia en el mundo le hizo derramar lágrimas de beatitud... y la posibilidad de que no fuera cierto le dio un susto de muerte.
 
 
Patrick Süskind (Alemania. 1949).

martes, 25 de septiembre de 2018

Septiembre: RECUERDO DE MARIE A., de Bertolt Brecht


1

En aquel día de luna azul de septiembre
en silencio bajo un joven ciruelo
estreché a mi pálido amor callado
entre mis brazos como un sueño bendito.
Y por encima de nosotros en el hermoso cielo estival
había una nube, que contemplé mucho tiempo;
era muy blanca y tremendamente alta
y cuando volví a mirar hacia arriba, ya no estaba.

2

Desde aquel día muchas, muchas lunas
se han zambullido en silencio y han pasado.
Los ciruelos habrán sido arrancados
y si me preguntas ¿qué fue de aquel amor?
entonces te contesto: no consigo acordarme,
pero aun así, es cierto, sé a qué te refieres.
Aunque su rostro, de verdad, no lo recuerdo,
ahora sé tan sólo que entonces la besé.

3

Y también el beso lo habría olvidado hace tiempo
de no haber estado allí aquella nube;
a ella sí la recuerdo y siempre la recordaré,
era muy blanca y venía de arriba.
Puede que los ciruelos todavía florezcan
y que aquella mujer tenga ya siete hijos,
pero aquella nube floreció sólo algunos minutos
y cuando miré a lo alto se estaba desvaneciendo en el viento.


Bertolt Brecht (Alemania, 1898-1956).

(Traducido al español por Jesús Munárriz y Jenaro Talens).

lunes, 24 de septiembre de 2018

Equinoccio: LA SOLEDAD DEL HALCÓN

"El horizonte se hallaba sumido entre nubarrones que parecían reclamar el fin del verano."

(Fragmento del primer capítulo: Las cabezas de la hidra)

Tuvo que correr hacia el automóvil porque una lluvia aún tímida amenazaba conver- tirse en chubasco. El horizonte se hallaba sumido entre nubarrones que parecían reclamar el fin del verano. Manejó de regreso hasta el hotel y después de cenar se recluyó en su habitación. No estaba de humor para salir a pasear por el pueblo y el clima tampoco invitaba a hacerlo.
 
Magdalena llamaba El Godo a su perro. Lo había dejado en casa de sus padres, en Valle Dorado, cuando se mudó al departamento de Coyoacan que rentaron juntos. Por eso, Emilio había coincidido en raras ocasiones con él y le sorprendió al verse maltratándolo. Se escuchaba un incesante tamborileo mientras lo pateaba sin respiro
hasta el cansancio, el perro abría el hocico y babeaba pero sin emitir un solo aullido de dolor o reclamo. Ante cada nuevo golpe se revolcaba sobre la superficie de una calle rústica, empedrada y polvosa. Desde la esquina asomaba su cara impávida una iguana que atestiguaba la escena. Creyó adivinar cierto rencor en su mirada. Despertó empapado en su propia angustia transpirada. La lluvia se estrellaba furiosa contra los cristales de las ventanas. Eran poco más de las cuatro en la madrugada de ese domingo que recibía al equinoccio de otoño.

Jules Etienne

domingo, 23 de septiembre de 2018

Epigrama: EQUINOCCIO (El mono epigramático)


El brillo del sol se desvanece,

las nubes con lluvia amagan

y el viento las hojas mece,

las voces del verano se apagan.
 
 
Jules Etienne

El mono epigramático

viernes, 21 de septiembre de 2018

Equinoccio: UN DRAMA EN MÉXICO, de Jules Verne

"... del fuerte de San Diego. Este último, provisto de treinta piezas de artillería, dominaba toda la rada..."
 
(Fragmento)

En esta época, Acapulco estaba protegido por tres bastiones que la flanqueaban por la derecha, mientras que la bocana del puerto estaba defendida por una batería de siete cañones que podía, si era preciso, cruzar sus fuegos en ángulo recto con los del fuerte de San Diego. Este último, provisto de treinta piezas de artillería, dominaba toda la rada y podía hundir, con toda certeza, cualquier navío que intentara forzar la entrada del puerto.
 
La ciudad no tenía, pues, nada que temer; no obstante, tres meses después de los acontecimientos arriba descritos, fue sobrecogida por un pánico general.
 
En efecto, se había indicado la presencia de un navío en alta mar. Sumamente inquietos por las intenciones de la embarcación sospechosa, los habitantes de Acapulco se sentían poco seguros. La causa era que la nueva Confederación aún temía, y no sin razón, la vuelta de la dominación española; porque, a pesar de los tratados de comercio firmados con Gran Bretaña y por más que hubiera llegado ya de Londres un embajador que había reconocido a la nueva República, el gobierno mexicano no tenía ni un solo navío que protegiera sus costas.
 
Quien quiera que fuese, el barco no podría pertenecer más que a un osado aventurero, y los vientos del nordeste que tan furiosamente soplan en estos parajes desde el equinoccio de otoño a la primavera, iban a someter a dura prueba sus relingas. Por eso los habitantes de Acapulco no sabían qué pensar, y se preparaban, por si acaso, a rechazar un desembarco extranjero, cuando el tan temido navío ¡desplegó en lo alto del mástil la bandera de la independencia mexicana!
 
Llegado casi al alcance de los cañones del puerto, la Constancia, cuyo nombre se podía distinguir claramente en el espejo de popa, fondeó repentinamente. Se plegaron las velas en las vergas y desabordó una chalupa que poco después atracaba en el muelle.
 
Tan pronto como desembarcó, el teniente Martínez se dirigió a la casa del gobernador y le puso al corriente de las circunstancias que hasta él le traían. Este aprobó la determinación del teniente de dirigirse a México para obtener del general Guadalupe Victoria, presidente de la Confederación, la ratificación del trato. Apenas fue conocida esta noticia en la ciudad, estallaron los transportes de alegría. Toda la población acudió a admirar el primer navío de la marina mexicana, y vio en su posesión, junto con una prueba de la indisciplina española, el medio de oponerse más radicalmente aún a cualquier nueva tentativa de sus antiguos dueños.

 
Jules Verne (Francia, 1828-1905).
 
La ilustración corresponde a la entrada al fuerte de San Diego, en Acapulco.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Equinoccio: CIEN AÑOS DE SOLEDAD, de Gabriel García Márquez

"... un estante donde ella misma ordenó los libros casi deshechos por el polvo y las polillas..."

(Fragmento del capítulo IV)

La armonía recobrada sólo fue interrumpida por la muerte de Melquíades. Aunque era un acontecimiento previsible, no lo fueron las circunstancias. Pocos meses después de su regreso se había operado en él un proceso de envejecimiento tan apresurado y critico, que pronto se le tuvo por uno de esos bisabuelos inútiles que deambulan como sombras por los dormitorios, arrastrando los pies, recordando mejores tiempos en voz alta, y de quienes nadie se ocupa ni se acuerda en realidad hasta el día en que amanecen muertos en la cama. Al principio, José Arcadio Buendía lo secundaba en sus tareas, entusiasmado con la novedad de la daguerrotipia y las predicciones de Nostradamus. Pero poco a poco lo fue abandonando a su soledad, porque cada vez se les hacía más difícil la comunicación. Estaba perdiendo la vista y el oído, parecía confundir a los interlocutores con personas que conoció en épocas remotas de la humanidad, y contestaba a las preguntas con un intrincado batiburrillo de idiomas. Caminaba tanteando el aire, aunque se movía por entre las cosas con una fluidez inexplicable, como si estuviera dotado de un instinto de orientación fundado en presentimientos inmediatos. Un día olvidó ponerse la dentadura postiza, que dejaba de noche en un vaso de agua junto a la cama, y no se la volvió a poner. Cuando Úrsula dispuso la ampliación de la casa, le hizo construir un cuarto especial contiguo al taller de Aureliano, lejos de los ruidos y el trajín domésticos, con una ventana inundada de luz y un estante donde ella misma ordenó los libros casi deshechos por el polvo y las polillas, los quebradizos papeles apretados de signos indescifrables y el vaso con la dentadura postiza donde habían prendido unas plantitas acuáticas de minúsculas flores amarillas. El nuevo lugar pareció agradar a Melquíades, porque no volvió a vérsele ni siquiera en el comedor. Sólo iba al taller de Aureliano, donde pasaba horas y horas garabateando su literatura enigmática en los pergaminos que llevó consigo y que parecían fabricados en una materia árida que se resquebrajaba como hojaldres. Allí tomaba los alimentos que Visitación le llevaba dos veces al día, aunque en los últimos tiempos perdió el apetito y sólo se alimentaba de legumbres. Pronto adquirió el aspecto de desamparo propio de los vegetarianos. La piel se le cubrió de un musgo tierno, semejante al que prosperaba en el chaleco anacrónico que no se quitó jamás, y su respiración exhaló un tufo de animal dormido. Aureliano terminó por olvidarse de él, absorto en la redacción de sus versos, pero en cierta ocasión creyó entender algo de lo que decía en sus bordoneantes monólogos, y le prestó atención. En realidad, lo único que pudo aislar en las parrafadas pedregosas, fue el insistente martilleo de la palabra equinoccio equinoccio equinoccio, y el nombre de Alexander Von Humboldt. Arcadio se aproximó un poco más a él cuando empezó a ayudar a Aureliano en la platería. Melquíades correspondió a aquel esfuerzo de comunicación soltando a veces frases en castellano que tenían muy poco que ver con la realidad. Una tarde, sin embargo, pareció iluminado por una emoción repentina. Años después, frente al pelotón de fusilamiento, Arcadio había de acordarse del temblor con que Melquíades le hizo escuchar varias páginas de su escritura impenetrable, que por supuesto no entendió, pero que al ser leídas en voz alta parecían encíclicas cantadas. Luego sonrió por primera vez en mucho tiempo y dijo en castellano: «Cuando me muera, quemen mercurio durante tres días en mi cuarto.» Arcadio se lo cantó a José Arcadio Buendía, y éste trató de obtener una información más explícita, pero sólo consiguió una respuesta: «He alcanzado la inmortalidad.»
 

Gabriel García Márquez (Colombiano fallecido en México, 1927-2014).
Obtuvo el premio Nobel en 1982.

martes, 18 de septiembre de 2018

Equinoccio: CANTO PARA UN EQUINOCCIO, de Saint-John Perse

 
Canto para un equinoccio*
 
La otra tarde tronaba, y sobre la tierra de tumbas yo oía resonar
esa respuesta al hombre, que fue breve, y que no fue sino estrépito.
Amiga, el aguacero del cielo estuvo con nosotros, la noche de Dios fue nuestra intemperie,
y el amor, en todas partes, se remontaba hacia sus fuentes.
Lo sé, lo he visto: la vida se remonta hacia sus fuentes, el relámpago recoge sus utensilios en las canteras abandonadas,
el polen amarillo de los pinos se acumula en las esquinas de las terrazas,
y la semilla de Dios se dirige hacia el mar para unirse a las capas
malvas del plancton.
Dios el disperso nos reúne en la diversidad.
 
*
Señor, Dueño del suelo, mira cómo nieva, cómo el cielo está sin contraste, la tierra libre de toda enjalma:
tierra de Set y de Saúl, de Che Huang-ti y de Keops.
La voz de los hombres está en los hombres, la voz del bronce
en el bronce, y en algún lugar del mundo
donde el cielo quedó sin voz y el siglo no estuvo alerta,
nace en el mundo un niño cuya raza y cuyo rango no conoce ninguno, y el genio llama con golpes seguros en los lóbulos de una frente pura.
Oh Tierra, madre nuestra, no te inquietes por esa ralea: el siglo está dispuesto, el siglo es turbamulta, y la vida sigue su curso.
Se alza en nosotros un canto que no ha conocido su origen y que no tendrá estuario en la muerte.
Equinoccio de una hora entre la Tierra y el hombre.
 
 
* Canto para un equinoccio es el título que el propio autor eligió para su antología poética publicada en 1971. Como ominosa paradoja, falleció el 20 de septiembre de 1975, el día previo al equinoccio.
 
Saint-John Perse: Marie-René-Auguste-Alexis Leger
(Poeta en lengua francesa nacido en la isla de Guadalupe, 1887-1975) Obtuvo el premio Nobel en 1960.