Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

jueves, 15 de octubre de 2020

Epidemias: EL MÉDICO, de Noah Gordon


(Fragmento del capítulo 44: La peste)

Los registros de la misión médica de Ispahán.

Si este compendio se encuentra después de nuestra muerte, será generosamente recompensado su envío a Abu Alí at-Husain ibn Abdullah ibn Sina, médico jefe del maristán, Ispahán. Redactado el día 19 del mes de Rabia I, del año 413 de la Hégira.

Llevamos cuatro días en Shiraz, durante los cuales han muerto 243 personas. La pestilencia comienza como una fiebre leve seguida por dolor de cabeza, a veces intenso. La fiebre sube mucho inmediatamente antes de que aparezca una lesión en la ingle, en una axila o detrás de una oreja, corrientemente llamada buba. En el Libro de la plaga se mencionan esas bubas, que según Hakim Ibn al-Khatib de al-Andalus estaban inspiradas por el diablo y siempre tienen forma de serpiente. Las que observamos aquí no tienen forma de serpiente; son redondas y llenas, como la lesión de un tumor. Pueden ser grandes como una ciruela, pero en su mayoría presentan el tamaño de una lenteja. Suelen registrarse vómitos de sangre, lo que en todos los casos significa que la muerte es inminente. La mayoría de las víctimas fallecen a los dos días de la aparición de una buba. En unos pocos afortunados, la buba supura. Cuando esto ocurre, es como si un humor maligno saliera del paciente, que entonces puede recuperarse.
Jesse ben Benjamín
Aprendiz

Noah Gordon (Estados Unidos, 1926).

(Traducido al español por Iris Menéndez).

miércoles, 14 de octubre de 2020

Epidemias: EL RÉGIMEN DE LA EPIDEMIA Y EL REMEDIO CONTRA ÉSTA, de Jean Jasme


IV

Ninguna vez tal pestilencia
viene y procede de la tierra;
no se puede confiar en su dolencia
porque nos hace demasiada guerra.
Tanto en Francia como en Inglaterra
seguimos nuestro camino sin conciencia
y de cualquier cosa lamentable
que con su hedor es blasfemia
apunta quién es el más culpable
por habernos dado la epidemia.


Jean Jasme o Jean Jacme: Johannes Jacobi (Francia, 13?-1384).

(Traducido del latín al francés en la edición facsimilar del incunable impreso por Guillaume Le Roy en 1476).

lunes, 12 de octubre de 2020

Epidemias: LOS CUENTOS DE CANTERBURY, de Geoffrey Chaucer

"... anda por ahí matando a todos los que puede en la comarca (...) Ha asignado a millares en la presente peste..."

El cuento del Bulero

(Fragmento)

Mi historia es sobre tres trasnochadores. Mucho antes de que la campana tocase para las oraciones de las seis, ya hacía rato que estaban bebiendo dentro de la taberna. Mientras se hallaban allí sentados, oyeron una campanilla que sonaba precediendo a un cadáver que era conducido a la tumba. Uno de esos tres llamó al mozo y le dijo:

- Corre y averigua de quién es el cadáver que llevan. Espabílate y mira de enterarte bien del nombre.

- Señor -repuso el muchacho-, no hay necesidad de ello, pues me lo dijeron dos horas antes de que ustedes llegasen aquí. Se trata, por cierto, de un viejo amigo de ustedes. Fue muerto de repente la noche pasada, mientras se hallaba tendido sobre un banco, borracho como una cuba. Se le acercó un ladrón -al que llaman Muerte-, que anda por ahí matando a todos los que puede en la comarca, y le atravesó el corazón con una lanza, yéndose luego sin pronunciar palabra. Ha asignado a millares en la presente peste, y me parece, señores, que es preciso que tomen precauciones antes de enfrentarse con un adversario así. Deben estar siempre preparados por si sale a su encuentro (mi madre así me lo advirtió). No les puedo decir nada más.

- ¡Por Santa María! -intervino el posadero-. Lo que dice el muchacho es cierto. Este año ha matado a todo hombre, mujer, niño, trabajador en la granja y criado en un gran pueblo que se halla a más o menos una milla de aquí, que es, por cierto, el lugar en el que, creo, vive. Lo más juicioso resulta estar preparados para que no los hiera.

- ¿Eh? -dijo el trasnochador-. ¡Por el Sagrado Corazón! ¿Tan peligroso resulta toparse con él? ¡Por los huesos del Señor, juro que le buscaré por calles y caminos! Escuchad, amigos: nosotros tres somos uno; cojámonos de la mano y jurémonos eterna hermandad recíprocamente, y entonces salgamos a matar a este falso traidor llamado Muerte. Por el esplendor divino, este asesino deberá morir antes de medianoche.

Los tres juntos dieron su palabra de honor de vivir o morir por los demás, como si se hubiese tratado de hermanos de la misma sangre. Entonces se levantaron, borrachos de ira, y se pusieron en camino hacia el pueblo del que el posadero había hablado. Durante todo el trecho fueron desmembrando el santo cuerpo de Jesús con sus infames juramentos. Darían muerte a la Muerte si podían ponerle la mano encima.


Geoffrey Chaucer (Inglaterra, 1343-1400).

domingo, 11 de octubre de 2020

Epidemias: LA PESTE EN FLORENCIA, de Gustave Flaubert


(Fragmento inicial del capítulo VI)

Florencia estaba de luto, pues sus hijos morían por la peste; después de un mes de reinar soberana en la ciudad, durante dos días aumentó su furia. El pueblo murió maldiciendo a Dios y a sus ministros, blasfemaron en su delirio, y en su lecho de angustia y dolor, si les quedaba una palabra, era una maldición. Y como el fin estaba próximo, se revolcaban riendo estúpidamente en el libertinaje y todo el lodo del vicio. Cuando se enfrenta tal desgracia en la existencia de un hombre, un dolor tan grande, una desesperación tan conmovedora, uno se abandona por el placer de insultar a aquel que nos hace sufrir, y lanza con desprecio su dignidad de hombre como una máscara de teatro, para entregarse al libertinaje más sucio, al vicio más degradante, y expira bebiendo al compás de la música. Es el ejecutado que decide emborracharse para enfrentar el suplicio.

¡Es entonces que los filósofos deben considerar al hombre, cuando hablan de su dignidad y del espíritu de las masas!

Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880).

sábado, 10 de octubre de 2020

Epidemias: ANTONINA, o LA CAÍDA DE ROMA, de Wilkie Collins

"... cuando la hambruna desembocaba velozmente en epidemia y muerte."

(Fragmento del capítulo XXI: Padre e hija)

Aunque a primera vista parece abandonada en la mañana que ahora nos ocupa, la casa de Numeriano no está deshabitada. En uno de los dormitorios, tendido en su lecho sin nadie que vele a su lado, yace el amo de la pequeña vivienda. Lo vimos por última vez mezclado con la hambrienta congregación de la Basílica de San Juan de Letrán, buscando aún a su hija en medio de la confusión causada por la distribución pública de alimentos durante la primera etapa de los infortunios que asolaban a Roma. Desde entonces, se ha afanado y ha sufrido mucho, y ahora han llegado al fin las horas de desvalida soledad tan constantemente temidas, el día tan diferido de la postración.

Desde los primeros períodos del asedio, cuando todo a su alrededor en la ciudad sufría cambios cada vez más terribles; cuando la hambruna desembocaba velozmente en epidemia y muerte; cuando las esperanzas y los propósitos humanos menguaban y desfallecían gradualmente con cada día transcurrido, sólo él permanecía fiel a una sola labor, animado por un solo objetivo; era el único de sus conciudadanos al que ningún suceso externo podía influir para bien o para mal, para hacerle concebir esperanzas o inspirarle temor.

En cada calle de Roma, a todas horas, en medio de cualquier clase de personas, se le veía constantemente enfrascado en la misma búsqueda sin esperanzas. Cuando la multitud irrumpió furiosa en los graneros públicos para hacerse por la fuerza de las últimas reservas de grano acaparadas para consumo de los ricos, él estaba a sus puertas observando a los que salían. Cuando manzanas de casas fueron abandonadas por todos menos los muertos, se le vio adentro, de ventana en ventana, buscando en cada habitación su tesoro perdido. Cuando algunos, en los primeros días de la peste, unieron sus esfuerzos en un vano intento por arrojar al otro lado de las majestuosas murallas los cuerpos que cubrían las calles de la ciudad, se mezcló con ellos para escudriñar los rígidos rostros de los muertos. En parajes solitarios, donde el padre que aún no había sido privado de sus afectos se esforzaba por llevar a su hijo agonizante para que no muriera en el camino desierto, sino al amparo de un techo; donde la esposa, fiel aún a sus deberes, recogía el último aliento de su esposo con muda desesperación, se le veía pasar y mirar a todos por un breve instante con ojos atentos y tristes. Pero fuera donde fuera, y viera lo que viera, ni pedía consuelo ni recababa ayuda. Marchaba adelante, como un peregrino en su senda solitaria, como un observador a quien nadie observara, en busca de una dádiva que sólo él anhelaba.

Cuando la hambruna comenzó a hacerse sentir en la ciudad, pareció no advertir su llegada; no hizo ningún esfuerzo por procurarse de antemano las provisiones que le garantizaran el sustento durante unos días; si asistió a las primeras distribuciones públicas de comida, fue para proseguir la búsqueda de su hija entre la multitud que lo rodeaba. Habría sido una de las primeras víctimas del hambre, de no haberse encontrado en su deambular solitario con algunos miembros de la congregación que su piedad y su elocuencia reunieran antaño.

Esas personas, a cuyas súplicas de que suspendiera su búsqueda sin esperanzas siempre respondía con el mismo rechazo firme y paciente, vigilaron atentamente sus pasos y proveyeron preocupados sus necesidades. Le llevaron invariablemente a la casa una ración de las provisiones que conseguían. Se acordaban de su maestro en su hora de aflicción, como lo reverenciaran en los días de su vigor; se afanaban tanto por preservar su vida como lo hicieran para sacar provecho de la instrucción que les brindaba; si antes lo escuchaban como discípulos, ahora lo atendían como hijos.

Pero estaba escrito que sobre esa, al igual que sobre todas los demás acciones dictadas por la bondad humana, el hambre ejerciera gradual e ineluctablemente su dominio. La provisión de alimentos reunida por la congregación disminuía considerablemente con cada día que pasaba. Cuando la peste hizo su tenebrosa aparición, el número de los que visitaban al afligido maestro en su hogar o de los que lo seguían por las calles lúgubres comenzó a decrecer fatalmente. Y entonces, cuando los comestibles que lo sostuvieran y la atención dedicada a él disminuyeron, las energías del infeliz padre, sometidas a tan dura prueba, comenzaron a disminuir cada vez con mayor rapidez.

Wilkie Collins (Inglaterra, 1824-1889).

(Traducida al español por Esther Pérez).

viernes, 9 de octubre de 2020

Epidemias: LA PESTE, de Marcel Schwob

"Me quedé en una habitación seca y polvorienta, tendido sobre un costal de paja..."

(Fragmento)

Recorrimos los caminos de Padua a Verona, luego regresamos a Padua para abastecernos de más lana, y continuamos nuestro viaje hasta Venecia. De allí, cruzamos el mar, entramos en Eslavonia, visitamos bellas ciudades y llegamos hasta los límites de Croacia. En Buda me enfermé de fiebre y Mateo me dejó solo en el hostal, con doce ducados, y volvió a Florencia, donde lo requerían ciertos negocios, y donde se suponía que debía encontrarme con él. Me quedé en una habitación seca y polvorienta, tendido sobre un costal de paja, sin médico, y con la puerta abierta a la taberna. La noche de San Martín, llegó una compañía de pífanos y flautistas, y con ella, unos quince o dieciséis soldados venecianos y tudescos. Después de beber una buena cantidad de jarros, aplastar las tazas de estaño y arrojar los cántaros contra la pared, comenzaron a bailar al son de un pífano. Sus caras rojas y regordetas pasaron delante de mi puerta, y, cuando me vieron recostado sobre el costal, decidieron arrastrarme por la taberna, gritando «¡Oh bebes, o mueres!», tras lo cual me lanzaron al aire repetidas veces con la manta, mientras la fiebre me martillaba la cabeza, y terminaron por meterme en el costal y cerrarme la abertura alrededor del cuello.

Sudé mucho, por lo qué, sin duda, me bajó la fiebre, aunque aún ardía en cólera. Tenía los brazos trabados y me habían quitado el alfanje, con el cual me hubiera arrojado sobre los soldados, incluso cubierto de paja. Pero en la cintura, debajo de las calzas, tenía un cuchillo corto envainado; logré deslizar la mano y con él pude cortar la tela del costal.

Quizá la fiebre aún me enardecía la cabeza, pero el recuerdo de la peste que habíamos dejado atrás en Florencia, y que luego se expandió por Eslavonia, se unió en mi mente a una idea que me había hecho del rostro de Sila, el dictador latino del que habla Cicerón. Según decían los atenienses, el dictador parecía una mora espolvoreada de harina. Decidí aterrorizar a los soldados venecianos y tudescos, y como estaba en medio de un cuartucho donde el hotelero guardaba sus provisiones y las frutas en conserva, rompí rápidamente un saco de harina de maíz. Me froté el rostro con el polvo, y cuando adquirí un color entre amarillo y blanco, me hice una pequeña herida en el brazo con el cuchillo y me embadurné con sangre para manchar la capa de harina en forma irregular.

Luego esperé en el costal y esperé a la banda de borrachos. Por fin llegaron, riéndose y tambaleándose; en cuanto me vieron la cara blanca y sangrienta empeza- ron a chocarse entre ellos y a gritar: «¡La peste, la peste!».

No había recuperado las armas, y el hostal ya estaba vacío. Me sentía curado, gracias a la transpiración que me causaron aquellos rufianes, así que emprendía el viaje a Florencia, donde debía reunirme con Mateo.

Lo encontré vagando por la campiña florentina, y muy maltrecho. No se atrevía a entrar en la ciudad, pues la peste seguía causando estragos. Cambiamos de rumbo y nos dirigimos, en nuestra búsqueda de fortuna, hacia los estados del papa Gregorio.


Marcel Schwob (Francia, 1867-1905).

jueves, 8 de octubre de 2020

Epidemias: EL DECAMERÓN, de Giovanni Boccaccio


"... un grupo de jóvenes se las arreglan, sin embargo para fugar hacia lo imaginario, recluyéndose en una quinta a contar cuentos."

Desde la primera vez que leí el Decamerón, en mi juventud, pensé que la situación inicial que presenta el libro, antes de que comiencen los cuentos, es esencialmente teatral: atrapados en una ciudad atacada por la peste de la que no pueden huir, un grupo de jóvenes se las arreglan sin embargo para fugar hacia lo imaginario, recluyéndose en una quinta a contar cuentos. Enfrentados a una realidad intolerable, siete muchachas y tres varones consiguen escapar de ella mediante la fantasía, transportándose a un mundo hecho de historias que se cuentan unos a otros y que los llevan de esa lastimosa realidad a otra, de palabras y sueños, donde quedan inmunizados contra la pestilencia.

¿No es esta situación el símbolo mismo de la razón de ser de la literatura? ¿No vivimos los seres humanos desde la noche de los tiempos inventando historias para combatir de este modo, inconscientemente muchas veces, una realidad que nos agobia y resulta insuficiente para colmar nuestros deseos?

Mario Vargas Llosa
Párrafos iniciales de Bocaccio en escena
(Publicado en Letras Libres el 20 de Mayo de 2014).



(Fragmento de la Jornada Primera)

Y digo, pues, que los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios habían llegado a mil trescientos cuarenta y ocho, cuando en la egregia ciudad de Florencia, espléndida entre todas las de Italia, sobrevino la mortífera peste. La cual, por obra de cuerpos celestes o por nuestros inicuos actos, la justa ira de Dios envió sobre los mortales, y fue originada unos años atrás en las partes de Oriente, donde arrebató una innumerable cantidad de vidas, y desde allí, sin detenerse, prosiguió devastadora hacia el Occidente, extendiéndose pavorosamente.

No valía entonces ninguna previsión ni providencia humana, como limpiar la ciudad por operarios nombrados para tal caso, ni prohibir que algún enfermo entrara en la población, ni dar muchos consejos para conservar la salud, ni hacer, no uno, sino muchos actos píos invocando a Dios, en procesiones ordenadas y de otras maneras, por las personas devotas.

En todo caso, al iniciarse la primavera del año anterior, comenzó la peste sus horribles efectos, apareciendo de una manera casi milagrosa. Pero no ocurría como en Oriente, donde el verter sangre de la nariz era signo de muerte inmediata, sino que aquí, al empezar la enfermedad, salíanles a las hembras y a los varones unas hinchazones en las ingles y los sobacos que a veces alcanzaban el tamaño de una manzana común, o bien como un huevo, unas más mayores que otras. Vulgarmente se las denominaba bubas. Las mortíferas inflamaciones iban surgiendo por todas partes del cuerpo en poco tiempo, y seguidamente se convertían en manchas negras o lívidas que surgían en brazos, piernas y demás partes del cuerpo, grandes y diseminadas, o apretadas y pequeñas. Y así como el bubón primitivo era signo, y aún lo es, de muerte inmediata, también éranlo esas manchas. Para curar tal enfermedad no parecían servir el consejo de los médicos ni el mérito de medicina alguna, ya porque la naturaleza del mal no lo consentía, o bien, a causa de la ignorancia de los médicos (cuyo número, aparte del de los hombres de ciencia, habíase hecho grandísimo, entre hombres y mujeres carentes de todo conocimiento de Medicina), haciendo que escapase el origen del daño y el modo de tratarlo. Y así, no sólo eran raros los que se curaban, sino que casi todos, al tercer día de la aparición de los antedichos signos, cuando no antes o algo después, morían sin fiebre alguna ni otro accidente. Esta peste cobró una gran fuerza; los enfermos la transmitían a los sanos al relacionarse con ellos, como ocurre con el fuego a las ramas secas, cuando se les acerca mucho. Y el mal siguió aumentando hasta el extremo de que no sólo el hablar o tratar con los enfermos contagiaba enfermedad a los sanos, y generalmente muerte, sino que el contacto con las ropas, o con cualquier objeto sobado o manipulado por los enfermos, transmitía la dolencia al sano. Maravilloso sería creer lo que afirmo, si los ojos de muchos, y los míos propios, no lo hubieran visto, de manera que yo no osaría creerlo, y menos escribirlo, si mucha gente digna de fe no lo hubiese visto u oído.

Giovanni Boccaccio (Italia, 1313-1375).

Las ilustraciones corresponden a El Decamerón (1916), de John William Waterhouse,
y a una recreación fotográfica actual del mismo cuadro.

miércoles, 7 de octubre de 2020

Epidemias: IMPRESIONES DE VIAJE, de Alexandre Dumas

"... una antigua tradición popular designa ser a la que Boccaccio se retiró durante la peste de Florencia..."

(Fragmento de La Villa Palmieri)

Delante de la iglesia de Santo Domingo encontramos nuestro carruaje, que había descendido despacio por el camino de la Nobleza, y que nos aguardaba a la sombra del pórtico. En un instante estuvimos en la villa Palmieri, residencia encantadora que una antigua tradición popular designa ser a la que Boccaccio se retiró durante la peste de Florencia con aquel brillante séquito de apuestos caballeros y bellas damas, que había encontrado en la iglesia de Santa María la Nueva de Florencia, y los que unos después de otros, bajo apacibles sombras, contaban las picantes novelas del Decamerón.

Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870).

(Traducido al español por Don José Muñoz y Gaviria).

martes, 6 de octubre de 2020

Epidemias: DIVINA COMEDIA, de Dante Alighieri


Canto XXIX

(Fragmento)

Yo no creo que ver mayor tristeza
en Egina* pudiera el pueblo enfermo,
cuando se llenó el aire de ponzoña,

pues, hasta el gusanillo, perecieron
los animales; y la antigua gente,
según que los poetas aseguran,

se engendró de la estirpe de la hormiga;
como era viendo por el valle oscuro
languidecer las almas a montones.

Cuál sobre el vientre y cuál sobre la espalda,
yacía uno del otro, y como a gatas,
por el triste sendero caminaban.

Muy lentamente, sin hablar, marchábamos,
mirando y escuchando a los enfermos,
que levantar sus cuerpos no podían.


Dante Alighieri (Italia, 1265-1321).

* Lo refiere Ovidio en su Metamorfosis: La diosa Juno, celosa de la hija de Eaco, rey de Egina, decidió castigar la isla con una epidemia de peste que flageló a todos sus habitantes, y sólo el rey logró sobrevivir. Entonces éste le suplicó a Júpiter que repoblara su reino convirtiendo en hombres a las hormigas, a lo que el dios accedió.

La ilustración corresponde al Canto XXIX de la Divina Comedia por Gustave Doré.

lunes, 5 de octubre de 2020

Epidemias: MEMORIAS DE ULTRA- TUMBA, de René de Chateaubriand

"... a encrucijadas, cuyo suelo estaba cubierto de enfermos y moribundos tendidos en colchones..."

Pestes

(Fragmento)

En la época de la peste de Atenas, el año 431 antes de nuestra era, habían ya asolado al mundo veinte y dos grandes pestes. Los atenienses se figuraron que habían sido envenenados los pozos; figuración popular renovada en todos los contagios. Tucícides nos ha dejado una descripción del azote de Ática, copiada entre los antiguos por Lucrecio, Ovidio, Virgilio, Lucano, y entre los modernos por Boccaccio y Manzoni. Es digno de notarse que con motivo de la peste de Atenas no habla Tucídides una palabra de Hipócrates, así como tampoco nombra a Sócrates hablando de Alcibiades. Aquella peste atacaba primero a la cabeza, bajaba al estómago, de allí a las entrañas, y por último a las piernas: si salía por los pies, después de haber recorrido todo el cuerpo como una larga serpiente, se sanaba. Hipócrates le llamó el mal divino, y Tucídides el fuego sagrado; ambos lo miraron como el fuego de la cólera celeste.

Una de las pestes más espantosas fue la de Constantinopla en el siglo V, bajo el reinado de Justiniano. El cristianismo había modificado ya la imaginación de los pueblos y dado nuevo carácter a una calamidad, así como había cambiado la poesía: los enfermos creían ver vagar espectros alrededor de ellos y oír voces amena- zadoras.

La peste negra del siglo XIV, conocida con el nombre de la muerte negra, tuvo su origen en la China: se creía que corría bajo la forma de un vapor de fuego, esparciendo un olor pestífero. Se llevó las cuatro quintas partes de los habitantes de Europa.

En 1575 cayó sobre Milán el contagio que hizo inmortal la caridad de San Carlos Borromeo. Cincuenta años después, en 1629, aquella infortunada ciudad fue nuevamente visitada por las calamidades de que Manzoni ha hecho una pintura muy superior al cuadro de Boccaccio.

En 1660 se renovó el azote en Europa, y en estas dos pestes, de 1629 y 1660, se reprodujeron los mismos síntomas de delirio de la peste de Constantinopla.

«Marsella -dice M. Lemontey- salía en 1720 del seno de las fiestas que habían señalado el paso de la señorita de Valois, casada con el duque de Módena. Al lado de aquellas galeras, adornadas todavía de guirnaldas y cargadas de músicos, flotaban algunos buques que traían de Siria la calamidad más terrible.»

El buque fatal de que habla M. Lemontey presentó una patente limpia, y fue admitido por un momento a plática. Ese momento bastó para infestar la atmósfera; una tempestad acrecentó el mal, y se difundió la peste entre truenos.

Se cerraron las puertas de la ciudad y las ventanas de las casas. En medio del silencio general se oía de vez en cuando abrirse una ventana y caer un cadáver: las paredes se manchaban con su sangre gangrenada, y los perros sin dueño lo aguardaban abajo para devorarlo. En un barrio en el que habían perecido todos sus habitantes fueron tapiados a domicilio, como para impedir a la muerte que saliese. De esas calles de grandes sepulcros de familias se pasaba a encrucijadas, cuyo suelo estaba cubierto de enfermos y moribundos tendidos en colchones y abandonados sin socorro. Esqueletos medio podridos yacían al lado de viejos harapos manchados de barro: otros cuerpos permanecían de pie, apoyados contra las paredes, en la misma actitud en que los había sorprendido la muerte. 

(…)

Cuando el contagio comenzó a ceder, M. de Belzunce, al frente de su clero, se trasladó a la iglesia de los Accoules: subido sobre una explanada, desde donde se veía a Marsella, los campos, los muertos y el mar, dio la bendición, como el Papa en Roma bendice la ciudad y el mundo. ¿Qué mano más poderosa ni más pura podía hacer bajar sobre tantas desgracias las bendiciones del cielo?


François René vizconde de Chateaubriand (Francia, 1768-1848).

La ilustración corresponde a La devoción de monseñor de Belzunce durante la peste de Marsella en 1720,
de Nicolas André Monsiau.

domingo, 4 de octubre de 2020

Epidemias: LA ENÉIDA, de Virgilio

"Nuestros marineros claman a porfía (…) que lleguemos a Creta, cuna de nuestros antepasados..."

(Fragmento del Tercer Libro)

En alas de la fama llegan a nuestros oídos nuevas de que el caudillo Idomeneo, arrojado del reino de sus padres, ha huido, dejando desamparadas las playas de Creta; de que sus moradas están libres de enemigos, y de que allí nos esperan habitaciones abandonadas. Salimos del puerto de Ortigia, y volando por el piélago, dejamos atrás a Naxos con sus collados cubiertos de bacantes, a la verde Donusa, a Olearo y a la blanca Paros; las Cícladas, esparcidas por el mar y una multitud de estrechos y de lenguas de tierra. Nuestros marineros claman a porfía, encareciendo unos con otros sus deseos, de que lleguemos a Creta, cuna de nuestros antepasados; y favorecidos del viento, que se levantó a popa, llegamos en fin prósperamente a las playas de los antiguos Curetes. Al punto, llevado de mi impaciencia, hago empezar a construir los muros de la anhelada ciudad, a la que pongo por nombre Pérgamo, exhortando a mi gente, entusiasmada de aquella denominación troyana, a que ame sus nuevos hogares y levante al punto una fortaleza. Ya habíamos sacado a la seca playa casi todas nuestras naves; ya nuestra juventud celebraba fiestas nupciales y atendía al cultivo de nuestros nuevos campos; yo empezaba a darles leyes y viviendas, cuando de repente sobrevino un año de horrible peste, producida por la corrupción del aire, mortífera para los hombres, los árboles y los sembrados. Los que no perdían la dulce vida, la arrastraban entre crueles enfermedades; pasaba esto en la estación en que Sirio abrasa con sus rayos los campos esterilizados; las yerbas estaban secas, y las mieses, agostadas, negaban todo sustento. Entonces mi padre me exhortó a que, cruzando el mar, fuese a consultar segunda vez el oráculo de Febo en su templo de Ortigia, y a implorar su clemencia, preguntándole qué término tiene señalado a nuestras cansadas peregrinaciones, de dónde nos manda que probemos a sacar remedio a nuestros trabajos, adónde en fin, hemos de enderezar el rumbo.


Publio Virgilio Marón: Publius Virgilius Maro (Imperio romano, 70 a. de C.-19 a. de C.)

(Traducido al español por Eugenio de Ochoa).

sábado, 3 de octubre de 2020

Epidemias: EDIPO REY, de Sófocles

"Un dios que trae el fuego abrasador de las fiebres, la execrable Peste, se ha adueñado de la ciudad..."

(Parlamento inicial)

La acción transcurre en Tebas, ante el palacio de Edipo. En el centro, un altar con varios escalones. Un grupo numeroso de tebanos, de toda edad y condición social, arrodillados, que han depositado ramas laurel y olivo adornadas con cintas blancas, se hallan en círculo, y en el centro de éste, el gran sacerdote de Zeus.

Edipo sale del palacio; se detiene un momento en el umbral, contempla a la multitud y empieza a hablar:

¡Hijos míos, nuevos vástagos del antiguo Cadmo!, ¿Qué tenéis que impetrar de mí, cuando venís a esta audiencia con ramos de suplicantes? Nuestra ciudad está saturada del humo del incienso, así como de ayes y lamentos. Por eso, hijos míos, he creído preferible informarme por mí mismo, y no por mensajeros, y con este fin he querido presentarme aquí yo mismo, Edipo, cuyo nombre es celebrado por todos los labios. «Vamos, habla tú, anciano, puesto que por tu edad eres el más indicado para explicarte por ellos. ¿Por qué esa actitud? ¿Con qué fin os habéis congregado aquí? ¿Qué teméis o qué deseáis? Heme aquí dispuesto a ayudaros en todo, ya que tendría que ser insensible al dolor si no me conmoviesen tal concurrencia y vuestra actitud suplicante.

Sacerdote: Pues bien, ¡Oh Edipo!, rey de nuestra patria, ya ves que somos suplicantes de todas las edades, agrupados en torno de las aras de tu palacio. Unos no tienen aún fuerza para volar lejos del nido; otros, sacerdotes como yo lo soy de Zeus, abrumados por los años; éstos se cuentan entre lo más florido de nuestra juventud, mientras el resto del pueblo, coronado con las ramas de los suplicantes, se apiña en el Ágora, en torno de los dos templos consagrados a Palas y junto a las cenizas proféticas del divino Ismeno. «Tebas, como tú mismo lo estás viendo, se halla profundamente consternada por la desgracia; no puede levantar la cabeza del abismo mortífero en que está sumida. Los brotes fructíferos de la tierra se secan en los campos; perecen los rebaños que pacen en los pastizales; se despuebla con la esterilidad de sus mujeres. Un dios que trae el fuego abrasador de las fiebres, la execrable Peste, se ha adueñado de la ciudad, y va dejando exhausta de hombres la mansión de Cadmo, mientras las sombras del Hades desbordan de llantos y de gemidos. Ciertamente ni estos jóvenes ni yo, apiñados en torno de tus lares, pretendemos igualarte con los dioses; pero te reconocemos como el primero de los mortales para socorrernos en la desgracia que se cierne sobre nuestras vidas y para obtener el auxilio de los dioses. Pues fuiste tú, cuando viniste a esta ciudad de Cadmo, quien nos libraste del tributo que pagábamos a la implacable Esfinge, y esto lo hiciste sin haber sido informado por nosotros ni haber recibido ninguna instrucción. Tebas piensa y proclama que sólo con la ayuda de alguna divinidad conseguiste enderezar el rumbo de nuestra vida. Hoy, pues, poderoso Edipo, a ti vuelven sus ojos todos estos suplicantes que te ruegan halles remedio a sus males, bien porque hayas oído la voz de algún dios, bien porque te hayas aconsejado de algún mortal, pues sé que los consejos de los hombres de experiencia ejercen una feliz influencia en los acontecimientos. «¡Ea, oh tú, el mejor de los mortales, salva a esta ciudad! ¡Vamos!, recuerda que si esta tierra hoy te proclama su salvador, es en atención a tu celo pasado. Que tu reino no nos deje jamás el recuerdo de haber sido puestos a flote, para después volver a caer en el abismo. Levanta, pues, esta ciudad con firme solidez. Tiempo atrás, felices auspicios te hicieron hallar para nosotros una suerte favorable; sé hoy semejante a lo que fuiste entonces. Si, en efecto, has de continuar rigiendo esta tierra, será más confortador reinar sobre hombres que regir un país sin habitantes. De nada sirven navíos y fortalezas tan pronto como los hombres han desertado de ellos.

Sófocles (Grecia, 496 a. de C.-406 a. de C.)

viernes, 2 de octubre de 2020

Epidemias: EPOPEYA DE GILGAMESH, poema babilonio

"En vez de decretar el diluvio, hubiera surgido una epidemia que azotara el país."

(Fragmento de la tablilla XI: Narración de la historia del diluvio)

Ea tomó la palabra y dijo,
dirigiéndose a Enlil:
Tú, sabio entre los dioses,
el Valeroso,
¿cómo no pediste consejo
para imponer el diluvio?
Impón al culpable una pena,
impón un castigo al criminal.
Perdona, no destruyas,
sé generoso...
En vez de decretar el diluvio,
hubieran surgido leones
que redujeran el número de gente.
En vez de decretar el diluvio,
hubieran surgido lobos
que redujeran el número de gente.
En vez de decretar el diluvio,
hubiera habido una hambruna
para debilitar al país.
En vez de decretar el diluvio,
hubiera surgido una epidemia
que azotara al país.
Yo no develé el secreto
de los grandes dioses;
yo sólo induje un sueño a Atráhasis,
y él oyó el secreto de los dioses.


Poema épico anónimo
Traducido al español directo de la lengua acadia por Jorge Silva Castllo.

jueves, 1 de octubre de 2020

Epidemias: LA ILÍADA, de Homero


Canto I: La peste y la cólera

(Fragmento inicial)

Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves -cumplíase la voluntad de Zeus- desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.

¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que pelearan? El hijo de Leto y de Zeus. Airado con el rey, suscitó en el ejército maligna peste, y los hombres perecían por el ultraje que el Atrida infiriera al sacerdote Crises. Éste, deseando redimir a su hija, se había presentado en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas de Apolo, el que hiere de lejos, que pendían de áureo cetro, en la mano; y a todos los aqueos, y particularmente a los dos Atridas, caudillos de pueblos, así les suplicaba:

- ¡Atridas y demás aqueos de hermosas grebas! Los dioses, que poseen olímpicos palacios, os permitan destruir la ciudad de Príamo y regresar felizmente a la patria! Poned en libertad a mi hija y recibid el rescate, venerando al hijo de Zeus, a Apolo, el que hiere de lejos.

Todos los aqueos aprobaron a voces que se respetara al sacerdote y se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, a quien no plugo el acuerdo, le despidió de mal modo y con altaneras voces:

- No dé yo contigo, anciano, cerca de las cóncavas naves, ya porque ahora demores tu partida, ya porque vuelvas luego, pues quizás no te valgan el cetro y las ínfulas del dios. A aquélla no la soltaré; antes le sobrevendrá la vejez en mi casa, en Argos, lejos de su patria, trabajando en el telar y aderezando mi lecho. Pero vete; no me irrites, para que puedas irte más sano y salvo.

Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. Fuese en silencio por la orilla del estruendoso mar; y, mientras se alejaba, dirigía muchos ruegos al soberano Apolo, a quien parió Leto, la de hermosa cabellera:

- ¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila, a imperas en Ténedos poderosamente! ¡Oh Esminteo! Si alguna vez adorné tu gracioso templo o quemé en tu honor pingües muslos de toros o de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen los dánaos mis lágrimas con tus flechas!

Así dijo rogando. Oyóle Febo Apolo e, irritado en su corazón, descendió de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del enojado dios, cuando comenzó a moverse. Iba parecido a la noche. Sentóse lejos de las naves, tiró una flecha y el arco de plata dio un terrible chasquido. Al principio el dios disparaba contra los mulos y los ágiles perros; mas luego dirigió sus amargas saetas a los hombres, y continuamente ardían muchas piras de cadáveres.

Durante nueve días volaron por el ejército las flechas del dios. En el décimo, Aquiles convocó al pueblo al ágora: se lo puso en el corazón Hera, la diosa de los níveos brazos, que se interesaba por los dánaos, a quienes veía morir. Acudieron éstos y, una vez reunidos, Aquiles, el de los pies ligeros, se levantó y dijo:

- ¡ Atrida! Creo que tendremos que volver atrás, yendo otra vez errantes, si escapamos de la muerte; pues, si no, la guerra y la peste unidas acabarán con los aqueos. Mas, ea, consultemos a un adivino, sacerdote o intérprete de sueños -pues también el sueño procede de Zeus-, para que nos diga por qué se irritó tanto Febo Apolo: si está quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, y si quemando en su obsequio grasa de corderos y de cabras escogidas, querrá libramos de la peste.

Cuando así hubo hablado, se sentó. Levantóse entre ellos Calcante Testórida, el mejor de los augures -conocía lo presente, lo futuro y lo pasado, y había guiado las naves aqueas hasta Ilio por medio del arte adivinatoria que le diera Febo Apolo-, y benévolo los arengó diciendo:

- ¡Oh Aquiles, caro a Zeus! Mándaseme explicar la cólera de Apolo, del dios que hiere de lejos. Pues bien, hablaré; pero antes declara y jura que estás pronto a defenderme de palabra y de obra, pues temo irritar a un varón que goza de gran poder entre los argivos todos y es obedecido por los aqueos. Un rey es más poderoso que el inferior contra quien se enoja; y, si bien en el mismo día refrena su ira, guarda luego rencor hasta que logra ejecutarlo en el pecho de aquél. Dime, pues, si me salvarás.

Y contestándole, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:

- Manifiesta, deponiendo todo temor, el vaticinio que sabes; pues ¡por Apolo, caro a Zeus; a quien tú, Calcante, invocas siempre que revelas oráculos a los dánaos!, ninguno de ellos pondrá en ti sus pesadas manos, cerca de las cóncavas naves, mientras yo viva y vea la luz acá en la tierra, aunque hablares de Agamenón, que al presente se jacta de ser en mucho el más poderoso de todos los aqueos.

Entonces cobró ánimo y dijo el eximio vate:

- No está el dios quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, sino a causa del ultraje que Agamenón ha inferido al sacerdote, a quien no devolvió la hija ni admitió el rescate. Por esto el que hiere de lejos nos causó males y todavía nos causará otros. Y no librará a los dánaos de la odiosa peste, hasta que sea restituida a su padre, sin premio ni rescate, la joven de ojos vivos, y llevemos a Crisa una sagrada hecatombe. Cuando así le hayamos aplacado, renacerá nuestra esperanza.


Homero (Grecia, siglo VIII a. de C.)