Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

sábado, 1 de diciembre de 2012

Páginas ajenas: LA SILLA DEL ÁGUILA, de Carlos Fuentes


(Fragmento que refiere el final de un sexenio)

Carta del expresidente César León a Tácito de la Canal

Piénsalo, Calígula, y decídete a cambiar de piel antes de que te la arranquen. Para desollados, El Xipe Totec del Museo de Antropología. Cada seis años hay que cambiar de lealtades, de esposas (bueno, de querida en tu caso), de convicciones. Prepárate mi leal amigo. Prepárate. Tú nomás mantén una ilusión:
- Esta noche dormiré en la cama del vencido.
Lo malo es que si llegas a ese lecho, vas a dormir debajo del colchón. Porque encima estaré yo. No lo dudes.

Augusto

Posdata: ¡Cómo odio los sexenios! Son como como un pastel dividido en rebanadas que no puedes terminar de comer cuando de veraste entra el gusto.


Carlos Fuentes (México, 1928-2012)

La ilustración corresponde a la portada de La silla del águila,
publicada por Editorial Alfaguara como parte de su colección Biblioteca Carlos Fuentes:

viernes, 30 de noviembre de 2012

De los diarios de Franz Kafka: 30 de noviembre


(30 de Noviembre de 1914; mientras escribía El proceso)

«No puedo seguir escribiendo. He llegado al límite definitivo en el que tendré que permanecer otra vez muchos años, luego comenzaré, a lo mejor, otra historia, que probablemente también quedará inconclusa. Este destino me persigue. También estoy frío y confuso, sólo me ha quedado el amor senil a la completa tranquilidad. Y como un animal cualquiera apartado del hombre vuelvo a balancear el cuello y quisiera intentar conseguir de nuevo a F durante el tiempo intermedio. Realmente lo volveré a intentar, si las náuseas que me causo a mí mismo no me lo impiden»

Franz Kafka (Escritor checo en lengua alemana, 1883-1924)

jueves, 29 de noviembre de 2012

Páginas ajenas: EN LAS LLUVIOSAS TARDES DE NOVIEMBRE..., de Andrés Trapiello


En las lluviosas tardes de noviembre
de pesadumbre llenas,
con un libro de románticas rimas
que habla de hojas secas
me siento a ver el fuego
junto a la chimenea.
En esas cortas tardes otoñales,
poca la luz de perla
en el salón, a solas, sin testigo,
las cosas se sombrean
con azulado tedio
de indefinible esencia.
¡Veladas de borroso calendario
y avara somnolencia,
de vacíos laureles y jardines,
agrias tardes eternas
que tienen del olvido
la misteriosa rueca!


Andrés Trapiello (España, 1953)

martes, 13 de noviembre de 2012

VESTIGIO (del poemario Mitología del olvido)


Aquí yacen en silencio, bajo montones de piedras,
pulsiones derramadas con el último delirio;
al final, los sueños serán ceniza
como los hombres que los soñaron.

Largas fueron las auroras, breve el ocaso,
infinito el cielo sin estrellas
oscuridad sin tiempo, voluntad traicionada,
habremos de morir cuando se haya agotado el amor
y no alcancemos a escuchar su voz,
su eco será el lamento de los días
confundido entre las huellas que deje el viento.

Un ángel de polvo cubrirá los nombres,
mantendrá en secreto palabras dichas
y el ansia malograda de las que debieron decirse.
La vida llega desnuda, también se irá desnuda,
el deseo y la muerte son una misma paradoja.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a una fotografía de Onkel Wart.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Páginas ajenas: SÓLO LA MUERTE, de Pablo Neruda


Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel del alma.

Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
como un sonido puro,
como un ladrido de perro,
saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.

Yo veo, solo, a veces,
ataúdes a vela
zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas,
con panaderos blancos como ángeles,
con niñas pensativas casadas con notarios,
ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,
el río morado,
hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte,
hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.

A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,
llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,
llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.
Sin embargo sus pasos suenan
y su vestido suena, callado como un árbol.

Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra,
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.

Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
lame el suelo buscando difuntos;
la muerte está en la escoba,
en la lengua de la muerte buscando muertos,
es la aguja de la muerte buscando hilo.

La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.


Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973)

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Páginas ajenas: EL SEÑOR PRESIDENTE, de Miguel Ángel Asturias


(Fragmento del capítulo IV: Cara de ángel,
en el que se hace referencia a los fieles difuntos)

Los árboles se cubrían de zopilotes ya para salir del barranco y el miedo, más fuerte que el dolor, hizo callar al Pelele; entre tirabuzón y erizo encogióse en un silencio de muerte.

El viento corría ligero por la planicie, soplaba de la ciudad al campo, hilado, amable, familiar...

El aparecido consultó su reloj y se marchó deprisa, después de echar al herido unas cuantas monedas en el bolsillo y despedirse del leñador afablemente.

El cielo, sin una nube, brillaba espléndido. Al campo asomaba el arrabal con luces eléctricas encendidas como fósforos en un teatro a oscuras. Las arboledas culebreantes surgían de las tinieblas junto a las primeras moradas: casuchas de Iodo con olor de rastrojo, barracas de madera con olor de ladino, caserones de zaguán sórdido, hediendo a caballeriza, y posadas en las que era clásica la venta de zacate, la moza con traido en el Castillo de Matamoros y la tertulia de arrieros en la oscuridad.

El leñador abandonó al herido al llegar a las primeras casas; todavía le dijo por dónde se iba al hospital. El Pelele entreabrió los párpados en busca de alivio, de algo que le quitara el hipo; pero su mirada de moribundo, fija como espina, clavó su ruego en las puertas cerradas de la calle desierta. Remotamente se oían clarines, sumisión de pueblo nómada, y campanas que decían por los fieles difuntos de tres en tres toques trémulos: ¡Lás-tima!... ¡Lás-tima!... ¡Lás-tima!...

Un zopilote que se arrastraba por la sombra lo asustó. La queja rencorosa del animal quebrado de un ala era para él una amenaza. Y poco a poco se fue de allí, poco a poco, apoyándose en los muros, en el temblor inmóvil de los muros, quejido y quejido, sin saber adónde, con el viento en la cara, el viento que mordía hielo para soplar de noche. El hipo lo picoteaba...


Miguel Ángel Asturias (Guatemala, 1899-1974)

La ilustración corresponde a una fotografía antigua de la calle del santuario, en Gutemala.

martes, 6 de noviembre de 2012

Páginas ajenas: VELAS, de Constantino Cavafis


Los días futuros se yerguen ante nosotros
como una hilera de pequeñas velas encendidas,
iluminadas, tibias, vivas.

Quedan atrás los días pasados:
una triste línea de velas consumidas;
aún humean las más cercanas.
Velas frías, derretidas, deformes.
No las quiero ver, me entristecen sus formas
y me aflije el recuerdo de su primera luz.
Veo hacia adelante, a mis velas encendidas.
No quiero tornar al pasado,
no quiero estremecerme al verlo.

Qué rápido se alarga la línea sombría;
cuán pronto se multiplican las velas extintas.


Constantino Cavafis (Grecia, 1863-1933)

Cavafis escribió este poema en agosto de 1893 con el título de Años fugaces.
Luego de su publicación los lectores prefirieron denominarlo Velas
y a él se le conoció desde entonces como "el poeta de las velas". 

(Traducido del griego por Cayetano Cantú)

viernes, 26 de octubre de 2012

Páginas ajenas: LA CARICIA PERDIDA, de Alfonsina Storni



Se me va de los dedos la caricia sin causa,
se me va de los dedos... En el viento, al rodar,
la caricia que vaga sin destino ni objeto,
la caricia perdida, ¿quién la recogerá?

Pude amar esta noche con piedad infinita,
pude amar al primero que acertara a llegar.
Nadie llega. Están solos los floridos senderos.
La caricia perdida rodará... rodará...

Si en los ojos te besan esta noche, viajero,
si estremece las ramas un dulce suspirar,
si te oprime los dedos una mano pequeña
que te toma y te deja, que te logra y se va,

si no ves esa mano ni la boca que besa,
si es el aire quien teje la ilusión de llamar,
oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos,
en el viento fundida ¿me reconocerás?
 
 
Alfonsina Storni (Argentina nacida en Suiza, 1892-1938)

jueves, 25 de octubre de 2012

ALFONSINA STORNI (1892-1938): Es un soplo la vida

 
Por la blanda arena que lame el mar
su pequeña huella no vuelve más...
 
Alfonsina Storni murió un 25 de octubre...
 
Muchas veces, Alfonsina, me he preguntado: ¿Cuándo se mueren los poetas? ¿al decidir que ya expresaron todo lo que tenían que decir o al tomar conciencia de que su sensibilidad contrasta con la banalidad del mundo? O, tal vez, al ver a la realidad reflejarse en el espejo de su propia crueldad. ¿Por éso se suicidan los poetas? Como Sylvia Plath, por el abandono amoroso; como Yukio Mishima por su concepto -tan japonés- del honor; por el fracaso literario que no fue capaz de soportar Vladimir Maiakovski ("Lo difícil no es morir, sino seguir viviendo"); por intoxicación alcohólica como Dylan Thomas, Serguéi Esenin o Malcolm Lowry; mejor aún, como Cesare Pavese ("Vendrá la muerte y tendrá tus ojos..."), por la imposibilidad de vivir. O como tú, Alfonsina, para cortar de una vez el sufrimiento.
 
Un sendero de pena y silencio
llegó hasta el agua profunda...
 
Para esos poetas, lo dijo Ciorán: "Todo ha sido posible, salvo su vida." Pero ¿cómo mueren los poetas suicidas? Gabriel Ferrater cuando tenía treinta años, amenazó que nunca llegaría a los cincuenta y uno. Cumplió su palabra. Se asfixió atándose una bolsa de plástico en la cabeza antes de que eso sucediera. La poeta austríaca Ingeborg Bachmann, hizo realidad el viejo deseo -tan poético, habría que subrayarlo-, de una cama en llamas, pero no por las pasiones amorosas, sino que se quemó viva prendiéndole fuego. Un borracho encontró el cadáver de Gérard de Nerval ("Hoy no me esperes, porque la noche será blanca y negra..."), cubierto de nieve, luego de que se había ahorcado colgándose de una reja en un callejón de París. Paul Celán se arrojó al río Sena, Hart Crane saltó de la cubierta del buque Orizaba y su cadáver jamás fue encontrado en las aguas del Atlántico ("En la borda, el sabor a salitre/ me llama a ser océano./ Valoro la distancia/ y alzo el vuelo.") y tú, Alfonsina, simplemente te fuiste a perder en el mar.
 
Un sendero sólo de penas mudas
llegó hasta la espuma.
 
Y ¿qué cantan los poetas cuando van a morir? Georg Trakl había dicho: "No he vivido, lo sé.../ Tan sólo he muerto", y en su poema póstumo se lamentaba: "La llama ardiente del espíritu nutre ahora un tremendo dolor: ... los nietos nonatos." José Agustín Goytisolo escribió: "Ocurrió que fue siempre un solitario/ ocurrió que la vida dejó de interesarle." Anne Sexton en El Deseo de Morir aseguraba: "Los suicidas traicionan al cuerpo de antemano." Alejandra Pizarnik en su carta póstuma a Antonio Beneyto terminaba escribiendo: "Y aquí te dejo para ir a despachar la carta a un correo lejano que no cierra por la noche." Y también tú, Alfonsina, en un poema premonitorio lo advertías:
 
"Un día estaré muerta, blanca como la nieve,
dulce como los sueños en la tarde que llueve.
 
Un día estaré muerta, fría como la piedra,
quieta como el olvido, triste como la hiedra.
 
Un día habré logrado el sueño vespertino,
el sueño bien amado donde acaba el camino.
 
Un día habré dormido con un sueño tan largo
que ni tus besos puedan avivar el letargo."
 
La muerte desconoce el pasado y el futuro. Es el silencio del tiempo. El pasado ya no importa y el futuro se desvanece. Sea en el olvido o permaneciendo en la memoria ajena, la muerte, nuestra muerte, nos pertenece a cada uno de nosotros al igual que nos ha pertenecido la vida. El suicidio es, entonces, la voluntad de cancelar la memoria. Será una tarea para los vivos, los sobrevivientes, interpretar los motivos del suicida o lo que nos quiso legar en sus poemas.
 
Te vas Alfonsina, con tu soledad.
¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar?
Una voz antigua de viento y de sal
te requiebra el alma y la está llevando,
y te vas hacia allá en sueños dormida,
Alfonsina, vestida de mar.
 
Y ahí, en cada estrofa de un poema, en cada palabra, se percibe un fragmento de vida de quien lo escribió. En eso radica su inmanencia. De entre todas las muertes de poetas suicidas, me quedo con la tuya, Alfonsina. Elegiste un martes primaveral, el último acto fue tu mejor poema trágico: "Y el alma mía es como el mar." No creo que alguien lo haya expresado mejor:
 
"La vida mía debió ser horrible,
debió ser una arteria incontenible
y apenas es cicatriz que siempre duele."


Jules Etienne


La ilustración corresponde a una fotografía de Toni Frissell,
que fue publicada en la revista Harper's Bazaar, en 1947.

Esta es una liga al video con una de tantas versiones
(las hay desde Mercedes Sosa y Nana Mouskouri hasta Shakira) de la canción
Alfonsina y el mar, cuyas estrofas sirvieron como leitmotiv de este texto:

miércoles, 24 de octubre de 2012

Octubre: DOLOR, de Alfonsina Storni


Quisiera esta tarde divina de octubre
pasear por la orilla lejana del mar;
que la arena de oro, y las aguas verdes,
y los cielos puros me vieran pasar.

Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
como una romana, para concordar
con las grandes olas, y las rocas muertas
y las anchas playas que ciñen el mar.

Con el paso lento, y los ojos fríos
y la boca muda, dejarme llevar;
ver cómo se rompen las olas azules
contra los granitos y no parpadear;

ver cómo las aves rapaces se comen
los peces pequeños y no despertar;
pensar que pudieran las frágiles barcas
hundirse en las aguas y no suspirar;

ver que se adelanta, la garganta al aire,
el hombre más bello, no desear amar...

Perder la mirada, distraídamente,
perderla y que nunca la vuelva a encontrar:
y, figura erguida, entre cielo y playa,
sentirme el olvido perenne del mar.


Alfonsina Storni (Argentina nacida en Suiza; 1892-1938).

viernes, 12 de octubre de 2012

Mo Yan y el premio Nobel: OTRA VEZ FAULKNER


El acta de la academia sueca que explica los motivos por los que le fue otorgado el premio Nobel de literatura a Mo Yan, establece que se debe al “realismo alucinante que funde los cuentos tradicionales con la historia y lo contemporáneo”, y ha creado un universo literario reminiscente de los forjados por William Faulkner y García Márquez, lo cual no es ninguna sorpresa si se toma en cuenta que el propio autor ha aceptado una múltiple relectura de las traducciones chinas tanto de El sonido y la furia, obra clave del primero, como Cien años de soledad, el título más emblemático del realismo mágico. La proximidad con Faulkner se advierte en el acta mencionada cuando subraya: “Escribe sobre los campesinos y la vida en el ámbito rural, sobre la gente que lucha para sobrevivir y conservar su dignidad. Algunas veces ganando aunque la mayor parte del tiempo, perdiendo”.

Como ya lo he señalado en alguna otra ocasión, García Márquez nunca ha negado la influencia de Faulkner en su obra, al grado de que en su discurso de aceptación ante la academia sueca estableció: “Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: «Me niego a admitir el fin del hombre». No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.”

Resulta claro que García Márquez se asume –por derecho propio, habría que subrayarlo-, uno de los herederos del genio creativo faulkneriano, y si cuando Mo Yan, nacido en 1955, publicaba su primera novela, Lluvia de una noche de primavera, en 1981, la obra del colombiano ya era reconocida de manera universal al grado de que al año siguiente recibiría el Nobel, el escritor chino vendría siendo entonces una suerte de nieto literario de Faulkner, esto es, en términos generacionales.

Ahora con la celebridad que conlleva el premio, las agencias noticiosas repiten con insistencia que su verdadero nombre es Guan Moye y su seudónimo Mo Yan significa “no hables”, paradójicamente todos hablamos de él y los títulos de sus novelas: Sorgo Rojo; Las baladas del ajo; La república del vino; Grandes pechos, amplias caderas; Shifu, harías cualquier cosa por divertirte; La vida y la muerte me están desgastando; y Rana, se mencionan con la familiaridad de las lecturas cotidianas, cuando la verdad es que la mayoría tuvimos nuestra primera aproximación a su obra gracias al cine de su coetáneo Zhang Yimou y no por haberlo leido.

Como detalle curioso, cabe la acotación de que Mo Yan no utiliza una computadora para escribir: prefiere hacerlo a mano. Hace algunos años, la cadena de televisión canadiense CBC realizó un documental sobre Carlos Fuentes, cuando éste vivía en Londres, y aparece en el mismo escribiendo también de puño y letra, lo cual no dejó de sorprenderme porque yo suelo escribir la versión inicial de mis textos a mano y suponía que ya nadie más acostumbraba a hacerlo. Después, cuando falleció Ray Bradbury durante el pasado mes de junio, leyendo algunas de sus entrevistas me encontré con que tampoco había podido habituarse al uso de la computadora y una de sus hijas le ayudaba a transferir lo que él dictaba.

Gao Xingjian es el nombre de otro autor nacido en China que le antecede en la lista de los galardonados con el Nobel de literatura, lo cual aconteció en el año 2000, sin embargo, es ciudadano francés. En 1986 fue prohibida la representación de sus obras teatrales en Pekín, por lo que se trasladó a París, donde radica desde 1987, y allí escribió su novela más importante: La montaña del alma. El anuncio de su premio fue completamente ignorado por los medios de comunicación en China y las autoridades, por su parte, reaccionaron indignadas. Mo Yan es el primer escritor chino que obtiene el Nobel y no permanece recluido en prisión, como Liu Xiabobo –quien recibió el de la Paz hace un par de años-, ni tampoco vive en el extranjero, como es el caso del citado Gao Xingjian.


Jules Etienne

viernes, 5 de octubre de 2012

Octubre: EL BORDO, de Sergio Galindo


(Fragmento)

Eran los primeros días de octubre, el frío y la neblina se habían apoderado definitivamente del campo sumiéndolo en un letargo gris y pesado. Un frío como cuchillo penetraba por cada rendija de las puertas y ventanas.

- Le ladran a los demonios -opinó Alejandro.

- A los malos espíritus -dijo doña Teresa. Se miró en el gran espejo: parecía un cadáver o un fantasma, vestida toda de negro, con las cuentas del rosario pasando lentamente por sus dedos-. Hay que rezar, Alejandro, hay que ir a la iglesia.

Esther sintió miedo; le desagradaba esa visión de su suegra erguida frente al espejo como una estatua; ese modo silencioso que tenía de aparecer sin hacerse oír hasta el último momento, cuando estaba a un paso de uno, mascullando oraciones inacabables. Dijo que el frío le impedía rezar sentada y empezó a vagar por toda la casa, de cuarto en cuarto, abriendo puertas que no volvía a cerrar. Esther pensó que se estaba volviendo loca. "Así se pone cada año, principalmente en octubre; viene el aniversario de la muerte de papá", le explicó Gabriel.

El reloj dio once campanadas. Esther se llevó a la cara las manos, ya tibias, y se frotó la piel. Encendió la luz, no parecía que fueran las once de la mañana, parecía más bien que de un momento a otro caería la noche.


Sergio Galindo (México, 1926-1993)

miércoles, 3 de octubre de 2012

Páginas ajenas: AMULETO, de Roberto Bolaño

"... los granaderos se han marchado de la Universidad, los estudiantes han muerto en Tlatelolco..."
 
(Fragmentos relativos a Tlatelolco)

Del capítulo 2

Y así llegué al año 1968. O el año 1968 llegó a mí. Yo ahora podría decir que lo presentí. Yo ahora podría decir que tuve una corazonada feroz y que no me pilló desprevenida. Lo auguré, lo intuí, lo sospeché, lo remusgué desde el primer minuto de enero; lo presagié y lo barrunté desde que se rompió la primera piñata (y la última) del inocente enero enfiestado. Y por si eso no fuera poco podría decir que sentí su olor en los bares y en los parques en febrero o en marzo del 68, sentí su quietud preternatural en las librerías y en los puestos de comida ambulante, mientras me comía un taco de carnita, de pie, en la calle San Ildefonso, contemplando la iglesia de Santa Catarina de Siena y el crepúsculo mexicano que se arremolinaba como un desvarío, antes de que el año 68 se convirtiera realmente en el año 68.

Ay, me da risa recordarlo. ¡Me dan ganas de llorar! ¿Estoy llorando? Yo lo vi todo y al mismo tiempo yo no vi nada. ¿Se entiende lo que quiero decir? Yo soy la madre de todos los poetas y no permití (o el destino no permitió) que la pesadilla me desmontara. Las lágrimas ahora corren por mis mejillas estragadas. Yo estaba en la Facultad aquel 18 de septiembre cuando el ejército violó la autonomía y entró en el campus a detener o a matar a todo el mundo. No. En la Universidad no hubo muchos muertos. Fue en Tlatelolco. ¡Ese nombre que quede en nuestra memoria para siempre! Pero yo estaba en la Facultad cuando el ejército y los granaderos entraron y arrearon con toda la gente. Cosa más increíble. Yo estaba en el baño, en los lavabos de una de las plantas de la Facultad, la cuarta, creo, no puedo precisarlo.

Del capítulo 7

Y entonces sus mejores amigos dejaron de ser los poetas jóvenes de México, todos mayores que él, y comenzó a salir con los poetas jovencísimos de México, todos menores que él, chavitos de dieciséis años, de diecisiete, chavitas de dieciocho, que parecían salidos del gran orfanato del metro del DF y no de la Facultad de Filosofía y Letras, seres de carne y hueso a los que yo veía a veces asomados a las ventanas de las cafeterías y bares de Bucareli y cuya sola visión me provocaba escalofríos, como si no fueran de carne y hueso, una generación salida directamente de la herida abierta de Tlatelolco, como hormigas o como cigarras o como pus, pero que no había estado en Tlatelolco ni en las luchas del 68, niños que cuando yo estaba encerrada en la Universidad en septiembre del 68 ni siquiera habían empezado a estudiar la prepa. Y ésos eran los nuevos amigos de Arturito. Y yo no fui inmune a su belleza. Yo no soy inmune a ningún tipo de belleza.

Del capítulo 12

Pensé: estoy en el lavabo de mujeres de la Facultad de Filosofía y Letras y soy la última que queda. Iba hacia el quirófano. Iba hacia el parto de la Historia. Y también pensé (porque no soy tonta): todo ha acabado, los granaderos se han marchado de la Universidad, los estudiantes han muerto en Tlatelolco, la Universidad ha vuelto a abrirse, pero yo sigo encerrada en el lavabo de la cuarta planta, como si de tanto arañar las baldosas iluminadas por la luna hubiera abierto una puerta que no es el pórtico de la tristeza en el continuum del Tiempo. Todos se han ido, menos yo. Todos han vuelto, menos yo. La segunda afirmación era difícil de aceptar porque la verdad es que no veía a nadie y si todos hubieran vuelto yo los vería.


Roberto Bolaño (Chile, 1953-2003) 

martes, 2 de octubre de 2012

Páginas ajenas: TLATELOLCO 68, de Jaime Sabines


(Fragmento)

2

El crimen esta allí,
cubierto de hojas de periódicos,
con televisores, con radios, con banderas olímpicas.

El aire denso, inmóvil,
el terror, la ignominia.
Alrededor las voces, el tránsito, la vida.
Y el crimen esta allí.

3

Habría que lavar no sólo el piso: la memoria.
Habría que quitarles los ojos a los que vimos,
asesinar también a los deudos,
que nadie llore, que no haya más testigos.
Pero la sangre echa raíces
y crece como un árbol en el tiempo.
La sangre en el cemento, en las paredes,
en una enredadera: nos salpica,
nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza.

Las bocas de los muertos nos escupen
una perpetua sangre quieta.
 
6
 
La juventud es el tema
dentro de la Revolución.
El gobierno apadrina a los héroes.
El peso mexicano está firme
y el desarrollo del país es ascendente.
Siguen las tiras cómicas y los bandidos en la televisión.
Hemos demostrado al mundo que somos capaces,
respetuosos, hospitalarios, sensibles
(¡Qué Olimpiada maravillosa!).
Y ahora vamos a seguir con el "Metro"
porque el progreso no puede detenerse.
Las mujeres, de rosa,
los hombres, de azul cielo,
desfilan los mexicanos en la unidad gloriosa
que constituye la patria de nuestros sueños.
 
 
Jaime Sabines (México, 1926-1999)

lunes, 1 de octubre de 2012

Páginas ajenas: OLIMPIADA Y TLATELOLCO, de Octavio Paz


El movimiento estudiantil se inició como una querella callejera entre bandas rivales de adolescentes. La brutalidad policiaca unió a los muchachos. Después, a medida que aumentaban los rigores de la represión y hostilidad de la prensa, la radio y la televisión, en su totalidad entregadas al gobierno, el movimiento se robusteció, se extendió y adquirió conciencia de sí. En el transcurso de unas cuantas semanas apareció claramente que los estudiantes, sin habérselo propuesto expresamente, eran los voceros del pueblo. Subrayo: no los voceros de esta o aquella clase, sino de la conciencia general. Desde el principio se intentó aislar el movimiento tendiendo un cordón sanitario que lo aislase e impidiese el contagio ideológico. Los dirigentes y funcionarios de los sindicatos obreros se apresuraron a condenar, en términos amenazadores, a los estudiantes; lo mismo hicieron, aunque con menos violencia, los partidos políticos de la izquierda y la derecha oficiales. No obstante la movilización de todos estos medios de propaganda y de coacción moral, para no hablar de la violencia física de la policía y el ejército, el pueblo engrosó espontáneamente las manifestaciones juveniles y una de ellas, la célebre “manifestación silenciosa”, agrupó a cerca de cuatrocientas mil personas, algo nunca visto en México.
 
A diferencia de los estudiantes franceses, en mayo de ese mismo año, los mexicanos no se proponían un cambio violento y revolucionario de la sociedad ni su programa tenía el radicalismo de los muchos grupos de jóvenes alemanes y norteamericanos. Tampoco apareció la tonalidad orgiástica y pararreligiosa de los hippies. El movimiento fue reformista y democrático, a pesar de que algunos de sus dirigentes pertenecían a la extrema izquierda. ¿Una maniobra táctica? Me parece más sensato atribuir esta ponderación a la naturaleza de las circunstancias y al peso de la realidad objetiva. Ni el temple del pueblo mexicano es revolucionario ni lo son las condiciones históricas del país. Nadie quiere una revolución sino una reforma: acabar con el régimen de excepción iniciado por el Partido Nacional Revolucionario hace cuarenta años. Las peticiones de los estudiantes, por lo demás, fueron realmente moderadas: la derogación del artículo del Código Penal, a todas luces inconstitucional y que contiene esa afrenta a los derechos humanos que se llama “delito de opinión”; la libertad de varios presos políticos; la destitución del jefe de la policía, etcétera. Todas estas peticiones se resumían en una palabra que fue el eje del movimiento y el secreto de su instantáneo poder de seducción sobre la conciencia popular: democratización. Una y otra vez los muchachos pidieron “el diálogo público entre el gobierno y los estudiantes”, preludio del diálogo entre el pueblo y las autoridades. Esta demanda recogía la que habíamos hecho un grupo de escritores en 1958, ante disturbios semejantes, aunque de menor amplitud -disturbios que anunciaban, como entonces advertimos al gobierno, los que se producirían diez años después.
 
La actitud de los estudiantes le daba al gobierno la posibilidad de endurecer su política sin perder la cara. Hubiera bastado con oír lo que el pueblo decía a través de las peticiones juveniles; nadie esperaba un cambio radical pero sí mayor flexibilidad y una vuelta a la tradición de la Revolución mexicana, que nunca fue dogmática y sí muy sensible a las mudanzas del ánimo popular. Se habría roto así la cárcel de palabras y conceptos en que el gobierno se ha encerrado, todas esas fórmulas en las que ya nadie cree y que se condensan en esa grotesca expresión con que la familia oficial designa al partido único: el Instituto Revolucionario. Al liberarse de su cárcel de palabras, el gobierno habría podido forzar la otra cárcel, más real, que lo envuelve y paraliza: la de los negocios e intereses de los banqueros y financieros. Restablecer la comunicación con el pueblo hubiera significado recobrar autoridad y libertad para dialogar con la derecha, la izquierda -y con los Estados Unidos-. Con gran claridad y concisión, una de las inteligencias más agudas y honradas de México, Daniel Cosío Villegas, apuntaba lo que a su juicio -y debe agregarse: al de la mayoría de los mexicanos pensantes- era “el único remedio: hacer pública de verdad la vida pública”. El gobierno prefirió apelar, alternativamente, a la fuerza cívica y a la retórica “revolucionario- institucional”. Estas vacilaciones eran probablemente el reflejo de una lucha entre los “técnicos”, deseosos de salvar lo poco que aún queda vivo de la herencia revolucionaria, y la burocracia política partidaria de la mano dura. Pero en ningún momento se advirtió el deseo de “hacer pública la vida pública” y abrir el diálogo con la gente. Las autoridades, es verdad, propusieron la negociación, sólo que entre bastidores; las pláticas abortaron porque los estudiantes se negaron a aceptar este inmoral procedimiento.
 
A fines de septiembre el ejército ocupó la Universidad y el Instituto Politécnico. Ante la reprobación que provocó esta medida, las tropas desalojaron los locales de las dos instituciones. Hubo un respiro. Esperanzados, los estudiantes celebraron una reunión (no una manifestación) en la plaza de Tlatelolco el 2 de octubre. En el momento en que los concurrentes, concluido el mitin, se disponían a abandonar el lugar, la plaza fue cercada por el ejército y comenzó la matanza. Unas horas después se levantó el campo. ¿Cuántos murieron? En México ningún periódico se ha atrevido a publicar las cifras. Daré aquí la que el periódico inglés The Guardian, tras una investigación cuidadosa, considera como la más probable: 325 muertos. Los heridos deben haber sido miles, los mismos que las personas aprehendidas.1 El 2 de octubre de 1968 terminó el movimiento estudiantil. También terminó una época de la historia de México.
 

Aunque las revueltas estudiantiles son un fenómeno mundial, se manifiestan con mayor virulencia en las sociedades más adelantadas. Así, pues, puede decirse que el movimiento estudiantil y la celebración de la Olimpiada en México fueron hechos complementarios: los dos eran signos del relativo desarrollo del país.
 
Octavio Paz (México, 1914-1998) Obtuvo el premio Nobel en 1990.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Páginas ajenas: LOLITA, de Vladimir Nabokov


(Párrafo final de la novela)

Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y esta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita mía.

(I am thinking of aurochs and angels, the secret of durable pigments, prophetic sonnets, the refuge of art. And this is the only immortality you and I may share, my Lolita).


Vladimir Nabokov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1899-1977)

jueves, 13 de septiembre de 2012

Los primeros pasos del hombre sobre la Luna


Recién acaba de fallecer Neil Armstrong, el primer ser humano que caminó sobre la Luna, en julio de 1969, cuando pronunció su famosa frase: "Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad."

Isabel Allende en el relato titulado Clarisa, que forma parte de su volumen Cuentos de Eva Luna, narra en el párrafo inicial: "Clarisa nació cuando aún no existía la luz eléctrica en la ciudad, vio por televisión el primer astronauta levitando sobre la luna y se murió de asombro cuando llegó el Papa de visita y le salieron al encuentro los homosexuales disfrazados de monjas." Más adelante establece sobre el mismo personaje: "Estaba convencida de que hasta el astronauta en la luna era una patraña filmada en un estudio de Hollywood, igual como engañaban con esas historias en las cuales los protagonistas se amaban o se morían de mentira y una semana después reaparecían con sus mismas caras, padeciendo otros destinos."

Mucho se ha especulado con la fábula de que, en efecto, todo haya sido una farsa montada por los estadounidenses sobre una espectacular escenografía para superar a los rusos -por entonces todavía soviéticos-, en la llamada carrera a la Luna. Al parecer uno de los argumentos decisivos para quienes fantasean con dicha posibilidad, es la ausencia de aire en la atmósfera lunar, que ya advertía Jules Verne en el capítulo XX de su novela De la Tierra a la Luna:

- Estamos aquí para ocuparnos de la Luna y no de la Tierra.

- Tiene usted razón, caballero -respondió Michel-. La discusión se ha extraviado. Volvamos a la Luna.

- Caballero -repuso el desconocido-, está empeñado en que nuestro satélite se encuentra habitado. De acuerdo. Pero si existen selenitas, es seguro que éstos viven sin respirar, porque, por su propio interés se lo digo, no hay en la superficie de la Luna la menor molécula de aire.

Al oír esta afirmación, levantó Ardan su melenuda cabeza, comprendiendo que con aquel hombre se iba a empeñar una lucha sobre lo más capital de la cuestión.

- ¿Conque no hay aire en la Luna? ¿Y quién lo dice? -preguntó, mirándolo fijamente.

- Los sabios.

- ¿De veras?

- De veras.

- Caballero -replicó Michel-,.lo digo seriamente: profeso la mayor estimación a los sabios que saben, pero los sabios que no saben me inspiran un desdén profundo.

- ¿Conoce usted alguno que pertenezca a esta última categoría?

- Alguno conozco. En Francia hay uno de ellos que sostiene que matemáticamente el pájaro no puede volar, y otro cuyas teorías demuestran que el pez no está organizado para vivir en el agua.

- No se trata de esos sabios, y los nombres que yo podría citar en apoyo de mi proposición no serían rehusados por usted, caballero.

- Entonces pondría en grave apuro a un pobre ignorante como yo que, por otra parte, no desea más que instruirse.

- ¿Por qué, pues, ocuparse de cuestiones científicas si no las ha estudiado? -preguntó el desconocido brutalmente.

- ¿Por qué? -respondió Ardan-. Por la misma razón que es siempre intrépido el que no sospecha el peligro. Yo no sé nada, es verdad, pero precisamente es mi debilidad la que forma mi fuerza.

- Su debilidad va hasta la locura -exclamó el desconocido, con un tono bastante agrio.

- ¡Tanto mejor -respondió el francés-, si mi locura me lleva a la Luna!

Total, que aquellos que dudan que la odisea espacial del Apolo 11 haya sido auténtica, se aferran a dicho argumento. Como lo señala Luis González de Alba en El hombre que no estuvo en la Luna: "Ah, pero todo ese engaño, filmado en el desierto de Arizona, dicen los sabios descubridores de la conspiración urdida entre la NASA y el mundo comunista, olvidó un detalle: en la Luna no hay viento … y la bandera de EU plantada por Armstrong y Aldrin ¡ondeó! ¡Ahhh!, fue el clamor de los perspicaces: ¡Los atrapamos, malandrines! ¡La bandera no puede ondear porque en la Luna no hay viento!".

El propio autor sostiene que resulta inconcebible que los países comunistas -no hay que soslayar el hecho de que por entonces el planeta vivía una bipolaridad política entre los dos sistemas dominantes-, de los que formaban parte China y, sobre todo, la Unión Soviética, rival de los estadounidenses en la conquista del espacio sideral, no se hayan rebelado ante el fraudulento espectáculo y hubiesen preferido respetar el secreto con el que se engañaba a la humanidad y se modificaba la historia. Y explica González de Alba la razón por la que sí es posible que la bandera ondeara en la Luna:  "No hay viento, pero hay gravedad, habría dicho Galileo, a quien esta partida de burros no conoce ni de nombre, y la gravedad produce efecto de péndulo que, por falta de atmósfera, dura más tiempo: la bandera pendulea atraída por la Luna, se sigue más alto por inercia, regresa atraída por la Luna, se sigue por inercia, regresa… Abran Google y tecleen: péndulo."

¿Llegó o no el hombre a la Luna? ¿ondeó o no la bandera? ¿tenía razón la anciana Clarisa del cuento de Isabel Allende en dudar sobre la autenticidad de la aventura espacial? Y, si ese fuera el caso, los héroes de nuestra infancia, los primitivos aventureros espaciales Yuri Gagarin, Valentina Tereshkova o hasta la perra callejera Laika, el primer ser vivo en viajar alrededor de la órbita de la Tierra para morir en el trayecto, en 1957, ¿exisitieron? Porque si se va a dudar sobre la presencia del hombre a la Luna, también se podría cubrir con la incertidumbre al resto de las hazañas espaciales.

Vivimos en una era en que la tecnología ha materializado lo que para Jules Verne era mera imaginación futurista, tenemos computadoras personales que cargamos a cualquier lugar y de manera cotidiana se establece comunición por la vía telefónica que incluso permite ver el rostro del interlocutor en pequeños aparatos portátiles sin necesidad de que exista algún cable de por medio, y en artefactos minúsculos es posible archivar cantidades extraordinarias de información, que si se imprimiera en papel alcanzaría toneladas, ¿por qué, entonces, ese afán de regatear la llegada del hombre a la Luna?

Murió Neil Armstrong y no creo que se haya llevado ningún secreto. Sus cenizas se dispersaron en el mar, y no precisamente el de la Tranquilidad, en la superficie de la Luna, sino en el Océano Atlántico.

Jules Etienne