Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

martes, 16 de junio de 2020

Epidemias: EL CASO MAURIZIUS, de Jakob Wassermann


"... durante toda la noche permanecieron reunidos junto a una botella de Liebfraumilch…"

(Fragmento del capítulo tercero de la primera parte)

Hasta entonces había llevado una existencia simple, pero que se había hecho, es cierto, de más en más sombría con los años, en el curso de los cuales la lucha que realizaba por establecer la inocencia de su hijo se había convertido en su pasión dominante. De su matrimonio con la hija de un pastor del alto valle del Rin habían nacido cuatro hijos, tres varones y una mujer. Poseía un terreno cerca de Gelnhausen, cuyos viñedos daban considerables beneficios. Llevaba con su familia una vida exenta de preocupaciones. Una epidemia de tifus estalló en el verano de 1900 y le quitó, en el espacio de dos semanas, su mujer, su hija y dos de sus hijos. El más joven, Leonardo, tenía entonces veinte años y estudiaba en la Universidad de Bonn. Era ya, sin duda alguna, el favorito de su padre, quien veía en su benjamín a alguien extraordinario y que lo dominaba hasta la debilidad con sus talentos y su fina gracia de jovencita; pero después de la catástrofe de una cuádruple muerte, que sólo dejara al padre a Leonardo como único hijo, esa simple preferencia se convirtió en idolatría. Fue para el joven, al mismo tiempo, un padre y una madre. Cuando pasaba un día sin tener noticias de aquél, se inquietaba. Los pedidos de dinero del joven -pedidos que no eran precisamente moderados- los satisfacía sin objeción, aun cuando en el decurso de los años había disminuido considerablemente el rendimiento de la tierra y la instalación de un gran lagar le resultó un negocio desdichado, que lo obligó a cargarse de pesadas hipotecas para hacer frente a sus compromisos. Leonardo no se preocupaba en absoluto por tales cosas. Seguro de que haría una brillante carrera, adulado por sus camaradas y profesores, bien acogido en la mejor sociedad, su actitud natural había llegado a ser la de un vencedor cuyo éxito desarma. El padre no se atrevía a quitarle la ilusión de que dispondría, como hijo único, de una propiedad fundiaria, de recursos ilimitados; por el contrario, temblaba a la idea de tenerle que confesar algún día su situación verdadera. Todas las distinciones que obtenía Leonardo, todos los exámenes en que se destacaba, todas las relaciones aristocráticas que contraía y que ese joven vanidoso no dejaba de anunciarle, eran motivos de satisfacción, como si hubiera engendrarlo un ser de asombroso genio. Los sueños que se forjaba a su respecto lo elevaban bien alto, aunque la ambición del mismo Leonardo no apuntara tan alto; acaso no aspirara a llevar más que una vida fácil y agradable, abandonándose sin contención a sus refinados gustos y a lucirse en un mundo a cuya aprobación y opinión daba el mayor precio. Poco después de que Leonardo fuera habilitado como encargado de cursos en la Universidad, llegó el momento en que el padre fue constreñido a encarar la temida explicación.

Se trataba de una deuda de juego de tres mil quinientos marcos que debía pagar en veinticuatro horas. Este dinero no lo tenía el padre y sólo pudo conseguirlo con grandes penas. Un banco nada limpio se lo prestó a interés usurario. Leonardo quedó estupefacto. Entonces el padre y el hijo sostuvieron una larga entrevista, durante toda la noche permanecieron reunidos junto a una botella de Liebfraumilch, bajo el pabellón de rosas situado detrás de la casa, y, para terminar, Maurizius suplicó a su hijo que le perdonara si no podía poner a sus pies las riquezas que éste tenía derecho a exigirle; ¿no era a sus ojos un éxito sin precedentes que su hijo, que apenas contaba veintidós años, hubiese sido designado para desempeñar una cátedra universitaria y fuera considerado como una lumbrera en su especialidad?


Jakob Wassermann (Alemán fallecido en Austria, 1873-1934).

lunes, 15 de junio de 2020

Epidemias: LA MALDICIÓN, de Mariano Azuela


(Fragmentos)

- Ya se estaba petateando y lo llevaron a León, y el médico lo dejó tan bueno que dicen que hasta el olor de perro muerto le quitó.

Doña Merce había sido peona de Las Maravillas y de las pocas supervivientes de una epidemia de tifo que acabó con el rancho. Avecindada primero en Salamanca, ahora vivía en el barrio de Tierras Negras, de Celaya, y se mantenía vendiendo tamales.

Don Carlos sacó su reloj, lo que quería decir que pronto serían las 10, y se despidie- ron muy amigablemente, divertidos de haber encontrado materia para renovar el tema de la familia Montelongo.
(…)

Y con eso bastó para hacer reminiscencias, entre copa y copa, del rancho y sus habi- tantes.

- ¿Conociste a Rosa Villalobos?

- Sí, ¿cómo no? La muchachilla del difunto Roque... el tifo acabó con todos y más de medio rancho está en el camposanto de Salamanca.


Mariano Azuela (México, 1873-1952).

domingo, 14 de junio de 2020

Epidemias: EL TÍO VANIA, de Antón Chéjov

"... durante la epidemia, tuve que ir a Malitzkoe… cuando el tifus exantemático..."

(Fragmento final de la escena I del primer acto)

Marina: Puede que quieras comer algo.

Astrov: No. En la tercera semana de Cuaresma, durante la epidemia, tuve que ir a Malitzkoe... Cuando el tifus exantemático... Allí, en las «isbas», se moría la gente como moscas... ¡Suciedad..., pestilencia..., humo..., terneros por el suelo, junto a los enfermos!... ¡Hasta cerdos había!... Yo no me senté en todo el día, ni probé bocado; pero, eso sí..., cuando llegué a casa, tampoco me dejaron descansar. Me traían al guardagujas de la estación... Le tendí sobre la mesa para operarle, y se me murió bajo el cloroformo... Pues bien.... entonces..., cuando menos falta hacía, el sentimiento despertó dentro de mí. La conciencia me dolía como si le hubiera matado premeditadamente. Me senté, cerré los ojos..., así..., y pensé: aquellos que hayan de sucedernos dentro de cien o doscientos años, y para los que ahora desbrozamos el camino..., ¿tendrán para nosotros una palabra buena?... ¡No la tendrán, Nana!

Marina: La gente no la tendrá, pero Dios, sí.

Astrov: Sí. Gracias... Has hablado muy bien.


Antón Chéjov (Ruso fallecido en Alemania, 1860-1904).

(Traducido al español por E. Podgursky).
La ilustración corresponde a Richard Armitage en el papel de Astrov y Anne Calder-Marshall como Marina durante la puesta en escena de El tío Vania en el teatro Harold Pinter de Londres, dirigida por Ian Ricckson en 2020.

sábado, 13 de junio de 2020

Epidemias: EL JARDÍN SECRETO, de Frances Hodgson Burnett

"... comió algunas frutas y galletas y, como sintió sed, bebió una copa de vino que se encontraba a medio consumir."

(Fragmento del capítulo inicial: No ha quedado nadie)

Después de esos espantosos hechos, Mary comprendió el misterio de aquella mañana. Había brotado una epidemia de cólera y cientos de personas morían por segundo. La niñera se había enfermado por la noche y su muerte fue la causa del lamento de los sirvientes. Antes de que terminara el día, murieron tres empleados más, y el resto huyó presa del terror. El pánico se expandió por la ciudad, pues en todas las casas se encontraba la muerte.

En medio de la confusión y el desconcierto, Mary se escondió en su habitación. Como nadie se acordó de ella, los extraños sucesos ocurrieron sin que se enterara. Durante varias horas la niña lloró y durmió. Sólo sabía que la gente estaba enferma y llegaban hasta ella extraños sonidos. Se dirigió al comedor, que encontró vacío salvo unos restos de comida. El desorden de sillas y platos sugería que alguien se había levan- tado bruscamente y de improviso. La niña comió algunas frutas y galletas y, como sintió sed, bebió una copa de vino que se encontraba a medio consumir. Muy pronto, sintió sueño y volvió a encerrarse en el dormitorio. Los lamentos y el ruido de los pasos apresurados la atemorizaban, pero, por efecto del vino, se quedó profunda- mente dormida.

Frances Hodgson Burnett
(Inglesa fallecida en Estados Unidos, 1849-1924).

(Traducido al español por Alejandra Schmidt).

viernes, 12 de junio de 2020

Epidemias: LA EPIDEMIA, de Octave Mirbeau

"Un burgués ha muerto... ¡Por causa de la epidemia!"

(Fragmento de la escena III)

El alcalde: ¡Caballeros! (Deja que la carta vuelva a caer sobre la mesa). ¡Un burgués ha muerto!

El miembro de la oposición: ¿Qué ha dicho?

El alcalde: Un burgués ha muerto... ¡Por causa de la epidemia!

Algunas voces: ¡Eso no es posible! ¡Eso no es posible!

El doctor Tríceps: ¡No toquen esa carta!... ¡Hay que quemar esa carta!... No se puede desinfectar... (Se apresura, toma la carta y la arroja a la chimenea. Luego, sacando un vaporizador de su bolsillo, rápidamente da la vuelta a toda la habitación). ¡Desinfecten, caballeros, desinfecten! (Y mientras el temor se cierne sobre los concejales, súbitamente inmóvil y convulsionado, el alcalde, con voz compungida y temblorosa, prosigue ante el silencio fúnebre de la sala).

El alcalde: No sabemos su nombre... ¿Que importa? ¡Conocemos su alma! Caballeros, era un venerables burgués, gordo, rosado, ¡feliz!... su vientre provocó que los pobres lo envidiaran... Todos los días, a una hora fija, caminaba, sonreía por el camino, y su rostro se regocijaba... su triple barbilla... sus manos gordas eran para todos una enseñanza social viva... ¡Parecía que nunca debería morir, y sin embargo murió!... ¡Un burgués ha muerto!

Octave Mirbeau (Francia, 1848-1917).

(Traducido del francés por Jules Etienne).

La ilustración corresponde a la puesta en escena de La epidemia (L'Épidémie), por el grupo
Théâtre des 400 coups, en 2016 y puede verse en el Facebook de Théâtre des 400 coups.

jueves, 11 de junio de 2020

Epidemias: LA PESTE EN BÉRGAMO, de Jens Peter Jacobsen


(Fragmento inicial)

La vieja ciudad de Bérgamo se extiende en la cima de una baja montaña, cubierta por muros y portones, y la Nueva Bérgamo yace al pie de la montaña, expuesta a todos los vientos.

Un día la plaga estalló en la ciudad nueva y se propagó con una rapidez increíble; multitud de personas murieron y los demás huyeron a través de las llanuras por los cuatro rincones del mundo. Entonces, los ciudadanos del Viejo Bérgamo decidieron prender fuego a la ciudad desierta para purificar el aire, aunque no resultó nada bueno. La gente comenzó a morir allí también, al principio era uno al día, luego cinco, después diez, veinte, y cuando la plaga había alcanzado su apogeo, muchos más.

Y ya no podían huir, como lo habían hecho aquellos que antaño vivían en la nueva ciudad.

Hubo algunos que lo intentaron, pero llevaron la vida de un animal cazado, escondidos en zanjas y alcantarillas, bajo los setos o a campo abierto; los campesi- nos, a cuyos hogares habían traído la plaga los primeros fugitivos, apedreaban a cuanto extraño llegaba, los expulsaron de sus tierras o los apalearon como a un perro rabioso sin compasión ni piedad, en lo que asumían era una forma justificable de defenderse.

La gente del Viejo Bérgamo tuvo que permanecer donde estaba, y día con día se hizo más difícil; día con día la horrible enfermedad se volvió más ávida y más voraz. El terror se convirtió en locura. Lo que antes había sido orden y buen gobierno era como si la tierra se lo hubiera tragado, y lo peor de la naturaleza humana ocupaba su lugar.

Al principio, cuando estalló la peste, la gente trabajaba en armonía y concordia. Se ocuparon de que los cuerpos estuvieran debidamente enterrados en forma apropiada, y todos los días se ocupaban de que grandes hogueras se encendieran en las plazas y los lugares abiertos para que el humo saludable pudiera expandirse por las calles. El enebro y el vinagre se distribuyeron entre los pobres y, sobre todo, la gente buscó las iglesias temprano y tarde, sola o en procesiones. Todos los días iban con sus oraciones ante Dios y, cuando el sol se ponía detrás de las montañas, las campanas de la iglesia imploraban al cielo con el llanto de cientos de gargantas estremecidas. Se ordenaban ayunos y diariamente se repartían reliquias sagradas en los altares.

Por fin un día, cuando ya no sabían qué más hacer, desde el balcón del ayunta- miento, en medio de sonoros cornos y trompetas, proclamaron a la Virgen Santa, patrona y alcalde del pueblo, ahora y para siempre.

Pero tampoco eso sirvió; no había nada que ayudara.


Jens Peter Jacobson (Dinamarca, 1847-1885).

La ilustración corresponde a lo que el autor llama el Viejo Bérgamo,
y a la que sus propios habitantes se refieren como città alta (la ciudad alta).

miércoles, 10 de junio de 2020

Epidemias: EL GIGANTE INVISIBLE, de Bram Stoker

"... a toda prisa para avisar a la gente de la terrible peste que se les venía encima."

(Fragmento)

Decidieron partir a la ciudad cuanto antes para advertir a esa pobre gente; y sin mayor retraso, el anciano y la pequeña se apresuraron rumbo a la ciudad.

Cuando salieron de la casita, Zaya vio el Gigante delante de ellos, moviéndose hacia la ciudad. Se apresuraron, y después de atravesar la fría niebla, Zaya miró atrás y vio el Gigante detrás de ellos.

Pronto llegaron a la ciudad.

Era algo extraño ver al anciano y a la pequeña niña a toda prisa para avisar a la gente de la terrible peste que se les venía encima. La larga barba y el pelo blanco del anciano y los rizos dorados de la niña volaban tras ellos, por lo rápido que caminaban. Ambas caras estaban tan blancas como la muerte. Detrás de ellos, visto únicamente por los ojos de la pequeña del corazón puro cada vez que giraba su cabeza hacia atrás, avanzaba con paso lento el Gigante espectral de quien colgaba su oscura sombra en el aire de la noche.


Bram Stoker (Irlandés fallecido en Inglaterra, 1847-1912).

lunes, 8 de junio de 2020

Epidemias: UNA LUCHA TENAZ, de Ambrose Bierce


"... al no ser enterrados se convertían en una auténtica amenaza, (…) Los muertos expandían la peste."

Definición de epidemia:
"Enfermedad de naturaleza sociable y sin prejuicios."
Ambrose Bierce en El diccionario del diablo.

(Fragmento)

Apartó entonces la mirada y se dirigió de nuevo al tronco del árbol en el que antes se había sentado, tratando de reírse de sus impresiones primeras una vez supo que aquello que le había espantado el sueño era un muerto. No volvió a sentarse, sin embargo, sino que siguió caminando, entregándose de nuevo a sus pensamientos.

«Parece ser que nuestros ancestros de Asia Central -se decía el joven oficial- no tenían la costumbre del enterramiento. Es fácil comprender, pues, su horror ante los muertos, que al no ser enterrados se convertían en una auténtica amenaza, en algo perfectamente diabólico. Los muertos expandían la peste. Cuando la peste se cebaba en una población había que evacuar a los niños, que así experimentaban una repulsión no sólo física ante los cadáveres, pues eran éstos los culpables de que se vieran obligados a dejar el lugar donde vivían… Pero creo que haría mejor ocupándome de otras cosas y dejando a un lado estas reflexiones».

Se dispuso a hacerlo. Pensó en sus sargentos y recordó que un poco más allá del claro en donde se había sentado, en una zona más cubierta, lo relevaría de su guardia otro oficial cuando llegase el momento. Pero aún no se dirigiría a ese punto. Si lo hacía, se dijo, tendría la sensación de irse por el miedo que le inspiraba el cadáver, como si fuera él mismo uno de aquellos ancestros a los que había evocado. Es más, no tendría inconveniente en que el oficial al mando de los hombres de refresco le hiciera el relevo de la guardia allí mismo, cerca de donde estaba el cuerpo sin vida del soldado de la Confederación. Nadie podría decir que se había asustado al descubrir un cadáver en mitad de la noche. No era un cobarde y bajo ningún concepto consentiría que alguien pudiera pensarlo. Detestaba el ridículo. Así que volvió a sentarse en el mismo tronco, aún faltaba tiempo para el relevo de la guardia. Tenía que probarse, una vez más, su valor.

Se levantó entonces para dirigirse al cadáver. A medida que se acercaba lo miraba con bastante desprecio. El brazo derecho del cuerpo estaba oculto ahora por las sombras, pero se le veía bien la mano, junto a las raíces de un laurel. No parecía haberse producido cambio alguno en su posición, más allá de lo que pudiera sugerir el capricho de las sombras. Eso hizo que el oficial se sintiese más seguro de sí mismo, aunque no quería preguntarse el porqué de esa sensación. Tampoco quería preguntarse por qué no era capaz ahora de quitar sus ojos del muerto, atraído por una fascinación irresistible. Pero no podía hacer lo que hacen las mujeres: la necedad -o la sabiduría- de taparse la cara y mirar entre los dedos.

Byring sintió de repente un agudo dolor en su mano derecha. Apartó entonces los ojos del muerto para mirarse la mano y comprobó que la hebilla del cinturón del sable le había hecho una pequeña herida. Se descubrió entonces en una actitud extraña, como un gladiador dispuesto a rebanar el pescuezo a un contrario. Respiraba agitadamente y le rechinaban los dientes. Se recuperó pronto, sin embargo; sus músculos se relajaron y volvió a respirar con calma; incluso lamentó el incidente, más allá del dolor causado por la herida de la mano derecha. Incluso rio. ¡Por todos los cielos! ¿Qué sonido era ése, el de su risa, ante la presencia de un cadáver? ¿Cómo podía mostrarse tan diabólicamente sarcástico ante aquella evidencia incontestable de la podredumbre humana? ¿A qué venía olvidar el respeto debido a los muertos?

Se miró de arriba abajo, como si le fuese imposible reconocer su propia risa.


Ambrose Bierce (Estadounidense fallecido en México, 1842-1914).

(Traducido al español por José Luis Moreno Ruiz).

domingo, 7 de junio de 2020

Epidemias: CRIMEN Y CASTIGO, de Fiódor Dostoyevski


"Se reunían y formaban enormes ejércitos para lanzarse unos contra otros..."

(Fragmento del epílogo, capítulo II)

Raskolnikof pasó en el hospital el final de la cuaresma y la primera semana de pascua. Al recobrar la salud se acordó de las visiones que había tenido durante el delirio de la fiebre. Creyó ver el mundo entero asolado por una epidemia espantosa y sin precedentes, que se había declarado en el fondo de Asia y se había abatido sobre Europa. Todos habían de perecer, excepto algunos elegidos. Triquinas microscópicas de una especie desconocida se introducían en el organismo humano. Pero estos corpúsculos eran espíritus dotados de inteligencia y de voluntad. Las personas afectadas perdían la razón al punto. Sin embargo -cosa extraña- jamás los hombres se habían creído tan inteligentes, tan seguros de estar en posesión de la verdad; nunca habían demostrado tal confianza en la infalibilidad de sus juicios, de sus teorías científicas, de sus principios morales. Aldeas, ciudades, naciones enteras se contaminaban y perdían el juicio. De todos se apoderaba una mortal desazón y todos se sentían incapaces de comprenderse unos a otros. Cada uno creía ser el único poseedor de la verdad y miraban con piadoso desdén a sus semejantes. Todos, al contemplar a sus semejantes, se golpeaban el pecho, se retorcían las manos, lloraban... No se ponían de acuerdo sobre las sanciones que había que imponer, sobre el bien y el mal, sobre a quién había que condenar y a quién absolver. Se reunían y formaban enormes ejércitos para lanzarse unos contra otros, pero, apenas llegaban al campo de batalla, las tropas se dividían, se rompían las formaciones y los hombres se estrangulaban y devoraban unos a otros.

En las ciudades, las trompetas resonaban durante todo el día. Todos los hombres eran llamados a las armas, pero ¿por quién y para qué? Nadie podía decirlo y el pánico se extendía por todas partes. Se abandonaban los oficios más sencillos, pues cada trabajador proponía sus ideas, sus reformas, y no era posible entenderse. Nadie trabajaba la tierra. Aquí y allá, los hombres formaban grupos y se comprometían a no disolverse, pero poco después olvidaban su compromiso y empezaban a acusarse entre sí, a contender, a matarse. Los incendios y el hambre se extendían por toda la tierra. Los hombres y las cosas desaparecían. La epidemia seguía extendiéndose, devastando. En todo el mundo sólo tenían que salvarse algunos elegidos, unos cuantos hombres puros, destinados a formar una nueva raza humana, a renovar y purificar la vida humana. Pero nadie había visto a estos hombres, nadie había oído sus palabras, ni siquiera el sonido de su voz.


Fiódor Dostoyevski (Rusia, 1821-1881).

sábado, 6 de junio de 2020

Epidemias: JANE EYRE, de Charlotte Brontë

"... aquella riqueza de color y perfume no aliviaba la suerte de las pupilas Lowood: sólo servía para engalanar las tapas de sus ataúdes."

(Fragmento del capítulo IX)

El profundo bosque en que Lowood estaba situado era, con sus aguas estancadas y su humedad, un foco de infecciones, cuando empezó la primavera, el tifus penetró en los dormitorios y en los cuartos de estudio donde nos apiñábamos; y, en mayo, el colegio estaba convertido en un hospital.

La casi extenuación física originada por la escasez de alimentos, los fríos sufridos, el descuido, la escasa higiene, habían predispuesto a todas a la infección y cincuenta de las ochenta alumnas tuvieron que guardar cama. Las clases se suspendieron, la disciplina se relajó. Las pocas que no enfermamos gozábamos de libertad casi ilimitada. Los médicos habían prescrito ejercicio al aire libre para conservar la salud, y aun sin tal prescripción hubiéramos estado en libertad por falta de personal suficiente para vigilarnos. Miss Temple pasaba el día en el dormitorio de las enfermas y sólo lo abandonaba por la noche para descansar algunas horas. Las profesoras estaban ocupadas con los preparativos de la marcha de las afortunadas muchachas que tenían parientes que podían sacarlas de allí para evitar el contagio. Muchas, casi todas, sólo salieron del colegio para ir a morir a sus casas; otras fallecieron en Lowood y fueron enterradas rápidamente y sin aparato. La naturaleza de la epidemia no consentía dilaciones.

Mientras la desgracia se había convertido en huésped permanente de Lowood y la muerte en su frecuente visitante, mientras entre sus muros todo era sombrío y terrible, mientras los cuartos y los pasillos hedían a hospital, y drogas y medicamentos luchaban en vano contra la oleada de mortalidad, afuera, mayo brillaba más bello que nunca en las colinas y en los bosques que nos rodeaban. Crecían en el jardín las plantas de malva altas como árboles; se abrían las lilas; rosas y tulipanes estaban en capullo y se multiplicaban las margaritas. Pero toda aquella riqueza de color y perfume no aliviaba la suerte de las pupilas de Lowood: sólo servía para engalanar las tapas de sus ataúdes.


Charlotte Brontë (Inglaterra, 1816-1855).

viernes, 5 de junio de 2020

Epidemias: PREDICCIÓN, de Mijaíl Lermontov

"Y de los hediondos cadáveres saldrá la peste y se expandirá por las desdichadas aldeas..."

Llegará un año negro para Rusia,
y caerá entonces la corona de los zares.
Se olvidará el amor que se les profesaba,
y muchos vivirán de la muerte y de la sangre.
Y ya no habrá ley que proteja
a los niños y mujeres inocentes.
Y de los hediondos cadáveres saldrá la peste
y se expandirá por las desdichadas aldeas,
expulsando al hombre de su cabaña.
Y el hambre asolará este pobre país
y de púrpura teñirán las llamas las aguas de los ríos.
Ese día surgirá un hombre poderoso:
cuando lo veas lo reconocerás
porque en su mano llevará un puñal damasquino.
¡Desdichado de ti! Tu llanto, tu gemido
sólo le merecerán burlas.
Y todo en él será terrible y sombrío,
como su capa y su protuberante frente.

Mijaíl Lermontov (Rusia, 1814-1841).

(Traducido al español por Victor Gallego Ballestero).

jueves, 4 de junio de 2020

Epidemias: CARMILLA, de Sheridan Le Fanu

"Me destrozan los tímpanos -exclamó Carmilla con tono rabioso, tapándose los oídos con las manos-. Detesto los entierros y los funerales."

(Fragmento)

El canto continuó.

- Me destrozan los tímpanos! -exclamó Carmilla en tono rabioso, tapándose los oídos con las manos-. Detesto los entierros y los funerales. ¡Cuántas cosas inútiles! Porque tú has de morir, todos han de morir, y todos, después de la muerte, son mucho más felices. ¡Regresemos a casa!

- Mi padre ha ido también al cementerio. ¿Lo sabías?

- No, no me importa. Ni siquiera sé quién es el muerto -replicó mientras sus ojos centelleaban.- Se trata de aquella muchacha que hace unos quince días creyó haber visto un fantasma. Desde entonces ha ido empeorando, y ayer por la mañana falleció.

- No me hables de fantasmas: esta noche no podría dormir.

- Espero que no haya una epidemia por estos alrededores. Existen algunos síntomas -continué-. La mujer del pastor murió hace una semana, y también dijo que había notado una extraña opresión en el cuello, como si alguien tratara de ahogarla. Mi padre dice que esas alucinaciones son frecuentes en los casos de fiebres epidémicas. La mujer se hallaba perfectamente el día anterior, pero después de aquella noche se debilitó inesperadamente y al cabo de una semana falleció.

- Bien, supongo que ya habrán terminado con los cantos fúnebres. Nuestros oídos ya no se verán torturados. de nuevo. Todas estas cosas me ponen nerviosa. Siéntate a mi lado, más cerca. Cógeme la mano. Apriétala fuerte, más fuerte...

Nos habíamos retirado unos pasos y Carmilla se sentó en un banco. Su semblante se había transformado de tal modo, que me asusté. Se había puesto pálida. Sus dientes rechinaban y apretaba los labios, sacudida por un continuo escalofrío. Todas sus energías parecían empeñadas en luchar contra aquel ataque. Finalmente, profirió un ahogado grito y se tranquilizó paulatinamente, superada la crisis de histerismo.


Sheridan Le Fanu (Irlanda, 1814-1873).

miércoles, 3 de junio de 2020

Epidemias: LAS ALMAS MUERTAS, de Nikolái Gógol


"El temor es más contagioso que la peste y se comunica de inmediato."

(Fragmento del capítulo IX de la primera parte)

En seguida vamos a saber por qué los hombres pensaban que se trataba de una cosa execrable. En la provincia había sido nombrado recientemente un nuevo gobernador general, cosa que, como todo el mundo sabe, produce gran inquietud entre los funcionarios: llegan las reprimendas, las reconvenciones y las censuras, y también el reparto de prebendas que el nuevo jefe ofrece a sus subordinados. «Si llega a enterarse de que por la ciudad circulan unos rumores tan estúpidos -se decían los funcionarios-, nos puede costar muy caro.» El inspector de Sanidad se quedó de pronto pálido como un cadáver al figurarse Dios sabe qué: se preguntó si las almas muertas serían los enfermos fallecidos en considerable número en los hospitales y otros lugares como resultas de una epidemia de calenturas contra la que no se habían tomado las medidas oportunas, y pensó que tal vez Chichikov era un funcionario de las oficinas del gobernador general que había sido enviado allí para realizar una investigación secreta.

Así se lo dijo al presidente. Este replicó que era absurdo, pero después palideció asimismo y se preguntó: ¿Y si los mujiks adquiridos por Chichikov eran, en efecto, almas muertas? ¿Y si el gobernador general llegaba a enterarse de que él había estado de acuerdo en que se llevara a cabo la escritura de la venta sin poner reparo alguno, y que hasta había actuado como apoderado de Pilushkin? ¿Qué pasaría entonces? Fue suficiente que lo comunicara a uno y a otro para que todos se pusieran pálidos. El temor es más contagioso que la peste y se comunica de inme- diato.

Todos comenzaron entonces a buscarse pecados, hasta los que no habían cometido. Las palabras "almas muertas" eran pronunciadas como si se tratara de algo indefinido e incluso se llegó a pensar si no se referían a los muertos enterrados con toda rapidez con motivo de unos sucesos que habían tenido lugar poco antes.


Nikolái Gógol (Ruso nacido en Ucrania, 1809-1952).

martes, 2 de junio de 2020

Epidemias: LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA, de Edgar Allan Poe

"El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres (…) había hermosura y vino."

(Fragmento inicial)

La «Muerte Roja» había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era su encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía. Y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil robustos y desaprensivos amigos de entre los caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los corte- sanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones seme- jantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto, era una locura afligirse o meditar. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la «Muerte Roja».


Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849).

(Traducido al español por Julio Cortázar).
El cuento completo se puede leer en Ciudad Seva

lunes, 1 de junio de 2020

Epidemias: BLACK, de Alexandre Dumas

"El doctor tomó una vela y acercó su luz vacilante al rostro de la enferma."

(Fragmento XXII: Black conduce al caballero)

- ¡Diantre de perro! ¿Por qué ha huido de mi casa? ¿Qué más quería? Comía bien, dormía sobre una hermosa piel de lobo, suave y blanda a pedir de boca. ¡Vaya una idea que ha tenido al echar de menos este triste chiribitil! ¡Ah! razón tenía yo en maldecir y huir de toda clase de afectos. Sin la que has conservado por tu ama, tonto -y diciendo esto miraba a Black con indecible ternura-... a estas horas estaríamos muy tranquilos, muy contentos en nuestro jardincito; tú saltarías por el césped, y yo podaría mis rosales, que bien lo necesitan... ¡Y este maldito carbón que no se enciende! Nunca acabará de encenderse ¡Voto a sanes! Si al menos hubiese encontrado a alguien en esta casa, habría hecho cuidar a esta joven. El dinero me hubiera ahorrado esta ingrata faena; yo hubiera dado de mil amores cuanto me hubiese pedido. Y francamente, ¿no hubiera sido igual?

- No, caballero -dijo una voz detrás de La Graverie-, no hubiera sido igual, y lo verá si tenemos la dicha de salvar a la enferma por quien se interesa.

- ¡Ah, es usted, doctor! -dijo el caballero que se había estremecido a las primeras palabras pronunciadas por la voz, pero que luego de volver la cabeza se había encontrado con el rostro simpático y grave del médico-; a usted se lo puedo confesar, los enfermos me espantan y las enfermedades me horripilan.

- Así será mayor el mérito y la satisfacción de su conciencia -respondió el médico-; además, créame, uno se acostumbra a todo, y si cuidara diez enfermedades como esta, no desearía otra profesión. ¿Y dónde está la enferma?

- Aquí -dijo el caballero mostrando la cama.

El doctor se acercó a la joven; pero al verlo Black, dio un ladrido amenazador.

- Ea, Black, ea, querido -dijo el caballero-; ¿qué significa eso?

Y tranquilizó al perro acariciándole.

El doctor tomó una vela y acercó su luz vacilante al rostro de la enferma.


- ¡Tate! -dijo-, ya lo sospechaba; pero no creía el caso tan grave.

- ¿Qué mal tiene? -preguntó Deodato.

- ¿Qué mal? El cólera morbo, el verdadero cólera morbo, ¡el cólera asiático con toda su energía!

- ¡Voto a sanes! -exclamó el caballero y corrió hacia la escalera. Pero antes de llegar a la puerta le flaquearon las piernas y cayó sobre un escabel.

- ¿Qué le pasa, caballero? -preguntó el doctor.

- El cólera morbo -repetía éste sin aliento para respirar y sin fuerzas para levantarse-, ¡el cólera morbo! ¿Y es contagioso el cólera morbo, doctor?

- Unos dicen endémico, otros contagioso; no estamos acordes sobre este punto.

- ¿Cuál es su opinión? -preguntó Deodato.

- Yo opino que es contagioso -respondió el doctor-, pero no pensemos en eso por ahora.

- ¿Cómo que no pensemos en eso? Pues créame, doctor, que yo no pienso en otra cosa.

Y, en efecto, el caballero estaba pálido como un muerto; gruesas gotas de sudor corrían por su frente, y sus dientes chocaban unos con otros.


Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870).

domingo, 31 de mayo de 2020

Epidemias: EL DON APACIBLE, de Mijaíl Shólojov


"Después de una asamblea general de la aldea, los cosacos fueron a casa de Prokofi…"

(Fragmento del capítulo I de la primera parte)

Este misterio quedó esclarecido cuando la más audaz, Mavra, cuyo marido estaba haciendo el servicio militar, se decidió a ir a casa de Prokofi con el pretexto de pedir levadura fresca. Mientras Prokofi bajaba a la cueva para buscársela, Mavra examinó a la turca y consideró que no valía nada.

Minutos después, Mavra, muy arrebolada, con el pañuelo de la cabeza torcido, coto- rreaba en la encrucijada, entre un grupo de mujeres.

- ¿Qué ha podido encontrar en ella? ¡No lo entiendo! ¡Ni siquiera parece una mujer! Pero ¡quiá! ¡Está lisa por delante y por detrás! ¡Es una vergüenza! Hasta nuestras chiquillas están más rollizas. La cintura es como la de una avispa; se la podría partir en dos. Los ojos son negros y enormes, y ella los hace rodar como un demonio. ¡Dios me perdone! A pesar de eso está embarazada.

- ¡No puede ser! -exclamaron las mujeres.

- ¡Tal como lo digo! Entiendo algo de eso, no lo duden: he tenido ya tres hijos.

- Y de cara, ¿cómo está?- ¿De cara? ¡Es, sencillamente, amarilla! Sus ojos son tristes; es cierto que la vida no es alegre en un país extraño. Además, amigas mías, olvidaba decirles que lleva los pantalones de Prokofi.

- ¡No es posible! ¡Dios mío! ¡Qué vergüenza! -clamaron a coro las mujeres, aterradas.

- ¡Lo he visto con mis ojos! Lleva los pantalones sin la trenza roja, seguramente el pantalón de trabajo de Prokofi. Viste una camisa larga y, sobre la camisa, el calzón de Prokofi, embutido en sus medias. ¡Al verlo, el corazón me dio un vuelco!

Comenzaron a murmurar por el pueblo que la mujer de Prokofi era una hechicera. La nuera de los Astakhov -vecinos más cercanos de Prokofi- juró que había visto, el segundo día de Pentecostés, hacia el alba, a la mujer de Prokofi con los cabellos sueltos y los pies descalzos, ordeñar una vaca. A partir de este día, la ubre de la vaca se había secado, achicándose como el puño de un niño; la vaca dejó de dar leche y acabó reventando.

Una epidemia terrible cayó entonces sobre la región. Todos los días aparecían los pastos cubiertos con los cadáveres de las vacas y los terneros. La epidemia alcanzó en seguida a los caballos. Los rebaños de la aldea disminuían a ojos vistas. Entonces un siniestro rumor comenzó a circular de casa en casa.

Después de una asamblea general de la aldea, los cosacos fueron a casa de Prokofi, quien salió a la puerta para saludarles.

- ¿Qué les trae por aquí, cosacos?

La multitud rodea la puerta en silencio. Un anciano, un poco achispado, gritó el prime- ro:

- ¡Tráenos a tu bruja, queremos juzgarla!

Prokofi se precipitó en la casa, pero le dieron alcance en la antesala. Un fornido artillero, apodado Luchnia, cogió a Prokofi por el cuello y, apretando su cabeza contra la pared, dijo:

- ¡No hagas tonterías! La cosa no es para tanto. No te haremos nada. A tu mujer la clavaremos con un palo al suelo. Más vale suprimirla que dejar perecer toda la aldea por falta de sus bestias. Estate quieto, que, si no, te romperé la cabeza contra el muro.

– Arrastren a esa perra hasta el patio -aulló la muchedumbre.

Un camarada del regimiento de Prokofi cogió a la turca por los cabellos con una mano, la amordazó con la otra y, arrastrándola hacia fuera, la arrojó a los pies de la multitud.

Un grito agudísimo sobrepujó el alboroto, Prokofi, derribando a los seis cosacos que intentaban sujetarle, corrió a su cuarto y descolgó el sable, suspendido en la pared. Los cosacos se lanzaron fuera, tropezando unos con otros. Prokofi franqueó de un salto los escalones de la gradería, haciendo silbar el sable sobre su cabeza. La multitud, espantada, se dispersó por el patio. Cerca de la alquería, Prokofi alcanzó al artillero Luchnia, menos ligero que los demás, y le hendió hasta la cintura de un sablazo. Entonces los cosacos, que se disponían a arrancar las estacas de la cerca, huyeron por la estepa.

Media hora después, habiendo recobrado su valor, la multitud se acerco al patio de Prokofi. Dos de ellos penetraron cautelosamente, como exploradores, en la antesala. En el umbral de la cocina la mujer de Prokofi yacía en un charco de sangre con la cabeza abatida y la lengua apretada entre los dientes. Prokofi, ausente la mirada y la cabeza sacudida por un temblor nervioso, abrazaba, arropándolo en una pelliza de piel de carnero, un pedazo de carne roja que chillaba débilmente: era el hijo que acababa de nacer antes de tiempo.

La mujer murió aquella tarde. La madre de Prokofi, apiadada del niño, se lo llevó consigo. Lo instaló junto a su estufa de vapor, alimentándole con leche de burra y, un mes más tarde, cuando no había duda de que aquel chiquillo, atezado como un turco, estaba en salvo, lo llevó a la iglesia, donde fue bautizado con el nombre de su abuelo: Pantelei.

Prokofi fue condenado a presidio por la muerte de Luchnia y regresó doce años después. Con la barba bermeja ya canosa recortada, vestido a la usanza moscovita, no parecía un cosaco.

Recogió a su hijo y reemprendió las labores en la finca. Pantelei crecía; tenía la piel atezada y la sangre ardiente. Se parecía a su madre por la menguada estatura y la flexibilidad. Prokofi le casó con la hija de un cosaco vecino. Desde entonces, la sangre turca fue mezclándose con la cosaca, y de este modo se multiplicaron los cosacos de nariz aguileña, de belleza un tanto salvaje, los Melekhov, a quienes se apodó los Turcos.

Mijaíl Shólojov (Rusia, 1905-1984). Obtuvo el premio Nobel en 1965.

La ilustración corresponde a pobladores de la aldea de Tymynski, a orillas del río Don, a finales del siglo XIX.