Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

sábado, 19 de septiembre de 2026

Septiembre: NUDO DE VÍBORAS, de François Mauriac

"La tarde de septiembre zumbaba de moscas sin sueño. Los tilos, tupidos y redondos, parecían frutos maduros."

(Fragmento del capítulo dieciocho)

Los olmos de los caminos y los álamos de la llanura dibujaban grandes planos superpuestos, y entre sus líneas sombrías se acumulaba la niebla y el humo de las hierbas quemadas y ese inmenso aliento de la tierra que ha bebido. Porque nos despertamos en pleno otoño y los racimos, donde mora aún y brilla un poco de lluvia, no encontrarán lo que les ha frustrado el agosto lluvioso. Para nosotros tal vez no sea nunca demasiado tarde. Tengo la necesidad de repetirme que nunca es demasiado tarde.
 
Al día siguiente de mi vuelta penetré, y no por devoción, en la alcoba de Isa. El no hacer nada, esa disponibilidad total de la que no sé si gozo o sufro en el campo, esto sólo, me incitó a empujar la puerta entreabierta, la primera al lado de la escalera, a la izquierda. No solamente la ventana estaba abierta de par en par, sino también el armario y la cómoda. La servidumbre había abandonado la habitación y el sol devoraba, hasta en los más pequeños rincones, los restos impalpables de un destino acabado. La tarde de septiembre zumbaba de moscas sin sueño. Los tilos, tupidos y redondos, parecían frutos maduros. El cielo, oscuro en el cénit, palidecía sobre las colinas dormidas. Vibró la risa de una joven a quien no veía. Los anchos sombreros contra el sol se movían a ras de las viñas. Había comenzado la vendimia.
 
 
François Mauriac (Francia, 1885-1970).
Obtuvo el premio Nobel en 1952.
 
(Traducido del francés por Fernando Gutiérrez)..

viernes, 18 de septiembre de 2026

Septiembre: LOLITA, de Vladimir Nabokov

"La carta estaba fechada el 18 de septiembre de 1952 (El día en que ocurrió lo que narro era el 22)..."

(Acontecimientos de septiembre de 1952: hace setenta y cuatro años)

Querido papá:

¿Cómo van las cosas? Me he casado. Voy a tener un hijo. Creo que será muy grande. Creo que nacerá para Navidad. Es difícil escribirte esta carta. Estoy medio loca, porque no podemos pagar nuestras deudas y marcharnos de aquí. Le han prometido a Dick una buena colocación en Alaska, dentro de su espacialidad en la mecánica. No sé cuál es, pero tengo entendido que es muy importante. Perdona que no te dé mi dirección, pero quizás sigas enfadado conmigo, y Dick no debe saber lo ocurrido. Esta ciudad es algo increíble. El humo de las fábricas se mezcla con la niebla y no deja ver a los idiotas que viven aquí. Por favor, mándanos un cheque, papá. Podemos arre- glarnos con trescientos o cuatrocientos, o quizás menos, cualquier suma vendría bien; puedes vender mis cosas viejas, pues una vez que lleguemos allí nos lloverá el dinero. Escríbeme, por favor. He pasado muchas tristezas y sinsabores.

Tu hija que espera ansiosa,

Dolly (señora de Richard F. Schiller)
...

La carta estaba fechada el 18 de septiembre de 1952 (el día en que ocurrió lo que narro era el 22), y la dirección que me indicaba Lolita era "Lista de correos, Coalmont" (omito si se hallaba en Virginia, Pennsylvania o Tennessee; aunque el nombre de la ciudad tampoco era Coalmont; lo he camuflado todo, amor mío). Averigué que era una pequeña comunidad industrial a unos mil quinientos kilómetros de Nueva York. Al principio, proyecté conducir todo el día y toda la noche, pero después lo pensé mejor y descansé un par de horas, próxima ya la madrugada, en un motel, pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad.

Vladimir Nabokov
(Ruso nacionalizado estadounidense y suizo, fallecido en Suiza,1899-1977).

jueves, 17 de septiembre de 2026

SEPTIEMBRE, de Luis Muñoz

"No es más real, septiembre, que un recuerdo..."

En el pálido azul que acogen las terrazas,
los labios desprovistos que saben regresar
y el vuelo de las últimas gaviotas.

Voces que el mar congrega,
que vienen con las olas y son la lejanía.
Playas tendidas como alas de nieve
al pie de los bañistas
y autobuses velados con tenues pasajeros
que persiguen la falta de costumbre.

También entonces
rubias muchachas sumergidas
en el agua templada de las historias breves
y la pasión del horizonte, el hilo de ciudades
que definen los barcos que se alejan.

No es más real, septiembre, que un recuerdo,
pero nombres que dimos por perdidos
recobran claridad, el aire que atraían
y el sueño en que resisten los veranos.


Luis Muñoz (España, 1966).

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Septiembre: EL BUSCADOR DE ORO, de Jean-Marie Gustave Le Clézio

"... estos bosques de inmóviles abedules donde se escuchaba el grito de la lechuza..."

(Fragmentos del capítulo Somme, verano de 1916)

A comienzos de septiembre nos unimos al V Ejército del general Gough y, con los que han quedado bajo las órde es de Rawlinson, nos encaminamos todavía más al sur, hacia Guillemont. Por la noche remontamos la vía férrea hacia el noreste, en dirección a los bosques. Están a nuestro alrededor, todavía más sombríos, amanazadores: el bosque de Trônes, a nuestra espalda, el bosque de Leuze, al sur y. ante nosotros el bosque de los Bouleaux. Los hombres aguardan, en la tranquilidad de la noche, sin dormir. Creo que ninguno de nosoros puede evitar pensar en lo que, antes de esta guerra, existía aquí; esta belleza, estos bosques de inmóviles abedules donde se escuchaba el grito de la lechuza, los murmullos de los arroyuelos, los saltos de los conejos silvestres. Esos bosques donde van los amantes, después del baile, con la hierba tibia todavía por la luz del día, donde los cuerpos se abrazan y ruedan riendo. Los bosques, por la noche, cuando de los pueblos suben las azuladas humaredas, tan tranquilas, y se ven en los senderos las siluetas de las viejecitas recogiendo leña.

(... en la jornada del quince de septiembre...)

Comienzan las pesadas lluvias de invierno. Las aguas del Somme y del Ancre invaden las riberas. Estamos prisioneros en las trincheras conquistadas, hundidos en el barro, agazapados en improvisados refugios. Hemos olvidado ya la embriaguez de los combates que nos han llevado hasta aquí, Hemos conquistado Guillemont, la granja de Falfemont, Glinchy y, en la jornada del quince de septiembre, Morval, Gueudecourt, Lesboeufs, rechazando a los alemanes hacia sus trincheras de reta- guardia, en lo alto de los ribazos, en Bapaume, en el Transloy. Ahora estamos prisioneros de las trincheras, al otro lado del río, prisioneros de las lluvias y del barro. Los días son grises, fríos, nada ocurre.

Jean-Marie Gustave Le Clézio (Francés con ciudadanía mauritana, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2008.

martes, 15 de septiembre de 2026

Septiembre: HOJAS DE HIERBA, de Walt Whitman


"Guarda los campos de alforfón en flor, en los que zumban las abejas de septiembre."

(Fragmento)

Guarda tu espléndido sol silencioso,
Guarda tus bosques, ¡Oh, naturaleza!, y los parajes apacibles junto a los bosques,
Guarda tus campos de trébol y alfalfa, y tus maizales y tus huertas,
Guarda los campos de alforfón en flor, en los que zumban las abejas de septiembre;
¡Dame rostros y calles -dame estos fantasmas incesantes e inacabables que caminan en las aceras!
¡Dame ojos interminables -dame mujeres- dame camaradas y amantes por millares!
¡Déjame que vea otros cada día -déjame que les dé la mano cada día!


Walt Whitman (Estados Unidos, 1819-1892).

lunes, 14 de septiembre de 2026

Septiembre: LOS HERMANOS KARAMAZOV, de Fiódor Dostoyevski

"Una noche de septiembre clara y cálida, en que la luna brillaba en el cielo..."

Libro III: Los sensuales

Capítulo segundo: Isabel Smerdiachtchaia

(Fragmento)

Una noche de septiembre clara y cálida, en que la luna brillaba en el cielo, a una hora avanzada, un grupo de cinco o seis alegres trasnochadores embriagados regresaban del club a sus casas por el camino más corto. La callejuela que seguían estaba bordeada a ambos lados por una valla tras la cual se extendían las huertas de la: casas ribereñas. Desembocaba en un pontón tendido sobre una de esas balsas alargadas a infectas a las que en nuestro país se da el nombre de ríos. Allí durmiendo entre las ortigas, estaba Isabel Los trasnochadores la vieron, se detuvieron cerca de ella y empezaron a reír y bromear con el mayor cinismo. Un muchacho que figuraba en el grupo hizo esta singular pregunta:

-¿Se puede considerar como mujer a semejante monstruo?

Todos contestaron negativamente con un gesto de sincera aprensión. Pero Fiodor Pavlovitch, que formaba parte de la pandilla, manifestó que se podía ver en ella una mujer perfectamente, y que incluso tenía el excitante atractivo de la novedad y otras cosas parecidas. En aquella época, Fiodor Pavlovitch se complacía en desempeñar su papel de bufón y le gustaba divertir a los ricos como un verdadero payaso, aunque aparentemente era igual a ellos. Con un crespón en el sombrero, pues acababa de enterarse de la muerte de su primera esposa, llevaba una vida tan disipada, que incluso los libertinos más curtidos se sentían cohibidos ante él. La paradójica opinión de Fiodor Pavlovitch provocó la hilaridad del grupo. Uno de sus compañeros empezó a incitarle; otros mostraron una mayor aprensión todavía, aunque siempre con grandes risas. Al fin, todos siguieron su camino.

Fiódor Dostoyevski (Rusia, 1821-1881).

domingo, 13 de septiembre de 2026

Septiembre: LA MONTAÑA MÁGICA, de Thomas Mann

"Sin embargo, los domingos, sobre todo, el del concierto bimensual, constituían un punto de partida y se tenía la seguridad de que el mes de septiembre llegaba a su mitad."

(Fragmento del capítulo V: Sopa eterna y claridad repentina)

En desquite, las horas empleadas en dormir estaban animadas con sueños variados y llenos de vida, sueños en los cuales podía continuar soñando aun estando ya despierto. Cuando llegaba la mañana, constituía una distracción observar la habitación que se iba iluminando y reaparecía poco a poco; ver cómo surgían y se develaban los objetos y cómo la luz se encendía en el exterior, a veces con un resplandor rojizo y turbio y otras alegre. Y antes de que se hubiese dado cuenta había llegado de nuevo el instante en que el masajista, llamando a la puerta con su enérgico puño, anunciaba la entrada y daba inicio a la rutina diaria.
 
Hans Castorp no se había llevado calendario en su viaje, y por consiguiente no siempre estaba al corriente de las fechas. De vez en cuando, se informaba por su primo, quien, sobre este punto, tampoco estaba muy seguro. Sin embargo, los domingos, sobre todo, el del concierto bimensual, constituían un punto de partida y se tenía la seguridad de que el mes de septiembre llegaba a su mitad.
 
En el valle, desde que Elans Castorp se hallaba en la cama, al tiempo triste y frío habían sucedido días del final de verano, bellos días sin número, de manera que Joachim había entrado cada mañana en la habitación de su primo, vestido con pantalón blanco, y éste no había podido reprimir la expansión de una contrariedad sincera, de una contrariedad de su alma y sus jóvenes músculos ante el pensamiento de aquella estación magnífica. A media voz había pronunciado la palabra «vergüen- za», reprochándose el dejar pasar un tiempo tan hermoso. Pero luego, para calmarle, había añadido que aunque hubiese estado levantado no hubiera podido aprovecharlo, puesto que la experiencia propia le prohibía moverse mucho. Y en definitiva, por la puerta del balcón, abierta de par en par, podía disfrutar, en cierta medida, de la esplendorosa belleza del aire libre.
 
Pero al final del plazo que le había sido impuesto, el tiempo cambió de nuevo. Durante la noche era brumoso y frío, el valle desapareció bajo una tempestad de nieve húmeda, y el aliento seco de la calefacción central llenó la habitación.

Thomas Mann
(Escritor alemán nacionalizado primero checoslovaco y más tarde estadounidense, 1875-1955).
Obtuvo el premio Nobel en 1929.

(Traducción al español de Mario Verdaguer).

sábado, 12 de septiembre de 2026

Septiembre: MI BOHEMIA, de Arthur Rimbaud

"Yo las escuchaba al borde del camino cuando caen las tardes de septiembre..."

Me iba, con los puños en mis bolsillos rotos…
mi chaleco también se volvía ideal,
andando, al cielo raso, ¡Musa, te era tan fiel!
¡cuántos grandes amores, ay ay ay, me he soñado!

Mi único pantalón era un enorme siete.
—Pulgarcito que sueña, desgranaba a mi paso
rimas Y mi posada era la Osa Mayor.
—Mis estrellas temblaban con un dulce frufrú.

Y yo las escuchaba, al borde del camino
cuando caen las tardes de septiembre, sintiendo
el rocío en mi frente, como un vino de vida.

Y rimando, perdido, por las sombras fantásticas,
tensaba los cordones, como si fueran liras,
de mis zapatos rotos, junto a mi corazón.


Arthur Rimbaud (Francia, 1854-1891).

viernes, 11 de septiembre de 2026

Septiembre: LOS SOÑADORES, de Isak Dinesen

"...  no había dama en Inglaterra que la venciese entonces; pero otras se ponía la capucha de lino de las italianas..."

(Fragmento)

Una vez había una fiesta en un pueblo, con farolillos alrededor de una fuente en el anochecer claro. La presenciamos desde un balcón. Varias veces, también, fuimos al mar. Todo esto fue en el mes de septiembre, un buen mes en Roma: el mundo empieza a ponerse marrón, pero el aire es transparente como el agua de montaña, y sorprende que se llene de alondras, y que canten allí, en esa época del año.

A Olalla le encantaba todo esto. Tenía un gran amor a Italia, y muchos conocimientos sobre la buena comida y el vino. A veces se emperifollaba, vistosa como un arco iris, con cachemires y plumas, como la amante de un príncipe, y no había dama en Inglaterra que la venciese entonces; pero otras se ponía la capucha de lino de las italianas, y bailaba en los pueblos al estilo rural. Entonces no había bailarina más fuerte ni más graciosa; aunque ella prefería mucho más sentarse conmigo a ver bailar. Estaba extraordinariamente viva a todas las impresiones. A donde íbamos, observaba muchas más cosas que yo, aunque he sido buen deportista toda mi vida. Pero al mismo tiempo no parecía haber para ella mucha diferencia entre la alegría y el dolor, o entre lo triste y lo agradable. Para ella, las dos cosas eran igualmente bienvenidas, como si considerase que en el fondo eran lo mismo.

Una tarde regresábamos a Roma, hacia la puesta de sol, y Olalla, con la cabeza descubierta, guiaba el caballo manteniéndolo al galope. La brisa le apartaba sus largos y oscuros rizos de la cara, revelándome otra vez la larga cicatriz de una quemadura que, como una pequeña serpiente blanca, le corría de la oreja izquierda a la clavícula. Le pregunté, aunque ya lo había hecho antes, cómo había llegado a quemarse de esa manera. No me contestó; en vez de eso, empezó a hablarme de los grandes prelados y mercaderes de Roma que estaban enamorados de ella; hasta que le dije, riendo, que no tenía corazón. Tras este comentario se quedó callada un rato, mientras seguíamos a gran velocidad, con la luz del sol dándonos de lleno en la cara.

—Sí —dijo por último—; sí tengo corazón. Pero está enterrado en el jardín de una pequeña villa blanca cerca de Milán.

—¿Para siempre? —pregunté.

—Sí, para siempre —dijo—; porque es el lugar más bonito.

- ¿Qué hay allí —le pregunté, asaltado por los celos—, en esa pequeña villa blanca de Milán, que amerite guardar tu corazón para siempre?

—No lo sé —dijo—. No debe de haber mucho, ahora, ya que nadie limpia el jardín de malas hierbas ni toca el piano. Puede que vivan desconocidos allí, ahora. Pero también hay claridad lunar cuando la luna brilla en lo alto, y las almas de personas muertas.

A menudo hablaba de esa manera vaga y singular, y lo hacía de forma tan graciosa, afable y hasta humilde, que siempre me encantaba. Estaba deseosa de agradar, y se esforzaba todo lo posible; aunque no como la criada que se queda envarada por miedo a causar desagrado, sino como alguien muy rico que te colma de favores volcando sobre ti el cuerno de la abundancia. Como una leona domesticada, de dientes y garras fuertes, que se gana tu favor. A veces me parecía una niña; luego, a continuación, una vieja, como esos acueductos construidos hace mil años que se alzan en la campagna y proyectan sus largas sombras en el suelo, con sus muros majestuosos, antiguos y resquebrajados brillando al sol como el ámbar. Yo me sentía como un ser nuevo y torpe en el mundo, como un niño ridículo junto a ella, en esos momentos; y siempre le encontraba algo que me hacía verla más fuerte que yo. De haberme enterado de que podía volar, y alejarse de mí y del mundo cuando quisiese, me habría causado la misma impresión, creo.

Hasta finales de septiembre no empecé a pensar en el futuro. Entonces comprendí que no podía vivir sin Olalla. Si intentaba alejarme de ella, pensaba, mi corazón correría en su busca como corre el agua pendiente abajo. Así que pensé que debía casarme con ella y llevármela conmigo a Inglaterra.


Isak Dinesen: Karen Blixen (Dinamarca, 1885-1962).

jueves, 10 de septiembre de 2026

Golondrinas en septiembre: LAS AFUERAS, de Luis Goytisolo

"Sobre los peldaños del portal descansaba un cesto de manzanas rojas."

(Fragmento)

Mingo Cabot no dijo nada. Entró en la cocina y se tragó una cucharadita de aquellos polvos que sabían a cal.

El domingo se levantó algo más tarde que de costumbre. Fue a ordeñar, desayunó y se afeitó cuidadosamente junto al pozo. Luego se ocupó de arrancar las hierbas del tejado. El sol, todavía bajo, doraba las colinas y los mirlos cantaban desde las acacias. Sobre los peldaños del portal descansaba un cesto de manzanas rojas. Nap tendía la colada.

Volaron dos tórtolas. Mingo Cabot las miró alejarse desde el tejado, haciéndose pantalla con la mano. Marcharían pronto, en agosto. Y las golondrinas en septiembre y las torcaces en otoño y en febrero las becadas. Se iban, todas se iban.


Luis Goytisolo (España, 1935).

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Golondrinas en septiembre: EL ÁNGEL QUE NOS MIRA, de Thomas Wolfe

"... y las golondrinas migratorias poblaban secretamente los árboles con su algarabía..."

 (Párrafo del capítulo once)

A principios de otoño, cuando los arces eran aún frondosos y verdes, y las golondrinas migratorias poblaban secretamente los árboles con su algarabía y se alejaban una tarde en negro remolino hacia el final de su trayecto, dejándose caer como hojas muertas en su chimenea predilecta, Eliza se trasladó a Dixieland. Hubo mucho vocerío y excitación y gran curiosidad en la familia acerca de la compra, pero ningún concepto claro de lo que había ocurrido en realidad.Gant y Eliza, aun sintiendo sin decirlo que habían llegado a un hito decisivo en sus vidas, hablaban vagamente de sus planes, calificaban evasivamente a Dixieland de «una buena inversión», y no decían nada con claridad. En realidad, sentían instintivamente su próxima separa- ción. La vida de Eliza era impulsada, por una medio ciega pero inevitable gravitación, hacia el centro de su deseo; habría sido incapaz de definir el significado exacto de su arriesgada empresa, pero tenía la firme convicción de que el vago impulso que la había conducido ciegamente a la muerte y la aflicción de Saint Louis la empujaba ahora en la dirección correcta. Su vida estaba encarrilada.


Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).

martes, 8 de septiembre de 2026

Golondrinas en septiembre: ODA A LAS ALAS DE SEPTIEMBRE, de Pablo Neruda

"... al vuelo del cielo que volvió a mi tejado: he comprendido al fin que las primeras flores son plumas de septiembre."

He visto entrar a todos los tejados
las tijeras del cielo:
van y vienen y cortan transparencia:
nadie se quedará sin golondrinas.

Aquí era todo
ropa, el aire espeso
como frazada y un vapor del sal
nos empapó el otoño
y nos acurrucó contra la leña.

En la costa del Valparaíso,
hacía el sur de la Planta Ballenera:
allí todo el invierno se sostuvo
intransferible con su cielo amargo.

Hasta que hoy al salir
volaba el vuelo,
no paré mientes al principio, anduve
aún entumido, con dolor de frío,
y allí estaba volando,
allí volvía
la primavera a repartir el cielo.

Golondrinas de agosto y de la costa,
tajantes, disparadas
en el primer azul,
saetas de aroma:
de pronto respiré la acrobacias
y comprendí que aquello
era la luz que volvía a la tierra,
las proezas del polen en el vuelo,
y la velocidad volvía a mi sangre.
Volví a ser piedra de la primavera.

Buenos días, señores golondrinas
o señoritas o alas o tijeras,
buenos días al vuelo del cielo
que volvió a mi tejado:
he comprendido al fin
que las primeras flores
son plumas de septiembre.


Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Golondrinas en septiembre: SEPTIEMBRE, de Luigi Pirandello

"... golondrinas vagabundas si alguna vez (...) volvieran, felices las casitas suyas encontrarían."

Las esperanzas se van
como golondrinas a fin de año:
¿volverán?
En mi viudo y fiel corazón
aún cuelgan los nidos
en que los gritos
ya suenan cortos y alegres:
golondrinas vagabundas, si alguna vez
con el reino
de mi Sol volvieran,
felices las casitas suyas
encontrarían.

(Le speranze se ne vanno
come rondini a fin d ’anno:
torneranno?
Nel mio cor vedovi e fidi
stanno ancora appesi i nidi
che di gridi
già sonaron brevi e gaj:
vaghe rondini, se mai
con i raj
del mio Sole tornerete,
le casucce vostre liete
troverete
.)

Luigi Pirandello (Italia, 1867-1936). Obtuvo el premio Nobel en 1934.

(Traducido del italiano por Jules Etienne).

domingo, 6 de septiembre de 2026

Golondrinas en septiembre: A UNA MUJER, de Paul Verlaine

"Las golondrinas en el cielo de la tarde 
—querida— un día hermoso y tibio de septiembre."

A ti, estos
versos, por la consoladora gracia
De tus grandes ojos donde un dulce sueño ríe y llora;
A tu alma pura y toda buena, a ti
Estos versos desde el fondo de mi violenta angustia.

Y es que, ¡ay!, la horrible pesadilla que me persigue
No me da tregua y va furiosa, loca, celosa,
Se multiplica como un cortejo de lobos
Y se cuelga de mi destino, ¡y lo ensangrienta!

¡Oh!, sufro, sufro terriblemente, si bien
Que el primer gemido del primer hombre
Arrojado del Edén, ¡no es más que una égloga al precio del mío!

Y las penas que puedas tener son como
Las golondrinas en el cielo de la tarde
—Querida— un día hermoso y tibio de septiembre.


Paul Verlaine (Francia, 1844-1896).

sábado, 5 de septiembre de 2026

Golondrinas en septiembre: FAUSTO, de Iván Turguéniev

"... las golondrinas revoloteaban a nuestro alrededor a muy poca altura."

(Fragmentos)

Vera le pidió que cantara una canción de sus años de estudiante y él le cantó Knaster, den gelben, pero terminó con una nota falsa. Estaba como borracho. Entre tanto, se levantó un fuerte viento, se alzaron olas bastante grandes y la barca dio ligeramente de banda; las golondrinas revoloteaban a nuestro alrededor a muy poca altura. Cambiamos de vela y empezamos a dar bordadas. De pronto sopló una violenta ráfaga de viento. No tuvimos tiempo de enderezar la embarcación: una ola saltó por encima de la borda y la barca se llenó de agua. En ese momento, el alemán dejó constancia de su valor: me arrancó la maroma de las manos y puso la vela en la posición adecuada, al tiempo que decía: “¡Así se hace en Cuxhaven!” (So macht mans in Cuxhaven!).

Vera probablemente se asustó, porque se puso pálida; no obstante, según su costumbre, no pronunció ni una palabra, recogió el bajo del vestido y apoyó los pies en el travesaño de la barca. De pronto me vino a la cabeza un poema de Goethe (desde hace algún tiempo estoy bajo su influjo)… ¿Te acuerdas? “En las olas centellean millares de estrellas oscilantes”, y lo declamé en voz alta. Cuando llegué al verso que dice: “Ojos míos, ¿por qué miráis el suelo?”, ella levantó levemente los suyos (yo estaba sentado a menor altura: su mirada caía sobre mí desde arriba) y contempló largo rato la lejanía, entornando los párpados para protegerse del viento… De pronto se desencadenó una fina llovizna, cuyos impactos en el agua produjeron un sinfín de burbujas. Le ofrecí mi abrigo: ella se lo echó por los hombros. Nos acercamos a la orilla, no al embarcadero, y nos dirigimos a pie hasta la casa. Yo la llevaba del brazo. En todo momento me parecía que tenía algo que decirle; pero callaba. No obstante, recuerdo que le pregunté por qué, cuando estaba en casa, siempre se sentaba debajo del retrato de la señora Yeltsova, como un polluelo bajo el ala de su madre. “Su comparación es muy apropiada -me dijo-. Nunca he deseado salir de debajo de su ala.” “¿No ha deseado nunca salir al aire libre?”, volví a preguntarle. Pero ella no me respondió.

(...)

Así es como me enteré de que Vera me amaba. Antes de nada debo decirte (y tienes que creerme) que hasta ese día no sospechaba absolutamente nada. Cierto que a veces se quedaba pensativa, algo que antes no le sucedía; pero yo no comprendía por qué caía en esos estados. Por fin, un día, el 7 de septiembre -un día inolvidable para mí-, sucedió lo siguiente. Ya sabes cuánto la amaba y cómo sufría. Vagaba como una sombra, no me encontraba bien en ningún sitio. Tenía intención de quedarme en casa, pero no fui capaz de contenerme y fui a verla. La encontré sola en su despacho. Primkov no estaba: se había ido de caza. Cuando entré en la habitación, Vera me miró fijamente y no respondió a mi saludo. Estaba sentada al pie de la ventana; en sus rodillas descansaba un libro que reconocí al instante: era mi ejemplar de Fausto. Su rostro expresaba cansancio. Me senté enfrente de ella. Me pidió que le leyera en voz alta esa escena entre Fausto y Gretchen en que ella le pregunta si cree en Dios. Cogí el libro y me puse a leer. Cuando terminé, me la quedé mirando. Con la cabeza reclinada en el respaldo del sillón y los brazos cruzados sobe el pecho, tenía los ojos clavados en mí.

Iván Turguéniev (Rusia, 1818-1883).

viernes, 4 de septiembre de 2026

LAS DESVENTURAS DEL JOVEN WERTHER (4 de septiembre), de J. W. von Goethe

"Mis hojas amarillean, y las de los árboles vecinos se han caído ya."

4 de septiembre


“Sí, así es. Al mismo tiempo que la naturaleza anuncia la proximidad del otoño, siento el otoño dentro de mí y en torno mío. Mis hojas amarillean, y las de los árboles vecinos se han caído ya. ¿He vuelto a hablarte de un joven aldeano que conocí cuando vino por primera vez a estos parajes? He pedido en Wahlheim noticias suyas, y me han dicho que, habiéndole echado de la casa donde servía, nadie ha vuelto a saber de él. Ayer le encontré, por casualidad, camino de otra aldea; le dirigí la palabra, y me ha contado su historia, que me ha impresionado mucho como comprenderás fácilmente cuando a mi vez te la refiera. Pero ¿a qué conducen estos pormenores? ¿No debía yo guardar para mí lo que me aflige y me angustia? ¿Por qué he de afligirte también? ¿Por qué he de darte sin cesar ocasión para que te quejes y me riñas? ¡Bah!, acaso no es mía la culpa, sino de mi estrella.

“Este hombre respondió a mis primeras preguntas con sombría tristeza, en la que me pareció ver alguna confusión; pero en breve, como si cayera en la cuenta de con quién hablaba, y me reconociese, me confesó con franqueza sus faltas y deploró su desdicha. ¡Que no pueda yo, amigo mío, recordar una por una sus palabras! Confesaba, refería (experimentando, al hacer memoria de ello, una especie de alegría y de placer) que su amor hacia su ama fue aumentando cada vez más hasta el punto de no saber lo que hacía ni, hablándote en su lenguaje, dónde tenía la cabeza. No podía beber, comer ni dormir; esto le martirizaba, y hacía lo que no debía hacer y olvidaba lo que le habían mandado, parecía que tenía los demonios en el cuerpo, y por último, un día que ella estaba en una habitación de un piso alto, lo supo él y la siguió, o más bien se sintió arrastrado en pos de ella. Rogó inútilmente y pretendió hacer uso de la fuerza. Ignoraba cómo pudo llegar a tal extremo y ponía a Dios por testigo de que siempre había pensado en ella con toda pureza y de que su más vehemente deseo había sido casarse para pasar la vida a su lado. Después de platicar un rato de este modo, titubeó, como aquel a quien aún le falta algo que decir y que no se atreve a continuar. Al cabo me confesó tímidamente que ella le solía tolerar ciertas confianzas y le había concedido algunos ligeros favores. Cortó dos o tres veces el relato para repetirme que no decía esto “por despreciarla”; que la quería tanto como antes; que jamás había hablado con nadie de estas cosas, y que sólo me las refería para que me convenciese de que él no era un malvado ni un insensato. Y ahora, amigo mío, vuelvo a mi eterno estribillo: ¡si yo pudiera pintarte a este muchacho tal como estaba, tal como todavía le ven mis ojos; si yo pudiera decirte perfectamente todo para que comprendieses cómo me interesa, cómo debo interesarme por él! Basta; conoces lo que me pasa, me conoces y sabes demasiado bien cuánto me interesan todos los desdichados, y, sobre todos, este de que te hablo.

“Leo lo escrito, y observo que se me olvidaba referirte el fin de la historia, que se adivina fácilmente. La viuda se defendió, llegó su hermano, que hacía mucho tiempo odiaba al criado y deseaba echarle de la casa, por temor de que un nuevo matrimonio de la hermana privase a sus hijos de una herencia que esperaban fundadamente, puesto que aquélla no tenía sucesión directa; este hermano plantóal criado en la calle, y armó tan completo escándalo sobre lo ocurrido, que aunque la viuda hubiera deseado recibir de nuevo al muchacho, no se hubiera atrevido a ello. Dicen que también ahora está que trina el hermano con otro criado que tiene la consabida, respecto al cual aseguran que se casará con ella, cosa que el antiguo está firme- mente resuelto a no sufrir mientras aliente.

“No he exagerado ni embellecido esta historia; hasta puedo decir que la he contado débil, debilísimamente, y que ha perdido mucho de su sencillez, porque la he encerrado en el molde de nuestro lenguaje usual y circunspecto.

“Esta pasión, que encarna tanto amor y tanta fidelidad, no es una ficción poética; vive, centellea con toda su pureza en estos hombres que apellidamos incultos y groseros nosotros, gente civilizada hasta el punto de no ser ya nada.

“Lee esta historia con recogimiento, te lo suplico. Yo, escribiéndote hoy estas cosas estoy sosegado, ya lo ves: ni me precipito ni me embrollo, como acostumbro. Lee, querido Guillermo, y piensa quien que ésta es, además, la historia de tu amigo. Sí, esto es lo que me ha sucedido, esto es lo que me sucederá a mí, que no tengo la mitad del valor y la resolución de este pobre diablo, con el cual apenas me atrevo a compararme.”

Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832)

jueves, 3 de septiembre de 2026

LOLITA, de Vladimir Nabokov: Sucedió en septiembre

"... pero hoy, en septiembre de 1952, al cabo de veintinueve años, creo distinguir en ella el elfo fatal de mi vida." 


(Fragmento de la Primera Parte)

Además, puesto que la idea de tiempo gravita con tan mágico influjo sobre todo ello, el estudioso no ha de sorprenderse al saber que ha de existir una brecha de varios años —nunca menos de diez, diría yo, treinta o cuarenta por lo general y tantos como cincuenta en algunos pocos casos conocidos— entre doncella y hombre para que este último pueda caer bajo el hechizo de la nínfula. Es una cuestión de ajuste focal, de cierta distancia que el ojo interior supera contrayéndose y de cierto contraste que la mente percibe con un jadeo de perverso deleite. Cuando yo era niño y ella era niña, mi pequeña Annabel no era para mí una nínfula; yo era su igual, un faunúnculo por derecho propio, en esa misma y encantada isla del tiempo; pero hoy, en septiembre de 1952, al cabo de veintinueve años, creo distinguir en ella el elfo fatal de mi vida. Nos queríamos con amor prematuro, con la violencia que a menudo destruye vidas adultas. Yo era un muchacho fuerte y sobreviví; pero el veneno estaba en la herida y la herida permaneció siempre abierta. Y de pronto me encontré madurando en una civilización que permite a un hombre de veinticinco años cortejar a una muchacha de dieciséis, pero no a una niña de doce.

No es de asombrarse, pues, si mi vida adulta, durante el período europeo de mi existencia, resultó monstruosamente doble. Abiertamente, yo mantenía las relaciones llamadas normales con cierto número de mujeres terrenas, provistas de calabazas o peras como pechos; secretamente, me consumía en un horno infernal de localizada codicia por cada nínfula que encontraba y a la cual no me atrevía a acercarme, como un pusilánime respetuoso de la ley. Las hembras humanas que me era permitido utilizar no servían sino como agentes paliativos. Estoy dispuesto a creer que las sensaciones provocadas en mí por la fornicación natural, eran muy semejantes a las conocidas por los grandes machos normales ayuntados con sus grandes cónyuges normales en ese ritmo que sacude al mundo. Lo malo era que esos caballeros no habían tenido vislumbres de un deleite incomparablemente más punzante, y yo sí... La más turbia de mis poluciones era mil veces más deslumbrante que todo el adulterio imaginado por el escritor de genio más viril o por el impotente más talentoso. Mi mundo estaba escindido. Yo percibía dos sexos, y no uno; y ninguno de los dos era el mío. El anatomista los habría declarado femeninos. Pero para mí, a través del prisma de mis sentidos, eran tan diferentes como el día y la noche. Ahora puedo razonar sobre todo esto. En aquel entonces, y hasta por lo menos los treinta y cinco años, no comprendí tan claramente mis angustias. Mientras mi cuerpo sabía que anhelaba, mi espíritu rechazaba cada clamor de mi cuerpo. De pronto me sentía avergonzado, atemorizado; de pronto tenía un optimismo febril. Los tabúes me estran- gulaban.

Vladimir Nabokov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1899-1977).

miércoles, 2 de septiembre de 2026

SEPTIEMBRE 2, de Vicente Gallego

"... y sentarme en la roca frenta al mar..."

Es ahora la vida
esta extraña y frecuente sensación
de sopor y distancia,
y es también una luz que vela el mundo:
salir del caserón tras la comida,
recorrer bajo el sol la carretera
con los ojos ardientes de un verano
y sentarme en la roca frente al mar.
Abandonarme entonces
al sonido sin pausa de la tierra
mientras me vence el sueño algún instante
y me moja las sienes con su agua bendita.
Descubrir con asombro renovado
al pescador que vuelve cada tarde,
como vuelven las olas,
como vendrá la brisa con la noche.
Y esperar otra vez sobre la roca,
abrumado en el centro de la vida,
a que la sombra inunde
lentamente mi sombra.


Vicente Gallego (España, 1963).

martes, 1 de septiembre de 2026

Una inmoral mañana de septiembre


Cuando el pintor francés Paul Émile Chabas por fin terminó un ingenuo desnudo que tituló Mañana de septiembre (Matinée de Septembre) en 1912, luego de tres veranos de trabajar en él, lo presentó en el Salón de París y recibió una medalla sin que su obra tuviera mayor repercusión. Fue hasta el año siguiente que Carter Harrison Jr., por entonces alcalde de Chicago, se topó con una reproducción del mismo en una galería de arte y procedió a demandar al dueño por indecencia. Por supuesto que el juicio no prosperó, ni siquiera en la puritana Norteamérica, pero el cuadro recibió una inmerecida notoriedad.
 
Aquí es donde aparece el legendario personaje Harry Reichenbach, quien según se narra en el libro biográfico Fantasma de la fama, de David Freedman, al verlo en el aparador de una tienda especializada en la venta de litografías en Nueva York, le propuso al dueño un trato peculiar: le garantizó que se venderían las dos mil copias que tenía en bodega a cambio de una comisión, luego procedió a denunciar el cuadro por su evidente inmoralidad con Anthony Comstock, quien encabezaba la organiza- ción denominada Sociedad contra el vicio, y el mismo día en que lo llevó para mostrarle la imagen en cuestión, contrató a un par de jóvenes para que permanecie- ran frente al aparador mirando con lascivia la reproducción al momento en que el sujeto en cuestión llegara. Como era predecible, un iracundo Comstock procedió a demandar al negocio. Además de que perdió el caso ante la corte, el escándalo atrajo la atención pública de manera que se agotaron sus existencias. Reichenbach se acreditó su comisión y el original del cuadro terminaría siendo exhibido en el Museo Metropolitano de Arte en el mismo Nueva York, como un ejemplo notable del arte kitsch.

Jules Etienne

La ilustración corresponde a Mañana de septiembre (Matinée de Septembre, 1912), de Paul Émile Chabas.

jueves, 12 de septiembre de 2024

Mirándolas dormir: LA DURMIENTE, de Juan Gelman

"... todos mis pensamientos te ven dormir/ se funden como cera en tu llama."

Estás dormida/estoy despierto/
como un sonámbulo doy vueltas alrededor de tu sueño/
estás dormida/cruzo la soledad de las rocas
que tiemblen con mi pena/y oscurezco la luna/
estás dormida/tu fulgor/
me roba el sueño de los ojos/
estás dormida en tu calor/
estoy despierto en la noche que tirita/
todos mis pensamientos te ven dormir/
se funden como cera en tu llama.

Juan Gelman
(Argentino fallecido en México, 1930-2014).