Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

domingo, 31 de julio de 2011

Los muertos vivos en Caracol Beach



"Cuba era un piano que alguien tocaba detrás del horizonte": Eliseo Alberto

Siendo muy joven, todavía adolescente, tuve mi primera inquietud por el periodismo y aprovechando los contactos de mi tío Enrique, hermano menor de mi padre, ingresé a trabajar como aprendiz de reportero en El Mundo, el diario más antiguo de mi natal Tampico. A pesar de que he sido maestro universitario, es decir, no menosprecio la formación académica, sigo siendo profundamente cartesiano en cuanto a considerar la experiencia como base del conocimiento y, por lo tanto, estoy convencido de que nunca aprenderemos más que en la llamada escuela de la vida. Esa misma que cuando reprobamos no suele darnos la oportunidad de volverla a cursar.

Conocí, entonces, algunos trucos del viejo oficio de reportero -me refiero a los ya lejanos años setenta-, y otros recursos que en aquella época precibernética funcionaban para un diario impreso. Una de las que se me quedaron grabadas fue la práctica del llamado zopiloteo. Esto es, ubicar a un personaje de la fuente encomendada, con problemas de salud o ya muy anciano, para redactar por adelantado su nota necrológica y conservarla en un cajón en espera de su deceso. Eso tenía varias ventajas, el día en que finalmente se requería el artículo, ya no había que trabajar, sólo entregarlo para su publicación y, sobre todo, durante el tiempo que transcurría entre la redacción del mismo y el fallecimiento del individuo en cuestión, uno tenía la oportunidad de enriquecerlo con anécdotas e información adicional que se iban recabando durante dicho lapso. De tal manera que en el momento preciso, la nota tenía una calidad superior a la promedio.

Ahora que recién falleció en México el escritor cubano Eliseo Alberto, a pesar de su precario estado de salud y de que la cirugía a la que fue sometido era un trasplante de riñón, las notas sobre su defunción fueron todas similares, y con la pobreza de no incluir fragmentos de su obra -los únicos poemas citados en realidad son de la autoría de su padre, Eliseo Diego-, y sólo muy ocasionalmente de entrevistas con él. Me queda la impresión de que nadie lo zopiloteó o tal vez se deba a que ese práctica de mal gusto pero eficaz, ya no se acostumbra en la actualidad. No he logrado encontrar en el mar de notas a través de la red, alguna verdaderamente original que incluya además un poema suyo o una cita brillante que pudiera destacarse. Por esa razón es que ahora voy a reproducir un párrafo de su novela Caracol Beach, con la que obtuvo el premio Alfaguara en 1998, en la que hace referencia a la muerte:

"Ese sábado sus muertos estaban más vivos que nunca. Se sentía cercado por los espectros. Resucitaban en las carrocerías de los autos, sombras tras los cristales de las vagonetas, y chispeaban en los espejos retrovisores de los autobuses y se escondían en las cabinas de las camionetas sin dejar de llamarlo por su nombre, recordándole que era tiempo de que se sumara a la tropa de difuntos y se dejara comer por el tigre. Lo cierto es que la tarde se fue minuto a minuto con la lluvia construyendo una y otra vez el patíbulo, siniestro ejercicio que no conducía a ninguna parte o puede que a una: al corral de su cobardía."

A Eliseo Alberto le llamaban Lichi y como ahora es bien sabido por todos hasta para quienes nunca lo hayan leído -gracias a la insistencia de ese autómata abstracto y amorfo denominado los medios-, murió en México, en el exilio. Sus reflexiones al respecto son más interesantes que su obra misma. O, al menos, es lo que me parece.


La ilustración corresponde a una fotografía de Camagüey, Cuba.

viernes, 29 de julio de 2011

Epigrama: JULIO



El día es más largo

y la noche breve,

el calor es un letargo

que en verano se bebe.

lunes, 25 de julio de 2011

Hace un año...



Fue el 23 de julio del año pasado cuando apareció el primer texto en Mitos y reincidencias: el poema Ultimátum, que forma parte de Mitología del Olvido, un poemario de mi autoría. Durante el año transcurrido algunos aspectos del blog se fueron transformando, surgieron los seguidores y la cifra de visitantes ha rebasado los dieciocho mil.

Como el archivo del blog suma ya casi trescientas entradas y se está volviendo un tanto pesado, iré rescatando algunos de los textos más antiguos que lo merezcan, actualizándolos e incluyendo datos más recientes según lo requiera cada caso en particular, para borrar su versión previa y de esa manera recuperar un poco de espacio.

En el momento mismo de cumplirse este aniversario, un lector dejó su comentario anónimo, en Verne y Dumas: La sociedad de la niebla, respecto a que el título que anoté como Memorias de un mago, de Alexandre Dumas, corresponde en realidad a Memorias de un médico, y tiene razón, he confirmado que en las traducciones actuales así se llama. Memorias de un mago corresponde a una traducción más antigua que es la que yo conocía, publicada por una editorial argentina de nombre Tor. No se me ocurrió verificarlo y mantuve un título que, ahora comprendo, ya estará pasado de moda, puesto que los ejemplares que todavía se encuentran como tal, se consideran piezas de colección en algunos sitios de internet. Agradezco pues su interés por este blog y el haberse tomado el tiempo para señalar lo anterior. Los comentarios serán siempre bienvenidos.

Con ese motivo, planeo incluir mañana un fragmento de La dama pálida, también conocida como La hermosa vampirizada -uno de los relatos más breves y menos conocidas de Dumas-, cuya acción se ubica en 1825, cuando al principio se hace referencia a "los últimos días de julio". Y antes de que concluya el mes, algunos párrafos de El conde de Montecristo que también lo refieren.

Mantendré indefinidamente Mitos y reincidencias hasta que las circunstancias me lo permitan. Quién sabe, tal vez el año próximo estaremos hablando de un segundo aniversario por estas mismas fechas. De todas maneras, gracias por visitarlo y leer lo que en él escribo.

viernes, 22 de julio de 2011

Imagen que se repite: RETRATO DE UN MÉXICO CORRUPTO



Es de comprenderse que no sean muy abundantes los títulos en español que aparecen como novedades en la biblioteca pública de Vancouver. La curiosidad me ha llevado a leer algunos, lo que me permite explorar la obra de autores que desconozco. Las sorpresas gratas han sido unas cuantas mientras que los chascos, más bien frecuentes. Hace un par de semanas me encontraba en plena búsqueda de novelas o poemas que mencionaran el exilio y fue así como me topé con La última hora del último día, de Jordi Soler, escritor afincado en Barcelona pero originario de La Portuguesa, una comunidad de republicanos catalanes ubicada en plena selva veracruzana, en México. Se trata de una novela con marcados tintes autobiográficos, puesto que está narrada en primera persona y acontece precisamente en La Portuguesa, lugar de nacimiento del autor. Ya no tuve oportunidad de leerla en aquel momento para poder incluir alguna referencia suya relacionada con el exilio. Sin embargo, me quedé con la inquietud de hacerlo, y ahora que estoy emprendiendo su lectura, casi al principio, apenas rebasadas las primeras treinta páginas, me topé con el siguiente párrafo, cuya acción corresponde a 1974:

"... no querían exponerse a discutir mucho el tema y simplemente aceptaban las multas preventivas que establecía el alcalde, unas multas cuyo pronto pago volvía sordos a los oídos de los funcionarios, los hacía incapaces de enterarse de las quejas exageradas, cuando no inventadas, de los trabajadores, y evitaban que los soldados republicanos y sus familias tuvieran que marcharse a un nuevo exilio. Aquellas multas preventivas eran un primor, iban desde la donación para pavimentar o alumbrar la calle, hasta la compra de una furgoneta para la querida del alcalde o del predio donde el gobernador de Veracruz, una vez terminada su legislatura, planeaba construirse una casa para retirarse, un primor aquellas multas de las que no quedaban ni actas, ni comprobantes, ni recibos, y que se establecían en aquellas comidas periódicas en La Portuguesa, a la hora que llegaban a la mesa los habanos y los tragos fuertes." (Páginas 32 y 33)

Lo cual me remitió de inmediato a uno de los diálogos en La silla del águila, de Carlos Fuentes:

"- Es peligroso ser de verdad honesto en este país. La honestidad puede ser admirable , pero acaba por convertirse en vicio. Hay que ser flexible ante la corrupción. Sé honesto tú, Tomás, pero cierra los ojos -como la justicia divina- ante la corrupción de los demás. Recuerda, primero, que la corrupción lubrica al sistema. La mayoría de los políticos, los funcionarios, los contratistas, etcétera, no van a tener otra oportunidad para hacerse ricos, más que esta, la de un sexenio. Luego vuelven al olvido. Pero precisamente quieren ser olvidados para que nadie los acuse, y ricos, para que nadie los moleste. Ya vendrá otra camada de sinvergüenzas. Lo malo es cerrarle el camino a la renovación del pillaje." (Página 280)

Esto lo escribí al final del capítulo 15 de mi novela Decir adiós es morir un poco:

"En efecto, es como si el honor patrio estuviera en juego una vez más. Otra deshonra, una raya más al tigre. Pero permitir que escapara sería seguir hundiéndonos en este círculo vicioso. Si Rosa Ríos y todos los poderosos que disponen a sus anchas del presupuesto siguen gozando de su libertad, ¿por qué un jodido no les puede robar unos cuantos dólares a esos gringos? Recuperar una infinitésima parte de lo que ellos nos despojaron. Vamos a ser coruptos todos, pero parejo. Deshonestos por antonomasia. Lo que no se vale, como dice la chiclera, es ser ojetes con unos y tolerantes con otros. Si esto va a ser una jungla, sin ley y sin respeto, más te valdría irte preparando para ser caníbal. La realidad es una sobredosis de crueldad." (Página 164)

Malcolm Lowry siempre mantuvo una relación de pasión y odio por México, Bajo el volcán sería su mejor muestra. Sólo dos de sus novelas fueron publicadas en vida, las demás han sido rescatadas con el paso de los años. El archivo personal de Lowry fue donado por su viuda Marguerite a la universidad de la Columbia Británica, aquí en Vancouver. En numerosas ocasiones los académicos y expertos en su obra, han tratado de ordenar los apuntes y borradores de otras novelas suyas, mismas que han sido editadas de manera póstuma. Es el caso de Ferry de octubre a Gabriola, de la que ya me he ocupado en este espacio, Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, y otro trabajo inacabado, que se publicó a pesar de que algunos fragmentos son todavía inconexos entre sí y con sus respectivos apuntes al margen incluidos. Su título original es una expresión en español: La mordida, por eso es que los responsables de su edición en inglés -en este caso la universidad de Georgia-, explican en la solapa el significado de su título ("the little bite"): una expresión coloquial mexicana para describir esa pequeña estafa que los oficiales pueden requerir con el fin de hacer expedita la solución de algún asunto. La novela, el borrador inconcluso más extenso dejado por Lowry, recoge una de sus experiencias personales. De viaje por Oaxaca se embriagó, como solía hacerlo siempre, por lo que unos oficiales de la policía le pidieron sus documentos. Como había dejado su pasaporte en el hotel, trató de explicárselos pero el idioma les impidió entenderse. Los policías exigieron cincuenta pesos para dejarlo ir, él no lo comprendió y acabó en la cárcel. El asunto llegó hasta el juzgado, las acusaciones resultaron más severas y Lowry fue finalmente deportado del país que tanto le gustaba y que era el tema predilecto de sus obras. La mordida representa un ejercicio catártico en el que expone lo que percibía como una gran injusticia:

"- ... acerca de ser deportado. Especialmente de México, que es ampliamente conocido como el país más corrupto del mundo.

- No tanto como debería -dijo Sigbjorn-, aunque por ahora estamos casi dispuestos a ser parte de esa corrupción.

- ¿Lo estás tú?

- Si te refieres a que voy a pagarles un asqueroso centavo a esos puercos después de todo lo que nos han hecho, no." (Página 239)

Sin embargo, lo que podría ser dicho como una autocrítica al propio país, jamás se acepta de buen grado que un extranjero lo señale. Así lo experimentaron Vargas Llosa -al referirse al sistema político como una "dictadura perfecta"-, y Arturo Pérez Reverte -cuando en una feria del libro en Guadalajara dijo que esta era "una mala época para nacer en México"-, a lo que yo siempre me he preguntado, desde esta confortable distancia de cuatro mil kilómetros, ¿y no?, ¿en algún momento Pérez Reverte exageró, mintió o calumnió? Lo que me lleva entonces suponer, de acuerdo con aquellos que reaccionaron indignados ante lo aludido, que esta debe ser una gran época para nacer y vivir en México.

Bien lo advertía Octavio Paz hace ya más de medio siglo en El laberinto de la soledad, respecto a esa delicada condición idiosincrática: "una mirada puede desencadenar la cólera de estas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras". El mexicano es, sin duda, un pueblo intenso. Tal vez demasiado.


La ilustración corresponde a Yanga, en el estado de Veracruz, denominado el "primer pueblo libre de América", cercano a la plantación cafetalera La Portuguesa.

(La traducción del inglés del diálogo en La mordida, es de J. Etienne)

jueves, 21 de julio de 2011

Páginas ajenas: EL VIEJO Y EL MAR, de Ernest Hemingway



(Fragmento)

El tiburón se acercó velozmente por la popa y cuando atacó al pez, el viejo vio su boca abierta y sus extraños ojos y el tajante chasquido de los dientes al entrarle a la carne justamente sobre la cola. La cabeza del tiburón estaba fuera del agua y su lomo venía asomado y el viejo podía oir el ruido que hacía al desgarrar la piel y la carne del gran pez cuando clavó el arpón en la cabeza del tiburón en el punto donde el entrecejo se cruzaba con con la que corría rectamente hacia atrás partiendo el hocico. No había tales líneas: solamente la pesada y recortada cabeza azul y los grandes ojos y las mandíbulas que chasqueaban, acometían y se lo tragaban todo. Pero allí era donde estaba el cerebro y allí fue donde le pegó el viejo. Le pegó con sus manos pulposas y ensangrentadas, empujando el arpón con toda su fuerza. Le pegó sin esperanza, pero con resolución y furia.

El tiburón se volcó y el viejo vio que no había vida en sus ojos; luego el tiburón volvió a volcarse, se envolvió en dos lazos de cuerda.El viejo se dio cuenta de que estaba muerto, pero el tiburón no quería aceptarlo. Luego, de lomo batiendo el agua con la cola y chasqueando las mandíbulas, el tiburón surcó el agua como una lancha de motor. El agua era blanca en el punto donde batía su cola, y las tres cuartas partes de su cuerpo sobresalían del agua cuando el cabo se puso en tensión, retembló y luego se rompió. El tiburón se quedó un rato tranquilamente en la superficie y el viejo se paró a mirarlo. Luego el tiburón empezó a hundirse lentamente.

- Se llevó unas cuarenta libras -dijo el viejo en voz alta.

"Se llevó también mi arpón y todo el cabo -pensó-, y ahora mi pez sangra y vendrán otros tiburones."

No le agradaba ya mirar al pez porque había sido mutilado. Cuando el pez había sido atacado, fue como si lo hubiera sido él mismo.

Pero he matado al tiburón que atacó a mi pez -pensó-. Y era el dentuso más grande que había visto jamás. Y bien sabe Dios que yo he visto dentusos grandes.

"Era demasiado bueno para durar". Ahora pienso que ojalá hubiera sido un sueño, y que jamás hubiera pescado al pez, y que me hallara solo en la cama sobre los periódicos."

- Pero el hombre no está hecho para la derrota -dijo-. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.
 
 
Ernest Hemingway (Estados Unidos, 1899-1961) Obtuvo el premio Nobel en 1954.

(Traducido el inglés por Lino Novas Calvo)

martes, 19 de julio de 2011

Páginas ajenas: VERANO, de Georg Trakl



Al atardecer calla el lamento

del pájaro en el bosque.

Se inclina la mies,

la roja amapola.


Una negra tormenta amenaza

sobre la colina.

El antiguo canto del grillo

perece en el campo.


Ya no se mueve el follaje

del castaño.

En la escalera de caracol

susurra tu vestido.


En silencio alumbra el candil

en la habitación oscura;

una mano plateada

la apaga.


Quietud del viento, noche sin estrellas.



(Versión al español de Helmut Pfeiffer)

lunes, 18 de julio de 2011

Una serenata para Lupe (páginas 44 y 45)



Después de discutirlo, en United Artists decidieron que debía viajar a México acompañada por un representante de la compañía, para obtener una copia certificada tanto de su acta de nacimiento como la fe de bautizo, documentos que les permitirían demostrar su edad al momento de suscribir el contrato.

En marzo de 1928, Lupe salió rumbo a San Luis Potosí, en donde había nacido en el barrio de San Sebastián, el 18 de julio de 1909. Por su parte, Woodwyard comisionó a un empleado suyo para impedir lo que en México solía ser una práctica común: la alteración de oficios legales a cambio de una suma en efectivo. Sin embargo, su verdadera intención era la opuesta. Quien obtuvo el documento apócrifo fue precisamente su enviado, que regresó a Los Ángeles con una acta en la que aparecía 1904 como el año de su nacimiento. Eso le serviría para tratar de apoyar sus argumentos de que Lupe no era más que una bailarina cuando él la descubrió y que contaba con veintidós años cuando firmó el contrato, por lo que tenía la validez reclamada. No obstante que Woodwyard mismo estuvo al tanto cuando las autoridades migratorias no le permitieron a Lupe ingresar a los Estados Unidos en su primer intento, debido a que era menor de edad, por lo que tuvo que efectuar los trámites posteriores ante la embajada en México.

Los astrólogos aseguran que una suerte de confabulación cósmica rige la existencia humana. Con precisión micrométrica, los movimientos planetarios influyen en la vida de cada individuo, según no sólo la fecha y el año, sino la hora y el minuto, con lo que su carta astral quedará lacrada como un oráculo ineluctable. Por diversos motivos, a Lupe le habían tratado de alterar el año de su nacimiento, pero eso no era suficiente para falsificar un destino al que ahora, de madrugada y en la soledad de su recámara, había llegado la hora de enfrentar.


La ilustración corresponde a una fotografía de Lupe Vélez: flores para su cumpleaños.

viernes, 8 de julio de 2011

Epigrama: AVE

a Darya

Por su espíritu errante

siempre será extranjera,

igual que la amante

con obsesión viajera.




viernes, 1 de julio de 2011

Ciudadanos del mundo



Acabo de acompañar a mi amigo Raúl Herrera a recibir formalmente su ciudadanía canadiense. Fue un evento bastante más concurrido de lo habitual debido a que se quiso aprovechar que hoy viernes se celebra el Día de Canadá (Canada Day) o la Fiesta de Canadá (Fete du Canadá, en las provincias francófonas). Es el equivalente de los festejos de independencia en las naciones del continente americano o del aniversario de la revolución en Francia. Se conmemora la unión de todas las colonias, es decir, el origen de Canadá como país. Con ese motivo se llevaron a cabo ceremonias colectivas en todas las provincias y se aprovechó el viaje del recién casado príncipe William y su esposa Kate, para que estuvieran presentes en la que tuvo lugar en la capital.

Durante su discurso, la juez que presidió el acto en Vancouver fue muy enfática en cuanto a que quienes hemos llegado a este país tras sufrir persecuciones y acosos o como víctimas de la guerra, podremos vivir con la seguridad que confiere la paz y la confianza de la libertad. Les concedió un lugar muy especial a aquellos que provienen de los campamentos de refugiados y al final mencionó una cifra que no dejó de impresionarme, junto con Raúl, mexicano, había personas provenientes de otros 56 países. Al término del día, tras concluir las otras dos ceremonias aún pendientes de realizarse, sumarían 97 en total. Todos ellos tendrán, en el futuro, una doble nacionalidad, la del país del que son originarios y desde ahora, como canadienses, serán también súbditos de la reina Isabel II -quien asumió el trono a la muerte de su padre, Jorge VI, en 1952, cuando tenía 25 años de edad-.

Parece que el tiempo ha terminado por concederle la razón a Marshall McLuhan en cuanto a la desaparición progresiva de las fronteras para asimilarnos en su concepto de la Aldea Global. Es cada vez más común que los habitantes del planeta nos comuniquemos de manera cotidiana en dos o más idiomas y que tengamos también diferentes ciudadanías. Somos los ciudadanos globales, para aprovechar el término acuñado por el propio McLuhan -por cierto, canadiense-. Lo cual no deja de recordarme aquella famosa respuesta de Charles Chaplin, víctima de la cacería de brujas encabezada por el senador McCarthy, cuando le preguntaron si era comunista, a lo que contestó: "Soy un patriota de la humanidad. Soy un ciudadano del mundo". Frase a la que también recurrió en el discurso culminante de su película El gran dictador (1940). Aunque, para ser precisos, siglos antes Sócrates había dicho que "no soy ni de Atenas ni de Corinto, soy un ciudadano del mundo", y Erasmo de Rotterdam pedía ser llamado así. Gandhi hablaba del deber que todos tenemos como ciudadanos del mundo y Borges aseguraba algo que ahora resulta tan válido como cuando lo dijo: "La idea de fronteras y de naciones me parece absurda. Lo único que nos puede salvar es ser ciudadanos del mundo". Y es que, según Montesquieu, ante todo somos humanos, la nacionalidad es algo que viene por azar.

Aunque tengo la fortuna de experimentar de manera cotidiana la llamada multiculturalidad de la sociedad canadiense, una de las más cosmopolitas del mundo, no dejó de emocionarme que durante el acto en el que se reunieron individuos provenientes de países tan lejanos entre sí, algunos de ellos sin aparente conexión alguna, otros, como el caso de Mauricio Vázquez, un amigo que también nos acompañaba, al ser colombiano, nos acercaba nuestra hispanidad. Qué paradoja, si todavía viviese en mi natal Tampico, no mantengo duda alguna de que consideraríamos a Mauricio como un extranjero, en cambio aquí, entre asiáticos, europeos y africanos, al sentarnos juntos para compartir el evento, era como estar con un paisano. Una novela de Ciro Alegría se titula El mundo es ancho y ajeno, creo que ahora, en esta sociedad globalizada, la anchura del mundo ha comenzado a dejar de ser ajena.
 
 
Jules Etienne 

martes, 28 de junio de 2011

Páginas ajenas: ÍTACA, de Constantino Cavafis


Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca,
ruega que el camino sea largo
y rico en aventuras y descubrimientos.
No temas a lestrigones, a cíclopes o al fiero Poseidón;
no los encontrarás en tu camino
si mantienes en alto tu ideal,
si tu cuerpo y alma se conservan puros.
Nunca verás los lestrigones, los cíclopes o a Poseidón,
si de ti no provienen,
si tu alma no los imagina.

Ruega que tu camino sea largo,
que sean muchas las mañanas de verano,
cuando, con placer, llegues a puertos
que descubras por primera vez.
Ancla en mercados fenicios y compra cosas bellas:
madreperla, coral, ámbar, ébano
y voluptuosos perfumes de todas clases.
Compra todos los aromas sensuales que puedas;
ve a las ciudades egipcias y aprende de los sabios.

Siempre ten a Ítaca en tu mente;
llegar allí es tu meta; pero no apresures el viaje.
Es mejor que dure mucho,
mejor anclar cuando estés viejo.
Pleno con la experiencia del viaje
no esperes la riqueza de Ítaca.
Ítaca te ha dado un bello viaje.
Sin ella nunca lo hubieras emprendido;
pero no tiene más que ofrecerte,
y si la encuentras pobre, Ítaca no te defraudó.

Un bello candil arde y brilla,
cada flama produce una pasión lasciva,
un lujurioso impulso.

El cuarto, sólo iluminado
por esa luz tibia del candil,
produce un calor sensual
que no es para cuerpos tímidos.


Contantino Cavafis (Grecia, 1863-1933)

(Traducido del griego por Cayetano Cantú).

lunes, 27 de junio de 2011

El retorno al origen



Tal vez porque al haber cortado las raíces con el país en el que nací he tratado de sustituirlas con experiencias más recientes, o porque en aspectos emocionales siempre procuramos ocupar los vacíos aunque sea con sucedáneos, pero el caso es que por estas fechas en las que me encuentro en el proceso de mudarme al departamento que ocupaba hace algunos años, y que estuve rentando durante todo este tiempo, primero a mexicanos, luego a unos jóvenes chilenos y actualmente a una pareja irlandesa que regresa a su patria dentro de un par de días, me provoca cierta nostalgia. Entrar de nuevo al mismo espacio en el que terminé de escribir Decir adiós es morir un poco, me deja la sensación de que hubiese transcurrido más tiempo de lo que en realidad ha sido este último lustro. Pensé entonces en aquellos que todavía tienen la posibilidad de regresar al lugar en el que nacieron. Cuando algunas amigas muy queridas de la infancia y juventud, como Clara Martha o Elvia, intentan entusiasmarme con la idea de visitar nuevamente Tampico -a donde no voy desde hace ya casi veinte años-, siempre me detiene el pensamiento de que con mis padres fallecidos, no tengo una casa familiar que visitar, y las fotografías que me hacen llegar a través de los correos electrónicos me muestran una ciudad ajena, tan diferente de la que recuerdo, que prefiero conservarla intacta, para expresarlo aprovechando la frase conclusiva de uno de mis epigramas: "en el glaciar de la memoria".

No existe en la historia de la literatura, una obra que exprese mejor el retorno al origen que La Odisea homérica. Todo el trayecto de veinte años, en el que Ulises y sus marinos enfrentan cíclopes, lestrigones, a la hechicera Circe, el canto de las sirenas y la ira de Poseidón, no tenía otra finalidad que el regreso a Ítaca, en donde había nacido en el monte Nérito, durante una tormenta -y por eso el significado de su nombre era "Zeus llovió sobre el camino"-, y en el que le esperaba su esposa Penélope, epítome de la fidelidad.

Un autor que me provoca la sensación de que hay para quienes la búsqueda de las raíces puede ser el sentido mismo de la vida, es Le Clézio. Ya me he ocupado con anterioridad de El buscador de oro, y tanto el hecho de que la narración en primera persona sea introspectiva, como su reiterado viaje a la isla Mauricio en busca de la casa familiar, así como también Viaje a Rodrigues, La cuarentena y Revoluciones, constituyen todo un ciclo del autor que aborda el mito intemporal del retorno al origen.

En Decir adiós es morir un poco, el protagonista -que según establece Manuel Rodríguez Lozano en su análisis de la novela, es "casi un alter ego de Etienne"-, se la pasa añorando su puerto natal: "No sería mala idea aprovechar estas vacaciones para ir unos días a tu tierra, a comer jaibas y camarones, a beber sin culpa, a mirar el amanecer desde la playa. Si allá tenías el mar, ¿con qué fin lo abandonaste para venir a sufrir al altiplano?".

Cuando visité por primera vez el departamento que ahora estoy a punto de volver a ocupar en unos cuantos días, recuerdo que al bajar por la calle de Thurlow y llegar a la esquina donde se encuentra ubicado, frente a la bahía, percibí el olor del mar, el mismo de mi infancia, del edén extraviado en los avatares de la vida. No lo dudé ni un momento y antes de haber entrado al edificio yo ya había decidido que era el lugar en que quería vivir. Concluyo con uno de mis epigramas.

Pienso permanecer fiel a mi instinto

ya no regresaré al camino andado

prefiero la aventura de lo inexplorado:

la vida no es itinerario, es laberinto.



Esta es la entrada correspondiente a El buscador de oro, de Le Clézio: http://mitosyreincidencias.blogspot.com/2010/09/le-clezio-el-buscador-de-oro.html


La ilustración es una fotografía del Palacio Municipal de Tampico, donde trabajé cuando era muy joven, como director de servicios culturales a principios de la década de los ochenta.

viernes, 24 de junio de 2011

Huxley y Pavese: COINCIDENCIAS DE VERANO



Ya me he confesado un asiduo lector de la poesía de Cesare Pavese y, en general, de los poetas italianos. Así como también he comentado previamente el hecho de que durante mi juventud tuve la oportunidad de aproximarme a la obra de Aldous Huxley -junto con Herman Hesse, dos de los autores más significativos en aquella temprana etapa de mi vida-. Sin embargo, ahora que me he dado a la tarea de ubicar textos referentes al verano con motivo de esta época del año que estamos viviendo en el hemisferio boreal, me encuentro con auténtica sorpresa, por lo improbable del caso, que algunos poemas de Pavese coinciden en su descripción de la atmósfera veraniega con párrafos de Huxley.

Por ejemplo, en El joven Arquímedes, dice: "Al mediodía, en los ardores del verano, el paisaje se hacía oscuro, polvoriento, vago y casi descolorido bajo el sol del mediodía; los montes desaparecían entre las franjas temblorosas del cielo." Ahora estas estrofas de La noche, de Pavese: "A veces vuelve, en el día,/ en la luz inmóvil del día de verano,/ aquel lejano asombro./ Por la vacía ventana/ miraba el niño la noche sobre las colinas/ frescas y oscuras, y se asombraba de encontrarlas tan juntas;/ vaga y limpia inmovilidad."

Este es otro fragmento del mismo relato de Huxley: "Y esa vida, a medida que el sol declinaba, lentamente en la larga tarde, se hacía más suntuosa, más intensa momento por momento. La luz horizontal, con su acompañamiento de sombras alargadas y oscuras, desnudaba, por decirlo así, la anatomía del terreno." En el retrato que elabora Pavese en su poema Encuentro, se lee: "Me sorprende, al imaginarla, un lejano recuerdo/ de mi infancia vivida entre estas colinas,/ tan joven es. Semeja la mañana. Me muestra en los ojos/ todos los cielos lejanos de aquellas mañanas remotas./ Y tiene en los ojos un firme propósito: la luz más limpia/ que jamás tuvo el alba sobre estas colinas."

De nuevo Huxley: "Y al expirar el sol en el horizonte, mientras las colinas más distantes se enrojecían con su luz ardiente hasta que sus flancos iluminados tenían el color de rosas tostadas, los valles se colmaban con la bruma azul de la tarde. Y esa bruma subía y subía..." Con las palabras de Pavese en Manía de soledad: "La estancia está oscura y puede verse el cielo", para después continuar, "Veo el cielo, pero sé que entre los tejados de moho/ alguna luz brilla..." Del mismo párrafo de Huxley: "... el fuego se apagaba en los vidrios de las laderas habitadas. Sólo las cimas ardían todavía, pero todas también se apagaban por fin." Este es el remate de la última estrofa de También eres colina, de Pavese: "... un ardiente silencio/ abrasará los campos/ cual fogatas nocturnas."

Para concluir, regreso a Huxley: "Y luego, casi de golpe, con el pasar de una nube, o cuando el sol había declinado...", prosigue: "Un poco más y era de noche, y si la luna estaba llena..." Ahora, las líneas previas de la misma estrofa final en También eres colina: "Reencontarás las nubes,/ las cañas y las voces/ como sombra de luna."

Huxley y Pavese fueron contemporáneos, aquél era catorce años mayor. La razón por la que se pueden percibir ciertas similitudes entre ambos, es porque corresponden a imágenes del paisaje al norte de Italia. El joven Arquímedes comienza cuando su protagonista renta una casa en la Toscana -con ciertas incomodidades pero desde cuyas ventanas es posible ver la cresta de los Apeninos envueltos en la niebla-. Pavese era originario de la vecina región piamontesa. Uno escribía prosa en inglés y el otro poesía en italiano, sin embargo, como se puede constatar, convergen en algunas coincidencias descriptivas.


La ilustración corresponde a un paisaje de la Toscana entre la niebla.

miércoles, 22 de junio de 2011

Decir Adiós es morir un poco (página 155)



(Fragmento inicial del capítulo XV: Las sucias conciencias)

En uno de los noticieros nocturnos, Kellog se apresuró a descalificar a Moreno Salado. Aseguró que era un hombre emocionalmente inestable y con serios problemas de adicciones. Luce avejentado. Hay cierta fatiga en su forma de hablar que denota el hartazgo de tener que justificar el fraude con falacias. Pura retórica de la inmoralidad: Al margen de que mi deshonestidad se demuestre ante la opinión pública, denuncio a mis acusadores de ser peores que yo. La imprecisión tramposa de las adicciones convierte de inmediato al testigo en drogadicto. El café, el tabaco, el sexo o el futbol también pueden ser adicciones. Pero después de infamado el testigo, nadie supone que es cafetómano. Como si la inmoralidad ajena reivindicara de golpe la propia. Un espejo embustero en el que las sucias conciencias pretenden difuminar su reflejo. Kellog es, sin duda, un hombre astuto. Si no lo fuera, no habría obtenido semejante recompensa de un sistema que le retribuye más a la audacia que a la verdad, sin estancarse en la futilidad de las consideraciones éticas. Pero eso no le quita lo corrupto. Para ese tipo de suciedad aún no se ha inventado ningún jabón que la pueda limpiar.

El día asoma por la ventana exaltando con crudeza el resplandor del inminente verano. Entre lo bebido y lo que acontece, el dolor de cabeza te ubica de vuelta en la realidad. Los eventos se han convertido en una bola de nieve que continúa expandiéndose sin que alguien sepa hasta cuándo o dónde se va a detener. Una abundante dosis de jugo de naranja helado y un par de aspirinas te ayudan a recuperar la brújula de las obligaciones. Afuera percibes el sol y el ruido más agresivos que de costumbre.
 
 
Jules Etienne

miércoles, 15 de junio de 2011

Los monstruos de junio



En mayo de 1816, los poetas Lord Byron y Percy Shelley se encontraron en Suiza, a orillas del Lago Ginebra, para pasar allí la temporada veraniega. El primero iba acompañado por un joven médico con aspiraciones literarias, John Polidori, en tanto que Shelley llegó con su entonces amante, Mary Wollstonecraft Godwin, quien tenía dieciocho años de edad y más tarde sería su esposa; y de su hermanastra Claire Clairmont. Tanto Lord Byron como Shelley iban precedidos por su mala fama. Aquél estaba nimbado por el escándalo, ya que su condición de mujeriego lo había llevado a sostener romances hasta con su media hermana, en tanto que Shelley había expresado públicamente su postura de ateo y partidario del amor libre, todas estas audacias a principios del siglo XIX.

Fue una noche de junio, en la Villa Diodati rentada por Byron, al calor de las copas, de sus vocaciones literarias pero, sobre todo, de la lectura de algunos pasajes de Phantasmagoriana, cuando se gestó el origen de Frankenstein, la hoy famosa novela de horror gótico. Según la propia Mary Shelley en el prólogo de su obra -se dice que esa breve introducción, de apenas página y media, se debe en realidad a su marido, lo que finalmente carece de importancia puesto que fue escrita en primera persona-: "Pasé el verano de 1816 en los alrededores de Ginebra. La temporada era fría y lluviosa, y por las noches nos agrupábamos en torno a la chimenea. Ocasionalmente nos divertíamos con historias alemanas de fantasmas, que casualmente caían en nuestras manos. Aquellas narraciones despertaron en nosotros un deseo juguetón de emularlas. Otros dos amigos (cualquier relato de la pluma de uno de ellos resultaría bastante más grato para el lector que nada de lo que yo jamás pudiera aspirar a crear) y yo nos comprometimos a escribir un cuento cada uno, basado en algún acontecimiento sobrenatural. Sin embargo, el tiempo de repente mejoró, y mis dos amigos partieron de viaje hacia los Alpes donde olvidaron, en aquellos magníficos parajes, cualquier recuerdo de sus espectrales visiones. El relato que sigue es el único que se terminó."

La aseveración conclusiva era cierta en el momento en que Frankenstein apareció por primera vez, en 1818, ya que John Polidori publicó El Vampiro: un cuento, en la edición correspondiente a abril de 1819 de New Monthly magazine. Resulta curioso constatar que una especie de maldición trágica persiguió a quienes se reunieron aquel verano. Polidori se sucidaría en 1821, a la edad de 25. Al año siguiente, Percy Shelley murió ahogado en Italia. Byron murió en Grecia, en 1824, a los 36 años. La hija que tuvo con Claire, fruto de esas noches en la Villa Diodati, murió a los cinco años de edad. Y de los cuatro hijos que tuvieron los Shelley, sólo uno pudo sobrevivir.

Se filmaron tres películas sobre ese verano. La primera, Gothic, dirigida por Ken Russell en 1986, con Gabriel Byrne como Byron, Julian Sands en el papel de Shelley, y la entonces debutante Natasha Richardson era Mary Shelley. Más tarde, en 1988, la producción española Remando al viento, con un muy joven Hugh Grant como Lord Byron -durante el rodaje conoció a Elizabeth Hurley, quien interpretaba el personaje de Claire-. Y ahora que la menciono, esta película tuve la oportunidad de incluirla en una Muestra Internacional de Cine, cuando me encontraba al frente de la Cineteca Nacional de México, y recuerdo que la crítica fue particularmente agresiva con ella. Por último, también de 1988 es Haunted Summer, que en muchos países no tuvo estreno comercial en las salas de cine y apareció directamente en el mercado de video, como fue el caso de México. Un detalle ocioso es que Alex Winter hace el papel de Polidori, el mismo actor que después ganaría popularidad al lado de Keanu Reeves, como la pareja protagonista del serial inciado con La magnífica aventura de Bill y Ted.

Resulta evidente que el relato de Polidori, hoy casi olvidado, fue el pionero en cuanto al tema del vampirismo y tuvo un efecto innegable en Carmilla, de Sheridan La Fanu, publicada en 1872. A partir de su primera edición en 1897, sería Dracula, del irlandés Bram Stoker, la novela que se erigió como arquetipo, creando la mitología vampírica de la que derivó el fecundo subgénero cinematográfico.

El cautiverio de Jonathan Harker en el legendario castillo del conde Dracula, en Transilvania, según los apuntes de su diario, tuvo lugar entre mayo y junio. Esta es la página correspondiente al 19 de mayo:

Es seguro que estoy en las redes. Anoche el conde me pidió, en el más suave de los tonos, que escribiera tres cartas: una diciendo que mi trabajo aquí ya casi había terminado, y que saldría para casa dentro de unos días; otra diciendo que salía a la mañana siguiente de que escribía la carta, y una tercera afirmando que había dejado el castillo y llegado a Bistritz.

Tras explicar las razones que le impiden negarse a cumplir con sus indicaciones, ya que oponerse sólo serviría para crear más sospechas, le pregunta qué fecha debería poner en dichas cartas.

Él calculó un minuto. Luego, dijo:

- La primera debe ser del 12 de junio, la segunda del 19 de junio y la tercera del 29 de junio.

Ahora sé hasta cuando viviré. ¡Dios me ampare!

Y es que con base en ello, Harker supone que el conde Dracula lo mantendrá con vida hasta el 29 de junio.


Jules Etienne

lunes, 6 de junio de 2011

MIRANDO ATRÁS: vaticinios para este siglo



La semana pasada inicié la lectura de la novela de anticipación de Edward Bellamy cuyo título puede traducirse de manera literal Mirando Atrás (Looking Backward), aunque en español también se le conoce como El año 2000. Ahora que la he concluido, podré dar por terminado el tema.

El autor es clasificado como utopista porque, en efecto, propone una sociedad que en el futuro -el año 2000-, sería perfecta. Como también lo era el Mundo Feliz, de Aldous Huxley. Sin embargo, Bellamy se inspiraba en el ideal del socialismo utópico, igualitario, en tanto que Huxley proponía una sociedad estratizada en castas: Alfa, Beta, Gama, Delta y Epsilon. Tal vez -me pregunto-, esa habrá sido una de las razones por las que a mediados del siglo XX su obra se haya ignorado tanto, a pesar de que se le había aceptado con tal entusiasmo cuando fue publicada, que hasta se organizaron grupos que llevaban por nombre Bellamy Clubs, al tiempo que inspiraba los ideales de agrupaciones políticas que nacieron a finales del siglo XIX y comunidades utópicas. Pero durante el período de la guerra fría se desató una cacería de brujas implacable contra todo aquello que despidiera el tufo del marxismo y, supongo, una novela con estas características pudo ser condenada a desvanecerse sin remedio. Erich Fromm lo consideraba uno de los títulos más notables en la historia de la literatura estadounidense y en un prólogo para la edición de 1960, afirmó que: "Se trata de uno de los pocos libros cuya publicación generó un movimiento de masas de carácter político casi inmediato a partir de su publicación".

Valdría la pena subrayar que Bellamy la concibió en 1887 para editarse al año siguiente, en tanto que el tomo II de El Capital se publicó en 1885 -en alemán- y el tomo III, hasta 1894. Es decir, no se puede simplificar la propuesta de utopía socialista que se presenta en El año 2000 como una mera interpretación ficcionalizada de la teoría marxista por parte de su autor, puesto que al momento de escribirla, Engels todavía se encontraba trabajando en la corrección de los manuscritos que Marx había iniciado en 1863 y que no le fue posible publicar en vida, ya que murió en 1883.

De manera que, entonces, la propuesta más novedosa en su momento, era de carácter social. En tanto que en el plano futurista, sus aportaciones más notorias serían: la desaparición de la moneda de uso corriente, que se vería reemplazada por una tarjeta para efectuar todos los pagos, con el respaldo de una línea de crédito otorgada a cada individuo por el Estado (a Bellamy se le atribuye la invención del término "tarjeta de crédito"); en la sociedad del futuro todas las personas trabajan, tanto hombres como mujeres, hasta los 45 años, edad en la que alcanzan un retiro garantizado para poder dedicarse a cultivar su espíritu, de acuerdo con sus intereses y aficiones personales; las compras se pueden efectuar en grandes centros comerciales -bajo el nombre de Great City Bazaar- que ofrecen en un mismo espacio los diferentes productos que un ciudadano pueda necesitar; la luz eléctrica es de uso común y, sobre todo, el teléfono, a través del cual sería posible desarrollar una gran variedad de actividades, como para comunicarse a larga distancia, escuchar música y hasta participar en ceremonias religiosas. En este punto, también vale la pena recordar que la novela futurista París en el siglo XX, de Jules Verne, cuyos vaticinios eran sin duda más espectaculares, no fue publicada sino hasta 1994, como ya lo hemos visto antes en este mismo blog.

Ahora que he mencionado el aspecto religioso, no deja de llamar la atención que tratándose de un autor con posturas reformistas, en su novela se exalten al matrimonio, la familia y la religión, como las instituciones que prevalecen. Acorde con el estereotipo anglosajón, la sociedad podrá transformarse desde su propia estructura, pero la vida resultaría inconcebible sin el concepto del hogar, dulce hogar y el sermón dominical.

Al final, la historia da un giro innecesario hacia el romance. El personaje se enamora, en el futuro, de una joven muy parecida a la que había sido su prometida en el pasado, y quien además lleva el mismo nombre de ella. Después se enterará, con sorpresa, que "Edith no era otra que la bisnieta de mi perdido amor, Edith Bartlett". Y debido a que "Entre las reliquias de la familia se contaban un retrato de Edith Bartlett y algunos papeles suyos, entre ellos un paquete con mis cartas", fue que provocó en la joven una obsesión romántica que idealizaba al enamorado de su bisabuela y les decía a sus padres que "no se casaría hasta encontrar un novio como Julian West, y que en el siglo XX no había ningún hombre que se le pareciera".

Finalmente, en el capítulo 28, cuando la novela está a punto de terminar, West es despertado por Sawyer, su criado, con la queja de que conseguirlo le había costado más trabajo del habitual y aquél llega a su propia conclusión: "sería que este sueño cruel hubiera sido la realidad y esta agradable realidad aquel sueño".


La ilustración corresponde a una fotografía del edificio Bradbury, en la ciudad de Los Ángeles. Fue construido en 1893 con diseño del arquitecto George Wyman, quien aseguraba haberse inspirado en un pasaje de la novela de Edward Bellamy. Para quienes hayan visto la película Blade Runner, seguramente les resultará familiar.

lunes, 30 de mayo de 2011

También era un lunes



"El día 30 de mayo de 1887 cayó en lunes. Era una de las festividades nacionales en el último tercio del siglo XIX, y se le conocía con el nombre del Día de la Condecoración, por estar destinada a rendir honores a la memoria de los soldados del Norte que habían tomado parte en la guerra defendiendo la unión de los Estados. Los sobrevivientes de la lucha, acompañados por manifestaciones y bandas de música civiles y militares, en ceremonia tan solemne como emotiva, iban entonces a visitar los cementerios y en ellos depositaban ofrendas de flores sobre las tumbas de sus camaradas. El hermano mayor de Edith Bartlett había caído en una batalla y yacía en Mount Auburn, adonde la familia había adquirido el hábito de ir en ese día."

El párrafo anterior corresponde al principio del segundo capítulo de la novela Mirando atrás (Looking Backward), escrita por Edward Bellamy y publicada en 1888. En su época, llegó a considerarse como una de las más populares en los Estados Unidos, al lado de La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, y Ben-Hur, de Lewis Wallace. Su protagonista, Julian West, es un bostoniano de clase acomodada que padece de insomnio, por lo que se había visto obligado a construir una recámara subterránea y hermética, -de reminiscencias proustianas, aunque justo es reconocer que la heptalogía de En busca del tiempo perdido se comenzó a escribir hasta 1908-, debajo de su casa, para poder permanecer aislado del exterior: "Cuando una vez adentro se cerraba la puerta, parecía envuelta por el silencio de una tumba". El personaje, tras despedirse de su prometida, le indica a Sawyer, su criado, que lo despierte a las nueve de la mañana y se retira a dormir.

Al abrir los ojos se encuentra en un lugar diferente, en una casa ajena y ante la presencia de un extraño. Inquiere por su criado y el desconocido le responde que no le puede contestar con exactitud, a su vez le pregunta cuándo fue que se durmió. West precisa que era el Día de la Condecoración (esa fecha festiva se transformó en lo que en la actualidad se conoce como Memorial Day y se celebra justo el día de hoy). Al percibir el desconcierto de su interlocutor considera la posibilidad de haber dormido durante un día entero y de que ya fuese el mes de junio. Éste le aclara que es septiembre, le toma el pulso y le pide precisar el año: "Fue en 1887". Entonces procede a explicarle:

"Su aspecto es el de un joven de unos treinta años y su estado físico no difiere mucho del esperado en una persona que ha permanecido dormida durante tanto tiempo de manera profunda y tranquila, a pesar de todo lo cual, hoy es el día diez de septiembre del año 2000 y usted ha dormido exactamente cientro trece años, tres meses y cinco días."

Mañana martes concluiré mayo refiriéndome a algunos poemas que se ocupan de este mes que se acaba, para después retomar de nueva cuenta la novela de Bellamy, utopista que podría ubicarse entre la vocación profética de Jules Verne y el ambiente de las primeras novelas de Aldous Huxley, como Los escándalos de Crome.


La ilustración corresponde a la celebración del Día de la Condecoración (Decoration Day), en Scollay Square, en la ciudad de Boston, a finales del siglo XIX. Forma parte de la colección de Robert N. Dennis.

viernes, 27 de mayo de 2011

Adéle Hugo: el amor hecho locura



El miércoles 27 de mayo de 1885, el periódico Halifax Herald publicó una nota extensa y descriptiva sobre la estancia de Adéle Hugo en esa ciudad de la provincia canadiense de Nova Scotia, a la que llegó en 1862. Adéle, que llevaba el nombre de su madre, era la hija menor de Víctor Hugo -y se dice que la predilecta-, quien ese mismo año terminaba de escribir y publicaba su novela más representativa: Los miserables.

Siempre fue descrita como una mujer alta, de cabello y ojos negros, nariz romana, con una gran personalidad. Como tantas otras mujeres, se enamoró del hombre equivocado. Lo singular en este caso es que su obsesión rebasaría los límites de la razón para terminar, literalmente, loca de amor. A su regreso fue internada en una clínica para enfermos mentales y allí permaneció hasta su muerte, a los 84 años de edad, en 1915, tocando el piano, caminando por sus jardines y padeciendo las mismas visiones de una mujer joven del brazo de un apuesto militar. Cuando su padre falleció, en 1885, le heredó la mitad de su fortuna -alrededor de dos millones de francos-, aunque para ella eso carecía de significado.

En la actualidad, la biblioteca pública de la ciudad de Halifax incluye entre sus recorridos literarios una visita a la mansión Bellevue, que era la residencia del General, en Spring Garden Row, frente a la cual Adéle se pasaba las horas, un día tras otro, disfrazada, para poder espiar a su amado, el teniente del ejército británico Andrew Albert Pinson.

Espero tener más adelante la oportunidad de traducir del inglés el citado artículo, en que el abogado Robert Matton, quien fuera contratado por la propia Adéle, narra a detalle su experiencia personal. Esta historia de pasión y locura, fue minuciosamente rescatada de entre sus propios apuntes y cartas, por Frances Vernor Guille, y más tarde publicada en tres volúmenes como el Diario de Adéle Hugo -según John Andrew Frey, la historia del manuscrito en sí misma es una "fascinante muestra de trabajo detectivesco literario"-.

En 1969, el cineasta Francois Truffaut leyendo un artículo en el Nouvel Observateur, se enteró de la existencia de dicha obra, que podía funcionar como base para la que sería una de sus películas más logradas: La historia de Adéle H. Justa recompensa porque también se tornó en uno de sus proyectos más complicados por la serie de dificultades que implicaría el trato con su autora. Y por esa misma razón es que sólo le resultó posible filmarla hasta 1975. Aunque me parece que al ahondar en este asunto ya estaría ingresando en un terreno que corresponde más bien al blog de cine.

La pasión de Adéle Hugo no se limitó a la expresión habitual en sentido figurado, fue una mujer que en realidad se volvió loca por amor.


La ilustración corresponde a un fotograma de la película La historia de Adéle H (1975), en la que Isabelle Adjani interpreta a Adéle Hugo.

jueves, 26 de mayo de 2011

Epigrama: APOCALIPSIS



Es preocupación ancestral

que provoca malestar profundo

adivinar la fecha fatal

que señale el fin del mundo.

lunes, 23 de mayo de 2011

Bésame, bésame mucho...


Nos asomamos por la ventana para ver el mar, tal vez por última vez. No sería como tantas otras veces al salir de viaje con esa esperanza impregnada de certeza de que regresaríamos. Siempre nos gustó el mar aunque nos conocimos lejos de él. Recuerdo su sonrisa, a medio camino entre la timidez y la coquetería, y cuánto trabajo me costó animarme por fin a dirigirle la palabra; buscaba la frase perfecta, aquella que no fuese trivial ni pedante, y que al mismo tiempo me permitiera mostrar algo de mi oficio con las letras, que me hiciera ver simpático y, de ser posible, parecerle atractivo. Es paradójica la facilidad con la que se pueden crear los parlamentos en la ficción y a veces resulta tan complicado decirle algo a una persona real, como si se deseara invertir el orden de las cosas y ser uno mismo el personaje imaginario para dejar en el autor la responsabilidad de lo dicho y sus consecuencias. Tal vez por eso la humanidad, a lo largo de su historia y en todas las culturas, tuvo que inventar un Dios -o dioses según los politeístas-, para así poder responsabilizar a alguien superior de lo que sucede en el mundo, este mismo que se supone, debería acabarse dentro de unos minutos.

Quisiera hacer un recuento, ¿qué fue lo mejor de mi existencia? ¿lo que más disfruté de mi paso por la vida? ¿cuántas cosas habría querido hacer que finalmente ya no serán posibles? Y la pregunta que siempre nos hacemos, en algún cumpleaños o con motivo de la celebración del año nuevo: ¿qué habría preferido cambiar de mi pasado? Decía Lyotard, el filósofo francés posmoderno, que un muerto deja de estar muerto cuando ya no se visita su tumba, esto es, en el momento en que ya no hay nadie que pueda recordar su imagen. Habremos muerto para los demás, porque lo saben. Pero el día en que desaparezca el último ser humano que tenga memoria de que vivimos, será como si nunca hubiésemos existido. Aceptemos entonces, con Borges, que "ser inmortal es baladí; menos el hombre todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte".

Abrimos una botella de champaña para brindar. Es también lo que se acostumbra cada vez que un año termina... Me miró desde el fondo de sus ojos crédulos. "Brindemos", respondió con lo que supuse era la tristeza de la despedida. Aclaró: "No es que se celebre al año que se va, sino es la bienvenida al que llega". Aunque me pareció que tenía razón, nos quedaba menos de una hora para perderla en una última discusión, me guardé mi opinión de que no teníamos otra opción que brindar por el pasado, por lo que tuvimos la oportunidad de vivir, puesto que no habría mañana. Elegí una canción romántica para acompañarnos, Bésame mucho, por esa frase que ahora vendría a ser hasta simbólica: como si fuera esta noche la última vez. Le pregunté que si sabía que era la canción mexicana más popular en todo el mundo y asintió con esa sonrisa que no quisiera tener que dejar de ver, que ya se lo había comentado antes, y que la habían grabado hasta los Beatles... y Nat King Cole... y Diana Krall... y Dalida... y Chris Isaak... y es el tema romántico de una película rusa...

Se supone que hace un par de horas se debió acabar el mundo. Según la subjetiva interpretación del Apocalipsis del predicador evangélico Harold Camping -desde hace un buen rato instalado en la senilidad-, ya tendría que haber sucedido. Encendimos el televisor para ver las noticias, y en un canal programaron una vieja película con Candice Bergen pero no, no era El fin del mundo en una noche de lluvia desde nuestra cama de siempre, de Lina Wertmüller, lo que habría de considerarse un auténtico sarcasmo; en otro, un evento deportivo con el estadio atiborrado de aficionados a quienes no les debió importar el fin del mundo, sino el de su rival en la cancha; y, por último, en el segmento del clima en el noticiero tuvieron el descaro de pronosticar lluvia para el día de mañana. ¿Significará eso el principio de un nuevo diluvio universal?

Creo que tendremos que adquirir otra botella de champaña para diciembre del año próximo, cuando llegue la fecha establecida por las profecías mayas. Aunque no puedo soslayar el hecho de que fueron incapaces de predecir las calamidades que provocaron el colapso de su propia cultura y ni siquiera usaban la rueda. Pero si nosotros logramos seguir juntos, ¿qué tan grave podrá ser? La besé, nos besamos. Le dije: "Vamos a hacer el amor antes de que se acabe el mundo". Y aquí seguimos.

Jules Etienne

jueves, 19 de mayo de 2011

Páginas ajenas: OTRO MAYO, de Juan Gelman



Cuando pasabas con tu otoño a cuestas

mayo por mi ventana

y hacías señales con la luz

de las hojas finales

¿qué me querías decir mayo?

¿porqué eras triste o dulce en tu tristeza?

nunca lo supe pero siempre

había un hombre solo entre los oros de la calle


pero yo era ese niño

detrás de la ventana

cuando pasabas mayo

como abrigándome los ojos


y el hombre sería yo

ahora que recuerdo