Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

jueves, 31 de marzo de 2011

Decir Adiós es morir un poco (página 128)


De regreso a tu casa, vuelves a pensar en lo que podrían estar ideando los involucrados en "el colchoncito" para su defensa. Eliot, el poeta, debió equivocarse cuando afirmó que "abril es el mes más cruel". Para todos ellos, sin duda, será mayo. Un mes o el otro, qué más da. Cuando éramos niños nos aseguraban que, si actuábamos mal, tarde o temprano recibiríamos el castigo correspondiente. Más debido a la justicia divina que a la humana. Pero de ésta, con todos sus defectos, al menos tienes la certidumbre de que existe e incluso en algunas ocasiones hasta se aplica. Como se plantea en la novela que estás leyendo, la ley es un mecanismo imperfecto que no siempre logra establecer la justicia. Pero la otra, la celestial, ¿de veras existirá? Porque sólo de imaginar por un momento que no... prácticamente toda la moral de la sociedad sería un desatino.
 
 
Jules Etienne

miércoles, 30 de marzo de 2011

Otras lluvias de marzo

 
Las lluvias de esta época, en Vancouver, son ya las últimas, señalan el fin del invierno. Mientras que en el resto del país lo que cae es nieve, aquí, en donde la temperatura raras veces desciende bajo cero, lo que tenemos es una larga temporada de lluvias que da principio en diciembre. Admito que prefiero la nieve, pero cada vez que lo expreso las voces de protesta no se hacen esperar. El caso es que este año, a partir de los festejos de San Patricio, hemos tenido más días soleados de los habituales. Hasta el lunes, en que se dio una casualidad con una precisión digna de mejor causa. Me encontraba releyendo Pedro Páramo, luego de que podría decirse que Werner Herzog lo decidió por mí, y al llegar a la página 93:

"Allá afuera se oía el caer de la lluvia sobre las hojas de los plátanos, se sentía como si el agua hirviera sobre el agua estancada en la tierra. Las sábanas estaban frías de humedad. Los caños borboteaban, hacían espuma, cansados de trabajar durante el día, durante la noche, durante el día. El agua seguía corriendo, diluviando en incesantes burbujas."

Lo curioso del asunto es que toda la novela transpira una atmósfera polvosa y a menudo calcinante, es muy poco lo que se puede encontrar en ella sobre la humedad de la lluvia, y leyendo precisamente ese párrafo escuché como unas gotas empezaban a golpear en mi ventana y desde entonces no ha cesado de llover. Como en el Macondo de García Márquez, en que Isabel miraba la lluvia cuando "El invierno se precipitó un domingo...", esto sucede después de un largo verano de siete meses por lo que los personajes la reciben "Alegres de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas."

En el relato -que es un monólogo interior-, se describe como la lluvia empieza a caer sobre Macondo un domingo y se vuelve cada vez más intensa hasta alcanzar el rango de tormenta para convertirse en un auténtico diluvio. Por fin, el jueves, que Isabel supone viernes, deja de caer: "Sólo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte." Y concluye su propuesta onírica de una manera que no podría estar más apegada al espíritu que caracteriza el estilo de su autor: "Dios mío -pensé entonces confundida por el trastorno del tiempo-. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado."

Los pronósticos del tiempo anuncian que mañana seguirá lloviendo. Tal vez me vuelva a ocupar del tema. Después de todo la lluvia, junto con el mar y la luna, son una constante poética.


Jules Etienne

lunes, 28 de marzo de 2011

Juan Rulfo: páginas del purgatorio


Había leído por primera vez Pedro Páramo como una encomienda escolar durante mi adolescencia. No fue, sin duda, la mejor manera de ingresar al universo de ánimas atormentadas de Juan Rulfo. Recuerdo que por aquella época Javier Herrera, uno de mis compañeros y amigo inseparable, se quejaba no sólo de que no le había gustado, sino de que su lectura había sido una auténtica condena. Sería justo aclarar que Javier no era un mal lector -mucho menos si se toma en cuenta nuestra edad-, e ignoro si habrá mantenido su fobia hacia la obra o la habrá modificado con el tiempo, como me sucedió a mí, que había expresado mi solidaridad incondicional con su opinión.

Cuando la leí de nueva cuenta, bajo la perspectiva ávida de mi formación posterior, en la universidad, quedé deslumbrado. Claro, para entonces ya intentaba escribir mis primeros cuentos -incluso con uno de ellos había obtenido un premio en Argentina-, y estaba mucho más consciente de las dificultades que implicaba la creación literaria, con mayor razón una novela tan compleja con esa atmósfera onírica que oscila entre la realidad, la culpa y los empeños del olvido. Recuerdo que en alguna ocasión Hugo Gutiérrez Vega, en una de sus clases, nos señalaba que hay libros fáciles y libros difíciles. Se me quedó muy grabado. Creí comprenderlo y con el tiempo elaboré mi propia teoría al respecto suponiendo que dicha denominación tendría que referirse a los dos aspectos, tanto al proceso creativo como a su lectura posterior. Lo cual nos permitiría separar entre el concepto del esfuerzo que exigen a su autor o el que requieren de su correspondiente lector. Por ejemplo, Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, fue una obra muy difícil de escribir: las primeras versiones fueron rechazadas por los editores y le tomó alrededor de una década concluirla. Su correspondiente lectura resulta, a la vez, muy demandante. En cambio Pedro Páramo no me parece, a pesar de su intrincada naturaleza, una obra de lectura difícil. Tratar de analizarla, en cambio, sí lo es.

Sin embargo, una forma esquemática de abordarla sería considerando que sus personajes han muerto y son ánimas en el purgatorio de sus propios recuerdos. Fue precisamente esto lo que inspiró un párrafo de mi novela Decir adiós es morir un poco:

Otras mitologías como la griega y la alemana, están pobladas por personajes ficticios para explicar el génesis de su propia raza. Los mexicanos hemos poblado la nuestra con muertos reales: héroes sacrificados y villanos traidores. Morelos e Iturbide, Sierra y Díaz, Madero y Huerta, todos juntos por un solo boleto, con el deambular cotidiano de sus almas en pena entre los vivos, como páginas de Pedro Páramo en este purgatorio colectivo en que hemos convertido la patria. Somos un rencor vivo por el olvido en que nos tuvo... y todavía nos tiene. Olvidados. Los Olvidados ¿de Dios? ¿Un pueblo con tanta fe?

Lo dramático y a la vez exasperante de los personajes en la novela de Rulfo es que ya han perdido la fe:

- ¿Verdad que la noche está llena de pecados, Justina?

- Sí, Susana.

- ¿Y es verdad?

- Debe serlo, Susana.

- ¿Y qué crees que es la vida, Justina, sino un pecado? ¿No oyes? ¿No oyes cómo rechina la tierra?

- No, Susana, no alcanzo a oir nada. Mi suerte no es tan grande como la tuya.

Para más adelante concluir ese mismo diálogo:

- ¿Tú crees en el infierno, Justina?

- Sí, Susana. Y también en el cielo.

- Yo sólo creo en el infierno -dijo. Y cerró los ojos.

Tal vez el fragmento más explícito, es cuando Juan Preciado dice: "Por eso es que ustedes me encontraron muerto (...) Ya te lo dije desde un principio. Vine a buscar a Pedro Páramo, que según parece fue mi padre. Me trajo la ilusión." A lo que Dorotea le responde:

- ¿La ilusión? Eso cuesta caro. A mí me costó vivir más de lo debido. Pagué con eso la deuda de encontrar a mi hijo, que no fue, por decirlo así, sino una ilusión más; porque nunca tuve ningún hijo. Ahora que estoy muerta me he dado tiempo para pensar y enterarme de todo. Ni siquiera el nido para guardarlo me dio Dios. Sólo esa larga vida arrastrada que tuve, llevando de aquí para allá mis ojos tristes que siempre miraron de reojo, como buscando detrás de la gente, sospechando que alguien me hubiera escondido a mi niño. Y todo fue culpa de un maldito sueño...

viernes, 25 de marzo de 2011

Cuando Pedro Páramo aprendió a hablar en alemán


Leo en las noticias que Werner Herzog, el cineasta alemán, se encuentra de visita en México y se declara un entusiasta de Pedro Páramo, a la que considera como la novela más fina que se haya escrito en América Latina, la cual acostumbra a releer con frecuencia. Asegura que, incluso, es capaz de citar algunos pasajes de memoria.

La aseveración no me sorprende. Al lado de los méritos de sobra conocidos que le atribuyen el rango de obra maestra, también habría que tomar en cuenta que la primera lengua a la que se tradujo la novela de Rulfo fue el alemán, antes que al inglés o francés. Esto debido a que en México radicaba -durante la época en que apareció publicada por primera vez-, exiliada del nazismo, Mariana Frenk, quien se hizo cargo de la correspondiente traducción. Por eso a Pedro Páramo se le conoce en Alemania desde el otoño de 1958, cuando fue editada por Carl Hanser. A pesar de que la reacción de los lectores tomaría más años de los previstos, la crítica en cambio se volcó en elogios inmediatos sobre la novela de un autor mexicano por entonces desconocido.

Fue hasta la Feria del Libro de Frankfurt, en 1976, cuando Alemania también se incorporó a la moda de lo que el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal había bautizado como "el boom latinoamericano", desde su cátedra en la universidad de Yale, que por fin Pedro Páramo alcanzó la difusión que daría origen a innumerables tesis de posgrado en aquel país.

No habrá sido sencilla la labor de traducir el lenguaje tan característico de los habitantes de una determinada región del México rural, con todos sus modismos coloquiales: "Mañana, en amaneciendo te irás conmigo, Chona. Ya tengo aparejadas las bestias"; o también: "Mira, se mueve. ¿Te fijas como se revuelca? Igual que si lo zangolotearan por dentro. Lo sé porque a mí me ha sucedido", a lo que recibe como respuesta, "Se rebulle sobre sí mismo como un condenado. Y tiene todas las trazas de un mal hombre. ¡Levántate, Donis! Míralo. Se restriega contra el suelo, retorciéndose. Babea. Ha de ser alguien que debe muchas muertes. Y tú ni lo reconociste". En contraste con el carácter poético de su prosa en esa misma página: "Aclaraba el día. El día desbarata las sombras. Las deshace. El cuarto donde estaba se sentía caliente con el calor de los cuerpos dormidos. A través de los párpados me llegaba el albor del amanecer..."

Y ni qué decir de los nombres de los personajes, ya que algunos de ellos implican un sentido simbólico: Pedro Páramo (Pedro significa piedra y un páramo es desértico), Fulgor Sedano, Dolores Preciado, o apodos como el de Dorotea la Cuarraca. Debió ser bastante complicado tratar de traducirlos y no les habrán quedado más que dos opciones, o rebautizarlos con toda libertad o respetarlos en español, aunque el lector extranjero haya perdido con eso la riqueza de sus connotaciones. Entiendo que esto último es lo que se hizo. Según Marie-José Lamorlette: "En algunos casos es necesario adaptar para ser perfectamente fiel, es decir, modificar algunos términos o elementos portadores de sentido en la lengua de partida a modo de infundirle el mismo sentido en la lengua de llegada".

Tal vez por eso se dice que las traducciones son como las amantes: cuando son hermosas son infieles y sólo las feas son fieles.


La ilustración corresponde a una fotografía de Werner Herzog.

jueves, 24 de marzo de 2011

Sin táctica ni estrategia


A mediados de la década de los setenta, cuando me encontraba estudiando en la universidad, estaba de moda ser hippie o radical. No había lugar para los moderados -mucho menos para los conservadores-, y de inmediato se nos etiquetaba de revisionistas, como si fuera un insulto. En realidad esa fue la acusación con que Stalin emprendió al acoso de Trotsky. Hoy en día, casi cuarenta años después, lo vergonzoso sería simpatizar con el estalinismo.

Regresando al pasado, debió ser por iniciativa de uno de mis maestros que impartía alguna de las materias relacionadas con la literatura, tal vez René Avilés Fabila, que nos daba Literatura y Sociedad, el poeta Hugo Gutiérrez Vega con quien llevaba Literatura y Periodismo, o Gustavo Sáinz que tenía una adjunta llamada Lucy, y era lo mejor de su clase. No lo recuerdo con precisión puesto que a esa edad era lo que menos importaba, el caso es que una mañana suspendieron las clases para que pudiéramos acudir al salón más amplio de la facultad, porque habían invitado a Mario Benedetti a conversar con el alumnado.

Por entonces yo había leido los cuentos de La muerte y otras sorpresas, que era más o menos reciente (fue publicada en 1968) y Quién de nosotros, además de algunos poemas sueltos -todavía no había adquirido la costumbre de leer poesía con asiduidad-. Es decir, lejos de ser un experto en su obra, tampoco la desconocía. Por supuesto que no faltaron los que aprovecharon para evadir la charla y se fueron de pinta o a vagar por las llamadas islas, que se ubicaban en la zona posterior de la facultad.

Como no era una conferencia formal ni nada por el estilo, Benedetti improvisó algo, platicó un poco de lo que recién había escrito y nos propuso una sesión de preguntas y respuestas. De inmediato se apoderaron de la palabra aquellos que tenían mayor experiencia en asambleas y manejaban su típico lenguaje. Como era de suponerse, encaminaron lo que pudo ser un conversación sobre la experiencia de la creación literaria, las corrientes poéticas o las tendencias de la novela, para secuestrarla por los recovecos de lo que consideraban más importante: la situación política del tercer mundo (que entonces era un concepto recién acuñado), la explotación de América Latina, el imperialismo, el bloqueo a Cuba, y algunos disparates propios de la época. Los demás callamos respetuosos escuchando a Benedetti responderles lo que deseaban escuchar. Al salir del aula un reducido grupo a quienes nos interesaba más Benedetti el escritor, el poeta, nos quedamos a rumiar nuestra frustración. Una joven de la vecina facultad de Filosofía y Letras, de veras indignada, nos comentaba su rechazo. Cuando otro compañero muy arrogante de quien sólo recuerdo su apodo, la acusó, juzgó y condenó, en una misma frase: "¿Estudias Letras y todavía lees a Benedetti?".

Todo esto sucedió antes de que él apareciera en la película El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela, o de que Serrat grabara un disco musicalizando algunos de sus poemas: "Una mujer desnuda y en lo oscuro tiene una claridad que nos alumbra". Hay quienes piensan que su obra es demasiado ligera, apropiada para adolescentes, por lo que cuando se incursiona en la lectura de autores más ambiciosos, se abandona a Benedetti de una vez por todas y para siempre. No ha sido mi caso. Hay cosas de él que me parecen disfrutables y otras que me siguen interesando. A menos que en el fondo siga siendo un adolescente, lo cual no me parece tan remoto.

Precisamente el poema con el que me permití formar el juego de palabras para dar su título al presente texto -considerando que a final de cuentas resultó una oportunidad malograda-, me sigue gustando: "Mi táctica es hablarte y escucharte, construir con palabras un puente indestructible..." Era, por cierto, el favorito de Jessica, a quien hace ya diez años que no veo -el tiempo es implacable, no cabe duda-.

Y pensar que platicamos con Benedetti de asuntos que ahora ni siquiera recuerdo pero que suponíamos trascendentes, pudiendo aprovechar la ocasión para ocuparnos de poemas y novelas. ¡Qué desperdicio!

miércoles, 23 de marzo de 2011

Páginas ajenas: LA TREGUA, de Mario Benedetti


(Fragmento)

Viernes 22 de marzo

Corrí veinte metros para alcanzar el omníbus y quedé reventado. Cuando me senté, creí que me desmayaba. En la tarea de quitarme el saco, de desabrocharme el cuello de la camisa y moverme un poco para respirar mejor, rocé dos o tres veces el brazo de mi compañera de asiento. Era un brazo tibio, no demasiado flaco. En el roce sentí el tacto afelpado del vello, pero no lograba identificar si se trataba del mío o el de ella o el de ambos. Desdoblé el diario y me puse a leer. Ella, por su parte, leía un folleto turístico sobre Austria. De a poco fui respirando mejor, pero me quedaron palpitaciones por todo un cuarto de hora. Su brazo se movió tres o cuatro veces, pero no parecía querer separarse totalmente del mío. Se iba y regresaba. A veces el tacto se limitaba a una tenue sensación de proximidad en el extremo de mis vellos. Miré varias veces hacia la calle y de paso la fiché. Cara angulosa, labios finos, pelo largo, poca pintura, manos anchas, no demasiado expresivas. De pronto el folleto se le cayó y yo me agaché a recogerlo. Naturalmente, eché una ojeada a las piernas. Pasables, con una curita en el tobillo. No dijo gracias. A la altura de Sierra, comenzó sus preparativos para bajarse. Guardó el folleto, se acomodó el pelo, cerró la cartera y pidió permiso. "Yo también bajo", dije, obedeciendo a una inspiración. Ella empezó a caminar rápido por Pablo de María, pero en cuatro zancadas la alcancé. Caminamos uno junto al otro, durante cuadra y media. Yo estaba aún formando mentalmente mi frase inicial de abordaje, cuando ella dio vuelta la cabeza hacia mí, y dijo: "Si me va a hablar, decídase".

Domingo 24 de marzo

Pensándolo bien, que caso extraño el del viernes. No nos dijimos los nombres ni los teléfonos ni nada personal. Sin embargo, juraría que en esta mujer el sexo no es un rubro primario. Más bien parecía exasperada por algo, como si su entrega a mí fuera su curiosa venganza contra no sé qué. Debo confesar que es la primera vez que conquisto una mujer tan sólo con el codo y, también, la primera vez que, una vez en la amueblada, una mujer se desviste tan rápido y a plena luz. El agresivo desparpajo con que se tendió en la cama, ¿qué probaba? Hacia tanto por poner en evidencia su completa desnudez que estuve por creer que era la primera vez que se encontraba en cueros frente a un hombre. Pero no era nueva. Y con su cara seria, su boca sin pintura, sus manos inexpresivas, se las arregló, sin embargo, para disfrutar. En el momento que consideró oportuno, me suplicó que le dijera palabrotas. No es mi especialidad, pero creo que la dejé satisfecha.


La ilustración corresponde a una fotografía de Mario Benedetti en un autobús.

martes, 22 de marzo de 2011

Un lugar que comunica mi infancia con mi muerte


Me asumo un lector voraz de la obras de Manuel Vázquez Montalbán en las que el detective Pepe Carvalho es su protagonista. Mi novela Decir adiós es morir un poco está dedicada a la memoria de dos escritores fallecidos: a Edmundo Valadez, quien fuera mi maestro en un taller literario que tuvimos hace muchos años, y a Vázquez Montalbán: "por su muerte en Bangkok, con los aviones a manera de pájaros y para agradecer el viaje a los mares del sur al que me invitara la tarde de un domingo en la ciudad de México". Esa tarde a la que me refiero, me acompañaba un entrañable amigo a quien la distancia ha desvanecido de mi vida pero no de mis afectos, escritor, guionista de cine, autor de un excepcional ensayo sobre Buñuel, pero sobre todo un cálido ser humano: Pancho Sánchez. En dicha ocasión también iba con nosotros el cineasta Mario Hernández. Adquirí un ejemplar de Los pájaros de Bangkok y otro de Los mares del sur, editadas en pasta dura por Planeta, y Vázquez Montalbán me los dedicó.

Esos dos ejemplares los dejé, junto con el resto de mi biblioteca, encomendados a Beatriz Maupomé, cuando tuve que salir de México para venirme a radicar a Canadá. Estando ya aquí me hizo lo que al personaje de Kafka en El proceso, me acusó de algo muy serio que nunca he sabido que fue, hasta la fecha. Pero cuando conversábamos por teléfono me subrayaba con la proverbial indignación femenina: "Tú bien sabes a que me refiero". Y no, lamento confesar que casi una década después, todavía desconozco la gravedad de aquello que se supone fue mi responsabilidad. Durante algún tiempo me angustió, hasta que logré convencerme de que -como diría Arturo de Córdova-: "no tiene la menor importancia". Se le atribuye a Séneca la frase de que el tiempo cura lo que la razón no es capaz de curar, acepté la pérdida de quien había sido una persona muy cercana y por la que mantenía un afecto muy especial y ahora, de manera por demás mezquina, ya no extraño tanto a los seres que dejé en México, anclados en una etapa que cada vez me parece más lejana de mi historia individual. En cambio, sigo lamentando haber perdido los dos ejemplares que me había dedicado Vázquez Montalbán, así como uno de La muerte tiene permiso, en el que Edmundo Valadez había dejado un testimonio de nuestra amistad y que, lo tengo muy claro, lo hizo cuando ambos coincidimos en un congreso de escritores en Zacatecas.

Trabajando como voluntario en Inland Refugee Society, a lo cual me dediqué casi tres años, me vi forzado a aceptar que no debemos aferrarnos a los objetos que tienen un valor sentimental, aunque sean el símbolo de algo que consideramos importante en nuestra vida. Después de todo, son meros referentes. Lo esencial permanece en nuestra memoria. Mi tarea en ese lugar era abrir el expediente de los clamantes de refugio recién llegados. Tuve la oportunidad de tratar con personas que provenían de la guerra de Kosovo, en la que habían perdido a la totalidad de su familia; chinos que eran víctimas de la cacería racial en Indonesia; o africanos que eran los últimos sobrevivientes de alguna tribu -entre ellos un par de adolescentes que habían escapado a pie a través de las montañas y estaban esperando que sus padres las alcanzaran, tal y como lo habían acordado, aquí en Vancouver. ¿Cómo decirles que era muy probable que jamás llegaran?-. Muchos de ellos viajaban, huían más bien, con las manos vacías, sin siquiera una chamarra para cubrirse durante el implacable invierno canadiense. De manera que mis novelas autografiadas me parecieron tan poca cosa en aquellos momentos. Lo único que me resta por desear es que Beatriz, quien al ser filóloga tenía un gran respeto por los libros, no se haya deshecho de ellos. Poco importa que hayan dejado de pertenecerme.

Mi intención original era ocuparme de La rosa de Alejandría, para relacionarla de alguna manera con el cuento Glaciar, incluido en el volumen La locura juega al ajedrez, de Enrique Anderson Imbert, incitado por el contacto que he podido recuperar con los antiguos compañeros preparatorianos en mi natal Tampico. Una suerte de equivalencia personal del Bósforo al que alude Ginés Larios en La rosa de Alejandría, como el lugar que "comunica mi infancia con mi muerte".

He agotado el espacio de hoy y mañana planeo dedicarlo a un fragmento de La tregua, de Mario Benedetti. Será en otra ocasión cuando por fin concluya esto que he iniciado con la recién llegada primavera.


La ilustración corresponde a una fotografía
de pájaros volando en un parque de Bangkok, Tailandia.

viernes, 18 de marzo de 2011

Cuando nos disfrazamos de irlandeses


Todos portaban alguna prenda de color verde o sombreros como los que usan los gnomos conocidos como leprechaun. Algunas mujeres se pintaron un trébol de tres hojas en el rostro. Las lluvias de marzo nos obsequiaron una tregua. Fue un día espléndido, frío y soleado. Por la noche, la luna llena estuvo nimbada por las nubes como para provocar los aullidos de algún licántropo. Pero los únicos aullidos eran los de los jóvenes formados en filas que parecían interminables para ingresar a los antros.

Las banquetas del centro de la ciudad fueron invadidas por gaiteros, uno de ellos, caminando sobre zancos, habría ganado un premio a la popularidad si lo concedieran. Pero de todas maneras se veía feliz permitiendo que le tomaran fotografías con esta y con aquél, con estos y con aquellas, incluida una adolescente ebria que estuvo a punto de derribarlo pero el gaitero, haciendo gala de su habilidad, sólo trastabilleó y desafinó una nota, pero no perdió el equilibrio ni la melodía. Desde la acera de enfrente, un joven con su guitarra eléctrica tocaba un blues que no venía al caso, lo importante era mantener el espíritu festivo.

Es que se celebraba el día de San Patricio y el que no sea irlandés tiene derecho a fingir que lo es. Si el verdadero nombre de Guillén de Lampart era William, había nacido en Wexford y quería la independencia de México de la corona española, en tanto que John Riley se hacía llamar Juan al frente del legendario Batallón de San Patricio que peleaba del lado de los mexicanos contra los gringos invasores, ¿qué les puede impedir a los mexicanos festejar ese día como irlandeses?

Ya casi me olvidaba que se supone debo ocuparme de escritores y su obra. No dejaré de mencionar entonces que James Joyce, el innovador que transformó para siempre la novela en lengua inglesa, era irlandés, nativo de Dublín, como también lo era Bram Stoker, el creador de Dracula, lo mismo que dos premios Nobel de literatura: George Bernard Shaw, quien lo obtuvo en 1925, y Samuel Beckett, el alumno de Joyce que revolucionó el arte dramático con su teatro del absurdo, y que lo recibió en 1969. Cuando nació Oscar Wilde, otro célebre dublinés, en 1854, Irlanda formaba parte del Reino Unido, y por eso se asegura con frecuencia que era inglés: "Soy irlandés de raza pero los ingleses me condenaron a hablar la lengua de Shakespeare".

El domingo tendremos el desfile con bandas de música, carros alegóricos y personajes ataviados de manera alusiva a las tradiciones y leyendas celtas. Vancouver se disfraza de Dublín aunque sólo sea para beber cerveza Guinness en los Irish pubs. Unas jóvenes asiáticas, menuditas, los ojos rasgados, sonrientes, con sus sombreros verdes, se pretendían irlandesas. Era San Patricio. El que no sea irlandés debe por lo menos intentar parecerlo. Se vale por un día. Es un pretexto para celebrar.

jueves, 17 de marzo de 2011

Una mujer rodeada por la nieve


Con el pretexto de que José Donoso era chileno, me voy a referir a mi reciente texto sobre los poetas chilenos y la nieve, el cual propició que recibiera un comentario con el correspondiente saludo de Alonso Soto, uno de los jóvenes chilenos que el año pasado fueron no sólo mis inquilinos sino también mis vecinos. Durante ese lapso me contaron algunas leyendas de tradición oral típicas de su tierra, entre las que rescato las de La Pincoya, una especie de sirena que procura salvar a quienes naufragan en las aguas del archipiélago de Chiloé, el Caleuche, barco fantasma de malos augurios, y la que más me hecho reír: la del Trauco. Las tres que menciono, junto con otras, han sido reunidas en el formato de cómic bajo el nombre de Chilemitos. Espero más adelante tener la oportunidad de compartirlas con aquellos que tienen la paciencia de visitar este blog.

El caso es que mantengo un grato recuerdo de estos muchachos, del intenso Pablo Lavanderos, quien debe haber sido el chileno en el hemisferio boreal que más celebró los goles y los triunfos de la selección de su país durante la pasada copa del mundo, de Gabriela Céspedes, la única guapa, quien ya se encuentra de regreso aunque viviendo hasta el otro lado de la bahía, en North Vancouver, lo cual nos ha dificultado un poco cada vez que nos encontramos, y el resto de ellos, Simón, un inglés con apariencia de chileno -así como podría decirse de Borges, que parecía argentino-, el tocayo Julio, Felipe y Alejandro. Pero de entre todos ellos comparto con Alonso el hábito de leer poesía. Y en el comentario que consigno, me hizo llegar su observación sobre un extenso poema de Nicanor Parra, titulado La mujer, ya que me había limitado a los trabajos poéticos de Pablo Neruda y Gabriela Mistral, sus dos premios Nóbel de literatura, así como de Vicente Huidobro y Gonzalo Rojas -un par de poetas que disfruto mucho-. De manera que, para compensar la ausencia de Parra y agradecer la atención de Alonso, aprovecho esta ocasión para reproducir un fragmento relativo a la nieve, del poema que me ha hecho llegar desde las montañas donde nacen los cóndores:

La mujer había elegido el lecho de un río para levantar sus tablas
Los utensilios domésticos yacían amontonados
Paisajes, matorrales se veían
Se veían piedras.
Todo esto ocuría en el corazón de una isla
Qué isla era aquella dios santo
Dios Santo
quién era yo para reírme de Cronos
Preguntaba a la hija idiota qué es aquello
Apuntando con el índice hacia unos cerros próximos
¡Nieve! respondía ella
Correcto, era nieve. En verdad era nieve.
Me daba vueltas y sin dejar de reír preguntaba de nuevo
Mirando ahora hacia el otro confín.
Nieve respondía de nuevo.
Estábamos rodeados de nieve
pero era el corazón del verano.

Por cierto, dentro de unos días, cuando aquí termine el invierno, allá en el sur estará concluyendo el verano. Nicanor Parra despreciaba a otros poetas, en su Manifiesto creo advertir una diatriba contra Borges cuando dice: "Al poeta Ratón de Biblioteca" y este es su breve antipoema Quédate con tu Borges:

él te ofrece el recuerdo de una flor amarilla
vista al anochecer
años antes que tú nacieras
interesante puchas que interesante
en cambio yo no te prometo nada
ni dinero ni sexo ni poesía
un yogur es lo + que podría ofrecerte

Sin embargo, mantuvo su admiración por Neruda. En su discurso de bienvenida por la incorporación de éste a la Universidad de Chile, en 1962, iniciaba Parra asegurando que "Hay dos maneras de refutar a Neruda: una es no leyéndolo, la otra es leyéndolo de mala fe. Yo he practicado ambas, pero ninguna me dio resultado".

De manera, Alonso, que considero saldada la deuda de haber pasado por alto a Nicanor Parra, según entiendo tu poeta favorito. En mi caso, pienso seguir leyendo a Neruda... y a Borges.


La ilustración corresponde a una fotografía del atardecer en la cordillera de Los Andes.

martes, 15 de marzo de 2011

Una Serenata para Lupe (fragmento inicial)



"Estoy muy cansada de todo esto y no sé que hacer conmigo misma": Lupe Vélez

- No sé de que podrías tener miedo, Estelle -más que dirigirse a su amiga, Lupe dejó que la pregunta flotara en su propia incertidumbre y desvió la mirada sin esperar respuesta-. Estoy llegando a un punto en donde lo único que temo es la vida.

Debió ser por el fresco de la madrugada, pero su voz sonaba ajena, como si hubiera dejado de pertenecerle, con un ligero temblor que Estelle atribuyó al frío. Tenía la fragilidad de un lamento quebradizo a punto de romperse y no se percibían en ella vestigios de su intensidad habitual. El automóvil se alejó hasta perderse en la oscuridad de North Rodeo Drive mientras la figura de Lupe Vélez, de por sí menudita, se fue haciendo más pequeña por el espejo retrovisor, pero su amiga ya no alcanzó a verla entrar de nuevo en la casa, seguida por los fieles Chips y Chops que ladraban su propia inquietud. Adiós Estelle, hay muchas cosas más que quisiera decirte, que ya nunca sabrás... Eran casi las cuatro y la señora Kinder la esperaba despierta. Todavía le preguntó si se le ofrecía algo, pero en realidad Lupe ya no necesitaría gran cosa, acaso un frasco de seconales y redactar unas notas de despedida. A veces me siento como si tuviera cien años, como si fuera una anciana lista para el asilo. ¡Dios santo! ¿Cuánto habré vivido que ni siquiera lo noté? Entre tanto frenesí, su existencia había dejado de ser una suma con los trozos de sueños y pesadillas para tornarse una última resta de lo que ya no sería.

Empezó a escribir con su letra torpe, de rasgos infantiles, unas líneas para Harald y recordó el día en que lo había conocido. ¿Por qué tuviste que atravesarte en mi camino? ¿Cómo fui a enredarme con un hombre que no sirve ni para bolearse los zapatos? Su arraigado catolicismo la mantenía convencida de que la vida es como un mapa trazado por un ser supremo y es muy poco lo que puede hacer la voluntad. Había vivido y moriría bajo la sombra de un determinismo religioso. Y pensar que hasta llegué a imaginarme que podíamos compartir la vida. Visitaba el foro en el que filmaban El Pirata y la dama, para encontrarse con Arturo de Córdova, cuando un desconocido llamó su atención: un joven aventirero, atractivo, de origen confuso y pasado fantasioso, que se prestaba para incitar los celos de aquél. Sin embargo, de Córdova solía mantener la tibieza, sobre todo en materia de romances, y fiel a su estilo se habrá dicho a sí mismo: "No tiene la menor importancia", para dar vuelta a la página y cerrar el capítulo que llevaba el nombre de Lupe Vélez. Estoy tan cansada de todo el mundo. La gente cree que peleo por capricho, por puro gusto; pero es que en realidad siempre he tenido que pelear por todo. Desde que era una niña no he hecho otra cosa que pelear.

A través de la ventana percibió una brisa templada que provocaba el murmullo de las hojas al caer presagiando el fin del otoño. A la distancia, se escuchaba la tonada de Serenata a la luz de la luna. Algún vecino debería estar rindiendo una suerte de homenaje premonitorio a Glenn Miller, quien desaparecería al día siguiente en un vuelo militar que nunca llegó a París, su destino original, tal vez derribado por la artillería alemana. Eran tiempos de guerra, pero Lupe ya tenía la suya propia como para todavía andar pensando en las guerras ajenas. Había luchado tanto y estaba por perderlo todo.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Epigrama: CUARESMA



Tras de tanta algarabía y risa

la última noche de carnaval,

el festejo concluye en ritual

con una cruz de ceniza.
 
 
Jules Etienne

La ilustración corresponde a El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma (1599),
de Pieter Brueghel, el viejo.

martes, 8 de marzo de 2011

Epigrama: CARNAVAL



Afán de subvertir la realidad,

provocar la carcajada tenaz.

Máscaras que ocultan la identidad:

la verdad bajo un disfraz.
 
 
Jules Etienne

miércoles, 2 de marzo de 2011

PAÍS DE NIEVE: El discreto encanto de la sutileza


Yasunari Kawabata fue el primer japonés en recibir el premio Nobel de literatura en 1968. Al lado de La casa de las bellas durmientes y El maestro de Go, figuran dos novelas en cuyos títulos aparece implícita la nieve: Primera nieve en el monte Fuji, y País de nieve, la obra que mejor lo identifica. La academia sueca explicó que su decisión había sido motivada "por la maestría de su prosa, por medio de la cual expresa con gran sensibilidad la esencia del pensamiento nipón".

Kawabata se refería a la región en que transcurre su novela como "la espalda de Japón". Y es que la zona occidental de la isla de Honshu es el lugar en el que cae más nieve de todo el mundo. En el invierno, los vientos que soplan desde Siberia van acumulando humedad a su paso sobre el mar y terminan por estrellarse contra las montañas dejando caer una cantidad insolente de nieve. De tal manera que entre los meses de diciembre y mayo, se llegan a acumular más de cuatro metros de nieve, bloqueando todos los caminos y con el ferrocarril como el único medio de transporte posible. Sus habitantes quedaban, entonces, prácticamente incomunicados del resto del mundo, sobre todo en los años treinta, época en la que se ubicaba la acción, que desde su párrafo inicial advierte: "El tren salió del túnel y se internó en la nieve. Todo era blanco bajo el cielo nocturno".

El protagonista, Shimamura, es un comerciante que viaja a las montañas para disfrutar de sus aguas termales y mantiene un peculiar idilio con Komako, una joven aspirante a geisha. Pero mientras él se resiste a dejarse llevar por los sentimientos, ella acepta: "No puedo quejarme. A fin de cuentas, sólo las mujeres son capaces de amar de verdad".

La descripción de los recuerdos posee el encanto de la sutileza. "Shimamura contempló la escena con el ensimismamiento de los insomnes y recordó aquella mañana invernal en que había contemplado el reflejo de la nieve enmarcando el reflejo de Komako en ese mismo espejo. Los copos eran mayores; sin embargo, flotaban con más levedad en el aire. La montañas que parecían más lejanas cada día, a medida que las hojas de los árboles se marchitaban, habían recuperado la vida con la nieve." Tras ese párrafo empieza a tejer el delicado relato del proceso de elaboración de la seda de Chijimi, "cuya frescura provenía del espíritu de la nieve".

Después de leer la prosa impecable de Kawabata, con ese mismo candor que despliega la nieve al caer, se comprende porque afirmó que "la literatura no hace sino registrar los encuentros con la belleza".
 
 
Jules Etienne 

lunes, 28 de febrero de 2011

¿La última nevada?


La tarde del sábado empezó a caer la nieve y así continuó hasta el domingo por la mañana. Como en esta ciudad en la que vivo son muy pocos los días del año que tenemos oportunidad de disfrutarla -el clima de Vancouver es más bien tipo Mediterráneo, mientras que en el resto del país se asemeja al de la península escandinava-, me parece que esta podría ser la última ocasión en este invierno en que veremos nieve en las calles de la ciudad.

Casualmente, por la tarde me visitó una joven chilena, Gabriela Céspedes, a quien junto con otros paisanos suyos les renté un departamento el año pasado, hasta que tuvieron que regresar a su tierra. Ahora que ya está aquí de nuevo, vino por la correspondencia que sigo recibiendo en el buzón del que fuera su domicilio. Y de pronto me quedó muy claro porqué la mayoria de los poetas hispanoamericanos suelen ser más bien tacaños en sus referencias a la nieve, mientras que los chilenos, por el contrario, la mencionan casi con la misma frecuencia que los europeos. Durante el invierno austral, que va de junio a septiembre, toda la cordillera andina y lugares aledaños, reciben la nieve que hizo a Neruda preguntarse ¿Por qué para esperar la nieve se ha desvestido la arboleda? y exclamar:

Oh Chile, largo pétalo
de mar y vino y nieve.

En otro de sus poemas, dedicado a la muerte de Tina Modotti, decía:

A mi patria te llevo para que no te toquen,
a mi patria de nieve para que a tu pureza
no llegue el asesino...

También la describe Gonzalo Rojas en Crecimiento de Rodrigo Tomás:

Tu alta dinastía se remonta al resplandor de la nieve.
A las noches en que tu madre quería verte tras nuestra única ventana
y allá afuera la nieve era un diálogo ardiente
entre mi desesperación y el bulto vivo que contenía tu relámpago.
...
Te di para tu libertad la nieve augusta y el lucero.
...
Primogénito mío: tu casa era lo alto de la nieve de Chile.
De la cobriza sierra te bajé hasta las islas polares.

Para continuar de manera majestuosa:

Tierra para tu sangre. Mar y nieve
para tu entendimiento, y Poesía
para tu lengua.

De Gabriela Mistral -quien no es una poeta que acostumbro a leer-, esta es la estrofa inicial de Mientras baja la nieve:

Ha bajado la nieve, divina criatura,
el valle a conocer.
Ha bajado la nieve, mejor que las estrellas.
¡Mirémosla caer!

Vicente Huidobro del que, por el contrario, suelo visitar su obra con frecuencia, menciona a la nieve en su poema Noche:

Sobre la nieve se oye resbalar la noche

La canción caída de los árboles
y tras la niebla daban voces

De una mirada encendí mi cigarro

Cada vez que abro los labios
inundo de nubes el vacío

En el puerto
los mástiles están llenos de nidos

Y el viento
gime entre las alas de los pájaros.

Para concluir, este fragmento del discurso que leyó Neruda al recibir el premio Nobel de literatura, en diciembre de 1971:

"A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por los glaciares a manos del invierno, por las tremendas tormentas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.

A cada lado de la huella contemplé, en aquella salvaje desolación, algo como una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos túmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar que los que no pudieron seguir se quedaron allí para siempre debajo de las nieves. También mis compañeros cortaron con sus machetes las ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades de invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos."



La ilustración corresponde a una fotografía del atardecer en la cordillera andina.

jueves, 24 de febrero de 2011

Páginas ajenas: LA TREGUA, de Mario Benedetti


(Fragmento)

Domingo 17 de marzo

Si alguna vez me suicido, será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso. Quisiera quedarme en la cama hasta tarde, por lo menos hasta las nueve o diez, pero a las seis y media me despierto solo y ya no puedo pegar los ojos. A veces pienso qué haré cuando toda mi vida sea domingo. Quién sabe, a lo mejor me acostumbro a despertarme a las diez. Fui a almorzar al Centro porque los muchachos se fueron por el fin de semana, cada uno por su lado. Comí solo. Ni siquiera me sentí con fuerzas para entablar con el mozo el facilongo y ritual intercambio de opiniones sobre el calor y los turistas. Dos mesas más allá, había otro solitario. Tenía el ceño fruncido, partía los pancitos a puñetazos. Dos o tres veces lo miré, y en una oportunidad me crucé con sus ojos. Me pareció que allí había odio. ¿Qué habría para él en mis ojos? Debe ser una regla general que los solitarios no simpaticemos. ¿O será que, sencillamente, somos antipáticos?

Volví a casa, dormí la siesta y me levanté pesado, de mal humor. Tomé unos mates y me fastidió que estuviera amargo. Entonces me vestí y me fui otra vez al Centro. Esta vez me metí en un café; conseguí una mesa junto a la ventana. En un lapso de una hora y cuarto, pasaron exactamente treinta y cinco mujeres de interés. Para entretenerme hice una estadística sobre qué me gustaba más en cada una de ellas. Lo apunté en la servilleta de papel. Éste es el resultado. De dos, me gustó la cara; de cuatro, el pelo; de seis, el busto; de ocho, las piernas; de quince, el trasero. Amplia victoria de los traseros.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Epigrama: SEUDÓNIMO


Escribir con nombre inventado

equivale a la quimera

de que un cómplice viviera

detrás de lo imaginado.

martes, 22 de febrero de 2011

Un seudónimo peculiar: HONORIO BUSTOS DOMECQ


Entre los autores de novela negra y policial resulta bastante común el uso de seudónimos literarios, o pen name como se les dice en inglés. Dashiell Hammett publicó sus primeros relatos para la revista Black Mask como Peter Collinson, el verdadero nombre de Ross MacDonald era Keneth Millar y James Hadley Chase se llamaba en realidad René Brazoban Raymond. En nuestra lengua resulta célebre el caso de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, quienes publicaron en 1942 un volumen con media docena de relatos detectivescos bajo el título de Seis problemas para don Isidro Parodi. El nombre del autor, Honorio Bustos Domecq, lo formaron con los apellidos de sus respectivos bisabuelos.

Tratándose de Borges, con su irrefrenable vocación satírica, no es de sorprender que hasta una biografía le hayan inventado -misma que aparece en el prólogo-, firmada por una tal Adelma Badoglio:

"El doctor Honorio Bustos Domecq nació en la localidad de Pujato (provincia de Santa Fe), en el año de 1893. Después de interesantes estudios primarios, se trasladó con toda su familia a la Chicago argentina. En 1907, las columnas de la prensa de Rosario acogían las primeras producciones de aquel modesto amigo de las musas, sin sospechar acaso su edad. De aquella época son las composiciones: Vanitas, Los Adelantos del Progreso, La Patria Azul y Blanca, A Ella, Nocturnos. En 1915 leyó ante una selecta concurrencia, en el Centro Balear, su Oda a la "Elegía a la muerte de su padre", de Jorge Manrique, proeza que le valiera una notoriedad ruidosa pero efímera. Ese mismo año publicó: ¡Ciudadano!, obra de vuelo sostenido, desgraciadamente afeada por ciertos galicismos, imputables a la juventud del autor y a las pocas luces de la época, En 1919 lanza Fata Morgana, fina obrilla de circunstancias, cuyos cantos finales ya anuncian al vigoroso prosista de ¡Hablemos con más propiedad! (1932) y de Entre libros y papeles (1934). Durante la intervención de Labruna fue nombrado, primero, Inspector de enseñanza, y, después, Defensor de los pobres. Lejos de las blanduras del hogar, el áspero contacto de la realidad le dio esa experiencia que es tal vez la más alta enseñanza de su obra. Entre sus libros citaremos: El Congreso Eucarístico: órgano de la propaganda argentina, Vida y muerte de don Chicho Grande, de, ¡Ya sé leer! (aprobado por la Inspección de Enseñanza de la ciudad de Rosario), El aporte santafecino a los Ejércitos de la Independencia, Astros nuevos: Azorín, Gabriel Miró, Bontempelli. Sus cuentos policiales descubren una veta nueva del fecundo polígrafo: en ellos quiere combatir el frío intelectualismo en que han sumido este género Sir Conan Doyle, Ottolenghi, etc. Los cuentos de Pujato, como cariñosamente los llama el autor, no son la filigrana de un bizantino encerrado en la torre de marfil; son la voz de un contemporáneo , atento a los latidos humanos y que derrama a vuela pluma los raudales de su verdad."

Juan Ángel Juristo establece algunas claves en la personalidad de esta invención, fantasioso juego literario de ambos autores: "H. Bustos Domecq, autor del libro, cumple una condena de cadena perpetua por un crimen del que se supone, por el tono de la obra, es inocente. Desde la celda 273 resuelve asesinatos y otros problemas criminales y, sin embargo, es incapaz de demostrar su inocencia porque un funcionario de la comisaría 8 le debe dinero y no le interesa que don isidro se lo reclame. Este endeble estructura, endeble e inverosímil, permite que don Isidro acceda a los universos más surrealistas y a la resolución de los problemas más abstrusos con el sólo concurso de su inteligencia."

Hubo un primer antecedente, y es que Borges ya había empleado, en 1933, el seudónimo de F. Bustos como el supuesto autor de El hombre de la esquina rosada. En 1967, reincidieron (palabra clave en este blog), Borges y Bioy Casares, con la publicación de Crónicas de Bustos Domecq. Diez años más tarde, apareció Nuevos cuentos de Bustos Domecq. Siempre se dijo que, en su momento, a Borges le disgustó que se hiciera pública la verdadera identidad de su creación, aunque al final acabó por resignarse.

En una divertida entrevista con ambos escritores, que les hiciera Renée Sallas, para la revista Gente, publicada en agosto de 1977, acerca de la personalidad de Bustos Domecq -al que siempre se refieren como si en realidad existiese-, sobre su forma de vestir, sus ideas políticas, su vida familiar y sus lecturas, en la que dejan establecido que: "Tiene sesenta años. Es gordo y hasta panzón. Mide 1.75 metros. Pesa 82 kilos". Y luego agregan que "está siempre vestido de gris oscuro" y que "Lee muy poco. Pero siempre dice que ha leído algún libro, para quedar bien". Aclaran que, cuando lo ven, "Generalmente nos citamos en un café que está en Corrientes, entre San Martín y Reconquista. Muchas veces tratamos de llevarlo a La Fragata, pero siempre se negó. Detesta las confiterías: prefiere los cafés". Al final, les pregunta si va a vivir muchos años Bustos Domecq, y Borges responde: "Para mí, no. Para mí ya es un extinto". En cambio Bioy Casares expresa su deseo personal: "A mi me gustaría que viviera mucho tiempo". ¿Y Bustos Domecq -insiste la entrevistadora-, qué opina del particular?: "Nunca hablamos con él de este tema... Él jamás piensa en la muerte".


Jules Etienne

La ilustración corresponde a una fotografía de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares.

lunes, 21 de febrero de 2011

Novela negra y el seudónimo de Nil Barral



La semana pasada, leyendo las crónicas de lo acontecido en el encuentro de novela negra de Barcelona, BCNegra, del que ya con anterioridad había comentado algo, me encontré con que uno de los títulos que provocó mayor curiosidad es El hombre que dormía en el coche, escrito originalmente en catalán y publicado con seudónimo: Nil Barral. Lo original del asunto es que Nil Barral es también el nombre del protagonista. El hecho no dejó de provocarme cierta envidia impregnada de nostalgia.

Cuando me encontraba escribiendo Decir adiós es morir un poco, había decidido su título desde un principio, tanto por el hecho de que intentaba un homenaje a Raymond Chandler como porque esa sería su frase culminante, "tal y como en la novela que acabas de leer: Decir adiós es morir un poco." Sin embargo, siempre tuve la tentación de firmarla con seudónimo, el del propio Felipe Mar Law. Esa fue la razón por la que elegí la narración en segunda persona, porque pretendía que fuese como un espejo en el que la creación hablaba con su creador, el personaje con el autor, que al final de cuentas serían el mismo. Lo que modificó el plan, cuando ya la había concluido y estaba a punto de publicarse, era que plantea en términos de reelaboración ficiticia un hecho real de la política mexicana: el fraude que cometió Rosario Robles en contubernio con Luis Kelly, propietario de la agencia de publicidad Publicorp, y que en los medios se le conoció como "el cochinito". Por un lado, no quise que esto le restara seriedad -no podría decir credibilidad, puesto que se trata de una novela, con todo lo de imaginario que eso implica-, a la propuesta literaria y, sobre todo, que se me acusara de cobardía al ni siquiera tener el valor de firmarla con mi propio nombre: ya se sabe que la burocracia mexicana es muy proclive a tratar de desviar la atención sobre sus propias irresponsabilidades acusando de todo lo que sea posible a los demás, como si el desprestigio ajeno implicara su propia absolución.

Y entonces, me quedé con las ganas. A mí me parecía una propuesta literaria divertida poder jugar con esa duplicidad autor-personaje, sobre todo, al establecer el relato hablando de tú, en el singular de la segunda persona.

A ver si más adelante tengo la oportunidad de leer a Nil Barral, los comentarios sobre la obra coinciden en su entusiasmo, y no dejaré de evocar algo que me hubiera gustado hacer y no se dieron las condiciones para que así fuese. Tal y como lo escribí en el prólogo de Una serenata para Lupe: "Es preferible pecar por haber inventado las cosas que por no haber imaginado nada".


Nota: para una relación más amplia de seudónimos empleados por los autores de novela negra, basta consultar las etiquetas correspondientes a novela negra o seudónimos literarios.

domingo, 20 de febrero de 2011

Páginas ajenas: MUERTE DE ISOLDA, de Horacio Quiroga



Concluía el primer acto de Tristán e Isolda. Cansado de la agitación de ese día, me quedé en mi butaca, muy contento de mi soledad. Volví la cabeza a la sala, y detuve enseguida los ojos en un palco bajo.

Evidentemente, un matrimonio. Él, un marido cualquiera, y tal vez por su mercantil vulgaridad y la diferencia de años con su mujer, menos que cualquiera. Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezas que más que en el rostro -aun bien hermoso-, reside en la perfecta solidaridad de mirada, boca, cuello, modo de entrecerrar los ojos. Era, sobre todo, una belleza para hombres, sin ser en lo más mínimo provocativa; y esto es precisamente lo que no entenderán nunca las mujeres.

La miré largo rato a ojos descubiertos porque la veía muy bien, y porque cuando el hombre está así en tensión de aspirar fijamente un cuerpo hermoso, no recurre al arbitrio femenino de los anteojos.

Comenzó el segundo acto. Volví aún la cabeza al palco, y nuestras miradas se cruzaron. Yo, que había apreciado ya el encanto de aquella mirada vagando por uno y otro lado de la sala, viví en un segundo, al sentirla directamente apoyada en mí, el más adorable sueño de amor que haya tenido nunca.

Fue aquello muy rápido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en mi largo minuto de insistencia, tornaron fugazmente a mí.

Fue asimismo, con la súbita dicha de haberme soñado un instante su marido, el más rápido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otra vez, pero en ese instante sentí que mi vecino de la izquierda miraba hacia allá, y después de un momento de inmovilidad por ambas partes, se saludaron.

Así, pues, yo no tenía el más remoto derecho a considerarme un hombre feliz, y observé a mi compañero. Era un hombre de más de treinta y cinco años, de barba rubia y ojos azules de mirada clara y un poco dura, que expresaba inequívoca voluntad.

- Se conocen -me dije- y no poco.

En efecto, después de la mitad del acto mi vecino, que no había vuelto a apartar los ojos de la escena, los fijó en el palco. Ella, la cabeza un poco echada atrás y en la penumbra, lo miraba también. Me pareció más pálida aún. Se miraron fijamente, insistentemente, aislados del mundo en aquella recta paralela de alma a alma que los mantenía inmóviles.

Durante el tercero, mi vecino no volvió un instante la cabeza. Pero antes de concluir aquél, salió por el pasillo lateral. Miré al palco, y ella también se había retirado.

- Final de idilio -me dije melancólicamente.

Él no volvió más, y el palco quedó vacío.

* * *

- Sí, se repiten -sacudió largo rato la cabeza-. Todas las situaciones dramáticas pueden repetirse, aún las más inverosímiles, y se repiten. Es menester vivir, y usted es muy muchacho... Y las de su Tristán también, lo que no obsta para que haya allí el más sostenido alarido de pasión que haya gritado alma humana. Yo quiero tanto como usted esa obra, y acaso más. No me refiero, querrá creer, al drama de Tristán, y con él las treinta y seis situaciones del dogma, fuera de las cuales todas son repeticiones. No; la escena que vuelve como una pesadilla, los personajes que sufren la alucinación de una dicha muerta, es otra cosa. Usted asistió al preludio de una de esas repeticiones... Sí, ya sé que no se acuerda... No nos conocíamos con usted entonces... ¡Y precisamente a usted debía de hablarle de esto! Pero juzga mal lo que vio y creyó un acto mío feliz... ¡Feliz!... oígame. El buque parte dentro de un momento, y esta vez no vuelvo más... Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, por dos razones: Primero, porque usted tiene un parecido pasmoso con lo que era yo entonces -en lo bueno únicamente, por suerte-. Y segundo, por que usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla, después de lo que va a oír. Oígame:

La conocí hace diez años, y durante los seis meses que fui su novio hice cuanto estuvo en mí para que fuera mía. La quería mucho, y ella, inmensamente a mí. Por esto cedió un día, y desde ese instante mi amor, privado de tensión, se enfrió.

Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba con la dicha de poseer mi nombre, yo vivía en una esfera de mundo donde me era inevitable flirtear con muchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas.

Una de ellas llevó conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party a un extremo tal, que me exasperé y la pretendí seriamente. Pero si mi persona era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a prometerle el tren necesario, y me lo dio a entender claramente.

Tenía razón, perfecta razón. En consecuencia, flirteé con una amiga suya, mucho más fea, pero infinitamente menos hábil para estas torturas del téte-a-téte a diez centímetros, cuya gracia exclusiva consiste en enloquecer a su flirt, manteniéndose uno dueño de sí. Y esta vez no fui yo quien se exasperó.

Seguro, pues, del triunfo, pensé entonces en el modo de romper con Inés. Continuaba viéndola, y aunque no podía ella engañarse sobre el amortiguamiento de mi pasión, su amor era demasiado grande para no iluminarle los ojos de felicidad cada vez que me veía llegar.

La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba, habría cerrado los ojos para no perder la más vaga posibilidad de subir con su hija a una esfera mucho más alta.

Una noche fui allá, dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo mismo. Inés corrió a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente pálida.

- ¿Qué tienes? -me dijo.

- Nada - le respondí con sonrisa forzada, acariciándole la frente. Ella dejó hacer, sin prestar atención a mi mano y mirándome insistentemente. Al fin apartó los ojos contraídos y entramos en la sala.

La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo sólo un momento y desapareció.

Romper es palabra corta y fácil; pero comenzarlo...

Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó la mano de la cara y me clavó los ojos, dolorosos de angustioso examen.

- ¡Es evidente!... -murmuró.

- ¿Qué? -le pregunté fríamente.

La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su rostro se demudó:

- ¡Que ya no me quieres! -articuló en una desesperada y lenta oscilación de cabeza.

- Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo -respondí.

No podía darse respuesta más dura; pero yo tenía ya el comienzo.

Inés me miró un rato casi como a un extraño, y apartándome bruscamente la mano con el cigarro, su voz se rompió:

- ¡Esteban!

- ¿Qué? -torné a repetir.

Ésta vez bastaba. Dejó lentamente mi mano y se reclinó atrás en el sofá, manteniendo fija en la lámpara su rostro lívido. Pero un momento después su cara caía de costado bajo el brazo crispado, al respaldo.

Pasó un rato aún. La injusticia de mi actitud -no veía en ella más que injusticia- acrecentaba el profundo disgusto de mí mismo. Por eso cuando oí, o más bien sentí, que las lágrimas brotaban al fin, me levanté con un violento chasquido de lengua.

- Yo creía que no íbamos a tener más escenas le dije paseándome.

No me respondió y agregué:

- Pero que sea esta la última.

Sentí que las lágrimas se detenían, y bajo ellas me respondió un momento después:

- Como quieras.

Pero en seguida cayó sollozando sobre el sofá:

- ¡Pero qué te he hecho! ¡Qué te he hecho!

- ¡Nada! -le respondí-. Pero yo tampoco te he hecho nada a ti... Creo que estamos en el mismo caso. ¡Estoy harto de estas cosas!

Mi voz era seguramente más dura que mis palabras. Inés se incorporó, y sosteniéndose en el brazo del sofá, repitió, helada:

- Como quieras.

Era una despedida, yo iba a romper, y se me adelantaban. El amor propio, el vil amor propio tocado a vivo, me hizo responder:

- Perfectamente... Me voy. Que seas más feliz... otra vez.

No comprendió y me miró con extrañeza. Yo había ya cometido la primera infamia; y como en esos casos, sentí el vértigo de enlodarme más aún.

- ¡Es claro! -apoyé brutalmente-. Porque de mí no has tenido queja... ¿no?

Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme agradecida.

Comprendió más mi sonrisa que mis palabras, y mientras yo salía a buscar mi sombrero en el corredor, su cuerpo y su alma entera se desplomaban en la sala.
 
Entonces, en ese instante en que crucé la galería, sentí intensamente lo que acababa de hacer. Aspiración de lujo, matrimonio encumbrado, todo me resaltó como una llaga en mi propia alma. Y yo, que me ofrecía en subasta a las mundanas feas con fortuna, que me ponía en venta, acababa de cometer el acto más ultrajante con la mujer que nos ha querido demasiado... Flaqueza en el Monte de los Olivos, o momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin: ansia de sacrificio, de reconquista más alta de propio valer. Y luego la inmensa sed de ternura, de borrar beso tras beso las lágrimas de la mujer adorada, cuya primera sonrisa tras la herida que le hemos causado es la más bella luz que pueda inundar el corazón de un hombre.

¡Y concluido! No me era posible ante mí mismo volver a tomar lo que acababa de ultrajar de ese modo: ya no era digno de ella, ni la merecía más. Había enlodado en un segundo el amor más puro que hombre alguno haya sentido sobre sí, y acababa de perder con Inés la irreencontrable felicidad de poseer a quien nos ama entrañablemente.

Desesperado, humillado, crucé por delante de la sala y la vi echada sobre el sofá, sollozando el alma entera, entre sus brazos.

¡Inés! ¡Perdida ya! Sentí más honda mi miseria ante su cuerpo, todo amor, sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta casi, me detuve.

- ¡Inés! -dije.

Mi voz no era ya la de antes. Y ella debió notarlo bien, porque su alma sintió, en aumento de sollozos, el desesperado llamado que le hacía mi amor -¡esa vez sí, inmenso amor!

- No, no... -me respondió-. ¡Es demasiado tarde!

(...)

Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura más seca y tranquila que la de sus ojos cuando concluyó. Por mi parte, no podía apartar de mi memoria aquella adorable belleza del palco, sollozando sobre el sofá...

- Me creerá -reanudó Padilla-, si le digo que en mis insomnios de soltero descontento de sí mismo la he tenido así ante mí... Salí enseguida de Buenos Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de gran fortuna... Volví a los ocho años, y supe entonces que se había casado, a los seis meses de haberme ido y torné a alejarme, y hace un mes regresé, bien tranquilizado ya, y en paz.

No había vuelto a verla. Era para mí como un primer amor, con todo el encanto dignificante que un idilio virginal tiene para el hombre hecho que después amó cien veces... Si usted es querido alguna vez como como yo lo fui, y ultraja como yo lo hice, comprenderá, toda la pureza que hay en mi recuerdo.

Hasta que una noche tropecé con ella. Sí, esa misma noche en el teatro... Comprendí al ver al opulento almacenero de su marido, que se había precipitado en el matrimonio, como yo al Ucayali... Pero al verla otra vez, a veinte metros de mí, mirándome, sentí que en mi alma, dormida en paz, surgía sangrando la desolación de haberla perdido, como si no hubiera pasado un solo día de esos diez años. ¡Inés! Su hermosura, su mirada -única entre todas las mujeres-, habían sido mías, bien mías, porque me habían sido entregadas con adoración. También apreciará usted esto algún día.

Hice lo humanamente posible para olvidar, me rompí las muelas tratando de concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la prodigiosa partitura de Wagner, ese grito de pasión enfermante, encendió en llama viva lo que quería olvidar. En el segundo o tercer acto no pude más y volví la cabeza. Ella también sufría la sugestión de Wagner y me miraba. ¡Inés, mi vida! Durante medio minuto su boca, sus manos, estuvieron bajo mi boca y mis ojos, y durante ese tiempo ella concentró en su palidez la sensación de esa dicha muerta hacía diez años. ¡Y Tristán siempre, sus alaridos de pasión sobrehumana, sobre nuestra felicidad yerta!

Me levanté entonces, atravesé las butacas como un sonámbulo, y avancé por el pasillo aproximándome a ella sin verla, sin que me viera, como si durante diez años no hubiera yo sido un miserable...

Y como diez años atrás, sufrí la alucinación de que llevaba mi sombrero en la mano e iba a pasar delante de ella.

Pasé, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido. Como diez años antes sobre el sofá ella, Inés, tendida ahora en el diván del antepalco, sollozaba la pasión de Wagner y su felicidad deshecha.

¡Inés!... Sentí que el destino me colocaba en un momento decisivo. ¡Diez años!... Pero, ¿habían pasado? ¡No, no, Inés mía!

Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los sollozos, la llamé:

- ¡Inés!

Y como diez años antes, los sollozos redoblaron, y como entonces me respondió bajo sus brazos:

- No, no... ¡Es demasiado tarde!


Horacio Quiroga (Uruguay, 1878-1937)
 
La ilustración corresponde a Tristán e Isolda, la muerte (1910), de Rogelio de Egusquiza.