Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

viernes, 12 de agosto de 2016

Canícula: GRINGO VIEJO, de Carlos Fuentes

"El sol mexicano dejaría un paisaje desnudo bajo la lumbre."
 
(Fragmento del capítulo VII)

Este era el reino de la sombra, pero la luz era una tortura peor para ella. En la oscuridad del sueño, ella se hundía en el tórrido verano de las marejadas atlánticas, como se hundía en el calor de su propio cuerpo dormido. Eran suyas la misma humedad de las márgenes del Potomac y la vegetación mojada y lánguida, sólo en apariencia domesticada dentro de la ciudad de Washington, que en realidad invadía hasta el último rincón de los jardines perdidos, los estanques, los umbríos patios traseros cobijados por techos de verde humedad, alfombrados con los capullos muertos del cornejo blanco y el olor agridulce de los negros que se dejaban vivir a lo largo de la canícula con una difusión de días de cuerpos sudorosos y rostros polveados con desgano.
 
A medio camino entre Washington y México, iba a imaginar que había verano en Washington pero había luz en México. En su mente suspendida entre la memoria y la previsión, ambas iluminaciones desnudaban el espacio circundante. El sol mexicano dejaría un paisaje desnudo bajo la lumbre. El sol del Potomac se convertiría en una neblina luminosa capaz de devorar los contornos de los interiores, las salas, las alcobas, los espacios húmedos y huecos de los sótanos apestosos donde las gatas se refugiaban para parir sus ventregadas y la presencia desgastada de alfombras, muebles y ropajes viejos que lograban permanecer en Washington mientras la gente llegaba o partía con sus baúles, se reunían como fantasmas latentes y sin llama en medio de un denso aroma de musgo y naftalina.

Se preguntaba a veces: ¿Cuándo fui más feliz?


Carlos Fuentes (México, 1928-2012)

jueves, 11 de agosto de 2016

Canícula: LAS FLORES DEL MAL, de Charles Baudelaire


"Estación de ensueño, en que la Musa se engancha durante un día entero al badajo de una campana."

IX

(Fragmento)
 
Era, sobre todo, en verano, cuando los plomos de los techados se fundían
Cuando aquellos grandes muros ennegrecidos en tristeza abundaban,
Cuando la canícula o el brumoso otoño,
Irradiaban los cielos con su fuego monótono,
Y hacían adormecer, en los esbeltos torreones,
Los vocingleros gavilanes, terror de los blancos pichones;
Estación de ensueño, en que la Musa se engancha
Durante un día entero al badajo de una campana;
Donde la Melancolía, al mediodía, cuando todo duerme,
El mentón en la mano, al fondo del corredor,
-La pupila más negra y más azul que la de la Religiosa
De la que cada uno sabe la historia obscena y dolorosa-,
Arrastra un pie fatigado por precoces molestias,
Y su frente humedece aún la languidez de sus noches.
 

Charles Baudelaire (Francia, 1821-1867).

miércoles, 10 de agosto de 2016

Canícula: EL AMANTE DESDICHADO, de Alberto Moravia

"Las persianas del cuarto contiguo se abrieron y la mu­chacha rubia apareció en la terraza."
 
(Fragmento)

El mar, entre las altas rocas rojas coronadas de ver­dor, enceguecía azotado por la luz del sol. En el huerto se habían callado, en aquel silencio, hasta las gallinas. Sólo se oía el zumbido de los insectos que disfrutan con la canícula anidados entre las hierbas quemadas y en las grietas del árido terreno.
 
Sandro apoyó la mano en la barandilla y miró al mar.
 
Las persianas del cuarto contiguo se abrieron y la mu­chacha rubia apareció en la terraza.
 
Puso sus manos cortas y llenas en la barandilla, y tam­bién ella miró al mar con sus ojitos inexpresivos. Tenía realmente un espléndido pelo rubio, pensó Sandro, pero con aquel vestido escaso, como de muñeca, su exuberante cuerpo estaba ridículo. Observó que la chica no se vol­vía ante sus miradas, sino que, como un caballo bajo el cepillo del amo, daba a entender que las advertía con ciertos temblores provocativos que corrían por sus muslos y sus musculosas caderas. En la transparencia del vestido, el hermoso cuerpo ponía una sombra cálida y os­cura.


Alberto Moravia (Italia, 1907-1990)

lunes, 8 de agosto de 2016

Canícula: EL GRAN GATSBY, de F. Scott Fitzgerald

"... los días del sol canicular de la playa. Lentas, las blancas alas del bote se movían contra el azul del firmamento."
 
(Fragmento del capítulo VII)
 
Yo salí con ellos a la terraza. En el verde estuario, estancado por el calor, un botecito de vela se arrastraba con lentitud hacia el mar más fresco. Los ojos de Gatsby lo siguieron por un momento; levantó la mano y señaló hacia el otro lado de la bahía.

- Vivo exactamente al frente de ustedes.

- Eso veo.

Nuestros ojos se elevaron por sobre el rosal y el prado caliente y las basuras llenas de malezas de los días de sol canicular de la playa. Lentas, las blancas alas del bote se movían contra el frío limite azul del firmamento. Más allá se extendía el ondulado océano con su miríada de plácidas islas.

-Ese es un buen deporte -dijo Tom, asintiendo con la cabeza-. Me gustaría estar con él allá una hora.

Almorzamos en el comedor, oscurecido también para contrarrestar el calor, pasando la alegría tensa con cerveza fría.

-¿Qué va a ser de nosotros esta tarde? -exclamó Daisy-, ¿y el día siguiente, y los próximos treinta años?

-No seas morbosa -dijo Jordan-. La vida comienza de nuevo cuando llega la frescura del otoño.


Francis Scott Fitzgerald (Estados Unidos, 1896-1940)

domingo, 7 de agosto de 2016

CANÍCULA, de Jorge Gaitán Durán

"De repente óyese una gota de agua, y otra, y otra más..."
 
El sol abrasa toda
vida. No mueve el viento
un árbol. Fuera del tiempo
está el fasto del día.
La canícula absorbe
las horas, los colores,
el silencio.
 
De repente óyese una gota
de agua, y otra,
y otra más, en la tarde.
Es la música.
 
 
Jorge Gaitán Durán (Colombia, 1924-1962)

sábado, 6 de agosto de 2016

Canícula: EL ÚLTIMO VERANO DE KLINGSOR, de Hermann Hesse


 
(Fragmento de La excursión a Careno)

Se quedaron. Desempacaron las provisiones; tendieron una mesa y corrió un exquisito vino blanco del norte, que evocaba ejércitos de recuerdos e imágenes. El afinador se había retirado, el piano desmontado callaba. Klingsor contempló compasivo al armazón de las cuerdas, luego cerró lentamente la tapa. Sus ojos le dolían, pero en su corazón el estío cantaba su canción, cantaba la madre sarracena, cantaba azul y cálido el sueño de Careno. Comió y bebió, chocó su copa contra las otras copas, charlando alegremente pero en su taller interior todo estaba alerta, su mirada perseguía al clavel de las rocas, a la flor de fuego, amoldándose como el agua en torno al pez. Un diligente cronista en su cerebro anotaba formas, ritmos. y movimientos, como en cifras de bronce.

Voces y risas llenaban la sala vacía. Bondadosa e inteligente resonaba la risa del doctor; profunda y gentil la de Ersilia, fuerte y baja la de Agosto, liviano como un trino la de la pintora, el poeta hablaba de cosas serias; Klingsor bromeaba; la Reina Roja se movía entre sus huéspedes, observándolos, un poco tímida, rodeada por delfines y corceles, ora en medio de los amigos, ora al lado del piano, sentándose en un almohadón, cortando pan, o escanciando vino con mano inexperta. Una ruidosa alegría remaba en la fresca sala; ojos negros y azules brillaban felices y detrás de las altas puertas luminosos de los balcones acechaba inmóvil la tórrida canícula.

En las copas siempre llenas brillaba el vino dorado, contrastando agradablemente con la frugal comida fría. El fulgor rojizo del vestido de la Reina se reflejaba ora aquí, ora allí en la amplia y alta sala; atentas y despiertas le seguían las miradas de los hombres. Desapareció y regresó con un pañuelo azul en la cabeza.

Después de comer se levantaron cansados satisfechos y se dirigieron alegremente al bosque donde se tendieron entre el pasto y musgo. Sombrillas relucientes; rostros encendidos bajo sombreros de paja; sol abrasador en el cielo ardiente. La Reina de las Sierras descansaba toda roja en el pasto verde; su cuello blanco y delgado se destacaba sobre el vestido llameante. Satisfecha y animada la botica se amoldaba a su pie esbelto. Klingsor cerca de ella la miraba, la estudiaba, la absorbía, como cuando muchacho leía, absorto y olvidado, el cuento de hadas de la reina de las Sierras. Descansando, dormitando, charlando y luchando con hormigas pasaban las horas; alguien creyó escuchar el arrastrar de una serpiente; cáscaras espinosas de castañas se enredaban en los cabellos de las mujeres. Klingsor pensaba en amigos ausentes que hubieran armonizado con la reunión. En realidad no eran muchos; únicamente añoraba a Luis el Cruel, el pintor de circos y tiovivos; su espíritu fantástico flotaba entre ellos.

La tarde transcurrió como un año en el paraíso. Al despedirse se rieron mucho y Klingsor se lo llevo todo atesorado en su corazón: la Reina, el bosque, el palacete, la sala de los delfines, los dos perros y el papagayo.
 

  Hermann Hesse (Alemania, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.
 
La ilustración corresponde a una panorámica de Careno, Italia.

viernes, 5 de agosto de 2016

Canícula: TRES TRISTES TIGRES, de Guillermo Cabrera Infante



"Ahora se desentendía de artes encuadernatorias, de referencias bibliográficas..."
 
(Fragmento)
 
El joven, porque éste era el más joven de los dos hombres que miraban la opus magna que el maestro odioso y odiado sostenía en sus manos, registró en sus retinas resentidas guardas, cajo, tapa, tejuelo, cantonera, lomo, lomera, nervios, florón, estampaciones de rótulo, cabezadas, forro de tela, forro de papel, cosido de pliegos o cuadernillos, corte de cabeza, corte de pie, corte de delante, ilustración, margen de cabeza, margen exterior, boca, sobrecubierta, faja, y paseó leve ojeada sobre los textos. Ahora se desentendía de artes encuadernatorias, de referencias bibliográficas, de nomenclaturas librescas para sentir por debajo de la trinchera impermeable, que llevaba convenientemente cerrada a pesar de los aires de canícula tropical que soplaran en la altiplanicie, y sobre americana bien cortada pudo tantear con codo y antebrazo destral punzante, bien afilado a extremo de corto mango de teca blanca y pulimentada. Miró del libro a la noble cabeza encanecida y pensó que debería perforar cuero cabelludo, hueso occipital y atravesar membranas meníngeas (a, duramáter; b, aracnoide; c, piamáter) para hendir cerebro, traspasar cerebelo y quizás llegar a médulas oblongas, pues todo dependía de la fuerza inicial, momentum capaz de alterar su inercia homicida. «Tengo un santo horror a los diálogos», dijo otra vez el anciano, en ruso ahora, pero pensando cómo sonaría en alemán. Fue esta frase en ritornello lo que le movió a golpear.

 
Guillermo Cabrera Infante (Cuba, 1929-2005)

jueves, 4 de agosto de 2016

Canícula: EL REVÉS DE LA TRAMA, de Graham Greene

"A través de la claraboya, las casas brillaban como mica en el calor de la canícula."
 
(Fragmento)

Cuando llamó a la puerta, y está se abrió, no había nadie en la habitación, excepto Luisa. Se sintió como alguien que entra en una casa desconocida, para vender algo. Había un signo de interrogación en su voz, cuando dijo:
 
- ¿Luisa?
 
- ¡Henry! -exclamó ella, y agregó-: Entra.
 
Una vez adentro, no quedaba más remedio que besarse. Él evitó su boca; la boca revela tantas cosas, pero ella no se conformó hasta que le hizo girar la cara, para dejar sobre sus labios el sello del retorno.
 
- ¡Oh, querido, por fin he llegado!
 
- Has llegado -dijo él, tratando de recordar desesperadamente de recordar las frases que había ensayado.
 
- Han sido todas tan amables -explicó ella-. Se han ido para que yo pudiera recibirte a solas.
 
- ¿Tuviste un buen viaje?
 
- Creo que nos persiguieron una vez.
 
- Estaba muy inquieto -dijo él, y pensó: "Esta es mi primera mentira. Ya puedo zambullirme."
 
- Te eché tanto de menos -agregó.
 
- Fui una tonta, no debí irme, querido.
 
A través de la claraboya, las casas brillaban como mica en el calor de la canícula. El camarote tenía un fuerte olor a encerrado, a mujer, a polvos, a esmalte de uñas, a camisones.
 
- Bajemos a tierra -dijo él.
 
Pero ella lo detuvo unos instantes más.
 
- Querido -le dijo-, he tomado una serie de decisiones durante mi ausencia. Ahora todo será diferente. No te rezongaré más. Todo será diferente -repitió.
 
Él pensó, tristemente, que después de todo esa era la verdad. La árida verdad.
 
 
Graham Greene (Inglaterra, 1904-1991)

miércoles, 3 de agosto de 2016

Canícula: YO HABITO UN DOLOR, de René Char

 
No dejes el cuidado de gobernar tu corazón a esas ternuras parientas del otoño del que ellas toman su plácido aspecto y su afable agonía. El ojo es precoz para plegarse. El sufrimiento conoce pocas palabras. Prefiere acostarse sin carga: soñarás con el mañana y tu lecho te será leve. Soñarás que tu casa ya no tiene vidrios. Estás impaciente por unirte al viento, al viento que recorre un año en una noche. Otros cantarán la incorporación melodiosa, las carnes que sólo personifican la hechicería del reloj de arena. Condenarás la gratitud que se repite. Más tarde, te identificarás con algún gigante disgregado, señor de lo imposible.
 
Sin embargo.
 
No has hecho más que aumentar el peso de tu noche. Has vuelto a la pesca en las murallas, a la canícula sin verano. Estás furioso contra tu amor en el centro de una comprensión que enloquece. Piensa en la casa perfecta que nunca verás elevarse. ¿Para cuándo la cosecha del abismo? Pero has vaciado los ojos del león. Crees ver pasar la belleza por encima de las lavandas negras.
 
¿Qué es lo que te ha izado, una vez más, un poco más arriba sin convencerte?
 
No hay sitio puro.
 
 
René Char (Francia, 1907-1988)
 
(Traducido al español por Raúl Gustavo Aguirre)

Canícula: SEÑORA MUERTE, de León de Greiff

"... cantores de la tórrida canícula..."
 
Por los amigos muertos
 
Señora Muerte que se va llevando
todo lo bueno que en nosotros topa!...
Solos -en un rincón- vamos quedando

los demás... ¡gente mísera de tropa!
Los egoístas fatuos y perversos
de alma de trapo y corazón de estopa...;

manufactores de fugaces versos;
poetas de cuadrícula y balanza,
a toda pena, a todo amor adversos..:

los que gimen patética romanza;
lacrimosos que exhiben su película;
versistas de salón y contradanza;

cantores de
la tórrida canícula;
del polo frío, del canoso invierno...

líricos de alma exánime y ridícula!
 
Bardos que prostituyen el eterno
jardín, y que florecen madrigales
de un olor soporífero y externo...

Vates ultra-sensibles y banales
que ningún vaho de verdad anima.
Gramáticos solemnes y letales...

Malabaristas de estudiada esgrima!
¡Oh tristeza perenne de las cosas
que no tienen sabor, -hechas a lima!

...En un rincón quedamos las tediosas
gentes sin emoción, huecas y vanas...
¡Lléguense las nocturnas mariposas

fúnebres, y que lloren las campanas...!
Este fastidio que me está matando...
¿dónde las almas íntimas, hermanas...?

¡Señora Muerte se las va llevando!

Mayo de 1919
 
León de Greiff (Colombia, 1895-1976)

martes, 2 de agosto de 2016

Canícula: EL ALIENTO PERDIDO, de Edgar Allan Poe

"... me abrí paso entre los numerosos ataúdes allí colocados. Los bajé al suelo y, arrancándoles la tapa..."
 
(Fragmento)
 
Como es natural lo ocurrido me valió simpatías generales, y como nadie reclamó mi cadáver se ordenó que fuera enterrado en una bóveda pública.
 
Allí, después de un plazo conveniente, fui depositado. Marchóse el sepulturero y me quedé solo. En aquel momento un verso del Malcontento de Marston: La muerte es un buen muchacho, y tiene casa abierta... me pareció una palpable mentira.
 
Arranqué, sin embargo, la tapa de mi ataúd y salí de él. El lugar estaba espanto- samente húmedo y era muy lóbrego, al punto que me sentí asaltado por el ennui. Para divertirme, me abrí paso entre los numerosos ataúdes allí colocados. Los bajé al suelo uno por uno y, arrancándoles la tapa, me perdí en meditaciones sobre la mortalidad que encerraban.
 
- Éste -monologué, tropezando con un cadáver hinchado y abotagado- ha sido sin duda un infeliz, un hombre desdichado en toda la extensión de la palabra. Le tocó en vida la terrible suerte de anadear en vez de caminar, de abrirse camino como un elefante y no como un ser humano, como un rinoceronte y no como un hombre.
 
Sus tentativas para avanzar resultaban inútiles y sus movimientos giratorios terminaban en rotundos fracasos. Al dar un paso adelante, su desgracia consistía en dar dos a la derecha y tres a la izquierda. Sus estudios se vieron limitados a la poesía de Crabbe. No tuvo idea de la maravilla de una pirouette. Para él, un pas de papillon era sólo una concepción abstracta. Jamás ascendió a lo alto de una colina. Nunca, desde un campanario, contempló el esplendor de una metrópolis. El calor era su mortal enemigo. Durante la canícula sus días eran días de can. Soñaba con llamas y sofocaciones, con una montaña sobre otra, el Pelión sobre el Osa. Le faltaba el aliento, para decirlo en una palabra; sí, le faltaba el aliento.
 
 
Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849)
 
A través de este vínculo es posible la lectura del texto íntegro de El aliento perdido

lunes, 1 de agosto de 2016

Canícula: MADAME BOVARY, de Gustave Flaubert

"El termómetro, yo lo he observado, baja en invierno hasta cuatro grados, y en la canícula llega a veinticinco, treinta grados centígrados a lo sumo..."

(Fragmento del capítulo II)
 
- Además -decía el boticario-, el ejercicio de la medicina no es muy penoso en nuestra tierra; porque el estado de nuestras carreteras permite usar el cabriolet, y, generalmente, se paga bastante bien, pues los campesinos son gente acomodada. Según el informe médico, tenemos, aparte los casos ordinarios de enteritis, bronquitis, afecciones biliosas, etc., de vez en cuando algunas fiebres intermitentes en la siega, pero, en resumen, pocas cosas graves, nada especial que notar, a no ser muchas escrófulas, que se deben, sin duda, a las deplorables condiciones higiénicas de nuestra vivienda campesina. ¡Ah!, tendrá que combatir muchos prejuicios, señor Bovary; muchas terquedades de la rutina, con las que se estrellarán cada día todos los esfuerzos de su ciencia; pues todavía se recurre a novenas, a las reliquias, al cura antes que ir naturalmente al médico o al farmacéutico. El clima, sin embargo, no puede decirse que sea malo a incluso contamos en el municipio algunos nonagenarios. El termómetro, yo lo he observado, baja en invierno hasta cuatro grados, y en la canícula llega a veinticinco, treinta grados centígrados a lo sumo, lo que nos da veinticuatro Réaumur al máximo, o de otro modo cincuenta y cuatro Fahrenheit, medida inglesa, ¡no más!, y, en efecto, estamos abrigados de los vientos del Norte por el bosque de Argueil por una parte; de los vientos del Oeste por la cuesta de San Juan, por la otra; y este calor, sin embargo, que a causa del vapor de agua desprendido por el río y la presencia considerable de animales en las praderas, los cuales exhalan, como usted sabe, mucho amoniaco, es decir, nitrógeno, hidrógeno y oxígeno, no, nitrógeno a hidrógeno solamente, y que absorbiendo el humus de la tierra, confundiendo todas estas emanaciones diferentes, reuniéndolas en un manojo, por así decirlo, y combinándose por sí mismas con la electricidad extendida en la atmósfera, cuando la hay, podría a la larga, como en los países tropicales, engendrar miasmas insalubres; este calor, digo, se encuentra precisamente templado del lado de donde viene, o más bien, de donde vendría, es decir, no del lado sur, por los vientos del Sudeste, los cuales, habiéndose refrescado por sí mismos al pasar sobre el Sena, nos llegan a veces de repente como brisas de Rusia.
 
- ¿Tienen ustedes al menos paseos interesantes por los alrededores? -continuaba Madame Bovary hablando al joven pasante.
 
- ¡Oh!, muy pocos -contestó él-. Hay un sitio que se llama la Pâture, en lo alto de la cuesta, en la linde del bosque. Algunas veces, los domingos voy allí y me quedo con un libro contemplando la puesta del sol.
 
- No encuentro nada tan admirable –replicó ella- como las puestas de sol; pero, sobre todo, a la orilla del mar.
 
- ¡Oh!, yo soy un enamorado del mar.
 
- Y además, ¿no le parece -replicó Madame Bovary- que el espíritu boga más libremente sobre esa extensión ilimitada, cuya contemplación eleva el alma y sugiere ideas de infinito, de ideal?
 

Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880)

domingo, 31 de julio de 2016

CANÍCULA, de Guilherme de Almeida

 
Calor. Los abanicos de palmeras
y los abanicos de los platanales
se mecen lentamente,
inútilmente, bajo la luz que cae.
Todas las cosas son más reales, más humanas:
no hay mariposas azules ni tórtolas líricas,
apenas lagartijas
que se mueven casi líquidas
sobre la yerba brillosa.
A lo lejos, una última romántica
-una araponga metálica- abre
el pico de bronce en la atmósfera acústica.
 
 
Guilherme de Almeida (Brasil, 1890-1969)

sábado, 30 de julio de 2016

Canícula: EL PRADO DE BEZHIN, de Iván Turguéniev

"El sol, ni abrasador como en la época de la canícula, ni turbiamente rojo como es vísperas de la tormenta..."
 
(Fragmento inicial)

Era un glorioso día de julio, uno de esos días que sólo llegan después de muchas jornadas de buen tiempo. Desde el amanecer, el cielo está claro; la aurora no se inflama en fuegos, sino que se tiñe de suaves arreboles. El sol, ni abrasador como en la época de la canícula, ni turbiamente rojo como es vísperas de la tormenta, sino radiante y benigno, discurre plácido detrás de una larga y estrecha nube, brilla suavemente y se sumerge en su bruma de color lila. El alto borde sutil de la nubecilla reluce, serpeando, y su lustre parece el de la plata labrada. Pero he aquí que de nuevo se filtran los juguetones rayos del sol y, jovialmente, como si levantara el vuelo, vuelve a remontarse, más intenso que nunca, su fulgor. Alrededor del mediodía suelen presentarse muchedumbres de altas y redondas nubes color de oro oscuro, con tenues bordes blancos. Semejantes a islas diseminadas a lo largo de un interminable río, envueltas en sus diáfanas y transparentes mangas de uniforme azul, apenas parecen moverse de lugar; más allá, hacia el confín del horizonte, se agitan, se apelmazan hasta el punto de tapar casi por entero el cielo, traspasadas de luz y tibieza. El color del horizonte, leve, de un lila pálido, permanece inmutable todo el día, sin que en lugar alguno se oscurezca ni asomen barruntos de tormenta. Acá y allá se extienden de arriba abajo faldas cerúleas y caen algunas gotas de lluvia apenas perceptibles. Al atardecer desaparecen esas nubes, y las últimas, negruzcas y vagas cual neblina, se corren en rosados círculos frente al sol que se pone; en el lugar por donde se oculta con la misma placidez con que despuntara en el cielo, un débil fulgor perdura breve rato sobre la tierra, cada vez más oscura y centelleando débilmente como una lucecita, asoma en él la estrella de la tarde. En tales días se suavizan todos los colores, luminosos pero no brillantes, todo lleva el sello de cierta inquietante dulzura. Esos días aprieta a veces el calor, y hasta vahea en los declives de los campos; pero el aire ahuyenta, disipa el bochorno iniciado, y remolinos circulares de polvo -indicio seguro de tiempo estable- corren por los caminos y a través de los campos de labor en altas y blancas columnas. El aire, seco y puro, huele a trémula y a milhojas; y una hora antes de la anochecida no hay la menor humedad en el aire.
 
 
Iván Turguéniev (Rusia, 1818-1883)

viernes, 29 de julio de 2016

Canícula: NO NOS PIDAS LA PALABRA..., de Eugenio Montale

 
No nos pidas la palabra que excrute por cada lado
nuestro ánimo informe, y con letras de fuego
lo declare y resplandezca como un azafrán
perdido en medio de un polvoriento prado.
 
¡Ah el hombre que se va seguro
de los demás y amigo de sí mismo,
y no cuida su sombra que la canícula
estampa sobre el descacarado muro!
 
No nos pidas la fórmula que pueda abrirte mundos,
sí alguna sílaba seca y torcida como una rama.
Sólo esto podemos hoy decirte,
lo que no somos, lo que no queremos.
 
 
Eugenio Montale (Italia, 1896-1981). Obtuvo el premio Nobel en 1975.
 
(Traducido al español por Lorenzo Peirano)

miércoles, 27 de julio de 2016

Canícula: LA TORRE, de William Butler Yeats

 
(Fragmento)
 
Ojalá pudieran la luna y la luz del sol
simular un destello inextricable,
porque, si triunfo, debo enloquecer a los hombres.
 
Y yo mismo he creado a Hanrahan
y lo conduje por el alba, sobrio o embriagado,
de algún lugar en las cabañas vecinas.
Atrapado por las truhanerías de un viejo,
tropezó, cayó, anduvo a tientas de un lado para otro,
y para ofrecer sólo tenía rodillas rotas
y horrible esplendor de deseo;
lo pensé completamente hace veinte años:
Excelentes sujetos barajando naipes en un viejo corral;
y cuando llegó el tumo del anciano rufián,
hechizó a los naipes bajo su pulgar
y todos, menos uno, se convirtieron
en una baraja de sabuesos que no en una de naipes:
y al naipe lo convirtió en una liebre.
 
Hanrahan se alzó frenético
y siguió a las aullantes criaturas hasta,
oh, hasta he olvidado que. .. ¡basta!
Debo recordar a un hombre a quien ni el amor,
ni la música, ni una enemiga oreja cortada
podía estimular: estaba tan fatigado;
una figura hundida en el mito
que no existe quien pueda contar
cuando finalizaba la canícula:
un arruinado anciano, amo de esta casa.
 
Antes de aquella ruina, por siglos,
rudos guerreros, de jarreteras cruzadas en las rodillas,
o con grebas de hierro, treparon los estrechos escalones,
y ciertos guerreros había cuyas imágenes
-en la Gran Memoria almacenadas-
vinieron con gritos sonorosos y pechos sin aliento
para romper el descanso del durmiente,
mientras, en el consejo, golpeaban sus grandes dados de madera.
 
Por más que desconfíe, venga quien pueda;
venid anciano, indigente o contrahecho;
y traed a la deriva ciegas bellezas celebrantes;
el hombre rojo envió al truhan a través
de las olvidadas florestas de Dios;
la señora French dotada de tan fino oído;
el hombre ahogado en una ciénaga,
cuando Musas burlonas eligieron a la rústica pastora.
 

William Butler Yeats (Irlanda, 1865-1939). Obtuvo el premio Nobel en 1923.
 
La ilustración corresponde a la torre (Thoor Ballylee) que era el hogar de W. B. Yeats.

martes, 26 de julio de 2016

Canícula: EL LIRIO EN EL VALLE, de Honoré de Balzac


 
(Fragmento)

- Cese, señora -dije a mi vez-, de querer justificar al conde; haré todo cuanto quiera. Me lanzaría al instante al Indre, si pudiese así cambiar el carácter del señor de Mortsauf y darle una vida feliz. Lo único que no puedo rehacer es mi opinión; nada se encuentra más sólidamente tejido en mí. Le daría mi vida, mas no le puedo dar mi conciencia; puedo no escucharla, ¿pero puedo impedirle hablar? Así, pues, en mi opinión, el señor de Mortsauf está…
 
- Lo comprendo -dijo ella, interrumpiéndome con insólita brusquedad-, tiene razón. El conde está nervioso como una coqueta -replicó para suavizar la idea de la locura, suavizando la palabra-, mas no está así sino con grandes intervalos, una vez, a lo más, por año, en la canícula. ¡Cuántos males ha causado la emigración! ¡Cuántas hermosas existencias perdidas! Estoy segura de que él habría sido un gran guerrero, honor de su país.

- Lo sé -le dije, interrumpiéndola a mi vez y haciéndole comprender que era inútil tratar de engañarme.

Ella se detuvo, posó una de sus manos sobre su frente y me dijo:

- ¿Quién lo ha introducido así en mi intimidad? ¿Acaso quiere Dios enviarme un socorro, una viva amistad que me sostenga? -replicó ella, apoyando su mano sobre la mía con fuerza-. Pues usted es bueno, generoso…

Alzó los ojos al cielo, como para invocar un visible testimonio que le confirmase sus secretas esperanzas, y las cifrase en mí. Electrizado por aquella mirada que lanzaba un alma a la mía, cometí, según la jurisprudencia mundana, una falta de tacto; mas ¿no es en ciertas almas huir generosamente ante un peligro, deseando prevenir un choque, temiendo de una desgracia que no llega, y, más frecuentemente aún, no es la brusca interrogación hecha a un corazón, un golpe dado para constatar si resuena al unísono? Muchos pensamientos se alzaron en mí como resplandores, y me aconsejaron lavar la mancha que maculaba mi candor, en el momento en que preveía una completa iniciación.

- Antes de ir más lejos -le dije con una voz alterada por palpitaciones fácilmente oídas en el profundo silencio en que estábamos inmersos-, permitidme purificar un recuerdo del pasado…

- Cállese -me dijo ella vivamente, poniéndome sobre los labios un dedo que retiró en seguida.

Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850)

domingo, 24 de julio de 2016

Canícula: MOBY DICK, de Herman Melville

"¡... cuando la tempestad te devore con trabillas, botones y todo lo demás!"

 (Fragmento del capítulo VI: La calle)

Ningún elegante de ciudad se puede comparar con uno de campo -me refiero al verdadero patán-: un tipo que, durante la canícula, es capaz de arar sus dos acres con guantes de gamuza para no tostarse las manos. Ahora bien, cuando a un elegante de campo como éste se le mete en la cabeza conseguir reputación de distinguido, y se alista en las grandes pesquerías de ballenas, habría que ver las cosas tan ridículas que hace al llegar al puerto. Al encargar su indumentaria marina, pide botones de bronce para su chaleco y trabillas para sus pantalones. ¡Ah, pobre retoñito, qué amargamente estallarán al primer ulular de la borrasca, cuando la tempestad te devore con trabillas, botones y todo lo demás!
 
Herman Melville (Estados Unidos, 1819-1891).

viernes, 22 de julio de 2016

Canícula: VIAJE DEL PARNASO, de Miguel de Cervantes

"... a 22 de julio, el día que me calzo las espuelas para subirme sobre la Canícula..."
 
Apolo délfico a Miguel de Cervantes Saavedra. Salud.
 
(Fragmento)
 
Si vuesa merced encontrare por allá algún tránsfuga de los veinte que se pasaron al bando contrario, no les diga nada, ni los aflija; que harta mala ventura tienen, pues son como demonios, que se llevan la pena y la confusión con ellos mesmos doquiera que vayan.
 
Vuesa merced tenga cuenta con su salud, y mire por sí, y guárdese de mí, especialmente en los caniculares; que, aunque le soy amigo, en tales días no va en mi mano, ni miro en obligaciones ni en amistades.
 
Al señor Pancracio Roncesvalles téngale vuesa merced por amigo, y comuníquelo; y pues es rico, no se le dé nada que sea mal poeta.
 
Y con esto, nuestro Señor guarde a vuesa merced como puede y yo deseo.
 
Del Parnaso, a 22 de julio, el día que me calzo las espuelas para subirme sobre la Canícula, 1614.
 
Servidor de vuesa merced,

Apolo Lúcido.
 
 
Miguel de Cervantes Saavedra (España, 1547-1616).