"El termómetro, yo lo he observado, baja en invierno hasta cuatro grados, y en la canícula llega a veinticinco, treinta grados centígrados a lo sumo..."
(Fragmento del capítulo II)
(Fragmento del capítulo II)
- Además -decía el boticario-, el ejercicio de la medicina no es muy
penoso en nuestra tierra; porque el estado de nuestras carreteras permite usar
el cabriolet, y, generalmente, se paga bastante bien, pues los campesinos son
gente acomodada. Según el informe médico, tenemos, aparte los casos ordinarios
de enteritis, bronquitis, afecciones biliosas, etc., de vez en cuando algunas
fiebres intermitentes en la siega, pero, en resumen, pocas cosas graves, nada
especial que notar, a no ser muchas escrófulas, que se deben, sin duda, a las
deplorables condiciones higiénicas de nuestra vivienda campesina. ¡Ah!, tendrá
que combatir muchos prejuicios, señor Bovary; muchas terquedades de la rutina,
con las que se estrellarán cada día todos los esfuerzos de su ciencia; pues
todavía se recurre a novenas, a las reliquias, al cura antes que ir
naturalmente al médico o al farmacéutico. El clima,
sin embargo, no puede decirse que sea malo a incluso contamos en el municipio
algunos nonagenarios. El termómetro, yo lo he observado, baja en invierno hasta
cuatro grados, y en la canícula llega a veinticinco, treinta grados centígrados
a lo sumo, lo que nos da veinticuatro Réaumur al máximo, o de otro modo
cincuenta y cuatro Fahrenheit, medida inglesa, ¡no más!, y, en efecto, estamos
abrigados de los vientos del Norte por el bosque de Argueil por una parte; de
los vientos del Oeste por la cuesta de San Juan, por la otra; y este calor, sin
embargo, que a causa del vapor de agua desprendido por el río y la presencia
considerable de animales en las praderas, los cuales exhalan, como usted sabe,
mucho amoniaco, es decir, nitrógeno, hidrógeno y oxígeno, no, nitrógeno a
hidrógeno solamente, y que absorbiendo el humus de la tierra,
confundiendo todas estas emanaciones diferentes, reuniéndolas en un manojo, por
así decirlo, y combinándose por sí mismas con la electricidad extendida en la
atmósfera, cuando la hay, podría a la larga, como en los países tropicales,
engendrar miasmas insalubres; este calor, digo, se encuentra precisamente
templado del lado de donde viene, o más bien, de donde vendría, es decir, no
del lado sur, por los vientos del Sudeste, los cuales, habiéndose refrescado
por sí mismos al pasar sobre el Sena, nos llegan a veces de repente como brisas
de Rusia.
- ¿Tienen ustedes al menos paseos interesantes por los alrededores?
-continuaba Madame Bovary hablando al joven pasante.
- ¡Oh!, muy pocos -contestó él-. Hay un sitio que se llama la Pâture, en
lo alto de la cuesta, en la linde del bosque. Algunas veces, los domingos voy
allí y me quedo con un libro contemplando la puesta del sol.
- No encuentro nada tan admirable –replicó ella- como las puestas de
sol; pero, sobre todo, a la orilla del mar.
- ¡Oh!, yo soy un enamorado del mar.
- Y además, ¿no le parece -replicó Madame Bovary- que el espíritu boga
más libremente sobre esa extensión ilimitada, cuya contemplación eleva el alma
y sugiere ideas de infinito, de ideal?
Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880)
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