Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

domingo, 11 de agosto de 2013

Páginas ajenas: LA DALIA NEGRA, de James Ellroy

 
(Fragmento del prólogo)
 
Tomás dos Santos se revolvió y murmuró algo.
- ¿Inés? ¿Inés? ¿Qué Inés? -Blanchard fue hasta un armario y encontró una vieja manta de lana que le echó por encima. El calor prestado por la manta pareció calmarle; sus balbuceos se apagaron-. Cherchez la femme -dijo después.
- ¿ Cómo ?
- Buscad a la mujer. Incluso con media botella dentro, el viejo Tomás no es capaz de olvidar a Inés. Te apuesto diez contra uno a que cuanto entre en la cámara de gas ella estará justo allí, a su lado.
- Quizá tenga éxito con la apelación. De quince años a cadena perpetua, y en veinte años a la calle.
- No. Es hombre muerto. Cherchez la femme, Bucky. Acuérdate de eso.
Recorrí la casa en busca de un sitio donde dormir y al fin me decidí por un dormitorio de la planta baja con una cama demasiado corta para mis piernas y un colchón lleno de bultos. Al tenderme en ella, escuché sirenas y disparos a lo lejos. Me fui quedando dormido poco a poco, y soñé con mis mujeres, demasiado escasas en número y con demasiado tiempo entre una y otra.
...

Y, por supuesto, nos convertimos en compañeros. Cuando vuelvo la vista hacia atrás, sé que él no poseía ningún don profético; se limitaba a trabajar para asegurar su propio futuro, en tanto que yo avanzaba con un caminar incierto hacia el mío. Lo que continúa su acoso en mi mente es su voz ronca e inexpresiva cuando decía: Cherchez la femme. Porque nuestra relación no fue nada, sólo un torpe camino para llevarse a la Dalia. Y, al final de ese camino, ella acabaría poseyéndonos a los dos por completo.


Capítulo 34

Moví el cañón y deshice el peinado de Dalia que Madeleine llevaba para que pareciera sólo otra zorra más vestida de negro; le esposé las muñecas a la espalda y me vi en el arenal, cebo para gusanos junto con mi compañero. Las sirenas se acercaban a nosotros de todas las direcciones; las luces de las linternas hicieron brillar la ventana rota. Y en mitad del Gran Vacío, Lee Blanchard pronunció de nuevo su misma frase de los disturbios con las cazadoras de cuero:
 
«Cherchez la femme, Bucky. Recuerda eso.»
 
 
 James Ellroy (EUA, 1948)

(Traducido al español por Alberto Solé)

sábado, 10 de agosto de 2013

Páginas ajenas: LA ROSA DE ALEJANDRÍA, de Manuel Vázquez Montalbán


Cherchez la femme

Ginés se quedó solo, pero no miraba el mar. Le empezaba a ocurrir lo normal en las largas travesías, sólo existía el barco, el mundo era el barco y el mar acaba olvidándose, como un telón de fondo que sólo merecía atención si se enfurecía, y aun entonces eran los cuatro puntos cardinales del barco los que contaban. Marchó a hacer una revisión rutinaria de los aparatos de medición meteorológica y, en plena comprobación de los índices de humedad, le llegó un aviso del capitán de que le esperaba en el castillo de proa. Avanzó a través de la ruta de los puntales de carga y divisó en la punta del barco a Tourón agarrado a la escala.
 
- ¿Ya le ha dicho Germán que esperamos mala mar?
 
- Ya lo sabía. Ha llegado en el parte del día.
 
- ¿Por qué no se me ha dicho?
 
- Se lo he hecho llegar.
 
- Tenía que habérmelo traído usted en persona para comentarlo. En fin. No tiene importancia. Pero anda usted muy distraído últimamente. Un día de éstos hemos de hablar. “Cherchez la femme” ¿Quién es la dama?
 
La ausencia de respuesta de Ginés no fue obstáculo para que el capitán iniciara un discurso que apenas le tenía en cuenta.
 
- Yo le he visto a usted con la dama por Barcelona. Hace ya tiempo. Creo que fue en la última escala del ochenta y uno o en la primera del ochenta y dos. Eso es. La primera del ochenta y dos, porque era pleno invierno, creo recordar. Me compré un tabardo muy bonito en las rebajas del Corte Inglés, un tabardo azul marino, de lana gruesa, con el forro a cuadros escoceses. Valen la pena las rebajas, sobre todo cuando prácticamente se vive solo como nosotros. Tenemos que cuidarnos de nosotros mismos. ¿Verdad, Ginés? Los puertos están llenos de mujeres que se quedan. Nosotros pasamos. Somos nosotros quienes contamos. Ninguna mujer vale una obsesión. Lo digo por mí mismo y por usted, Le hablo como un padre, mejor dicho, como un hermano mayor.


Manuel Vázquez Montalbán (España, 1939-2003) 

jueves, 8 de agosto de 2013

Los mosqueteros de Julio Cortázar

Los tres mosqueteros en la estación Alexandre Dumas del metro de París.
 
Julio Cortázar jamás negó su particular inclinación por la novela de Dumas al grado de que visitaba sus páginas con regularidad. En una entrevista aseguraba: "Casi nunca releo la gran literatura, aunque confieso la relectura periódica de Los tres mosqueteros y de mis Julio Verne preferidos."

El alguna ocasión, se refirió a su infancia como una época estimulada por el universo ficticio que le obsequiaba la literatura: "Yo pienso que eso también puede venir de una ilusión infantil. Mis recuerdos son muy claros en este sentido: a los siete, ocho o nueve años, la lectura de un libro, de una novela, sucedía en otra época, en otro tiempo, con otras costumbres, y en una geografía totalmente distinta de la argentina. Yo la vivía, la absorbía con una tal pasión que creo que eso era una especie de gimnasia mental que me desligaba, durante el tiempo de la lectura, de una manera absoluta, de la circunstancia que me rodeaba. Un niño que en el pueblo de Banfield está en quinto año de la escuela primaria se encuentra de tal manera absorbido, sometido y entregado a la acción de la novela, hay una tal empatía y tal contacto con la lectura que cada vez que oía la voz de una tía que gritaba "Julio, vení que es la lección de piano", o "Julio, andá a bañarte", experimentaba un sentimiento de pérdida, de desencanto. En ese momento yo tenía que cerrar el libro y abandonar a los personajes con los que había estado: D'Artagnan, Athos, Aramís. Yo estaba metido en ese mundo de Los tres mosqueteros, absolutamente fascinante."
 
Al final de su novela Los premios aparece una nota que advierte: "Por último, sospecho que este libro desconcertará a aquellos lectores que apoyan a sus escritores preferidos, entendiendo por apoyo el deseo y casi la orden de que sigan por el mismo camino..." Más tarde ampliaría la explicación recurriendo, de nueva cuenta, al ejemplo de Los tres mosqueteros:
 
"Sí, hay un cierto tipo de lector que espera siempre de un novelista que continúe incluso una línea argumental, de la misma manera que algunos lectores de Alejandro Dumas esperaban siempre una especie de continuación de la aventura de Los tres mosqueteros. Es la gente a la que no le gustan las sorpresas y quiere estar siempre en terreno conocido. Como escritor, siempre me he rebelado contra esa idea. Porque soy el primero en no estar satisfecho con una especie de continuación o variaciones sobre el mismo tema. La experimentación y el cambio para mí, en todo caso, son fundamentales."
 
De tal manera que resulta congruente el hecho de que las alusiones tanto a la obra como de sus célebres protagonistas, se hayan repetido en diversas ocasiones en los textos autoría del propio Cortázar. Como es el caso de Clone, que forma parte de Queremos tanto a Glenda:
 
"Yo te entiendo, suspira Lucho, es cierto, es cierto, el canto y la vida y hasta los pensamientos eran una sola cosa en ocho cuerpos. ¿Cómo los tres mosqueteros, pegunta Paola, todos para uno y uno para todos?"
 
Con el mismo tono coloquial los vuelve a referir en el capítulo 29 de su novela Los premios:
 
" - Y así ocurrió que los tres mosqueteros, que esta vez no eran cuatro, fueron por popa y volvieron trasquilados -dijo Paula-. Cuando usted quiera, Nora, nos damos una vuelta nosotras dos y en todo caso agregaremos a la novia de Presutti para componer un número sagrado. Seguro que no paramos hasta las hélices."
 
Cabría aquí una breve digresión, ya que, en efecto, siempre se ha cuestionado que la novela llevase el título de Los tres mosqueteros, cuando junto con D'Artagnan sumaban cuatro, como se establece en el capítulo introductorio de El club Dumas, de Arturo Pérez Reverte:

"El juez volvió a echarle otra ojeada al cadáver. El agente de las huellas digitales se levantaba con el libro en las manos.
- Es curioso lo de esa página.
El policía alto se encogió de hombros.
- Yo leo poco —dijo—. Pero el tal Porthos era uno de esos personajes, ¿no?… Athos, Porthos, Aramis y d’Artagnan —contaba con el pulgar sobre los dedos de una mano y al concluir se detuvo, pensativo—. Tiene gracia. Siempre me he preguntado por qué se les llama los tres mosqueteros, si en realidad eran cuatro."
 
Ya para concluir, este párrafo que corresponde al texto Un Julio habla de otro Julio, en el volumen de relatos La vuelta al día en ochenta mundos:
 
"Cosas como ésa le han ocurrido muchas a Julio, pero mi estima se basa sobre todo en la forma en que se posesionó poco a poco de un excelente piso situado nada menos que en una casa de la rue de Beaune donde vivieron los mosqueteros (todavía pueden verse los soportes de hierro forjado en los que Porthos y Athos colgaban las espadas antes de entrar en sus habitaciones, y uno imagina a Constance Bonacieux mirando tímidamente, desde la esquina de la rue de Lille, las ventanas de las cuales D’Artagnan soñaba quimeras y herretes de diamantes)."
 
Cortázar radicó la mayor parte de su vida y murió en París. Era entonces, por decirlo a la manera de Dumas, una especie de mohicano -o cronopio- de París.


Jules Etienne 

miércoles, 7 de agosto de 2013

Páginas ajenas: LOS TRES MOSQUETEROS (El vino de Anjou), de Alexandre Dumas

 
(Fragmento inicial del capítulo XLII: El vino de Anjou)

Tras las noticias casi desesperadas del rey, el rumor de su convalecencia comenzaba a esparcirse por el campamento; y como tenía mucha prisa por llegar en persona al asedio, se decía que tan pronto como pudiera montar a caballo se pondría en camino.
 
En este tiempo, Monsieur, que sabía que de un día para otro iba a ser reemplazado en su mando bien por el duque de Angulema, bien por Bassompierre, bien por Schomberg, que se disputaban el mando, hacía poco, perdía las jornadas en tanteos, y no se atrevía a arriesgar una gran empresa para echar a los ingleses de la isla de Ré, donde asediaban constantemente la ciudadela Saint-Martin y el fuerte de La Prée, mientras que por su lado los franceses asediaban La Rochelle.
 
D'Artagnan, como hemos dicho, se había tranquilizado, como ocurre siempre tras un peligro pasado, y cuando el peligro pareció desvanecido, sólo le quedaba una inquietud, la de no tener noticia alguna de sus amigos. Pero una mañana a principios del mes de noviembre, todo quedó explicado por esta carta, datada en Villeroi:

«Señor D'Artagnan:

Los señores Athos, Porthos y Aramis, tras haber jugado una buena partida en mi casa y haberse divertido mucho, han armado tal escándalo que el preboste del castillo, hombre muy rígido, los ha acuartelado algunos días; pero yo he cumplido las órdenes que me dieron de enviar doce botellas de vino de Anjou, que apreciaron mucho: quieren que vos bebáis a su salud con su vino favorito.

Lo he hecho, y soy, señor, con gran respeto,
Vuestro muy humilde y obediente servidor,
Godeau, Hostelero de los Señores Mosqueteros

- ¡Sea en buena hora! -exclamó D'Artagnan-. Piensan en mí en sus placeres como yo pensaba en ellos en mi aburrimiento; desde luego, beberé a su salud y de muy buena gana, pero no beberé solo.
 
Y D'Artagnan corrió a casa de dos guardias con los que había hecho más amistad que con los demás, a fin de invitarlos a beber con él el delicioso vinillo de Anjou que acababa de llegar de Villeroi. Uno de los guardias estaba invitado para aquella misma noche y otro para el día siguiente; la reunión fue fijada por tanto para dos días después.
 
Al volver, D'Artagnan envió las doce botellas de vino a la cantina de los guardias, recomendando que se las guardasen con cuidado; luego, el día de la celebración, como la comida estaba fijada para la hora del mediodía, D'Artagnan envió a las nueve a Planchet para prepararlo todo.
 
Planchet, muy orgulloso de ser elevado a la dignidad de maître, pensó en preparar todo como hombre inteligente; a este efecto, se hizo ayudar del criado de uno de los invitados de su amo, llamado Fourreau, y de aquel falso soldado que había querido matar a D'Artagnan, y que por no pertenecer a ningún cuerpo, había entrado a su servicio, o mejor, al de Planchet, desde que D'Artagnan le había salvado la vida.

 
 
Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870)

martes, 6 de agosto de 2013

Páginas ajenas: EL CLUB DUMAS, de Arturo Pérez Reverte


(Fragmento sobre un manuscrito de Alexandre Dumas)

- Hace mal. Scaramouche es a Sabatini lo que Los tres mosqueteros a Dumas -hice un breve gesto de homenaje en dirección al retrato-. Nació con el don de la risa… No hay en la historia del folletín de aventuras dos primeras líneas comparables a ésas.

- Quizá sea cierto -concedió tras aparente reflexión, y entonces puso el manuscrito sobre la mesa, en su carpeta protectora con fundas de plástico, una por página-. Y es una coincidencia que haya mencionado a Dumas. Empujó la carpeta hasta mí, volviéndola de modo que yo pudiese leer su contenido. Todas las hojas estaban escritas en francés por una sola cara y había dos clases de papel: uno blanco, ya amarillento por el tiempo, y otro azul pálido con fina cuadrícula, envejecido también por los años. A cada color correspondía una escritura distinta, aunque la del papel azul -trazada con tinta negra- figuraba en las hojas blancas a modo de anotaciones posteriores a la redacción original, cuya caligrafía era más pequeña y picuda. Había quince hojas en total, y once eran azules.

- Curioso -levanté la vista hacia Corso; me observaba con tranquilas ojeadas que iban de la carpeta a mí y de mí a la carpeta-. ¿Dónde ha encontrado esto? Se rascó una ceja, calculando sin duda hasta qué punto la información que iba a pedirme lo obligaba a corresponder con ese tipo de detalles. El resultado fue una tercera mueca, esta vez de conejo inocente. Corso era un profesional.

- Por ahí. Un cliente de un cliente.

- Comprendo. Hizo una corta pausa, cauto. Además de precaución y reserva, cautela significa astucia. Y eso lo sabíamos ambos.

- Claro que -añadió- le diré nombres si usted me los pide. Respondí que no era necesario y eso pareció tranquilizarlo. Se ajustó las gafas con un dedo antes de pedir mi opinión sobre lo que tenía en las manos. Sin responder en seguida, pasé las páginas del manuscrito hasta llegar a la primera. El encabezamiento estaba en mayúsculas, con trazos más gruesos: LE VIN D’ANJOU. Leí en voz alta las primeras líneas:

Après de nouvelles presque désespérées du roi, le bruit de sa convalescence commençait à se répandre dans le camp…

No pude evitar una sonrisa. Corso hizo un gesto de asentimiento, invitándome a pronunciar veredicto.

- Sin la menor duda -dije- esto es de Alejandro Dumas, padre. El vino de Anjou: capítulo cuarenta y tantos, creo recordar, de Los tres mosqueteros.

- Cuarenta y dos -confirmó Corso-. Capítulo cuarenta y dos.

—¿Es el original?… ¿El auténtico manuscrito de Dumas?

- Para eso estoy aquí. Para que me lo diga. Encogí un poco los hombros, a fin de eludir una responsabilidad que sonaba excesiva.

- ¿Por qué yo? Era una pregunta estúpida, de las que sólo sirven para ganar tiempo. A Corso debió de parecerle falsa modestia, porque reprimió una mueca de impaciencia.


 Arturo Pérez Reverte (España, 1951)
 
 
 
 La lectura del primer capítulo de la novela: El vino de Anjou, es posible en el sitio de editorial Alfaguara:
 
 

lunes, 5 de agosto de 2013

Páginas ajenas: LOS TRES MOSQUETEROS (5 de agosto), de Alexandre Dumas

"Su eminencia cogió el papel..."
 
(Fragmento del capítulo XLVII: salvoconducto fechado el 5 de agosto de 1628)

Y D'Artagnan presentó al cardenal el preciso papel que Athos había arrancado a Milady, y que había dado a D'Artagnan para que le sirviera de salvaguardia. Su Eminencia cogió el papel y leyó con voz lenta apoyándose en cada sílaba.
 
«El portador de la presente ha "hecho lo que ha hecho" por orden mía y para bien del Estado. En el campamento de La Rochelle, a 5 de agosto de 1628. Richelieu

El cardenal, tras haber leído estas dos líneas, cayó en una meditación profunda, pero no devolvió el papel a D'Artagnan.
 
«Medita con qué clase de suplicio me hará morir -se dijo en voz baja D'Artagnan-; pues a fe que verá cómo muere un gentilhombre.» El joven mosquetero estaba en excelente disposición de morir heroicamente.
 
Richelieu seguía pensando, enrollaba y desenrollaba el papel en sus manos. Finalmente, alzó la cabeza, fijó su mirada de águila sobre aquella fisonomía leal, abierta, inteligente, leyó en aquel rostro surcado por las lágrimas todos los sufrimientos que había enjugado desde hacía un mes, y pensó por tercera o cuarta vez cuánto futuro tenía aquel muchacho de veintiún años, y qué recursos podría ofrecer a un buen amo su actividad, su valor y su ingenio. Por otro lado, los crimenes, el poder, el genio infernal de Milady le habían espantado más de una vez. Sentía como una alegría secreta haberse liberado para siempre de aquella cómplice peligrosa.
 
Desgarró lentamente el papel que D'Artagnan tan generosamente le había entregado.
 
«Estoy perdido», dijo para sí mismo D'Artagnan.
 
Y se inclinó profundamente ante el cardenal como hombre que dice: «¡Señor, que se haga vuestra voluntad!»

El cardenal se acercó a la mesa y, sin sentarse, escribió algunas líneas sobre un pergamino cuyos dos tercios ertaban ya cubiertos y puso su sello.
 
«Esa es mi condena -dijo D'Artagnan-; me ahorra el aburrimiento de la Bastilla y la lentitud de un juicio. Encima es demasiado amable.»
 
-Tomad, señor -dijo el cardenal al joven-, os he quitado un salvoconducto y os devuelvo otro. El nombre falta en ese despacho: escribidlo vos mismo.


Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870).
 
La ilustración corresponde a un dibujo del siglo XIX para Los tres mosqueteros. Se encuentra bajo el resguardo del departamento de artes gráficas en el Museo del Louvre.

domingo, 4 de agosto de 2013

Páginas ajenas: ME LLAMO ROJO, de Orhan Pamuk

"... el sol de un día de verano que entraba por la ventana abierta le daba en los brazos desnudos..."
 
 
(Párrafo final del capítulo 57: Me llaman Aceituna)

Hablamos con nostalgia de las mañanas de invierno y del placer de la sopa de lentejas tomada en el umbral de la puerta entreabierta para que su vapor no ablandara el papel. Y de la pena que nos producía alejarnos de nuestros amigos y maestros del taller cuando estos últimos nos obligaban a ir a algún lugar lejano a trabajar de ayudantes como parte de nuestro aprendizaje. Por un instante se me apareció ante los ojos Mariposa con dieciséis años, en su momento más dulce: el sol de un día de verano que entraba por la ventana abierta le daba en los brazos desnudos color miel mientras pulía papel manipulando a toda velocidad una concha. De repente se detenía un instante en mitad de aquel trabajo que estaba realizando absorto, acercaba la mirada a un defecto del papel, lo examinaba con cuidado y después de pasar el pulidor por aquel punto con un par de movimientos en distintas direcciones, volvía a la postura anterior y mientras la mano iba y venía arriba y abajo a toda velocidad, él miraba a lo lejos más allá de la ventana sumergido en sus sueños. Lo que nunca olvidaré, y es algo que yo haría luego a otros, fue que por un breve instante, antes de volver a mirar por la ventana, clavó sus ojos en los míos. Aquella mirada tenía un único significado que todos los aprendices conocían: si no sueñas, el tiempo no pasa.
 
 
Orhan Pamuk (Turquía, 1952). Obtuvo el premio Nobel en 2006.

sábado, 3 de agosto de 2013

Páginas ajenas: DOS POEMAS DE AGOSTO, de Nâzım Hikmet


(Poemas escritos el 3 de agosto de 1959 y el 29 de agosto de 1960)
 

Me han cerrado todas las puertas...

Me han
cerrado todas las puertas
todas las cortinas
ni un pañuelo de azul
ni un puñado de estrellas.
Amor mío, ¿es que va a sorprendernos aquí la muerte

sin que podamos salir de esta ciudad?

 
Leipzig, 3 de agosto de 1959.

 
Gracias a ti
 
Gracias a ti
cada uno de mis días es un mundo limpio y perfumado que huele a melón.
                                                                   
Gracias a ti
todos los frutos se ofrecen a mi mano como si yo fuera el sol.
Gracias a ti sólo pruebo la miel de la esperanza.
Gracias a ti late mi corazón.
                                                                    
Gracias a ti
mis noches más solitarias son como un kilim de Anatolia que
sonríe
                                                                                                                             
desde la pared.
Gracias a ti al final de mi camino, sin llegar a mi ciudad,
                      
he descansado en una rosaleda.
Gracias a ti, no dejo entrar a la muerte
                     
que con sus cantos llama a mi puerta
vestida con sus más sutiles ropajes y me invita al gran descanso.
 
29 de agosto de 1960.
 

 Nâzım Hikmet Ran (Poeta turco nacionalizado polaco y fallecido en Moscú, 1902-1963)
 
(Traducido al español por Fernando García Burillo) 

viernes, 2 de agosto de 2013

Desde la lejana Constantinopla

 
 
Tan remota en el tiempo, la capital del antiguo imperio otomano dejó de ser Constantinopla para adoptar el nombre de Estambul y, sin embargo, a pesar de que vivimos en la era de la aldea global a la que se refería McLuhan, la literatura turca sigue resultando distante y ajena para quienes hablamos español.

Ayer incluí un poema de Tuğrul  Tanyol para recibir este mes, el cual da título a una de sus obras más significativas: Los laberintos de agosto. Tanyol nació precisamente en la ciudad de Estambul y recibió una educación católica. Al citado poemario corresponde este breve Olvido:

Las noches de lluvia sin nubes, pasos en el patio
Manchas amarillas de leopardo sobre la piel desollada del agua
Es el zumbido del polvo, una gota de lágrima que nos brota en los ojos
Huye el sortilegio del árbol, huye a lo lejos
Nada sabía antes, pero ahora he envejecido
En el silencio ascendente de las piedras
En la carne sufriente de la caída, mientras las manos me dolían
La herida que se cicatrizaba era el olvido de la piel.
 
Otro poeta notable del siglo XX es Nâzım Hikmet. Pasó la mayor parte de su vida expatriado o en la cárcel por su ideología comunista. Cuando cumplía una condena de 28 años escribió Paisajes humanos de mi país. Tristán Tzara presidió el Comité Pro-Liberación de Nâzım Hikmet, del que formaban parte personajes como Pablo Picasso, Jean-Paul Sartre y Louis Aragon -quien había presentado su poesía a los lectores franceses en los años treinta-. Finalmente consiguieron abrir las puertas de la prisión de Brusa en 1950, pero fue despojado de su nacionalidad turca por lo que se vio en la necesidad de adoptar la ciudadanía polaca. Hikmet se preguntaba:
 
Si yo no ardo,
si tú no ardes,
si nosotros no ardemos,
¿cómo haremos claridad de las tinieblas?
 
Pablo Neruda escribió sobre él: “Cerca de quince años lo tuvieron encarcelado por unos versos escritos en su juventud. Solo una huelga de hambre de muchos días y los reclamos del mundo entero le dieron la libertad. Me cuenta que aún ahora después de dos años de vivir en el mundo libre no adquiere aún las nociones de la llave y de la luz eléctrica. Se le olvidan las llaves porque durante quince años otros abrieron y cerraron su celda. Se olvida de apagar la luz en la noche, al acostarse, porque durante quince años durmió bajo una ampolleta encendida. Es el más alegre de los hombres."
 
Hikmet publicó Duro oficio el exilio unos cuantos años antes de fallecer en 1963. Solía decir, con ese entusiasmo al que se refiere Neruda: "Soy poeta, silbando voy por la calles y dibujando en las paredes mis poemas en forma de rayos..."
 
El más conocido de todos los autores turcos es, sin duda, Orhan Pamuk, también originario de Estambul, como Tanyol. Su prestigio literario se consolidó al recibir el premio Nobel de literatura en 2006. A Nieve, su novela más famosa, pertenece el siguiente párrafo:
 
"Bajaron juntos al vestíbulo. Ka estaba a punto de salir cuando se detuvo por un momento: İpek entró por la puerta que había al lado del mostrador y estaba mucho más hermosa de lo que Ka había imaginado. Ka recordó de inmediato su belleza en los años de universidad. Se puso nervioso. Sí, claro, así de bonita era. Primero se dieron la mano como sendos burgueses occidentalizados de Estambul y tras un breve instante de duda alargaron la cabeza y se abrazaron y se besaron sin acercar la parte inferior de sus cuerpos."
 
Largo ha sido el trayecto desde que el mundo occidental, bajo el influjo de la iglesia, emprendió la guerra santa contra los infieles otomanos. Desde entonces fueron despojados de joyas y tesoros para convertirlos a la fe cristiana. A cambio, ellos nos ofrecen la riqueza de una literatura que mantenemos a distancia con inmerecido desdén.
 
 
Jules Etienne
 
(La traducción del poema de Tanyol es de Neyyiré Gül Isil y Mónica Mansour, la de Hikmet corresponde a Fernando García Burillo y la de Pamuk a Rafael Carpintero)

jueves, 1 de agosto de 2013

Páginas ajenas: LOS LABERINTOS DE AGOSTO, de Tuğrul Tanyol

"... como una sombra por el patio de tu mano... el día que gotea suavemente..." 

Los laberintos de agosto, el agua mezclada al vino
Pasamos como una sombra por el patio de tu mano
Y el sol sobre nuestras frentes,
Tus ojos que evocan los temblores de la tierra
Eran desvestidos por una lluvia fina
Este ruido, esta luz, este despertar sobresaltado
El día que gotea suavemente bajo el calor del mediodía
Entre dos palmadas
Queda encerrado en nuestros párpados.
 
Es de un mar lejano que hablamos
Como una ola que se estrella a tus pies
Un vasto agosto es un laberinto cuando lo dejas atrás
Y caminas hacia el bosque
El día culmina donde te detienes.

Por ejemplo tus párpados allí donde se abren de repente
Cae el telón
Y termina nuestra escena
Supongamos que es un día jamás iniciado
Que son esperanzas nunca realizadas durante nuestras pobres noches
Y una fortaleza antigua se derrumba lentamente detrás de él.

Ahora el edificio tiembla bajos golpes pesados
Las alas de mi caballo caen, las puertas se hunden
el tiempo es un sueño de largo cuello
Mientras que mis miradas golpean una lluvia de arena y vuelven
Ahora se encuentran esos pasos cadenciosos tras una vitrina
Esa larga fila de esclavos en caravana
Con sus pies salidos de un laberinto polvoriento.

Los laberintos de agosto, olores de acero y de óxido
¿Quién puede medir las heces del vino?
Y ¿cómo se puede acrecentar la soledad?
Esta bandada de pájaros sobre las rejas de la tarde
No se sabe qué noche se envolverá en ellas.

No debes rechazar así lo que has acumulado
Eres niño, la oscuridad te engañaría
Toma tus ojos y luego olvida tu voz
En el seno de una calle
En la ebriedad de un momento
 
Es una sonrisa roja agosto.
 
 
Tuğrul Tanyol (Turquía, 1953)
 
(Traducido del turco por Neyyeré Gül Isik y Jimena Londoño)

miércoles, 31 de julio de 2013

Páginas ajenas: EL ÚLTIMO VERANO DE KLINGSOR, de Hermann Hesse



(Fragmento que acontece al terminar el mes de julio)

 Había llegado el último día de julio; el mes favorito de Klingsor. La gran época festiva de Li Tai Pe se había gastado, no volvería jamás; los girasoles chillaban en el jardín, dorados en el azul. Junto con el fiel Thu Fu, este día Klingsor peregrinó por un rincón que le gustaba, arrabales abrasados, calles polvorientas bajo altas arboledas, chozas pintadas de rojo y naranja en la orilla arenosa, camiones y cargadores de barcos, largos muros violeta, gente pobre y multicolor. Aquella tarde se sentó en el polvo en las afueras de un arrabal y pintó los toldos de colores y los carros de un tiovivo; estuvo sentado en cuclillas, en el bordillo de la acera, ante un campo tostado, sin árboles, y se sintió arrastrado por los fuertes colores de los toldos. Se agarró firmemente al lila desteñido de la franja de un toldo, al verde y rojo de los pesados carros vivienda, a los armazones pintados en blanco y azul. Hurgó furiosamente en el cadmio, salvajemente en el fresco y suave cobalto; trazó las rayas de color granza sobre el cielo amarillo y verde. Otra hora más, o quizá menos, y se terminaría, llegaría la noche. Y mañana ya empezaba agosto, el mes ardiente y febril que mezcla en su copa tanto temor a la muerte y tanta angustia. La guadaña estaba afilada, los días declinaban, la muerte reía escondida en el oscuro follaje. ¡Cadmio, suena y resuena fuerte! ¡Vanagloriate en voz alta, exuberante granza! ¡Ríe con fuerza, amarillo limón! ¡Vamos, montaña azul oscuro de la lejanía! ¡Junto a mi corazón, extenuados árboles gris-verde! ¡Qué cansados están, cómo dejan caer sus ramas rendidas y dóciles! ¡Y yo bebo esos fantasmas propicios, finjo duración e inmortalidad, yo, el más perecedero, el más incrédulo, el más triste, que teme más que todos los demás a la muerte! Julio se ha consumido, pronto se consumirá agosto; de repente en una mañana llena de rocío el gran espectro nos hará temblar al salir del amarillo follaje. De repente noviembre barrerá el bosque. De pronto el gran espectro reirá, de pronto se nos helará el corazón, de pronto se nos caerá de los huesos la querida carne rosada, el chacal aullará en el desierto, el ronco alimoche cantará su maléfica canción. Una maldita hoja de la gran ciudad traerá mi fotografía y debajo estará escrito: «Excelente pintor, expresionista, gran colorista, murió el día dieciséis de este mes.»

Lleno de odio, trazó un surco de azul de París entre los verdes carros de los gitanos. Lleno de rencor trazó un borde amarillo cromo sobre el recantón. Lleno de profunda desesperación puso bermellón en un punto vacío, exterminó el blanco retador, luchó por la continuación hasta sangrar; con verde claro y amarillo de Nápoles clamó al Dios inexorable. Gimiendo, arrojó más azul en el insípido verde polvo; suplicante, encendió luces interiores en el cielo vespertino. La pequeña paleta llena de colores limpios, sin mezcla, extraordinariamente luminosos, era su consuelo, su torre, su arsenal, su breviario, su cañón que dispararía después de su mala muerte. El púrpura era la negación de la muerte, el bermellón era la mofa de la putrefacción. Su arsenal era bueno, su pequeña y valiente tropa estaba reluciente, los rápidos disparos de sus cañones resonaban brillantemente. No había remedio, todo disparo era en vano, pero, sin embargo, disparar era bueno, era dicha y consuelo, era vida aún, era aún triunfo.

Thu Fu había ido a visitar a un amigo que vivía allí, entre la fábrica y el embarcadero, en su castillo encantado. Vino y trajo consigo al astrólogo armenio.

Klingsor, con el cuadro terminado, respiró profundamente cuando vio a su lado los dos rostros, el buen pelo rubio de Thu Fu, la barba negra y la boca sonriente con dientes blancos del mago. Con ellos vino también la sombra, larga y oscura, con los ojos muy retraídos en las profundas cavidades. ¡Bien venido seas tú también, sombra querida!

- ¿Sabes qué día es hoy? -preguntó Klingsor a su amigo.

- El último día de julio, ya lo sé.

- Hoy he hecho un horóscopo -dijo el armenio- y he visto que esta tarde me traerá alguna cosa. Saturno está inquietante, Marte neutral, Júpiter domina. Li Tai Pe, ¿no nació usted en julio?

- Nací el dos de julio.*

- Lo pensaba. Sus estrellas están confusas, amigo mío, sólo usted mismo puede aclararlas. Le rodea la fertilidad como una nube que está a punto de reventar. Extrañas están sus estrellas, Klingsor, usted debe notarlo.

Li recogió sus utensilios. El mundo que había pintado estaba apagado, apagado el cielo amarillo y verde, ahogada la bandera azul claro, asesinado y marchito el hermoso amarillo. Estaba hambriento y sediento, tenía la garganta llena de polvo.
 
 
Hermann Hesse (Alemán nacionalizado suizo; 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.
 
* El propio Hermann Hesse nació un dos de julio.

 
La ilustración corresponde a una fotografía cromatizada de Hesse pintando.

martes, 30 de julio de 2013

Páginas ajenas: HOJA MARCHITA, de Hermann Hesse

 
 
Cada flor tiende a ser fruto,
cada mañana tiende a convertirse en noche,
nada hay eterno en esta tierra,
excepto el cambio o la huida.
 
También el verano más hermoso quiere
sentir alguna vez el otoño y lo marchito.
Mantente, hoja, quieta y con paciencia,
si intenta el rapto alguna vez el viento.
 
Juega tu juego sin nunca defenderte,
deja que tranquilamente ocurra,
y por el viento que te arranca
déjate soplar hasta tu casa.
 
 
Hermann Hesse
(Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.

viernes, 26 de julio de 2013

Mitos y reincidencias llega a su tercer aniversario

 
La lectura: del caos a la sorpresa

Fue a mediados de julio de 2010 que emprendí la aventura de Mitos y reincidencias con la intención de compartir algunos de mis poemas, párrafos de mis novelas y otros textos que fueran surgiendo de manera arbitraria. Sin embargo, a final de cuentas acabó por imponerse mi oficio de lector, más que el de escritor, para determinar los contenidos del blog. Después de todo, decía Borges con certeza: "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído."
 
Apenas hace un par de noches que me invitaron a participar como jurado de un concurso de poesía en un evento organizado por un grupo hispano muy activo aquí en Vancouver: el Proyecto Cultural Sur. Tuve la oportunidad de compartir mesa y varias horas de conversación con Tito Alvarado, un poeta chileno que preside el organismo, quien para el efecto se trasladó desde Montreal acompañado por Raquel, su esposa. Entre los temas de conversación surgió el de la enseñanza de la literatura. Les comentaba que durante mi juventud -de manera inevitable cada vez más lejana-, hubo una época en la que me dediqué a la docencia en mi Tampico natal, tuve la oportunidad de experimentar lo que he bautizado como cronología retroactiva. Es decir, en sentido contrario a las manecillas del reloj, a partir de la lectura de un determinado autor o de algún texto contemporáneo en particular, emprender la búsqueda de las diferentes influencias sobre su escritura para, de esa manera, procurar establecer una identificación paulatina de las obras más antiguas que le precedieron. Raquel se quejaba de que durante su adolescencia tuvo un maestro de literatura que dedicó el curso entero a un análisis prolijo hasta el exceso de Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Obsta señalar que a la fecha no quiere volver a saber del jumento, a despecho del premio Nobel de su autor. Por su parte, Tito advirtió que el proceso podría resultar un tanto caótico y por supuesto que tiene razón. Aunque reconozco que tal vez sea precisamente ese caos y el riesgo implícito de la sorpresa uno de los factores que me parecen más estimulantes.

Si bien se trata de una propuesta heterodoxa, creo que posee la virtud de promover el gusto por la lectura más que su conocimiento rígido. Me parece de mayor importancia obtener al final del curso un puñado de lectores entusiastas, por encima de la información general forzada que de cualquier modo perderán apenas se sientan seguros al haber aprobado la materia. Tal y como suele suceder a todos los estudiantes con las materias que no les son afines. La diferencia estriba en que la lectura no sólo es una espléndida compañera a lo largo de la vida, sino que además de estimular la imaginación nos proporciona cultura general y las herramientas básicas del pensamiento crítico, con sus respectivas consecuencias inherentes en el plano social.

Como desde hace tiempo que no ejerzo la docencia -con excepción de mi labor como responsable de un taller de creación literaria con este mismo grupo al que me he referido-, me quedé reflexionando en la imposibilidad de llevar a la práctica el plan que he narrado. Sin embargo, de pronto caigo en la cuenta de que en buena medida esa ha sido la dinámica para elegir los temas de los que me ocupo en Mitos y reincidencias. Por ejemplo, con motivo de la pascua -Easter Monday en inglés-, escribí algo referente a los conejos en la literatura, comenzando, por supuesto, con el de Alicia en el país de las maravillas, para continuar con autores de otras épocas y en diferentes lenguas hasta llegar a Roger Rabbit, más famoso por la película que por la novela que le concibió. Después, la mitad del mes de junio y buena parte de julio, la dediqué al tema del solsticio de verano, sin ningún rigor académico o cronológico, creo que ese sería el mismo principio que intentaba explicar durante la citada conversación con Tito Alvarado y Raquel Catalán, y ahora me ha servido de pretexto para esta ocasión.
 
Ignoro cuál será la opinión de los lectores de este rincón del ciberespacio y me gustaría mucho conocerla. Por lo pronto, después tres años, casi seiscientos textos -sumados los de mi autoría y los que denomino bajo el rubro de "páginas ajenas"- y, sobre todo, más de cien mil visitantes, esa será la brújula que oriente el viaje de este sitio día con día. Muchas gracias a todos aquellos que se detienen a leernos, resulta muy gratificante suponer que habrán encontrado algo de interés. Ahora sólo falta por ver si el próximo julio de 2014 alcanzaremos un cuarto aniversario.


Jules Etienne
 
Para corroborar lo comentado, sugiero la visita a las etiquetas de Solsticio y Conejos:

jueves, 25 de julio de 2013

Páginas ajenas: EL SEXO, de Vicente Aleixandre


I 

¡Pendiente de ese tronco
el fruto consta en vida.
Su materia consiente
una verdad durable.
En la sombra él madura,
si por siglos, finito,
y no cae sino cuando
el árbol rueda en tierra.
Fruto de carne o masa
de vida congruente,
pálido en su corteza,
nudosa nuez compacta.
La sangre rueda y pasa,
y ardiente sigue y vase,
mientras el viento pone
la vida en llamas y arde
doble tiniebla absorta.
Eje del sol que un rayo
descargará sin duelo
y estallará en la liza
dentro en la sombra exacta.
Oh, conjunción del fuego
con su materia idónea.
Fuego del sol, o fruto
que al estallar se siembra.
 
 
Vicente Aleixandre (España, 1898-1984) Obtuvo el premio Nobel en 1977.

miércoles, 24 de julio de 2013

Otros poetas del solsticio

 
 
Como si lo que ya hemos leído sobre el solsticio de verano después de poco más de un mes no fuera suficiente, ahora pretendo reunir en este breve texto algunos otros poemas que abordan el tema, ya sea de manera evidente desde su título o sólo haciendo mención en el cuerpo de los mismos. Aquí tenemos la primera muestra, Solsticio de verano, cuyo autor es el primer premio Nobel de literatura nacido en el Caribe, Derek Walcott:

Sastres luctuosos de Belmont escrutan inclinados sobre
máquinas antiguas
donde cosen a junio y julio sin sutura.
El solsticio de verano, en tanto que uno aguarda sus
relámpagos,
el centinela armado
aguarda con el sopor el estallido de un fusil.
 
Para más adelante insistir en el clima tórrido de la época del año a la que se está refiriendo:
 
El mar en el solsticio de verano, la carretera ardiente, esta hierba,
estas cabañas que me formaron,
la selva y el azadón vislumbrados a la orilla del camino, en el margen del arte;
las alimañas zumban en el bosque sagrado,
nada le puede exterminar, se encuentra en la sangre;
sus bocas rosáceas, de querubines cantan la ciencia lenta
de morir -cabezas con un ala diáfana como gasa en el oído.
 
Ramón López Velarde, en Idolatría, con la ingeniosa audacia de su rima, implica ambos solsticios:
 
Idolatría
de los dos pies lunares y solares
que lunáticos fingen el creciente
en la mezquita azul de los Omares
y cuando van de oro son un baño
para la tierra y son preclaramente
los dos solsticios de un único año.
 
El rumano Paul Celan (cuyo verdadero apellido era Ancel pero con sus mismas letras formó el anagrama con el que se le conoce), escribió la totalidad de su obra en alemán y en su poemario La arena de las urnas incluye Canto de solsticio. Aunque las referencias al mismo no son claras -su poesía nunca lo es-, tal vez esa fuese la intención en este párrafo:
 
¡Cuán negro lo dejas estar en el valle! ¡Y arriba brilla y chispea!
Tú haces como si hubiera un segundo que fuera a soportar
la carga de roca de tu tiempo, para que tú a otros más fácil entregues el toque
de horas sin hora, el viento radiante del milenio...
 

En cambio, el propio Celan se percibe más directo en las primeras líneas de ¿Quién pagó la ronda?:
 
Hacía un tiempo claro, bebimos 
y berreamos la saloma de la ceniza
en honor de la gran avería del solsticio.
 
De la poeta española Victoria Atencia es esta lograda estrofa que también alude al solsticio de verano:
 
Junio, jacaranda azul que ya me dejas,
llévame de la mano al fuego del solsticio
con candelas que salten mientras se extiende el trébol
y me persuade un mar que belleza asegura.
 
La inevitable transformación de la primavera en verano motiva al catalán Pere Gimferrer:
 
El estío ha expulsado a este cadáver
yerto de la primavera. Y ahora el ojo
no captará las tenebrosas olas,
lienzo de resplandor lívido.
 
Voy a concluir con un párrafo de Rudyard Kipling, aun cuando no se trata de un poema sino de su relato Los constructores del puente, la descripción encierra, sin duda, un gran lirismo: "Tras la primera embestida corriente abajo, ya no hubo más murallas de agua, sino que el río se elevó de una manera corpórea, como una serpiente cuando bebe en el solsticio de verano..."
 
Como suele decir la sabiduría popular: "Ni son todos los que están ni están todos los que son", pero luego de haber incluido poemas en lengua española de Octavio Paz, Gabriela Mistral, Antonio Machado, Vicente Huidobro, Marco Antonio Montes de Oca, Tomás Segovia, Sergio Mondragón y un clásico como Lope de Vega, de los griegos Giorgos Seferis y Odysseas Elitis, Ernst Richard Stadler, fragmentos de El cementerio marino de Paul Valéry, la Divina comedia de Dante, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de Cervantes o del Sueño de una noche de verano de Shakespeare, me parece que los fuegos del solsticio a los que se refiere Marguerite Yourcenar, ya han ardido lo suficiente aquí en Mitos y reincidencias.
 
 
Jules Etienne
 
La traducción al español del poema de Derek Walcott es de Roberto Diego Ortega, las de Paul Celan son de José Luis Reina Palazón.

domingo, 7 de julio de 2013

Julio: TODA LA BELLEZA DEL MUNDO, de Jaroslav Seifert


Escapada en zapatillas

(Fragmento)

El domingo 7 de julio de 1872, Paul Verlaine salió a la calle a comprar en una farma- cia próxima una medicina para su mujer enferma. Por desgracia, en su breve camino se cruzó con Rimbaud. A Rimbaud no le costó mucho convencer a Verlaine para que huyera con él a Bélgica. En vez de ir a la farmacia, Verlaine y Rimbaud se fueron directamente a la estación. Tres días más tarde, Matilde recorría París preguntando en vano a sus amigos. Fue incluso al depósito de cadáveres, antes de saber que su marido, junto con el autor de El barco ebrio, se había marchado a la vecina Bélgica.

El recado fallido de la medicina, es, quizás, lo único que me hace pensar en aquel poeta en relación con el recuerdo que aquí voy a contar. Parece que no se debe enviar a los escritores a la farmacia cuando su mujer se enferma.

Pero debo empezar por otra cosa.

Jaroslav Seifert (Chequia, 1901-1986).
Obtuvo el premio Nobel en 1984.

(Traducido del checo por Elena Panteleeva).
La ilustración corresponde a detalle de Una esquina de la mesa  (Un coin de table),
1872, de Henri Fantin-Latour, en donde aparecen Paul Verlaine y Arthur Rimbaud.