Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

jueves, 19 de mayo de 2011

Páginas ajenas: OTRO MAYO, de Juan Gelman



Cuando pasabas con tu otoño a cuestas

mayo por mi ventana

y hacías señales con la luz

de las hojas finales

¿qué me querías decir mayo?

¿porqué eras triste o dulce en tu tristeza?

nunca lo supe pero siempre

había un hombre solo entre los oros de la calle


pero yo era ese niño

detrás de la ventana

cuando pasabas mayo

como abrigándome los ojos


y el hombre sería yo

ahora que recuerdo

miércoles, 18 de mayo de 2011

Mayo: DECIR ADIÓS ES MORIR UN POCO (Páginas 122 y 123)

"... nada se equipara a una noticia con sabor a café por la mañana."

Capítulo 12: Mayo es el mes más cruel

(Fragmento)

En esta ciudad, mientras no llegue la temporada de lluvias, abril y mayo resultan más cálidos que cualquier mes del verano. Es lunes, la fecha prevista para publicar la noticia con el fin de que tenga cuerda durante toda la semana. Te aseguraron que enviarían temprano un ejemplar del periódico a tu domicilio y deberás presentarte a una junta a las doce, una vez que hayan calculado el impacto de la información, para decidir el manejo que se le dará en los días subsecuentes. Alguien toca el timbre, abres la puerta y es un mensajero del periódico, quien te lo entrega. La nota ocupa las ocho columnas de la edición. Fotos del edificio de Publincor junto a los contratos. Preparas una taza de café colombiano del que te trajo Septién de Cartagena, a donde va cada año para asistir al festival de cine. Puedes decir que la disfrutas debidamente aromatizada. Por más que la televisión y la radio se empecinen, nada se equipara a una noticia con sabor a café por la mañana. Es la mejor expresión de la Galaxia Gutenberg. Si bien a un periodista ese placer de saborear un suceso le está vedado. Desde el momento de leerlas impresas, son las noticias de ayer y hay que salir a la calle para buscar las nuevas.

El sol se ha apoderado por completo del escenario. Es el protagonista de una mañana reverberante. Una de las ventajas de este clima es la ropa ligera que ostentan las mujeres, para dejar al descubierto generosos retazos de piel y que la libido masculina sospeche el resto del cuerpo con la libertad de la imaginación. Aunque en algunos casos habría que reconocerlo como una desventaja, porque esa gorda que zangolotea sus adiposidades frente a ti, con una ombliguera que deberían prohibirle portarla en lugares públicos bajo el cargo de faltas a la moral, y unos pantalones blancos tan ajustados, que resaltan las pantaletas rojas incapaces de disimular sus desbordados glúteos morenos. Paradigma de la ausencia de estética, a eso no se le puede considerar una mujer, sino una masa de lonjas en movimiento.
 
Jules Etienne

martes, 17 de mayo de 2011

Páginas ajenas: MAYO, de Gioconda Belli



No se marchitan los besos

como las malinches,

ni me crecen vainas en los brazos;

siempre florezco

con esta lluvia interna,

como los patios verdes de mayo

y río porque amo el viento y las nubes

y el paso de los pájaros cantores,

aunque ande enredada en recuerdos,

cubierta de hiedra como las viejas paredes,

sigo creyendo en los susurros guardados,

la fuerza de los caballos salvajes,

el alado mensaje de las gaviotas.

Creo en las raíces innumerables de mi canto.

lunes, 16 de mayo de 2011

Los ciegos recurrentes de Juan Bañuelos

Con el pretexto de recopilar las alusiones a los ciegos entre los diferentes géneros literarios, me encontré con una curiosa reincidencia del poeta Juan Bañuelos sobre dicho tema quien, por cierto, afirma que asume a las palabras como "hijas de la vida".

En Celebración de la infancia dice: "Mas yo celebro, celebro y danzo al son/ de las flautas oscuras que apagan el oro del otoño./ Pues ¿qué es lo cierto, y qué es el júbilo del niño ciego?/ ¿Y de quién es la trampa y el juego del viento vagabundo?/ La fuente de ayer mana cerca de una tumba/ y un árbol crece en la mano abierta de la tierra./ Soñamos,/ soñamos y las aguas de la infancia/ se cierran por encima de nuestras cabezas/ como una cúpula astral."

Hace alusión al mítico Tiresias en su poema Esta noche y sus viejos nómadas de blanco, que principia así: "Y todavía, todavía el ciego Tiresias va cojeando mientras recuerda al mar." Y culmina en su última estrofa: "Nosotros nos iremos por los viejos caminos transitados,/ por las vías donde desovan los reptiles, por donde se quedó/ una estrella que olvidó la noche recoger, por el lugar del sueño,/ por donde el colibrí canta y su canto es liquen que cae/ para formar nido en el ojo de un ciego./ ¡Ah, esta noche y sus viejos nómadas de blanco!"

También en Viento de diamantes -que tiene un espléndido epígrafe de William Blake: "La eternidad está enamorada de las obras del tiempo."-, hace alusión a la ceguera momentánea: "E igual que una palabra lanzada a la mitad del mar/ caigo en el seno del prodigio. Y como el minero que se cubre/ con las manos la faz cuando de pronto, ciego, reencuentra la luz/ así la dulzura levanta su toga y me envuelve temerosa."

En El mapa, poema doliente sobre la nación en la que vive, encontramos otra referencia: "He mirado la patria largamente./ Se le nota la tristeza hasta en el mapa./ Las personas mayores nos explican/ que es libre, sin acecho atentísimo de zarpas./ Y a punto estuve de quedarme ciego/ porque a la patria la oscurecen llagas,/ la pisan botas, se le cierran puertas:/ necesaria prisión con calles vigiladas."

No estaba muy seguro de haber conocido a Bañuelos, a pesar de que tuve la oportunidad de tratar a otros miembros de su grupo de poetas chiapanecos denominado La espiga amotinada. Con Eraclio Zepeda coincidí en varios congresos y encuentros de narradores y no recuerdo cómo, pero Óscar Oliva nos enviaba textos a un suplemento cultural en la revista Tamaulipas que publicaba don Silvio Lattuada en Tampico -ignoro si todavía exista-, y en la que formaba parte de un consejo de redacción junto con el maestro Luis de la Cuesta y Víctor Palacios, harán ya treinta años de eso. Sin embargo después de leer su Festín de las imágenes de alcohol, recordé claramente a Bañuelos, la tarde de un domingo en la casa de Ramírez Heredia, en Coyoacan, en la que también se encontraba Poli Délano, un escritor chileno de quien guardo buenos recuerdos. Todos ellos bebedores de largo alcance que yo no era por aquel entonces y todavía menos ahora que intento -vanamente- encontrar la paz espiritual. Este es un fragmento del citado poema:

"A la puerta del bar/ se despide de nosotros nuestra sombra,/ y de pronto, de trago en trago, con mansedumbre caminamos/ (ceremoniosas marionetas manipuladas desde el hipo.)/ Es un quehacer de ciegos en la oscura medusa del desastre, /un árbol de lisonjas puesto en pie como un domingo,/ y esa lana de vergüenza que brota entre las piedras/ de la estriada guitarra."


La ilustración corresponde a una vieja fotografía del poeta Juan Bañuelos.

sábado, 14 de mayo de 2011

Páginas ajenas: SILENCIO DE BLANCA, de José Carlos Somoza


Su ceguera era como una cuerda que apretara sus músculos, como una red bajo la que se tambaleara, apresado, su cuerpo desnudo. Se hallaba indefensa como una obra de arte sobre una pared. Detrás, su sombra gigantesca me fascinaba.

- Ven -le dije por fin cuando daba otra vez la vuelta.

Supo de repente que no podía hacer preguntas: tan sólo moverse a ciegas. Se detuvo al oírme y avanzó torpemente hacia mí, o hacia su creencia de mí. Supo también no extender los brazos sino abandonarlos junto al cuerpo: esa atadura otorgó a su andar una cualidad casi obscena, una desnudez superior. Era como si me hubiese regalado la visión de sus propios ojos y yo contemplara su cuerpo con doble intensidad.


Silencio de Blanca obtuvo en 1996 el XVIII premio La sonrisa vertical para novela erótica convocado por editorial Tusquets.

viernes, 13 de mayo de 2011

El evangelio según los ciegos



Habría preferido dar por concluido el tema de los ciegos en la literatura -lo cual no significa que exhausto- y regresar al de las novelas que se ocupan de Tampico, que dejé pendiente hace un par de semanas, antes de la muerte de Ernesto Sábato, pero una amiga me reclamó que a pesar de incluir tantas referencias: poemas, fragmentos de novelas y hasta una fábula de Hermann Hesse sobre el tema, ni siquiera haya mencionado la frase bíblica "no hay peor ciego que el que no quiere ver".

En defensa de dicha exclusión esgrimí el argumento de que la Biblia no es literatura de ficción, por su profundo significado religioso. Que para mí no deja de ser un tema delicado y prefiero evitar una polémica en ese terreno. Me alegaba que si una obra con el aliento casi bíblico de Cien años de soledad, es literatura, entonces no tengo razón para soslayarla.

Acepto que, en efecto, en varios estudios al respecto se comparan algunos acontecimientos de la epopeya de Macondo con la Biblia, como aquella lluvia continua que sería el equivalente del diluvio universal; Fernanda inventa la historia de que al hijo de Meme lo encontraron en una canastilla, como a Moisés; o la ascensión al cielo de Remedios; además de que la obra es prácticamente una profecía plagada de presagios. Sin embargo, nadie le reza a Remedios o suplica un milagro de José Arcadio. Es decir, sigue siendo mera ficción que no pretende erigirse en culto religioso. En tanto que la Biblia, obsta subrayarlo, es un libro sagrado para los fieles de su fe.

Ricardo Gullón señala algunas etapas bíblicas en Cien años de soledad: La creación, pues desde la primera página establece "El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre"; el Éxodo, cuando José Arcadio sigue el camino de Riohacha, debido a que tras haber dado muerte a Prudencio Aguilar no puede encontrar la paz, entonces "desmantelaron sus casas y cargaron con sus mujeres y sus hijos hacia la tierra que nadie les había prometido"; las plagas, luego de que Macondo es asolado por el insomnio de sus habitantes, por la peste del olvido y las guerras civiles; y el Diluvio, ya que no dejó de llover durante cuatro años, once meses y dos días.

Pero antes de quedar atrapado por la novela de García Márquez, regreso al tema original de este texto. En efecto, la expresión popular "no hay peor ciego que el que no quiere ver" podría ubicar su origen en el Evangelio de San Mateo, quien dice: "Por eso les hablo por parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen, ni entienden." Y después pasa a mencionar la profecía de Isaías: "De oído oirán y no entenderán; y viendo verán y no percibirán", donde tampoco lo expresa de manera literal. Supongo que el habla popular se apropió de la idea y la incorporó a la sabiduría del refranero atribuyéndole sus raíces bíblicas. Pero en sentido estricto, me apena tener que responderle a mi amiga que, sin ser creyente ni lector de la Biblia, la equivocada es ella. La frase que con tanto celo me reclama, ni siquiera aparece en los evangelios.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a la puesta en escena de La casa, obra de teatro de Esteban García, sobrino de García Márquez, que adapta diversos pasajes de Cien años de soledad.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Los sueños de los ciegos



Me parece que uno de los mayores méritos del capítulo inicial de Ensayo sobre la Ceguera, de José Saramago, es que también a los lectores nos toma por sorpresa la repentina pérdida de la vista del personaje, mientras conduce su automóvil, a pesar de que el título mismo de la novela ya lo advertía. El renglón final del capítulo, es contundente: "Aquella noche, el ciego soñó que estaba ciego".

Al llegar a este punto comprendí la importancia que deben tener lo sueños para los ciegos puesto que es el único territorio en que les es posible ver. De alguna manera lo sugiere el propio Saramago más adelante: "Algunos se habían cubierto la cabeza con la manta, como si deseasen que la oscuridad, una oscuridad auténtica, una negra oscuridad, apagara definitivamente los soles deslustrados en que sus ojos se habían convertido. Las tres bombillas colgadas del techo alto, fuera del alcance, derramaban sobre sus camastros una luz sucia, amarillenta, que ni capaz era de producir sombras. Cuarenta personas dormían o intentaban dormir, algunas suspiraban y murmuraban en sueños, quizá vieran en el sueño aquello que soñaban, tal vez dijeran, Si esto es un sueño, no quiero despertar". Para más tarde concluir con un tono más dramático: "Tumbados en los camastros, los ciegos esperaban que los sueños se compadecieran de sus tristezas".

También en la novela Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, los sueños tienen gran importancia: "Y esas sombras misteriosas e inquietantes ¿no serían las más verdaderas de su alma, las únicas de verdadera importancia? Había tenido un estremecimiento cuando él mencionó a los ciegos, ¿por qué? Se había arrepentido apenas pronunciado el nombre Fernando, ¿por qué? Ciegos, pensó, casi con miedo. Ciegos, ciegos." Después también dirá: "... los sueños, abismos, abismos insondables, soledad soledad soledad, tocamos pero estamos a distancias inconmensurables, tocamos pero estamos solos. Era un chico bajo una cúpula inmensa, en medio de la cúpula, en medio de un silencio aterrador, solo en aquel universo gigantesco".

Más adelante, en el capítulo XI, de la misma primera parte El dragón y la princesa -previo a la tercera parte que es el Informe sobre ciegos-, hay una descripción de los sueños: "Ahí estaba, indefensa pero misteriosa e inaccesible. Tan cerca, aunque separada por la muralla ingrávida pero infranqueable y tenebrosa del sueño", que describirá como: "Territorio misterioso e insano, disparatado y tenue como los sueños, tan sobrecogedor como los sueños."

Por último, El país de los ciegos de H. G. Wells es una obra poco conocida de su autor, tal vez por tratarse de un relato de menos de cuarenta páginas y no de una novela. Tampoco pertenece al género de la ciencia ficción, como La guerra de los mundos y La máquina del tiempo, que le permitieron ganar su prestigio como escritor. El siguiente es un párrafo en el que explica cómo en una región de los Andes, cercana al Cotopaxi, unos ciegos se confinaron ajenos al resto de la humanidad: "Si bien olvidaron muchas costumbres, crearon otras; y en su aislamiento llegaron a perder por completo la noción del mundo, que pasó a ser un ensueño cada vez más borroso, hasta abolirse en su conciencia". Casi al final, el protagonista, quien sí es capaz de ver, sostiene un diálogo con la ciega de la que se ha enamorado: "- ... desearía dejar de oírte hablar de ese modo", le dice ella a lo que él inquiere, "- ¿De qué modo?", la mujer concluye más patética que conmovedora: "- De ese que hablas cuando me cuentas tus sueños de la vista. Tienes una gran fantasía, que me hechiza, que me embriaga, pero..." Como para inspirar una arbitraria paráfrasis sobre Calderón de la Barca: que toda la vida es sueño y los ciegos, sueños son.


Jules Etienne 

martes, 10 de mayo de 2011

Palos de ciego



En La quimera del loro -que es el título del capítulo 19 de mi novela Decir adiós es morir un poco-, el epígrafe es un fragmento del poema Palos de ciego, de Marco Antonio Montes de Oca: "Y de repente, sin que la desdeñada magia/ Lo sueñe o lo pretenda,/ Un palo de ciego/ Parte en dos el anciano castillo de la realidad". Venía al caso porque en un párrafo de dicho capítulo escribí:

Diógenes buscaba con su lámpara un hombre, en plena luz del día. Atenas era un pueblo iluminado. Aquí usamos anteojos oscuros para tratar de descubrir la verdad durante la noche. Llevamos tantos años, sexenios, que es nuestra medida temporal, haciendo lo mismo, que ya somos expertos en seguir dando palos de ciego. Eso es nuestra política, nuestra justicia, nuestro futuro: palos de ciego.

En realidad, el texto de Montes de Oca es un poema de amor, pero el fragmento que elegí funciona a la medida para lo que expresa la novela. Una estrofa posterior dice: "Palos de ciego el ciego lanza/ En la noche total;/ Mas de pronto da en el blanco/ Y una resplandeciente niña,/ Con un solo monosílabo de fuego/ Doma los bullientes hemistiquios del amor".

Cada vez que el nombre de un poeta es Marco Antonio me remite a Marco Antonio Campos, buen amigo con quien la vida no me permitió la oportunidad de coincidir de nuevo. Recuerdo que cuando se despedía porque viajaba para ocupar un cargo diplomático en Austria, en la casa del entrañable maestro Edmundo Valadez, ya fallecido, me obsequió un ejemplar de La alegría, de Giuseppe Ungaretti, traducida del italiano por él. Siempre he mantenido una gran inclinación por los poetas italianos: Pavese, Montale, Quasimodo, Saba. A Vincenzo Cardarelli lo conocí gracias a las traducciones de otro querido amigo, también extraviado en el tiempo y la distancia, Alfonso López García de Alba. De manera que no puedo menos que recordar unas líneas de Campos, en Sankt Peter Kirche. "En la iglesia, tras la rubia muchacha/ y el Cristo en la penumbra, la locura/ a la muerte mordía ciega", y más adelante prosigue: "Sobre la iglesia,/ el pequeño cementerio de San Pedro/ ensombrecía de pájaros; el ciego,/ cubierto de pájaros, saludaba/ al monte en su oscuridad verde".

Hace algunos años escribí un poema que se titulaba precisamente Ciego. Incluso cuando inicié el blog en que intento reunir mi poesía, Mitología del Olvido, así aparecía, en su versión original, pero después decidí modificarlo hasta que se convirtió en Lejanía. La única referencia a la ceguera que aún conserva es esta: Los misterios del sol/ son desvelos de la luna ebria/ entre sombras de aves nocturnas/ incapaz de emprender el vuelo,/ lejos de la tierra de los ancestros/ busco a ciegas la respuesta.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a Diógenes en busca de un hombre honesto (1642), del pintor holandés Jacob Jordaens.

lunes, 9 de mayo de 2011

Páginas ajenas: LA FÁBULA DE LOS CIEGOS, de Hermann Hesse



Durante los primeros años del hospital de ciegos, como se sabe, todos los internos detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se resolvían por mayoría simple, sacándolas a votación. Con el sentido del tacto sabían distinguir las monedas de cobre y las de plata, y nunca se dio el caso de que alguno de ellos confundiese el vino de Mosela con el de Borgoña. Tenían el olfato mucho más sensible que el de sus vecinos videntes. Acerca de los cuatro sentidos consiguieron establecer brillantes razonamientos, es decir, que sabían de ellos cuanto hay que saber, y de esta manera vivían tranquilos y felices en la medida en que tal cosa sea posible para unos ciegos.

Por desgracia sucedió entonces que uno de sus maestros manifestó la pretensión de saber algo concreto acerca del sentido de la vista. Pronunció discursos, agitó cuanto pudo, ganó seguidores y por último consiguió hacerse nombrar principal del gremio de los ciegos. Sentaba cátedra sobre el mundo de los colores, y desde entonces todo empezó a salir mal.

Este primer dictador de los ciegos empezó por crear un círculo restringido de consejeros, mediante lo cual se adueñó de todas las limosnas. A partir de entonces nadie pudo oponérsele, y sentenció que la indumentaria de todos los ciegos era blanca. Ellos lo creyeron y hablaban mucho de sus hermosas ropas blancas, aunque ninguno de ellos las llevaba de tal color. De modo que el mundo se burlaba de ellos, por lo que se quejaron con el dictador. Éste los recibió de mal talante, los tachó de innovadores, libertinos y rebeldes que adoptaban las necias opiniones de la gente que tenía vista. Eran rebeldes porque, caso inaudito, se atrevían a dudar de la infalibilidad de su jefe. Esta cuestión suscitó el surgimiento de dos bandos.

Para sosegar los ánimos, el sumo príncipe de los ciegos emitió un nuevo edicto, que declaraba que la vestimenta de los ciegos era roja. Pero esto tampoco resultó cierto; ningún ciego llevaba prendas de color rojo. Las mofas arreciaron y la comunidad de los ciegos estaba cada vez más disgustada. La ira del jefe estalló y la de los demás ciegos también. La batalla fue larga y no hubo paz hasta que los ciegos tomaron la decisión de suspender todo juicio acerca de los colores.

Un sordo que leyó este cuento admitió que el error de los ciegos había consistido en atreverse a opinar sobre colores. Sin embargo, por su parte, siguió firmemente convencido de que los sordos eran las únicas personas autorizadas para opinar en materia de música.

domingo, 8 de mayo de 2011

Páginas ajenas: ALTAZOR, de Vicente Huidobro


(Fragmento)

Anda como los ciegos con sus ojos de piedra

Presintiendo el abismo a todo paso

Mas no temas de mí que mi lenguaje es otro

No trato de hacer feliz ni desgraciado a nadie

Ni descolgar banderas de los pechos

Ni dar anillos de planetas

Ni hacer satélites de mármol en torno a un talismán ajeno

Quiero darte una música de espíritu

Música mía de esta cítara plantada en mi cuerpo

Música que hace pensar en el crecimiento de los árboles

Y estalla en luminarias adentro del sueño

Yo hablo en nombre de un astro por nadie conocido

Hablo en una lengua mojada en mares no nacidos

Con una voz llena de eclipses y distancias

Solemne como un combate de estrellas o galeras lejanas

Una voz que se desfonda en la noche de las rocas

Una voz que da vista a los ciegos atentos

Los ciegos escondidos al fondo de las casas

Como al fondo de sí mismos


Los veleros que parten a distribuir mi alma por el mundo

Volverán convertidos en pájaros

Una hermosa mañana alta de muchos metros

Alta como el árbol cuyo fruto es el sol

Una mañana frágil y rompible

A la hora en que las flores se lavan la cara

Y los últimos sueños huyen por las ventanas

sábado, 7 de mayo de 2011

Epigrama: TIRESIAS



Era ciego y auguraba el porvenir,

otros cierran los ojos para vivir

en la indiferencia de su calma:

son los ciegos del alma.


La ilustración corresponde a Tiresias (siglo XVII), de Antonio Zanchi.

jueves, 5 de mayo de 2011

A propósito de ciegos



Con motivo de la muerte de Ernesto Sabato y recordando algunos de los títulos de su obra, me encontré con que Informe sobre ciegos, que yo conocía como la tercera parte de su novela Sobre héroes y tumbas -no diré que una de las más complejas porque todas sus novelas lo son-, también ha sido editada de manera independiente. Es decir, el carácter del texto es tan cerrado y posee una autonomía tal que, sin perder de vista el entorno del conjunto, ha sido posible su publicación al margen del resto de la novela.

Tanto el nombre como su tema me han remitido de inmediato al Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, y a una menos conocida En el país de los ciegos, de H. G. Wells. Como ávido lector de Carlos Fuentes, no podría dejar de mencionar Cantar de ciegos, aunque la referencia se queda atorada en el mero título, sin embargo, vendría al caso una frase de su novela Gringo viejo: "Ella quizá sabía que nada es visto hasta que el escritor lo nombra. El lenguaje permite ver. Sin la palabra somos todos ciegos." (Capítulo XVII).

El español Alberto Méndez reunió en un volumen cuatro relatos sobre la guerra civil, que incluso fueron adaptados al cine en 2008, pero no he tenido la oportunidad de leer, sin embargo, lo consigno porque su título me parece espléndido: Los girasoles ciegos.

Uno de mis autores preferidos durante la adolescencia fue Aldous Huxley, recuerdo que incluso mi trabajo de fin de cursos para la materia relacionada con la literatura que impartía el poeta Hugo Gutiérrez Vega en mi época universitaria, fue sobre la obra de Huxley. Viene al caso porque una de su novelas lleva por título Ciego en Gaza pero, sobre todo, porque siendo muy joven padeció de queratitis, lo que le llevó a perder la vista durante un año y medio, al grado de que tuvo que aprender a leer con el sistema Braille. Tras prolongados tratamientos y someterse a un programa de reeducación óptica, logró recuperar parcialmente su aptitud visual. Esa experiencia lo motivó a escribir El arte de ver, que se publicaría en 1942.

También Homero, John Milton y Jorge Luis Borges perdieron la vista. Borges incluso escribió un poema que se llama Un ciego y a uno de sus libros lo tituló Elogio de la sombra. "La gente se imagina al ciego encerrado en un mundo negro... Es falso... El mundo del ciego no es la noche que la gente supone", dijo alguna vez. Y es que los ciegos aquí mencionados habrán perdido sus ojos, pero no la capacidad de ver.

En su Carta sobre ciegos para uso de los que ven, Diderot elabora la siguiente reflexión sobre el espejo desde el punto de vista ajeno: "Nuestro ciego sólo conoce los objetos por el tacto. Por lo que dicen los demás, él sabe que los objetos se conocen mediante la vista, como él los conoce por el tacto; al menos, es la única noción que se puede formar. Además, sabe que nadie puede ver su propio rostro, aunque se lo pueda tocar. Por tanto -deduce-, la vista es una especie de tacto y sólo va dirigida a objetos diferentes a nuestro rostro y alejados de nosotros; por otra parte, el tacto no le da más que la idea del relieve. Así pues -añade-, un espejo es una máquina que nos pone en relieve fuera de nosotros mismos."

Me parece reconfortante que en la literatura se refieran a la ceguera por su nombre y no a través de los eufemismos burocráticos que ahora se han puesto de moda. Porque un invidente o minusválido visual, no es otra cosa que un ciego. La palabra en sí se aprecia más fuerte, categórica y hasta con una mayor carga poética.

A medida que voy mencionando otras obras, establezco una mayor distancia con mi intención original. De manera que más adelante regresaré al pretexto de los ciegos según Sabato, Saramago y Wells.


Jules Etienne

lunes, 2 de mayo de 2011

Páginas ajenas: EL TÚNEL, de Ernesto Sabato



(Fragmento)

A veces volvía a ser piedra negra y entonces yo no sabía que pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadisos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad.


Ernesto Sabato (Argentina, 1911-2011)

viernes, 29 de abril de 2011

Palabras bastardas: consecuencia de la globalización



Cuando me ocupaba del texto relativo a la novela ¿Quién censuró a Roger Rabbit?, acudí al empleo de un anglicismo en su traducción literal: bastardización, porque si bien la Real Academia acepta el verbo en español bastardear, el vocablo no es muy común en nuestra lengua, ya que nosotros recurrimos más bien otras expresiones como sería el caso de adulterar, deformar, falsificar o pervertir, por citar sólo algunas. Pero en inglés, debido a que bastard es un insulto de uso cotidiano, la palabra se vuelve más coloquial e incluso conlleva una cierta dosis de agresividad.

Hará unos tres años que mi amigo Raúl Herrera y yo solíamos reunirnos semanalmente en un café y antes de iniciar nuestras conversaciones sobre cualquier tema, discutíamos alguna palabra en inglés cuya grafía era similar a la del español, pero su significado diferente, lo cual suele crear confusiones entre los hispanos que radicamos en países angloparlantes. Estuvimos creando durante una época lo que yo denominaba nuestro diccionario de hominimias bilingües.

Tal vez el ejemplo más claro sea el de la palabra library, que significa biblioteca, pero que a fuerza de leerla tan parecida a librería en español, es muy común encontrarse con personas que se refieren a la biblioteca pública como "la librería", cuando en realidad el equivalente sería bookstore: un lugar en el que se venden libros.

Una de las palabras de uso común, sobre todo entre los locutores de la radio y la televisión en español, es la traducción de la palabra success, que significa éxito. Ya que no dicen "resultó un éxito", sino "resultó un suceso", por un traslado incorrecto de la palabra desde su idioma original. Un amigo mexicano me decía hace poco: "me invitaron a ver sus facilidades". Cuando en realidad se refería a instalaciones, que es el significado en español de facilities. También conozco a varios centroamericanos que le llaman "carpeta" a la alfombra, debido a que en inglés se dice carpet.

El caso de la palabra bizarre, es muy interesante. Su constante empleo en inglés ha provocado que también en español se aplique con la connotación de fantástico y hasta grotesco, cuando según la Real Academia, el significado correcto de bizarro es valiente y esforzado, y en segundo término también puede ser generoso y ¡lúcido!, lo cual vendría a resultar casi un antónimo de lo que es el término en lengua inglesa.

La lista es mucho más amplia de lo que uno se imagina a primera vista, y sólo a través del habla cotidiana lo va descubriendo. Desafortunadamente nos ganaron otras ocupaciones y hasta dejamos de reunirnos como lo hacíamos -este fin de semana, por ejemplo, optamos por ver alguna película-, y nuestro proyecto se ha ido perdiendo en el olvido, aunque todavía conservamos una lista con más de cincuenta palabras.

El internet también ha aportado abundantes barbarismos como puede ser, por ejemplo, "accesar", que se toma de la indicación en inglés access, y que en español puede ser "tener acceso" o "acceder", pero nunca "accesar". Y lo mismo podría decirse de "checar", puesto que el verbo correcto es "chequear", un anglicismo que proviene del verbo to check, que a su vez significa comprobar. Pero al menos con dichos términos el sentido sigue siendo el mismo y no como sería el caso de otras palabras, por ejemplo argument, que no es argumento, sino discusión, o exit, que lejos de significar éxito, como uno podría imaginarse, quiere decir salida. Como la que estoy haciendo ahora.


En la ilustración correspondiente se aprecia se manera muy clara la palabra lemon, en inglés, que en realidad significa lima y no limón. En cambio lime es un limón. Por lo tanto lo que en español es una limonada, en inglés es limeade y no limonade.

domingo, 24 de abril de 2011

Páginas ajenas: ABRIL ROJO, de Santiago Roncagliolo



Almorzó un pan con pollo en un puesto callejero y luego fue a la fiscalía. En la iglesia de Santo Domingo, los fieles formaban colas con algodones en la mano para limpiar las heridas de la imagen del Señor del Santo Sepulcro. El fiscal imaginó todas esas manos, una tras otra, tocando las llagas de Cristo. (Página 248)

Secándose las lágrimas en los ojos, el fiscal salió a la calle. En cada esquina de la plaza atestada se quemaba la retama del domingo anterior. En la catedral, la imponente pirámide blanca de la Resurrección empezaba a asomar por la puerta, entre los fuegos artificiales. Sobre cada una de sus gradillas llevaba cirios encendidos. El fiscal se confundió entre la gente. Lentamente, desde el interior de la pirámide, fue emergiendo Cristo resucitado entre aplausos del pueblo. Más de trescientas personas empezaron a pasar el anda de hombro en hombro alrededor de la plaza. Cuando el anda llegó a sus hombros, Chacaltana se persignó y dijo mentalmente una oración. Al fondo entre los cerros secos, el sol insinuaba las primeras luces de un tiempo nuevo. (Página 284)



La ilustración corresponde a una fotografía del domingo de resurrección en Ayacucho, Perú.

sábado, 23 de abril de 2011

El 23 de abril: ENTRE CERVANTES Y SHAKESPEARE

 
William Shakespeare nació un 23 de abril, y murió 52 años después, en esa misma fecha, en 1616. Si ha eso se añade que Miguel de Cervantes también falleció ese día -hay quienes dicen que el 22, pero debido a que fue cuando se llevó a cabo su funeral, suele considerarse como su aniversario luctuoso-. Por dichas razones, la Unesco lo designó como el Día Internacional del Libro, que tiene lugar año con año, cada vez en un mayor número de países.
 
Recuerdo haber leído, hace mucho tiempo, una entrevista con Carlos Fuentes en la que aseguraba mantener la costumbre de leer fragmentos del Quijote durante la semana santa, como una suerte de ejercicio espiritual secular. Calculo que muy pocas veces habrá coincidido con los llamados días santos, lo cual hace que el hábito de Fuentes adquiera una dimensión casi ritual, como ha sucedido este año. Este es un soneto que le dice la señora Oriana a Dulcinea del Toboso, el ideal femenino que inspiraba a Alonso Quijano durante sus correrías:

"¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,/ por más comodidad y más reposo,/ a Miraflores puesto en el Toboso,/ y trocara sus Londres con tu aldea!/ ¡Oh, quién de tus deseos y librea/ alma y cuerpo adornara, y del famoso/ caballero que hiciste venturoso/ mirara alguna desigual pelea!/ ¡Oh, quién tan castamente se escapara/ del señor Amadís como tú hiciste/ del comedido hidalgo don Quijote!/ Que así envidiada fuera, y no envidiara,/ y fuera alegre el tiempo que fue triste,/ y gozara los gustos, sin escotes."

También en esta fecha, en 1850, murió el poeta inglés William Wordsworth, uno de cuyos trabajos más recordados es su Oda a la inmortalidad, a la que corresponde este hermoso fragmento de Esplendor en la hierba:

"Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que en mi juventud me deslumbraba, aunque nada pueda hacer volver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, pues encontraremos fuerza en el recuerdo, en aquella primera simpatía que, habiendo sido una vez, habrá de ser por siempre, en los consoladores pensamientos que brotaron del humano sufrimiento y en la fe que mira a través de la muerte. Gracias al corazón humano, por el cual vivimos, gracias a sus ternuras, a sus alegrías, y a sus temores la flor más humilde, al florecer, puede inspirarme ideas que, a menudo, se muestran demasiado profundas para las lágrimas."

El 23 de abril, sin embargo, le pertenece a William Shakespeare puesto que fue cuando tuvieron lugar tanto su nacimiento como su muerte. No me queda más que incluir mañana un poema suyo a manera de homenaje.


Jules Etienne
 
La ilustración corresponde a la tumba de Shakespeare en la iglesia de la Santa Trinidad en Stratford upon Avon.

jueves, 21 de abril de 2011

Páginas ajenas: EL LABERINTO DE LA SOLEDAD, de Octavio Paz


(Fragmento del capítulo Los hijos de la Malinche)


Finalmente, no existe una veneración especial por el Dios padre de la Trinidad, figura más bien borrosa. En cambio, es muy frecuente y constante la devoción a Cristo, el Dios hijo, el Dios joven, sobre todo como víctima redentora. En las iglesias de los pueblos abundan las esculturas de Jesús -en cruz o cubiertas de llagas y heridas- en las que el realismo desollado de los españoles se alía al simbolismo trágico de los indios: las heridas son flores, prendas de resurrección, por una parte y, asimismo, una reiteración de que la vida es la máscara dolorosa de la muerte.

El fervor del culto al Dios hijo podría explicarse, a primera vista, como herencia de las religiones prehispánicas. En efecto, a la llegada de los españoles casi todas las grandes divinidades masculinas -con la excepción de Tláloc, niño y viejo simultáneamente, deidad de mayor antigüedad- eran dioses hijos, como Xipe, dios del maíz joven, y Huitzilopochtli, el "guerrero del Sur". Quizá no sea ocioso recordar que el nacimiento de Huitzilopochtli ofrece más de una analogía con el de Cristo: también él es concebido sin contacto carnal; el mensajero divino también es un pájaro (que deja caer una pluma en el regazo de Coatlicue); y, en fin, también el niño Huitzilopochtli debe escapar de la persecución de un Herodes mítico. Sin embargo, es abusivo utilizar estas analogías para explicar la devoción a Cristo, como sería atribuirla a una mera supervivencia del culto a los dioses hijos. El mexicano venera al Cristo sangrante y humillado, golpeado por los soldados, condenado por los jueces, porque ve en él la imagen transfigurada de su propio destino. Y esto mismo lo lleva a reconocerse en Cuauhtémoc, el joven Emperador azteca destronado, torturado y asesinado por Cortés.


La ilustración corresponde a la montaña sagrada de Coatépetl, lugar donde se integran el agua y el fuego en el que, según la leyenda azteca, nació Hutizilopochtli.

miércoles, 20 de abril de 2011

Morir en abril


La lista de escritores fallecidos en abril debe ser tan extensa como en el resto del año, sin embargo, por una extraña coincidencia, las defunciones en este mes son de autores que alcanzaron mayor celebridad.

En orden de acuerdo con el día del mes, sin tomar en cuenta el año, la relación incluye los nombres de Émile Zola, Fernando de Rojas, Graham Greene, Max Frisch, Rómulo Gallegos, Isaac Asimov, Francoise Rabelais, Khalil Gibran, Jean de la Fontaine, Vladimir Maiakovski, Simone de Beauvoir, César Vallejo, Sor Juana Inés de la Cruz, Lord Byron, Mark Twain, Vladimir Nabokov, Guillermo Cabrera Infante, Daniel Defoe, Alejo Carpentier, Emilio Salgari y Séneca, entre otros.

Los ganadores del premio Nobel de literatura que murieron un mes de abril son: Saul Bellow, Erik Axel Karlfeldt, Yasunari Kawabata, Bjortjerne Bjornson y Octavio Paz, quien falleció el 19 de abril de 1998, es decir, ayer se cumplieron trece años de su muerte.

La coincidencia más curiosa se da el 23 de abril, cuando nació, en 1564, William Shakespeare, quien también murió un 23 de abril, de 1616. Esta última es también la fecha de la muerte de Miguel de Cervantes, aunque hay quienes precisan que en realidad tuvo lugar el 22 de abril de 1616 -es decir, en el mismo año que Shakespeare-, pero debido a que lo enterraron al día siguiente, siempre se ha conmemorado el 23 como su aniversario luctuoso.

Y en ese mismo día, también en 1616, falleció en Córdoba, España, el escritor peruano Inca Garcilaso de la Vega -mestizo cuyo nombre real era Gómez Suárez de Figueroa-, hijo ilegítimo del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega, y por lo tanto, emparentado con el poeta toledano Garcilaso de la Vega, del llamado siglo de oro español. Por si fuera poco, también un 23 de abril, de 1850, murió el poeta inglés William Wordsworth.

En términos de obras, estamos hablando de los autores de La Celestina, Naná, Doña Bárbara, Lolita, El poder y la gloria, Robinson Crusoe, El siglo de las luces y País de nieve, pero, sobre todo, de Hamlet y El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, obras emblemáticas para las respectivas lenguas en que fueron escritas: el inglés y el español.

 
Jules Etienne

martes, 19 de abril de 2011

Páginas ajenas: JARDÍN, de Octavio Paz


Nubes a la deriva, continentes
sonámbulos, países sin substancia
ni peso, geografías dibujadas
por el sol y borradas por el viento.
 
Cuatro muros de adobe. Buganvilias:
en sus llamas pacíficas
mis ojos se bañan. Pasa el viento entre alabanzas
de follajes y yerbas de rodillas.
 
El heliotropo con sus morados pasos
cruza envuelto en su aroma. Hay un profeta:
el fresno -y un meditabundo: el pino.
El jardín es pequeño, el cielo inmenso.
 
Verdor sobreviviente en mis escombros:
en mis ojos te miras y te tocas,
te conoces en mí y en mí te piensas,
en mí duras y en mí te desvaneces.
 
 
Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.

jueves, 14 de abril de 2011

Eduardo Galeano, unos renglones sobre Tampico y ¡qué descaro de jurado!



Hace exactamente dos años, a mediados de abril de 2009, durante una reunión de mandatarios del continente, en la isla de Trinidad y Tobago, el controvertido Hugo Chávez le obsequió un libro a Barack Obama. Al día siguiente los cables noticiosos consignaban con sopresa que el citado libro había pasado del lugar 54,925 en ventas al sexto en un lapso de veinticuatro horas, lo cual le confiere una marca muy especial difícil de superar. Me recuerda, en cierta medida, lo acontecido en los años sesenta, cuando el presidente Kennedy, admitió en una entrevista que su lectura favorita eran las novelas de espionaje de Ian Fleming, protagonizadas por el entonces desconocido James Bond. Las consecuencias las podemos ver todavía en la actualidad. El regalo de Chávez fue una edición de La venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, que se publicó por primera vez en 1973. Ensayo que cuestiona de manera muy directa las consecuencias que la intervención, tanto estadounidense como europea, ha acarreado para dicha región. En mi época de estudiante era un libro de moda y lectura obligatoria.

Con el tiempo, a principios de la década de los noventa, me encontraba dirigiendo una revista de cine llamada Primer Plano, aventura en la que me acompañaba mi amigo Eduardo Marín Conde como subdirector. Como un paréntesis aprovecho para señalar que ha sido para mí un privilegio gozar de su amistad, el año pasado estuvo de visita en Vancouver -para definir de la manera más suscinta a Eduardo, puedo decir que es el amigo más leal que se pueda tener-. Durante nuestra experiencia con la revista, que no fue muy productiva en términos monetarios pero una de las más estimulantes y divertidas que he tenido a lo largo de mi vida, en alguna ocasión nos invitaron al festival de cine de Cartagena, Colombia. Como la revista no estaba en condiciones de costear el viaje de ambos, cada uno consiguió colocar colaboraciones en dos diarios: yo lo haría para el hoy desaparecido El Heraldo de México, gracias a mi amistad con Mauricio Peña, en tanto que Eduardo lo haría para el periódico deportivo Esto, aprovechando las relaciones de su padre, Fausto Marín, quien era un periodista muy respetado, director de El Sol de Hidalgo.

Una vez instalados en el hotel Caribe, de Cartagena, se nos unió Paul Lenti, un entrañable amigo, ya fallecido, quien radicaba en Nueva York y tenía a su cargo la sección latinoamericana para la influyente publicación de espectáculos Variety. Ahí nos enteramos de que se trataba de un festival al que acudían más escritores e intelectuales que estrellas de cine. Teníamos la oportunidad de desayunar en la mesa adjunta a la de Gabriel García Márquez, presidente honorario vitalicio del festival, y su amigo Carlos Fuentes. Con ellos se reunió en algunas ocasiones el presidente del jurado: Eduardo Galeano. Cuando el evento concluyó, no pudimos permanecer en el festejo de clausura por el horario de nuestro vuelo, ya que teníamos que hacer conexión en Bogotá para regresar a la ciudad de México. Recuerdo que Eduardo iba bastante indignado porque se le había otorgado el premio principal, la India Catalina de Oro, a la película cubana Mascaró, que a ambos nos había parecido un trabajo más bien mediocre. Cada uno entregó en sus repectivos periódicos la nota final comentando los premios y Eduardo manifestaba su desacuerdo con la decisión del jurado presidido por su tocayo Galeano. En el diario Esto, la persona responsable de asignar los encabezados a las notas, "el cabeceador" en la jerga periodística, tituló su artículo con un contundente y llamativo: "¡Qué descaro de jurado!". Eduardo se reía mucho de eso pero el caso es que nunca más nos volvieron a invitar al festival. Lo cual fue una lástima porque Cartagena es un lugar que disfruté de veras.

Para regresar con Las venas abiertas de América Latina y sus referencias a Tampico, que son el verdadero pretexto para justificar los párrafos anteriores, en sus páginas se reproduce el testimonio de Smedley D. Butler, un comandante de los marines en el retiro, quien admitía: "Y durante toda ese período me pasé la mayor parte del tiempo en funciones de pistolero de primera clase para los Grandes Negocios, para Wall Street y los banqueros. En una palabra, fui un pistolero de primera clase... Así, por ejemplo, en 1914 ayudé a hacer que México y en especial Tampico, resultasen una presa fácil para los intereses petroleros norteamericanos." Y más adelante, Galeano se vuelve a ocupar del asunto, con motivo de la expropiación petrolera: "El presidente Lázaro Cárdenas había nacionalizado las empresas, Nelson Rockefeller, que en 1930 se había graduado de economista escribiendo una tesis sobre las virtudes de su Standard Oil, viajó a México para negociar un acuerdo, pero Lázaro Cárdenas no dio marcha atrás. La Standard y la Shell, que se habían repartido el territorio mexicano atribuyéndole a la primera el norte y a la segunda el sur, no sólo se negaban a aceptar las resoluciones de la Suprema Corte en la aplicación de las leyes laborales mexicanas, sino que además habían arrasado los yacimientos de la famosa Faja de Oro a una velocidad vertiginosa, y obligaban a los mexicanos a pagar, por su propio petróleo, precios más altos que los que cobraban en Estados Unidos y en Europa por ese mismo petróleo. En muy pocos meses, la fiebre exportadora había agotado brutalmente muchos pozos que hubieran podido seguir produciendo durante treinta o cuarenta años. Le habían quitado a México -escribe O'Connor- sus depósitos más ricos, y sólo le habían dejado una colección de refinerías anticuadas, campos exhaustos, las pobrerías de la ciudad de Tampico y recuerdos amargos."

Este antecedente me permitirá ocuparme, más adelante, de un par de novelas de autores estadounidenses que mencionan a Tampico durante la época del auge petrolero: Paralelo 42, de John Dos Passos y Tampico, de Joseph Hergesheimer.



La ilustración corresponde a una fotografía de Eduardo Galeano en su casa de Montevideo.