Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

miércoles, 13 de abril de 2011

Un paréntesis de agradecimiento



El 23 de julio del año pasado publiqué la primera entrada de este blog. Hoy, 13 de abril, se registró la visita numero diez mil. Ignoro si en las estadísticas de los blogs sea una cifra respetable o no. Para mí lo es, porque me indica que hay quienes tienen la curiosidad y la paciencia de leerme. Me han obsequiado el pretexto para expresar a quienes lo visitan, que les agradezco haberlo encauzado de una manera diferente a como originalmente fue concebido. Pretendía, cuando lo inicié, una especie de bitácora personal, reuniendo mis poemas con fragmentos de mis novelas, tiempo despúes me extendí a los fragmentos de las obras de otros autores y comentarios sobre las mismas. Decidí abrir otro blog para mis poemas, luego otro para mis epigramas... y hace poco uno más sobre cine. El caso es que he procurado que cada uno mantenga su propio estilo, diferente de los demás. Lo que nunca me propuse fue establecer una meta respecto al número de visitas. La cifra con que me han retribuido, diez mil en poco menos de nueve meses, me deja más que satisfecho. Lo que en principio escribía sólo por el gusto de hacerlo y la curiosidad de incorporarme al ciberespacio -que para mí, se encuentra más cerca de la magia que de la tecnología-, ahora sé que hay quienes se detienen a leerlo y no puedo menos que agradecerlo. De veras. También me ha servido para recuperar el contacto con personas de quienes tenía mucho tiempo sin noticias suyas, como ha sido el caso de Rubén Nava.


Ignoro los nombres y el lugar de residencia de la mayoría de los visitantes, pero algunos se han tomado el tiempo para registrarse como seguidores de Mitos y Reincidencias: el primero en anotarse fue Miguel Ángel Rivera, después le siguieron Moira, Carlos Franco, Rubén Nava, mi querida amiga de la infancia Clara Martha Paniagua, y más recientemente quien firma como eezv11 (parecen como las siglas de un agente secreto), que supongo habrá aterrizado en este espacio gracias a Laura Viadas, a quien le guardo la gratitud del entusiasmo con que recibió mi primera novela en los medios en los que escribe e incluso el haberme entrevistado a la distancia para su programa de radio. Y otros más, que sin estar registrados como seguidores, han dejado sus generosos comentarios en algunos de los textos, como ha sido el caso de Juan Kohrs, Antonio Lara, Esmeralda y Alonso Soto, quien lo hizo desde Chile, al otro extremo del continente. Elsa de la Torre tuvo a bien señalarme cuando por descuido omití la segunda parte del texto sobre la Epifanía y eso me permitió subsanar mi error.


Les reitero mi agradecimiento y además aprovecho para expresarles que me encuentro en completa disposición para abordar los temas que me sugieran, aquellos que les parezcan interesantes. Mañana jueves escribiré de nuevo con el ánimo que me da saber que me leen.

lunes, 11 de abril de 2011

Páginas ajenas: LA ISLA, de Aldous Huxley


(Fragmento del capítulo IV)

- Y hay nubes blancas -decía la voz-, y el cielo azul entre ellas es tan pálido, tan delicado, tan exquisitamente tierno...

Tierno, repitió él, el tierno cielo azul del fin de semana de abril que había pasado allí, con Molly, antes del desastre del matrimonio. Entre la hierba había margaritas y dientes de león, y al otro lado del agua se erguía la gigantesca iglesia, como un desafío de su austera geometría contra la locura de las suaves nubes de abril. Un desafío a la locura y al mismo tiempo un complemento de ella, una concordancia con ella en perfecta reconciliación. Así habría debido ser entre él y Molly... así había sido entonces.

- Y los cisnes -canturreó soñadora la voz-, los cisnes...

Sí, los cisnes. Cisnes blancos cruzando el espejo de jade y azabache... un espejo palpitante que se movía y temblaba, de modo que las argentadas imágenes se quebraban a cada rato y volvían a formarse, se desintegraban y recomponían.

- Como las invenciones de la heráldica. Romántica, imposiblemente bellos. Y sin embargo, helos ahí... aves de verdad en un lugar real. Tan próximos a mí, ahora, que casi puedo tocarlos... y sin embargo tan lejanos, a miles de kilómetros de distancia, Lejos, en esas aguas quietas, moviéndose como por arte de magia, suave, majestuosamente...


(Traducido del inglés por Floreal Mazía)

viernes, 8 de abril de 2011

Oliver La Farge: entre la literatura y la antropología


Me encontraba escribiendo el texto correspondiente al jueves para el blog que mantengo con el pretexto de mi novela Una Serenata para Lupe y al abordar el tema de la película basada en la obra con la que Oliver La Farge recibió el premio Pulitzer en 1930, Muchacho sonriente (Laughing Boy), los apuntes sobre su vida -que me parecieron fascinantes-, comenzaron a escaparse de mi control hasta que me vi en la necesidad de trasladar mis comentarios sobre La Farge a este blog, en el que me ocupo de asuntos relacionados con la literatura, y de esa manera dedicar el espacio que corresponde a Lupe Vélez, como protagonista de la adaptación fílmica a la que me refiero, en el exclusivo ámbito del cine.

Los ancestros de La Farge provenían de una diversidad étnica que seguramente contribuyeron a proporcionarle una inclinación antropológica muy adelantada para su época. Fue bautizado con el nombre de Oliver en honor de su abuelo Oliver Hazard Perry, oficial naval de la armada estadounidense a quien se le conoce como el héroe del Lago Eire, por la batalla que ganó en 1812 durante la guerra contra los británicos, con lo cual refrendaba el espíritu de un célebre antepasado suyo que también enfrentó al ejército inglés: William Wallace, el patriota escocés que alcanzó la fama popular gracias la película Corazón Valiente (Braveheart, 1995), de Mel Gibson. Originario de Rhode Island, una de las trece colonias iniciales que se convertirían en Estados Unidos, a su vez era descendiente de William Brewster, que llegó junto con los peregrinos que desembarcaron del Mayflower. Como su apellido La Farge claramente lo indica era de origen francés y en su genealogía también es posible encontrar indios de la tribu Narragansett.

La Farge estudió en Harvard, donde se graduó primero como bachiller en artes y después obtuvo la maestría en 1929. Sin embargo, en 1925 interrumpió sus estudios para viajar a México, invitado por Franz Blom, un danés que había estudiado arqueología también en Harvard, quien desde que llegó a México por primera vez en 1919, se sintió atraído por las ruinas mayas, por entonces casi desconocidas. Éste consiguió el financiamiento de la universidad de Tulane para una expedición a Tabasco, por la que se les acredita a ambos la primera descripción detallada del sitio arqueológico olmeca de La Venta, como quedaría consignado en su ensayo Tribus y templos. Cabe la acotación de que Blom también descubriría las ruinas de Uaxactun en Guatemala y sus apuntes sobre Palenque le ganaron un gran prestigio académico. Permaneció en México hasta su muerte, en San Cristóbal de las Casas, en 1963.

Volviendo con La Farge, siempre se distinguió como un defensor de los derechos de los nativos y muchos años fue presidente de la Asociación para asuntos indios. Se quedó a radicar en Santa Fe, Nuevo México, donde se casó con su segunda esposa, de origen mexicano, Consuelo Baca. Escribió para revistas como The New Yorker y Esquire, cuentos y artículos sobre todo relacionados con la cultura nativa. Pero fueron sus novelas, Las chispas vuelan alto (Sparks Fly Upward, publicada en 1931) -que fue traducida al español y prologada por Ramón J. Sender-, Los dioses enemigos (The Enemy Gods, publicada, 1937), y sobre todo, Muchacho sonriente, las que le merecieron su prestigio como escritor.


La ilustración corresponde a una fotografía de Oliver La Farge, Franz Blom y su guía Tata Lázaro Hernández, en Guatemala durante la expedición arqueológica de 1925. Aparece publicada en la obra de ambos Tribus y templos.

jueves, 7 de abril de 2011

Páginas ajenas: SE OYE DE NUEVO EL MAR, de Salvatore Quasimodo


Desde hace muchas noches se oye de nuevo el mar,

leve, arriba y abajo, sobre la arena lisa.

Eco de una voz encerrada en la mente

que resurge del tiempo; y también este

lamento asiduo de gaviotas, o

pájaros de las torres, que abril

empuja hacia la llanura. Ya

estabas junto a mí con esa voz;

y quisiera que a ti también llegase,

ahora, de mí un eco de memoria,

como ese oscuro murmurar del mar.

miércoles, 6 de abril de 2011

El abril de Ismail Kadaré


Durante mi primera navidad en Canadá, invité a una joven griega a celebrarla juntos en Victoria -capital de la provincia en la que vivo-, en la isla de Vancouver. Al empezar el año nuevo ya estábamos viviendo juntos. Y si bien la experiencia en el aspecto sentimental resultó peor que desafortunada, debo reconocer que fue muy estimulante aprender las costumbres de una cultura tan ajena a la mía. Migena era griega, aunque de origen albanés y muy joven, por entonces le doblaba la edad - tenía 23 años y yo 47-. Fue gracias a ella que leí por primera vez a Ismail Kadaré. En una librería multicultural por desgracia ya desaparecida, conseguí Abril quebrado traducida al español, en la colección denominada Biblioteca Kadaré, de Alianza Editorial. Magnífica edición, por cierto, ya que incluye notas de pie de página para explicar el lenguaje coloquial y las tradiciones del pueblo albanés que, me queda claro, son bastante peculiares. Poco después una amiga viajó desde México y me hizo el favor de traerme El palacio de los sueños. Para cuando la terminé de leer Megi -es decir, Migena-, ya se encontraba viviendo con otro individuo en la ciudad de Montreal. Fue, pues, un romance que no alcanzó a llegar ni al final de la segunda novela. Mi único consuelo fue su infidelidad con el otro sujeto, la cual tuvo el descaro de compartir conmigo a su regreso.

Kadaré, quien ha sido varias veces considerado candidato al premio Nobel de literatura, escribió Abril quebrado en 1978 y la publicó por primera vez en 1980, en plena dictadura. Como la acción se desarrolla en las montañas del norte, en la región de Myzequea (Myzeqeja), que conserva una de las culturas más primitivas de esa nación, resulta importante subrayar el peso del derecho consuetudinario, es decir, los usos y costumbres en dicha zona, por encima de la propia ley. Por ejemplo, algo que me explicaba Megi era que si una persona asesinaba a otra, los miembros de la familia afectada adquirían el derecho de asesinar a su vez a un pariente del homicida primigenio. Y podrían seguir así indefinidamente hasta que por fin alguien detenía las ejecuciones ofreciendo a una de las mujeres de su familia para que tuviera un hijo con sus rivales, y compensar de esa manera la pérdida inicial. Por supuesto que la mujer, en ese caso, no tenía voz ni voto.

Otra cosa que me explicaba -y espero haber comprendido cabalmente, puesto que mi inglés era más deficiente entonces; en cambio ella estudiaba en la universidad de Manchester cuando decidió venirse a radicar a Canadá-, era la manera en que una casa se puede convertir en una especie de santuario para el perseguido. Es algo bastante peculiar: si un sujeto fuese víctima de una persecución y en su huída tocara una puerta, el habitante de esa casa tiene la obligación de proporcionarle refugio e incluso, enfrentar a sus perseguidores. Lo que sí me quedó muy claro, es que podía darse el caso de que se llamara a la puerta de un enemigo y a pesar de ello éste no podía negarle su protección.

Con razón en aquella película basada en La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa (en inglés llevó por título Tune in Tomorrow, filmada en 1990), el personaje de Pedro Carmichael, el escribidor, que interpretaba Peter Falk, se la pasaba culpando de todas las calamidades a los albaneses.

A reserva de ocuparme con más detalle de Abril quebrado, la novela de Kadaré, es un autor del que me voy a permitir recomendar su lectura. Con todo lo exótico que pueda resultar después de lo que acabo de exponer, su obra es por demás interesante. El palacio de los sueños parte de una premisa muy estimulante para elaborar una gran parábola no sólo de la dictadura albanesa en particular, sino de la naturaleza del totalitarismo en general. Espero poder comentarlo en un futuro próximo y en cuanto a Megi, se casó con un albanés y creo que todavía sigue viviendo en Vancouver. No nos hemos vuelto a ver.

martes, 5 de abril de 2011

Páginas ajenas: AL BORRARSE LA NIEVE..., de Antonio Machado


Al borrarse la nieve, se alejaron

los montes de la sierra.

La vega ha verdecido

al sol de abril, la vega

tiene la verde llama,

la vida que no pesa;

y piensa el alma en una mariposa,

atlas del mundo y sueña.

Con el ciruelo en flor y el campo verde,

con el glauco vapor de la ribera,

en torno de las ramas,

con las primeras zarzas que blanquean,

con este dulce soplo

que triunfa de la muerte y de la piedra,

esta amargura que me ahoga fluye

en esperanza de Ella...

lunes, 4 de abril de 2011

Abril bien vale una canción


Como este es un blog sobre literatura, lo predecible sería que emprendiera un recuento antológico de los poemas que hacen referencia al mes de abril, o de novelas que lo mencionan en sus títulos. Me temo que los voy a decepcionar. En el momento en que intentaba redactar este texto, no me fue posible evadir el estribillo de una canción de Joaquín Sabina: ¿Quién me ha robado el mes de abril? Pero de pronto lo que viene a mi memoria son canciones y no poemas. Tal vez por eso se dice que la primavera es la estación más musical del año y si no, que se lo pregunten a Vivaldi, que entre Las cuatro estaciones siempre ha sido la que mejor se recuerda. De manera que me permitiré, entonces, hacer una excepción, tratando de recordar las letras de canciones que en algún momento se ocupen de este mes, que en el hemisferio boreal anuncia la llegada de la primavera. Después de todo, quienes hayan tenido la oportunidad de leer mi novela Decir adiós es morir un poco, pueden constatar que tengo la costumbre de intercalar fragmentos de canciones. Como para subrayar la musicalidad de la vida misma.

Por obvias razones las tonadas que mejor recuerdo son aquellas que estuvieron ligadas a mi juventud. Por ejemplo, De cartón piedra, de Joan Manuel Serrat: "No era como esas muñecas de abril, que me arañaron de frente y perfil, que se comieron mi naranja a gajos, que me arrancaron la ilusión de cuajo". Canción que conmovía mucho a Gabriela Pumarejo, mi primera esposa, por la locura de aquel hombre enamorado del maniquí al cual veía en un aparador.

Todavía era niño cuando un grupo mexicano, los hermanos Carrión, cantaba Las cerezas, que dice: "Para abril o para mayo, veré, que me ofrezcas la primera prueba de amor. Para abril o para mayo, tendrás, un poquito de coraje y me besarás". Ahora que lo escribo me parece bastante cursi. Todo lo contrario de Tú y yo, que cantaba La oreja de Van Gogh, y que más bien denota desamor: "Somos dos novios que no tienen mes de abril, que no se miran porque sí, que no se hacen reir".

Imposible ignorar Como esperando abril, del trovador cubano Silvio Rodríguez: "Mucho más allá de mi ventana, algodones jugaban a ser un jardín en espera de abril". Otro cubano, aunque nacionalizado mexicano, Francisco Céspedes, canta Te soñé lluvia de abril: "Quise ser como niño otra vez echando a correr bajo la lluvia de abril y llegar empapado a tus brazos". Fito Páez tiene su Bello abril, con esa típica manera de conjugar de los argentinos: "Dios santo que bello abril. Dios santo que bello abril sos vos".

Me gusta mucho Ana Belén, cuando viajaba de la ciudad de México a Vancouver sabiendo que iba a ser por una larga temporada -nunca imaginé que tanto, dentro de unos meses ya serán diez años-, me vi en la necesidad de seleccionar los discos que más me interesaba conservar, entre ellos estaba precisamente Rosa de amor y fuego. Y aunque Se detuvo abril no se encuentra incluido en dicha grabación, tratándose de ella no lo podría pasar por alto: "Se detuvo abril, el cielo rojo y gris; desangrándose la tempestad va empapándome en felicidad", y luego añade: "Se detuvo abril y el tiempo en el jardín, podría morir así". De nuevo es Ana Belén quien repite en el estribillo de Quién eres tú: "Como pesa el calendario sin ti, en la cruz que hay en tu mano lo vi, esta tumba que es mi cama aún conserva restos de ti, ¡llueve maldito abril! ¡es primavera una vez más, maldito abril!".

Presuntos Implicados incluyó Un día de abril en su disco El pan y la sal. Tanto la letra como la música son de Soledad Sole Giménez, cuya voz es una de mis favoritas en español. Su versión de A la sombra de un león, de Sabina, me parece espléndida. Pero regresando a nuestro tema, el mes de abril: "Eres para mí buenaventura, promesa que abril sembró en este lugar... Tú eres el bien que me dibujará un día de abril con veinte años más".

Ahora recuerdo una canción de Maná que no me agrada porque la considero algo así como una paráfrasis de la Penélope de Serrat, sin embargo, por no dejar, también la mencionaré. Se llama En el muelle de San Blas: "Su cabello se blanqueó, pero ningún barco su amor le devolvía y en el pueblo le decían la loca del muelle de San Blas y una tarde de abril la intentaron trasladar al manicomio, nadie la pudo arrancar y del mar nunca jamás la separaron". La imagen me remite a Meryl Streep, muy joven, cubierta por una capucha, de pie en un nebuloso muelle inglés, en la película La amante del teniente francés.

Si alguno de los lectores que se haya detenido en este recuento de abril, puede añadir títulos a la lista, serán siempre bien recibidos. Después de todo, como ya lo he advertido en el título, no hay duda de que abril se merece unas canciones.

jueves, 31 de marzo de 2011

Decir Adiós es morir un poco (página 128)


De regreso a tu casa, vuelves a pensar en lo que podrían estar ideando los involucrados en "el colchoncito" para su defensa. Eliot, el poeta, debió equivocarse cuando afirmó que "abril es el mes más cruel". Para todos ellos, sin duda, será mayo. Un mes o el otro, qué más da. Cuando éramos niños nos aseguraban que, si actuábamos mal, tarde o temprano recibiríamos el castigo correspondiente. Más debido a la justicia divina que a la humana. Pero de ésta, con todos sus defectos, al menos tienes la certidumbre de que existe e incluso en algunas ocasiones hasta se aplica. Como se plantea en la novela que estás leyendo, la ley es un mecanismo imperfecto que no siempre logra establecer la justicia. Pero la otra, la celestial, ¿de veras existirá? Porque sólo de imaginar por un momento que no... prácticamente toda la moral de la sociedad sería un desatino.
 
 
Jules Etienne

miércoles, 30 de marzo de 2011

Otras lluvias de marzo

 
Las lluvias de esta época, en Vancouver, son ya las últimas, señalan el fin del invierno. Mientras que en el resto del país lo que cae es nieve, aquí, en donde la temperatura raras veces desciende bajo cero, lo que tenemos es una larga temporada de lluvias que da principio en diciembre. Admito que prefiero la nieve, pero cada vez que lo expreso las voces de protesta no se hacen esperar. El caso es que este año, a partir de los festejos de San Patricio, hemos tenido más días soleados de los habituales. Hasta el lunes, en que se dio una casualidad con una precisión digna de mejor causa. Me encontraba releyendo Pedro Páramo, luego de que podría decirse que Werner Herzog lo decidió por mí, y al llegar a la página 93:

"Allá afuera se oía el caer de la lluvia sobre las hojas de los plátanos, se sentía como si el agua hirviera sobre el agua estancada en la tierra. Las sábanas estaban frías de humedad. Los caños borboteaban, hacían espuma, cansados de trabajar durante el día, durante la noche, durante el día. El agua seguía corriendo, diluviando en incesantes burbujas."

Lo curioso del asunto es que toda la novela transpira una atmósfera polvosa y a menudo calcinante, es muy poco lo que se puede encontrar en ella sobre la humedad de la lluvia, y leyendo precisamente ese párrafo escuché como unas gotas empezaban a golpear en mi ventana y desde entonces no ha cesado de llover. Como en el Macondo de García Márquez, en que Isabel miraba la lluvia cuando "El invierno se precipitó un domingo...", esto sucede después de un largo verano de siete meses por lo que los personajes la reciben "Alegres de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas."

En el relato -que es un monólogo interior-, se describe como la lluvia empieza a caer sobre Macondo un domingo y se vuelve cada vez más intensa hasta alcanzar el rango de tormenta para convertirse en un auténtico diluvio. Por fin, el jueves, que Isabel supone viernes, deja de caer: "Sólo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte." Y concluye su propuesta onírica de una manera que no podría estar más apegada al espíritu que caracteriza el estilo de su autor: "Dios mío -pensé entonces confundida por el trastorno del tiempo-. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado."

Los pronósticos del tiempo anuncian que mañana seguirá lloviendo. Tal vez me vuelva a ocupar del tema. Después de todo la lluvia, junto con el mar y la luna, son una constante poética.


Jules Etienne

lunes, 28 de marzo de 2011

Juan Rulfo: páginas del purgatorio


Había leído por primera vez Pedro Páramo como una encomienda escolar durante mi adolescencia. No fue, sin duda, la mejor manera de ingresar al universo de ánimas atormentadas de Juan Rulfo. Recuerdo que por aquella época Javier Herrera, uno de mis compañeros y amigo inseparable, se quejaba no sólo de que no le había gustado, sino de que su lectura había sido una auténtica condena. Sería justo aclarar que Javier no era un mal lector -mucho menos si se toma en cuenta nuestra edad-, e ignoro si habrá mantenido su fobia hacia la obra o la habrá modificado con el tiempo, como me sucedió a mí, que había expresado mi solidaridad incondicional con su opinión.

Cuando la leí de nueva cuenta, bajo la perspectiva ávida de mi formación posterior, en la universidad, quedé deslumbrado. Claro, para entonces ya intentaba escribir mis primeros cuentos -incluso con uno de ellos había obtenido un premio en Argentina-, y estaba mucho más consciente de las dificultades que implicaba la creación literaria, con mayor razón una novela tan compleja con esa atmósfera onírica que oscila entre la realidad, la culpa y los empeños del olvido. Recuerdo que en alguna ocasión Hugo Gutiérrez Vega, en una de sus clases, nos señalaba que hay libros fáciles y libros difíciles. Se me quedó muy grabado. Creí comprenderlo y con el tiempo elaboré mi propia teoría al respecto suponiendo que dicha denominación tendría que referirse a los dos aspectos, tanto al proceso creativo como a su lectura posterior. Lo cual nos permitiría separar entre el concepto del esfuerzo que exigen a su autor o el que requieren de su correspondiente lector. Por ejemplo, Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, fue una obra muy difícil de escribir: las primeras versiones fueron rechazadas por los editores y le tomó alrededor de una década concluirla. Su correspondiente lectura resulta, a la vez, muy demandante. En cambio Pedro Páramo no me parece, a pesar de su intrincada naturaleza, una obra de lectura difícil. Tratar de analizarla, en cambio, sí lo es.

Sin embargo, una forma esquemática de abordarla sería considerando que sus personajes han muerto y son ánimas en el purgatorio de sus propios recuerdos. Fue precisamente esto lo que inspiró un párrafo de mi novela Decir adiós es morir un poco:

Otras mitologías como la griega y la alemana, están pobladas por personajes ficticios para explicar el génesis de su propia raza. Los mexicanos hemos poblado la nuestra con muertos reales: héroes sacrificados y villanos traidores. Morelos e Iturbide, Sierra y Díaz, Madero y Huerta, todos juntos por un solo boleto, con el deambular cotidiano de sus almas en pena entre los vivos, como páginas de Pedro Páramo en este purgatorio colectivo en que hemos convertido la patria. Somos un rencor vivo por el olvido en que nos tuvo... y todavía nos tiene. Olvidados. Los Olvidados ¿de Dios? ¿Un pueblo con tanta fe?

Lo dramático y a la vez exasperante de los personajes en la novela de Rulfo es que ya han perdido la fe:

- ¿Verdad que la noche está llena de pecados, Justina?

- Sí, Susana.

- ¿Y es verdad?

- Debe serlo, Susana.

- ¿Y qué crees que es la vida, Justina, sino un pecado? ¿No oyes? ¿No oyes cómo rechina la tierra?

- No, Susana, no alcanzo a oir nada. Mi suerte no es tan grande como la tuya.

Para más adelante concluir ese mismo diálogo:

- ¿Tú crees en el infierno, Justina?

- Sí, Susana. Y también en el cielo.

- Yo sólo creo en el infierno -dijo. Y cerró los ojos.

Tal vez el fragmento más explícito, es cuando Juan Preciado dice: "Por eso es que ustedes me encontraron muerto (...) Ya te lo dije desde un principio. Vine a buscar a Pedro Páramo, que según parece fue mi padre. Me trajo la ilusión." A lo que Dorotea le responde:

- ¿La ilusión? Eso cuesta caro. A mí me costó vivir más de lo debido. Pagué con eso la deuda de encontrar a mi hijo, que no fue, por decirlo así, sino una ilusión más; porque nunca tuve ningún hijo. Ahora que estoy muerta me he dado tiempo para pensar y enterarme de todo. Ni siquiera el nido para guardarlo me dio Dios. Sólo esa larga vida arrastrada que tuve, llevando de aquí para allá mis ojos tristes que siempre miraron de reojo, como buscando detrás de la gente, sospechando que alguien me hubiera escondido a mi niño. Y todo fue culpa de un maldito sueño...

viernes, 25 de marzo de 2011

Cuando Pedro Páramo aprendió a hablar en alemán


Leo en las noticias que Werner Herzog, el cineasta alemán, se encuentra de visita en México y se declara un entusiasta de Pedro Páramo, a la que considera como la novela más fina que se haya escrito en América Latina, la cual acostumbra a releer con frecuencia. Asegura que, incluso, es capaz de citar algunos pasajes de memoria.

La aseveración no me sorprende. Al lado de los méritos de sobra conocidos que le atribuyen el rango de obra maestra, también habría que tomar en cuenta que la primera lengua a la que se tradujo la novela de Rulfo fue el alemán, antes que al inglés o francés. Esto debido a que en México radicaba -durante la época en que apareció publicada por primera vez-, exiliada del nazismo, Mariana Frenk, quien se hizo cargo de la correspondiente traducción. Por eso a Pedro Páramo se le conoce en Alemania desde el otoño de 1958, cuando fue editada por Carl Hanser. A pesar de que la reacción de los lectores tomaría más años de los previstos, la crítica en cambio se volcó en elogios inmediatos sobre la novela de un autor mexicano por entonces desconocido.

Fue hasta la Feria del Libro de Frankfurt, en 1976, cuando Alemania también se incorporó a la moda de lo que el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal había bautizado como "el boom latinoamericano", desde su cátedra en la universidad de Yale, que por fin Pedro Páramo alcanzó la difusión que daría origen a innumerables tesis de posgrado en aquel país.

No habrá sido sencilla la labor de traducir el lenguaje tan característico de los habitantes de una determinada región del México rural, con todos sus modismos coloquiales: "Mañana, en amaneciendo te irás conmigo, Chona. Ya tengo aparejadas las bestias"; o también: "Mira, se mueve. ¿Te fijas como se revuelca? Igual que si lo zangolotearan por dentro. Lo sé porque a mí me ha sucedido", a lo que recibe como respuesta, "Se rebulle sobre sí mismo como un condenado. Y tiene todas las trazas de un mal hombre. ¡Levántate, Donis! Míralo. Se restriega contra el suelo, retorciéndose. Babea. Ha de ser alguien que debe muchas muertes. Y tú ni lo reconociste". En contraste con el carácter poético de su prosa en esa misma página: "Aclaraba el día. El día desbarata las sombras. Las deshace. El cuarto donde estaba se sentía caliente con el calor de los cuerpos dormidos. A través de los párpados me llegaba el albor del amanecer..."

Y ni qué decir de los nombres de los personajes, ya que algunos de ellos implican un sentido simbólico: Pedro Páramo (Pedro significa piedra y un páramo es desértico), Fulgor Sedano, Dolores Preciado, o apodos como el de Dorotea la Cuarraca. Debió ser bastante complicado tratar de traducirlos y no les habrán quedado más que dos opciones, o rebautizarlos con toda libertad o respetarlos en español, aunque el lector extranjero haya perdido con eso la riqueza de sus connotaciones. Entiendo que esto último es lo que se hizo. Según Marie-José Lamorlette: "En algunos casos es necesario adaptar para ser perfectamente fiel, es decir, modificar algunos términos o elementos portadores de sentido en la lengua de partida a modo de infundirle el mismo sentido en la lengua de llegada".

Tal vez por eso se dice que las traducciones son como las amantes: cuando son hermosas son infieles y sólo las feas son fieles.


La ilustración corresponde a una fotografía de Werner Herzog.

jueves, 24 de marzo de 2011

Sin táctica ni estrategia


A mediados de la década de los setenta, cuando me encontraba estudiando en la universidad, estaba de moda ser hippie o radical. No había lugar para los moderados -mucho menos para los conservadores-, y de inmediato se nos etiquetaba de revisionistas, como si fuera un insulto. En realidad esa fue la acusación con que Stalin emprendió al acoso de Trotsky. Hoy en día, casi cuarenta años después, lo vergonzoso sería simpatizar con el estalinismo.

Regresando al pasado, debió ser por iniciativa de uno de mis maestros que impartía alguna de las materias relacionadas con la literatura, tal vez René Avilés Fabila, que nos daba Literatura y Sociedad, el poeta Hugo Gutiérrez Vega con quien llevaba Literatura y Periodismo, o Gustavo Sáinz que tenía una adjunta llamada Lucy, y era lo mejor de su clase. No lo recuerdo con precisión puesto que a esa edad era lo que menos importaba, el caso es que una mañana suspendieron las clases para que pudiéramos acudir al salón más amplio de la facultad, porque habían invitado a Mario Benedetti a conversar con el alumnado.

Por entonces yo había leido los cuentos de La muerte y otras sorpresas, que era más o menos reciente (fue publicada en 1968) y Quién de nosotros, además de algunos poemas sueltos -todavía no había adquirido la costumbre de leer poesía con asiduidad-. Es decir, lejos de ser un experto en su obra, tampoco la desconocía. Por supuesto que no faltaron los que aprovecharon para evadir la charla y se fueron de pinta o a vagar por las llamadas islas, que se ubicaban en la zona posterior de la facultad.

Como no era una conferencia formal ni nada por el estilo, Benedetti improvisó algo, platicó un poco de lo que recién había escrito y nos propuso una sesión de preguntas y respuestas. De inmediato se apoderaron de la palabra aquellos que tenían mayor experiencia en asambleas y manejaban su típico lenguaje. Como era de suponerse, encaminaron lo que pudo ser un conversación sobre la experiencia de la creación literaria, las corrientes poéticas o las tendencias de la novela, para secuestrarla por los recovecos de lo que consideraban más importante: la situación política del tercer mundo (que entonces era un concepto recién acuñado), la explotación de América Latina, el imperialismo, el bloqueo a Cuba, y algunos disparates propios de la época. Los demás callamos respetuosos escuchando a Benedetti responderles lo que deseaban escuchar. Al salir del aula un reducido grupo a quienes nos interesaba más Benedetti el escritor, el poeta, nos quedamos a rumiar nuestra frustración. Una joven de la vecina facultad de Filosofía y Letras, de veras indignada, nos comentaba su rechazo. Cuando otro compañero muy arrogante de quien sólo recuerdo su apodo, la acusó, juzgó y condenó, en una misma frase: "¿Estudias Letras y todavía lees a Benedetti?".

Todo esto sucedió antes de que él apareciera en la película El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela, o de que Serrat grabara un disco musicalizando algunos de sus poemas: "Una mujer desnuda y en lo oscuro tiene una claridad que nos alumbra". Hay quienes piensan que su obra es demasiado ligera, apropiada para adolescentes, por lo que cuando se incursiona en la lectura de autores más ambiciosos, se abandona a Benedetti de una vez por todas y para siempre. No ha sido mi caso. Hay cosas de él que me parecen disfrutables y otras que me siguen interesando. A menos que en el fondo siga siendo un adolescente, lo cual no me parece tan remoto.

Precisamente el poema con el que me permití formar el juego de palabras para dar su título al presente texto -considerando que a final de cuentas resultó una oportunidad malograda-, me sigue gustando: "Mi táctica es hablarte y escucharte, construir con palabras un puente indestructible..." Era, por cierto, el favorito de Jessica, a quien hace ya diez años que no veo -el tiempo es implacable, no cabe duda-.

Y pensar que platicamos con Benedetti de asuntos que ahora ni siquiera recuerdo pero que suponíamos trascendentes, pudiendo aprovechar la ocasión para ocuparnos de poemas y novelas. ¡Qué desperdicio!

miércoles, 23 de marzo de 2011

Páginas ajenas: LA TREGUA, de Mario Benedetti


(Fragmento)

Viernes 22 de marzo

Corrí veinte metros para alcanzar el omníbus y quedé reventado. Cuando me senté, creí que me desmayaba. En la tarea de quitarme el saco, de desabrocharme el cuello de la camisa y moverme un poco para respirar mejor, rocé dos o tres veces el brazo de mi compañera de asiento. Era un brazo tibio, no demasiado flaco. En el roce sentí el tacto afelpado del vello, pero no lograba identificar si se trataba del mío o el de ella o el de ambos. Desdoblé el diario y me puse a leer. Ella, por su parte, leía un folleto turístico sobre Austria. De a poco fui respirando mejor, pero me quedaron palpitaciones por todo un cuarto de hora. Su brazo se movió tres o cuatro veces, pero no parecía querer separarse totalmente del mío. Se iba y regresaba. A veces el tacto se limitaba a una tenue sensación de proximidad en el extremo de mis vellos. Miré varias veces hacia la calle y de paso la fiché. Cara angulosa, labios finos, pelo largo, poca pintura, manos anchas, no demasiado expresivas. De pronto el folleto se le cayó y yo me agaché a recogerlo. Naturalmente, eché una ojeada a las piernas. Pasables, con una curita en el tobillo. No dijo gracias. A la altura de Sierra, comenzó sus preparativos para bajarse. Guardó el folleto, se acomodó el pelo, cerró la cartera y pidió permiso. "Yo también bajo", dije, obedeciendo a una inspiración. Ella empezó a caminar rápido por Pablo de María, pero en cuatro zancadas la alcancé. Caminamos uno junto al otro, durante cuadra y media. Yo estaba aún formando mentalmente mi frase inicial de abordaje, cuando ella dio vuelta la cabeza hacia mí, y dijo: "Si me va a hablar, decídase".

Domingo 24 de marzo

Pensándolo bien, que caso extraño el del viernes. No nos dijimos los nombres ni los teléfonos ni nada personal. Sin embargo, juraría que en esta mujer el sexo no es un rubro primario. Más bien parecía exasperada por algo, como si su entrega a mí fuera su curiosa venganza contra no sé qué. Debo confesar que es la primera vez que conquisto una mujer tan sólo con el codo y, también, la primera vez que, una vez en la amueblada, una mujer se desviste tan rápido y a plena luz. El agresivo desparpajo con que se tendió en la cama, ¿qué probaba? Hacia tanto por poner en evidencia su completa desnudez que estuve por creer que era la primera vez que se encontraba en cueros frente a un hombre. Pero no era nueva. Y con su cara seria, su boca sin pintura, sus manos inexpresivas, se las arregló, sin embargo, para disfrutar. En el momento que consideró oportuno, me suplicó que le dijera palabrotas. No es mi especialidad, pero creo que la dejé satisfecha.


La ilustración corresponde a una fotografía de Mario Benedetti en un autobús.

martes, 22 de marzo de 2011

Un lugar que comunica mi infancia con mi muerte


Me asumo un lector voraz de la obras de Manuel Vázquez Montalbán en las que el detective Pepe Carvalho es su protagonista. Mi novela Decir adiós es morir un poco está dedicada a la memoria de dos escritores fallecidos: a Edmundo Valadez, quien fuera mi maestro en un taller literario que tuvimos hace muchos años, y a Vázquez Montalbán: "por su muerte en Bangkok, con los aviones a manera de pájaros y para agradecer el viaje a los mares del sur al que me invitara la tarde de un domingo en la ciudad de México". Esa tarde a la que me refiero, me acompañaba un entrañable amigo a quien la distancia ha desvanecido de mi vida pero no de mis afectos, escritor, guionista de cine, autor de un excepcional ensayo sobre Buñuel, pero sobre todo un cálido ser humano: Pancho Sánchez. En dicha ocasión también iba con nosotros el cineasta Mario Hernández. Adquirí un ejemplar de Los pájaros de Bangkok y otro de Los mares del sur, editadas en pasta dura por Planeta, y Vázquez Montalbán me los dedicó.

Esos dos ejemplares los dejé, junto con el resto de mi biblioteca, encomendados a Beatriz Maupomé, cuando tuve que salir de México para venirme a radicar a Canadá. Estando ya aquí me hizo lo que al personaje de Kafka en El proceso, me acusó de algo muy serio que nunca he sabido que fue, hasta la fecha. Pero cuando conversábamos por teléfono me subrayaba con la proverbial indignación femenina: "Tú bien sabes a que me refiero". Y no, lamento confesar que casi una década después, todavía desconozco la gravedad de aquello que se supone fue mi responsabilidad. Durante algún tiempo me angustió, hasta que logré convencerme de que -como diría Arturo de Córdova-: "no tiene la menor importancia". Se le atribuye a Séneca la frase de que el tiempo cura lo que la razón no es capaz de curar, acepté la pérdida de quien había sido una persona muy cercana y por la que mantenía un afecto muy especial y ahora, de manera por demás mezquina, ya no extraño tanto a los seres que dejé en México, anclados en una etapa que cada vez me parece más lejana de mi historia individual. En cambio, sigo lamentando haber perdido los dos ejemplares que me había dedicado Vázquez Montalbán, así como uno de La muerte tiene permiso, en el que Edmundo Valadez había dejado un testimonio de nuestra amistad y que, lo tengo muy claro, lo hizo cuando ambos coincidimos en un congreso de escritores en Zacatecas.

Trabajando como voluntario en Inland Refugee Society, a lo cual me dediqué casi tres años, me vi forzado a aceptar que no debemos aferrarnos a los objetos que tienen un valor sentimental, aunque sean el símbolo de algo que consideramos importante en nuestra vida. Después de todo, son meros referentes. Lo esencial permanece en nuestra memoria. Mi tarea en ese lugar era abrir el expediente de los clamantes de refugio recién llegados. Tuve la oportunidad de tratar con personas que provenían de la guerra de Kosovo, en la que habían perdido a la totalidad de su familia; chinos que eran víctimas de la cacería racial en Indonesia; o africanos que eran los últimos sobrevivientes de alguna tribu -entre ellos un par de adolescentes que habían escapado a pie a través de las montañas y estaban esperando que sus padres las alcanzaran, tal y como lo habían acordado, aquí en Vancouver. ¿Cómo decirles que era muy probable que jamás llegaran?-. Muchos de ellos viajaban, huían más bien, con las manos vacías, sin siquiera una chamarra para cubrirse durante el implacable invierno canadiense. De manera que mis novelas autografiadas me parecieron tan poca cosa en aquellos momentos. Lo único que me resta por desear es que Beatriz, quien al ser filóloga tenía un gran respeto por los libros, no se haya deshecho de ellos. Poco importa que hayan dejado de pertenecerme.

Mi intención original era ocuparme de La rosa de Alejandría, para relacionarla de alguna manera con el cuento Glaciar, incluido en el volumen La locura juega al ajedrez, de Enrique Anderson Imbert, incitado por el contacto que he podido recuperar con los antiguos compañeros preparatorianos en mi natal Tampico. Una suerte de equivalencia personal del Bósforo al que alude Ginés Larios en La rosa de Alejandría, como el lugar que "comunica mi infancia con mi muerte".

He agotado el espacio de hoy y mañana planeo dedicarlo a un fragmento de La tregua, de Mario Benedetti. Será en otra ocasión cuando por fin concluya esto que he iniciado con la recién llegada primavera.


La ilustración corresponde a una fotografía
de pájaros volando en un parque de Bangkok, Tailandia.

viernes, 18 de marzo de 2011

Cuando nos disfrazamos de irlandeses


Todos portaban alguna prenda de color verde o sombreros como los que usan los gnomos conocidos como leprechaun. Algunas mujeres se pintaron un trébol de tres hojas en el rostro. Las lluvias de marzo nos obsequiaron una tregua. Fue un día espléndido, frío y soleado. Por la noche, la luna llena estuvo nimbada por las nubes como para provocar los aullidos de algún licántropo. Pero los únicos aullidos eran los de los jóvenes formados en filas que parecían interminables para ingresar a los antros.

Las banquetas del centro de la ciudad fueron invadidas por gaiteros, uno de ellos, caminando sobre zancos, habría ganado un premio a la popularidad si lo concedieran. Pero de todas maneras se veía feliz permitiendo que le tomaran fotografías con esta y con aquél, con estos y con aquellas, incluida una adolescente ebria que estuvo a punto de derribarlo pero el gaitero, haciendo gala de su habilidad, sólo trastabilleó y desafinó una nota, pero no perdió el equilibrio ni la melodía. Desde la acera de enfrente, un joven con su guitarra eléctrica tocaba un blues que no venía al caso, lo importante era mantener el espíritu festivo.

Es que se celebraba el día de San Patricio y el que no sea irlandés tiene derecho a fingir que lo es. Si el verdadero nombre de Guillén de Lampart era William, había nacido en Wexford y quería la independencia de México de la corona española, en tanto que John Riley se hacía llamar Juan al frente del legendario Batallón de San Patricio que peleaba del lado de los mexicanos contra los gringos invasores, ¿qué les puede impedir a los mexicanos festejar ese día como irlandeses?

Ya casi me olvidaba que se supone debo ocuparme de escritores y su obra. No dejaré de mencionar entonces que James Joyce, el innovador que transformó para siempre la novela en lengua inglesa, era irlandés, nativo de Dublín, como también lo era Bram Stoker, el creador de Dracula, lo mismo que dos premios Nobel de literatura: George Bernard Shaw, quien lo obtuvo en 1925, y Samuel Beckett, el alumno de Joyce que revolucionó el arte dramático con su teatro del absurdo, y que lo recibió en 1969. Cuando nació Oscar Wilde, otro célebre dublinés, en 1854, Irlanda formaba parte del Reino Unido, y por eso se asegura con frecuencia que era inglés: "Soy irlandés de raza pero los ingleses me condenaron a hablar la lengua de Shakespeare".

El domingo tendremos el desfile con bandas de música, carros alegóricos y personajes ataviados de manera alusiva a las tradiciones y leyendas celtas. Vancouver se disfraza de Dublín aunque sólo sea para beber cerveza Guinness en los Irish pubs. Unas jóvenes asiáticas, menuditas, los ojos rasgados, sonrientes, con sus sombreros verdes, se pretendían irlandesas. Era San Patricio. El que no sea irlandés debe por lo menos intentar parecerlo. Se vale por un día. Es un pretexto para celebrar.

jueves, 17 de marzo de 2011

Una mujer rodeada por la nieve


Con el pretexto de que José Donoso era chileno, me voy a referir a mi reciente texto sobre los poetas chilenos y la nieve, el cual propició que recibiera un comentario con el correspondiente saludo de Alonso Soto, uno de los jóvenes chilenos que el año pasado fueron no sólo mis inquilinos sino también mis vecinos. Durante ese lapso me contaron algunas leyendas de tradición oral típicas de su tierra, entre las que rescato las de La Pincoya, una especie de sirena que procura salvar a quienes naufragan en las aguas del archipiélago de Chiloé, el Caleuche, barco fantasma de malos augurios, y la que más me hecho reír: la del Trauco. Las tres que menciono, junto con otras, han sido reunidas en el formato de cómic bajo el nombre de Chilemitos. Espero más adelante tener la oportunidad de compartirlas con aquellos que tienen la paciencia de visitar este blog.

El caso es que mantengo un grato recuerdo de estos muchachos, del intenso Pablo Lavanderos, quien debe haber sido el chileno en el hemisferio boreal que más celebró los goles y los triunfos de la selección de su país durante la pasada copa del mundo, de Gabriela Céspedes, la única guapa, quien ya se encuentra de regreso aunque viviendo hasta el otro lado de la bahía, en North Vancouver, lo cual nos ha dificultado un poco cada vez que nos encontramos, y el resto de ellos, Simón, un inglés con apariencia de chileno -así como podría decirse de Borges, que parecía argentino-, el tocayo Julio, Felipe y Alejandro. Pero de entre todos ellos comparto con Alonso el hábito de leer poesía. Y en el comentario que consigno, me hizo llegar su observación sobre un extenso poema de Nicanor Parra, titulado La mujer, ya que me había limitado a los trabajos poéticos de Pablo Neruda y Gabriela Mistral, sus dos premios Nóbel de literatura, así como de Vicente Huidobro y Gonzalo Rojas -un par de poetas que disfruto mucho-. De manera que, para compensar la ausencia de Parra y agradecer la atención de Alonso, aprovecho esta ocasión para reproducir un fragmento relativo a la nieve, del poema que me ha hecho llegar desde las montañas donde nacen los cóndores:

La mujer había elegido el lecho de un río para levantar sus tablas
Los utensilios domésticos yacían amontonados
Paisajes, matorrales se veían
Se veían piedras.
Todo esto ocuría en el corazón de una isla
Qué isla era aquella dios santo
Dios Santo
quién era yo para reírme de Cronos
Preguntaba a la hija idiota qué es aquello
Apuntando con el índice hacia unos cerros próximos
¡Nieve! respondía ella
Correcto, era nieve. En verdad era nieve.
Me daba vueltas y sin dejar de reír preguntaba de nuevo
Mirando ahora hacia el otro confín.
Nieve respondía de nuevo.
Estábamos rodeados de nieve
pero era el corazón del verano.

Por cierto, dentro de unos días, cuando aquí termine el invierno, allá en el sur estará concluyendo el verano. Nicanor Parra despreciaba a otros poetas, en su Manifiesto creo advertir una diatriba contra Borges cuando dice: "Al poeta Ratón de Biblioteca" y este es su breve antipoema Quédate con tu Borges:

él te ofrece el recuerdo de una flor amarilla
vista al anochecer
años antes que tú nacieras
interesante puchas que interesante
en cambio yo no te prometo nada
ni dinero ni sexo ni poesía
un yogur es lo + que podría ofrecerte

Sin embargo, mantuvo su admiración por Neruda. En su discurso de bienvenida por la incorporación de éste a la Universidad de Chile, en 1962, iniciaba Parra asegurando que "Hay dos maneras de refutar a Neruda: una es no leyéndolo, la otra es leyéndolo de mala fe. Yo he practicado ambas, pero ninguna me dio resultado".

De manera, Alonso, que considero saldada la deuda de haber pasado por alto a Nicanor Parra, según entiendo tu poeta favorito. En mi caso, pienso seguir leyendo a Neruda... y a Borges.


La ilustración corresponde a una fotografía del atardecer en la cordillera de Los Andes.

martes, 15 de marzo de 2011

Una Serenata para Lupe (fragmento inicial)



"Estoy muy cansada de todo esto y no sé que hacer conmigo misma": Lupe Vélez

- No sé de que podrías tener miedo, Estelle -más que dirigirse a su amiga, Lupe dejó que la pregunta flotara en su propia incertidumbre y desvió la mirada sin esperar respuesta-. Estoy llegando a un punto en donde lo único que temo es la vida.

Debió ser por el fresco de la madrugada, pero su voz sonaba ajena, como si hubiera dejado de pertenecerle, con un ligero temblor que Estelle atribuyó al frío. Tenía la fragilidad de un lamento quebradizo a punto de romperse y no se percibían en ella vestigios de su intensidad habitual. El automóvil se alejó hasta perderse en la oscuridad de North Rodeo Drive mientras la figura de Lupe Vélez, de por sí menudita, se fue haciendo más pequeña por el espejo retrovisor, pero su amiga ya no alcanzó a verla entrar de nuevo en la casa, seguida por los fieles Chips y Chops que ladraban su propia inquietud. Adiós Estelle, hay muchas cosas más que quisiera decirte, que ya nunca sabrás... Eran casi las cuatro y la señora Kinder la esperaba despierta. Todavía le preguntó si se le ofrecía algo, pero en realidad Lupe ya no necesitaría gran cosa, acaso un frasco de seconales y redactar unas notas de despedida. A veces me siento como si tuviera cien años, como si fuera una anciana lista para el asilo. ¡Dios santo! ¿Cuánto habré vivido que ni siquiera lo noté? Entre tanto frenesí, su existencia había dejado de ser una suma con los trozos de sueños y pesadillas para tornarse una última resta de lo que ya no sería.

Empezó a escribir con su letra torpe, de rasgos infantiles, unas líneas para Harald y recordó el día en que lo había conocido. ¿Por qué tuviste que atravesarte en mi camino? ¿Cómo fui a enredarme con un hombre que no sirve ni para bolearse los zapatos? Su arraigado catolicismo la mantenía convencida de que la vida es como un mapa trazado por un ser supremo y es muy poco lo que puede hacer la voluntad. Había vivido y moriría bajo la sombra de un determinismo religioso. Y pensar que hasta llegué a imaginarme que podíamos compartir la vida. Visitaba el foro en el que filmaban El Pirata y la dama, para encontrarse con Arturo de Córdova, cuando un desconocido llamó su atención: un joven aventirero, atractivo, de origen confuso y pasado fantasioso, que se prestaba para incitar los celos de aquél. Sin embargo, de Córdova solía mantener la tibieza, sobre todo en materia de romances, y fiel a su estilo se habrá dicho a sí mismo: "No tiene la menor importancia", para dar vuelta a la página y cerrar el capítulo que llevaba el nombre de Lupe Vélez. Estoy tan cansada de todo el mundo. La gente cree que peleo por capricho, por puro gusto; pero es que en realidad siempre he tenido que pelear por todo. Desde que era una niña no he hecho otra cosa que pelear.

A través de la ventana percibió una brisa templada que provocaba el murmullo de las hojas al caer presagiando el fin del otoño. A la distancia, se escuchaba la tonada de Serenata a la luz de la luna. Algún vecino debería estar rindiendo una suerte de homenaje premonitorio a Glenn Miller, quien desaparecería al día siguiente en un vuelo militar que nunca llegó a París, su destino original, tal vez derribado por la artillería alemana. Eran tiempos de guerra, pero Lupe ya tenía la suya propia como para todavía andar pensando en las guerras ajenas. Había luchado tanto y estaba por perderlo todo.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Epigrama: CUARESMA



Tras de tanta algarabía y risa

la última noche de carnaval,

el festejo concluye en ritual

con una cruz de ceniza.
 
 
Jules Etienne

La ilustración corresponde a El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma (1599),
de Pieter Brueghel, el viejo.

martes, 8 de marzo de 2011

Epigrama: CARNAVAL



Afán de subvertir la realidad,

provocar la carcajada tenaz.

Máscaras que ocultan la identidad:

la verdad bajo un disfraz.
 
 
Jules Etienne

miércoles, 2 de marzo de 2011

PAÍS DE NIEVE: El discreto encanto de la sutileza


Yasunari Kawabata fue el primer japonés en recibir el premio Nobel de literatura en 1968. Al lado de La casa de las bellas durmientes y El maestro de Go, figuran dos novelas en cuyos títulos aparece implícita la nieve: Primera nieve en el monte Fuji, y País de nieve, la obra que mejor lo identifica. La academia sueca explicó que su decisión había sido motivada "por la maestría de su prosa, por medio de la cual expresa con gran sensibilidad la esencia del pensamiento nipón".

Kawabata se refería a la región en que transcurre su novela como "la espalda de Japón". Y es que la zona occidental de la isla de Honshu es el lugar en el que cae más nieve de todo el mundo. En el invierno, los vientos que soplan desde Siberia van acumulando humedad a su paso sobre el mar y terminan por estrellarse contra las montañas dejando caer una cantidad insolente de nieve. De tal manera que entre los meses de diciembre y mayo, se llegan a acumular más de cuatro metros de nieve, bloqueando todos los caminos y con el ferrocarril como el único medio de transporte posible. Sus habitantes quedaban, entonces, prácticamente incomunicados del resto del mundo, sobre todo en los años treinta, época en la que se ubicaba la acción, que desde su párrafo inicial advierte: "El tren salió del túnel y se internó en la nieve. Todo era blanco bajo el cielo nocturno".

El protagonista, Shimamura, es un comerciante que viaja a las montañas para disfrutar de sus aguas termales y mantiene un peculiar idilio con Komako, una joven aspirante a geisha. Pero mientras él se resiste a dejarse llevar por los sentimientos, ella acepta: "No puedo quejarme. A fin de cuentas, sólo las mujeres son capaces de amar de verdad".

La descripción de los recuerdos posee el encanto de la sutileza. "Shimamura contempló la escena con el ensimismamiento de los insomnes y recordó aquella mañana invernal en que había contemplado el reflejo de la nieve enmarcando el reflejo de Komako en ese mismo espejo. Los copos eran mayores; sin embargo, flotaban con más levedad en el aire. La montañas que parecían más lejanas cada día, a medida que las hojas de los árboles se marchitaban, habían recuperado la vida con la nieve." Tras ese párrafo empieza a tejer el delicado relato del proceso de elaboración de la seda de Chijimi, "cuya frescura provenía del espíritu de la nieve".

Después de leer la prosa impecable de Kawabata, con ese mismo candor que despliega la nieve al caer, se comprende porque afirmó que "la literatura no hace sino registrar los encuentros con la belleza".
 
 
Jules Etienne