Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

viernes, 10 de febrero de 2017

Carnaval: IMÁGENES DE ITALIA, de Charles Dickens

"A veces intercambiábamos un puñado de confeti con el coche que nos precedía o con el que nos seguía..."

(Fragmento)

Del Corso sale el carnaval y aquí es donde se reúne. Pero como todas las calles en las que se festeja el carnaval están estrechamente controladas por los dragones, los coches deben tomar primero otro camino e introducirse en el Corso por el extremo opuesto al de la plaza del Pueblo, que es su otra entrada. Nos incorporamos, pues, a la fila de los coches y progresamos con bastante tranquilidad durante un momento; tan pronto avanzando muy lentamente; tan pronto trotando durante una media docena de metros; tan pronto reculando una cincuentena; tan pronto deteniéndonos completamente: según el grado de atestamiento de la calle. Si un coche impaciente se salía bruscamente de la fila y avanzaba al trote con la bárbara idea de ir más deprisa, era en seguida alcanzado o adelantado por un soldado a caballo que, sordo a cualquier protesta como se lo permitía su espada desenvainada, lo llevaba inmediatamente detrás, completamente a la cola del cortejo, y lo transformaba en un punto incierto de la perspectiva más lejana. A veces intercambiábamos un puñado de confeti con el coche que nos precedía o con el que nos seguía; pero por el momento, la captura de los coches fugitivos y vagabundos por los soldados era lo que constituía la principal diversión.
 
Después, entramos en una calle pequeña, en la que, además de la fila de coches que avanzaban, había otra fila, la de los coches que regresaban. Aquí, los confetis y los ramos comenzaron a volar de manera bastante densa y tuve la suerte de ver cómo un señor, vestido de guerrero griego, alcanzaba en la nariz a un bandolero de rubias patillas (éste estaba justamente a punto de lanzar un ramo a una señorita apoyada en una ventana del primer piso), con una precisión que fue muy aplaudida por los asistentes. Mientras que este vencedor griego intercambiaba una observación chistosa con un señor gordo que se encontraba en el umbral de una casa -mitad negro y mitad blanco, como si le hubieran desplumado a medias-, y que le había felicitado por su victoria, recibió una naranja lanzada desde la terraza de una casa, en plena oreja izquierda, y se quedó muy sorprendido, por no decir desconcertado. Sobre todo porque, como se encontraba de pie y el coche se había puesto en marcha justamente en ese instante, sin él esperarlo, vaciló y cayó ignominiosamente, quedando enterrado bajo sus flores.
 
 
Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870)

La ilustración corresponde a La fiesta del Corso (1848), de Wilhelm Marstrand.

jueves, 9 de febrero de 2017

Carnaval: LA ITALIA PINTORESCA, de Chateaubriand, Lamartine y otros

 
Segunda parte: Roma
 
(Fragmento del capítulo XIX)

En otro tiempo el Corso se convertía durante el carnaval en una especie de Olimpo donde se reunían todas las divinidades del paganismo; pero la mitología ya no está de moda. En medio de las máscaras se descubre casi siempre la historia del mundo, es decir, un enorme carruaje lleno de personajes que aumentan de bulto a su antojo; zorros y lobos mezclados con corderos y gallinas, por cochero un mono y por lacayos perros y gatos. Las señoras se disfrazan de labriegas, cosa que aumenta infinitamente su gracia. Todas estas escenas están animadas por una alegría loca: es una verdadera fiesta en la cual todos toman parte sin distinción, y que es definitivamente más animada que en ningún otro pueblo. La calle tiene más de una milla de largo, y a cada lado una línea de palacios; figurémonos, pues, este espectáculo de una inmensa galería, entre dos anfiteatros y más de diez mil balcones ocupados por unos cien mil espectadores divertidos por un enjambre de locos durante una semana entera, a razón de cinco horas por día, y tendremos una idea de lo que es el carnaval de Roma.
 
François-René, vizconde de Chateaubriand (Francia, 1768-1848)
Alphonse de Lamartine (Francia, 1790-1869)
 
La ilustración corresponde al grabado que aparece en la edición original en español de 1840.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Carnaval: EL CARNAVAL DE ROMA, de J. W. von Goethe


El Corso

El carnaval de Roma se concentra en el Corso, que es la calle que limita y determina los festejos públicos de estos días. En cualquier otra parte sería una fiesta distinta, y por ello debemos, antes que nada, describir el Corso.
 
Como muchas calles largas de las ciudades italianas, debe su nombre a las carreras de caballos con las que termina en Roma cada jornada del carnaval, y con las que, en otros lugares, se pone punto final a otras celebraciones, como una fiesta patronal o la consagración de una iglesia.
 
La calle se extiende en línea recta desde la Piazza del Popolo hasta el Palacio de Venecia. Mide unos tres mil quinientos pasos de largo y está flanqueada por edificios altos, en su mayor parte suntuosos. El ancho no guarda proporción con la longitud ni con la altura de los edificios. Unas aceras de adoquines para los peatones le restan de seis a ocho pies por cada lado. En medio, en casi todos los tramos, no quedan más que doce o catorce pasos para las carrozas, de modo que resulta evidente que con esa anchura pueden a lo sumo circular en paralelo tres vehículos.
 
Durante el carnaval, el obelisco de la Piazza del Popolo señala el límite inferior de esta calle, mientras que el palacio de Venecia marca el superior.
 
 

Paseo en carroza por el Corso

El Corso de Roma es un lugar ya de por sí animado todos los domingos y festivos. Antes del anochecer, los romanos más nobles y adinerados acuden aquí a pasear durante una hora u hora y media en sus carrozas, que forman una nutrida fila; los coches bajan desde el palacio de Venecia circulando por la izquierda, pasan, cuando el tiempo acompaña, por el obelisco, y salen por la puerta del Popolo hasta llegar a la Via Flaminia.
 
Cuanto más avanza el carnaval, más divertido es el aspecto de los coches. Incluso la gente seria que va en carroza sin disfraz permite que sus cocheros y lacayos se disfracen. La mayor parte de los cocheros suele decidirse por los vestidos de mujer, y en los últimos días da la impresión de que sólo las mujeres llevan las riendas. Se trata de disfraces decentes, en ocasiones incluso atractivos; aunque no falta, en el extremo opuesto, el tipejo feo y grueso que se viste a la última moda, con un tocado alto y lleno de plumas, y hace el efecto de una gran caricatura; y, así como aquellas beldades oían elogiar su belleza, éste tiene que sufrir que más de uno se le acerque y le suelte en sus propias narices: «O fratello mio, che brutta puttana sei!».
 
Es costumbre que cuando el cochero encuentra a una o dos de sus amigas entre el gentío las honre haciéndolas subir al pescante. Entonces, sentadas a su lado y normalmente disfrazadas de hombre, sus delicadas piernecitas de polichinela, con pies pequeños y tacones altos, suelen revolotear entre las cabezas de los transeúntes.
 
Lo mismo hacen los lacayos, que acogen amigos y amigas en la parte posterior de la carroza; lo único que faltaría es que, como en las diligencias inglesas, se sentaran en el imperial.
 
Da la impresión de que incluso a los señores les complace ver sus carrozas llenas hasta los topes; y que es durante estos días todo está bien visto y permitido.


Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832).

(Traducido al español por Juan de Sola)

Las ilustraciones corresponden a Carnaval en Roma (1650-51), de Johannes Lingelbach, y un grabado de la carroza del duque de St. Aignan, embajador de Francia en Roma (1735). 

martes, 7 de febrero de 2017

Carnaval: CARNAVAL VIEJO Y LOCO, de Gabriele D'Annunzio


Carnaval viejo y loco desatino
se ha vendido el colchón
para comprar pan y vino,
galletas y embutido.
Y comiendo hasta verse henchido
la montaña de panes avanza,
le va creciendo una gran panza
que semeja un balón.
Bebe y bebe y de improviso
el rostro se le pone rojizo,
luego estallará por barrigón
mientras come y come el comelón...
Así muere el Carnaval
y le hacen su funeral,
del polvo ha nacido
y al polvo ha descendido.

(Carnevale vecchio e pazzo
s'è venduto il materasso
per comprare pane e vino
tarallucci e cotechino.
E mangiando a crepapelle
la montagna di frittelle
gli è cresciuto un gran pancione
che somiglia a un pallone.
Beve e beve e all'improvviso
gli diventa rosso il viso,
poi gli scoppia anche la pancia
mentre ancora mangia, mangia...
Così muore Carnevale
e gli fanno il funerale,
dalla polvere era nato
ed in polvere è tornato
.)



Gabriele D'Annunzio (Italia, 1863-1938).

lunes, 6 de febrero de 2017

Carnaval: PANTAGRUEL, de François Rabelais


(Fragmento del capítulo I: Del origen y antigüedad del gran Pantagruel)

Considerad, en fin, que todo el mundo comía muy gustoso de aquellas grandes Ciruelas, pues éstas eran tan hermosas a la vista como sabrosas al gusto; mas les vino a ocurrir como a Noé (del que somos en alto grado obligados y deudores, por haber cultivado la planta de la vid, de donde viene el delicioso y muy ameno, nectárico, celeste, preciosísimo y deífico licor conocido por tintorro), pues tan santo varón vino a quedar burlado cuando estaba bebiéndolo, por ignorar la gran fuerza y el gran poder de aquél; y así, del mismo modo, los hombres y mujeres de aquel tiempo tomaban mucho gusto en comerse aquel grande y bello fruto.
 
De ahí sobrevinieron diversos accidentes, pues a todos se les produjo una tremenda hinchazón en ciertas partes del cuerpo, aunque a unos y a otros por distintos lugares. Así unos se inflaban por el vientre, formándoseles en él una joroba o abultamiento como el de un gran tonel, de donde viene la cita: Ventrem omnipotentem, todos los cuales fueron buena gente y de alegre condición, naciendo de esta raza San Panzón y don Martes Carnaval.
 
 
François Rabelais (Francia, 1494-1553)

domingo, 5 de febrero de 2017

Carnaval: DE MADRID A NÁPOLES, de Pedro Antonio de Alarcón

"... atravesando a media noche las heladas cumbres del Mont-Cenis..."


Epílogo: de Madrid a Nápoles

5 de febrero.

Partí al cabo, y héme aquí en trineo, atravesando a media noche las heladas cumbres del Mont-Cenis, cubiertas de sempiternas nieves. Ya no pararemos hasta Madrid, donde nos proponemos vestirnos de máscara este Carnaval... -¡Y cuenta que el Carnaval es dentro de cinco días!
 
¡Nada más grandioso que la vista de los Alpes, a las doce de la noche, en pleno invierno, cubiertos de su blanco sudario y alumbrados por la luna!

Pedro Antonio de Alarcón (España, 1833-1891).

La ilustración corresponde a una fotografía nocturna del Mont Cenis en la región de Savoya, Francia.

sábado, 4 de febrero de 2017

Carnaval: BAILE DE MÁSCARAS, de Mijaíl Lermontov


(Fragmentos de las escenas I y II)
 
Príncipe: Usted elude mi agradecimiento.
Arbenin: Para decirle la verdad, no lo soporto. Jamás, ni a nada ni a nadie le debo algo yo en la vida; y si a alguien he pagado con el bien, no ha sido por quererle demasiado, sino simplemente porque he visto utilidad en eso.
Príncipe: No le creo.
Arbenin: ¿Quién lo obliga a creerme? Estoy acostumbrado a eso desde hace mucho tiempo y si no fuera por pereza me volvería hipócrita... Pero terminemos esta conversación. (Pausa). Si nos fuéramos a divertir un poco, no nos haría mal ni a usted ni a mí... Hoy es fiesta y creo que hay baile de carnaval en la casa de Engelhardt.
Príncipe: Es cierto.
Arbenin: Vamos.
Príncipe: Estoy contento.
Arbenin (consigo mismo): Entre la multitud descansaré un poco.
Príncipe: Allá hay mujeres, ¡una maravilla!... Y hasta dicen que suelen ir...
Arbenin: Que digan, a nosotros qué nos importa. Bajo el disfraz, todas las clases son iguales; las máscaras no tienen alma, ni nombre; tienen cuerpo; y si la máscara esconde sus facciones, hay que quitarle el antifaz con audacia.
(Salen).

Escena II
Máscaras, Arbenin, luego el príncipe Zviezdich.
(La multitud se pasea en el escenario. A la izquierda, un canapé)

Arbenin (entrando): En vano busco distracción en todas partes. Vivaz y ruidosa es la multitud ante mis ojos, pero sigue frío mi corazón y duerme mi fantasía. Son todos extraños para mí y yo también un extraño para ellos. (Se acerca el príncipe, bostezando) He aquí la nueva generación... y yo también fui alguna vez joven como ellos, por lo visto. ¿Qué tal, príncipe? ¿No conquistó todavía alguna aventura?
Príncipe: ¿Qué hacer? Hace una hora que estoy buscando.
Arbenin: ¡Ah!, ¿usted quiere que la felicidad lo busque a usted? Eso es muy nuevo... habría que hacerle conocer...
Príncipe: Todas las mascaritas son muy tontas.
Arbenin: Las máscaras nunca son tontas; si calla, es misteriosa; si habla, es encantadora. Usted puede siempre imaginar una sonrisa, una mirada que adorne sus palabras... Por ejemplo, mire usted allí, cómo se yergue noblemente esa alta máscara disfrazada de otomana... ¡Qué gordita! ¡Cómo respira su pecho, con pasión y libremente! ¿La conoce? ¿No sabe usted quién es? Tal vez una orgullosa condesa o baronesa. Una Diana en la sociedad y una Venus en el baile de máscaras. También podría ser que esa hermosura lo visitase esta noche por media hora en su casa. En ambos casos, no pierda el tiempo. (Se aleja).
 
El príncipe y la mascarita.
(Un dominó se acerca y se detiene; el príncipe, de pie, muy pensativo).

Príncipe: Todo eso está muy bien... pero, sin embargo, yo continúo bostezando... Pero he aquí que llega una... ¡Ojalá, Dios mío, que tenga suerte!
(Una mascarita, separándose del grupo, le golpea el hombro).
Mascarita: ¡Yo te conozco!
Príncipe: Pero, por lo visto, poco.
Mascarita: Y hasta sé qué es lo que estás pensando.
Príncipe: Entonces eres más feliz que yo. (Tratando de mirar debajo del antifaz) Si no me equivoco, tiene una boquita espléndida.
Mascarita: ¿Te gusto? Tanto peor.
Príncipe: ¿Para quién?
Mascarita: Para alguno de los dos.
Príncipe: No veo por qué... No me asustarás con tus adivinanzas, y aunque no soy nada astuto, ya averiguaré quién eres.
Mascarita: Así es que crees estar seguro del fin de nuestra conversación...

Mijaíl Lermontov (Rusia, 1814-1841).
La ilustración corresponde a una puesta en escena de Baile de máscaras, por la compañía teatral rusa Kolyada.

viernes, 3 de febrero de 2017

CARNAVAL, de José Antonio Ramos Sucre

"... dejando el reguero de su sangre en la nieve del suelo."

Una mujer de facciones imperfectas y de gesto apacible obsede mi pensa­miento. Un pintor septentrional la habría situado en el curso de una escena familiar, para distraerse de su genio melancólico, asediado por figuras ma­cabras.
 
Yo había llegado a la sala de la fiesta en compañía de amigos turbulentos, resueltos a desvanecer la sombra de mi tedio. Veníamos de un lance, donde ellos habían arriesgado la vida por mi causa.
 
Los enemigos travestidos nos rodearon súbitamente, después de cortarnos las avenidas. Admiramos el asalto bravo y obstinado, el puño firme de los espadachines. Multiplicaban, sin decir palabra, sus golpes mortales, evitando declararse por la voz. Se alejaron, rotos y mohínos, dejando el reguero de su sangre en la nieve del suelo.
 
Mis amigos, seducidos por el bullicio de la fiesta, me dejaron acostado sobre un diván. Pretendieron alentar mis fuerzas por medio de una poción estimu­lante. Ingerí una bebida malsana, un licor salobre y de verdes reflejos, el se­dimento mismo de un mar gemebundo, frecuentado por los albatros.
 
Ellos se perdieron en el giro del baile.
 
Yo divisaba la misma figura de este momento. Sufría la pesadumbre del artista septentrional y notaba la presencia de la mujer de facciones imperfec­tas y de gesto apacible en una tregua de la danza de los muertos.


José Antonio Ramos Sucre (Venezuela, 1890-1930)

jueves, 2 de febrero de 2017

Carnaval: LAS MÁSCARAS, de Saint-Simon


"El invierno precedente se habían hecho varias máscaras de personas de la corte, tomadas del natural."

El teniente general Bouligneux y el mariscal de campo Wartigny perecieron frente a Verue; eran dos hombres de gran valor pero muy singulares. El invierno precedente se habían hecho varias máscaras de personas de la corte, tomadas del natural. Dichas personas las llevaban bajo otras máscaras, de modo que al quitarse la primera máscara los demás se equivocaban al confundir la segunda máscara con el rostro verdadero, ya dicho rostro era muy diferente. La broma divirtió mucho. Ese invierno se quiso repetir la distracción. Grande fue la sorpresa al encontrar a las máscaras tomadas del natural frescas y tal cual se hallaban cuando se guardaron después del carnaval, con excepción de las de Bouligneux y Wartigny, que aunque conservaban su perfecta semejanza habían adquirido la palidez y la consunción de las personas que acaban de morir. Ellos las lucieron en un baile y produjeron tanto horror que se trató de retocar las máscaras con rojo, pero el rojo se borraba de inmediato, y la consunción no tenía arreglo. Esta circunstancia me pareció tan extraordinaria que la considero digna de referirse, pero me hubiera cuidado de hacerlo si toda la corte no hubiera sido testigo de ello, como yo, y si no hubiese sorprendido mucho, y varias veces, por este hecho extraño y singular. Por último, ambas máscaras fueron arrojadas a la basura.
 
 
Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon (Francia, 1675-1755).

miércoles, 1 de febrero de 2017

Carnaval: EL ADOPTADO, de Heinrich von Kleist

"... atravesó la sala ataviado con sombrero de pluma, capa y espada."
 
(Fragmento)
 
En cierta ocasión Nicolo, a escondidas y sin conocimiento de su esposa, bajo el pretexto de estar invitado a casa de un amigo, había acudido al carnaval con la tal Xaviera Tartini, con quien no había abandonado nunca los amoríos pese a la prohibición del padre, y regresaba a su casa a altas horas de la noche, cuando ya todos dormían, ataviado con un disfraz de caballero genovés que había elegido al azar. Coincidió que al anciano le había sobrevenido una repentina indisposición y Elvira, para asistirle a falta de criada, se había levantado y dirigido al comedor con el fin de llevarle una botella de vinagre. Acababa de abrir un armario del rincón y rebuscaba subida al borde de una silla entre vasos y licoreras, cuando Nicolo abrió la puerta sigilosamente y, con una luz que se había prendido en el corredor, atravesó la sala ataviado con sombrero de pluma, capa y espada. Sin malicia alguna ni echar de ver a Elvira, se llegó hasta la puerta que conducía a su aposento y, al tiempo que él se sobresaltaba por encontrarla cerrada con llave, detrás suyo Elvira, percatándose de su presencia desde el escabel al que estaba encaramada, cayó como tocada por un rayo invisible sobre el entarimado, con las botellas y vasos que sostenía en la mano. Nicolo, pálido del susto, se dio media vuelta y ya iba a acudir en ayuda de la infeliz mas, como el ruido que ella había causado tenía necesariamente que atraer al anciano, el temor a sufrir una reprimenda de éste se sobrepuso a todas las restantes consideraciones: en la turbación del apresuramiento arrebató de su cintura un manojo de llaves que llevaba consigo y, habiendo encontrado una que servía, arrojó el manojo de nuevo a la sala y desapareció.


Heinrich von Kleist (Alemania, 1777-1811) 

martes, 31 de enero de 2017

Carnaval: EL VIAJE DEL ALMA, de Lope de Vega

"En Miércoles de Ceniza. Yo soy hombre de más prendas, cae mi fiesta mejor, Martes de Carnestolendas."

(Fragmento)
 
Apetito:
 
Loco de la Reina soy;
Y aunque loco, soy honrado.
Soy Apetito, y por Dios,
Que ya no tengo ninguno,
Estando juntos los dos;
Porque si sois el Ayuno,
¿Qué mayor freno que vos?
Tenéis una cara hechiza,
Que me heláis y consumís
Cuando más hambre me atiza;
Basta que siempre venís
En Miércoles de Ceniza.
Yo soy hombre de más prendas,
Cae mi fiesta mejor,
Martes de Carnestolendas.


Félix Lope de Vega y Carpio (España, 1562-1635).

La ilustración corresponde a El entierro de la sardina (1812-1819), de Francisco de Goya.

lunes, 30 de enero de 2017

Carnaval: LAS FLORES DEL MAL, de Charles Baudelaire

"... sobre su frente de esqueleto, una diadema horrible con sensación de carnaval."

LXXI. Un grabado fantástico

Este singular espectro lleva por atavío completo
grotesca sobre su frente de esqueleto,
una diadema horrible con sensación de carnaval.
Sin espuelas, sin fuete, a su caballo agota brutal,
Fantasma como él, rocín apocalíptico,
Que babea por el hocico como un epiléptico.
A través del espacio desaparecen los dos,
Y el infinito pisotean al galope con cascos atrevidos.
El jinete blande un sable que resplandece y descuella
Sobre la multitud sin nombre que su montura atropella,
Y recorre como príncipe por su dominio transmonte,
El cementerio inmenso y frío, sin horizonte,
Donde yacen, bajo un sol blanco y opaco de luz ambigua,
Los pueblos de la historia moderna y antigua.
 
(Un gravure fantastique
Ce spectre singulier n’a pour toute toilette,
Grotesquement campé sur son front de squelette,
Q’un diadème affreux sentant le carnaval.
Sans éperons, sans fouet, il essouffle un cheval,
Fantôme comme lui; rosse apocalyptique,
Qui bave des naseaux comme un épileptique.
Au travers de l’espace ils s’enfoncent tous deux,
Et foulent l’infini d’un sabot hasardeux.
Le cavalier promène un sabre qui flamboie
Sur les foules sans nom que sa monture broie,
Et parcourt, comme un prince inspectant sa maison,
Le cimétiere immense et froid, sans horizon,
Où gisent, aux lueurs d’un soleil blanc et terne,
Les peuples de l’histoire ancienne et moderne.)

 

Charles Baudelaire (Francia, 1821-1867).
 
(Traducido del francés por Jules Etienne)
 
 
 
Este poema lo inspiró el grabado La muerte en un pálido caballo (Death in a Pale Horse, 1775), de John Hamilton Mortimer.

domingo, 29 de enero de 2017

Carnaval: LA MÁSCARA DE LA MUERTE, de José Echegaray


(Fragmento)

«¿Qué es aquello? Bordes sin labios, dientes al descubierto y sin sonrisa, pómulos verdosos, huesos obscuros en que hubo ojos cristalinos, cráneo sin cabellera: una calavera parece. Pero acaso no lo sea: estamos en Domingo de Carnaval: quizá sea como yo una careta. ¿Será la muerte o la imitación de la muerte? ¿Será la verdad o la mentira? ¿Lo que fingen o ser, aun siendo? ¿Y aun siendo una calavera, es una realidad o una apariencia? ¿La muerte es otra careta como yo o es la nada eterna?»

Y así se miraban: las dos, sin ojos: dos huecos en el hueso, dos agujeros en el cartón.

¿Era la nada que se contemplaba a sí misma? ¿Era la burla que de sí misma se burlaba? ¿Era una careta que iba a visitar a otra careta? La noche fue avanzando, y fue declinando el disco luminoso. La careta se quedó a obscuras: pronto se confundió con los terrones en que se apoyaba. El último rayo de luna brilló breves momentos sobre el pelado cráneo como sobre un espejo: después en sombras también. Y entre las sombras quedaron frente a frente la careta de la locura y la careta misteriosa de lo eterno. Y empezó el segundo día de Carnaval.
 
 
José Echegaray (España, 1832-1916) Obtuvo el premio Nobel en 1904.

sábado, 28 de enero de 2017

Carnaval: EL FANTASMA DE LA ÓPERA, de Gastón Leroux

"Este personaje iba totalmente de escarlata con un inmenso sombrero de plumas encima de una calavera."
 
(Fragmento del capítulo X: En el baile de máscaras)

Por fin llegó la hora de la cita. Con el rostro oculto tras un antifaz provisto de largo y espeso encaje, completamente de blanco, el vizconde se encontró muy ridículo con aquel traje de mascaradas románticas. Un hombre de mundo no se disfrazaba para ir al baile de la ópera. Hubiera hecho reír. Una idea consolaba al vizconde: ¡nadie le reconocería! Además, aquel traje y aquel antifaz tenían una ventaja: Raoul iba a poder pasearse por los salones «como por su casa», solo con el malestar de su alma y a la tristeza de su corazón. No le sería necesario fingir. Era superfluo componer una expresión acorde con el disfraz: ¡la tenía!
 
Este baile excepcional, antes del martes de carnaval, se organizaba en memoria del aniversario del nacimiento de un ilustre dibujante de las alegrías de antaño, un émulo de Gavarni, cuyo lápiz había inmortalizado a las «mascaradas» y el descenso de la Courtile. Se suponía que debía ser más alegre, más ruidoso, más bohemio que la mayoría los bailes de carnaval. Muchos artistas se habían dado cita seguidos de todo un séquito de modelos y pintores que, hacia media noche, comenzarían a armar un gran bullicio.
 
Raoul subió la gran escalinata a las doce menos cinco. No se detuvo a observar cómo se distribuían a su alrededor los trajes multicolores por los peldaños de mármol, en uno de los decorados más suntuosos del mundo; no se dejó abordar por ninguna máscara alegre, no contestó a ninguna broma y esquivó la familiaridad acaparadora de varias parejas que estaban ya demasiado alegres. Tras atravesar el gran foyer y escapar de una farándula que lo había aprisionado por un momento, penetró por fin en el salón indicado en el billete de Christine. Allí, en tan poco espacio, había una multitud de gente, ya que se trataba del punto de reunión en el que se encontraban todos los que iban a cenar a la Rotonda o que volvían de tomar una copa de champán. El tumulto era despreocupado y alegre. Raoul pensó que Christine había preferido, para la misteriosa cita, aquella muchedumbre a un lugar aislado. Aquí, bajo la máscara, se encontraban más escondidos.
 
Se aproximó a la puerta y esperó. No tuvo que esperar mucho. Pasó un dominó negro que rápidamente le apretó la punta de los dedos. Comprendió que era ella.
 
La siguió.
 
-¿Es usted Christine? -preguntó entre dientes.
 
El dominó se volvió con presteza y se llevó el dedo a los labios para recomendarle sin duda que no repitiera su nombre. Raoul la siguió en silencio.
 
Temía perderla después de haberla encontrado de nuevo en aquellas extrañas circunstancias. Ya no sentía ningún tipo de odio contra ella. No dudaba siquiera de que ella «no tenía nada que reprocharse», por muy extraña e inexplicable que pareciera su conducta. Estaba dispuesto a todas las renuncias, a todos los perdones, a todas las cobardías. La amaba. Y seguramente conocería dentro de poco la razón de aquella ausencia tan singular... De tanto en tanto, el dominó negro se volvía para asegurarse de que el dominó blanco lo seguía.
 
Mientras Raoul volvía a atravesar de esta manera el gran foyer, no pudo por menos que fijarse, entre la muchedumbre, en un grupo, en medio de los otros que se dedicaban a las más locas extravagancias, que rodeaba a un personaje cuyo aspecto extraño y macabro causaba sensación...
 
Este personaje iba totalmente de escarlata con un inmenso sombrero de plumas encima de una calavera. ¡Qué espléndida imitación de una calavera! ¡Los diletantes que se apiñaban a su alrededor lo admiraban, lo felicitaban... le preguntaban qué maestro, en qué estudio, frecuentado por Plutón, le habían hecho, dibujado, maquillado, una calavera tan hermosa. ¡La Camarde misma debió posar como modelo!
 
El hombre de la calavera, de sombrero de plumas y traje escarlata arrastraba tras él un amplio manto de terciopelo rojo cuya cola se deslizaba majestuosamente por el parqué. En el manto habían bordado con letras de oro una frase que cada uno leía y releía en voz alta: «No me toquéis! ¡Yo soy la Muerte roja que pasa!»
 
Alguien intentó tocarlo..., pero una mano de esqueleto, que salía de una manga púrpura, agarró brutalmente la muñeca del imprudente y éste, sintiendo el crujido de los huesos, el apretón arrebatado de la Muerte que parecía no iba a soltarlo jamás, lanzó un grito de dolor y de espanto. Por fin la Muerte roja lo dejó en libertad y huyó como un loco entre una nube de comentarios. En aquel mismo instante, Raoul se cruzó con el fúnebre personaje, que precisamente acababa de volverse hacia él. Estuvo a punto de dejar escapar un grito: ¡La calavera de Perros-Guirec! ¡La había reconocido!... Quiso precipitarse sobre ella olvidando a Christine, pero el dominó negro, que parecía también presa de una extraña conmoción, lo había cogido del brazo y lo arrastraba... lo arrastraba lejos del salón, fuera de aquella masa demoníaca donde paseaba la Muerte roja...
 
 
Gastón Leroux (Francia, 1868-1927)

viernes, 27 de enero de 2017

Carnaval: EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA, de Miguel de Cervantes


 
(Fragmento del capítulo XVII)
 
Quiso la mala suerte del desdichado Sancho que entre la gente que estaba en la venta se hallasen cuatro perailes de Segovia, tres agujeros del Potro de Córdoba y dos vecinos de la Heria de Sevilla, gente alegre, bien intencionada, maleante y juguetona; los cuales, casi como instigados y movidos de un mismo espíritu, se llegaron a Sancho, y apeándole del asno, uno dellos entró por la manta de la cama del huésped, y, echándole en ella, alzaron los ojos y vieron que el techo era algo más bajo de lo que habían menester para su obra, y determinaron salirse al corral, que tenía por límite el cielo; y allí, puesto Sancho en mitad de la manta, comenzaron a levantarle en alto, y a holgarse con él, como con perro por carnestolendas.*
 
Las voces que el mísero manteado daba fueron tantas, que llegaron a los oídos de su amo; el cual, deteniéndose a escuchar atentamente, creyó que alguna nueva aventura le venía, hasta que claramente conoció que el que gritaba era su escudero; y, volviendo las riendas, con un penado galope llegó a la venta, y, hallándola cerrada, la rodeó, por ver si hallaba por donde entrar; pero no hubo llegado a las paredes del corral, que no eran muy altas, cuando vio el mal juego que se le hacía a su escudero. Viole bajar y subir por el aire, con tanta gracia y presteza, que, si la cólera le dejara, tengo para mí que se riera.

 
Miguel de Cervantes y Saavedra (España, 1547-1616).
 
* Es decir, por la época de carnaval, cuando se acostumbraba mantear a los perros.

jueves, 26 de enero de 2017

Carnaval: ENRIQUE IV, de William Shakespeare


"¡A reír señores! ¿Por qué pasarla mal? ¡Alegría, bienvenido el carnaval!"

(Fragmento del Acto V)

Escena III


Una mesa dispuesta con sillas. Entran Falstaff, Hueco, Silencio, Davy con copas, Bardolph y el paje.

Hueco (a Falstaff): Vamos a ver mi huerto, y allí comeremos bajo una glorieta unas manzanas de mi propia cosecha con un dulce de alcaraveas y cosas por el estilo (vamos, compadre Silencio) y después a la cama.
 
Falstaff: ¡Cielo santo, qué casa más bonita y bien puesta tenéis aquí!
 
Hueco: Poca cosa, poca cosa, poca cosa; mendigos, todos mendigos, sir John. Por la Virgen, corre un lindo airecito. Pon la mesa, Davy, pon la mesa. (Davy pone la mesa). Bien hecho, Davy.
 
Falstaff: Este Davy os sirve para todo: es camarero y mayordomo.
 
Hueco: Un buen criado, un buen criado, un excelente criado, sir John… He bebido demasiado jerez con la cena… Un buen criado. Ahora sentaos, sentaos. (A Silencio) Vamos, compadre.
 
Silencio: Ah, pícaros, como dicen, lo único que nos interesa es… Canta:
 
Comer y comer, a más no poder,
y dar gracias a Dios por sus dones;
la carne es barata, las mujeres caras,
y así andamos a los empujones,
calientes y alegres todo el santo día
y locos de loca alegría.

Falstaff: ¡Eso sí que es un corazón alegre! Maese Silencio, os habéis ganado un brindis a vuestra salud.
 
Hueco: Ponle algo de vino a maese Bardolph, Davy.
 
Davy (a Falstaff): Dulce señor, sentaos. (A Bardolph) Estoy con vos enseguida (a Falstaff) a el más dulce de los señores, sentaos. Maese paje, buen maese paje, vos también. ¡Buen provecho! Lo que nos falte de comida, nos sobrará de bebida; tendréis que perdonarnos; todo es con la mejor voluntad.

Sale.

Hueco: ¡Alegraos, maese Bardolph, y vos también, soldadito!

Silencio (Cantando): 
Alegría, la mujer es una arpía,
arpía tu mujer, arpía la mía.
¡A reír señores! ¿Por qué pasarla mal?
¡Alegría, bienvenido el carnaval!
¡Alegría, alegría!

Falstaff: Nunca pensé que maese Silencio fuera tan fogoso.
 
Silencio:¿Quién, yo? Yo solo me he puesto alegre dos veces en mi vida, y una es esta.
 
Entra Davy con un plato de manzanas.
 
Davy: He aquí un buen plato de manzanas rojas.
 
Hueco: ¡Davy!
 
Davy: ¿Su señoría? (A Falstaff) ¿Una copa de vino, señor?
 
Silencio (Cantando):
Una copa, una copa de vino
que durmiera en vasija de roble
beberé a tu salud, amor mío:
corazón que es feliz vive el doble.
 

William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616).