Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

miércoles, 31 de julio de 2013

Páginas ajenas: EL ÚLTIMO VERANO DE KLINGSOR, de Hermann Hesse



(Fragmento que acontece al terminar el mes de julio)

 Había llegado el último día de julio; el mes favorito de Klingsor. La gran época festiva de Li Tai Pe se había gastado, no volvería jamás; los girasoles chillaban en el jardín, dorados en el azul. Junto con el fiel Thu Fu, este día Klingsor peregrinó por un rincón que le gustaba, arrabales abrasados, calles polvorientas bajo altas arboledas, chozas pintadas de rojo y naranja en la orilla arenosa, camiones y cargadores de barcos, largos muros violeta, gente pobre y multicolor. Aquella tarde se sentó en el polvo en las afueras de un arrabal y pintó los toldos de colores y los carros de un tiovivo; estuvo sentado en cuclillas, en el bordillo de la acera, ante un campo tostado, sin árboles, y se sintió arrastrado por los fuertes colores de los toldos. Se agarró firmemente al lila desteñido de la franja de un toldo, al verde y rojo de los pesados carros vivienda, a los armazones pintados en blanco y azul. Hurgó furiosamente en el cadmio, salvajemente en el fresco y suave cobalto; trazó las rayas de color granza sobre el cielo amarillo y verde. Otra hora más, o quizá menos, y se terminaría, llegaría la noche. Y mañana ya empezaba agosto, el mes ardiente y febril que mezcla en su copa tanto temor a la muerte y tanta angustia. La guadaña estaba afilada, los días declinaban, la muerte reía escondida en el oscuro follaje. ¡Cadmio, suena y resuena fuerte! ¡Vanagloriate en voz alta, exuberante granza! ¡Ríe con fuerza, amarillo limón! ¡Vamos, montaña azul oscuro de la lejanía! ¡Junto a mi corazón, extenuados árboles gris-verde! ¡Qué cansados están, cómo dejan caer sus ramas rendidas y dóciles! ¡Y yo bebo esos fantasmas propicios, finjo duración e inmortalidad, yo, el más perecedero, el más incrédulo, el más triste, que teme más que todos los demás a la muerte! Julio se ha consumido, pronto se consumirá agosto; de repente en una mañana llena de rocío el gran espectro nos hará temblar al salir del amarillo follaje. De repente noviembre barrerá el bosque. De pronto el gran espectro reirá, de pronto se nos helará el corazón, de pronto se nos caerá de los huesos la querida carne rosada, el chacal aullará en el desierto, el ronco alimoche cantará su maléfica canción. Una maldita hoja de la gran ciudad traerá mi fotografía y debajo estará escrito: «Excelente pintor, expresionista, gran colorista, murió el día dieciséis de este mes.»

Lleno de odio, trazó un surco de azul de París entre los verdes carros de los gitanos. Lleno de rencor trazó un borde amarillo cromo sobre el recantón. Lleno de profunda desesperación puso bermellón en un punto vacío, exterminó el blanco retador, luchó por la continuación hasta sangrar; con verde claro y amarillo de Nápoles clamó al Dios inexorable. Gimiendo, arrojó más azul en el insípido verde polvo; suplicante, encendió luces interiores en el cielo vespertino. La pequeña paleta llena de colores limpios, sin mezcla, extraordinariamente luminosos, era su consuelo, su torre, su arsenal, su breviario, su cañón que dispararía después de su mala muerte. El púrpura era la negación de la muerte, el bermellón era la mofa de la putrefacción. Su arsenal era bueno, su pequeña y valiente tropa estaba reluciente, los rápidos disparos de sus cañones resonaban brillantemente. No había remedio, todo disparo era en vano, pero, sin embargo, disparar era bueno, era dicha y consuelo, era vida aún, era aún triunfo.

Thu Fu había ido a visitar a un amigo que vivía allí, entre la fábrica y el embarcadero, en su castillo encantado. Vino y trajo consigo al astrólogo armenio.

Klingsor, con el cuadro terminado, respiró profundamente cuando vio a su lado los dos rostros, el buen pelo rubio de Thu Fu, la barba negra y la boca sonriente con dientes blancos del mago. Con ellos vino también la sombra, larga y oscura, con los ojos muy retraídos en las profundas cavidades. ¡Bien venido seas tú también, sombra querida!

- ¿Sabes qué día es hoy? -preguntó Klingsor a su amigo.

- El último día de julio, ya lo sé.

- Hoy he hecho un horóscopo -dijo el armenio- y he visto que esta tarde me traerá alguna cosa. Saturno está inquietante, Marte neutral, Júpiter domina. Li Tai Pe, ¿no nació usted en julio?

- Nací el dos de julio.*

- Lo pensaba. Sus estrellas están confusas, amigo mío, sólo usted mismo puede aclararlas. Le rodea la fertilidad como una nube que está a punto de reventar. Extrañas están sus estrellas, Klingsor, usted debe notarlo.

Li recogió sus utensilios. El mundo que había pintado estaba apagado, apagado el cielo amarillo y verde, ahogada la bandera azul claro, asesinado y marchito el hermoso amarillo. Estaba hambriento y sediento, tenía la garganta llena de polvo.
 
 
Hermann Hesse (Alemán nacionalizado suizo; 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.
 
* El propio Hermann Hesse nació un dos de julio.

 
La ilustración corresponde a una fotografía cromatizada de Hesse pintando.

martes, 30 de julio de 2013

Páginas ajenas: HOJA MARCHITA, de Hermann Hesse

 
 
Cada flor tiende a ser fruto,
cada mañana tiende a convertirse en noche,
nada hay eterno en esta tierra,
excepto el cambio o la huida.
 
También el verano más hermoso quiere
sentir alguna vez el otoño y lo marchito.
Mantente, hoja, quieta y con paciencia,
si intenta el rapto alguna vez el viento.
 
Juega tu juego sin nunca defenderte,
deja que tranquilamente ocurra,
y por el viento que te arranca
déjate soplar hasta tu casa.
 
 
Hermann Hesse
(Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.

viernes, 26 de julio de 2013

Mitos y reincidencias llega a su tercer aniversario

 
La lectura: del caos a la sorpresa

Fue a mediados de julio de 2010 que emprendí la aventura de Mitos y reincidencias con la intención de compartir algunos de mis poemas, párrafos de mis novelas y otros textos que fueran surgiendo de manera arbitraria. Sin embargo, a final de cuentas acabó por imponerse mi oficio de lector, más que el de escritor, para determinar los contenidos del blog. Después de todo, decía Borges con certeza: "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído."
 
Apenas hace un par de noches que me invitaron a participar como jurado de un concurso de poesía en un evento organizado por un grupo hispano muy activo aquí en Vancouver: el Proyecto Cultural Sur. Tuve la oportunidad de compartir mesa y varias horas de conversación con Tito Alvarado, un poeta chileno que preside el organismo, quien para el efecto se trasladó desde Montreal acompañado por Raquel, su esposa. Entre los temas de conversación surgió el de la enseñanza de la literatura. Les comentaba que durante mi juventud -de manera inevitable cada vez más lejana-, hubo una época en la que me dediqué a la docencia en mi Tampico natal, tuve la oportunidad de experimentar lo que he bautizado como cronología retroactiva. Es decir, en sentido contrario a las manecillas del reloj, a partir de la lectura de un determinado autor o de algún texto contemporáneo en particular, emprender la búsqueda de las diferentes influencias sobre su escritura para, de esa manera, procurar establecer una identificación paulatina de las obras más antiguas que le precedieron. Raquel se quejaba de que durante su adolescencia tuvo un maestro de literatura que dedicó el curso entero a un análisis prolijo hasta el exceso de Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Obsta señalar que a la fecha no quiere volver a saber del jumento, a despecho del premio Nobel de su autor. Por su parte, Tito advirtió que el proceso podría resultar un tanto caótico y por supuesto que tiene razón. Aunque reconozco que tal vez sea precisamente ese caos y el riesgo implícito de la sorpresa uno de los factores que me parecen más estimulantes.

Si bien se trata de una propuesta heterodoxa, creo que posee la virtud de promover el gusto por la lectura más que su conocimiento rígido. Me parece de mayor importancia obtener al final del curso un puñado de lectores entusiastas, por encima de la información general forzada que de cualquier modo perderán apenas se sientan seguros al haber aprobado la materia. Tal y como suele suceder a todos los estudiantes con las materias que no les son afines. La diferencia estriba en que la lectura no sólo es una espléndida compañera a lo largo de la vida, sino que además de estimular la imaginación nos proporciona cultura general y las herramientas básicas del pensamiento crítico, con sus respectivas consecuencias inherentes en el plano social.

Como desde hace tiempo que no ejerzo la docencia -con excepción de mi labor como responsable de un taller de creación literaria con este mismo grupo al que me he referido-, me quedé reflexionando en la imposibilidad de llevar a la práctica el plan que he narrado. Sin embargo, de pronto caigo en la cuenta de que en buena medida esa ha sido la dinámica para elegir los temas de los que me ocupo en Mitos y reincidencias. Por ejemplo, con motivo de la pascua -Easter Monday en inglés-, escribí algo referente a los conejos en la literatura, comenzando, por supuesto, con el de Alicia en el país de las maravillas, para continuar con autores de otras épocas y en diferentes lenguas hasta llegar a Roger Rabbit, más famoso por la película que por la novela que le concibió. Después, la mitad del mes de junio y buena parte de julio, la dediqué al tema del solsticio de verano, sin ningún rigor académico o cronológico, creo que ese sería el mismo principio que intentaba explicar durante la citada conversación con Tito Alvarado y Raquel Catalán, y ahora me ha servido de pretexto para esta ocasión.
 
Ignoro cuál será la opinión de los lectores de este rincón del ciberespacio y me gustaría mucho conocerla. Por lo pronto, después tres años, casi seiscientos textos -sumados los de mi autoría y los que denomino bajo el rubro de "páginas ajenas"- y, sobre todo, más de cien mil visitantes, esa será la brújula que oriente el viaje de este sitio día con día. Muchas gracias a todos aquellos que se detienen a leernos, resulta muy gratificante suponer que habrán encontrado algo de interés. Ahora sólo falta por ver si el próximo julio de 2014 alcanzaremos un cuarto aniversario.


Jules Etienne
 
Para corroborar lo comentado, sugiero la visita a las etiquetas de Solsticio y Conejos:

jueves, 25 de julio de 2013

Páginas ajenas: EL SEXO, de Vicente Aleixandre


I 

¡Pendiente de ese tronco
el fruto consta en vida.
Su materia consiente
una verdad durable.
En la sombra él madura,
si por siglos, finito,
y no cae sino cuando
el árbol rueda en tierra.
Fruto de carne o masa
de vida congruente,
pálido en su corteza,
nudosa nuez compacta.
La sangre rueda y pasa,
y ardiente sigue y vase,
mientras el viento pone
la vida en llamas y arde
doble tiniebla absorta.
Eje del sol que un rayo
descargará sin duelo
y estallará en la liza
dentro en la sombra exacta.
Oh, conjunción del fuego
con su materia idónea.
Fuego del sol, o fruto
que al estallar se siembra.
 
 
Vicente Aleixandre (España, 1898-1984) Obtuvo el premio Nobel en 1977.

miércoles, 24 de julio de 2013

Otros poetas del solsticio

 
 
Como si lo que ya hemos leído sobre el solsticio de verano después de poco más de un mes no fuera suficiente, ahora pretendo reunir en este breve texto algunos otros poemas que abordan el tema, ya sea de manera evidente desde su título o sólo haciendo mención en el cuerpo de los mismos. Aquí tenemos la primera muestra, Solsticio de verano, cuyo autor es el primer premio Nobel de literatura nacido en el Caribe, Derek Walcott:

Sastres luctuosos de Belmont escrutan inclinados sobre
máquinas antiguas
donde cosen a junio y julio sin sutura.
El solsticio de verano, en tanto que uno aguarda sus
relámpagos,
el centinela armado
aguarda con el sopor el estallido de un fusil.
 
Para más adelante insistir en el clima tórrido de la época del año a la que se está refiriendo:
 
El mar en el solsticio de verano, la carretera ardiente, esta hierba,
estas cabañas que me formaron,
la selva y el azadón vislumbrados a la orilla del camino, en el margen del arte;
las alimañas zumban en el bosque sagrado,
nada le puede exterminar, se encuentra en la sangre;
sus bocas rosáceas, de querubines cantan la ciencia lenta
de morir -cabezas con un ala diáfana como gasa en el oído.
 
Ramón López Velarde, en Idolatría, con la ingeniosa audacia de su rima, implica ambos solsticios:
 
Idolatría
de los dos pies lunares y solares
que lunáticos fingen el creciente
en la mezquita azul de los Omares
y cuando van de oro son un baño
para la tierra y son preclaramente
los dos solsticios de un único año.
 
El rumano Paul Celan (cuyo verdadero apellido era Ancel pero con sus mismas letras formó el anagrama con el que se le conoce), escribió la totalidad de su obra en alemán y en su poemario La arena de las urnas incluye Canto de solsticio. Aunque las referencias al mismo no son claras -su poesía nunca lo es-, tal vez esa fuese la intención en este párrafo:
 
¡Cuán negro lo dejas estar en el valle! ¡Y arriba brilla y chispea!
Tú haces como si hubiera un segundo que fuera a soportar
la carga de roca de tu tiempo, para que tú a otros más fácil entregues el toque
de horas sin hora, el viento radiante del milenio...
 

En cambio, el propio Celan se percibe más directo en las primeras líneas de ¿Quién pagó la ronda?:
 
Hacía un tiempo claro, bebimos 
y berreamos la saloma de la ceniza
en honor de la gran avería del solsticio.
 
De la poeta española Victoria Atencia es esta lograda estrofa que también alude al solsticio de verano:
 
Junio, jacaranda azul que ya me dejas,
llévame de la mano al fuego del solsticio
con candelas que salten mientras se extiende el trébol
y me persuade un mar que belleza asegura.
 
La inevitable transformación de la primavera en verano motiva al catalán Pere Gimferrer:
 
El estío ha expulsado a este cadáver
yerto de la primavera. Y ahora el ojo
no captará las tenebrosas olas,
lienzo de resplandor lívido.
 
Voy a concluir con un párrafo de Rudyard Kipling, aun cuando no se trata de un poema sino de su relato Los constructores del puente, la descripción encierra, sin duda, un gran lirismo: "Tras la primera embestida corriente abajo, ya no hubo más murallas de agua, sino que el río se elevó de una manera corpórea, como una serpiente cuando bebe en el solsticio de verano..."
 
Como suele decir la sabiduría popular: "Ni son todos los que están ni están todos los que son", pero luego de haber incluido poemas en lengua española de Octavio Paz, Gabriela Mistral, Antonio Machado, Vicente Huidobro, Marco Antonio Montes de Oca, Tomás Segovia, Sergio Mondragón y un clásico como Lope de Vega, de los griegos Giorgos Seferis y Odysseas Elitis, Ernst Richard Stadler, fragmentos de El cementerio marino de Paul Valéry, la Divina comedia de Dante, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de Cervantes o del Sueño de una noche de verano de Shakespeare, me parece que los fuegos del solsticio a los que se refiere Marguerite Yourcenar, ya han ardido lo suficiente aquí en Mitos y reincidencias.
 
 
Jules Etienne
 
La traducción al español del poema de Derek Walcott es de Roberto Diego Ortega, las de Paul Celan son de José Luis Reina Palazón.

domingo, 7 de julio de 2013

Julio: TODA LA BELLEZA DEL MUNDO, de Jaroslav Seifert


Escapada en zapatillas

(Fragmento)

El domingo 7 de julio de 1872, Paul Verlaine salió a la calle a comprar en una farma- cia próxima una medicina para su mujer enferma. Por desgracia, en su breve camino se cruzó con Rimbaud. A Rimbaud no le costó mucho convencer a Verlaine para que huyera con él a Bélgica. En vez de ir a la farmacia, Verlaine y Rimbaud se fueron directamente a la estación. Tres días más tarde, Matilde recorría París preguntando en vano a sus amigos. Fue incluso al depósito de cadáveres, antes de saber que su marido, junto con el autor de El barco ebrio, se había marchado a la vecina Bélgica.

El recado fallido de la medicina, es, quizás, lo único que me hace pensar en aquel poeta en relación con el recuerdo que aquí voy a contar. Parece que no se debe enviar a los escritores a la farmacia cuando su mujer se enferma.

Pero debo empezar por otra cosa.

Jaroslav Seifert (Chequia, 1901-1986).
Obtuvo el premio Nobel en 1984.

(Traducido del checo por Elena Panteleeva).
La ilustración corresponde a detalle de Una esquina de la mesa  (Un coin de table),
1872, de Henri Fantin-Latour, en donde aparecen Paul Verlaine y Arthur Rimbaud.

sábado, 22 de junio de 2013

Solsticio: SOLSTICIO DE VERANO, de Giorgos Seferis


1

El mayor de los soles en un lado
y del otro luna nueva
lejos de la memoria como aquellos pechos.
Y en medio el abismo de la noche estrellada
el cataclismo de la vida.

Los caballos en las eras
galopan y transpiran
encima de los cuerpos esparcidos.
Allá van todos
y esta mujer
a quien miraste bella, un instante
encórvase ya no resiste más arrodillóse.
Las piedras de molino muelen todo
y todo en astros se convierte.

En vísperas del día más extenso.

2

Todos tienen visiones
por más que nadie lo confiese;
van y aseguran que andan solos.
La magna rosa,
estuvo siempre aquí
a tu costado sumergida en lo profundo del sueño
tuya y desconocida.
Pero apenas ahora que tus manos la tocaron
en sus remotos pétalos
has sentido caer la pesantez compacta del danzante
en el río del tiempo—
borbollón tremebundo.

No disipes el hálito que te acordó
este respirar.

3

Con todo en este sueño
degenera el ensueño fácilmente
en pesadilla.
Como el pez que brilló bajo la ola
y en el cieno del fondo se sumió
o bien camaleón que cambia de color.
En la ciudad vuelta prostíbulo
rufianes y cuerpos públicos
pregonan encantos podridos;
la muchacha traída por las olas
luce una piel de vaca
para que la monte el torillo;
al poeta
los chiquillos le lanzan deyecciones
mientras ve cómo sangran las estatuas.
Es preciso que salgas de este sueño;
de esta piel fustigada.

4

En la demente dispersión
a diestra y a siniestra por encima y abajo
revolotean las basuras.
Sutiles humos deletéreos

paralizan los miembros de los hombres.
Las almas apresuradas a dejar el cuerpo
tienen sed y no hallan agua por ningún sitio;
fíjanse acá fíjanse allí a la ventura
pájaros atrapados en varetas;
inútilmente se debaten
tanto que no resisten más sus alas.

La región se reviene sin cesar
jarro de tierra cocida.

5

En narcóticas sábanas envuelto
el mundo nada tiene que ofrecer
salvo este final.
En la cálida noche la marchita
sacerdotisa de Hécate
con los pechos desnudos arriba en la terraza
implora un plenilunio de artificio, mientras
dos impúberes siervas que bostezan
revuelven filtros aromáticos
en calderos de cobre.
Hartáranse mañana los amadores de perfumes.

El fuego y los afeites de ella son iguales
a los usados por las trágicas
un yeso ya resquebrajado.

6

Por los laureles
por las blancas adelfas
por la espinosa peña
y el mar de vidrio a nuestros pies.
Recuerda la túnica que miraste
abrirse y deslizarse sobre la desnudez
y caer al redor de los tobillos
muerta—
si así cayera este sueño
entre los laureles de los muertos.

7

El álamo en el pequeño huerto
su respirar mide tus horas
noche y día;
clepsidra que los cielos llenan.
Bajo la fuerza de la luna sus hojas
arrastran en el blanco muro negras pisadas.
Hay en el borde unos cuantos pinos
y detrás mármoles y luminarias
y hombres así como son los hombres.
Pero el mirlo gorjea
cuando viene a beber
y algunas veces oyes el canto de la tórtola.

En el pequeño huerto de diez pasos de largo
puedes ver cómo cae
la luz del sol en dos claveles rojos
en un olivo y una exigua madreselva.
Admite quién eres.
El poema
no lo sumerjas en los hondos plátanos
nútrelo con la tierra y la roca que tienes.
Para mayores frutos—
los hallarás cavando en el mismo lugar.

8

El papel blanco rígido espejo
sólo devuelve lo que eres.

El papel blanco habla con tu voz,
tu propia voz
no la voz que te place;
tu música es la vida
ésta que has dilapidado.
Es posible ganarla de nuevo si lo quieres
si te cebas en esa indefinida cosa
que a regresar te impulsa
al punto de partida.

Viajaste, muchas cosas has visto muchos soles
tocaste muertos y vivos
el dolor percibiste del muchacho
y los quejidos de la mujer
el amargor del niño inmaturo—
y lo que percibiste se abate sin sostén
si en este vacío no pones tu confianza.
Tal vez encuentres allá lo que creíste perdido;
el brote de la juventud, la justa
sumersión de la vejez.

Tu vida es lo que diste
este vacío es lo que diste
papel blanco.

9

Hablabas de cosas que no veían los demás
y éstos reíanse.

Boga con todo en el umbroso río
contra la corriente;
cursa los caminos incógnitos
a ciegas, obstinado
y busca palabras enraizadas
como el olivo de múltiples nudos—
y déjalos que rían.
Aspira a que también el otro mundo
en la hodierna sofocante soledad habite
en este presente dilapidado—
déjalos.

El rocío del alba y el viento del mar
existen sin que nadie lo demande.

10

A la hora en que los sueños se vuelven verdad
al despuntar el día
vi los labios abrirse
pétalo a pétalo

En el cielo brillaba una delgada hoz.
Temí que los segara.

11

El mar que nombran la serenidad
barcos y velas blancas
brisa desde los pinos y el Monte de Egina
respiración jadeante;
resbalaba tu piel sobre la piel de ella fácil y cálida
cual incipiente pensamiento que se olvida al punto.

Pero en los médanos
un pulpo arponeado lanzó tinta
y en el fondo—
si pudieras pensar hasta donde terminan
las hermosas islas.

Mirábate con toda la luz y la tiniebla que poseo.

12

Agítase ahora la sangre
al bullir el calor
en las venas del cielo virulento.

Pretende trascolarse a través de la muerte
para encontrar la bienaventuranza.

La luz es pulsación
más y más lenta cada vez
piensas que va a detenerse.

13

Un poco más y se detiene el sol.
Los espíritus del alba
soplaron en las desecadas caracolas;
el pájaro cantó tres veces
tres veces sólo;
la lagartija en la piedra blanca
queda inmóvil
mirando la yerba requemada
allí donde se deslizó la culebra.
Un ala negra traza una profunda brecha
arriba en la cúpula del azul—
átala, que se abre.

Dolor de la resurrección.

14

Ahora,
con el plomo fundido de las adivinanzas*
el centelleo del mar estival,
la desnudez entera de la vida;
y el pasar y el parar y
el acostarse y el incorporarse
Como el pino en pleno mediodía
por la resina sojuzgado a engendrar la llama se apresura
y no soporta ya el dolor—

grítales a los niños que junten la ceniza
y la siembren.
Lo pasado pasó justificadamente.
Y aun lo que no pasó
debe quemarse
en este mediodía con el sol enclavado
en el corazón de la rosa de cien pétalos.


Giorgos Seferis (Grecia, 1900-1971) 

(Traducido del griego por Jaime García Terrés)

* Alusión a una ceremonia que, al mediodía de cada 24 de junio, tiene lugar en ciertas islas griegas. Dicha ceremonia, llamada klído-nas, se desenvuelve como sigue: Reunidas algunas muchachas, llenan una vasija de barro con el agua de un pozo, en medio del mayor silencio. Al mismo tiempo, caliéntase en otra vasija un pedazo de plomo, hasta que el plomo se funde. En seguida, se vierte el plomo derretido en el primer recipiente lleno de agua, mientras rezan determinadas oraciones. Como es natural, al enfriarse, el plomo se endurece y adopta formas caprichosas. Una de las muchachas lo toma entonces con sus manos y lo entrega a una “adivina”, para que, mediante una interpretación de esa forma, le prediga el futuro. El mismo proceso se repite en beneficio de cada una de las participantes. (Nota del traductor).

Por otra parte, Luis González de Alba señala: "Giorgos Seferis comete un error semejante en Solsticio de Verano. Dicen los dos primeros versos, en traducción de Jaime García Terrés: El mayor de los soles en un lado/ y del otro luna nueva. La luna nueva o invisible se produce cuando está del mismo lado que el Sol. Debo reconocer que dudé del traductor, pero en el original Seferis dice, en efecto, neo feggari (luna nueva)."

jueves, 13 de junio de 2013

Páginas ajenas: LA FERIA DE LAS TINIEBLAS, de Ray Bradbury


 
(Párrafo inicial del prólogo: Junio, el mejor mes del año)

En primer lugar, era octubre, un mes raro para los niños. En verdad, todos los meses son raros, de un modo o de otro. Pero los hay buenos y malos, como dicen los piratas. Septiembre, por ejemplo, un mes malo: empiezan las clases. Pero agosto es bueno: las clases todavía no han empezado. Julio, bueno, julio es realmente estupendo: no hay ni rastros de clases. Junio, no hay ninguna duda, junio es el mejor de todos porque las puertas de la escuela se abren de par en par, y para septiembre falta un millón de años.


Ray Bradbury (EUA, 1920-2012)

jueves, 6 de junio de 2013

Vampiros: A UN RETRATO, de Octavio Paz

al pintor Juan Soriano

No suena el viento,
dormido allá en sus cuevas
y en lo alto se ha detenido el cielo
con sus estrellas y sus sombras.
Entre nubes de yeso arde la luna.
El vampiro de boca sonrosada,
arpista del infierno, abre las alas.
Hora paralizada, suspendida
entre un abismo y otro.
           
Y las cosas despiertan, vueltas sobre sí mismas,
y se incorporan en silencio,
con el horror y la delicia
que su ser verdadero les infunde.
Y despiertan los ángeles de almendra,
los ángeles de fuego de artificio
y el nahual y el coyote y el aullido,
las animas en pena que se bañan
en las heladas playas del infierno,
y la niña que danza y la que duerme
en una caja de cartón con flores.

           
Por amarillos escoltada
una joven avanza, se detiene.
El terciopelo y el durazno
Se alían en su vestido.
Los pálidos reflejos de su pelo
son el otoño sobre un río.
Sol desolado en un desierto pasillo
¿a quién espera, de quién huye,
indecisa entre el terror y el deseo?
¿Vio brotar al inmundo de su espejo?
¿Se enrosco entre sus muslos la serpiente?
           
Vaga por los espacios amarillos
como una lenta pluma de esplendor y desdicha.
Se detiene al borde de un latido, quieta.
No respiran, no brillan
en su pecho de espuma
las cuentas del collar, fulgor quebrado.
Algo mira o la mira.
Atrás, la puerta calla.
El muro resplandece con fatigadas luces.

 

Octavio Paz (México, 1914-1998).
Obtuvo el premio Nobel en 1990.
 
* Sobre este retrato de Elena Garro, escribió Enrique Krause: "Y, en efecto, allí está como debió de ser, una belleza áurea, enigmática y cerebral. Sentada en una terraza, tras ella se advierte una puerta cerrada, acaso la misma que -como evocaba Soriano- se cerró muchas noches para Octavio Paz. Su poema sobre este retrato (A un retrato) fluye entre imágenes de ternura y deseo y toques de amenaza, casi de horror."

miércoles, 5 de junio de 2013

Páginas ajenas: VLAD, de Carlos Fuentes

".. y el matrimonio del sexo y el horror, la mujer y el miedo..."

(Fragmento del primer capítulo)

Su oscuro origen (o su gélida razón sin concesiones sentimentales) excluía de la casona de piedra gris, separada de la calle por un brevísimo jardín desgarbado que conducía a una escalinata igualmente corta, toda referencia de tipo familiar. En vano se buscarían fotografías de mujeres, padres, hijos, amigos. En cambio, abundaban los artículos de decoración fuera de moda que le daban a la casa un aire de almacén de anticuario. Floreros de Sévres, figurines de Dresden, desnudos de bronce y bustos de mármol, sillas raquíticas de respaldos dorados, mesitas del estilo Biedermeier, una que otra intrusión de lámparas art nouveau, pesados sillones de cuero bruñido… Una casa, en otras palabras, sin un detalle de gusto femenino.
 
En las paredes forradas de terciopelo rojo se encontraban, en cambio, tesoros artísticos que, vistos de cerca, dejaban apreciar un común sello macabro. Grabados angustiosos del mexicano Julio Ruelas: cabezas taladradas por insectos monstruosos. Cuadros fantasmagóricos del suizo Henry Füssli, especialista en descripción de pesadillas, distorsiones y el matrimonio del sexo y el horror, la mujer y el miedo…
 
- Imagínese -me sonreía el abogado Zurinaga-. Füssli era un clérigo que se enemistó con un juez que lo expulsó del sacerdocio y lo lanzó al arte…
 
Zurinaga juntó los dedos bajo el mentón.
 
- A veces, a mí me hubiese gustado ser un juez que se expulsa a sí mismo de la judicatura y es condenado al arte...

Suspiró. - Demasiado tarde. Para mí la vida se ha convertido en un largo desfile de cadáveres… Sólo me consuela contar a los que aún no se van, a los que se hacen viejos conmigo…

Hundido en el sillón de cuero gastado por los años y el uso, Zurinaga acarició los brazos del mueble como otros hombres acarician los de una mujer. En esos dedos largos y blancos, había un placer más perdurable, como si el abogado dijese: - La carne perece, el mueble permanece. Escoja usted entre una piel y otra…


El patrón estaba sentado cerca de una chimenea encendida de día y de noche, aunque hiciese calor, como si el frío fuese un estado de ánimo, algo inmerso en el alma de Zurinaga como su temperatura espiritual.
 
Tenía un rostro blanco en el que se observaba la red de venas azules, dándole un aspecto transparente pero saludable a pesar de la minuciosa telaraña de arrugas que le circulaban entre el cráneo despoblado y el mentón bien rasurado, formando pequeños remolinos de carne vieja alrededor de los labios y gruesas cortinas en la mirada, a pesar de todo, honda y alerta -más aún, quizás, porque la piel vencida le hundía en el cráneo los ojos muy negros.
 

Carlos Fuentes (1929-2012)
 
 La ilustración corresponde a La pesadilla (1781), de Johann Heinrich Füssli.
 
 
 

La lectura de las primeras páginas de la novela es posible en el sitio de Editorial Alfaguara: http://www.alfaguara.com/mx/libro/vlad/

martes, 4 de junio de 2013

Vampiros: AMANTES, de Jorge Gaitán Durán

"... como dos vampiros al alzarse el día..."

I

Somos como son los que se aman.
Al desnudarnos descubrimos dos monstruosos
desconocidos que se estrechan a tientas,
cicatrices con que el rencoroso deseo
señala a los que sin descanso se aman:
el tedio, la sospecha que invencible nos ata
en su red, como en la falta dos dioses adúlteros.
Enamorados como dos locos,
dos astros sanguinarios, dos dinastías
que hambrientas se disputan un reino,
queremos ser justicia, nos acechamos feroces,
nos engañamos, nos inferimos las viles injurias
con que el cielo afrenta a los que se aman.
Sólo para que mil veces nos incendie
el abrazo que en el mundo son los que se aman

mil veces morimos cada día.

II
 
Desnudos afrentamos el cuerpo
como dos ángeles equivocados,
como dos soles rojos en un bosque oscuro,
como dos vampiros al alzarse el día,
labios que buscan la joya del instante entre dos muslos,
boca que busca la boca, estatuas erguidas
que en la piedra inventan el beso
sólo para que un relámpago de sangres juntas
cruce la invencible muerte que nos llama.
De pie como perezosos árboles en el estío,
sentados como dioses ebrios
para que me abrasen en el polvo tus dos astros,
tendidos como guerreros de dos patrias que el alba separa,
en tu cuerpo soy el incendio del ser.
 
 
Jorge Gaitán Durán (Colombia, 1924-1962)

lunes, 3 de junio de 2013

Páginas ajenas: NO PERDURA, de José Emilio Pacheco

"... contemplaban la película de la que Ernesto no saldrá jamás."

A Edmundo Valadés en los cincuenta años de El Cuento

La mano de Claudia se cerró con mayor fuerza en su mano. Un vago horror remplazó la sorna con que Ernesto miraba la película. En la pantalla observada por miles de personas como ellos apareció un corredor sombrío. El rostro del que representa la víctima adquiere un aspecto de terror verdadero. Pero qué absurdo compartir en 1961 la sugestión de un público idiota al que espantan los trucos de una película filmada en los años treinta. Ernesto debió haberla visto de niño porque en ella todo le parecía familiar.

Ni siquiera está bien hecha, dijo en su interior. La actuación ya resulta muy anticuada. En el fondo es involuntariamente cómica. No me explico por qué no se ríe el público. Pero la mano de Claudia llenaba de sudor la palma de la mano de Ernesto, mientras en un campanario de utilería, en un estudio de filmación destruido años después por las bombas aliadas, suenan las doce de la noche en un reloj que ya no existe. Y sobre las rayas y veladuras de la copia maltrecha el vampiro avanza con un candelabro en la mano y el viento hace girar las cortinas de gasa. Viento muerto, viento falso, viento que no se alzó nunca: es una ficción más soplada por inmensos ventiladores eléctricos en un lugar de Europa que ha desaparecido. Hoy asienta multifamiliares o fábricas o grandes tiraderos de basura y escombros.

En ese mundo de celuloide próximo a deshacerse por la acción corrosiva de los nitratos la ventana se abre, vuela un falso murciélago que sostiene un hilo finísimo y, por obra del montaje, se transforma en vampiro. Es decir, en un hombre pálido o verdoso -el blanco y negro de la película no autoriza esa precisión- envuelto en una capa, sonriente y cruel con sus colmillos curvos y agudos. El vampiro camina hacia su víctima. El intérprete se vuelve hacia la cámara. Lo observan el director, el camarógrafo, la script-girl, todo el equipo. Al terminar la toma brindarán con el vampiro y hablarán de cómo Hitler se ha afianzado en el poder y prepara la venganza contra las naciones que humillaron a Alemania en 1918.

El vampiro murió (Holanda, la Luftwaffe). Los jóvenes del staff murieron en el invierno infernal de Stalingrado. Hoy el director hace películas azucaradas en que siempre se bailan valses vieneses. Todo normal. La muerte llega, la vida continúa, las guerras y los crímenes se olvidan. En 1961 el terror no brota de los castillos en los Cárpatos sino de los depósitos en los que almacenan bombas de hidrógeno.

Ernesto reflexionaba en todo esto. Pero en la otra realidad de la pantalla el rostro de la víctima llena el cuadro y observa, ya desprovisto de cualquier defensa, las caras del público remoto, impensable en el momento en que se filmaron esas secuencias. Y el close-up permanece hasta que el vampiro se acerca y clava sus colmillos en el cuello del último descendiente de quien en el siglo XVI violó su tumba, intentó clavarle una estaca en el pecho y derramó su sangre inmortal.
 
Ernesto la tomó del brazo cuando salieron del cine:
 
- ¿Te gustó?
- No, estas cosas me aterran.
- Claudia, por favor, ya estás grandecita.
- Perdóname. Comprendo que es una tontería.
- Me encantan las películas de terror... Son muy chistosas.
- A mí no. Luego no puedo dormir.
- ¿Dónde quieres cenar?
- En ningún lado. Ya se me hizo tarde.
- Son apenas las once.
- No quiero que mis padres se preocupen.
- Bueno, te iré a dejar. No quiero causarte problemas.
 
Veinte minutos después Ernesto detuvo el coche frente a la casa de Claudia.
 
- Pasa. Podemos tomar algo.
- No, mejor nos vemos mañana. Te llamo temprano.
- Como quieras. ¿Estás enojado?
- ¿Por qué voy a estarlo?
 
Ernesto la besó ligeramente en los labios; esperó a que entrara y siguió por avenida Revolución. Al llegar a San Ángel dio vuelta a la derecha y continuó por las calles empedradas. Bajó para abrir con su llave la puerta del garaje. Le pareció más ingrato que nunca vivir solo en lo que había sido la finca de sus bisabuelos, una casa de campo llena de corredores, edificada en 1890, cuando San Ángel era un lugar de fin de semana para los ricos de la capital.
 
La sirvienta se iba a las siete. A Ernesto le hubiera gustado escuchar otro rumor que no fuese el susurro del viento en los árboles y el murmullo del río agonizante al que pronto iban a sepultar en tubos de concreto. "Es", se dijo, "una noche ideal para la aparición de los vampiros. Por fortuna los vampiros no existen más que en los cuentos y en las películas."
 
Guardó el automóvil. Atravesó el jardín. Sintió caer una gota. Comenzaba la lluvia. Se levantaba el viento helado del Ajusco. Ernesto entró en su cuarto y se cambió de ropa. Tenía hambre. Estaba a punto de ir a la cocina cuando se apagó la luz.
 
"Pasa lo mismo siempre que llueve", murmuró. Encendió las cinco bujías de un candelabro y avanzó hacia la cocina. En ese instante se dio cuenta de que el corredor era idéntico al de la película. No, idéntico no: era el mismo corredor de la película.
 
La piel de Ernesto se erizó. Estaba en el corredor que había pisado siempre desde niño y también en el corredor en los Cárpatos que daba a habitaciones encortinadas de gasa. Se detuvo. Escuchó el aleteo de un murciélago. Cuando Ernesto se volvió, el murciélago era ya el vampiro, el muerto vivo enterrado en el siglo XVI y ahora mismo en 1961 y en el presente perpetuo que es el único tiempo conjugable en el cine.
 
Ernesto arrojó el candelabro. Se apresuró a abrir la puerta de la cocina. Entró en ella y descubrió a dos mil o tres mil espectadores que contemplaban la película de la que Ernesto no saldrá jamás. Porque el vampiro ya clava en él sus colmillos y la mano de Claudia se aferraba a la mano de un Ernesto ficticio. El verdadero Ernesto, ya agonizante, puede mirarlo desde el otro lado de la pantalla, mientras el vampiro le envenena la sangre y lo va hundiendo para siempre en la noche.


José Emilio Pacheco (México, 1939)