Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

jueves, 21 de julio de 2016

Canícula: SOBRE UN VERSO EXTRANJERO, de Giorgos Seferis

"... una mano encallecida por las jarcias y el timón, con la piel curtida por el cierzo, la canícula y las nieves."

Dichoso quien hizo el viaje de Odiseo.
Dichoso si al marchar sintió firme la coraza de un amor
extendida por su cuerpo, como las venas donde
bulle la sangre.


De un amor con cadencia sin fin, invencible como la
música y eterno
porque nació cuando nacimos y cuando nos muramos, si es
que muere, ni nosotros ni nadie lo sabe.


Pido a Dios que me ayude a decir, en un momento de gran
felicidad, cuál es este amor:
me siento a veces rodeado del exilio y escucho su lejano
bramido como el fragor del mar mezclado con la
borrasca inexplicable.


Una y otra vez surge ante mí el fantasma de Odiseo, con
los ojos arrasados por la sal de las olas
y por el deseo maduro de ver de nuevo el humo que brota
del hogar de su morada y su perro ya viejo
aguardándole a la puerta.


Inmenso él, se detiene musitando tras sus barbas encanecidas
palabras en nuestra lengua, como la hablaban
hace tres mil años.
Extiende una mano encallecida por las jarcias y el timón,
con la piel curtida por el cierzo, la canícula
y las nieves.


Parece querer arrojar de nosotros mismos al Cíclope
sobrehumano que mira por un único ojo, a las Sirenas
que te imponen el olvido, si las escuchas,
a Escila y Caribdis:
a tantos monstruos extraños que nos impiden pensar que
también él fue un hombre que luchó en el mundo
con cuerpo y alma.


Es el gran Odiseo: aquel que sugirió construir el caballo
de madera con el que los aqueos conquistaron
Troya.


Sueño que viene a enseñarme cómo construir yo un caballo
de madera con el que conquistar mi propia Troya.
Habla quedo y tranquilo, sin esfuerzo, parece conocerme
como un padre
o como uno de esos viejos marineros que apoyados en sus
redes -cuando había tormenta y bramaba el viento-

me decían, en mis años infantiles, la canción de Erotócrito
con lágrimas en los ojos
-temblaba yo en medio de mi sueño al escuchar la triste
suerte de Areti al bajar los peldaños de mármol.


Me dice el penoso esfuerzo de sentir las velas de tu
nave henchidas de nostalgia y de tu alma
convertida en timón.
Y también que estás solo, inmerso en la tiniebla de la
noche y a la deriva como la parva en la era.


La amargura de ver naufragar a tus amigos entre los
elementos dispersos: uno a uno.
Y qué vigor extraño sientes al hablar con los muertos
cuando los vivos que quedaron ya no bastan.


Habla… Aún veo sus manos que sabían comprobar si estaba
bien tallado, a proa el mascarón
que me den un sereno mar azul en el corazón del invierno.




Giorgos Seferis: Giorgios Stylianou Seferiadis
(Griego nacido en la actual Turquía, en 1900, murió en 1971). Obtuvo el premio Nobel en 1963. 

(Traducido del griego por Pedro Bádenas de la Peña)

miércoles, 20 de julio de 2016

Canícula: EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO, de William Shakespeare

"Nunca, desde las noches de la canícula, nos hemos encontrado en colina o llanura, en bosque o pradera..."
 
(Fragmento del segundo acto, escena II)

Oberón: ¿Cómo puedes tener la insolencia de aludir así a mi valimiento con Hipólita, cuando sabes que conozco tu amor por Teseo? ¿No eres tú quien lo guió en la estrellada noche, lejos de Perigenio, a quien había reducido? ¿Y no le hiciste quebrantar su promesa a la hermosa Eglé, y a Ariadna y a Antíope?
 
Titania: Todo esto es puro invento de los celos. Nunca, desde las noches de la canícula, nos hemos encontrado en colina o llanura, en bosque o pradera, junto al surtidor esculpido o el arroyo fugaz, o en la arenosa playa del mar, para bailar nuestras danzas en el viento silbador, sin que hayas venido a perturbar nuestra fiesta con tus disputas. Y por eso los vientos, llamándonos en vano con su música, han absorbido, como por venganza, las nieblas contagiosas del mar; y cayendo éstas sobre la tierra, han engrandecido de tal modo los más modestos ríos, que rebosaron por encima de sus márgenes. Así es que en vano jadeaba el buey bajo su yugo, y que el labrador ha prodigado su sudor. El verde maíz se ha podrido antes de que el penacho coronase su espiga; el redil permanece vacío en el campo inundado, y los cuervos se ceban en los rebaños muertos. Desierto y lleno de lodo está el sitio de las danzas con tamboriles y castañuelas; y por falta de tráfico es imposible discernir las caprichosas masas de verdura del laberinto rústico. Aquí falta a los mortales su invierno, y no hay noche alguna alegrada por un himno o una canción. La luna, que preside a las inundaciones, pálida de cólera por todo esto, inunda los aires y hace que abunden las enfermedades reumáticas; y a favor de esta perturbación vemos alteradas las estaciones. El granizo de cabeza cana cae en el fresco regazo de la encarnada rosa, y una guirnalda de perfumados botones se pone como por burla sobre la barba del viejo invierno y encima de su corona de hielo. La primavera, el verano, el fértil otoño, el sañudo invierno, cambian sus acostumbradas libreas, y el mundo, atónito con su aumento, no sabe ahora distinguir la una de la otra. Y toda esta serie de males es engendrada por nuestra disensión. Nosotros somos sus progenitores y su manantial.


William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616)

Canícula: MEMORIAS DE ADRIANO, de Marguerite Yourcenar


 
(Fragmento)

Al otro día subí a ver al emperador. Me sentía filial y fraternal a su lado. El hombre que se había gloriado siempre de servir y pensar como cualquier soldado de su ejército, llegaba a su fin en la más grande soledad; tendido en su lecho, seguía combinando grandiosos planes que ya no interesaban a nadie. Como siempre, su lenguaje seco y cortante afeaba su pensamiento; articulando trabajosamente las palabras, me habló del triunfo que le preparaba Roma. Negaba la derrota como negaba la muerte. Dos días después tuvo un segundo ataque. Se reanudaron mis ansiosos conciliábulos con Atiano y Plotina. Previsora, la emperatriz había elevado a mi antiguo amigo a la todopoderosa dignidad de prefecto del pretorio, poniendo así la guardia imperial a sus órdenes. Matidia, que no abandonaba la habitación del enfermo, estaba afortunadamente de nuestra parte; aquella mujer tan sencilla y tan tierna era como de cera entre las manos de Plotina. Pero ninguno de nosotros osaba recordar al emperador que la sucesión seguía pendiente. Quizá, como Alejandro, había decidido no nombrar en persona a su heredero; quizá tenía con el partido de Quieto compromisos que sólo él conocía. O, más sencillamente, se negaba a admitir su propio fin; así es como en tantas familias se ve morir intestados a tercos ancianos. Para ellos no se trata tanto de guardar hasta el fin su tesoro o su imperio, que sus dedos entumecidos ya han soltado a medias, como de no ingresar prematuramente en el estado póstumo de un hombre que ya no tiene decisiones que adoptar, sorpresas que dar, amenazas o promesas que hacer a los vivientes. Yo lo compadecía: éramos demasiado diferentes como para que pudiera encontrar en mi ese dócil continuador, dispuesto desde el comienzo a emplear los mismos métodos y hasta los mismos errores, y que la mayoría de los hombres que han ejercido autoridad absoluta buscan desesperadamente en su lecho de muerte. Pero el mundo, en torno a él, carecía de estadistas; yo era el único a quien podía elegir sin faltar a sus deberes de buen funcionario y de gran príncipe; como jefe habituado a valorar las hojas de servicio, estaba prácticamente obligado a aceptarme. Por lo demás, esa razón le daba un excelente motivo para odiarme. Poco a poco su salud se restableció lo bastante como para permitirle salir de su habitación. Hablaba de emprender una nueva campaña, pero ni él mismo creía en ella. Su médico Crito, que temía los calores de la canícula, logró por fin convencerlo de que retornara por mar a Roma. La noche antes de su partida me hizo llamar a bordo del navío que lo llevaría a Italia, y me nombró comandante en jefe en su reemplazo. Llegaba hasta eso; pero lo esencial quedaba por hacer.
 

Marguerite Yourcenar* (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987)

* El apellido Yourcenar era un seudónimo literario, anagrama del verdadero apellido: Crayencour. Su nombre completo fue Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislain Cleenewerck de Crayencour, al que podrían añadirse al final de Cartier de Marchienne, sus apellidos maternos.
 
(Traducido al español por Julio Cortázar) 

martes, 19 de julio de 2016

Canícula: DESCRIPCIÓN DEL ARDOR CANICULAR..., de Francisco de Quevedo

"Bébese sin piedad la sed del día en las fuentes y arroyos, y en los ríos la risa y el cristal y la armonía."


Descripción del ardor canicular que respeta el llanto enamorado y no lo enjuga
 
Ya la insana Canícula, ladrando
llamas, cuece las mieses, y, en hervores
de frenética luz, los labradores
ven a Proción los campos abrasando.
 
El piélago encendido está exhalando
al sol humos en traje de vapores;
y, en el cuerpo, la sangre y los humores
discurren sediciosos fulminando.
 
Bébese sin piedad la sed del día
en las fuentes y arroyos, y en los ríos
la risa y el cristal y la armonía.
 
Sólo del llanto de los ojos míos
no tiene el Can Mayor hidropesía,
respetando el tributo a tus desvíos.
 
 
Francisco de Quevedo (España, 1580-1645) 

lunes, 18 de julio de 2016

Canícula: MICROMEGAS, de Voltaire

"Qué distancia hay -dijo el saturnino- desde la Canícula hasta la estrella mayor de Géminis?"
 
(Fragmento del capítulo 7: La conversación que tuvieron)
 
- ¡Oh átomos inteligentes en quienes quiso el Eterno manifestar su arte y su poder! Decidme, amigo ¿no disfrutáis en vuestro globo terráqueo purísimos deleites? Apenas tenéis materia, sois todo espíritu, lo cual quiere decir que seguramente emplearéis vuestra vida en pensar y amar, que es la vida que corresponde a los espíritus. Yo que no he visto la felicidad en ninguna parte, creo ahora que está entre vosotros.
 
Encogiéronse de hombros al oír esto los filósofos. Uno de ellos quiso hablar con sinceridad y manifestó que, exceptuando un número reducidísimo, a quienes para nada se tenía en cuenta, todos los demás eran una cáfila de locos, perversos y desdichados.
 
- Más materia tenemos -dijo- de la que es menester para obrar mal, si procede el mal de la materia, y mucha inteligencia, si proviene de la inteligencia. ¿Sabéis por ejemplo que a estas horas, cien mil locos de nuestra especie, que llevan sombrero, están matando a otros cien mil animales que llevan turbante, o muriendo a sus manos? Tal es la norma en la tierra, desde que el hombre existe.
 
Horrorizóse el siriano y preguntó cuál era el motivo de tan horribles contiendas entre animales tan ruines.
 
- Se disputan -dijo el filósofo- unos trozos de tierra del tamaño de vuestros pies; y se los disputan no porque ninguno de los hombres que pelean y mueren o matan quiera para sí un terrón siquiera de aquel pedazo de tierra, sino por si éste ha de pertenecer a cierto individuo que llaman Sultán o a otro que apellidan Zar. Ninguno de los dos ha visto, ni verá nunca, el minúsculo territorio en litigio, así como tampoco ninguno de los animales que recíprocamente se asesinan han visto al animal por quien se asesinan.
 
- ¡Desventurados! -exclamó con indignación el siriano-. ¿Cómo es posible tan absurdo frenesí? Deseos me dan de pisar a ese hormiguero ridículo de asesinos.
 
- No hace falta que os toméis ese trabajo. Ellos solos se bastan para destruirse. Dentro de cien años habrán quedado reducidos a la décima parte. Aun sin guerras perecen de hambre, de fatiga, o de vicios. Pero no son ellos los que merecen castigo, sino quienes desde la tranquilidad de su gabinete y mientras hacen la digestión de una opípara comida, ordenan el degüello de un millón de hombres y dan luego gracias a Dios en solemnes funciones religiosas.
 
Sentíase el viajero movido a piedad hacia el ruin linaje humano en el cual tantas contradicciones descubría.
 
- Puesto que pertenecéis al corto número de los sabios -dijo a sus interlocutores- os ruego me digáis cuáles son vuestras ocupaciones.
 
- Disecamos moscas -respondió uno de los filósofos-, medimos líneas, coleccionamos nombres, coincidimos acerca de dos o tres puntos que entendemos y discrepamos sobre dos o tres mil que no entendemos.
 
El siriano y el saturnino se pusieron a hacerles preguntas para saber sobre qué estaban acordes.
 
- ¿Qué distancia hay -dijo el saturnino- desde la Canícula hasta la estrella mayor de Géminis?
 
Respondieron todos a la vez:
 
- Treinta y dos grados y medio.
 
- ¿Qué distancia hay de aquí a la Luna?
 
- Setenta semidiámetros de la Tierra.
 
- ¿Cuánto pesa vuestro aire?
 
No creían que pudiesen responder a esta pregunta; pero todos le dijeron que pesaba novecientas veces menos que el mismo volumen del agua más ligera y diecinueve mil veces menos que el oro.
 
Atónito el enanillo de Saturno ante la exactitud de las respuestas, estaba tentado a creer que eran magos aquellos mismos a quienes un cuarto de hora antes les había negado la inteligencia.
 
 
Voltaire: François-Marie Arouet (Francia, 1694-1778).

domingo, 17 de julio de 2016

Canícula: ODAS, de Horacio

 
 
Fuente de Bandusia,
más límpida que el vidrio,
que mereces vino dulce y flores,
recibirás mañana la ofrenda de un cabrito
cuya frente abultada
–ya le apuntan los cuernos–
promete amor y riñas: mas en vano,
porque el retoño de la grey lasciva
ha de teñir con su sangre escarlata
tus frías aguas.
La estación implacable de Canícula ardiente
no te atañe: tú ofreces
frescor amable a los toros que el arado
fatigó, y al errante ganado.
Y has de ser una de las fuentes ilustres,
porque yo
canto a la encina plantada en las rocas huecas
de donde surgen tus aguas cantarinas.
 
 
Quinto Horacio Flaco: Quintus Horatius Flaccus (Pieta latino, 65 a. de C.-8 a. de C.)

lunes, 21 de marzo de 2016

Exilio: PRIMAVERA CON UNA ESQUINA ROTA, de Mario Benedetti

"Uno de esos asombros fue en una tienda con máscaras, de colores un poco abusivos, hipnotizantes."

DON RAFAEL (Derrota y derrotero)

Lo esencial es adaptarse. Ya sé que a esta edad es difícil. Casi imposible. Y sin embargo. Después de todo, mi exilio es mío. No todos tienen un exilio propio. A mí quisieron encajarme uno ajeno. Vano intento. Lo convertí en mío. ¿Cómo fue? Eso no importa. No es un secreto ni una revelación. Yo diría que hay que empezar a apoderarse de las calles. De las esquinas. Del cielo. De los cafés. Del sol, y lo que es más importante, de la sombra. Cuando uno llega a percibir que una calle no le es extranjera, sólo entonces la calle deja de mirarlo a uno como a un extraño. Y así con todo. Al principio yo andaba con un bastón, como quizá corresponda a mis sesenta y siete años. Pero no era cosa de la edad. Era una consecuencia del desaliento. Allá, siempre había hecho el mismo camino para volver a casa. Y aquí echaba eso de menos. La gente no comprende ese tipo de nostalgia. Creen que la nostalgia sólo tiene que ver con cielos y árboles y mujeres. A lo sumo, con militancia política. La patria, en fin. Pero yo siempre tuve nostalgias más grises, más opacas.

Por ejemplo, ésa. El camino de vuelta a casa. Una tranquilidad, un sosiego, saber qué viene después de cada esquina, de cada farol, de cada quiosco. Aquí, en cambio, empecé a caminar y a sorprenderme. Y la sorpresa me fatigaba. Y por añadidura no llegaba a casa, sino a la habitación. Cansado de sorprenderme, eso sí. Tal vez por eso recurrí al bastón. Para aminorar tantas sorpresas. O quizá para que los compatriotas que iba encontrando, me dijeran: «Pero, don Rafael, usted allá no usaba bastón», y yo pudiera contestarles: «Bueno, tampoco vos usabas guayabera.» Sorpresa por sorpresa. Uno de esos asombros fue una tienda con máscaras, de colores un poco abusivos, hipnotizantes. No podía habituarme a las máscaras, aunque siempre fueran las mismas. Pero junto con la recurrencia de las máscaras, se repetía también mi deseo, o quizá mi expectativa, de que las máscaras cambiaran, y diariamente me asombraba encontrar las mismas. Y entonces el bastón me ayudaba. ¿Por qué? ¿Para qué? Bueno, para apoyarme cuando me asaltaba esa modesta decepción de todas las tardes, quiero decir cuando comprobaba que las máscaras no habían cambiado. Y debo reconocer que mi expectativa no era tan absurda. Porque la máscara no es un rostro. Es un artificio, ¿no? Un rostro cambia sólo por accidente. Quiero decir en su estructura; no en su expresión, que ésta sí es variable. En cambio, una máscara puede cambiar por miles de motivos. Digamos: por ensayo, por experimentación, por ajuste, por mejoría, por deterioro, por sustitución. Sólo a los tres meses comprendí que no podía esperar nada de las máscaras. No iban a cambiar esas empecinadas, esas tozudas. Y empecé a fijarme en los rostros. Al fin de cuentas, fue un buen cambio. Los rostros no se repetían. Venían hacia mí, y dejé el bastón. Ya no tenía que apoyarme para soportar el estupor. Quizá cada rostro no cambiara con los días, sino con los años, pero los que venían a mí (con excepción de una mendiga huesuda y tímida) eran siempre nuevos. Y con ellos venían todas las clases sociales, en autos impresionantes, en autitos modestos, en autobuses, en sillas de ruedas, o simplemente caminando. Ya no eché de menos el camino, montevideano y consabido, de vuelta a casa. En la nueva ciudad había nuevos derroteros. Derrotero viene de derrota, ya lo sé. Nuestra derrota no será total, pero es derrota. Ya lo había comprendido, pero lo confirmé plenamente cuando di la primera clase. El alumno se puso de pie y pidió permiso para preguntar. Y preguntó: «Maestro, ¿por qué razón su país, una asentada democracia liberal, pasó tan rápidamente a ser una dictadura militar?» Le pedí que no me llamara maestro. No es nuestra costumbre. Pero se lo pedí solamente para organizar la respuesta. Le dije lo consabido: que el proceso empezó mucho antes, no en la calma, sino en el subsuelo de la calma. Y fui anotando en el pizarrón los varios rubros, los períodos, las caracterizaciones, los corolarios. El muchacho asintió. Y yo leí en sus ojos compren- sivos toda la dimensión de mi derrota, de mi derrotero. Y desde entonces regreso cada tarde por una ruta distinta. Por otra parte, ahora ya no vuelvo a una habitación. Tampoco es una casa. Es simplemente un apartamento, o sea, un simulacro de casa: una habitación con agregados. Pero la nueva ciudad me gusta, ¿por qué no? Su gente -menos mal- tiene defectos. Y es muy entretenido especializarme en ellos. Las virtudes -por supuesto también las poseen- generalmente aburren. Los defectos, no. La cursilería, por ejemplo, es una zona prodigiosa, en la que nunca acabo de especializarme. Mi bastón, sin ir más lejos, era un amago de cursilería, y sin embargo tuve que abandonarlo. Cuando me siento cursi, me desprecio un poquito, y eso es malísimo. Porque nunca es bueno despreciarse, a menos que existan fundadas razones, que no es mi caso.

Mario Benedetti (Uruguay, 1920-2009).

jueves, 3 de marzo de 2016

Marzo: LAS CAMPANAS, de H. P. Lovecraft

"Hacia las viejas torres donde tañían badajos enloquecidos. Tañían... pero desde las corrientes sin sol..."

Hongos de Yuggoth

XIX. Las campanas

Año tras año oí aquel tañido débil y lejano
De graves campanas traído por el viento negro de medianoche;
Extraños repiques, que no venían de ningún campanario
Que pudiese descubrir, sino como de más allá de un gran vacío.
Busqué una pista en mis sueños y recuerdos,
Y pensé en todos los carillones que albergaban mis visiones;
Los de la apacible Innsmouth, donde las blancas gaviotas planeaban
En torno a una aguja que conocí antaño.

Siempre perplejo seguí oyendo caer aquellas notas
Hasta una noche de marzo en que la lluvia fría y desapacible
Me hizo franquear de nuevo las puertas del recuerdo
Hacia las viejas torres donde tañían badajos enloquecidos.
Tañían... pero desde las corrientes sin sol que fluyen
Por valles profundos hasta verter al lecho muerto del mar.


Howard Philips Lovecraft (Estados Unidos, 1890-1937).

(Traducido al español por Juan Antonio Santos y Sonia Trebelt).

Marzo: IN MEMORIAM, de Alfred Tennyson

"... se desliza y vuela, azul marino, el pájaro de marzo..."

Cuando rosadas plumas al alerce coronan,
y gorjea primores el tordo en una cima,
o bajo el matorral estéril se desliza
y vuela, azul marino, el pájaro de marzo,

ven, toma aquella forma por la cual reconozco
a tu espíritu a tiempo, entre tus pares:
y brille la esperanza de los años futuros,
anchurosos en tu frente.

Cuando va madurando, de hora en hora, el verano
y en muchas rosas de dulzura alienta,
y sobre las mil ondas de los trigos
que en torno a la alquería solitaria murmuran:

ven entonces, no cuando velamos en la noche,
sino con luz de sol, que cálida se tiende:
vente con la hermosura de esa tu nueva forma,
y dentro de la luz, como una luz más clara.


Alfred Tennyson (Inglaterra, 1809-1892).

(Traducido al español por Marià Manent).

miércoles, 2 de marzo de 2016

Marzo: EL CONDE DE MONTE- CRISTO, de Alexandre Dumas

"... el verdadero banquete de bodas se aplaza para el 2 de marzo."

(Fragmento del capítulo V: El banquete de boda)

- Pero ¿y las formalidades? -preguntó tímidamente Danglars- ¿el contrato... ?

- El contrato -le interrumpió Dantés riendo-, el contrato está ya hecho. Mercedes no tiene nada, yo tampoco; nos casamos en iguales condiciones; conque como verán ni se ha tardado en escribir el contrato, ni costará mucho dinero.

Esta broma excitó una nueva explosión de alegría y de enhorabuenas.

- Conque, es decir, que ésta es la comida de bodas -dijo Danglars.

- No -repuso Dantés-, no se la perderán, por eso pueden estar tranquilos. Mañana parto para París: cuatro días de ida, cuatro de vuelta y uno para desempeñar puntualmente la misión de que estoy encargado; el primero de marzo estoy ya aquí; el verdadero banquete de bodas se aplaza para el 2 de marzo.

La promesa de un nuevo banquete aumentó la alegría hasta tal punto, que el padre de Dantés, que al principio de la comida se quejaba del silencio, hacía ahora vanos esfuerzos para expresar sus deseos de que Dios hiciera felices a los esposos.


Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870).

La ilustración corresponde a la adaptación cinematográfica dirigida por Claude Autant-Lara en 1961,
con Louis Jourdan en el papel de Dantés e Yvonne Furneaux como Mercedes.

martes, 1 de marzo de 2016

Marzo: DEUTSCHES REQUIEM, de Jorge Luis Borges


(Fragmento sobre lo acontecido el 1 de marzo de 1939*)

Aseveran los teólogos que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, esta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Nadie puede ser, digo yo, nadie puede probar una copa de agua o partir un trozo de pan, sin justificación. Para cada hombre, esa justificación es distinta; yo esperaba la guerra inexorable que probaría nuestra fe. Me bastaba saber que yo sería un soldado de sus batallas. Alguna vez temí que nos defraudaran la cobardía de Inglaterra y de Rusia. El azar, o el destino, tejió de otra manera mi porvenir: el primero de marzo de 1939, al oscurecer, hubo disturbios en Tilsit que los diarios no registraron; en la calle detrás de la sinagoga, dos balas me atravesaron la pierna, que fue necesario amputar. Días después, entraban en Bohemia nuestros ejércitos; cuando las sirenas lo proclamaron, yo estaba en el sedentario hospital, tratando de perderme y de olvidarme en los libros de Schopenhauer. Símbolo de mi vano destino, dormía en el reborde de la ventana un gato enorme y fofo.

En el primer volumen de Panerga und Paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad. ¿Qué ignorado propósito (cavilé) me hizo buscar ese atardecer, esas balas y esa mutilación? No el temor de la guerra, yo lo sabía; algo más profundo. Al fin creí entender. Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud; batallar en Éfeso contra las fieras es menos duro (miles de mártires oscuros lo hicieron) que ser Pablo, siervo de Jesucristo; un acto es menos que todas las horas de un hombre. La batalla y la gloria son facilidades.; más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov.


Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)

* El relato incluye una nota de pie de página, supuestamente del editor, como ingenioso recurso narrativo, que dice: Ni en los archivos ni en la obra de Soergel figura el nombre de Jerusalem. Tampoco lo registran las historias de la literatura alemana. No creo, sin embargo, que se trate de un personaje falso. Por orden de Otto Dietrich fur Linde fueron torturados en Tarnowitz muchos intelectuales judíos, entre ellos la pianista Emma Rosenzweig. “David Jerusalem” es tal vez un símbolo de varios individuos. Nos dicen que murió el primero de marzo de 1943; el primero de marzo de 1939, el narrador fue herido en Tilsit.

No es la única coincidencia respecto a la fecha. También El aleph, del propio Borges, tiene una posdata correspondiente al 1º de marzo de 1943.

El texto íntegro ha sido publicado por Material de lectura de la UNAM:

viernes, 5 de febrero de 2016

Unicornios y febrero: SHIBBOLETH, de Paul Celan

"Unicornio: sabes de las piedras, sabes de las aguas..."

Junto a mis piedras
crecidas bajo el llanto
tras las rejas,
 
me arrastraron
al medio del mercado,
allá,
donde se iza la bandera, a la que
no he prestado nunca juramento.
 
Flauta,
flauta doble en la noche:
piensa el sombrío
y doble rojo
en Viena y en Madrid.
 
Pon tu bandera a media asta,
recuerdo.
A media asta
hoy para siempre.
 
Corazón:
dalo también aquí a conocer,
aquí, en medio del mercado.
Haz que resuene, el shibbólet,
en lo extranjero de la patria.
Febrero. No pasarán.
 
Unicornio:
sabes de las piedras,
sabes de las aguas,
ven,
te llevo
hacia las voces
de Extremadura.
 

Paul Celan: Paul Antschel
(Poeta en lengua alemana nacido en Rumania y muerto en Francia, 1920-1970)

(Traducido al español por José Ángel Valente)

jueves, 4 de febrero de 2016

UNICORNIO (del poemario Mitología del olvido)

"... flotan sobre los libros de sus bibliotecas y van a incrustarse entre libros amarillentos..."
 
De sueño en sueño vive,
más allá del arte rupestre
y de anónimos pergaminos
que consignan su longevidad.
Sólo los puros de corazón saben que existe,
lo ubican en mapas hechizados
que no requieren clavos porque flotan
sobre los muros de sus bibliotecas
y van a incrustarse entre libros amarillentos
de alquimia o leyendas medievales.
Cabalga libre por bosques imaginarios
y su galope es invisible a simple vista,
está hecho con la misma materia
que les da cuerpo a las quimeras.
La realidad es como los unicornios:
se alimenta de sueños.
  
Jules Etienne 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Unicornios: VOTO, de Marta Cywinska

"Mi memoria pretende ser un unicornio que sabrías domesticar..."

Que las páginas de los viejos manuscritos
hagan una muralla
con el fin de separarnos
de la yema del agua
con la idea de las monedas de oro
repetidas incluso por las bocas
de los mudos
cuando ronronean
los relojes mimosos
que agarran a tontas y a locas
los gatos de nuestros recuerdos
Y ya otra cortina
descubre tus cuadros
desesperados de haber perdido
de vista
la Dama Blanca robada
por el propietario
de una empresa onírica
que vende y revende
duendes
al lindero del bosque de Brocelianda
para revivir juntos
toda nuestra Bretaña
en la perplejidad más alta
árboles que alcanzan
nuestros brazos petrificados como menhires
Mi memoria pretende ser un unicornio
que sabrías domesticar...
 
 
Marta Cywinska (Escritora bilingüe polaca y francesa, nacida en Polonia en 1968)
 
(Traducido al español por Patrick Cintas)

martes, 2 de febrero de 2016

Unicornios: LA PROTECCIÓN INÚTIL, de Julio Cortázar

"¿Tengo la culpa yo, oh tierra poblada de espinas, de ser un unicornio?"

Lo sé muy bien, soy de una timidez enfermiza,
estar en el mundo me es hierro, me es guijarro.
Hasta el agua, casi siempre mi aliada,
resbala seca y hostil contra estos labios
que la quisieran almendra y encaje;
al atardecer, bajo la luz
ambigua que todavía me permite
errar por la ciudad, el perfil de las nubes,
ese perfil suavísimo,
lacera brutalmente mi piel y me obliga
a huir gritando, a refugiarme bajo los portales.
Me aconsejan que viaje en subterráneo
para mayor seguridad,
o que me compre un sombrero de alas flotantes.
De nada vale que me hablen
con el tono que suscitan los niños,
yo miro hacia lo lejos donde sin embargo hay
una golondrina esperando para afilar sus tijeras en mi cuello.
Los consejeros municipales
han llegado a votar créditos para mi protección
la gente se preocupa por mí.
Gracias, señoras y señores, me gustaría retribuir tanta gentileza
con ternura y civilidad; desgraciadamente ustedes 
estarán siempre allí y eso es acantilado a pique, máquina para moler la sombra,
insoportable exageración de una bondad armada a garras de coral.
Cada vez me parece más penoso complicar la existencia ajena, pero
no queda ninguna isla desierta, ninguna arboleda de mala fama,
ni quisiera un corralito para encerrarme en él, y, desde allí, mirar
a los demás bajo la luz de la alianza.
¿Tengo la culpa yo, oh tierra poblada de espinas, de ser un unicornio?
 
 
 Julio Cortázar (Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914; y fallecido en París, Francia en 1984).

lunes, 1 de febrero de 2016

Unicornios: EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO (Por el camino de Swann), de Marcel Proust

"... transformado en un ser ajeno a la humanidad, desprovisto de facultades lógicas, casi un fantástico unicornio..."

(Fragmento del libro primero: Por el camino de Swann)

Y al mirar el rostro que ponía Swann, cuando la oía, se hubiera dicho que estaba absorbiendo un anestésico que le ensanchaba la respiración. Y en aquellos momentos el placer que le daba la música y que no iba a tardar en crear en él una autentica necesidad, se parecía, en efecto, al que habría sentido al percibir perfumes, al entrar en contacto con un mundo para el que no estamos hechos, que nos parece sin forma, porque nuestros ojos no lo perciben, y sin significado, porque escapa a nuestra inteligencia y lo alcanzamos con un sólo sentido. Para Swann -cuyos ojos, aunque delicados gustadores de pintura, y cuyo entendimiento, aunque fino observador de las costumbres, llevaban para siempre la marca indeleble de la aridez de su vida-, era gran reposo, misteriosa renovación, sentirse transformado en un ser ajeno a la humanidad, ciego, desprovisto de facultades lógicas, casi un fantástico unicornio, un ser quimérico que sólo percibía el mundo por el oído. Y, como en la frasecita (de la sonata de Vinteuil) buscaba, sin embargo, un sentido hasta el que su inteligencia no podía descender, experimentaba una extraña embriaguez al despojar su alma más recóndita de todos los auxilios del razonamiento y hacerla pasar sola por el pasadizo, por el filtro obscuro, del sonido. Empezaba a darse cuenta de todo el dolor -y tal vez la insatisfacción secreta incluso- que encerraba la dulzura de aquella frase, pero no por ello sufría.


Marcel Proust (Francia, 1871-1922)