Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

domingo, 20 de febrero de 2011

Páginas ajenas: MUERTE DE ISOLDA, de Horacio Quiroga



Concluía el primer acto de Tristán e Isolda. Cansado de la agitación de ese día, me quedé en mi butaca, muy contento de mi soledad. Volví la cabeza a la sala, y detuve enseguida los ojos en un palco bajo.

Evidentemente, un matrimonio. Él, un marido cualquiera, y tal vez por su mercantil vulgaridad y la diferencia de años con su mujer, menos que cualquiera. Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezas que más que en el rostro -aun bien hermoso-, reside en la perfecta solidaridad de mirada, boca, cuello, modo de entrecerrar los ojos. Era, sobre todo, una belleza para hombres, sin ser en lo más mínimo provocativa; y esto es precisamente lo que no entenderán nunca las mujeres.

La miré largo rato a ojos descubiertos porque la veía muy bien, y porque cuando el hombre está así en tensión de aspirar fijamente un cuerpo hermoso, no recurre al arbitrio femenino de los anteojos.

Comenzó el segundo acto. Volví aún la cabeza al palco, y nuestras miradas se cruzaron. Yo, que había apreciado ya el encanto de aquella mirada vagando por uno y otro lado de la sala, viví en un segundo, al sentirla directamente apoyada en mí, el más adorable sueño de amor que haya tenido nunca.

Fue aquello muy rápido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en mi largo minuto de insistencia, tornaron fugazmente a mí.

Fue asimismo, con la súbita dicha de haberme soñado un instante su marido, el más rápido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otra vez, pero en ese instante sentí que mi vecino de la izquierda miraba hacia allá, y después de un momento de inmovilidad por ambas partes, se saludaron.

Así, pues, yo no tenía el más remoto derecho a considerarme un hombre feliz, y observé a mi compañero. Era un hombre de más de treinta y cinco años, de barba rubia y ojos azules de mirada clara y un poco dura, que expresaba inequívoca voluntad.

- Se conocen -me dije- y no poco.

En efecto, después de la mitad del acto mi vecino, que no había vuelto a apartar los ojos de la escena, los fijó en el palco. Ella, la cabeza un poco echada atrás y en la penumbra, lo miraba también. Me pareció más pálida aún. Se miraron fijamente, insistentemente, aislados del mundo en aquella recta paralela de alma a alma que los mantenía inmóviles.

Durante el tercero, mi vecino no volvió un instante la cabeza. Pero antes de concluir aquél, salió por el pasillo lateral. Miré al palco, y ella también se había retirado.

- Final de idilio -me dije melancólicamente.

Él no volvió más, y el palco quedó vacío.

* * *

- Sí, se repiten -sacudió largo rato la cabeza-. Todas las situaciones dramáticas pueden repetirse, aún las más inverosímiles, y se repiten. Es menester vivir, y usted es muy muchacho... Y las de su Tristán también, lo que no obsta para que haya allí el más sostenido alarido de pasión que haya gritado alma humana. Yo quiero tanto como usted esa obra, y acaso más. No me refiero, querrá creer, al drama de Tristán, y con él las treinta y seis situaciones del dogma, fuera de las cuales todas son repeticiones. No; la escena que vuelve como una pesadilla, los personajes que sufren la alucinación de una dicha muerta, es otra cosa. Usted asistió al preludio de una de esas repeticiones... Sí, ya sé que no se acuerda... No nos conocíamos con usted entonces... ¡Y precisamente a usted debía de hablarle de esto! Pero juzga mal lo que vio y creyó un acto mío feliz... ¡Feliz!... oígame. El buque parte dentro de un momento, y esta vez no vuelvo más... Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, por dos razones: Primero, porque usted tiene un parecido pasmoso con lo que era yo entonces -en lo bueno únicamente, por suerte-. Y segundo, por que usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla, después de lo que va a oír. Oígame:

La conocí hace diez años, y durante los seis meses que fui su novio hice cuanto estuvo en mí para que fuera mía. La quería mucho, y ella, inmensamente a mí. Por esto cedió un día, y desde ese instante mi amor, privado de tensión, se enfrió.

Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba con la dicha de poseer mi nombre, yo vivía en una esfera de mundo donde me era inevitable flirtear con muchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas.

Una de ellas llevó conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party a un extremo tal, que me exasperé y la pretendí seriamente. Pero si mi persona era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a prometerle el tren necesario, y me lo dio a entender claramente.

Tenía razón, perfecta razón. En consecuencia, flirteé con una amiga suya, mucho más fea, pero infinitamente menos hábil para estas torturas del téte-a-téte a diez centímetros, cuya gracia exclusiva consiste en enloquecer a su flirt, manteniéndose uno dueño de sí. Y esta vez no fui yo quien se exasperó.

Seguro, pues, del triunfo, pensé entonces en el modo de romper con Inés. Continuaba viéndola, y aunque no podía ella engañarse sobre el amortiguamiento de mi pasión, su amor era demasiado grande para no iluminarle los ojos de felicidad cada vez que me veía llegar.

La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba, habría cerrado los ojos para no perder la más vaga posibilidad de subir con su hija a una esfera mucho más alta.

Una noche fui allá, dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo mismo. Inés corrió a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente pálida.

- ¿Qué tienes? -me dijo.

- Nada - le respondí con sonrisa forzada, acariciándole la frente. Ella dejó hacer, sin prestar atención a mi mano y mirándome insistentemente. Al fin apartó los ojos contraídos y entramos en la sala.

La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo sólo un momento y desapareció.

Romper es palabra corta y fácil; pero comenzarlo...

Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó la mano de la cara y me clavó los ojos, dolorosos de angustioso examen.

- ¡Es evidente!... -murmuró.

- ¿Qué? -le pregunté fríamente.

La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su rostro se demudó:

- ¡Que ya no me quieres! -articuló en una desesperada y lenta oscilación de cabeza.

- Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo -respondí.

No podía darse respuesta más dura; pero yo tenía ya el comienzo.

Inés me miró un rato casi como a un extraño, y apartándome bruscamente la mano con el cigarro, su voz se rompió:

- ¡Esteban!

- ¿Qué? -torné a repetir.

Ésta vez bastaba. Dejó lentamente mi mano y se reclinó atrás en el sofá, manteniendo fija en la lámpara su rostro lívido. Pero un momento después su cara caía de costado bajo el brazo crispado, al respaldo.

Pasó un rato aún. La injusticia de mi actitud -no veía en ella más que injusticia- acrecentaba el profundo disgusto de mí mismo. Por eso cuando oí, o más bien sentí, que las lágrimas brotaban al fin, me levanté con un violento chasquido de lengua.

- Yo creía que no íbamos a tener más escenas le dije paseándome.

No me respondió y agregué:

- Pero que sea esta la última.

Sentí que las lágrimas se detenían, y bajo ellas me respondió un momento después:

- Como quieras.

Pero en seguida cayó sollozando sobre el sofá:

- ¡Pero qué te he hecho! ¡Qué te he hecho!

- ¡Nada! -le respondí-. Pero yo tampoco te he hecho nada a ti... Creo que estamos en el mismo caso. ¡Estoy harto de estas cosas!

Mi voz era seguramente más dura que mis palabras. Inés se incorporó, y sosteniéndose en el brazo del sofá, repitió, helada:

- Como quieras.

Era una despedida, yo iba a romper, y se me adelantaban. El amor propio, el vil amor propio tocado a vivo, me hizo responder:

- Perfectamente... Me voy. Que seas más feliz... otra vez.

No comprendió y me miró con extrañeza. Yo había ya cometido la primera infamia; y como en esos casos, sentí el vértigo de enlodarme más aún.

- ¡Es claro! -apoyé brutalmente-. Porque de mí no has tenido queja... ¿no?

Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme agradecida.

Comprendió más mi sonrisa que mis palabras, y mientras yo salía a buscar mi sombrero en el corredor, su cuerpo y su alma entera se desplomaban en la sala.
 
Entonces, en ese instante en que crucé la galería, sentí intensamente lo que acababa de hacer. Aspiración de lujo, matrimonio encumbrado, todo me resaltó como una llaga en mi propia alma. Y yo, que me ofrecía en subasta a las mundanas feas con fortuna, que me ponía en venta, acababa de cometer el acto más ultrajante con la mujer que nos ha querido demasiado... Flaqueza en el Monte de los Olivos, o momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin: ansia de sacrificio, de reconquista más alta de propio valer. Y luego la inmensa sed de ternura, de borrar beso tras beso las lágrimas de la mujer adorada, cuya primera sonrisa tras la herida que le hemos causado es la más bella luz que pueda inundar el corazón de un hombre.

¡Y concluido! No me era posible ante mí mismo volver a tomar lo que acababa de ultrajar de ese modo: ya no era digno de ella, ni la merecía más. Había enlodado en un segundo el amor más puro que hombre alguno haya sentido sobre sí, y acababa de perder con Inés la irreencontrable felicidad de poseer a quien nos ama entrañablemente.

Desesperado, humillado, crucé por delante de la sala y la vi echada sobre el sofá, sollozando el alma entera, entre sus brazos.

¡Inés! ¡Perdida ya! Sentí más honda mi miseria ante su cuerpo, todo amor, sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta casi, me detuve.

- ¡Inés! -dije.

Mi voz no era ya la de antes. Y ella debió notarlo bien, porque su alma sintió, en aumento de sollozos, el desesperado llamado que le hacía mi amor -¡esa vez sí, inmenso amor!

- No, no... -me respondió-. ¡Es demasiado tarde!

(...)

Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura más seca y tranquila que la de sus ojos cuando concluyó. Por mi parte, no podía apartar de mi memoria aquella adorable belleza del palco, sollozando sobre el sofá...

- Me creerá -reanudó Padilla-, si le digo que en mis insomnios de soltero descontento de sí mismo la he tenido así ante mí... Salí enseguida de Buenos Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de gran fortuna... Volví a los ocho años, y supe entonces que se había casado, a los seis meses de haberme ido y torné a alejarme, y hace un mes regresé, bien tranquilizado ya, y en paz.

No había vuelto a verla. Era para mí como un primer amor, con todo el encanto dignificante que un idilio virginal tiene para el hombre hecho que después amó cien veces... Si usted es querido alguna vez como como yo lo fui, y ultraja como yo lo hice, comprenderá, toda la pureza que hay en mi recuerdo.

Hasta que una noche tropecé con ella. Sí, esa misma noche en el teatro... Comprendí al ver al opulento almacenero de su marido, que se había precipitado en el matrimonio, como yo al Ucayali... Pero al verla otra vez, a veinte metros de mí, mirándome, sentí que en mi alma, dormida en paz, surgía sangrando la desolación de haberla perdido, como si no hubiera pasado un solo día de esos diez años. ¡Inés! Su hermosura, su mirada -única entre todas las mujeres-, habían sido mías, bien mías, porque me habían sido entregadas con adoración. También apreciará usted esto algún día.

Hice lo humanamente posible para olvidar, me rompí las muelas tratando de concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la prodigiosa partitura de Wagner, ese grito de pasión enfermante, encendió en llama viva lo que quería olvidar. En el segundo o tercer acto no pude más y volví la cabeza. Ella también sufría la sugestión de Wagner y me miraba. ¡Inés, mi vida! Durante medio minuto su boca, sus manos, estuvieron bajo mi boca y mis ojos, y durante ese tiempo ella concentró en su palidez la sensación de esa dicha muerta hacía diez años. ¡Y Tristán siempre, sus alaridos de pasión sobrehumana, sobre nuestra felicidad yerta!

Me levanté entonces, atravesé las butacas como un sonámbulo, y avancé por el pasillo aproximándome a ella sin verla, sin que me viera, como si durante diez años no hubiera yo sido un miserable...

Y como diez años atrás, sufrí la alucinación de que llevaba mi sombrero en la mano e iba a pasar delante de ella.

Pasé, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido. Como diez años antes sobre el sofá ella, Inés, tendida ahora en el diván del antepalco, sollozaba la pasión de Wagner y su felicidad deshecha.

¡Inés!... Sentí que el destino me colocaba en un momento decisivo. ¡Diez años!... Pero, ¿habían pasado? ¡No, no, Inés mía!

Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los sollozos, la llamé:

- ¡Inés!

Y como diez años antes, los sollozos redoblaron, y como entonces me respondió bajo sus brazos:

- No, no... ¡Es demasiado tarde!


Horacio Quiroga (Uruguay, 1878-1937)
 
La ilustración corresponde a Tristán e Isolda, la muerte (1910), de Rogelio de Egusquiza.

sábado, 19 de febrero de 2011

Plath, Quiroga y Hemingway: La predisposición al suicidio



Recuerdo que recién acababa de ver la película Sylvia -con Gwyneth Paltrow como la trágica Sylvia Plath-. Esa misma noche me puse a leer su poesía y un rato más tarde ya me encontraba en la tarea de traducir al español su poema Espejo. La estrofa final me parecía terrible, por amarga y dolorosa. Aunque entonces caí en la cuenta de que la vejez, después de todo, no es inevitable si se tiene una muerte temprana. En lo personal, siempre he temido más a la senilidad que a la muerte. Me aterra la idea de depender de otros hasta para las tareas cotidianas elementales y esa supervivencia más allá de la inutilidad me parece, de plano, la terca permanencia en un lugar que ya no nos corresponde. Creo que en eso radica la gravedad del suicidio desde el punto de vista de la iglesia, porque en ese caso no es una fuerza superior la que dispone el momento de morir, es un acto volitivo del propio ser humano que lo confronta con su creador, y equivale a un desafío: voy a vivir sólo hasta que yo quiera, hasta que sea mi voluntad. Supongo que eso habrá influido para que la incidencia de suicidios sea tan alta entre los escritores. Finalmente la creación de una obra literaria, con sus arbitrarias situaciones y personajes, al antojo de quien lo escribe, es lo que más puede asemejar a un humano con la divinidad.

A la fecha, todavía sigo sin comprender la gran tragedia de la religión judeo cristiana -en la que hemos sido educados en la cultura occidental-, en torno al suicidio. Griegos y romanos lo practicaban sin tanto dilema moral, para ellos se trataba más bien de una mera cuestión existencial. Todavía en la actualidad, para los japoneses es un acto decoroso. Por ejemplo, cuando un sujeto ha cometido una falta grave, se atormenta con el harakiri y se quita la vida -a propósito de escritores, así lo hizo Yukio Mishima-, de esa manera limpia su honor y el de su descendencia. Es decir, no se trata de un hecho condenable, por el contrario, exalta el valor y el sentido del honor de quien lo practica. Pero a los católicos nos enseñaron que el suicidio va contra los principios de la religión. Por eso no tenemos la visión del suicida, así sea un poeta, como un personaje de belleza trágica. Sylvia Plath se suicidó por amor, o más bien, por la ausencia de él. Cuando se percató de que jamás iba a recuperar el amor perdido, decidió que entonces su existencia carecería de sentido. Lo apostó todo al amor por una persona y perdió. Horacio Quiroga se quitó la vida para evitar el sufrimiento. Después de leer su biografía y con todo lo que padeció ¿no se había ganado el derecho a renunciar a la vida si ésta no iba a ser más que la prolongación de un flagelo? Sin duda se trata de algo muy subjetivo. Pero mi opinión ni siquiera importa, porque la única que realmente cuenta es la de la propia Sylvia Plath, o la de Quiroga o la de Alfonsina Storni.

Después de traducir el poema, escribí un texto tratando de retomar algunas de sus líneas -no se trataba de una paráfrasis porque no era otro poema ni tampoco una recreación-, más bien me ocupaba de su muerte, de los momentos en que debió asumirla y traté de imaginar lo que habría visto en el espejo, con la certeza de que era la última vez que vería su rostro reflejado en él. El título: Sylvia Plath también se suicidó en febrero, se lo puse ayer mismo como consecuencia de que recién me había ocupado de Horacio Quiroga, otro suicida del mismo mes.

En el transcurso del día, recordé que en alguna ocasión, escribiendo sobre los suicidios en la familia Hemingway, encontré una explicación científica:

Ernest Hemingway se disparó con su escopeta en 1954, unos días antes de cumplir los sesenta y dos años. No fue el primero ni el único caso de suicido en la familia, Clarence, su propio padre, también se suicidó a los 57 años, lo mismo que sus tíos Ursula y Leicester, así como su nieta Margaux. Un médico advirtió que el padre de Ernest Hemingway padecía de hemocomatosis, una enfermedad hereditaria que afecta el metabolismo del hierro, el cual se acumula en los tejidos afectando las funciones del páncreas y del hígado, lo que provoca inestabilidad en el cerebro y la consecuencia son severos y prolongados períodos depresivos. Por expresarlo en términos dramáticos: llevan el suicidio en la sangre.



Hace unos días, relataba los suicidios que rodearon al de Horacio Quiroga, tanto el de su primera esposa como el de sus dos hijos. El año antepasado, en marzo, también se suicidó Nicholas, el hijo menor de Sylvia Plath. Tenía un año cuando ella murió en 1963. Era biólogo, radicaba en Alaska y tenía 47 años cuando se ahorcó. Tal vez, en efecto, exista una deficiencia fisiológica que lo propicia. Más allá de cualquier divagación religiosa.


Jules Etienne 

jueves, 10 de febrero de 2011

Páginas ajenas: MIRAMAR, de Naguib Mahfouz


Me quedé en la puerta de la tienda esperando a que saliera. Nuestros ojos se encontraron; los míos sonrientes y llenos de admiración pero los suyos, severos e inquisitivos. Luego, la seguí de cerca, admirando su belleza silvestre. En la Cornisa, nos sorprendió una ráfaga de brisa otoñal, mezclada con los tenues rayos del sol. Caminaba con paso rápido y decidido, y justo antes de entrar al edificio de Miramar, se volvió para mirar hacia atrás: tenía los ojos de color miel, exquisitos pero evasivos.

miércoles, 9 de febrero de 2011

El Miramar de los chilenos


En Chile es común encontrarse en la costa con lugares denominados Miramar, desde modestas hosterías hasta el lujoso hotel Sheraton en Viña del Mar, el cual, por cierto, tiene un bar llamado Farewell, en honor del poema con ese título de Pablo Neruda, que concluye así:

Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos,
ya no se endulzará junto a ti mi dolor.

Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada
y hacia donde camines llevarás mi dolor.

Fui tuyo, fuiste mía. ¿Qué más? Juntos hicimos
un recodo en la ruta donde el amor pasó.

Fui tuyo, fuiste mía. Tú serás del que te ame,
del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo.

Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste.
Vengo en tus brazos. No sé hacia donde voy.

... Desde tu corazón me dice adiós un niño.
Y yo le digo adiós.

En Quintay, además de una peculiar casa en un risco, también tienen su Miramar. Y Francisco Véjar es el autor de un poema que se titula Escrito encontrado en una mesa del restaurante Miramar. Este es un fragmento:

... Nuestro tiempo debería ser infinito como las arenas de esa playa.
Mas toda ceniza, toda embriaguez, toda permanencia
es innecesaria porque perecemos. Y en la costa -como se sabe- sigue
el incesante espectáculo del oleaje. Caminamos
sobre osamentas dispersas que han devuelto las olas del mar,
caminamos para abrir tantas puertas;
puertas de acero, puertas de madera, puertas invisibles,
-mudanza interior de la cual queremos desprendernos-
donde una palabra lleva todo lo que hemos podido poseer.

Pero como también hay un Miramar en Argentina, y es uno de los barrios de Santurce, en San Juan de Puerto Rico, que sirvió para darle título a El manuscrito de Miramar, de Olga Nolla, mejor dejaré a tantos Miramares en paz para poder regresar a mi intención original: la novela Miramar del egipcio Naguib Mahfouz.


La ilustración corresponde a una fotografía de la casa en la roca,
en Quintay, Chile, y fue tomada por Carlo Rocuant.

martes, 8 de febrero de 2011

Páginas ajenas: NOTICIAS DEL IMPERIO, de Fernando del Paso


(Fragmento)

Yo soy Carlota Amelia, mujer de Fernando Maximiliano José, Archiduque de Austria, Príncipe de Hungría y de Bohemia, Conde de Habsburgo, Príncipe de Lorena, Emperador de México y Rey del Mundo, que nació en el Palacio Imperial de Schönbrunn y fue el primer descendiente de los Reyes Católicos Fernando e Isabel que cruzó el mar océano y pisó las tierras de América, y que mandó construir para mí a la orilla del Adriático un palacio blanco que miraba al mar y otro día me llevó a México a vivir en un castillo gris que miraba al valle y a los volcanes cubiertos de nieve, y que una mañana de junio de hace muchos años murió fusilado en la ciudad de Querétaro. Yo soy Carlota Amelia, Regente de Anáhuac, Reina de Nicaragua, Baronesa del Mato Grosso, Princesa de Chichen Itzá. Yo soy Carlota Amelia de Bélgica, Emperatriz de México y de América: tengo ochenta y seis años de edad y sesenta de beber, loca de sed, en las fuentes de Roma.

Hoy ha venido el mensajero a traerme noticias del Imperio. Vino, cargado de recuerdos y de sueños, en una carabela cuyas velas hinchó una sola bocanada de viento luminoso preñado de papagayos. Me trajo un puñado de arena de la Isla de Sacrificios, unos guantes de piel de venado y un enorme barril de maderas preciosas rebosantes de chocolate ardiente y espumoso, donde me voy a bañar todos los días de mi vida hasta que mi piel de princesa borbona, hasta que mi piel de loca octogenaria, hasta que mi piel blanca de encaje de Alenzón y de Bruselas, mi piel nevada como las magnolias de los Jardines de Miramar, hasta que mi piel, Maximiliano, mi piel quebrada por los siglos y las tempestades y los desmoronamientos de las dinastías, mi piel blanca de ángel de Memling y de novia de Béguinage se caiga en pedazos y una nueva piel oscura y perfumada, oscura como el cacao de Soconusco y perfumada como la vainilla de Papantla me cubra entera, Maximiliano, desde mi frente oscura hasta la punta de mis pies descalzos y perfumados de india mexicana, de virgen morena, de Emperatriz de América.


La ilustración corresponde a la pintura Maximiliano y Carlota parten de Miramar
rumbo a México (1864), de Cesare dell'Acqua.

viernes, 4 de febrero de 2011

Entre Miramares te veas


Hay ocasiones en las que cuesta trabajo decidirse a escribir sobre determinado tema. Otras, en cambio, éste se presenta casi como un destino. Se convierte en una suerte de necesidad vital desahogar ciertos sentimientos o compartir aquello que recién se ha descubierto. En mi novela Una serenata para Lupe -sobre la cual mantengo un blog que invito a visitar-, escribí que "El cine, como la vida misma, sin coincidencias no sería sino una página en blanco". Interpretaciones freudianas al margen, soy un firme creyente de que construimos nuestra existencia individual, y por consecuencia la colectiva, con base en el impulso volitivo que son todas y cada una de nuestras decisiones, pero sujetas a las coincidencias y desencuentros fuera de nuestro control: el azar.

Precisamente ayer jueves, en Mitología del olvido, mi blog de poesía, incluí un poema que escribí hace algunos años, en 1996, durante la que con el tiempo se convertiría en mi última visita al puerto que me vio nacer -sin que ni remotamente lo imaginara en aquel momento-, puesto que no he regresado desde entonces. El título de dicho poema, de carácter reminiscente, es el de la playa, inolvidable para mí, en la que transcurrieron mi infancia y juventud: Miramar.

Más tarde, leyendo las noticias o, de tan maltrecho que se encuentra nuestro planeta en la actualidad tal vez debiera decir "el parte de guerra", al detenerme en la situación caótica que se vive en Egipto, me llegó de golpe una impresión, como un recuerdo confuso, o lo que los franceses llaman con la elegancia propia del idioma de mis ancestros: déja vu, algo que resulta difícil de describir porque se manifiesta en el terreno de las emociones más íntimas, a veces inexplicables: Egipto... Naguib Mahfouz... Miramar...

Podría aducir que no conozco gran cosa de literatura egipcia, puesto que Mika Waltari, autor de Sinuhé, el egipcio, era finlandés, y que Adonis, el poeta en lengua árabe que tanto disfruto y aspirante al Nobel de literatura, nació en Siria. En cambio de Mahfouz, quien ya había recibido dicho premio, desde que su novela El callejón de los milagros fue adaptada al cine en México, con gran fortuna habría que subrayarlo, por Jorge Fons, y en la que entonces debutaba en el cine una actriz surgida de las telenovelas: Salma Hayek; y luego de que Arturo Ripstein se basara en otra novela suya, Principio y fin -con guión de su esposa Paz Alicia y los resultados soporíferos que cabría esperar de un cineasta con la mano tan pesada para dirigir, como es el caso de Ripstein-, se tienen más referencias.

Debo haber leído por entonces sus datos biográficos, en los que de seguro se hacía mención a la novela Miramar y ese título, más que recordarme al castillo del fallido emperador Maximiliano, en Trieste ("... que mandó construir para mí a la orilla del Adriático un palacio blanco que miraba al mar", diría Carlota en uno de sus monólogos, de acuerdo con lo narrado por Fernando del Paso en Noticias del Imperio), me remitió de inmediato a la playa de Tampico. Al mar con su aroma de infancia, a "las humedades del trópico, la levedad de la brisa y sus misterios distantes".

Emprendí con entusiasmo la lectura de dicha obra y desde la propia introducción me he llevado una sorpresa. Fue escrita para su primera edición en inglés, que tuvo lugar en 1986, por John Fowles, el autor de un par de novelas que a su vez inspiraron dos películas ineludibles: El Coleccionista y La amante del teniente francés. Con esta última debo incluso señalar mi deuda literaria. El guión de Harold Pinter -otro premio Nobel-, siempre me ha parecido excepcional. Recién llegado a Canadá me encontré con una edición muy bella de pasta dura, en una librería de viejo, y la adquirí por un dólar (que entonces equivalía a siete pesos mexicanos). Fue, pues, una de las primeras novelas que leería en idioma inglés. No sin sorpresa descubrí que todo el entramado contemporáneo de la película, aquél en el que los actores se enamoran estableciendo un estimulante e intenso andamiaje paralelo con sus propios personajes en pantalla, ¡fue invención de Pinter! La obra original se circunscribe a la historia de la mujer abandonada por el militar que fue su amante. Por esa misma época me encontraba escribiendo mi primera novela, Decir adiós es morir un poco, y mantenía la duda sobre los epígrafes que había recabado para cada capítulo, hasta que leyendo a Fowles, me percaté de que él también los había anotado así y no se percibían exagerados ni gratuitos, como era mi temor de que fuesen calificados.

La introducción a la que aludo, y que se mantuvo en la publicación de Miramar traducida al español por la editorial Icaria, trasciende el plano literario y expone de manera más prolija de lo que podría suponerse, los antecedentes históricos de Egipto a lo largo del siglo pasado. Es así como el lector obtiene un marco referencial del escenario en que se desarrolla la trama que está por leer. Enterarse de las noticias sobre lo que acontece ahora mismo en esa nación después de la lectura de dicho prólogo, adquiere una dimensión más precisa. Baste decir que en algún momento Fowles escribía, hace ya un cuarto de siglo: "Y esto es lo que ocurre con los vestigios de la vieja ciudad cosmopolita, Alejandría. En ese sentido, Egipto no tiene remedio, tampoco ahora".


La ilustración corresponde a una fotografía del Castello di Miramare,
que mandó construir Maximiliano de Habsburgo en Trieste, Italia.


jueves, 3 de febrero de 2011

El género neopolicíaco


Ha llegado un momento en el que resulta necesaria la redefinición de los géneros literarios tal y como se les clasifica hasta ahora. El proceso evolutivo de la llamada novela negra ha alcanzado una etapa a la que se conoce como neopolicíaco. Si bien, desparramado a lo largo y ancho del planeta -al que la globalización virtual ha vuelto más pequeño-, es en América Latina donde ha encontrado un auge inesperado, aunque de ninguna manera inexplicable.

En su ensayo El Género Negro, el argentino Mempo Giardinelli advierte que: "El género ya no se aborda desde el punto de vista de una dudosa justicia ni la defensa de un igualmente sospechoso orden establecido. La actual literatura negra latinoamericana lo cuestiona todo. Los márgenes de la ley ni son tan rígidos ni están tan claros."

Las condiciones sociales estaban dadas: cuando se descorrió el velo que encubría la aparente prosperidad de la modernización a finales del siglo XX, quedó al descubierto una nueva realidad dominada por el narcotráfico con todas sus implicaciones de hiperviolencia, corrupción y revanchismo social. El género no permanece ajeno y lo aborda con entusiasmo desde sus páginas.

Como aclara Amir Valle: "La novela negra es el Caballo de Troya de la literatura moderna. Es una bestia fuerte, hermosa, sensual, racional, noble, que todos los lectores aceptan (y hasta podría decirse: degluten) con facilidad, precisamente por esas y otras visibles cualidades, sin tener conciencia de que dentro carga una subversiva reflexión, basada en la amalgama de las miserias y los valores actuales de la humanidad, que puede llevar a esos lectores, incluso, a un cambio drástico de postura ante la vida."

(Anales de la Literatura Hispanoamericana que publica la Universidad Complutense de Madrid, en su número 36 recopila varias monografías sobre el tema: http://www.revistas.ucm.es/fll/02104547/articulos/ALHI0707110003A.PDF)

miércoles, 2 de febrero de 2011

Encuentro de novela: BC negra 2011


BC, en este caso, no significa British Columbia (Columbia Británica), que es la provincia canadiense en la que radico, tampoco Baja California, como supondría cualquier mexicano que lea el presente texto -y negra podrá tornarse después de las elecciones el próximo fin de semana-. No, se trata de una abreviatura de Barcelona para denominar su encuentro anual de novela negra, que tiene lugar a principios de febrero. Este año llega a su sexta edición.

Cabe la acotación de que su denominación no es excluyente del género policíaco. Me explico. Tratándose de un encuentro de novela negra, incluidos ciclos de cine, podría suponerse que se apliquen límites genéricos para los participantes, pero ya se sabe que en ocasiones las fronteras entre ambos pueden desbordarse y llegar a confundir las premisas que los definen. Aunque en otros casos, las diferencias que se establecen son tan claras como el hecho de que Agatha Christie escribió novela policíaca y jamás rozó, ni siquiera por casualidad, la novela negra, en tanto que Raymond Chandler y Dashiell Hammett fundaron los arquetipos más célebres de ésta: Sam Spade y Philip Marlowe.

Como muestra de lo anterior, me entero de que Paco Camarasa, comisario para este encuentro, es también propietario de una librería en Barcelona que se llama precisamente así: Negra y criminal. Por cierto, se refiere con entusiasmo muy válido al hecho de que el evento ha ido creciendo y ganando peso con los años. Se concede el premio de novela Pepe Carvalho, entre cuyos ganadores se cuenta Andreu Martín, tal vez el depositario más evidente de la herencia de Manuel Vázquez Montalbán, a cuya memoria dediqué mi primera novela: Decir adiós es morir un poco. En la columna a la derecha de este espacio aparecen algunas reseñas al respecto, en una de las cuales, publicada por la Universidad Complutense de Madrid, se establece que el modelo a seguir fue el de Chandler y el homenaje que a su vez implica el nombre del protagonista, Felipe Mar Law, para Philip Marlowe.

Creo que lo más prudente será esperar hasta que el encuentro haya finalizado para tratar de establecer las conclusiones respectivas. Por supuesto que pienso mantenerme al pendiente ya que se trata de mera ficción, como nos gusta a quienes sólo sabemos disparar palabras. Mientras que en México, como sucedió en mi Tampico natal hace sólo unos meses, y ahora acontece en Guadalajara, experimentan en carne viva su propia novela negra cotidiana. Tal vez para concederle la razón a Andreu Martín cuando afirma: "Estoy harto de que la realidad no sea verosímil".

lunes, 31 de enero de 2011

Se fue enero con sus lluvias


Apenas un parpadeo y ya se ha esfumado el primer mes del año. Para decirlo con palabras de Gabriela Mistral: "Así se va la vida, medio en trabajar, medio en callarse..." Enero, el mes de las promesas y los buenos propósitos que muchas veces ni siquiera llegan a cumplirse para esta fecha:

Ayer arranqué la última hoja
de enero, un mes sombrío.
Se ha ido con su húmedo frío
que hasta los augurios moja.

Y es que enero, en el hemisferio norte en el que vivo, es el mes más invernal del año, con un clima helado y constante lluvia. Además de ese viento al que se refería Miguel Hernández en su poema Viento de enero:

¿Qué quiere el viento de enero
que baja por el barranco
y violenta las ventanas
mientras te visto de abrazos?

Derribarnos, arrastrarnos.

Derribadas, arrastradas
las dos sangres se alejaron.
¿Qué sigue queriendo el viento
cada vez más enconado?

Separarnos.

Juan Ramón Jiménez describía a su manera este clima, en Las tardes de enero.

Va cayendo la noche: la bruma
ha bajado a los montes el cielo;
una lluvia menuda y monótona
humedece los árboles secos.

Y continúa su lamento más adelante:

¡Cómo cae la bruma en el alma!
¡Qué tristeza de vagos misterios
en sus nieblas heladas esconden
esas tardes sin sol ni luceros!

Para concluir con un tono aún más dramático:

Los jardines se mueren de frío;
en sus largos caminos desiertos
no hay rosales cubiertos de rosas,
no hay sonrisas, suspiros ni besos.
¡Como cae la bruma en el alma
perfumada de amor y recuerdos!
¡Cuantas almas se van de la vida
estas tardes sin sol ni luceros!

No soy partidario del formato del haiku, que además somete la brevedad de su encanto a la camisa de fuerza de unas sílabas rigurosamente limitadas. Poetas en nuestro idioma como Juan José Tablada y Mario Benedetti, fueron asiduos del género. Sin embargo, es innegable la belleza contundente de algunos. Como en este caso, de Jorge Martínez Ruiz:

Lluvia de enero,
un murmullo de gotas
en la hojarasca.

Para terminar con el mes que se va, la estrofa de una vieja canción de hace treinta años, cuando todavía éramos jóvenes quienes ahora hemos rebasado la juventud, pero no las ilusiones. La denominada nueva trova cubana estaba de moda y Amaury Pérez cantaba aquella que se llamaba Hacerte venir:

"Si yo pudiera hallar lugar y amarte aquí, desvistiendo las tantas horas de quietud, guardar lo inmenso de ese olor a fin de enero ya por vivir, si yo pudiera de donde estoy... hacerte venir".


viernes, 28 de enero de 2011

Decir Adiós es morir un poco (páginas 206 y 207)


Una lluvia de ceniza se derrama sobre la ciudad. Quizás ése sea su justo destino. Hastiado de ser testigo inmóvil, el mítico volcán decidió actuar sumergiendo al valle bajo una redentora capa de ceniza que nos obligue a emprender otro peregrinaje de las Siete Tribus para fundar una nueva capital, sin renegar del pasado y aceptándolo como una aleccionadora fábula de lo que fuimos y no debemos seguir siendo.

"Corazón de cemento, corazón, corazón, corazón de hormigón..." La voz rasgada de Gurruchaga parece el humo que acompaña a la ceniza: "Corazón enfermo de polución". No sería mala idea aprovechar estas vacaciones para ir unos días a tu tierra, a comer jaibas y camarones, a beber sin culpa, a mirar el amanecer desde la playa. Si allá tenías el mar, ¿con qué fin lo abandonaste para venir a sufrir al altiplano? Aunque bien sabes que no podrías volver a vivir allá. Una temporada no te vendría mal, pero ¿quedarte? Acá ya hiciste tu vida. Aquí están tus amigos y tus enemigos. "La ciudad donde vivo es mi cárcel y mi libertad".


Jules Etienne

La ilustración es una fotografía de un típico amanecer en la playa de Miramar,
en Tampico. Fue tomada en 2008 por Javier Badillo.

martes, 25 de enero de 2011

La mítica isla de Thule



Ultima Thule, que traducido del latín significa el norte más distante, según explica Michel Lamy es la mítica -aunque real- isla de Hiperbórea, un lugar donde se enfrentan el hielo y el fuego en una batalla eterna. Se dice que la primera referencia que existe de dicho lugar proviene del geógrafo y explorador griego Piteas, quien la ubicó a seis días de navegación al norte de Inglaterra. Como advertía que durante la época veraniega no se pone el sol, se puede inferir que se refería a lo más septentrional de la península escandinava. Aunque algunos historiadores la suponen las islas Feroe, Islandia o Groenlandia, en el año 2007 un grupo de investigadores se dedicó a estudiar antiguos mapas de Ptolomeo y llegaron a la conclusión de que se trata de la isla de Smola, en la costa noruega, que además era sede de la realeza tribal de los escandinavos al principio de la era cristiana.

Lamy, además, identifica a la madre de los hombres con el nombre de Thule, y menciona que los toltecas erigieron Tula como centro de su cultura y resguardo de sus creencias religiosas. Bajo la mirada de los imponentes atlantes, los arqueólogos la identifican como Tollan, la última morada de Quetzalcóatl -tanta mitología para que tal vez acabe en una prosaica refinería-. La misma palabra en sánscrito significa balance, lo cual la relaciona con la estrella polar. Según los estudiosos de la lengua griega, Thule proviene de Tholos o Tolos, que significa niebla. La tierra más allá de la niebla, de la diosa blanca, Thula es la niebla.

Aquí podría establecerse una relación entre el nombre de la Sociedad de la Niebla, de la que formaban parte Alexandre Dumas y Jules Verne. Además de que los expertos en la obra de éste suelen resaltar el hecho de que el personaje que emprende La vuelta al mundo en ochenta días se llama Phileas Fogg.

Thule, como sería predecible, tiene una larga relación con la poesía. Goethe escribió El rey de Thule, que dice en su primer cuarteto:

Hubo en Thule un rey constante
con su amada, la que un día,
al morir dejó a su amante
áurea copa que tenía.

La copa de oro equivaldría al santo Grial. Por su parte, Edgar Allan Poe culmina su poema Tierra de sueños con la frase: "Desde esta última nebulosa Thule" (From this ultimate dim Thule). Y Henry W. Longfellow es autor de un poema titulado precisamente Ultima Thule, que concluye:
 
¡Ultima Thule! ¡La isla más lejana!
Aquí en sus bahías bajamos por un rato
nuestras velas; para reposar
de la interminable búsqueda perpetua.

J. R. R. Tolkien, en su popular saga de El señor de los anillos, también utiliza la palabra Thule en el lenguaje de los elfos, pero con el significado de espíritu.

Rudolf Glauer nació en Sajonia, en el último cuarto del siglo XIX, y después de un breve paso por Egipto, se afincó en Turquía, adquirió dicha nacionalidad y fue adoptado por el barón von Sebottendorf. A partir de entonces cambió su nombre por el de Rudolf von Sebottendorf. Durante su estadía en esos países se interesó en el estudio de la cábala, e influido por un mercader judío de apellido Termudi, también se acercó a los rosacruces y a los iniciados drusos, e ingresó a la logia masónica del rito de Memphis. Una vez de regreso en Alemania, entra en contacto con la Orden de los Germanos, es nombrado su dirigente para la región de Bavaria, y en 1918 funda la Sociedad Thule.

Para no prolongar en demasía este texto que ya se ha extendido más de lo planeado, abriré un paréntesis y en futuras ocasiones pienso reproducir algunos párrafos de la novela El péndulo de Focault, de Umberto Eco, en que se hace referencia a dicha sociedad, para más adelante finalizar abordando el importante vínculo que estableció con la doctrina nacional socialista.

Jules Etienne

La ilustración corresponde a una fotografía de las Islas Lofoten, en Noruega,
al norte del círculo polar ártico.

lunes, 24 de enero de 2011

Verne y Mozart: coincidencias de la genialidad


Hace ya casi dos meses, a principios de diciembre, emprendí la lectura de una investigación de Michel Lamy, la traducción literal de su título en inglés sería El mensaje secreto de Julio Verne, escrita originalmente en francés y que me parece lamentable que todavía no haya sido traducida al español. La única obra de Lamy que pude ubicar en nuestra lengua es La otra historia de los Templarios, publicada en 2006. Sin embargo, durante mi búsqueda me topé con un ensayo breve e interesante de José Gregorio Parada, titulado Una mirada al mundo religioso de Julio Verne, que incluso le mereció un premio literario en dicho género, en 2005.

La razón por la que he dilatado tanto en esta lectura, no se debe a su complejidad o al empleo de un lenguaje abstruso, por el contrario, me ha resultado de lo más amena, sin embargo, también ha estimulado mi deseo de investigar algunos de los aspectos que plantea. Por ejemplo, en el tercer capítulo, elabora una tabla que establece un minucioso paralelismo entre Las Indias negras (también conocida como La ciudad subterránea), con la ópera La flauta mágica, de Mozart, desde la perspectiva de que ambas fueron obras iniciáticas de la masonería. Me apena admitir mi ignorancia con respecto a la filiación masónica de Mozart, que según entiendo nunca ocultó, pero eso me sucede por andar creyendo que una película como Amadeus estaba apegada a su vida. Nada más lejano de la verdad. La obra teatral de Peter Shaffer que dio lugar a la respectiva adaptación fílmica, no tenía carácter biográfico, sino que a su vez se inspiraba en un breve drama, Mozart y Salieri, de Aleksandr Pushkin, escrito en 1830, cinco años después de la muerte de Salieri, y también sirvió como base del libreto de la ópera del mismo nombre de Rimsky-Korsakov.

Wolfgang Amadeus Mozart ingresó en la logia masónica de Viena a finales de 1784, con grado de aprendiz, y a principios del año siguiente ya era maestro. El caso es que entre los masones se suele considerar a La flauta mágica como su trabajo más hermoso -su escenografía está repleta de símbolos-, y Lamy sugiere que tal vez esa sea la razón por la que Verne, en su novela Los hijos del capitán Grant, permite que el personaje del geógrafo francés Santiago Paganel, nombre probablemente inspirado en el propio Papageno de La flauta mágica, escuche en el desierto el aria Il mio tesoro tanto, de Don Juan, y exclame: "Esa sublime inspiración del maestro de maestros", subrayando la admiración de sobra conocida que Verne siempre manifestó por Mozart.

Debo haber visto La flauta mágica hecha película por Ingmar Bergman, durante su estreno, que debió acontecer en la Muestra Internacional de Cine de la ciudad de México, en 1976. Desde entonces no la había vuelto a ver. De manera que me puse a buscarla y la encontré en el espléndido catálogo de Criterion, así como otra versión filmada de una representación en vivo, que tuvo lugar en Ludwigsburger, Alemania, en 1992. Tuve la oportunidad de obtener ambas a través de la biblioteca pública de Vancouver. Sin embargo, una vez relatado lo anterior, es fácil imaginarse el tiempo que me ha tomado ir avanzando en cada capítulo, ya que no me he conformado con la referencia de Lamy, sino que he procurado, en lo posible, obtener las obras que menciona, para confrontar o corroborar lo que está señalando y a su vez establecer el contexto en que acontece. La consecuencia es que todavía me encuentro leyendo el libro en cuestión.

Sin embargo, además de expresar el motivo de este retraso, también he querido aprovechar para ocuparme de Rudolf Glauer, mejor conocido como Rudolf von Sebottendorf, iniciador de la Sociedad de Thule, quien aparece en el capítulo trece, Noche y Niebla -con el que culmina la cuarta parte: Alguna vez fue rey de Thule-, por su curiosa relación con México. De esto me ocuparé mañana martes.
 
 
Jules Etienne

La ilustración corresponde a la escena del jardín con la Esfinge bajo la luz de la luna, segundo acto, escena 3, de La flauta mágica, diseñada por Karl Friedrich Schinkel, en 1816.

lunes, 17 de enero de 2011

Literatura y nieve


Según algunas de las diversas interpretaciones y glosas de la Biblia, dicen que Dios creó la Tierra con la nieve que se encontraba debajo de su trono divino, arrojando parte de ella a las aguas, que se helaron y después se convirtieron en polvo. Otros suponen que entretejió dos madejas, una de fuego y otra de nieve para crear el mundo; y dos más, de fuego y agua, para crear los Cielos. También hay quienes sostienen que los Cielos fueron hechos solamente con nieve. Por supuesto que cualquier explicación científica resulta más verosímil, aunque sin duda carece de la fantasía poética con que todas las mitologías de la humanidad intentan describir el origen del mundo.

Hace unos días me ocupaba de las frases relativas a la nieve escritas por algunos poetas. En esta ocasión lo haré con aquellas obras que ya cargan la nieve desde su título. Identifico a cuatro premios Nobel: William Faulkner, Yasunari Kawabata, Gabriel García Márquez y Orhan Pamuk. Se dice que los primeros intentos de Faulkner por publicar su cuento Nieve, tuvieron lugar en 1942, y sólo se le conoció hasta que apareció editado en el volumen Relatos (Uncollected Stories), después de su muerte, en 1979. Considero que El país de la nieve, del japonés Kawabata, es la gran obra maestra sobre el tema. No sólo se trata de una novela excepcional, sino que la nieve es, más que un elemento, un personaje omnipresente. Uno de los Doce cuentos peregrinos de García Márquez se llama El rastro de tu sangre en la nieve. La novela de Pamuk se titula, de manera por demás precisa y lacónica: Nieve.

Otras obras dignas de mención serían La nieve está de luto, del francés de origen armenio Henri Troyat; La nieve estaba sucia, de Georges Simenon, belga que escribía en lengua francesa; para no dejar el género, Ángeles en la nieve, novela policiaca de James Thompson, estadounidense radicado en Finlandia; de las mismas latitudes es el sueco Johan Theorin, autor de La tormenta en la nieve, segundo título de El cuarteto de Öland.

Las estaciones del año y la nieve quedan consignadas en Nieve de primavera, del japonés Yukio Mishima, volumen inicial de otra tetralogía, en este caso El mar de la fertilidad; y la muy breve Nieve en otoño, de la rusa Iréne Némirovsky.

En cuanto a los títulos en idioma español destacan La nieve del almirante, de Álvaro Mutis; El perjurio de la nieve, de Adolfo Bioy Casares; Soñé que la nieve ardía, de Antonio Skármeta; El manuscrito de nieve, de Luis García Jambrina, que se ocupa del autor de La Celestina, Fernando de Rojas; Nieve y silencio, de David Lorenzo Magariño; De cómo llegó la nieve, de Antonio Tello; y Nieve sobre Oaxaca, del mexicano Gerardo de la Torre.

No pretendo que esta sea, de ninguna manera, una relación exhaustiva al respecto, pero creo que recoge autores muy significativos. Para terminar, un párrafo de Jorge Luis Borges, aunque su cuento Ulrica no lleve la nieve en el título, si cae con ímpetu en su conclusión:

"Sentí que la nieve arreciaba. Ya no quedaban muebles ni espejos. No había una espada entre los dos. Como la arena se iba el tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica".

jueves, 13 de enero de 2011

Sobre la nieve



El martes por la noche empezó a nevar, ayer amaneció con la blancura del invierno. Por una extraña razón que ni siquiera he intentado explicarme, la nieve me provoca cierta euforia. De nuevo me remito -como tantas otras veces-, a mi amiga de la infancia, Clara Martha, quien compartía conmigo la anécdota de su primer contacto con la nieve en fecha reciente. No me sorprende, puesto que ella nació y siempre ha vivido en el tórrido Tampico, puerto del Golfo de México al sur de la línea imaginaria del Trópico de Cáncer. Estoy seguro de que habrá quienes mueren sin haber presenciado la nieve al caer. Cuando mi querida amiga me expresaba la emoción que le provocó, pensé que entonces no debo ser el único entusiasta del vapor congelado que da origen a los copos de nieve. Silenciosos porque están compuestos de aire que amortigua el sonido y sólo un mínimo de agua. Tal vez a eso se deba que las nevadas tengan cierto aliento poético, hasta mágico.

Platón en uno de sus célebres Diálogos, el que corresponde a Timeo, que se refiere a la Naturaleza, establece: "Cuando el agua se ha solidificado totalmente, si está en lo alto sobre la tierra se llama granizo; si se encuentra directamente encima de la tierra, hielo. Cuando aún no se ha hecho del todo sólida, la que está en lo alto sobre la tierra se denomina nieve y la que está directamente encima de la tierra, surgida del rocío, escarcha."

Según algunas de las diversas interpretaciones y glosas de la Biblia, dicen que Dios creó la Tierra con la nieve que se encontraba debajo de su trono divino, arrojando parte de ella a las aguas, que se helaron y después se convirtieron en polvo. Otros suponen que entretejió dos madejas, una de fuego y la otra de nieve para crear el mundo; y dos más, de fuego y agua, para crear los Cielos. Pero están también quienes sostienen que los Cielos fueron hechos solamente con nieve.

"Admirando la nieve, semejante a las mujeres desnudas", dijo Guillaume Apollinaire en su célebre brindis-poema leído en la boda de su amigo André Salmon, el 13 de julio de 1909. "Ven, noche; ven, Romeo tú que eres mi día en medio de esta noche; tú que ante sus tinieblas pareces un copo de nieve sobre las negras alas del cuervo", pide Julieta en la escena segunda del tercer acto de la obra de Shakespeare. "Tus ojos son de donde la nieve no ha manchado la luz", celebraba Luis Cernuda, mientras que para el legendario Li Po: "El cielo es ciego de nieve".

A la pregunta ¿qué es la nieve?, reponden los poetas: "La nieve es una metáfora", diría Erika Burkhart y "la nieve es tu rostro", escribió el canadiense Jean Royer. "Nieva por última vez este año", advertía el rumano Traian Cosovei para concluir "y cada copo es ángel caído que truena sobre los tejados". En cambio José Emilio Pacheco asegura que "La nieve no quiere decir nada. Es sólo una pregunta que deja caer millones de signos de interrogación sobre el mundo", tal vez todo lo anterior sirviera al poeta español Santos Domínguez: "Para explicar la nieve".

Rubén Darío en su Divagación, habla de una "luz de nieve" y en otro poema también decía que "la nieve cae en copos, sus rosas transparentes cristaliza". No fue el único que se animó a  establecer una relación entre flores y nieve, Oscar Wilde describe a la amada ya muerta: "Semejante al lirio, blanca como la nieve", mismo dramatismo al que recurre Federico García Lorca en su lamento: "La nieve cae de las rosas pero la del alma queda." Por su parte, Alfonsina Storni al referirse a las acacias escribió: "Me perfuman las manos sus pétalos de nieve".

Tanto Pablo Neruda como Walt Whitman describieron las olas del mar con la analogía de la nieve. En su Canto General, escribió el primero: "en blanca espuma, como herida nieve", mientras que Whitman, en el poema Con el reflujo del océano de la vida, decía: "espuma blanca como la nieve, burbujas."  El danés Jörgen Nash irá más lejos: "Porque buscabas los copos blancos de nieve del océano y los hallaste en la profundidad de las aguas vivas". Al sueco Tomas Tranströmer corresponde: "Nieve cayendo en el mar de grafito".

Según el poeta chileno Rodrigo Palomino, "la ceniza del sueño es el origen de la nieve", el franco-ruso Henri Troyat decía que "La nieve es más limpia en mis sueños", en tanto que el danés Thomas Boberg se asume "soñando con nieve". Para Edith Södergram, delicada poeta de tantas naciones*: "la gran blancura es melancólica como el crepúsculo en la nieve"; cuando el polaco Czeslaw Milosh se encuentra "Contemplando de nuevo extasiado la blancura de un jardín tras la primera nevada", esa "nieve verdadera a la que siempre estuvimos esperando", confiesa el ruso Yevgueni Yevtushenko quien en otro de sus poemas agrega: "Cae la nieve pura como si resbalara por hilos", y bien podría precisar T. S. Eliot: "cubriendo la tierra con nieve olvidadiza"; porque "Mi día es la nieve: cae suavemente. Mi herida tierra se cubre de nieve ligera", añadaría el finés Thomas Anhava, para viajar hasta Nueva Zelanda donde Fleur Adcock compara "el chal de su blancura" con "lejanos montones de lana". No sería justo olvidar "Yo, lobo estepario, troto y troto, la nieve cubre el mundo", en el poema de Hermann Hesse que lleva el mismo título que su novela.

"Sobre la nieve se oye resbalar la noche", asegura Vicente Huidobro; "Caen las silenciosas sombras blancas de nieve", le secunda con sutileza Xavier Villaurrutia, por eso Quijada Urías describe la nieve como "el silencio en su ser, pleno y vestido de blanco", a lo que Sylvia Plath replicaba: "las pizcas de nieve, sus pedazos de oscuridad"; para proseguir con un "polvo de nieve", del también estadounidense Robert Frost, como si hubiese "nieve en el aire", remata Bo Carpelan desde Finlandia. "Desde el fondo del espejo, devuélveme la nieve", clamaba el rumano Constantin Severin. Y del poeta olvidado, Gilberto Owen, es este párrafo: "Hay demasiado trópico en la nieve de la colina almohada de tu seno"; mismo tono con que el sueco Werner Aspenström reconoce: "He bebido un vino de nieve, amo a una mujer de nieve."

"¿Pero dónde está la nieve de aquellos años?", pregunta con insistencia el formidable aventurero medieval Francois Villon a lo que Matsuo Basho añade: "La nieve que vimos caer ¿Es otra este año?". Ya para concluir, de la misma manera que comenzamos, una frase de otro poeta surrealista, en este caso André Breton: "la historia cae afuera, como la nieve". Mientras que el rumano Ion Vinea pide: "Que me sean tus manos las últimas, las que preparan las nieves del primer silencio para el corazón"; y mejor aquí lo doy por terminado, antes de que vaya a suceder lo que en el poema de la austríaca Ingeborg Bachmann: "Debo decirte que la palabra se derritió con la última nieve en el jardín".


Jules Etienne

* Aunque Edith Södergran nació en San Petersburgo, Rusia, porque su padre, de nacionalidad sueca, trabajaba ahí para una empresa de Alfred Nobel, nunca escribió en ruso y su trabajo poético fue realizado en sueco y alemán. Sin embargo, se le considera finlandesa por haber radicado muchos años en ese país.

miércoles, 12 de enero de 2011

Epigrama: ENERO


Otro año que comienza

con la serenidad de la nieve,

noches extensas y luz leve.

Días nimbados por la esperanza.


Jules Etienne

martes, 11 de enero de 2011

Páginas ajenas: EL HALCÓN MALTÉS, de Dashiell Hammett


(Fragmento)

- Este va a ser, señor mío, el relato más asombroso que haya usted oído; y lo digo a sabiendas de que un hombre que descuelle en su profesión debe de haber oído cosas muy fuera de lo corriente con el correr de los años.

Spade inclinó la cabeza cortésmente.

El hombre gordo arrugó los ojos y preguntó:

- ¿Qué sabe usted, señor mío, de la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, más tarde llamados Caballeros de Rodas y por otros nombres?

Spade alzó el puro en el aire.

- No mucho. Sólo lo que recuerdo de cuando estudiaba historia en el colegio. Eran cruzados, o algo así.

- Muy bien. ¿Recuerda usted que Solimán el Magnífico los echó de Rodas en 1523?

- No.

- Pues lo hizo, señor mío, lo hizo, y entonces se establecieron en Creta. Allí permanecieron siete años, hasta que en 1530 persuadieron al emperador Carlos V a que les cediera -y Gutman alzó tres hinchados dedos y contó de uno a tres- Malta, Gozo y Trípoli.

- ¿Sí?

- Sí, pero con estas condiciones: que tendrían que pagar al emperador un tributo anual consistente en un -alzó el dedo- halcón como reconocimiento de que Malta seguía bajo el dominio de España. ¿Comprende? El emperador se la cedía, pero únicamente a condición de que la habitaran, no pudiendo cederla o venderla a nadie.

- Sí.

El hombre gordo volvió la cabeza y miró sucesivamente a las tres puertas cerradas, acercó su sillón a unas cuantas pulgadas de distancia del de Spade y bajó la voz hasta que se convirtió en un ronco murmullo.

- ¿Tiene usted idea acerca de la riqueza, de la enorme riqueza, de la incalculable riqueza de la Orden en aquellos tiempos?

- Si no recuerdo mal -dijo Spade- tenían bien cubierto el riñón.

Sonrió Gutman indulgente.

-Bien cubierto, señor mío, se me antoja una expresión excesivamente moderada.

El susurro de su voz se hizo aún más bajo y cuchicheante:

- Nadaban en riquezas. No tiene usted idea. Ni usted ni nadie. Llevaban años y más años cogiéndoles botín a los sarracenos, y había llegado a atesorar lo que nadie sabe en gemas, metales preciosos, sedas, marfiles..., lo mejor del Oriente. Esto, señor mío, es pura historia. Todos sabemos que para ellos, y también para los Templarios, las guerras santas eran en gran medida una cuestión de botín. Pues bien, el emperador Carlos les cede Malta, y todo el censo que les pide es la entrega de un miserable pájaro al año. ¿No es muy natural que aquellos caballeros incalculablemente ricos buscaran alguna manera de expresar su agradecimiento? Y eso, señor mío, es precisamente lo que hicieron. Se les ocurrió la feliz idea de pagar a Carlos el tributo correspondiente al primer año, no con un ruin pájaro de plumas y carne, sino con un maravilloso halcón de oro, embellecido de la cabeza a las patas con las más finas joyas que hallaron en sus arcas. Y no olvide, señor mío, las tenían maravillosas: las mejores, las más ricas llegadas del Asia.


La ilustración corresponde al cartel Los personajes de El Halcón Maltés,
de Owen Smith, creados para la exposición sobre Dashiell Hammett
organizada por la municipalidad de San Francisco, California, en 2008.

lunes, 10 de enero de 2011

Dashiell Hammett: UN CINCUENTENARIO


Ahora forma parte del lenguaje coloquial de cualquier lector el término de novela negra, por eso resulta un tanto inusitado cuestionarse: ¿cuándo se empezó a utilizar? Se percibe tan familiar que ya no parece interesarnos lo relativo a su origen. Con mayor razón cuando contagió con tanta fortuna al cine, al grado de que lo volvió uno de los géneros de culto más respetados. Ningún cinéfilo que se precie de serlo puede deambular por la vida sin conocer El halcón maltés. El nombre de Sam Spade de inmediato nos remite a Humphrey Bogart. Pero la obra de Dashiell Hammett es bastante más que una novela que inspiró la película dirigida por John Huston en 1941 y que fuera protagonizada por uno de los mayores íconos en la historia del cine.

En el libro de aliento biográfico Dashiell Hammett, una hija recuerda, de Jo (diminutivo por Josephine) Hammett, ella se pregunta si la salud de su padre no se hubiera quebrantado tanto, si no hubiese sido contagiado por la influenza cuando se enlistó en el ejército durante la primera guerra mundial, ¿de todos modos hubiese sido escritor? O nos habríamos privado de la lectura de novelas como La cosecha roja y el cine carecería de uno de sus clásicos y de la afortunada serie de El hombre delgado (The Thin Man).

Hammett renovó la novela policiaca tradicional, divertimento basado en la observación que se resolvía a través del método deductivo, para desplazarlo por una renovada lógica de la acción, la que mejor reflejaba la realidad urbana de la ley seca y la gran depresión -con el respectivo colapso de los principios que habían regido en la sociedad estadounidense hasta entonces-, cuando la lucha por la supervivencia se inscribe en el marco de una ética del absurdo en la que distinguir el bien del mal deviene en un asunto aleatorio y los personajes sólo intentan mantenerse con vida: "Cuando no se ha fijado el rumbo, ni siquiera se necesita una brújula. Con la vida a la deriva, la única intención es mantenerse a flote".*

Su primera novela fue publicada en 1929, de la que André Gide señalaba en su diario, en 1943, al otro lado del Atlántico: "... en La cosecha roja, esos diálogos conducidos con mano maestra, son para enfrentarlos con Hemingway y hasta con Faulkner, todo el relato es de una habilidad y un cinismo impecables. En ese género es lo más notable que he leído." El poeta Luis Cernuda incluso fue más lejos al afirmar que "en sus mejores momentos nos parece superior" a los propios Hemingway y Faulkner.

Sin embargo, no deja de ser curioso lo que su hija admite: "Aunque nunca lo dijo, papá estaba profundamente decepcionado de sí mismo. Él quería ser reconocido como un autor serio, lo mismo que sus amigos con los que se tomaba sus tragos -los Faulkners, los Fitzgeralds. Pero pensaba que nunca lo consiguió. A pesar de que sabía que era bueno en lo que hacía, tal vez el mejor. Ciertamente fue uno de los más imitados. He tenido tanta influencia en la literatura americana como cualquiera, decía. Una copia manuscrita de El simple arte de matar, de Raymond Chandler, un tributo sincero y elocuente a su obra, fue una de las pocas posesiones personales que siempre conservó. Estaba muy orgulloso de su trabajo, pero hubiera querido hacer más."

Hombre congruente con sus ideas, Hammett tuvo el valor de comparecer ante el Comité de actividades antiamericanas que encabezaba el perverso senador McCarthy, y lo afrontó con gran dignidad. El proceso quedaría plasmado en Tiempo de canallas, escrito por Lillian Hellman, quien fuera su pareja durante buena parte de su vida. Al final fue condenado a seis meses de prisión por negarse a proporcionar información.

El 8 de enero de 1961, a las cuatro de la mañana, Lillian Hellman recibió una llamada del hospital. Hammett se encontraba muy mal. Ya no eran sólo el enfisema y el cáncer de pulmón con sus complicaciones cardíacas, sino que además presentaba un cuadro de neumonía. Se vistió de prisa y tomó un taxi. Al llegar junto a él, la enfermera, pensando que su muerte era inminente, le pidió que le gritara al oído para ver si reaccionaba. Sorprendido, todavía alcanzó a abrir los ojos y la miró con una profunda expresión de terror. Trató de alzar su cabeza pero ya no pudo. Nunca volvió a recuperar la conciencia. Murió a las siete de la mañana del 10 de enero. Hoy se cumplen cincuenta años de eso. Había nacido el 27 de mayo de 1894. Samuel Dashiell Hammett era su nombre completo. Es decir Sam, lo mismo que Spade.


* párrafo extraido de la novela Decir Adiós es morir un poco (página 99).

(La traducción del inglés de los fragmentos de Dashiell Hammett, una hija recuerda,
son de mi autoría)

lunes, 3 de enero de 2011

TEXTOS, MENTIRAS Y VIDEOS


Aprovechando los propósitos de año nuevo, recibí este 2011 que recién comienza, con un nuevo proyecto sobre cine: Textos, mentiras y videos, en donde intento complementar el actual sobre literatura. De manera que la invitación para visitarlo está abierta, es apenas una idea en construcción, por lo que las opiniones, sugerencias y comentarios, serán recibidos con el gusto de saber que se han detenido a leerlo. Espero que les agrade y aprovecho para expresarles tanto a lectores como seguidores de este blog, mi agradecimiento por tomarse el tiempo para visitarlo.