Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

jueves, 23 de marzo de 2017

Carlos Fuentes: EL CARNAVAL EN BUSCA DE AUTOR (segunda parte)

"En Río de Janeiro, un edicto militar impuso un carnaval perpetuo..."
 
Varias décadas transcurrieron entre 1962 y 2005, años en que aparecieron las primeras ediciones de La muerte de Artemio Cruz y La silla del águila. En ambas novelas Fuentes se refiere al carnaval de la política:
 
Pero sobrevivió. Seguía aquí, tratando de cumplir desde el lecho revuelto los ademanes de la joven hermosa y blanca que abrió las puertas de Cocuya al largo desfile de prelados españoles, comerciantes franceses, ingenieros escoceses, británicos vendedores de bonos, agiotistas y filibusteros que por aquí pasaron en su marcha hacia la ciudad de México y las oportunidades del país joven, anárquico: sus catedrales barrocas, sus minas de oro y plata, sus palacios de tezontle y piedra labrada, su clero negociante, su perpetuo carnaval político y su gobierno en deuda permanente, sus fáciles concesiones aduanales para el extranjero de habla insinuante.
 
Para encontrarnos más de cuarenta años después con que:
 
Desde el momento en que me dijo usted esto, señor Presidente, ambos –usted y yo– entendimos que me había llamado a su lado para hablarle con franqueza, para aconsejarlo con desinterés, para ayudarle a disimular el gesto de estupor que le produjo saberse arrojado al vacío por la empinada cuesta de esa atracción de carnaval llamada "La Presidencia de la República”.

Y en la prolija exploración verbal de Terra Nostra se propone, entre otras cosas, un carnaval perpetuo:
 
México recurrió a sacrificios humanos, consagrado religiosamente, justificado políticamente y ofrecido deportivamente en espectáculos de televisión; el espectador pudo escoger: ciertos programas fueron dedicados a escenificaciones de la guerra florida. En Río de Janeiro, un edicto militar impuso un carnaval perpetuo, sin límite de calendario, hasta que la población muriese de pura alegría: baile, alcohol, comparsas, sexo. En Buenos Aires se fomentó un machismo arrabalero, una urdimbre de celos, desplantes, dramas personales instigada por tangos y poemas gauchescos: brillaron los cuchillos de la venganza, millones de suicidaron.
 
En su única incursión por el género detectivesco, La cabeza de la hidra, también se encuentra una breve referencia: "Es muy difícil distinguir a un tanquero de otro. Nosotros no nos vestimos para ir al carnaval, como los cruceros del Caribe y todas esas canoas mariconas."
 
Otra alusión al carnaval aunque de naturaleza muy diferente, es la que expresa en Diana o la cazadora solitaria:
 
En todo caso, detrás de ella se abrían las fauces de un monstruo devorador, colmilludo, que en realidad era la entrada a un circo. De esa boca abierta salían, volando, murciélagos y demonios, ánimas en pena, súcubos e íncubos: todo un carnaval del sueño maligno, una pesadilla que convertía el asesinato de una elegante señora vestida de negro por otra que podría ser su doble, en una carnestolenda de la enfermedad, la muerte, la risa, el juego, la noticia, todo mezclado...
 
Por último, los párrafos siguientes pertenecen a su novela póstuma, Federico en su balcón, que fue publicada apenas unos meses después de su muerte:

Gala (1)

Conocí a Gala en una fiesta. No sé quien me la presentó. Ni siquiera sé si fuimos presentados. En el barullo de esa recepción anual, sólo había dos actitudes posibles. Una era participar plenamente, darse por conocido y hacer el juego a una euforia que, como en todas las fiestas de Carnaval, era ficticia. Otra era aislarse totalmente y ser ciego observador o activo transeúnte. Creo que entre ese centenar de invitados, sólo Gala y yo optamos por la segunda solución y por eso nos encontramos. Los dos lo entendimos; habían logrado arrinconarnos y ella balanceaba una copa en la mano y soplaba con la boca, de una manera muy graciosa, para apartar el fleco de los ojos. Se dio cuenta de que la miraba y eso le dio risa, igual que a mí. De manera que nos conocimos riendo, sin recordar o saber si alguien nos había presentado.
 
No sé, sin embargo, por qué motivo su risa me inquietó, como si fuese la máscara de otra mujer. Gala también, pero otra. No sé.
 
- ¿Viste lo del japonés? -me dijo porque sí, para iniciar la conversación, porque parece que la noticia apareció ese día en la prensa, porque quizás ella conocía el hecho y podría proseguir la plática.
 
- No. No sé.
 
- Ah. Era un estudiante becado. Muy serio. Muy encerrado en su casa y en sus estudios. La víspera del Carnaval -ayer- tocaron a su puerta. Se incomodó de que le interrumpieran el estudio. Estaba cortando las páginas de un libro con un cuchillo. Fue a atender el llamado. Abrió la puerta.
 
Hice un silencio táctico. Gala me miraba con interés, esperando mi reacción. Me dio gusto. Ella proseguía.
 
- Abrió la puerta. Un monstruo le gritó. Un monstruo con máscara de calavera y sombrero de copa, gritando y agitando las manos. Vestido con un ropón negro, agitado, amenazante. El estudiante japonés no dudó. Él era un chico entrenado en la autodefensa y con un cuchillo en la mano. No quiso averiguar. Le clavó su cuchillo en el vientre al monstruo. Éste cayó gritando, agonizando. El japonés sabía dónde enterrar un cuchillo. El monstruo expiró. El japonés llamó a la policía. Ésta llegó. Le quitaron la máscara al muerto. Era un muchacho muy joven. ¿Lo leíste?
 
- No, no lo sabía.
 
Crucé una mirada de falsa inteligencia con Gala.
 
- Era un estudiante disfrazado para el Carnaval. Que iba asustando de mentira, de puerta en puerta, como parte de una celebración desconocida por el japonés.
 
- Como el estudiante desconocía las costumbres del japonés -dije-. ¡Qué manera de empezar el Carnaval! -exclamé enseguida con risa social.
 
Gala no me devolvió la sonrisa.
 
El saldo, tal y como lo hemos podido constatar, es que el carnaval, con su vasta riqueza metafórica, encontró un autor: Carlos Fuentes.
 

Jules Etienne

miércoles, 22 de marzo de 2017

Carnaval: EL DON APACIBLE (Tomo tercero), de Mijáil Shólojov

"... el caballo resbaló, cayó de cabeza y ya no se pudo levantar."
 
(Fragmento del capítulo XIX)
 
Estábamos en Carnaval. El viento había barrido toda la nieve y el río estaba muy resbaladizo. Galopando tras la liebre, el caballo resbaló, cayó de cabeza y ya no se pudo levantar. El corazón me dio un vuelco por el susto. Lo desensillé y volví corriendo a casa. "¡Padre, mi caballo ha caído! Iba  persiguiendo una liebre..." "¿Y la has cogido?" "No." "¡Entonces, ensilla el negro y alcánzala, hijo de perra!" Ésos sí que eran buenos tiempos. Se vivía, se amaba a las muchachas cosacas. El caballo había muerto, qué se le iba a hacer; lo importante era alcanzar la liebre. ¡Y un caballo costaba cien rublos y una liebre diez kópecs...! Bueno, es mejor no hablar de eso.
 
Pantelei Prokofievich volvió de su visita al consuegro todavía más desorientado, envenenado  por el ansia y la inquietud. Ahora se daba cuenta, con toda claridad, de que unos principios diferentes, hostiles a él, se habían adueñado de la vida. Y si antes dirigía la casa y gobernaba la vida como en las carreras de obstáculos se domina a un caballo amaestrado, ahora era la vida quien lo arrastraba como una cabalgadura encabritada, cubierta de espuma, y él ya no sabía gobernarla, sino que era zarandeado sobre su agitado lomo, sin poder reaccionar y esforzándose miserablemente por no caerse.
 
El porvenir se presentaba envuelto en tinieblas. El pasado se difuminaba en la niebla de la vida vivida. ¡Estaban aún tan próximos los tiempos en que Miron Grigorievich era el más rico granjero de la comarca! Pero los tres últimos años habían debilitado su poderío. Los criados se https://html1-f.scribdassets.com/5ffefai2kg37lzdg/images/118-d1b8acc799.jpg  marcharon, sembraba la décima parte que antes; bueyes y caballos fueron vendidos a cambio de una moneda que no hacía más que oscilar, como poseída por el vino, y que cada día perdía valor. Todo ocurría como en un sueño. Y había caído encima como la niebla que avanza desde la otra orilla del Don. Sólo quedaba, como recuerdo, la casa con el balcón historiado con figuras y cornijones tallados. Muy pronto, las canas salpicaron la barba rojiza de Korchunov; después estriaron las sienes y la canicie se fue instalando en él, primero a mechones como la hierba, y después, devorando el color rojizo, quedó dueña del campo, extendiéndose cada vez más, conquistando un cabello tras otro, hasta posesionarse incluso de la zona a ambos lados de la frente. En el mismo Miron Grigorievich luchaban dos fuerzas opuestas: la sangre roja y viva se rebelaba, lo impulsaba a trabajar, a sembrar, a construir cobertizos, a reparar los aperos, a enriquecerse; pero cada vez con mayor frecuencia lo visitaba la tristeza. "¡De nada sirve enriquecerse! ¡Llegará la ruina!" Las manos, terriblemente deformadas, no cogían como antes el martillo o una pequeña sierra, sino que yacían ociosas sobre las rodillas, moviendo los dedos sucios y retorcidos por el trabajo. La ociosidad trajo la vejez. La tierra se le hizo odiosa. En  primavera se acercaba a ella como a una esposa amada, por costumbre, por deber. Ni los  beneficios le satisfacían como antes ni lamentaba las pérdidas. Los rojos le habían confiscado los caballos y ni siquiera había protestado; él, que dos años antes, por cualquier tontería, por un  puñado de heno pisoteado por los bueyes, por poco mata a su mujer con el horcón.
 
 
Mijaíl Shólojov (Rusia, 1905-1984). Obtuvo el premio Nobel en 1965.
 
La ilustración corresponde a una edición en español de El Don apacible ilustrada por Vicente B. Ballestar. 

martes, 21 de marzo de 2017

Carnaval: UNA ESTACIÓN DE AMOR, de Horacio Quiroga


(Fragmento inicial)

Primavera.

Era el martes de carnaval. Nébel acababa de entrar en el corso, ya al oscurecer, y mientras deshacía un paquete de serpentinas miró al carruaje de delante. Extrañado de una cara que no había visto en el coche la tarde anterior, preguntó a sus compañeros:

- ¿Quién es? No parece fea.

- ¡Un demonio! Es lindísima. Creo que sobrina, o cosa así, del doctor Arrizabalaga. Llegó ayer, me parece...

Nébel fijó entonces atentamente los ojos en la hermosa criatura. Era una chica muy joven aún, acaso no más de catorce años, pero ya núbil. Tenía, bajo cabello muy oscuro, un rostro de suprema blancura, de ese blanco mate y raso que es patrimonio exclusivo de los cutis muy finos. Ojos azules, largos, perdiéndose hacia las sienes entre negras pestañas. Tal vez un poco separados, lo que da, bajo una frente tersa, aire de mucha nobleza o gran terquedad. Pero sus ojos, tal como eran, llenaban aquel semblante en flor con la luz de su belleza. Y al sentirlos Nébel detenidos un momento en los suyos, quedó deslumbrado.

- ¡Qué encanto! –murmuró, quedando inmóvil con una rodilla en el almohadón del surrey. Un momento después las serpentinas volaban hacia la victoria. Ambos carruajes estaban ya enlazados por el puente colgante de papel, y la que lo ocasionaba sonreía de vez en cuando al galante muchacho.

Mas aquello llegaba ya a la falta de respeto a personas, cocheros y aún al carruaje: las serpentinas llovían sin cesar. Tanto fue, que las dos personas sentadas atrás se volvieron y, bien que sonriendo, examinaron atentamente al derrochador.

- Quiénes son? –preguntó Nébel en voz baja.

- El doctor Arrizabalaga... Cierto que no lo conoces. La otra es la madre de tu chica... Es cuñada del doctor.

Como en pos del examen, Arrizabalaga y la señora se sonrieran francamente ante aquella exuberancia de juventud, Nébel se creyó en el deber de saludarlos, a lo que respondió el terceto con jovial condescendencia.

Este fue el principio de un idilio que duró tres meses, y al que Nébel aportó cuanto de adoración cabía en su apasionada adolescencia. Mientras continuó el corso, y en Concordia se prolonga hasta horas increíbles, Nébel tendió incesantemente su brazo hacia adelante, tan bien que el puño de su camisa, desprendido, bailaba sobre la mano.

Al día siguiente se reprodujo la escena; y como esta vez el corso se reanudaba de noche con batalla de flores, Nébel agotó en un cuarto de hora cuatro inmensas canastas. Arrizabalaga y la señora se reían, volviendo la cabeza a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de cabeza a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de Nébel. Este echó una mirada de desesperación a sus canastas vacías. Mas sobre el almohadón del surrey quedaba aún uno, un pobre ramo de siemprevivas y jazmines del país. Nébel saltó con él por sobre la rueda del surrey, dislocóse casi un tobillo, y corriendo a la victoria, jadeante, empapado en sudor y con el entusiasmo a flor de ojos, tendió el ramo a al joven. Ella buscó atolondradamente otro, pero no lo tenía. Sus acompañantes se reían.

- ¡Pero loca! -le dijo la madre, señalándole el pecho-. ¡Ahí tienes uno!

El carruaje arrancaba al trote. Nébel que había descendido afligido del estribo, corrió y alcanzó el ramo que la joven le tendía con el cuerpo casi fuera del coche.

Nébel había llegado tres días atrás de Buenos Aires, donde concluía su bachillerato. Había permanecido allá siete años, de modo que su conocimiento de la sociedad actual de Concordia era mínimo. Debía quedar aún quince días en su ciudad natal, disfrutados en pleno sosiego de alma, sino de cuerpo; y he aquí que desde el segundo día perdía toda su serenidad. Pero en cambio, ¡qué encanto!

- ¡Qué encanto! -se repetía pensando en aquel rayo de luz, flor y carne femenina que había llegado a él desde el carruaje. Se reconocía real y profundamente deslumbrado, y enamorado, desde luego.

¡Y si ella lo quisiera!... ¿Lo querría? Nébel, para dilucidarlo, confiaba mucho más que en el ramo de su pecho, en la precipitación aturdida con que la joven había buscado algo que darle. Evocaba claramente el brillo de sus ojos cuando lo vio llegar corriendo, la inquieta expectativa con que lo esperó y en otro orden, la morbidez del joven pecho, al tenderle el ramo.

¡Y ahora, concluido! Ella se iba al día siguiente a Montevideo. ¿Qué le importaba lo demás, Concordia, sus amigos de antes, su mismo padre? Por lo menos iría con ella hasta Buenos Aires.

Hicieron efectivamente el viaje juntos, y durante él Nébel llegó al más alto grado de pasión que puede alcanzar un romántico muchacho de dieciocho años que se siente querido. La madre acogió el casi infantil idilio con afable complacencia, y se reía a menudo al verlos, hablando poco, sonriendo sin cesar y mirándose infinitamente.

La despedida fue breve, pues Nébel no quiso perder el último vestigio de cordura que le quedaba, cortando su carrera tras ella.

Ellas volverían a Concordia en el invierno, acaso una temporada. ¿Iría él? «¡Oh, no volver yo!» Y mientras Nébel se alejaba despacio por el muelle, volviéndose a cada momento, ella, de pecho sobre la borda y la cabeza baja, lo seguía con los ojos, mientras en la planchada los marineros levantaban los suyos risueños a aquel idilio -y al vestido, corto aún, de la tiernísima novia.


Horacio Quiroga (Uruguay, 1878-1937)

lunes, 20 de marzo de 2017

Carnaval (Mardi gras): 1919, de John Dos Passos

"Las calles estaban repletas de gente, luces, carrozas, desfiles, bandas de música y muchachas disfrazadas."

(Fragmento)

- ¿De dónde eres? -preguntó Charley.
 
- ¿A ti qué te parece?
 
- Eres del Norte. Lo digo por cómo hablas.
 
- Acertaste. Soy de Iowa, pero no voy a volver allí nunca más... Es un asco de vida, macho, y no olvides que... «Mujeres de placer»... Estoy marcada... En una época solía imaginarme que era una dama de clase, hasta que una mañana me desperté y me di cuenta de que no era más que una maldita puta.
 
¿Estuviste alguna vez en Nueva York?
 
Ella negó con la cabeza.
 
- No está mal esta vida, siempre y cuando no te mezcles con los rufianes y la bebida —dijo, absorta.
 
- Yo creo que voy a partir para Nueva York después del Mardi Gras. Me parece que aquí es imposible encontrar trabajo.
 
- Sin dinero, el Mardi Gras es como un entierro.
 
- Mira, vine aquí para verlo y supongo que lo mejor será que lo vea. Cuando la dejó ya había amanecido. Ella lo acompañó hasta el pie de la escalera. Él le dio un beso y le prometió que, si le recuperaba la chaqueta y el sombrero, le daría los diez dólares; ella le pidió que volviera a pasar a las seis, pero que no se dejara ver en el Trípoli porque el dueño era un tipo peligroso y lo estaría esperando.
 
Las calles de viejas casas de estuco con balcones de hierro forjado parecían disolverse en una niebla azulada. En algunos patios empezaban a afanarse en sus tareas mulatas con mantillas. En el mercado grupos de negros viejos descargaban frutas y verduras. Cuando regresó a la pensión, la panameña estaba en el balcón de su cuarto con un plátano en la mano y diciendo «Ven, Polly... Ven, Polly» con una vocecita atiplada. Desde el filo del tejado el loro le devolvía una mirada vidriosa y farfullaba blandamente: «Yo bien aquí». «Polly no quiere comer», concluyó la panameña con una sonrisa apenada. Charley se encaramó a la baranda e intentó agarrar el loro, pero éste dio un saltito atrás y todo lo que Charley consiguió fue que le cayera una teja en la cabeza. «No quiere comer», repitió tristemente la panameña. Charley le sonrió y se metió en su cuarto, donde se estiró en la cama para quedar dormido.
 
Durante el Mardi Gras caminó tanto que se le ampollaron los pies. Las calles estaban repletas de gente, luces, carrozas, desfiles, bandas de música y muchachas disfrazadas. Se le acercaron muchísimas chicas que con la misma facilidad se alejaban al comprobar que no tenía un céntimo. Él gastaba el dinero lo más lentamente que podía. Cuando lo vencía el hambre, entraba a un bar, pedía un vaso de cerveza y comía todo lo que le daban para acompañarlo.
 
Al día siguiente la muchedumbre comenzó a escasear; Charley ya no podía pagarse ni una cerveza. El olor a melaza y el perfume de absenta que desde los bares del barrio francés se derramaba sobre la atmósfera húmeda y pesada le despertaban repugnancia. No sabía qué hacer con su cuerpo. Le faltaba voluntad para volver a apostarse en la carretera y hacer autoestop. Se dirigió a la Western Union para telegrafiarle a Jim pidiendo un préstamo, pero el empleado dijo que los telegramas de demanda estaban prohibidos.
 
John Dos Passos (Estados Unidos, 1896-1970)

domingo, 19 de marzo de 2017

Carnaval: EL ENFERMO IMAGINARIO, de Molière

"El carnaval nos autoriza ¡Vamos, aprisa, a prepararlo todo!"
 
(Diálogo final del tercer acto)

Antonia: ¿Cuál es el propósito?

Beraldo: Pues divertirnos un rato esta noche. Los comediantes han creado un pequeña mascarada parodiando la recepción de un médico; propongo que nosotros también tomemos parte en la farsa y que mi hermano represente al papel principal.
 
Angélica: Pero tío, me parece demasiada burla de mi pobre padre.
 
Beraldo: Más que burlarse de él es acomodarse a sus fantasías y, además de que esto quedará entre nosotros, encargándonos cada uno del papel que nos daremos mutuamente en la obra.
 
Cleante (a Angélica): ¿Consientes?

Angélica: Puesto que mi tío nos dirige.

Telón

 
 Molière: Jean-Baptiste Poquelin (Francia, 1622-1673).

sábado, 18 de marzo de 2017

Carnaval: GOG, de Giovanni Papini

"Cada uno de nosotros podría hacerse fabricar varias y ponerse ésta o aquélla según el humor del día..."

(Fragmento del capítulo Las máscaras)

Los antiguos y los primitivos, en muchas cosas más inteligentes que nosotros, adoptaron y adoptan las máscaras para los actos graves; bellos de la vida.
 
Los primitivos romanos, como hoy los salvajes, se ponían la máscara para atacar al enemigo en la guerra. Los hechiceros y los sacerdotes tenían máscaras de ceremonia para los encantamientos y los ritos. Los actores griegos y latinos no recitaban jamás sin máscara. En el Japón se danzaba siempre con la máscara (las que he comprado son precisamente máscaras para el baile Genjó-raku y pertenecen a la época de Heian). En la Edad Media los miembros de las hermandades llevaban la cara cubierta con una capucha provista de dos agujeros para los ojos. Y recuerdo el Profeta Velado del Korazan, el Consejo de los Diez de Venecia, la Máscara de Hierro... Guerra, arte, religión, justicia: nada grande se hacía sin la máscara.
 
Hoy es la decadencia. No la adoptan más que los bufones del carnaval, los bandidos y los automovilistas. El carnaval está casi muerto, y los salteadores de caminos van siendo cada vez más raros.
 
La máscara, según mi opinión, debería ser una parte facultativa del vestido, como los guantes. ¿Por qué aceptar un rostro que, al mismo tiempo que es una humillación para nosotros, es una ofensa para los demás? Cada uno podría escoger para sí la fisonomía que más le gustase, aquella que estuviese más de acuerdo con su estado de ánimo. Cada uno de nosotros podría hacerse fabricar varias y ponerse ésta o aquélla según el humor del día y la naturaleza de las ocupaciones. Todos deberían tener en su guardarropa, junto con los sombreros, la máscara triste para las visitas de pésame y los funerales, la máscara patética y amorosa para los flirteos y los casamientos, la máscara riente para ir a la comedia o a las cenas con los amigos, y así por el estilo.
 
Me parece que las ventajas de la adopción universal de la máscara serían muchas.
 
 
Giovanni Papini (Italia, 1881-1956).

viernes, 17 de marzo de 2017

Carnaval: ES CARNAVAL, de Álvaro de Campos (heterónimo de Fernando Pessoa)


Es carnaval, y están las calles llenas
De gente que la sensación conserva.
Tengo intenciones, pensamientos, ideas,
Pero no puedo tener máscara ni pan.
 
Esta gente es igual, yo soy diverso
-Incluso entre los poetas no me aceptarían-.
Y a veces ni siquiera pongo esto en verso
-Y cuanto digo, ellos nunca lo dirían-.
 
¡Poca gente es mucha gente aquí!
Estoy cansado, con cerebro y cansancio.
Veo esto, y quedo aquí, extremadamente
Solitario con el tiempo y el espacio.
 
Detrás de las máscaras nuestro ser espía,
Detrás de las bocas acude un misterio
Que repudia mis versos anodinos.
 
¿Soy mayor o menor? Con manos, pies
Y boca hablo y me muevo en el mundo.
Hoy, cuando todos son máscaras, eres
Un ser máscara-gesto, en lo más profundo…
 
 
Fernando Pessoa (Portugal, 1888-1935).
 
 La ilustración corresponde al carnaval en Lisboa.

jueves, 16 de marzo de 2017

Carnaval: EL HOMBRE QUE FUE JUEVES, de G. K. Chesterton

"Había un hombre vestido de elefante..."

(Fragmento del capítulo XV: El acusador)

Bajaron juntos la escalera. Se encontraron con Ratcliffe, vestido de verde primaveral, como cazador: sus armas consistían en un grupo de árboles enlazados. Era el tercer día: el de la creación de la tierra y las cosas verdes. Su cara franca y sensible, con su expresión de amable cinismo, casaba muy bien con el traje.

Pasando por una puerta baja y ancha, los condujeron a un vasto y antiguo jardín inglés lleno de antorchas y fogatas. A su trémula luz, vestida con trajes abigarrados, bailaba la turba carnavalesca. Syme descubrió en los trajes de fantasía una imitación de todas las formas de la naturaleza. Había un hombre vestido de elefante, otro vestido de globo. Estos dos últimos, juntos, parecían continuar el hilo de las aventuras anteriores. También vio Syme con horror a un danzante disfrazado de enorme cálao, con un pico dos veces mayor que su cuerpo: el pájaro cuyo recuerdo le acosaba como una interrogación desde el episodio del jardín zoológico. Había mil objetos más: un farol danzante, un árbol danzante, un barco danzante. Se dijera que la música irresistible de algún músico loco obligaba a danzar a todos los objetos del campo y de la calle en una perenne zarabanda. Años más tarde, cuando Syme llegó a la edad madura, no podía ver faroles, árboles o molinos de viento, sin pensar que eran unos trasnochadores que volvían de la mascarada.


Gilbert Keith Chesterton (Inglaterra, 1874-1936)

miércoles, 15 de marzo de 2017

Carnaval: EL LIBRO DE LAS MUJERES, de Enrique Gómez Carrillo

"... gracias a la claridad multicolora de las linternas venecianas..."

(Fragmento del capítulo Bailarinas de Liliput)
 
Justamente la víspera, leyendo el último libro de Jean Lorrain, el horror nervioso de las caras sin vida, de los ojos vacíos, de las muecas inarmónicas, había sacudido mis nervios con sacudimientos de pesadilla.
 
«- ¡Oh, el espantoso misterio de las máscaras!» exclama el poeta en cada página ante el secreto de las fisonomías mudas e inmóviles que esconden la vida, que ríen sobre las lágrimas, que se enternecen junto a la frialdad, que roban el espectáculo de la existencia, y que engañan, y que atraen, y que hacen pensar en crímenes imperiales, en legendarias conjuraciones, en intrigas dramáticas, en vicios, en pecados, en envenenamientos.

Hay algo de muerto en la máscara, en efecto. ¡Oh, las facciones fijas y rígidas, los músculos helados, la boca que sonríe siempre con su mismo pliegue irónico, y sobre todo los ojos, los ojos vacíos. las órbitas obscuras, en cuyo fondo una pupila humana palpita, se mueve, parece hundirse, parece agonizar y pierde su carácter en la penumbra en que está prisionera!
 
Durante el Carnaval, en los bailes ruidosos, gracias a la claridad multicolora de las linternas venecianas y al torbellino de los trajes de fantasía; las máscaras, en conjunto, llegan a animarse, y si no producen una impresión de vida sana, al menos dan sensaciones de locura. Pero las máscaras aisladas, las máscaras en grupos reducidos, las pobres máscaras que no pueden gesticular, son el símbolo del miedo y del espanto.
 
 
Enrique Gómez Carrillo: Enrique Gómez Tible (Guatemala, 1873-1927)

martes, 14 de marzo de 2017

Carnaval: LOS AGUJEROS DE LA MÁSCARA, de Jean Lorrain

"Los gritos de las máscaras que estallaban a lo lejos..."

Capítulo I  

 - ¿Quiere usted verlo? -me había dicho mi amigo De Jacquels-, sea, consiga un dominó y un antifaz, un dominó elegante, de satén negro, cálcese unos escarpines, y, por esta vez, medias de seda negra también, y espéreme en su casa el martes hacia las diez y media; iré a buscarle.
 
El martes siguiente, envuelto en los susurrantes pliegues de una larga esclavina, con una máscara de terciopelo con barba de satén sujeta detrás de las orejas, esperaba a mi amigo De Jacquels en mi piso de soltero de la calle Taitbout, calentando mis pies a la vez ateridos e irritados bajo el contacto desacostumbrado de la seda, en las brasas del hogar; fuera, las bocinas y los gritos exasperantes de una noche de carnaval llegaban confusos desde el bulevar.
 
Resultaba extraño, e incluso pensándolo bien, inquietante a la larga, aquella solitaria velada de un enmascarado recostado en un sillón, en el claroscuro de un piso bajo atestado de objetos, aislado por los tapices, con la llama alta de una lámpara de petróleo y el vacilar de dos largas velas blancas, esbeltas, como funerarias, reflejadas en los espejos colgados del muro ¡y De Jacquels no llegaba! Los gritos de las máscaras que estallaban a lo lejos agravaban aún más la hostilidad del silencio; las dos velas ardían tan derechas que, inesperadamente y presa de impaciencia, turbado delante de aquellas tres luces, me levanté para apagar una.
 
En ese momento se separó una de las cortinas y entró De Jacquels.
 
¿De Jacquels? No había oído llamar a la puerta, ni tampoco abrir. ¿Cómo había entrado en mi apartamento? He pensado a menudo en ello después; en fin, De Jacquels estaba allí delante de mí; ¿De Jacquels? Es decir un largo dominó, una forma grande, sombría, velada y enmascarada como yo:
 
- ¿Está usted listo? -preguntaba su voz que no reconocí de tan alterada como estaba-. Mi coche está aquí, nos vamos.
 
Su coche, no lo había oído ni rodar ni detenerse ante mis ventanas. ¿A qué pesadilla, sombra y misterio había empezado a descender?
 
- Es su capucha la que tapona sus oídos; usted no está acostumbrado a la máscara - pensaba en voz alta De Jacquels, que había penetrado mi silencio-: Tenía pues, aquella noche, el poder de adivinar, y levantando mi dominó se aseguraba de la finura de mis medias de seda y de mi ligero calzado.
 
Aquel gesto me tranquilizó, era De Jacquels y no otro quien hablaba bajo el dominó. Cualquier otro no hubiera tenido en cuenta la recomendación que De Jacquels me había hecho hacía una semana.
 
–Bien, nos vamos -ordenaba su voz, y, en un susurro de seda y satén que se roza, nos hundimos en la puerta cochera, semejantes, me parece, a dos enormes murciélagos, con el vuelo de nuestras esclavinas, repentinamente levantadas por encima de los dominós.
 
¿De dónde venía aquel gran viento, aquel soplo desconocido? ¡La temperatura de aquella noche de carnaval era a la vez tan húmeda y blanda!


Jean Lorrain (Francia, 1855-1906)

lunes, 13 de marzo de 2017

Carnaval: LAS TRES HERMANAS, de Antón Chéjov

"Estamos en Carnaval, y la servidumbre tiene la cabeza llena de pájaros."

(Fragmento del segundo acto)
 
La misma decoración del primer acto. Son las ocho de la noche. De la calle llegan, apenas perceptibles, los sones de un acordeón. No hay luces encendidas. Entra Natalia Ivanovna en bata, con una vela; da unos pasos y se detiene ante la puerta de la habitación de Andréi.
 
Natasha: ¿Qué haces, Andriusha? ¿Lees? No quiero nada, sólo te lo pregunto... (Da unos pasos más, abre otra puerta y, después de haber mirado dentro, la cierra.) Quería ver si había alguna luz encendida...
 
Andréi (entra con un libro en la mano): ¿Qué quieres Natasha?
 
Natasha: Miro si hay luces encendidas... Estamos en Carnaval, y la servidumbre tiene la cabeza llena de pájaros; hay que estar en todo para que no ocurra ninguna desgracia. Ayer, a medianoche, pasé por el comedor y me encontré con que había allí una vela encendida. No he logrado saber quién la encendió. ¿Qué hora es?
 
Andréi (mira el reloj): Son las ocho y cuarto.
 
Natasha: Olga e Irina todavía no están aquí. No han vuelto. Se pasan todo el día trabajando, pobrecitas. Olga, en el Consejo pedagógico; Irina, en telégrafos... (Suspira.) Esta mañana le he dicho a tu hermana: "Vela por tu salud, Irina, cariño". No hace caso ¿Las ocho y cuarto, dices? Temo que nuestro Bóbik esté malo. ¿Por qué tendrá el cuerpo tan frío? Ayer tenía fiebre y hoy tiene frío... ¡Tengo tanto miedo!

Andréi: No es nada, Natasha. El pequeño está bien.

 
 
Antón Chéjov: Anton Pavlovich Chekhov
(Ruso fallecido en Alemania, 1860-1904) .

domingo, 12 de marzo de 2017

Carnaval: EL MARINO QUE PERDIÓ LA GRACIA DEL MAR, de Yukio Mishima


(Fragmento)
 
- Tu regalo tiene historia -prosiguió Ryuji, ignorante de la tensión del ambiente. Puso el cocodrilo junto a la almohada de Noboru-. Lo han disecado los indios del Brasil. Son tribus indias de verdad. Cuando llega el carnaval, los guerreros se ponen en la cabeza, delante de las plumas que llevan en el pelo, cocodrilos como éste o aves acuáticas disecadas. Y se atan a la frente tres pequeños espejos redondos que, al reflejar el fuego de las hogueras, les hacen parecer demonios de tres ojos. Se cuelgan dientes de leopardo alrededor de la garganta y se envuelven en pieles de leopardo. Todos llevan carcaj a la espalda, y arcos preciosos, y flechas de colores. Bueno, ésta es la historia de este cocodrilo. Es parte del vestido ceremonial de los indios brasileños en tiempo de carnaval.
 
 
Yukio Mishima (Japón, 1925-1970)
 
La ilustración corresponde a una fotografía de la tribu Xingú en territorio amazónico. 

sábado, 11 de marzo de 2017

Carnaval: EL MUNDO ES ANCHO Y AJENO, Ciro Alegría

"Hombres y mujeres, intercalados y tomados de las manos, formaron rueda y se pusieron a dar vueltas en torno al árbol."
 
(Fragmento inicial del capítulo 6: El ausente)

Marchaba hacia el sur, contra el viento, contra el destino. El viento era un viejo amigo suyo y pasaba acariciándole la piel curtida. El destino se le encabritaba como un potro y él cambiaba de lugar y marchaba y marchaba con ánimo de doblegarlo. Toda idea de regreso lo aproximaba a la fatalidad. Sin embargo, era dulce pensar en la vuelta. Sobre todo en ese tiempo en que veía espigas maduras y maizales plenos. Los comuneros estarían trillando, gritando, bailando... Rumi también lo extrañaba y durante los días siguientes a la cosecha, recordándolos, advertía la ausencia de Benito Castro y que nadie, nadie sabía dónde se hallaba. Era penoso. Benito se sentía muy abandonado y en el camino largo, su caballo -antiguo comunero- era el consuelo de su soledad.
 
- ¡Ah, suerte, suerte! Paciencia no más, caballito...
 
Abram Maqui le había enseñado a domar. Menos mal que a Augusto parecía gustarle también. Él lo dejó queriendo aprender, tratando de sujetarse. Bueno era tener su caballo y entenderse con él como se entendía con Lucero. Lucero era blanco, tranquilo sin ser lerdo y le había puesto ese nombre recordando a la estrella de la mañana. Cuando lo palmeaba en la tabla del pescuezo, el caballo le correspondía frotándole la cabeza contra el hombro. Habían caminado mucho juntos y las leguas dan intimidad.
 
Cruzaron varías provincias y pararon por primera vez en las serranías de Huamachuco. Benito Castro se contrató de arriero en una hacienda. Esa era la historia de caminar para volver al mismo sitio, o sea el atolladero de la pobreza, pero no importaba. Había que hacer algo y él lo hacía. Cuando sucedió que vino la fiesta de carnavales y la peonada de la hacienda se puso a celebrarla.
 
De mañana se paró un unsche, o sea un árbol repleto de toda clase de frutas -naranjas, plátanos, mangos, mameyes- y de muchos objetos verdaderamente codiciables: pañuelos de colores, espejitos, varios pomos de Agua Florida, una que otra cuchilla, algún rondín. Los pomos estaban amarrados en el tallo para que las ramas los defendieran del golpe. Hombres y mujeres, intercalados y tomados de las manos, formaron rueda y se pusieron a dar vueltas en torno al árbol. En él los frutos se mecían con lentitud y brillaban y coloreaban los objetos. Era un precioso árbol. Un hombre que estaba al pie, provisto de una banderola verde, se puso también a dar vueltas, pero en sentido contrario a los que formaban la rueda, cantando con gruesa voz versos chistosos:

Ya se llegó carnavales,
guayay, silulito,
la fiesta de los hambrientos
como yo.

Esa era la danza del Silulo. Después de cada verso venía el estribillo...


Ciro Alegría (Perú, 1909-1967) 

jueves, 9 de marzo de 2017

Carnaval: ABRIL ROJO, de Santiago Roncagliolo

"... afirmando que a las doce horas sorprendió abandonando el pajar a la joven Teófila Centeno de Páucar."

(Fragmento inicial)

Jueves 9 de marzo

Con fecha miércoles 8 de marzo de 2000, en circunstancias en que transitaba por las inmediaciones de su domicilio en la localidad de Quinua, Justino Mayta Carazo (31) encontró un cadáver.
 
Según ha manifestado ante las autoridades competentes, el declarante llevaba tres días en el carnaval del referido asentamiento, donde había participado en el baile del pueblo. Debido a esa contingencia, afirma no recordar dónde se hallaba la noche anterior ni ninguna de las dos precedentes, en las que refirió haber libado grandes cantidades de bebidas espirituosas. Esa versión no ha podido ser ratificada por ninguno de los 1,576 vecinos del pueblo, que dan fe de haberse encontrado asimismo en el referido estado etílico durante las anteriores 72 horas con ocasión de dicha festividad.
 
Durante el amanecer del 8, el susodicho Justino Mayta Carazo (31) declara haberse apersonado a la plaza del pueblo conjuntamente con Manuelcha Pachas Ispijuy (28) y Deolindo Páucar Quispe (32), quienes no lo han podido corroborar. A continuación, según manifiesta el declarante, tomó conciencia de sus obligaciones laborales para con la bodega Mi Perú en la que cumple funciones de vendedor. Se levantó y se dirigió al citado emplazamiento, con el inconveniente de que a mitad de camino fue víctima de un repentino ataque de agotamiento y volvió a su domicilio a gozar de un merecido reposo.
 
Antes de llegar a su puerta, el ataque se agravó, ingresando el susodicho en el domicilio de su vecino Nemesio Limanta Huamán (41) para descansar antes de retomar los quince metros faltantes hasta la puerta de su domicilio. Según afirma, al ingresar al inmueble, no notó nada sospechoso ni encontró a nadie y se dirigió a través del patio directamente al pajar, donde se recostó. Manifiesta haber pasado ahí las siguientes seis horas solo. Nemesio Limanta Huamán (41) ha refutado su versión afirmando que a las doce horas sorprendió abandonando el pajar a la joven Teófila Centeno de Páucar (23), esposa de Deolindo Pácuar Quispe (32) y dotada, según testigos, de unas considerables postrimerías y un apetito carnal muy despierto, lo cual ha sido prácticamente desmentido tanto por su cónyuge como por el susodicho declarante Justino Mayta Carazo (31).
 
Una hora después, a las trece horas, en circunstancias en que estiraba los brazos para despertarse, el declarante manifiesta haber tocado un cuerpo áspero y rígido oculto a medias entre la paja. En la creencia de que podría tratarse de una caja de dinero oculta propiedad del propietario del inmueble, el declarante decidió proceder a su exhumación. La Fiscalía Distrital Adjunta ha procedido oportunamente a amonestar al declarante por sus manifiestas malas intenciones, a lo que Justino Mayta Carazo (31) ha respondido con muestras de genuino arrepentimiento declarando que procedería a confesarse con el sacerdote Julián González Casquignán (65), párroco de la citada localidad.
 
Aproximadamente a las trece horas con diez minutos, el susodicho declarante consideró que el objeto era demasiado grande para constituir una caja, asemejando más bien un tronco quemado, negro y pegajoso. Procedió a retirar las últimas briznas de paja que lo cubrían, encontrando una superficie irregular perforada por diversos agujeros. Descubrió, según refiere, que uno de esos agujeros constituía una boca llena de dientes negros, y que en la prolongación del cuerpo quedaban aún retazos de la tela de una camisa, igualmente calcinada y confundida con la piel y las cenizas de un cuerpo deformado por el fuego.
 
Aproximadamente a las trece horas con quince minutos, los gritos de terror de Justino Mayta Carazo (31) despertaron a los otros 1,575 vecinos de la localidad.
 
Y para que así conste en acta, lo firma, a 9 de marzo de 2000, en la provincia de Huamanga,

Félix Chacaltana Saldívar
Fiscal Distrital Adjunto

Santiago Roncagliolo (Perú, 1975) 

La lectura de las primeras páginas de la novela Abril Rojo
es posible en el sitio de Editorial Alfaguara (buscar en la columna a la izquierda):

miércoles, 8 de marzo de 2017

Aconteció durante la cuaresma: ABRIL ROJO, de Santiago Roncagliolo


Esta obra de Santiago Roncagliolo, escritor peruano radicado en España, corresponde al género de la novela negra y acontece precisamente durante el período de la cuaresma que estamos viviendo. Comienza cuando el carnaval está terminando para dar paso al miércoles de ceniza y culmina durante la semana santa. Abril rojo recibió el premio Alfaguara en 2006.

La narración nos introduce en el primero de los crímenes cometidos con el inconfundible lenguaje de la burocracia judicial, como un informe del fiscal Félix Chacaltana -quien será el protagonista de la historia-, y que es posible leer en otra de las entradas en este mismo blog.

Recurriendo a los elementos más característicos del género, el texto presenta varias innovaciones. Por ejemplo, el personaje no es ya un detective sino un fiscal adjunto, es decir, un hombre que forma parte del sistema y que en determinado momento recibe como respuesta: "En este país no hay terrorismo, por orden superior". Chacaltana que parece un hombre sumiso a los dictados del aparato político (Abrió la boca y dijo con toda la convicción de la que fue capaz: "Sí, señor") decide proseguir por su propia cuenta la investigación de un caso oficialmente cerrado para descubrir la verdad. Y es en este punto donde radica, en esencia, su naturaleza genérica.

También recurre al humor negro, como el lenguaje empleado para redactar los informes del protagonista: "... para incrementar la colaboración del detenido, se le practicó una técnica de investigación consistente en atar sus manos a la espalda y dejarlo colgar suspendido del techo por las muñecas, hasta que el dolor le permita proceder a confesar sus actos delictivos."

La lucha entre la milicia y los terroristas de Sendero Luminoso es el tema que le permite a Roncagliolo elaborar su propia lectura de la realidad peruana a través de una intriga que trasciende las fronteras del mero policíaco. La acción tiene lugar en la provincia de Huamanga, donde se encuentra ubicada la ciudad de Ayacucho -cuyo carnaval es una tradición autóctona, considerado "patrimonio de la nación", y su celebración de la semana santa es una de las más notables en el mundo cristiano-. Por cierto, su nombre en lengua quechua significa "morada del alma" o "rincón de los muertos", lo cual no dejaría de encerrar un cierto simbolismo implícito respecto al tema que aborda.

 
Santiago Roncagliolo (Perú, 1975)

La ilustración corresponde a una fotografía del carnaval de Ayacucho.

martes, 7 de marzo de 2017

Carnaval: LA NÁUSEA, de Jean Paul Sartre

"... en Bouville esto no significa gran cosa; apenas hay en toda la ciudad unas cien personas para disfrazarse."

(Fragmento)
 
Martes de carnaval

Maurice Barrès, recibió una buena tunda. Éramos tres soldados y uno de nosotros tenía un agujero en medio de la cara. Maurice Barrès se acercó y nos dijo: “¡Está bien!” y entregó a cada uno un ramillete de violetas. “No sé dónde meterlo”, dijo el soldado de la cabeza agujereada. Entonces Maurice Barrès dijo. “Debe ponérselo en medio del agujero que tiene usted en la cabeza”. El soldado respondió: “Voy a metértelo en el culo”. Y pescamos a Maurice Barrès y le quitamos los pantalones. Debajo del calzoncillo llevaba una vestidura roja de cardenal. Levantamos la vestidura y Maurice Barrès se puso a gritar: “Atención, tengo pantalones con trabillas”. Pero lo azotamos hasta hacerle sangre y en el trasero le dibujamos, con los pétalos de las violetas, la cabeza de Déroulède.
 
Recuerdo mis sueños con gran frecuencia después de un tiempo. Además, he de moverme mucho tiempo mientras duermo porque a la mañana encuentro toda la ropa en el suelo. Hoy es martes de carnaval, pero en Bouville esto no significa gran cosa; apenas hay en toda la ciudad unas cien personas para disfrazarse.
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980). Obtuvo el premio Nobel en 1964.

lunes, 6 de marzo de 2017

Carnaval: EL ANTIFAZ DE LA VIDA, EL CARNAVAL DE SIEMPRE, de Eduardo Galeano


Pieles negras, pelucas blancas, coronas de luces, mantos de seda y pedrería: en el carnaval de Río de Janeiro, los muertos de hambre sueñan juntos y son reyes por un rato. Durante cuatro días, el pueblo más musical del mundo vive su delirio colectivo. Y el miércoles de cenizas, al mediodía, se acabó la fiesta. La policía se lleva preso a quien siga disfrazado. Los pobres se despluman, se despintan, se arrancan las máscaras visibles, máscaras que desenmascaran, máscaras de la libertad fugaz, y se colocan las otras máscaras, invisibles, negadoras de la cara: las máscaras de la rutina, la obediencia y la miseria. Hasta que llegue el próximo carnaval, las reinas vuelven a lavar platos y los príncipes a barrer las calles. Ellos venden diarios que no saben leer, cosen ropas que no pueden vestir, lustran autos que nunca serán suyos y levantan edificios que jamás habitarán. Con sus brazos baratos, ellos brindan productos baratos al mercado mundial. Ellos hicieron Brasilia, y de Brasilia fueron expulsados. Cada día ellos hacen el Brasil, y el Brasil es su tierra de exilio. Ellos no pueden hacer la historia. Están condenados a padecerla.

Eduardo Galeano (Uruguay, 1940-2015).