(Fragmento del capítulo IV del Libro Segundo: La Tumbaga)
Entró
Melquíades, dependiente y sobrino del gachupín. Conducía una punta de chamacos,
que sonaban las pintadas esquilas de fúnebres barros que se venden en la puerta
de las iglesias por la fiesta de los Difuntos. Melquíades era chaparrote, con
la jeta tozuda del emigrante que prospera y ahorra caudales. La tropa babieca,
enfilada a canto del mostrador, repica los barros:
—¡Hijos míos! ¡Qué esperanza! ¡Idos a darle la murga a vuestra mamasita! ¡Que os
vista los trajes de diario! ¡Melquíades, no debiste haberles relajado la moral,
autorizándoles esta dilapidación de sus centavitos! ¡Muy suficiente una
campanita para los cuatro! Entre hermanos bien avenidos, así se hace. Vayan a
su mamá, que les mude sus trajecitos.
(Fragmento del capítulo II del Libro Tercero: Paso de bufones)
—Señor Presidente, hay enredos en la vida que sobrecogen y hacen cavilar, enredos que son una novela. La noche de autos he visitado a una gatita que lee los pensamientos.
—¿Y una gatita con tanta ciencia está en un lenocinio para que usted la festeje?
—Pues la pasada noche así sucedió en lo de Cucarachita. Quiero declararlo todo y desahogar mi conciencia. Estábamos los dos pecando. ¡Noche de Difuntos era la de ayer, Generalito! Valedores, por mi honor lo garanto, aquella morocha tenía un cirio bendito desvelándole los misterios. ¡Leía los pensamientos!
Ramón del Valle-Inclán (España, 1866-1936).

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