Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

lunes, 15 de mayo de 2017

Carnaval: SEIS PROBLEMAS PARA DON ISIDRO PARODI, de Bustos Domecq

"Yo, con el hocico peludo, sudaba tinta, y vuelta a vuelta me sorprendió la tentación de sacarme la cabeza de oso."

(Fragmento de La víctima de Tadeo Limardo)

»Como dice Anteojito en su columnita de Última Hora, la llegada misma de Tadeo Limardo al Nuevo Imparcial está signada por el misterio. Llegó con Momo, entre pomos y bombitas de mal olor, pero Momo no lo verá el otro carnaval. Le pusieron el sobretodo de madera y se radicó en la Quinta del Ñato: los infantes de Aragón ¿qué se fizieron?
 
»Yo, que palpito al unísono con la urbe, le había sustraído un traje de oso al peón de  cocina, que es un misántropo que no acude a la milonga, que no es danzante. Munido de esa piel enteriza, calculé que iba a pasar desapercibido, y me di el lujo de hacerle una reverencia al patio del fondo y salí como un señor, en busca de oxígeno. Usted no me dejará mentir: esa noche la columna mercurial batió el récord de altura; hacía tanto calor que la gente ya se reía. A la tarde hubo como nueve insolados y víctimas de la ola tórrida. Haga su composición de lugar: yo, con el hocico peludo, sudaba tinta, y vuelta a vuelta me sorprendió la tentación de sacarme la cabeza de oso, aprovechando algunos lugares que son como boca de lobo, que si el Concejo Deliberante los ve se le cae la cara de vergüenza. Pero yo, cuando me prendo a la idea, soy un fanático. Le prometo que no me saqué la cabeza, no fuera de repente a aparecer uno de los feriantes del Abasto, que saben correrse hasta el Once. Ya mis pulmones se alegraban con el aire benéfico de la plaza, que hervía de rotiserías y de parrillas, cuando perdí el conocimiento, frente mismo a un anciano que se había disfrazado de tony, y que desde hace treinta y ocho años no se pierde un carnaval sin mojar al vigilante, que es paisano suyo, porque es de Temperley. Este veterano, a pesar de la nieve de los años, obró con sangre fría: de un envión me sacó la cabeza de oso, y no se llevó mis orejas porque estaban pegadas. Para mí que él o su tata, que se había caracterizado con un bonete, me sustrajeron la cabeza de oso; pero no les guardo canina: me hicieron engullir una sopa seca, que con cuchara de madera me la empujaban, que me despertó con la temperatura. La molestia es que ahora el peón de cocina ya no me quiere hablar porque malicia que la cabeza de oso que yo extravié es la misma con que salió fotografiado en un carro alegórico el doctor Rodolfo Carbone. Hablando de carros, uno con un bromista en el pescante y un avispero de angelotes en la caja, se comedió a depositarme en mi domicilio, en vista de que los carnavales van cediendo terreno y de que yo no podía materialmente con mis piernas a cuestas. Mis nuevos amigos me tiraron al fondo del vehículo, y me despedí con una risotada oportuna. Yo iba como un magnate en el carro y tuve que reírme: orillando el paredón del ferrocarril venía un pobre rústico a pie, un cadáver desnutrido y de mal semblante, que apenas podía con una valijita de fibra y un paquete medio deshecho. Uno de los angelotes quiso meterse donde no lo llamaron y le dijo al pajuerano que subiera. Yo, para que no decayera el nivel de la farra, le grité al del pescante que nuestro carro no era de recoger basura. Una de las señoritas se rió con el chiste y acto continuo le sonsaqué una cita para un terreno de la calle Hamahuaca, donde no pude concurrir por proximidad del Abasto. Yo les hice tragar la bola de que me domiciliaba en el Depósito de Forrajes, cosa que no me tomaran por un patógeno; pero Renovales, que no tiene ni el rudimento, me retó desde la vereda porque Paja Brava carecía de quince centavos que había descuidado en el chaleco mientras pasaba al fondo, y todos calumniaban que yo los había invertido en Laponias. Para peor tengo un ojo clínico, y divisé a menos de media cuadra el cadáver de la valijita que venía dando tumbos con la fatiga. Cortando en seco los adioses, que siempre duelen, me tiré del carro como pude y gané el zaguán para evitar un casus belli con el extenuado. Pero es lo que yo siempre digo: vaya usted a aplicar la razón con estos muertos de hambre. Yo salía de la pieza de los 0,60, donde a cambio de un traje de oso que me sancochaba me obsequiaron con una legumbre fría y una emulsión de vino casero, cuando en el patio me topé con el rústico, que ni me devolvió el saludo.
 
 
Honorio Bustos Domecq: seudónimo de Jorge Luis Borges (Argentina, 1899.1986)
y Adolfo Bioy Casares (Argentina, 1914-1999).

En este mismo blog se puede leer un texto sobre el origen del seudónimo Honorio Bustos Domecq

domingo, 14 de mayo de 2017

Carnaval: FIESTA DE CARNAVAL EN LA VIVIENDA, de Francesco Recami

 
(Fragmento inicial)
 
No se hablaría más, Enrico iría disfrazado de Zorro. Su madre Caterina había intentado por todos los medios convencerlo de que se vistiera de jeque o de monaguillo, y en ambos casos hasta le había mostrado un trozo de tela color marrón. No, Zorro y basta.
 
Amadeo Consonni consideraba con terror la hipótesis de tener que llevar a su nieto enmascarado, a mirar el cortejo de carros alegóricos del carnaval ambrosiano, lo que siempre le había suscitado una tristeza infinita, independientemente de sentirse atrapado en medio de una situación incómoda.
 
Y ahora su hija Caterina, como de costumbre, le había confiado al niño para que lo devolviera antes del almuerzo: ella volvería después de la cena, entre las nueve y las nueve y media. ¿De acuerdo? La consigna era precisa, debía llevarlo a ver el carnaval, que él disfrutaba tanto.

Francesco Recami (Italia, 1956)

sábado, 13 de mayo de 2017

Carnaval: CADÁVERES SIN DISFRAZ


"... se presenta un asesinato ocurrido en el carnaval de Huejotzingo..."
 
«Van a asesinarme.» Besos, besos, a través del cartón humedecido. Labios fríos -sin vida, deduce ella-. No se entregará, si de esto se trata. Pierde el gorro de almirante, su novio no regresa con las copas. Se sofoca, la ahogan. Y comprende que su vida está en peligro.” En su relato La semana escarlata, que forma parte del volumen de cuentos fantásticos Tapioca Inn, mansión para fantasmas, publicado en 1952, Francisco Tario ubica la muerte de una joven de nombre Laura, en un baile de carnaval, como otro más de los crímenes cometidos por un asesino en serie, cuya búsqueda atormenta al detective Galisteo.
 
Mas he aquí que en el curso del duodécimo día que siguió a la Semana Escarlata, el cartero llamó violentamente a la puerta de la oficina de Galisteo. Un agente recibió el mensaje y lo trasladó sin demora a su jefe. Sobre una pesada mesa roble, rodeado de innumerables papeles, Galisteo examinaba lo que en términos penales se denomina el cuerpo del delito: la trágica máscara gris del suceso de Carnestolendas. Galisteo apartó su vista de las dos cuencas vacías que lo miraban y sostuvo entre sus dedos el sobre, en el cual aparecía una breve caligrafía femenina. Dudó, hizo señas a alguien de que se retirara y se dispuso a leer. Concluido el primer renglón, se detuvo. En seguida, se puso en pie. Aproximó la carta a la luz amarilla, tornó a sentarse echando atrás su cuerpo y se limpió el sudor de la frente.
 
Nunca se especifica el lugar preciso en que esto acontece y el autor describe su escenario urbano:
 
La Semana Escarlata implicaba, pues, de hecho algo especialmente importante que expresaba a maravilla el terror e incertidumbre en que vivía la ciudad por aquellos días. Incluso, en el extranjero llamaría la atención el asunto. Y eso estaba bien, desde luego. Como que aligeraba la angustia, exhibiendo abierta la herida por donde una ciudad de noventa mil habitantes respiraba ahogadamente, con los dedos helados de frío.
 
A esa misma época pertenece también La muerte se divierte, de María Luisa Bermúdez, que es descrito por Jorge Palafox Cabrera en Letras asesinas: Historia de la literatura policial mexicana (1930-1960):
 
"La siempre defensora del policial clásico, critica y teórica del género en México, María Elvira Bermúdez, es quizá, quien mayor espacio tuvo en otros medios, no solo con sus textos serios (que no eran más que relatos de carácter fantástico, dramas románticos o judiciales en que se maneja un poco la psicología del protagonista, así como una notoria critica al sistema judicial que muchas veces no es tan justo o imparcial como se quiere mostrar), sino con sus narraciones policiales. De esa manera encontramos que en la Revista Mexicana de Cultura (suplemento dominical de El Nacional) del 4 de febrero de 1951 publicó el cuento La muerte se divierte. Narración que se desarrolla en el Puerto de Veracruz, en tiempo de carnaval y nos muestra como Teodoro Escobedo planea y ejecuta (al menos así cree durante todo el relato) el asesinato de su primo Alejandro, todo ello encubierto por los disfraces de carnaval, el gentío y una coartada que parecía perfecta. Sin embargo, poco después ve a su primo con vida y al enfrentarlo, Alejandro le demuestra el error que cometió, pues asesinó a otra persona, dejándole como única salida, el entregarse a la policía.”
 
En 2006 apareció Quizá otros labios, novela de Juan Hernández Luna, a la que se refiere  Manuel Rodríguez Lozano en su ensayo Huellas del relato policial en México:
 
El modo en que abre Quizá otros labios, parece un guiño a las novelas de Raymond Chandler o James Ellroy, por citar dos referencias importantes del desarrollo del policial duro en Estados Unidos, que ubican su obra en Los Ángeles, ya que en la primera página se describen los hechos en «Los Ángeles 1955», y se hace presente la figura de James Dean. En el siguiente capítulo, y ya en el presente, se presenta un asesinato ocurrido en el carnaval de Huejotzingo, mientras el protagonista Enrique Mejía «alias el Cuervo», chofer de un taxi, medita sobre su vida y su separación de Eloísa. Todo ello en Puebla. Estos dos momentos se convierten en el pivote desde el cual la narración toma un impulso con acciones más ad hoc al tipo de texto propuesto. Las persecuciones por la ciudad de Puebla, la aparición de figuras del circo –unos enanos, un payaso, etcétera–, la presencia de personajes femeninos inmersos en la pasión, son medios que logran un mosaico social en el que sobresalen héroes como Enrique Mejía que resuelven el caso.”
 
Aunque ni en Balas de plata, publicada en 2008, de Élmer Mendoza ni en Decir adiós es morir un poco, de mi autoría, se comete un crimen en pleno carnaval, incluyo su referencia porque ambas pertenecen al género de la novela negra y se menciona al carnaval. El siguiente diálogo tiene lugar en la primera:
 
Mendieta caminó hacia el interior, Robles, un joven policía, cubría de momento la recepción. ¿Llegó Ortega? No, señor, la que está es su acople, qué linda, ¿no? ¿Votarías por ella para reina del carnaval de Mazatlán? Hasta recolecto dinero si quiere, sonrieron.”
 
En tanto que en Decir adiós es morir un poco el personaje de Diana ha tenido que huir de la ciudad de México y llama al protagonista, Felipe Mar Law, desde Mazatlán, “Sugiere que la visites durante el carnaval, aunque sea para pasar esos días juntos” y eso le remite al recuerdo de su infancia en Tampico: “En tu tierra también se festeja el carnaval. Cuando eras pequeño tus padres te llevaban a ver los carros alegóricos y las comparsas”.
 
Y para cerrar esta breve antología de narraciones que refieren algún crimen durante el festejo del carnaval en diferentes lugares de México, me permitiré una breve alusión a Mi caballo, mi perro y mi rifle, de José Rubén Romero, ya que aun cuando es ajena al género que nos ocupa y se inscribe en la llamada literatura de la revolución, sus personajes elaboran un plan bien sencillo: había que preparar un  torito de petate, y unos tocando guitarras, otros los violines y otros disfrazados de maringuías, caer en Ario como una de tantas comparsas en los festejos del Carnaval”, cuando: “Era el martes de Carnaval y, por seguir los pasos de  nuestra comparsa, la tarde se revistió también con todos sus colorines”. Ignacio, quien se ha quedado ciego, se encamina a una muerte inevitable en el enfrentamiento con los federales.
 
Los tiros agujereaban el traje blanco de las paredes, silbando a nuestro rededor, con su trágica sirenita. Don Ignacio descendía con lentitud, la cabeza descubierta, los ojos inmóviles, como los de las esculturas, y un grito quebrado y ronco en la boca:
 
- ¡Abajo los ricos! ¡Vivan los pobres, los po...!
 
De pronto se detuvo, abrió los brazos y cayó de espaldas sobre las piedras de la calle.
 
Estos han sido, entonces, unos cuantos muertos en los carnavales de Veracruz, Mazatlán, Huejotzingo y Ario de Rosales, en el estado de Michoacán. De tal manera que no sólo se entierra al mal humor en esas fechas.
 

Jules Etienne

viernes, 12 de mayo de 2017

Carnaval: MÁSCARAS, de Leonardo Padura

"... demasiadas rubias oxigenadas y opulentas en el mejor estilo Marilyn Monroe..."
 
(Fragmento)

Entonces el disc-jockey cambió la voz de la Makeeba por la de Doris Day y descubrí que, como buen cabaret, Les Femmes tenía un escenario sobre el que se posaron -tienen que haberse posado- siete versiones perfectas -y hasta mejoradas- de Doris Day, que cantaban con la grabación para un público arrobado y respetuoso, en el que empecé a ver hombres y mujeres de cuya filiación dudé todo el tiempo: demasiadas rubias oxigenadas y opulentas en el mejor estilo Marilyn Monroe, trigueñas salidas del cine italiano de posguerra, negras de manos grandes, acromegálicas de labios metálicos como robots de cómics que regalaban besos a sus compañeros de mesa con la cadencia y la intensidad de la balada dorisdayana.

Seguía anonadado cuando el Recio me invitó a ir al baño, mostrándome el sobre que le entregó el taxista. Él sabía que yo no iría, y por eso no insistió, pero el Otro Muchacho sí fue con él… No es que yo fuera un puritano. Al contrario, debo de haber sido bastante atrevido en mi vida, lo he probado todo, pero siempre me ha resultado más útil mi lucidez natural, que aquel día, por cierto, estaba como de fiesta, advertida, expectante, queriendo deglutir cuanto llegaba a mis ojos. Y gracias a esa lucidez comprendí que había penetrado en un gigantesco happening de trasmutación, transformismo y máscaras, menos famoso pero más intenso y real que un carnaval veneciano. Haber pensado en crisálidas y haber sentido el roce de un insecto gigantesco me dio la clave de lo que estaba viviendo, viendo: una fiesta de insectos. Recuerdo que pensé, entre aquellos travestis adelantados, pioneros esforzados del movimiento, que el hombre puede crear, pintar, inventar o recrear colores y formas de los que dispone desde su exterior, y llevarlos a la tela, que está más allá de su cuerpo, pero que es incapaz e impotente para modificar su propio organismo. Sólo el travesti llega a transformarlo radicalmente y, como la mariposa, puede pintarse a sí mismo, hacer de su cuerpo el soporte de su obra máxima, convertir sus emanaciones sexuales en color, a través de los aturdidores arabescos y los tintes incandescentes de un ornamento físico.
 
Es una autoplástica esencial, aunque esas obras, infinitamente repetidas -siete Doris Day, cuatro Marilyn Monroe, tres Ana Magnani en veinte metros cuadrados- no puedan evitar, en el mejor de los casos, una fría y nostálgica perfección. Lo más inquietante fue comprender que todo eso era la consumación del teatro consciente que se ha soñado desde los días de Pericles: la máscara hecha personaje, el personaje tallado sobre el físico y el alma del actor, la vida como representación visceral de lo soñado. Aquello era como una iluminación que hubiera estado esperándome desde siempre, agazapada en ese sucio rincón de París, y en unos minutos ya tuve planeada y montada en mi mente la solución que andaba buscando para mi versión de Electra Garrigó… Lo que jamás pude imaginar fue que aquella idea genial iba a ser el principio de mi último acto como director teatral. El fin como principio sin medios…

Entonces, cuando fui a contarle al Recio aquella revelación, descubrí que él y el Otro Muchacho habían desaparecido, no sé con cuál de aquellos insectos pervertidos. Lo más simpático fue que al día siguiente me acusaron a mí de haberme evaporado del brazo de una Sara Montiel. De todas formas le conté al Recio lo que había sentido allí, y el muy ingrato ni siquiera me dio crédito en su libro sobre los travestis, y todavía creo que soy capaz de poner entre comillas los párrafos que le dicté en aquella conversación… Y por cierto, como no tenía dinero suficiente, tuve que regresar a la casa caminando, pues jamás me hubiera ido con una Sara Montiel, porque la verdad, nunca he soportado a la Saritísima.
 
Leonardo Padura (Cuba, 1955).
 
La ilustración corresponde a una cuidadosa personificación -aunque con pecas en los brazos- de Marilyn Monroe.

jueves, 11 de mayo de 2017

Carnaval: NÉMESIS, de Jo Nesbø

"Iba vestida de ángel. No como los ángeles reales, sino con uno de esos trajes de mentira que se usan en carnaval."
 
(Fragmento del capítulo 24: Sao Paulo)
 
El motor del coche zumbaba bajito. Harry miró las farolas de la calle que iluminaban el cielo oscuro, el salpicadero y el volante donde el diamante del dedo meñique de Trond brillaba débilmente.
 
- Mentiste sobre el anillo que llevas puesto -susurró Harry-. El diamante es demasiado pequeño para valer treinta mil. Apuesto a que costó alrededor de cinco y que lo compraste para Stine en una joyería de Oslo. ¿No es así?
 
Trond hizo un gesto afirmativo.
 
- Te viste con Lev en Sao Paulo, ¿verdad? El dinero era para él.
 
Trond hizo un gesto afirmativo, una vez más.
 
- Dinero suficiente para una temporada -dijo Harry-. Suficiente para pagarse el billete de avión cuando decidió volver a Oslo -susurró Harry-. Quiero ese número de móvil.
 
- ¿Sabes qué? -Trond giró despacio a la derecha en la plaza de Alexander Kielland-. Anoche soñé que Stine entraba en el dormitorio y me hablaba. Iba vestida de ángel. No como los ángeles reales, sino con uno de esos trajes de mentira que se usan en carnaval. Me dijo que ella no pertenecía a la esfera de allá arriba. Y cuando me desperté, pensé en Lev. Pensé en cuando se sentó en el borde del tejado de la escuela con las piernas colgando, mientras nosotros entrábamos a la siguiente clase. Parecía un puntito pequeño, pero yo recuerdo lo que pensé. Pensé que él pertenecía a la esfera de allá arriba.
 
 
Jo Nesbø (Noruega, 1957).

miércoles, 10 de mayo de 2017

Carnaval: CARNAVAL DIABÓLICO, de Alicia Giménez Bartlett

"... se le ocurre vestirse de diablillo saltarín con las carnes bien apretadas debajo de una malla y venirse hasta Sitges en carnaval."
 
 (Fragmento)

Cualquier ayuda parecía poca a tenor de los primeros pasos: el cadáver no iba identificado ni presentaba signos de violencia, ni le habían robado, y en el departamento de «personas desaparecidas» no se había presentado ninguna denuncia que coincidiera físicamente con él. Pasamos a los posibles testigos de los inmuebles. Entre Yolanda, Sonia, Garzón y yo hicimos un «puerta a puerta» que parecía que iba a ser infructuoso. Todo el mundo dormía a la supuesta hora del asesinato. La gente que estaba en su casa no tenía a las tres de la mañana nada mejor que hacer: el día siguiente era laborable. Cuando ya estábamos a punto de acabar, apareció Yolanda muy excitada.
 
- Inspectores, vengan por favor. El vecino del entresuelo tiene algo que decir.
 
Se trataba de un hombre mayor que vivía solo. Con un humor de perros, en pijama y con muy pocas ganas de colaborar, repitió algo que ya le había dicho a Yolanda.
 
- Sí, yo lo mojé.
 
Me quedé de una pieza, pero encontré la serenidad suficiente como para preguntar:
 
-¿Cómo? ¿Puede explicarse?
 
- Ni que fuera tan difícil de comprender: a las cuatro de la mañana me entraron ganas de mear y fui al lavabo. Cuando volvía a la cama oí a dos tíos dando voces en la calle. Pensé: ¿aún no han acabado de meter bulla esos hijos de puta del carnaval? Me puse la bata para que no me diera el frío de la calle, fui hasta la ventana y la abrí. Allí justo debajo estaba ese tío sentado.
 
-¿Y nadie más?
 
- Nadie más. Pensé que era un borracho y como estaba hasta las narices, porque ya está bien con el carnaval y que la gente decente no podamos estar en paz, llené un cubo de agua en la bañera y se lo eché por encima, a lo mejor así se iba a dormir la mona a otro sitio. Se quedó tan campante y me largué a la cama otra vez. ¡A lo mejor se pesca una buena pulmonía!, pensé, algo es algo.
 
- Es usted el colmo de la solidaridad, ¿eh? —soltó Yolanda en un arranque.
 
-¿Solidaridad con un borracho que se queda en la calle a dormir?
 
Atajando la cuestión solidaria, inquirí:
 
-¿Vio huir a alguien o a alguna persona que se alejara del lugar?
 
- El tío estaba solo, más solo que la una.
 
- Las voces que oyó, ¿entendió lo que decían?
 
- ¡Y yo qué voy a entender, con la ventana cerrada y medio dormido!
 
-¿Era una voz o eran dos?
 
- Me parece que eran dos: uno hablaba más fuerte, el otro más bajo.
 
-¿Eran hombres?
 
- Sí. Maricones serían.
 
Noté cómo el subinspector se tensaba ante la calificación.
 
-¿Y discutían?
 
- Supongo; no creo que estuvieran dándose el pico, aunque a lo mejor también.
 
Lo que me temía sucedió. Garzón, impulsando su cuerpo hacia delante, puso su cara a un palmo de la de aquel pobre diablo, que inmediatamente retrocedió. Bramó como en la ópera:
 
-¿Y no se le ocurrió llamar a la policía, como era su obligación?
 
El puñetero viejo se achantó, si bien puso cara de haber bebido vinagre y dijo:
 
- No podía saber que estaba muerto. Pensé que sólo había bebido demasiado y ése no es motivo para llamar a la policía en una noche de carnaval.
 
 
Alicia Giménez Bartlett (España. 1951).

martes, 9 de mayo de 2017

Carnaval: VALS EN LA OSCURIDAD, de William Irish

"El resplandor de antorchas y linternas..."

(Fragmento del capítulo 23)

Mardi Gras. La ciudad se vuelve loca. Una fiebre se apodera de la ciudad cada año, el último martes antes del Miércoles de Ceniza. “Martes gordo”. Una y otra vez, por cincuenta y tres años ya, desde 1827, cuando la primera de estas celebraciones surgió de manera espontánea, nadie sabe como. Una última aventura antes de que las austeridades de la cuaresma comiencen, como si el mundo de la debilidad humana nunca se acabara y volviera a renovarse una y otra vez. La bacanal antes de retractarse para justificar la penitencia.
 
No hay noche ni día. El resplandor de antorchas y linternas a la largo de Canal y Royal, o las demás calles del centro de la ciudad, ilumina con la luz rojiza del sol la medianoche, y durante el día las tiendas permanecen cerradas, nada se compra y nada se vende. Nada excepto la alegría, y esa se puede obtener gratis.
 
 
William Irish: seudónimo de Cornell Woolrich (Estados Unidos, 1903-1968).

lunes, 8 de mayo de 2017

Carnaval: MAIGRET Y LA ESPINGARDA, de Georges Simenon

"... mi idea de ir a Niza a ver el carnaval es ridícula, casi indecente."
 
(Fragmento del capítulo 8: Donde la Espingarda se deja tirar de la lengua, y donde Maigret se decide por fin a cambiar de adversario)

«Ayer me reí mucho. G… estaba en mi habitación, no para lo que te imaginas, sino para hablarme del plan que yo le había contado la víspera de ir a pasar dos días a Niza.
»A esta gente le horrorizan los viajes. Sólo han salido de Francia una vez en su vida. Su único viaje al extranjero se remonta a la época en que el padre aún vivía y fueron a Londres los tres. Parece ser que además se marearon todos y tuvo que atenderles el médico del barco.
»Pero no iba por ahí la cosa. Cuando les comento algo que no les gusta, no me contestan enseguida. Se callan y, como suele decirse, se oye pasar un ángel.
»Luego, más tarde o al día siguiente, G… se presenta en mi habitación, con cara de apuro, empieza andándose por las ramas y acaba soltando lo que lleva dentro. Total, que parece que mi idea de ir a Niza a ver el carnaval es ridícula, casi indecente. No me ha ocultado que su madre está escandalizada y me suplica que renuncie a mi proyecto.
»Bueno, pues resulta que el cajón de mi mesita de noche se había quedado entreabierto. G… lo miró maquinalmente y de pronto vi que se ponía palidísimo.
»“¿Qué es eso?”, balbució señalándome la pequeña automática con culata de nácar que compré durante mi viaje a Egipto.
»¿Te acuerdas? Ya te lo comenté entonces. Me habían dicho que una mujer sola no está segura por aquellos países. No sé por qué la metí en aquel cajón. Contesté tranquilamente:
»“Es una pistola”.
»“¿Está cargada?”.
»“No me acuerdo”.
»“La cogí y miré el cargador. No había balas”. “¿Tienes munición?”.
»“Estará en algún sitio”.
»Una hora más tarde se presentó mi suegra con un pretexto, porque no entra nunca en mi habitación sin algún motivo. Se pasó un buen rato también dando rodeos y al final me explicó que no era decente que una mujer tuviera un arma.
»“Pero si es más un juguete que otra cosa”, repliqué. “Lo guardo como un recuerdo, porque la culata es bonita y están grabadas mis iniciales. Además, creo que es más bien inofensiva”.
»Acabó cediendo. Pero no hasta que accedí a entregarle la caja de balas que estaba en el fondo del cajón.
»Lo más gracioso es que, apenas se marchó, encontré en uno de mis bolsos otra caja de balas que se me había olvidado. No se lo dije…».

Georges Simenon (Bélgica, 1903-1989)

domingo, 7 de mayo de 2017

Carnaval: LA ROSA DE ALEJANDRÍA, de Manuel Vázquez Montalbán

"En otro rincón de la nave los comparsas del desfile de Carnaval se probaban disfraces de cocodrilos..."

(Fragmento)

Chicos y chicas iniciaban la lenta parsimonia del calypso, la interrumpían, ensayaban distintos tonos de voz, se corregían mutuamente. En otro rincón de la nave los comparsas del desfile de Carnaval se probaban disfraces de cocodrilos o de nenúfares y una muchacha negra se convertía en una luna llena, iluminada por bombillitas que encendía con una perilla escondida en el cuenco de una mano. Todo tenía aire de ensayo de fiesta mayor de Calahorra o Chiclana, lo único que variaba era la forma, y los muchachos parecían orgullosos de su cualidad de transmisores de algo que daba carácter a la isla, orgullo reforzado por la presencia de los dos o tres extranjeros mirones, en los que creían adivinar el arrobo ante su flagrante exotismo.


Manuel Vázquez Montalbán (España, 1939-2003)

sábado, 6 de mayo de 2017

Carnaval: UN JUEGO PARA LOS VIVOS, de Patricia Highsmith

"Theodore abrió una bolsa de papel y extrajo una máscara de gorila..."
 
(Fragmento del capítulo 16)

- ¿Te gustaría ir?
 
- ¿A una fiesta de Carnaval? ¿Irás tú? -preguntó Ramón.
 
- Sí, le dije que iría. A Olga le hace mucha ilusión. No tendré que quedarme mucho rato. Inocencia estará allí para ayudar a atender a los invitados.
 
- Y supongo que irás con alguien, ¿no? -le preguntó Ramón con acento de incredulidad.
 
- No, con nadie. No estás obligado a ir, Ramón -dijo Theodore con una sonrisa-. Ven arriba conmigo. Quiero enseñarte una cosa.
 
Ramón le siguió a regañadientes. Theodore entró en su habitación y sacó un paquete del fondo del armario.
 
- Son unos disfraces que compré ayer. Hay que ir disfrazado, ¿sabes? El mío es de canguro. ¿Qué te parece? ¡Fíjate qué pies tan enormes! Será un éxito, ¿no crees?
 
Theodore levantó los alargados pies de trapo que se mantenían rígidos gracias a unas suelas de cartón. La cabeza tenía unos agujeros redondos para poder ver y un hocico largo y sonriente.
 
- El otro disfraz es más sencillo… de payaso. Pero se puede llevar una máscara encima. Mira, éstas son las máscaras.
 
Theodore abrió una bolsa de papel y extrajo una máscara de gorila y otra de gato con bigotes rizados, de caucho.
 
- Escoge la que prefieras. O no vengas si no tienes ganas.
 
- Me es igual uno que otro –dijo Ramón mirando los disfraces.
 
Bajo la luz de la lámpara, su frente, tersa y pálida, parecía un rectángulo de mármol.
 
- No engañan a nadie mucho tiempo.
 
 
Patricia Highsmith (Estados Unidos, 1921-1995).

viernes, 5 de mayo de 2017

Carnaval: TRES AUTORES FRANCESES DEL SIGLO XIX

"Se trata del carnaval de los espíritus y de los duendes."
 
El ojo sin párpado (L'oeil sans paupière, 1832), de Philaréte Chasles
 
(Fragmento)

En esta noche se consulta al brujo de la aldea, y todos los espíritus traviesos bailan por los páramos, atraviesan los campos cabalgando los tenues rayos de luna. Se trata del carnaval de los espíritus y de los duendes. No hay cueva ni peñasco que no celebre su fiesta y su baile; no hay flor que no se estremezca al soplo de una ninfa; no hay mujer que no cierre cuidadosamente la puerta, para que los spunkies no roben los alimentos del día siguiente, ni estropeen con sus travesuras la comida de los niños, que duermen abrazados en la misma cuna. Así era aquella noche solemne, tejida de caprichosa fantasía y un secreto temor que subía por las colinas de Cassilis.
 
"Me preguntaba si la superior belleza, que no había más remedio que conceder a la estatua..."
 
La Venus de Ille (La Vénus d'Ille, 1837), de Prosper Mérimée
 
(Fragmento)
 
– ¡Oh!, mi mujer se las arreglará seguramente. Creo que estará muy contenta de tenerlo.
 
Mil doscientos francos en el dedo están muy bien. Este otro anillo –añadió, mirando con satisfacción la sortija que llevaba en la mano–, éste me lo dio una mujer en París un día de carnaval. ¡Ah! ¡Qué bien lo pasé en París hace dos años! ¡Allí sí que se divierte uno!... –y suspiró con nostalgia.
 
Aquel día íbamos a cenar a Puygarrig, a casa de los padres de la novia. Montamos en una calesa y nos dirigimos al castillo, alejado una legua y media de Ille. Fui presentado y acogido como un amigo de la familia. No hablaré ni de la cena, ni de la conversación posterior, en la que participé muy poco. Alphonse, sentado junto a su prometida, le decía algo al oído cada cuarto de hora. Ella, apenas levantaba los ojos, y cada vez que le hablaba su novio se sonrojaba tímidamente, pero le contestaba sin turbación.
 
La señorita de Puygarrig tenía dieciocho años; su talle, esbelto y delicado, contrastaba con la constitución huesuda de su robusto novio. No sólo era hermosa, sino también seductora. Me admiraba la perfecta naturalidad de sus respuestas; y su aire de bondad, que, sin embargo, no estaba exento de malicia, me recordó, a mi pesar, a la Venus de mi anfitrión. En esta comparación, que hice para mí, me preguntaba si la superior belleza, que no había más remedio que conceder a la estatua, no se debía en gran parte a su expresión de tigresa; pues la energía, incluso en las malas pasiones, excita siempre en nosotros un asombro y una especie de alucinación involuntaria.
 
"... estábamos solos en un proscenio del baile de la Ópera."
 
El convidado de las últimas fiestas (Le convide des dernières fêtes,1874),
de Auguste Villiers de L'Isle Adam
 
(Fragmento)
 
Una tarde de Carnaval de 186..., C***, uno de mis amigos, y yo, por una circunstancia absolutamente debida a los azares del aburrimiento «ardiente y vago» estábamos solos en un proscenio del baile de la Ópera.
 
Hacía unos instantes que admirábamos, a través del polvo, el mosaico tumultuoso de las máscaras, aullando bajo las grandes arañas esplendentes y agitándose al compás de la batuta sabática de Strauss.
 
De pronto se abrió la puerta del palco; tres damas con un frufrú de seda se acercaron a nosotros y, después de quitarse los antifaces, nos dijeron:
 
- ¡Buenas noches!

Eran tres jóvenes de ingenio y belleza excepcionales. Las habíamos encontrado a veces en el mundo artístico de París: Clio, la Cenicienta, Antonie Chantilly y Annah Jackson.
 
-¿Venís aquí para aprender a beber junto a nosotros? —les preguntó C***, rogándoles que se sentaran.
 
- ¡Oh! Íbamos a cenar solas, porque las gentes de esta noche, horriblemente fastidiosas, han ensombrecido nuestra imaginación -dijo Clio la Cenicienta.
 
- Sí; ya nos íbamos a ir cuando los hemos visto —dijo Antonie Chantilly.
 
- Así, pues, venid con nosotras, si no tenéis cosa mejor que hacer –concluyó Annah Jackson. - ¡Vivan la luz y la alegría! -respondió tranquilamente C***.

 
 
Philaréte Chasles (Francia, 1798-1873).
Prosper Mérimée (Francia, 1803-1870).
August Villers de L'Isle-Adam (Francia, 1838-1889).