Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

miércoles, 14 de junio de 2017

Carnaval: GALILEO GALILEI, de Bertolt Brecht


 
10.

En el decenio siguiente, se difunde la doctrina de Galileo. En todos lados, los panfletistas y baladistas se hacen eco de las nuevas ideas. Durante el carnaval de 1632 muchas ciudades de Italia toman la astronomía como tema para sus comparsas.
 
(Una pareja de comediantes semihambrientos, con una chiquilla de cinco años y un niño de pecho, llegan a una plaza donde un gentío, en parte disfrazado, espera el desfile de carnaval. Los dos arrastran atados de ropa, un tambor y otros utensilios.)
 
El cantor de baladas (con redobles de tambor): ¡Honorables vecinos, damas y caballeros! Antes de que comiencen a desfilar las comparsas de los gremios en esta noche de carnaval, ejecutaremos la última canción florentina que todo el norte de Italia canta y que nosotros hemos importado hasta aquí a pesar de los enormes costos! Se titula "La horrible teoría y dictamen del señor físico real don Galileo Galilei" o "Una prueba de lo que vendrá". (Canta):
 
El Todopoderoso con don creador
dar vueltas a la tierra al sol ordenó
y una lámpara grande a su vientre colgó
para que girara como un buen servidor.
Porque era su deseo más ferviente
que en torno al señor rodara el sirviente.
Y así comenzaron los menesterosos tras los poderosos,
los traseros tras los delanteros,
así en la tierra como en el cielo.
Y en torno al Papa los cardenales.
Y en torno al Cardenal los arzobispos.
Y en torno al Obispo los tribunales.
Y en torno al Tribunal los secretarios.
Y en torno al secretario los artesanos,
y en torno al artesano los servidores.
Y en torno al servidor los ganapanes, las gallinas, los pobretes y los canes.
 
Éste es, distinguido público, el orden consumado, ordo ordinum, como dicen los señores teólogos: regula aeternis, la regla de las reglas. ¿Pero, apreciado público, qué sucedió? (Canta):
 
Y ahí viene el doctor Galilei (tira la Biblia, sacude su anteojo y lo dirige al gran universo)
 
ordena al astro rey detenerse
porque toda la inmóvil creatio dei
debe dar vueltas, girar y moverse,
correrá entonces la rica señora
y el aya actuará de espectadora.
 
¿Qué decís de esto? es tremendo, pero no hay broma. La servidumbre cada día está más insolente, pero una cosa es cierta, hablemos en nuestro idioma: ¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre?
 
El criado, holgazán; la criada, fresca.
El perro del matarife engordará.
El monaguillo marchará a la pesca.
El aprendiz en la cama quedará.
 
¡No, no, no! Con la Biblia, señores, no hagáis bromas, ¡al cogote del gañán la cuerda bien resistente! Pero una cosa es cierta, hablemos en nuestro idioma: ¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre? Mis buenos vecinos: mirad un poco en ese futuro que anuncia el doctor Galileo Galilei:
 
Dos amas de casa en el mercado
no se explicaban lo que veían:
la pescadera cogió un pescado
y sola, con pan se lo comía.
El albañil, los hoyos ya cavados,
busca la piedra y mampostería
del señor y ya todo terminado
se mete adentro con sabiduría.
 
¡Oh! ¿Es posible esto? No, no, no, aquí no hay broma, ¡al cogote del gañán la cuerda bien resistente! Pero una cosa es cierta, hablemos en nuestro idioma: ¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre?
 
El campesino pega en el trasero
a su señor sin consideración.
Y ahora, la leche que daba al clero
sus niños beberán con fruición.
 
¡No, no, no! Con la Biblia, señores, no hagáis bromas, ¡al cogote del gañán la cuerda bien resistente! Pero una cosa es cierta, hablemos en nuestro idioma: ¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre?
 
La mujer:
En el pecado caí
y a mi marido dejé
por ver si un astro fijo
encontraba por ahí.
 
El cantor de baladas:
 
¡No, no, no, Galilei, no, no! Termina la broma, Atended:
el perro sin bozal muerde a la gente.
Pero una cosa es cierta y bien lo sabe Roma:
¿quién no sueña con ser su propio señor hoy y siempre?
 
Ambos:
Los que en la tierra sufrís, ¡ay! Reuníos todos juntos
y aprended de Galilei
a poner la raya y punto
a lo que ya es suficiente.
¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre?
 
El cantor de baladas: Vecinos, mirad el fenomenal descubrimiento de Galileo Galilei. ¡La tierra gira alrededor del sol! (Bate fuertemente el tambor. La mujer y la chiquilla se adelantan. La mujer sostiene un tosco dibujo del sol. La chiquilla con una calabaza en la cabeza imagen de la tierrada vueltas alrededor de la mujer. El cantor indica con grandes gestos a la chiquilla, como si ésta fuera a realizar un peligroso salto mortal, ya que camina hacia atrás, al compás de los redobles del tambor. Luego, se oyen desde atrás otros tambores.)
 
Una voz profunda: ¡Las comparsas! (Entran dos hombres con harapos, tirando un pequeño carro. Sobre el mismo está sentado, en un ridículo trono, una figura con una corona de cartón y vestida de arpillera que espía por un telescopio. Sobre el trono, un letrero: "Buscad el disgusto". Más atrás vienen cuatro hombres enmascarados que llevan un gran lienzo, donde paran y arrojan un muñeco que representa un cardenal. Un enano se ha colocado a un lado con un letrero: "La nueva era". De la multitud sale un pordiosero que levanta en alto sus muletas y se pone a bailar pataleando en el suelo hasta que cae con gran ruido. Luego, entra un enorme muñeco que hace reverencias al público: Galileo Galilei. Delante de él un niño con una enorme Biblia abierta, con las páginas tachadas.)
 
El cantor de baladas: ¡Galileo, el triturador de la Biblia!


Bertolt Brecht (Alemania, 1898-1956).

martes, 13 de junio de 2017

Martes de Carnaval: TRILOGÍA DE ESPERPENTOS TEATRALES DE VALLE-INCLÁN, de Miguel Díez R.


 
Bajo el título de Martes de carnaval (1930) agrupó Valle-Inclán tres piezas teatrales, publicadas independientes anteriormente y en las que lleva incluso más lejos que en Luces de bohemia la técnica esperpéntica: Las galas del difunto -publicada en1926 con el título de El terno del difunto-, Los cuernos de don Friolera (1921), y La hija del capitán (1927). En el título general hay un intencionado juego de palabras: Martes por militares, en alusión al dios de la guerra y carnaval, grotescos, de pacotilla, de pura máscara; ya que las tres obras, aunque totalmente independientes, presentan el retrato degradante de individuos pertenecientes al estamento militar.
 
Los cuernos de don Friolera sido considerado como uno de los mejores esperpentos teatrales, sólo superado por Luces de bohemia. Valle-Inclán arremete aquí contra uno de los tópicos más enraizados en la vida del pueblo español, el tema del honor que recorre medularmente nuestro teatro de oro, se continúa en vulgares dramones y sigue vigente en la sociedad, exacerbado, como en este caso, por el rigor del código militar. Valle "muestra el absurdo radical y absoluto de unas vidas que, vaciadas de su propia sustancia personal, adoptan la máscara rígida de unas convenciones y de unos principios falsos. La dimensión grotesca de la existencia humana se carga de contenido y significación trágicos cuando don Friolera, creyendo matar a su mujer, mata a su hija".
 
En Las galas del difunto, el protagonista, Juanito Ventolera, es un soldado repatriado de la guerra de Cuba, contrafigura grotesca de don Juan Tenorio, y este personaje esperpéntico, como todo lo que la rodea, le sirve a Valle para satirizar acremente la guerra de Cuba y la política militar de España.
 
La hija del capitán está inspirada en un suceso que conmocionó a la sociedad española de 1913. Nos referimos al famoso crimen del capitán Sánchez, en el que se dieron todos los elementos propios del más truculento folletín y materia de cualquier romance de ciego: incesto, amoríos, asesinato, etc. Valle-Inclán modifica a su gusto el hecho real, lo enlaza con el golpe de Estado protagonizado en 1923 por el general Primo de Rivera, esperpentiza pródigamente toda la situación y pone en la picota con rabiosa actualidad a burgueses, periodistas, realeza y particularmente al estamento militar.

Miguel Díez R. (España).
 
Fragmento del ensayo originalmente publicado por Espéculo. Revista de estudios literarios.
Universidad Complutense de Madrid.
 
La ilustración corresponde a la puesta en escena de Martes de carnaval
producida por el Centro Dramático Gallego y dirigida por Marta Pazos.

lunes, 12 de junio de 2017

Carnaval: ENRIQUE IV, de Luigi Pirandello

"¡Y el no ver ya nada más de todo aquello que sucedió después de aquel día de carnaval!"

(Fragmento del segundo acto)

Enrique IV: ¿Y la vistió usted de marquesa de Toscana a ella también? ¿Sabe, doctor, que corrió usted el riesgo de hacer que la noche retornara a mi cerebro? ¡Bendito sea Dios! Hacer que los retratos hablen, que se salgan vivos de sus marcos... (Contempla a Frida y a Di Nolli, después mira a la marquesa, y finalmente se mira el traje que tiene puesto.) ¡Oh, es una combinación magnífica! Dos parejas... ¡Magnífico, doctor, magnífico!... Para un loco... (Señalando apenas a Belcredi.) A él, esto le parecerá ahora una mascarada fuera del tiempo, ¿no es así? (Se vuelve para mirarlo.) Ya puedo quitarme este disfraz para irme contigo, ¿no te parece?
 
Belcredi: ¡Conmigo! ¡Con nosotros!
 
Enrique IV: ¿Adónde? ¿Al Círculo? ¿De frac y corbata blanca? ¿O a casa de la marquesa, los dos juntos, tú y yo?
 
Belcredi: ¡Adonde quieras! ¿Querrías, acaso, permanecer aún aquí, para perpetuar, solo, lo que fue una desdichada broma en un día de carnaval? Es increíble, te lo aseguro, que hayas querido continuarla, después de haberte liberado de la desgracia que te había ocurrido.
 
Enrique IV: Desde luego... Pero ya ves. Es que al caerme del caballo y golpearme la cabeza, estuve loco de veras, no sé por cuánto tiempo...
 
Doctor: ¡Ah! ... Eso... ¿Y duró mucho tiempo?
 
Enrique IV: (Rapidísimo, al doctor). Si, doctor, mucho, cerca de doce años. (Y en seguida, volviendo a hablar con Belcredi.) ¡Y el no ver ya nada más de todo aquello que sucedió después de aquel día de carnaval! El cambio de las cosas, su evolución..., los amigos..., cómo me traicionaron; el sitio que otros tomaron, no lo sé, pero lo supongo, en el corazón de la mujer que amaba; los que habían muerto; los que habían desaparecido..., todo esto, ¿comprendes?, no fue para mí una burla, como a ti te parece.
 
 
Luigi Pirandello (Italia, 1867-1936). Obtuvo el premio Nobel en 1934.
 
La ilustración corresponde a la puesta en escena de Enrique IV en el teatro Goldoni de Venecia.

domingo, 11 de junio de 2017

Carnaval: EL TAÑIDO DE UNA FLAUTA, de Sergio Pitol

"Al llegar se sintió como un personaje de Beckett caído en medio de un abigarrado carnaval mediterráneo..."

(Fragmento)
 
Le constaba que nunca antes había podido vivir en un mismo lugar. Le sorprendía no ver síntomas de hastío. Cuando le preguntó si no añoraba ciertos productos de Occidente: cine, teatro, libros, por ejemplo -¿contaba allí con libros extranjeros?- le respondió que sí, pero que al fin y al cabo no le interesaban demasiado. Se había convertido a la vida solar. Sus gustos eran por el momento del todo primarios: comer, beber, fornicar, pasear, asolearse, ir a nadar al río. Había logrado deshacerse de viejas neurosis. "Al llegar se sintió como un personaje de Beckett caído en medio de un abigarrado carnaval mediterráneo, al rato me había sumado al espectáculo."
 
Sergio Pitol (México, 1933-2018).

La ilustración corresponde a una puesta en escena de Esperando a Godot, de Samuel Beckett, dirigida por Joan Font en el teatro Alhambra de Granada, España, en 2014.

sábado, 10 de junio de 2017

Carnaval: COSAS DEL CARNAVAL, de Ion Luca Caragiale


(Fragmento de la escena IV)
 

Patizambo: Sí, un simple malentendido...

Nick (saliendo detrás de la pantalla): Naturalmente todo fue una confusión, del tipo de las que siempre ocurren durante el carnaval... ¿Esta es la clase de cosas que suceden en los carnavales! Permítanme, gentiles damas, explicarles la confusión durante la comida.

(Patizambo y Panache muestran su alivio).

Las mujeres: ¿Comida?

Nick: Sí, comida. Nosotros, los hombres, vamos a preparar unos bocados para comerlos aquí... La otra habitación es más cálida, la mesa está lista... ¿No me van a despreciar?

Mimí (remilgada): Gracias, pero no.

Patizambo (insistente): Mimí, ¡puedo acostarme en una fría mesa blanca con mis zapatos anudados si me rechazas!... (murmurando) Tal vez él será un barbero, pero es todo un caballero.

Panache (a Didina): Hazlo por mí.


Ion Luca Caragiale (Rumania, 1852-1912).

La ilustración corresponde a la puesta en escena de Cosas del carnaval en el teatro Toma Caragiu Ploiesti.

viernes, 9 de junio de 2017

Carnaval: CIUDAD DE CRISTAL, de Paul Auster

"Hay una mujer con una máscara de carnaval en la cara."
 
(Fragmento del capítulo 11)
 
Hay mujeres con bolsas de plástico y hombres con cajas de cartón, que cargan con sus pertenencias de un sitio a otro, siempre en movimiento, como si importara dónde estuvieran. Hay un hombre envuelto en la bandera americana. Hay una mujer con una máscara de carnaval en la cara. Hay un hombre con un abrigo andrajoso, los pies envueltos en trapos, que lleva en la mano una percha con una camisa blanca perfectamente planchada, aún enfundada en el plástico de la tintorería. Hay un hombre con traje de ejecutivo, los pies descalzos y un casco de fútbol americano en la cabeza. Hay una mujer cuya ropa está cubierta de los pies a la cabeza con chapas de campaña presidencial. Hay un hombre que camina con la cara entre las manos, llorando histérico y repitiendo una y otra vez: «No, no, no. Él no ha muerto. Él no ha muerto. No, no, no. Él no ha muerto. Él no ha muerto


Paul Auster (Estados Unidos, 1947).

jueves, 8 de junio de 2017

Carnaval: EL ESCULTOR DE MÁSCARAS, de Fernand Crommelynck


(Principio del tercer acto)

La tienda. La habitación está a oscuras. Todas las ventanas están abiertas.

Pascal está solo en la tienda. Afuera, los cantos se escuchan cada vez más cerca. Es época de carnaval, con su irrestricto e incansable júbilo.

Una canción:
Zapatos blancos de madera, clack,
clack, zapatos blancos de madera.
Bonitos zapatos blancos de madera
sobre el pavimento de piedra.

(Se escuchan zapatos de madera siguiendo al ritmo de la canción).

Voces: ¡A la taberna del Caballo Marino! ¡Vamos! ¡A la taberna del Caballo Marino! (Se escuchan campanas y tambores).

La canción (a la distancia): Tra-la-la-la baila y larga vida al zapatero. Zapatero del muelle, ¡haz tu trabajo!

(Pascal mira hacia afuera. Silencio. Magdalena baja de las habitaciones superiores. No la escucha. Camina hacia él y le llama con dulzura).

Magdalena: ¡Pascal!

Pascal (se vuelve de manera abrupta, aterrado): ¿Qué?... ¿Qué sucede? ¿Qué pasa? (suspira). ¡Ah! Eres tú...

Magdalena (triste): ¿De qué tienes miedo? (Él no responde. Silencio).
 
Pascal (obsesivo): Los árboles en el jardín del convento florecen; el cuarto se llena con el olor de las hojas frescas... La gente va a bailar toda la noche. (Ríe nervioso) Bailarán, sí... o también pasearan por el campo... las muchachas y los jóvenes... se irán perdiendo de dos en dos, entre las ramas... ¡Ah! ¡Ah! ¡Sí!... y sus risas se escucharán en la oscuridad, bajo el cielo. (Se queja) Y yo siento dolor.

Magdalena (con tristeza): Vamos a cerrar la casa.

 
Fernand Crommelynck (Dramaturgo belga nacido y muerto en Francia, 1886-1970).
 
La ilustración corresponde a Annemarie Seidel y Fritz Korner en la puesta en escena de El escultor de máscaras, estrenada en Berlín el 12 de mayo de 1920.

miércoles, 7 de junio de 2017

Carnaval: LAS PEREGRINACIONES DE CHILDE HAROLD, de Lord Byron

"Y subir a ese tren que imita el feliz carnaval."
 
LXXVIII
 
Sin embargo marca su alegría - antes de la cuaresma taciturna,
Aquella penitencia que prepara su sagrado ritual
Para que el hombre confiese el peso de su pecado mortal,
Por la abstinencia diaria y la oración nocturna;
Pero porta el tosco traje de arpillera del arrepentido,
Días en que la euforia ha sido para todos decretada,
Al tomar placer cada quien en secreto compartido,
Con abigarrada túnica para bailar en la mascarada,
Y subir a ese tren que imita el feliz carnaval.

(Yet mark their mirth -- ere lenten days begin,
That penance which their holy rites prepare
To shrive from man his weight of mortal sin,
By daily abstinence and nightly prayer;
But ere his sackcloth garb Repentance wear,
Some days of joyaunce are decreed to all,
To take of pleasaunce each his secret share,
In motley robe to dance at masking ball,
And join the mimic train of merry Carnival
.)


 
Lord Byron: George Gordon Byron (Inglaterra, 1788-1824).
 
(Traducido al español por Jules Etienne)

martes, 6 de junio de 2017

Carnaval: EL AMANTE BILINGÜE, de Juan Marsé

"... se metía en algún bar del Raval con el acordeón..."

15

Pronto llegaron las noches de carnaval y la inquietud de Marés aumentó. Terminaba su jornada laboral y no se iba a casa, se metía en algún bar del Raval con el acordeón colgado al hombro, pedía una bocata y un vaso de vino y sufría ataques de melancolía y de llanto.

Entraba en los lavabos para mirarse en los espejos: en una ciudad esquizofrénica, de duplicidades diversas, pensaba, lo que el ciudadano indefenso debe hacer es mirarse en el espejo con frecuencia para evitar sorpresas desagradables... Alguien, no sabía quien, le seguía a todas partes.

La noche del martes, Marés y Serafín, el chepa, estaban en un bar de las Ramblas bebiendo vino blanco en la barra. Fuera hacía frío, pero no mucho. Serafín iba disfrazado de limpiabotas ramblero y sostenía firmemente con la mano derecha una auténtica caja de betún. Llevaba en el ojo izquierdo el parche que le había prestado Marés y una peluca azabache bastante asombrosa, abundante y rizada, además de patillas y bigote postizo. Parece un niño disfrazado de viejo, pensó Marés.

Olga entró en el bar, besó a Serafín en la mejilla y le dijo:

- Primo, solete, qué disfraz más bonito.
- ¿Te gusta, Olguita?
- Chachi, de verdad.
 
Le corrigió el bigote y volvió a besarle. Ella no iba disfrazada. Llevaba un chaquetón de pieles sobadas que olía suavemente a caramelo y una falda verde abierta en el costado. Cinco minutos antes estaba en la acera del restaurante Amaya discutiendo el precio de un polvo con un cliente. Era una muchacha bajita y culona con perfil de gato. Se sentó en la barra, pero no quiso beber nada. El plan para esta noche era tomar unas tapas y unos vinos por ahí y después llevar a su primo Serafín a la fiesta de disfraces que daba su amiga Rosario.

- Te prometí que lo pasaríamos en grande y vas a ver -dijo Olga palmeando la chepa de Serafín. Te acordarás de esta noche y de la prima Olga.

Pero no parecía muy entusiasmada con la idea. A Marés lo miró con recelo un par de veces. Le preguntó si también iba a la fiesta de Rosario y, al decirles Marés que no, se tranquilizó. Entonces miró al chepa de arriba a abajo con una mirada rápida y furtiva que entristeció a Marés. Luego, de pronto, exclamó ¡mierda, dónde tengo la cabeza!, y se golpeó la frente con una mano. Dijo que se había olvidado de devolverle a una compañera unos dineros que necesitaba de urgencia. Prometió volver en diez minutos. Besó a su primo en las patillas postizas, brincó del taburete y se fue.
 
 
Juan Marsé (España, 1933).

lunes, 5 de junio de 2017

Carnaval: AURÉLIE O EL SUEÑO Y LA VIDA, de Gérard de Nerval

"El vértigo de un alegre carnaval en una ciudad de Italia, desterró todas mis ideas melancólicas."
 
(Fragmento del primer capítulo)
 
Cada cual puede buscar en sus recuerdos la emoción más dolorosa, el golpe más terrible con que el destino haya castigado su alma; entonces hay que resolver entre morir o vivir: diré más adelante por qué no escogí la muerte. Condenado por aquella a la que amaba, culpable de una falta de la que no esperaba ya perdón, no me quedaba otra cosa que entregarme a los excesos más vulgares: así, fingí alegría e indolencia, y recorrí el mundo, locamente seducido por la variedad y el capricho; me gustaban sobre todo las indumentarias y las extrañas costumbres de lejanos países; me parecía que desplazaba así las condiciones del bien y del mal; los términos, por decirlo así, de lo que es sentimiento para nosotros los franceses. "Qué locura -me decía- amar así con un amor platónico a una mujer que ya no nos ama. Es culpa de mis lecturas; he tomado en serio las invenciones de los poetas, y he construido una Laura o una Beatriz de una persona cualquiera de nuestro siglo..." Pasemos a otras intrigas, y ésta quedará pronto olvidada. El vértigo de un alegre carnaval en una ciudad de Italia desterró todas mis ideas melancólicas. Me sentía tan dichoso por el alivio que experimentaba, que acabé por hacer partícipes de mi alegría a todos mis amigos, y, en mis cartas, les presentaba como una constante del estado de mi espíritu lo que no era sino excitación febril.

Gérard de Nerval (Francia, 1808-1855)
 
(Traducido al español por Jorge Segovia)

sábado, 3 de junio de 2017

Carnaval: MI CABALLO, MI PERRO Y MI RIFLE, de José Rubén Romero

"Un indio de Opopeo encargó se de conseguir vestidos de mujer y máscaras pintarrajeadas para disfrazarnos..."

Como un blasón
 
(Fragmento)

- Mi Coronel, ¿nos deja ir a Ajuno, a cortar la vía?
 
- No, porque el General dice que eso de asaltar trenes es de bandidos y no de revolucionarios.
 
- Entonces, ¿vamos a Jesús del Monte a quitar el agua a los de Morelia?
 
- Somos pocos...
 
- Ese es el chiste, jefe. Si no se hace algo 'hora que andamos bien parqueados, acabarán por decir que tenemos miedo.
 
- ¿Miedo yo? -repuso Aurelio, pelando tamaños ojos y abriendo de par en par el portón de su boca, para lucir los dientes orificados. Me juego la vida con cualquiera a que entro en un pueblo hasta la mera plaza y los jinco un susto  a los pelones.
 
- ¿En un pueblo que tenga guarnición?
 
- En Ario, pongo por caso.
 
- ¿Y cómo?
 
- Ya les diré cómo, a los que quieran acompañarme.
 
Días después Aurelio nos llamó para confiamos su secreto. El plan era bien sencillo: había que preparar un  torito de petate, y unos tocando guitarras, otros los violines y otros disfrazados de maringuías, caer en Ario como una de tantas comparsas en los festejos del Carnaval, ya muy cercano. Aurelio iría metido dentro del animal y llevaría las armas escondidas en la panza del torito. Un indio de Opopeo encargó se de conseguir vestidos de mujer y máscaras pintarrajeadas para disfrazarnos; otro agente secreto compró en Paracho dos guitarras y otros tantos violines. Pero había que ensayar el son que se toca en estos pasos y don Ignacio nos pudo comprobar, por la pericia con que sacó la tonada, que ya era un ciego definitivo. El sirvió de maestro a los músicos improvisados que, a decir verdad, aprendieron muy pronto los compases precisos para dar cima a aquella empresa, harto arriesgada por cierto.
 
Don Ignacio estaba en sus glorias a la hora de los ensayos, y nosotros parecíamos una banda de chiquillos traviesos que preparan una diablura. Las cananas, bien surtidas de parque, habían hecho que los espíritus recobraran su brío.
 
Para músicos se eligieron a individuos de rumbos distantes, a fin de que no los conocieran al andar por las calles del pueblo con las caras descubiertas, y el papel de maringuías lo aceptamos Nazario y yo, con otros dos mocetones valerosos y fornidos.
 
- No te pongas tanta 'nagua que a la hora de los cocolazos te estobarán hasta para correr -decíame Aurelio, quien hacía veces de director de escena. Y tú, Nazario, quítate la pistola del cuadril, que parece que trais polizón.
 
- Yo voy con ustedes -dijo resueltamente don Ignacio.
 
- Quédese, viejo: mire que nos estorbará.
 
- Déjenme ir siquiera hasta la orilla del pueblo. Me quedaré con los otros cuidando los caballos.
 
Nos emperifollamos con miles de desfiguros: faldas rojas, amarillas, llenas de holanes y de cintas; blusas de color solferino, con la pechuga abullonada para dar cabido a aquello que el hombre coge en la lactancia y viene a abandonar en la vejez. Nos rellenamos con las carrilleras para fingir morbideces que no existían...
 
Descendimos de la sierra y en un lugar espeso, que llaman El Pinalito, se organizó la mascarada. Aurelio revelóse allí como un buen capitán y como un férreo atleta, pues además de no olvidar detalle y de hacernos oportunas recomendaciones, cargó con nuestros rifles acomodados dentro de la barriga del toro, sin que denotara torpeza alguna en los movimientos que hacía para embestirnos.
 
- De aquí no pasa usted -dijo Aurelio a don Ignacio-, y ustedes a bailar y a cantar hasta que estemos en la plaza.
 
Con el barullo y la emoción, el pobre don Ignacio parecía más nervioso que otras veces.
 
Era el martes de Carnaval y, por seguir los pasos de  nuestra comparsa, la tarde se revistió también con todos sus colorines.
 
Bajamos, tocando un son, por la calzada de Canitzio, bordeada de árboles añosos que, al desplegar su ramaje, parecían abanicos gigantescos.

¡Upa!, tonto, ¿quién le torea?
Doña Juanita con su zalea...
 
Precedíanos mi perro, saltando alegremente. Mi perro, que ya había conquistado dos timbres entre los hombres de la Revolución: su cariño y un nombre, Centinela, porque velaba con amor nuestro sueño, y con sus ladridos, nos daba siempre el toque de alerta. De los tendajones salían las gentes para vernos pasar, y los chiquillos nos rodeaban brincando y palmoteando con regocijo.
 
¡Epa!, tonto, ¿quién te agasaja?
Doña Chepita con su sonaja...
 
Dos soldados, a medios chiles, se detuvieron en una esquina y, con señales indecorosas y groseras palabras, comenzaron a azuzar al toro: ora, ca... bresto, ensarta una puta de esas.
 
Al oírlo. Aurelio echósele encima y nosotros creímos por un momento que allí terminaba la farsa, pero contentóse con ponerles los cuernos en la barriga, simulando un fiero derrote.
 
En la Plazuela de Jesús María hubimos de detener-
nos para bailar el son y cantarlo:
 
¡Alza, tonto color de canela
sube a la canta y apaga la vela!
 
Pasamos frente a la cárcel. Los presos, apiñados detrás de las rejas, reían al vernos brincar y sacudir en los cuernos del toro las rojas frazadas, desteñidas por la lluvia y el polvo de todos los caminos.
 
  José Rubén Romero (México, 1890-1952).  

viernes, 2 de junio de 2017

Carnaval: LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DÍAS, de Jules Verne

"... y no tardó Picaporte en salir ataviado con un viejo ropaje japonés..."

(Fragmento inicial del capítulo XXIII)

Al día siguiente, Picaporte, derrengado y hambriento, dijo para sí que era necesario comer a toda costa, y que lo más pronto sería mejor. Bien tenía el recurso de vender el reloj, pero antes hubiera muerto de hambre. Entonces o nunca, era ocasión para aquel buen muchacho de utilizar la voz fuerte, si no melodiosa, de que le había dotado la naturaleza.
 
Sabía algunas coplas de Francia y de Inglaterra, y resolvió ensayarlas. Los japoneses debían, seguramente, ser aficionados a la música, puesto que todo se hace entre ellos a son de timbales, tamtams y tambores, no pudiendo menos de apreciar, por consiguiente, el talento de un cantor europeo.
 
Pero era, quizá, temprano, para organizar un concierto, y los aficionados, súbitamente despertados, no hubieran quizá pagado al cantante en moneda con la efigie del mikado.
 
Picaporte se decidió, en su consecuencia, a esperar algunas horas; pero mientras iba caminando, se le ocurrió que parecía demasiado bien vestido para un artista ambulante, y concibió entonces la idea de trocar su traje por unos guiñapos que estuviesen más en armonía con su posición. Este cambio debía producirle, además, un saldo, que podía aplicar, inmediatamente, a satisfacer su apetito.
 
Una vez tomada esta resolución, faltaba ejecutarla, y sólo después de muchas investigaciones descubrió Picaporte a un vendedor indígena, a quien expuso su petición. El traje europeo gustó al ropavejero, y no tardó Picaporte en salir ataviado con un viejo ropaje japonés y cubierto con una especie de turbante de estrías, desteñido por la acción del tiempo. Pero, en compensación, sonaron en su bolsillo algunas monedas de plata.
 
- Bueno -pensó-, ¡me figuraré que estamos en Carnaval!
 
 
Jules Verne (Francia, 1828-1905) 
 
La ilustración corresponde a una antigua fotografía de la calle Honcho Dori en Yokohama, puerto de Japón en el que se encontraba Picaporte.

jueves, 1 de junio de 2017

Carnaval: PARADISO, de José Lezama Lima

"... era muy codiciada los días de carnaval, regalaba una posición más cómoda para la visión..."

(Fragmento inicial del capítulo VII)

La casa de Prado, donde Rialta seguía llorando al Coronel, se expresaba por las dos ventanas de su pórtico. Una verja de hierro aludía a un barroco que desfallecía, piezas de hierro colado colocadas horizontalmente, abriéndose a medida que ascendían en curvaturas que se juntaban en una boca floreada. Por la mañana, a la hora de la limpieza, las otras dos puertas se abrían, quedando la verja detrás de un portal apuntalado por tres columnas macizas, con una base corintia. Una de las verjas era tan sólo una ventana, aunque respaldada también por puertas. La otra se abría como si fuese también una puerta. Ambas ventanas, de las que una era también puerta, eran seguidas por dos puertas con persianas. Después, dos piezas de madera que se plegaban, cerraban en su totalidad las dos piezas anteriores, que abrían la sala al portal. La puerta que sólo servía como ventana, era muy codiciada los días de carnaval, regalaba una posición más cómoda para la visión, y daba un resguardo para la irrupción violenta de las serpentinas, para el fluir de las gentes, llenas de gritos y de gestos en aspa o esgrima sonambúlica.
 
 
José Lezama Lima (Cuba, 1910-1976)

La ilustración corresponde al Paseo del Prado en La Habana durante los días de carnaval.