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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

viernes, 26 de mayo de 2017

Carnaval: EL CARNAVAL Y LOS MUERTOS, de Ernesto Santana


"Quizás no sea el carnaval y en realidad no exista esa música escandalosa..."

(Fragmento)
 
El calor de la sangre le late en la yema de los dedos y los ojos le arden como brasas. Se seca el sudor de la frente con el borde del pulóver negro. La lengua, las sienes y las manos son en un momento el centro de los latidos y en otro se vuelven cosas remotas y absolutamente ajenas. Tanto le pesan los pies que ya no los siente.

Pero recuerda bien que ha abandonado el hospital y que se acerca a casa de Ojorrojo, en el edificio Miranda. Si un mes antes ni siquiera se le hubiera ocurrido la idea, ahora no concibe morir sin el perdón de su antiguo compañero de guerra. Ninguna otra cosa tiene sentido ya.

Entre la niebla de la fiebre, Ariel vislumbra gentes que no están al tiempo que desaparecen como espectros los que pasan a su lado hacia el estruendo de la música. Sí, algo oyó decir: esa es la palabra: el carnaval. La lucidez regresa todavía a él, pero sólo al cabo de un esfuerzo. Quizás no sea el carnaval y en realidad no existan no esa música escandalosa ni esa muchedumbre. Ni esta caminata que le consume el último vigor.

A pesar de que hasta aquí su vida ha sido una cadena de desastres y absurdos, Ariel necesita la cordura en este momento como nunca antes. Aunque se le hielen a veces el cuello o los labios o el vientre -que es donde nace esta fiebre inagotable-, necesita cordura. Lo peor es cuando las uñas parecen crecerle hacia dentro del hueso y siente como si por cada uno de sus dedos un cuerpo invisible le clavara las garras.

Camina mirando el número de las calles y la apariencia de los edificios, que se borran de su mente en un segundo como dibujos de arena bajo una ola. Pero pronto recupera una cifra, el color de una fachada, la forma de una hilera de balcones y enseguida todo se enturbia otra vez y él va atravesando calles que únicamente conducen a otras calles, a otros avenidas sin nombre, a callejones de luz.

 
Ernesto Santana (Cuba, 1958).
 
La ilustración corresponde a La Habana, Cuba, durante la celebración del carnaval.

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