Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
Mostrando las entradas con la etiqueta Charles Dickens. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Charles Dickens. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de marzo de 2023

Conejos: GRANDES ESPERANZAS, de Charles Dickens

"... me alarmé mucho al ver que había una liebre colgada de las patas posteriores..."

(Fragmento final del capítulo II)

Si aquella noche pude dormir, sólo fue para imaginarme a mí mismo flotando río abajo en una marea viva de primavera y en dirección a los Pontones. Un fantástico pirata me llamó, por medio de una bocina, cuando pasaba junto a la horca, diciéndome que mejor sería que tomase tierra para ser ahorcado en seguida, en vez de continuar mi camino. Temía dormir, aunque me sentía inclinado a ello por saber que en cuanto apuntase la aurora me vería obligado a saquear la despensa. No era posible hacerlo durante la noche, porque en aquellos tiempos no se encendía la luz como ahora gracias a la sencilla fricción de un fósforo. Para tener luz habría tenido que recurrir al pedernal y al acero, haciendo así un ruido semejante al del mismo pirata al agitar sus cadenas.

Tan pronto como el negro aterciopelado que se vela a través de mi ventanita se tiñó de gris, me apresuré a levantarme y a bajar la escalera; todos los tablones de madera y todas las resquebrajaduras de cada madero parecían gritarme: «¡Deténte, ladrón!» y «¡Despiértese, señora Joe!» En la despensa, que estaba mucho mejor provista que de costumbre por ser la víspera de Navidad, me alarmé mucho al ver que había una liebre colgada de las patas posteriores y me pareció que guiñaba los ojos cuando estaba ligeramente vuelto de espaldas hacia ella. No tuve tiempo para ver lo que tomaba, ni de elegir, ni de nada, porque no podía entretenerme. Robé un poco de pan, algunas cortezas de queso, cierta cantidad de carne picada, que guardé en mi pañuelo junto con el pan y manteca de la noche anterior, y un poco de aguardiente de una botella de piedra, que eché en un frasco de vidrio (usado secretamente para hacer en mi cuarto agua de regaliz). Luego acabé de llenar de agua la botella de piedra. También tomé un hueso con un poco de carne y un hermoso pastel de cerdo. Me disponía a marcharme sin este último, pero sentí la tentación de encaramarme en un estante para ver qué cosa estaba guardada con tanto cuidado en un plato de barro que había en un rincón; observando que era el pastel, me lo llevé, persuadido de que no estaba dispuesto para el día siguiente y de que no lo echarían de menos en seguida.

En la cocina había una puerta que comunicaba con la fragua. Quité la tranca y abrí el cerrojo de ella, y así pude tomar una lima de entre las herramientas de Joe. Luego cerré otra vez la puerta como estaba, abrí la que me dio paso la noche anterior al llegar a casa y, después de cerrarla de nuevo, eché a correr hacia los marjales cubiertos de niebla.

Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870).

martes, 3 de agosto de 2021

Venecia: LA PEQUEÑA DORRIT, de Charles Dickens

"... nunca hubiera imaginado que pudiera existir una ciudad donde el agua fuera el pavimento de la calle."

(Fragmento del capítulo IX, el viaje a Venecia)

Después de recorrer varias ciudades, visitando en ellas cuantas maravillas eran dignas de verse, la familia Dorrit llegó al fin a Venecia y, como se proponían pasar algún tiempo en aquella ciudad, el señor Dorrit alquiló un inmenso palacio a orillas del Gran Canal. Ese fue el sueño más maravilloso para Amy, que nunca hubiera imaginado que pudiera existir una ciudad donde el agua fuera el pavimento de la calle.

* * *
«Querido señor Clennam:
 
Le escribo en mi dormitorio, en Venecia, pensando que le agradará recibir noticias mías; con todo, sé muy bien que no puede experimentar tanto placer al recibir mi carta como lo experimento yo al escribírsela, pues no debe echar nada de menos... si no es mi ausencia, lo que sólo notará algún que otro momento, mientras que mi vida ha variado de tal forma, y encuentro a faltar tantas cosas...»
  
Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870)

jueves, 27 de diciembre de 2018

Año nuevo: LAS CAMPANAS, de Charles Dickens

"Trotty pensaba que no le correspondía porción alguna del Año Nuevo ni del Viejo."

(Fragmento del capítulo II)

Ese día el año era viejo. El paciente año había soportado los reproches y abusos de quienes lo calumniaban y había cumplido su trabajo con fidelidad. Primavera, verano, otoño, invierno. Había completado la ronda de su destino y ahora bajaba su cansada cabeza para morir. Privado de esperanza, energía y felicidad para sí mismo, pero activo mensajero de muchas alegrías para otros, al declinar suplicaba que se recordaran sus días laboriosos y pacientes horas, para así morir en paz. Trotty podría haber leído una alegoría de la pobreza en el año que se desvanecía, pero eso ya había quedado atrás.
 
¿Y así era sólo para él o acaso la misma apelación ya ha salido en vano de los setenta años que lleva a cuestas algún obrero inglés?
 
Las calles se encontraban llenas de actividad y las tiendas estaban decoradas en tono festivo. Se esperaba el Año Nuevo como a un infante heredero del mundo entero, con bienvenidas, regalos y júbilo. Había libros y juguetes para Año Nuevo, chucherías brillantes para Año Nuevo, vestidos para Año Nuevo, planes para hacer fortuna en Año Nuevo, nuevos inventos para seducirlo. Su vida ya estaba trazada en almanaques y calendarios de bolsillo; todo el ciclo de sus estaciones, con sus días y sus noches, estaba calculado con tanta precisión como la que empleaba el señor Filet para hacer sumas con hombres y mujeres.
 
El Año nuevo, el Año Nuevo. ¡Por todas partes el Año Nuevo! Ya todos consideraban muerto al Año Viejo, y sus productos se vendían baratos como los efectos personales de un marinero ahogado. Sus patrones eran ya los del año pasado y estaban destinados al sacrificio incluso antes de que exhalaran su último aliento. ¡Sus tesoros no eran más que polvo junto a las riquezas de su nonato sucesor!
 
Trotty pensaba que no le correspondía porción alguna del Año Nuevo ni del Viejo.


Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870).
 
(Traducido al español por Darío Zárate Figueroa).
La ilustración corresponde a Gerry Maher en la puesta en escena de una adaptación teatral de John Hurley (2016).

viernes, 10 de febrero de 2017

Carnaval: IMÁGENES DE ITALIA, de Charles Dickens

"A veces intercambiábamos un puñado de confeti con el coche que nos precedía o con el que nos seguía..."

(Fragmento)

Del Corso sale el carnaval y aquí es donde se reúne. Pero como todas las calles en las que se festeja el carnaval están estrechamente controladas por los dragones, los coches deben tomar primero otro camino e introducirse en el Corso por el extremo opuesto al de la plaza del Pueblo, que es su otra entrada. Nos incorporamos, pues, a la fila de los coches y progresamos con bastante tranquilidad durante un momento; tan pronto avanzando muy lentamente; tan pronto trotando durante una media docena de metros; tan pronto reculando una cincuentena; tan pronto deteniéndonos completamente: según el grado de atestamiento de la calle. Si un coche impaciente se salía bruscamente de la fila y avanzaba al trote con la bárbara idea de ir más deprisa, era en seguida alcanzado o adelantado por un soldado a caballo que, sordo a cualquier protesta como se lo permitía su espada desenvainada, lo llevaba inmediatamente detrás, completamente a la cola del cortejo, y lo transformaba en un punto incierto de la perspectiva más lejana. A veces intercambiábamos un puñado de confeti con el coche que nos precedía o con el que nos seguía; pero por el momento, la captura de los coches fugitivos y vagabundos por los soldados era lo que constituía la principal diversión.
 
Después, entramos en una calle pequeña, en la que, además de la fila de coches que avanzaban, había otra fila, la de los coches que regresaban. Aquí, los confetis y los ramos comenzaron a volar de manera bastante densa y tuve la suerte de ver cómo un señor, vestido de guerrero griego, alcanzaba en la nariz a un bandolero de rubias patillas (éste estaba justamente a punto de lanzar un ramo a una señorita apoyada en una ventana del primer piso), con una precisión que fue muy aplaudida por los asistentes. Mientras que este vencedor griego intercambiaba una observación chistosa con un señor gordo que se encontraba en el umbral de una casa -mitad negro y mitad blanco, como si le hubieran desplumado a medias-, y que le había felicitado por su victoria, recibió una naranja lanzada desde la terraza de una casa, en plena oreja izquierda, y se quedó muy sorprendido, por no decir desconcertado. Sobre todo porque, como se encontraba de pie y el coche se había puesto en marcha justamente en ese instante, sin él esperarlo, vaciló y cayó ignominiosamente, quedando enterrado bajo sus flores.
 
 
Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870)

La ilustración corresponde a La fiesta del Corso (1848), de Wilhelm Marstrand.