Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 6 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: EL DISCÍPULO, de Paul Bourget

"Me la imaginaba ya cayendo desvanecida entre mis brazos al ardor de mis caricias, dormida..."

(
Fragmento)

Muy a menudo también, y cuando ya no estaba ella delante, pensaba yo que la audacia me sería tanto más fácil tan cuanto más completa fuese. Prometíame entonces estrecharla entre mis brazos y poner mi boca sobre su boca.

Me la imaginaba ya cayendo desvanecida entre mis brazos al ardor de mis caricias, dormida, subyugada por aquella revolución de mi ardor apasionado. ¿Qué sucedería después? A esta idea palpitaba mi corazón de una manera extraña. No era el temor de ser expulsado de allí ignominiosamente lo que me retenía. Más vergonzoso era para mí no atreverme. Y no me atrevía. ¡Cuántas y cuántas veces resoluciones aún más insensatas me han tenido despierto toda la noche! Levantábame de mi lecho, después de muchas horas de agitación que me cubría el cuerpo de sudor frío. «Si ahora fuese yo a su cuarto» me decía a mí mismo, «si yo me colocase a su lado; si ella al despertar se encontrase enlazada conmigo, unidos nuestros labios, juntos nuestros cuerpos…» Llevaba yo el frenesí de este proyecto hasta abrir la puerta de mi cuarto con las precauciones del ladrón, bajaba un tramo de la escalera y daba la vuelta al corredor hasta otra puerta, la de las habitaciones de Carlota. Aquello era arriesgarme a ser sorprendido y expulsado... por nada. Colocaba mi mano sobre el picaporte; el frío del metal abrasaba mis dedos… Después… no me atrevía.

No era solamente el miedo lo que me detenía, no; lo que me paralizaba cerca de la señorita de Jussat, como por influencia magnética, era, ahora lo veo con claridad, aunque sin explicármelo bien, su pureza. Parece absurdo al pronto que el conquistar a una virgen sea más difícil que enamorar a una mujer que ya se ha entregado a otro hombre, y que sabiéndolo todo, puede defenderse más fácilmente. Y, sin embargo, así sucede. Al menos yo he experimentado en mí mismo ese retroceso forzado ante la inocencia.

Paul Bourget (Francia, 1852-1935).

martes, 13 de diciembre de 2022

Navidad: NOCHEBUENA ARISTOCRÁTICA, de Jacinto Benavente

 
Después de la misa del Gallo celebrada en el oratorio y oída con más recogimiento que una comedia de teatro antiguo en lunes clásico, los invitados de la marquesa de San Severino pasaron al comedor.

La fiesta era de pura intimidad; la marquesa había limitado la invitación a las personas más allegadas de su familia y a unos pocos amigos predilectos.

Entre todos no pasaban de quince.

- La Nochebuena es una fiesta de familia. Todo el año vive uno de esperanzas, abierto el corazón al primero que llega; hoy quiero recogerme en los recuerdos: sé que todos ustedes me acompañan esta noche porque me quieren de verdad, y yo a su lado me encuentro muy dichosa.

Los invitados asintieron graciosamente al cumplido.
 
- ¡Ya lo creo! ¿Dónde mejor podía pasarse la señalada noche?

- Así, así, pocos y buenos.

- ¡Il faut serrer les rangs, querida marquesa!

- ¡Home, sweet home!

 Y, rebosantes de expansiva satisfacción, dispusiéronse a celebrar con alegría la Noche que, según el poeta, «Envidia dar pudiera / al más luciente día».
 
Pero, a pesar de tan propicia disposición, lo cierto es que todos parecían tristes y preocupados, como si estuvieran con el alma en donde quisieran estar en cuerpo y alma.

El saque de la conversación correspondió, como siempre, al insigne Manolo Borines; pero perdió el tanto de salida, sin peloteo. Secundó con más fuerza, apuntando una historia escandalosa y tampoco le atendió nadie. Desalentado, desistió de su empeño y llamó a los criados para que le sirvieran por segunda vez de un exquisito turbot con salsa deppoise.

La conversación desmayaba y caía a cada paso, mal sostenida por lugares comunes y frases de ocasión, sin espontaneidad y sin gracia. La risa no era franca ni sonora; parecían desgarraduras dolorosas y terminaban en un ¡ay! como aliviador suspiro. No había duda; neblina de tristeza nublaba el ambiente. Era como una obligación aparentar regocijo y nadie reflejaba siquiera cortés agrado. ¡Pobre marquesa! ¡Ella, que, según frase de revisteros, poseía como nadie el don encantador de que las horas parecieran minutos en su casa! Bien asegura la superstición vulgar que la noche del nacimiento del Hijo de Dios nada pueden maleficios y encantos. Porque no se hallaban encantados, ciertamente, los invitados de la marquesa. Ella, con su bondad confiada, había creído que pasarían una noche agradable a su lado, y ellos, por no desairarla estaban allí, forzados por los deberes sociales, estaban allí… y con el pensamiento muy lejos. Con quien y sin quien, porque cada uno, por su voluntad, por su gusto, habría pasado la Nochebuena en otra parte, donde le llamaban o el amor o el capricho, o la diversión, la virtud o el vicio, un móvil cualquiera, pero más atractivo, más fuerte que la cortesía social, y así pensaba cada uno, el marqués de San Severino, el dueño de la casa, esposo tranquilo de la bondadosa marquesa, el primero:

- ¡Qué ocurrencia la de mi mujer! ¡Me aburren estas fiestas de familia! Tener que estar aquí toda la noche, sentado entre mi tía, la venerable condesa de Encinar del Valle, y Josefina Montero, prima carnal, es decir, prima ósea de mi mujer. ¡Porque cuidado si está delgada! En cambio, mi tía… ¡Para cuándo son los empréstitos! ¡Qué aburrimiento! Mi tía sólo habla de comer y de beber, y la primita… de arder. La una dice que el escaparate de Lhardy está hermoso estos días; la otra dice que Paul Bourget se amanera, que prefiere a Paul Hervieu. ¡Me vuelven loco! A estas horas estarán cenando en casa de la Chipilina. ¡Allí sí que se divertirán! ¡Si esta gente tuviera la feliz ocurrencia de marcharse temprano!

Así monologaba el dueño de la casa, el ilustre marqués de San Severino, y la primita espiritual, a su vez, pensaba:

- ¡Qué idea la de mi prima! ¡Noche más aburrida! Mi primo es un bárbaro, no se le puede hablar de nada. A estas horas estará Federico en casa de los Vivares. Allí sí que me hubiese ido yo de muy buena gana… ¡Pero la familia!… ¡Si Pilar hubiera sabido que yo no venía a su casa por ir a casa de los Vivares!

La marquesa de Encinar del Valle, grosse gourmande, opinaba como el sacerdote de la Bella Helena que en la mesa de sus sobrinos había trop de fleurs y, en cambio, el menú dejaba mucho que desear. Muy artístico el espejo con marco de orquídeas, violetas y lilas blancas, muy caprichosa la góndola de porcelana de Sevres, y los pastorcitos de Watteau mirándose en el espejo como en un lago amoroso del país azul de citerea, pero los filets de volaille eran abominables.

La verdad, hubiera sido mejor ir al réveillon de Mistress Bryan. Allí sí se comía. La condesita de Robledal, figura elegantísima, de una raza soñada, exótica en todas partes como una quimera de artista, pensaba… en lo imposible; en una cita misteriosa con un ser ideal, en poesía sin palabras y en música sin sonidos, como los amores que ella soñaba, sin caricias, sin besos, aroma purísimo de flores inaccesibles. ¡Triste condesita! ¡Cuántos tropezones había dado por ir mirando arriba! Aquella noche misma en que con qué poco hubiera forjado un ideal, como una niña que con un pedazo de trapo forma un muñeco y en él pone ternuras de madre. El trapo con que había formado su último muñeco dormiría a la hora aquella o quizás estaría de cena con sus compañeros, en el cuarto de oficiales de un cuartel de húsares, pero de húsares de Pavía, con uniforme de color de cielo…, y allí, allí estaba fijo el pensamiento de la marquesita soñadora mientras cenaba desentendida de cuanto la rodeaba. A su lado, Manolo Borines, con la cara congestionada y la expresión de vaguedad idiota del predestinado al reblandecimiento, pensaba, como el marqués en la Chipilina, en la juerga que habría en aquella casa y lo gustoso que se hallaría en ella. ¡Digo! ¡Qué mujeres! ¡La francesa había prometido bailarles un quadrille con el grand eccart; seis mil francos se había gastado en dessous para la circunstancia! ¡Y perder aquello por cumplir con la marquesa! De reojo miraba al marqués, como si quisiera decirle: si esto concluyera pronto, podríamos hacer una escapada; el marqués lo comprendía y miraba el reloj impaciente.

Paco Noguera, literato de salón protegido de los marqueses, que le costeaban las ediciones de sus poesías, pensaba con tristeza en sus hermanas, dos pobres muchachas que sufrían en casa mil privaciones, mientras él brillaba en fiestas y en veladas aristocráticas. Dos tristes vidas sacrificadas para que él luciera; ellas planchaban con mil afanes las camisolas limpísimas del hermano; ellas vestían unas faldillas pardas y no podían salir a la calle bien abrigadas para que él vistiera un frac bien cortado y se abrigara con gabán de pieles, y el poeta, brillante luz sostenida por el pábilo consumido de dos existencias sacrificadas, pensaba en ellas con remordimiento, pensaba en la cena miserable de sus pobres hermanas.

Lola Montero pensaba en que Isidoro Torres cenaría en casa de la condesa de Fondelvalle, y en que la condesa quería casarle a toda costa con su hija…, y en que ella debía estar allí o Isidoro en casa de los de San Severino, y los nervios desbocados no la dejaban sosegar ni atravesar bocado… Y así todos, con el pensa- miento lejos y el alma donde quisieran haber estado en cuerpo y alma.
 
Y la dueña de la casa, tan satisfecha de ver reunidas a su alrededor a las personas de su cariño. Sólo dos le faltaban: su hermana, la marquesa del Robledal, venerable señora, consagrada por entero a la devoción, una santa, una verdadera santa, y otra… de quien no quería acordarse, su cuñadito, el condesito de Santa Elena…, de quien más valía no hablar… Pasaría la Nochebuena rodeado de toreros y perdidos en algún colmado, ése estaba fuera de la sociedad… y de todo.
 
La marquesa, en su bondad placentera, no podía pensar que las dos personas que faltaban a su mesa aquella noche eran las dos únicas personas felices. Una por sublime virtud, otra por los vicios más abyectos, eran las únicas que rompían la monotonía vulgar de la vida, las únicas que dejaban sobresalir su propia vida sobre la vida impuesta por los demás, sacrificada a las conveniencias sociales.
 
Jacinto Benavente
(España, 1866-1954). Obtuvo el premio Nobel en 1922.
 
La ilustración corresponde a Una conversación (The Conversation Piece), de Solomon Joseph (1844).

lunes, 14 de febrero de 2022

Día de reyes: LA VIDA PASA, de Paul Bourget

"... cuyo gran rostro estático había esculpido con plena complacencia."

(Fragmento final del primer capítulo)

- Bueno -respondió el abad, tras un breve debate interior-, iré a ver al coronel.

Estas palabras «alguien en tu cuna», habían evocado de repente ante él a todos esos personajes con los que había convivido durante tanto tiempo. Había visto con claridad, como con los ojos de su cabeza, a los tres Reyes Magos, y en particular al Negro, cuyo gran rostro estático había esculpido con plena complacencia. «Un pagano», pensó, «bien puede tener en su tobillo o brazo una joya que perteneció a una mujer cananea...»

Volvió a mirar el oro de la pulsera, los rubíes del lema: La vida pasa. La tentación de adornar su Baltasar fue más fuerte, y repitió:

- Sí, iré a ver al coronel.

Paul Bourget (Francia, 1852-1935).

miércoles, 1 de septiembre de 2021

Venecia: MENTIRAS, de Paul Bourget

"Venecia es siempre la patria de lo inverosímil, la ciudad de las ondinas, que en este extremo del Oriente se llaman sirenas..."

(Fragmento del capítulo XV: Los odios de Colette)

El sello de la carta le reveló que Claudio se hallaba al presente en Venecia. Con singular cuiriosidad rompió el sobre y leyó las páginas que siguen, andando por las tranquilas calles del barrio de San Germán, que le llevaban hacia el Sena, una mañana de primavera tan fresca y luminosa como su propio amor.

Venecia, palacio Dario, Abril 79.

«Escribo a usted, querido Renato, desde su Venecia, desde esta Venecia de donde usted ha evocado la cruel imagen de Celia, el dulce perfil de Beatriz, y como la hechicera Venecia es siempre la patria de lo inverósimil, la ciudad de las ondinas, que en este extremo del Oriente se llaman sirenas, he decubierto aquí un cuartito amueblado en el palacio más mono, sobre el Gran Canal, como lord Byron; un palazzino con medallones de mármol en su fachada, todo historiado, bordado, cincelado e inclinado de un ángulo, como yo en mis días malos. Mientras me ocupo de garrapatear a usted esta carta, siento el agua del Gran Canal debajo de mis ventanas y a mi alrededor la paz de esta ciudad -la Cora Pearl del Adriático, que diría un zarzuelista- en que se disfruta de un soñador silencio. ¡Ay, amigo mío! ¿Por qué no he podido desprenderme, al venir aquí, de mi corazón de escritor enfermo, de este corazón que siento gemir y golpear aún más fuerte en este suave silencio? (...)»

Paul Bourget (Francia, 1852-1935).

(Traducida al español por H. Giner de los Ríos).
La ilustración corresponde a un mosaico del Renacimiento
que figura en el ensayo Las sirenas de Venecia, de Alison Luchs.

jueves, 20 de junio de 2019

Tu boca: PAISAJE SENTIMENTAL, de Paul Bourget

"Ramas muertas que ningún soplo mueve, ramas negras con alguna hoja desvanecida..."

El sol de invierno, si dulce, si triste, si durmiente,
Donde el sol errante vaga entre vapores blancos,
Era tal ese dulce, profundo sentimiento
Que nos hizo melancólicamente felices
Por esta tarde de sueños bajo las ramas…

Ramas muertas que ningún soplo mueve,
Ramas negras con alguna hoja desvanecida
- ¡Ah! que mi alma se entregue en tu boca
Más tiernamente en este gran bosque mudo
Y con esta languidez en que muere el año.

La muerte de todo, aunque no la tuya a quien tanto amo,
Y si no la felicidad con la que mi alma está colmada,
Felicidad que duerme en el fondo de esta alma aislada,
Misteriosa, apacible y fresca como el estanque
Que desaparece en el fondo del pálido valle.


Paul Bourget (Francia, 1852-1935).