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Vancouver: otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

sábado, 30 de septiembre de 2017

Eclipse: NATURALEZA ES LO QUE VEMOS, de Emily Dickinson


“Naturaleza” es lo que vemos-
La colina- la tarde-
La ardilla- el eclipse- el abejorro,
No, naturaleza es el cielo-
Naturaleza es lo que escuchamos-
El tordo charlatán- el mar-
El trueno- el grillo-
No, naturaleza es armonía-
Naturaleza es lo que sabemos-
Y todavía no somos capaces de decir-
Tan impotente es nuestra sabiduría-
ante su simplicidad.
 

Emily Dickinson (Estados Unidos, 1830-1886).
 
(Traducido del inglés por Jules Etienne).

viernes, 29 de septiembre de 2017

Eclipse: SALAMBÓ, de Gustave Flaubert

"En una ocasión, con motivo de un eclipse, estuvo a punto de morir."

(Fragmento del capítulo 3: Salambó)

Su padre no había querido que ella entrase en el colegio de las sacerdotisas y mucho menos que conociese los ritos de la Tanit popular. La reservaba para algún enlace que pudiera servir a su política; de modo que Salambó vivía sola, en medio de aquel palacio, pues su madre había muerto hacía ya mucho tiempo.
 
Se había criado entre abstinencias, ayunos y purificaciones, rodeada siempre de cosas exquisitas y graves, saturado el cuerpo de perfumes, el alma llena de oraciones. Jamás había probado el vino, ni comido carne, ni tocado a bestia inmunda, ni puesto los pies en casa de ningún muerto.
 
Ignoraba los ritos obscenos, pues manifestándose cada dios en formas diferentes, cultos a menudo contradictorios atestiguaban a la vez el mismo principio, y Salambó adoraba a la diosa en su manifestación sideral. La influencia de la luna gravitaba así sobre la virgen: cuando el astro iba menguando, Salambó se debilitaba. Lánguida durante todo el día, se reanimaba por la noche. En una ocasión, con motivo de un eclipse, estuvo a punto de morir.
 
Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880).
 
La ilustración corresponde a un eclipse en la adaptación de la novela como historieta, por Philippe Druillet.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Eclipse: EL BOLIMARTE, de Álvaro Cunqueiro

"El bolimarte se ve pocas veces, pero siempre se ve cuando va a haber eclipse de sol."
 
Este animal de la fauna mágica gallega lo había inventado yo hace unos años, y recientemente un amigo mío me habló de él, preguntándome si lo había oído nombrar porque le habían contado del bolimarte. Yo me regocijé, porque a uno le gusta que las imaginaciones suyas pasen a la memoria popular, lo que es prueba de que ha acertado en algún punto de la fantasía propia nuestra, y que lo inventado corresponde, más o menos, a una realidad apetecida, o soñada. Pues bien, el bolimarte, mi bolimarte, era en imaginación algo así como una salamandra o un alacrán, pero se diferenciaba de ambos en que tenía en el medio y medio de la cabeza una cresta roja, como de gallo, de cinco puntas. Medirá el bolimarte algo así como media cuarta, y lo más de su cuerpo es rabo. Pone un huevo cada siete años, y precisamente en el nido del mochuelo, del moucho, que decimos los gallegos. Los huevos del moucho son blancos y el del bolimarte es negro, pero el moucho no se da cuenta. Cuando el bolimarte rompe la cáscara y sale fuera, lo primero que hace es comerse las crías del mochuelo.
 
El bolimarte se ve pocas veces, pero siempre se ve cuando va a haber eclipse de sol. El bolimarte le tiene miedo al fin del mundo, y con ocasión del eclipse, que sabe con días de anticipación que va a haberlo, busca la compañía del hombre. Para lograr que un hombre lo reciba en su casa, el bolimarte da cualquier cosa; es decir, da oro que escupe por la boca, o dice donde lo hay. Recibido en la casa, hay que alimentarlo bien: dos pollos y dos pichones por día. Alguna vez pide huevos con torreznos. Los pollos y los pichones no hay que guisarlos; basta con desplumarlos, y el bolimarte los come crudos. De todas formas, como paga en oro, sale barato como huésped. Parece ser que desde que yo he inventado el bolimarte, se sabe de más de una familia gallega que se ha hecho rica dando de comer al bolimarte cuando tiene miedo. No hay que darle cama y nadie sabe dónde duerme.
 
El bolimarte, expliqué yo, trae por encima del cuerpo una especie de camiseta, y entre la camiseta y el cuerpo, hilo de oro puro, que lo regala a quien le da cobijo y comida. Pero este hilo, desde que el bolimarte lo entrega al hombre, en una hora no hay que tocarlo, porque quema.
 
¡¿Y cómo dice el bolimarte que hay oro?!
 
Pues muy sencillo: salta a la ventana, tan pronto como pasó el eclipse, y escupe; lanza una salivaza fuerte, que parece que tuviese en la boca un tirabalas de estopa. Donde cae la saliva, brota una pequeña llama, y se ve algo de humo. Hay que ir allá, abrir un agujero, y en seguida, a menos de media vara, aparece el oro. Cuando el hombre regresa con el oro, ha de mostrárselo al bolimarte, el cual se impone en las patas traseras, y silba. Desde que yo lo inventé, que tenga noticia lo han visto en Pontedeume y en Santa Uxía de Ribeira. Si hubiera pronto un par de eclipses de sol, es seguro que sería visto en otros lugares de Galicia.


Álvaro Cunqueiro (Escritor español en lengua gallega, 1911-1981).

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Eclipse: UN HOMBRE IRASCIBLE, de Antón Chéjov

"La mancha negra empieza a extenderse sobre el sol. Todos parecen asustados (...) los cerdos se comen los pepinos."

(Fragmento)

- ¿De qué proceden los eclipses? -pregunta Masdinka.
 
Yo contesto:
 
- Los eclipses proceden de que la luna, recorriendo la elíptica, se coloca en la línea sobre la cual coinciden el sol y la tierra.
 
- ¿Y qué es la elíptica?
 
Yo se lo explico. Masdinka me escucha con atención, y me pregunta:
 
- ¿No es posible ver, mediante un vidrio ahumado, la línea que junta los centros del sol y de la tierra?
 
- Es una línea imaginaria -le contesto.
 
- Pero si es imaginaria -replica Masdinka-, ¿cómo es posible que la luna se sitúe en ella?
 
No le contesto. Siento, sin embargo, que, a consecuencia de esta pregunta ingenua, mi hígado se agranda.
 
- Esas son tonterías -añade la mamá de Masdinka-; nadie es capaz de predecir lo que ocurrirá. Y, además, usted no estuvo jamás en el cielo. ¿Cómo puede saber lo que acontece a la luna y al sol? Todo ello son puras fantasías.
 
Es cierto; la mancha negra empieza a extenderse sobre el sol. Todos parecen asustados; las vacas, los caballos, los carneros con los rabos levantados, corren por el campo mugiendo. Los perros aúllan. Las chinches creen que es de noche y salen de sus agujeros, con el objeto de picar a los que hallen a su alcance. El vicario llega en este momento con su carro de pepinos, se asusta, abandona el vehículo y se oculta debajo del puente; el caballo penetra en su patio, donde los cerdos se comen los pepinos. El empleado de las contribuciones, que había pernoctado en la casa vecina, sale en paños menores y grita con voz de trueno: «¡Sálvese quien pueda!» Muchos veraneantes, incluso algunas bonitas jóvenes, se lanzan a la calle descalzos. Otra cosa ocurre que no me atrevo a referir.
 
- ¡Qué miedo! ¡Esto es horrible! -chillan las señoritas de diversos matices.
 
- Señora, observe bien, el tiempo es precioso. Yo mismo calculo el diámetro.
 
Me acuerdo de la corona, y busco al oficial herido, quien está parado, inmóvil.
 
- ¿Qué diablos hace usted? ¿Y la corona?
 
El oficial se encoge de hombros, y con la mirada me indica sus dos brazos. En cada uno de ellos permanece colgada una señorita, las cuales, asidas fuertemente a él, le impiden el trabajo. Tomo el lápiz y anoto los minutos y los segundos: esto es muy importante. Marco la situación geográfica del punto de observación: esto es también muy importante. Quiero calcular el diámetro, pero Masdinka me coge de la mano y me dice:
 
- No se olvide usted: hoy, a las once.
 
Me desprendo de ella, porque los momentos son preciosos y yo tengo empeño en continuar mis observaciones. Varinka se apodera de mi otro brazo y no me suelta. El lápiz, el vidrio ahumado, los dibujos, todo se cae al suelo. ¡Diantre! Hora es de que esta joven sepa que yo soy irascible, y cuando yo me irrito, no respondo de mí. En vano pretendo seguir. El eclipse se acabó.
 
- ¿Por qué no me mira usted? -me susurra tiernamente al oído.
 
Esto es ya más que una burla. No es posible jugar con la paciencia humana. Si algo terrible sobreviene, no será por culpa mía. ¡Yo no permito que nadie se mofe de mí! ¡Qué diablo! En mis instantes de irritación no aconsejo a nadie que se acerque a mí. Yo soy capaz de todo. Una de las señoritas nota en mi semblante que estoy irritado y trata de calmarme.
 
- Nicolás Andreievitch, yo he seguido fielmente sus indicaciones, observé a los mamíferos y apunté cómo, ante el eclipse, el perro gris persiguió al gato, después de lo cual quedó por algún tiempo meneando la cola.
 
 

Antón Chéjov: Anton Pavlovich Chekhov
(Ruso fallecido en Alemania, 1860-1904) .

martes, 26 de septiembre de 2017

Eclipse: EL YUNQUE DE LAS FUERZAS, de Antonin Artaud

"Pero ese centro es un disco lechoso, recubierto de una espiral de eclipses…"
 
Esta corriente, esta náusea, estos lienzos son el origen del fuego. El fuego de las lenguas. El fuego tejido en trenzados de lenguas en los destellos de la tierra que se abre como un vientre cuyas entrañas son de miel y de azúcar. Y la tierra entreabierta muestra sus áridos secretos. Secretos como superficies La tierra y sus nervios y sus antiquísimas soledades; la tierra de las primitivas geologías donde se descubren las estructuras del mundo en una sombra negra como el carbón. La tierra es madre bajo el espejo de fuego, del fuego con sus tres rayos, en el coronamiento de cuya crin pululan los ojos. Miríadas de miriápodos de ojos. El centro ardiente y convulsivo de ese fuego es como la punta desarraigada de la tormenta en la cima del firmamento. Hay un fulgor absoluto en la lucha de las fuerzas. La punta espantosa del impulso se rompe en un ensordecedor ruido azul.
 
Los tres rayos forman un abanico cuyas ramas caen a pico y convergen en el mismo centro. Pero ese centro es un disco lechoso, recubierto de una espiral de eclipses…
 
Encima del cielo está el Doble Caballo. La evocación del caballo se templa en la luz de la fuerza sobre el fondo de un muro arruinado hasta la descomposición. Y, en él, el primero de los dos caballos es aún mucho más extraño que el otro, siendo ése el que recoge la luz, mientras el segundo expresa sólo la pesada sombra. Más abajo que la sombra del muro, la cabeza y el pecho del caballo forman otra sombra, como si toda el agua del mundo elevara el orificio de un pozo. El abanico abierto domina una pirámide de cimas, un inmenso concierto de cumbres. Una imagen de desierto planea sobre esas cimas, más allá de las cuales un astro desmelenado flota, horrible suspendido. Suspendido como el bien en el hombre, como el mal en el comercio de hombre y hombre, o como la muerte en el interior de la vida. Fuerza giratoria de los astros. Pero detrás de esta visión de absoluto, de ese sistema de plantas y de estrellas, de territorios rajados hasta el hueso; detrás de esa ardiente agrupación de gérmenes, de esa geometría de búsquedas, sistema giratorio de cimas; detrás de esa reja de arado plantada en el espíritu y de ese espíritu que desgaja sus fibras y desvela sus sedimentos; detrás, en fin, de esa mano de hombre que imprime la huella de su pulgar duro y dibuja sus tanteos; detrás de esta mezcla de manipulaciones y cerebro, de esos pozos abiertos en todos los sentidos del alma y de esas cavernas rotas en la realidad… se alza la Ciudad de murallas acorazadas, la ciudad inmensamente alta, a la que todo el cielo no basta para formarle un techo donde crecen las plantas pero en sentido inverso y a la velocidad de los astros lanzados. Esta ciudad de cavernas y de muros que proyectan sobre el abismo absoluto arcadas y huecos como los de un puente. Se querría introducir en el vano de esos arcos la forma de una espalda desmesuradamente grande, de una espalda de donde la sangre diverge. Y colocar el cuerpo en reposo y la cabeza donde hormiguean los sueños sobre el reborde de esas cornisas gigantescas, en las que se escalona el firmamento. Pues encima aparece el cielo bíblico, por el que corren las blancas nubes…Pero existen las amenazas dulces de esas nubes. Pero las tormentas. Y ese Sinaí donde dejan caer sus centellas. Pero la sombra proyectada de la tierra y la iluminación ensordecida y cretácea- Pero, en fin, esa sombra en forma de cabra y ese macho cabrío. Y el Sabbath de las constelaciones. Un grito para recogerlo todo y una lengua para colgarme de ello. Todos esos reflujos comienzan en mí. Mostradme la inserción de la tierra, la bisagra de mi espíritu, el comienzo horroroso de mis uñas. Un bloque, un inmenso bloque falso me separa de mi mentira. Y este bloque es del color que se quiera. El mundo babea como un mar rocoso, y yo con los reflujos del amor. Perros, habéis terminado de hacer rodar vuestras piedras sobre mi alma. Yo. Yo. Volved la página de los escombros. Yo también espero la grava celeste y la playa sin bordes. Es preciso que ese fuego comience en mí. Ese fuego y esas lenguas y las cavernas de mi gestación. Que los bloques de hielo vengan a encallar contra mis dientes. Tengo una ausencia de imágenes, ausencia de soplos inflamados. Busco en mi garganta nombres, algo así como la vibrátil pestaña de las cosas. El perfume de la nada, el olor del absurdo, el estiércol de la muerte entera. El humor ligero y rarificado. Solamente espero el viento. Que se llame amor o miseria no podrá apenas sino arrojarme sobre un mar de osamentas.

Antonin Artaud (Francia, 1896-1948).
 
(Traducido al español por Juan Eduardo Cirlot).

lunes, 25 de septiembre de 2017

Eclipse: LAS FUERZAS EXTRAÑAS, de Leopoldo Lugones

"... el cono de sombra que proyecta sobre la luna, y que durante los eclipses nos trae exhalaciones maléficas..."

El hombre
 
(Fragmento)
 
Al entrar la tierra en el estado líquido, la vida orgánica de la luna había concluido su ciclo de manifestación, y las mónadas de sus seres inteligentes debieron pasar a incorporarse en las nuestras. No lo hicieron como puras energías, sino también como agregados de materia sutil que se infiltró en la masa de la gigantesca célula humana a modo de influencia magnética, comunicándole nuevas propiedades, de la manera que el imán al acero. De aquí las relaciones magnéticas que el estado líquido conserva con la luna bajo la forma de mareas.
 
El vehículo de que esos espíritus lunares se valieron para venir a la tierra, fue el cono de sombra que ésta proyecta sobre la luna, y que durante los eclipses nos trae exhalaciones maléficas de aquel astro; pues siendo él un cadáver, no ha de exhalar vida naturalmente. Esto explica la tradición en cuya virtud los chinos y muchas otras gentes, alborotan durante los eclipses "para ahuyentar á los malos espíritus".
 
El cono de sombra es tan objetivo para esas formas sutiles, como un chorro de agua o una columna de humo; pues siendo la luz el más poderoso agente de eterización de la materia, donde ella falta, es decir donde hay sombra, la materia es más densa y puede servir de vehículo. Cuando se dice que la luz ahuyenta a los espectros, se expresa una verdad más grande de lo que parece; y cuando los "bárbaros" hacen ruido para producir un efecto igual, por estar la luna oculta, echan mano de un agente (el sonido) que según se ha visto es una fuerza primordial, pues es la que ordena los átomos en series armónicas. La luz y la música, son enemigas de la muerte.


Leopoldo Lugones (Argentina, 1874-1938).

domingo, 24 de septiembre de 2017

Eclipse: HIPERIÓN, de John Keats



(Fragmento del primer libro)
 
Dos alas tenía este orbe
de pura gloria, dos alas de plata clara,
que se elevaban al acercarse el Dios;
y entonces, de la sombra se levantaron sus plumas inmensas,
una a una, hasta desplegarse enteras,
mientras el globo deslumbrante prolongaba su eclipse
a la espera de la orden de Hiperión.
 
 
John Keats (Poeta inglés fallecido en Italia, 1795-1821).
 
(Traducido al español por Julio Cortázar).

sábado, 23 de septiembre de 2017

Eclipse: ALBA DEL NIHILISMO, de Jean Paul

"... en aquel vacío cielo nocturno busqué el sol y creí que un eclipse lo ocultaba. Los sepulcros estaban abiertos..."
 
Lamentación de Shakespeare muerto, en la iglesia, rodeado de oyentes muertos, en donde se proclama que Dios no existe
 
(Fragmento)

De joven, muchas veces oí que a las once de la noche, cuando estamos sumergidos en un profundo sueño, los muertos se levantan del sepulcro y remedan en la iglesia el oficio divino de los vivos; por eso yo, en aquellos días, cuando se hacía tarde contemplaba de muy mala gana los altos ventanales de la iglesia y el resplandor de la luna que relucía en ellos.
 
- Ahora quiero contar un sueño que tuve; y es que yo creo en los sueños: es como si los sueños hiciesen llegar nuestra mirada a riberas lejanas, cubiertas de nubes, como si nos elevasen, separándonos del fragor de la cascada que ruge ahí abajo, hasta quietas alturas desde las cuales contemplar, de nivel en nivel, tanto el silencioso fluir de la vida como el cielo, que está por encima de la vida y también dentro de ella.
 
Soñé que me despertaba en un camposanto. Oí moverse los engranajes del reloj de la torre y dar las once -y en aquel vacío cielo nocturno busqué el sol, y creí que un eclipse lo ocultaba-. Los sepulcros estaban abiertos, así como las puertas de hierro del osario; sobre los muros vagaban sombras que nadie proyectaba, y otras sombras se erguían en el aire. A veces, un fulgor relampagueante iluminaba los ventanales de la iglesia y dos notas disonantes, vibrando incesantemente, luchaban en su interior, pretendiendo en vano armonizarse. Sin darme cuenta, me vi empujado a la iglesia, en la que, tras el altar, resonaba, viviente, una voz honda y solitaria. Vi figuras desconocidas, acuñadas por siglos antiguos, estremecidas: las más lejanas trepidaban con mayor violencia, deshaciéndose en sombras descoloridas; y tras el altar había una oscuridad vibrante, en la que las sombras se despedazaban -la asamblea de los muertos iba siendo progresivamente succionada por la oscuridad, que acababa por devorarlos-. En sarcófagos descubiertos yacían difuntos que dormían, como con el rostro invadido por vívidos sueños, y que a veces sonreían; pero quienes estaban despiertos no sonreían en absoluto. Muchos de ellos, expectantes, se volvieron hacia mí, entreabriendo los párpados; pero detrás de ellos no tenían ojos, y en la parte izquierda del pecho, en el sitio del corazón, había un agujero -estos seres, con un esfuerzo derrotado, querían aferrar algo en el aire, con lo que su brazo, alargándose, acababa por desgajarse y partirse en pedazos. En lo alto de la iglesia estaba colocado el cuadrante de la eternidad, en el que no había números ni manecillas, y que giraba sobre sí mismo; y, sin embargo, un dedo negro apuntaba a él, y los muertos se esforzaban por ver allí el tiempo.


Jean Paul: Johann Paul Friedrich Richter (Alemania, 1763-1825).

viernes, 22 de septiembre de 2017

Eclipse: EL SPLEEN DE PARÍS, de Charles Baudelaire

"Es algo crepuscular, azulado y rosáceo; un sueño de voluptuosidad durante un eclipse."

La estancia doble
 
(Fragmento)

Un cuarto que se parece a una fantasía, una habitación verdaderamente espiritual, cuya atmósfera estancada está ligeramente coloreada de rosa y azul.
 
Allí el alma toma un baño de pereza, aromatizado por el pesar y el deseo. Es algo crepuscular, azulado y rosáceo; un sueño de voluptuosidad durante un eclipse.
 
Los muebles tienen formas alargadas, abatidas, lánguidas. Los muebles parecen soñar; se diría que están dotados de una vida de sonámbulos como el vegetal y el mineral. Las telas hablan una lengua muda, como las flores, como los cielos, como los soles que declinan.
 
En las paredes, ninguna abominación artística. En relación con el sueño puro, con la impresión no analizada, el arte definido, el arte positivo es una blasfemia. Todo aquí tiene la suficiente limpidez y la deliciosa oscuridad de la armonía.
 
Una fragancia infinitesimal, exquisitamente elegida, a la que se mezcla una ligerísima humedad, navega en esta atmósfera, donde el adormilado espíritu es mecido por sensaciones de invernadero.
 
Abundante, la muselina llueve delante de las ventanas y ante el lecho; se explaya en cascadas de nieve. En el lecho está acostado el ídolo, la soberana de los sueños. ¿Pero cómo es que está aquí? ¿Quién la trajo? ¿Qué mágico poder la instaló en este trono de ensueño y voluptuosidad? ¡Qué importa! ¡Aquí está! ¡La reconozco!
 
Aquí esos ojos cuya llama atraviesa el crepúsculo; esos sutiles y terribles ojos que reconozco por su pavorosa malicia. Atraen, subyugan, devoran la mirada del imprudente que los contempla. A menudo estudio esas estrellas negras, que demandan curiosidad y admiración.
 
 
Charles Baudelaire (Francia, 1821-1867).
 
(Traducido al español por Enrique Díez Canedo).

jueves, 21 de septiembre de 2017

Eclipse: LOS DIOSES TIENEN MIEDO, de H. P. Lovecraft

"... hay terror en el cielo, pues la luna ha sufrido un eclipse que ni los libros humanos ni los Dioses de la Tierra han sido capaces de predecir..."

(Fragmento)

«La niebla es muy tenue, y la luna arroja sombras sobre las laderas; las voces de los Dioses de la Tierra son violentas y airadas; temen la llegada de Barzai, el Sabio, porque es más grande que ellos... La luz de la luna fluctúa, y los Dioses de la Tierra danzan frente a ella; veré danzar sus formas, saltando y aullando a la luz de la luna... La luz se debilita; los dioses tienen miedo...»
 
Mientras Barzai gritaba estas cosas, Atal notó un cambio espectral en todo el aire, como si las Leyes de la Tierra cedieran ante otras leyes superiores; porque aunque el sendero era más pronunciado que nunca, el asenso se había vuelto espantosamente fácil, y la cornisa apenas fue un obstáculo cuando llegó a ella y trepó peligrosamente por su cara convexa. El resplandor de la luna se había apagado extrañamente; y mientras Atal se adelantaba en las brumas, monte arriba, oyó a Barzai, el Sabio, gritar entre las sombras:
 
«La luna es oscura, y los dioses danzan en la noche; hay terror en la noche; hay terror en el cielo, pues la luna ha sufrido un eclipse que ni los libros humanos ni los Dioses de la Tierra han sido capaces de predecir... Hay una magia desconocida en el Hatheg-Kla, pues los gritos de los dioses asustados se han convertido en risas, y las laderas de hielo ascienden interminablemente hacia los cielos tenebrosos, en los que ahora me sumerjo... ¡Eh! ¡Eh! ¡Al fin! ¡En la débil luz, he percibido a los Dioses de la Tierra!»
 
Y entonces Atal, deslizándose monte arriba con vertiginosa rapidez por inconcebibles pendientes, oyó en la oscuridad una risa repugnante, mezclada con gritos que ningún hombre puede haber oído salvo en el Fleguetonte de inenarrables pesadillas; un grito en el que vibró el horror y la angustia de una vida tormentosa comprimida en un instante atroz:«¡Los Otros Dioses! ¡Los Otros Dioses! ¡Los Dioses de los Infiernos Exteriores que custodian a los débiles Dioses de la Tierra! ... ¡Aparta la mirada!... ¡Retrocede!... ¡No mires! ¡No mires! La venganza de los abismos infinitos... Ese maldito, ese condenado precipicio... ¡Misericordiosos Dioses de la Tierra, estoy cayendo al cielo!»

Y mientras Atal cerraba los ojos, se taponaba los oídos, y trataba de descender luchando contra la espantosa fuerza que le atraía hacia desconocidas alturas, siguió resonando en el Hatheg-Kla el estallido terrible de los truenos que despertaron a los pacíficos aldeanos de las llanuras y a los honrados ciudadanos de Hatheg, de Nir y de Ulthar, haciéndoles detenerse a observar, a través de las nubes, aquel extraño eclipse que ningún libro había predicho jamás. Y cuando al fin salió la luna, Atal estaba a salvo en las nieves inferiores de la montaña, fuera de la vista de los Dioses de la Tierra y de los Otros Dioses.
 
Ahora se dice en los mohosos Manuscritos Pnakóticos que Sansu no descubrió otra cosa que rocas mudas y hielo, la vez que escaló el Hatheg-Kla en la juventud del mundo. Sin embargo, cuando los hombres de Ulthar y de Nir y de Hatheg, reprimieron sus temores y escalaron ese día esa cumbre encantada en busca de Barzai, el Sabio, encontraron grabado en la roca desnuda de la cima un símbolo extraño y ciclópeo de cincuenta codos de ancho, como si la roca hubiese sido hendida por un titánico cincel. Y el símbolo era semejante al que los sabios descubrieron en esas partes espantosas de los Manuscritos Pnakóticos que no se pueden leer. Eso encontraron.
 
Jamás llegaron a encontrar a Barzai, el Sabio, ni lograron convencer al santo sacerdote Atal para que rezase por el descanso de su alma. Y todavía hoy, las gentes de Ulthar y de Nir y de Hatheg tienen miedo de los eclipses, y rezan por la noche, cuando los pálidos vapores ocultan la cumbre de la montaña y la luna. Y por encima de las brumas de Hatheg-Kla, los Dioses de la Tierra danzan a veces con nostalgia; porque saben que no corren peligro, y les encanta venir a la desconocida Kadath en sus naves de nube a jugar como antaño, como hacían cuando la Tierra era nueva y los hombres no escalaban las regiones inaccesibles.
 

 Howard Philips Lovecraft (Estados Unidos, 1890-1937).

lunes, 18 de septiembre de 2017

Eclipse: EL PERIQUILLO SARNIENTO, de José Joaquín Fernández de Lizardi

"... no hay que ser vulgares, ni quitar el crédito a los pobrecitos eclipses, que es pecado de restitución."
 
(Libro primero: fragmento del capítulo VII)

- No me admiro -dijo el padre- que su tío de usted piense de esa manera, porque no tiene motivo para otra cosa; pero me hace mucha fuerza oír producirse de igual modo a un señor colegial. Según eso, dígame usted, ¿qué son los eclipse.
 
- Yo creo -dijo Januario- que son aquellos choques que tienen el sol y la luna, en los que uno u otro salen perdiendo siempre, conforme es la fuerza del que vence; si vence el sol, el eclipse es de la luna, si vence ésta, se eclipsa el sol. Hasta aquí no tiene duda, porque mirando el eclipse en una bandeja de agua, materialmente se ve como pelea el sol con la luna; y se advierte lo que uno u otro se comen en la lucha; y si tienen virtud estos dos cuerpos para hacerse tanto daño siendo solidísimos, ¿cómo no podrán dañar a las tiernas semillas y a las débiles criaturas del mundo?
 
- Esa es la vulgaridad -respondió el vicario-. Los eclipses en nada se meten, ni tienen la culpa de esas desgracias. Las siembras se pierden, o porque les ha faltado cultivo a su tiempo, o han escaseado las aguas, o la semilla estaba dañada, o era ruin, o la tierra carece de jugos, o está cansada, etc. Los ganados malparen, o las crías nacen enfermas, ya porque se lastiman las hembras, o padecen alguna enfermedad particular que no conocemos, o han comido alguna hierba que las perjudica, etc.; últimamente, nosotros nos enfermamos o por el excesivo trabajo, o por algún desorden en la comida o bebida, o por exponernos al aire sin recato estando el cuerpo muy caliente; o por otros mil achaques que no faltan; y las criaturas nacen tencuas, raquíticas, defectuosas o muertas, por la imprudencia de sus madres en comer cosas nocivas, por travesear, corretear, alzar cosas pesadas, trabajar mucho, tener cóleras vehementes, o recibir golpes en el vientre. Conque vea usted cómo no tienen los pobres eclipses la culpa de nada de esto.
 
- Bien -dijo don Martín-, pero ¿cómo suceden estas desgracias puntualmente cuando hay eclis?
 
- La desgracia de los eclipses -dijo el vicario-, consiste en que suceda algo de esto en su tiempo; porque los pobres que no entienden de nada, luego luego echan la culpa a los eclipses de cuantas averías hay en el mundo. Así como cuando uno se enferma, lo primero que hace es buscar achaque a su enfermedad, y tal vez cree que se la ocasionó lo más inocente. Conque, amigo, no hay que ser vulgares, ni que quitar el crédito a los pobrecitos eclipses, que es pecado de restitución.
 
Celebraron todos al padre vicario, y le pegaron un buen tabardillo al amigo Juan Largo, de modo que se levantó de allí chillándole las orejas. A poco rato nos fuimos a acostar.

 
José Joaquín Fernández de Lizardi (México, 1776-1827).

domingo, 17 de septiembre de 2017

Eclipse: EL LIBRO DE LAS CANCIONES, de Heinrich Heine

"Te saldrá el hielo a la cara cuando se eclipse tu sol."


XLVIII
 
Todo el calor del verano
a tus mejillas asoma,
pero el hielo del invierno
en tu corazón se acomoda.
 
En eso habrá mudanza,
¡mi única beldad!:
Te saldrá el hielo a la cara
cuando se eclipse tu sol.
 
 
Heinrich Heine (Alemania, 1797-1856).
 
(Traducido del alemán por Berit Balzer).

sábado, 16 de septiembre de 2017

Eclipse: HAMLET, de William Shakespeare

"... se ocultó el sol entre celajes funestos y el húmedo planeta, cuya influencia gobierna el imperio de Neptuno, padeció eclipse como si el fin del mundo hubiese llegado."
 
(Fragmento del primer acto, escena I)
 
Horacio: Yo te lo diré, o a lo menos, los rumores que sobre esto corren. Nuestro último Rey (cuya imagen acaba de aparecérsenos) fue provocado a combate, como ya sabéis, por Fortimbrás de Noruega estimulado por la más orgullosa emulación. En aquel desafío, nuestro valeroso Hamlet (que tal renombre alcanzó en la parte del mundo que nos es conocida) mató a Fortimbrás, el cual por un contrato sellado y ratificado según el fuero de las armas, cedía al vencedor (dado caso que muriese en la pelea) todos aquellos países que estaban bajo su dominio. Nuestro Rey se obligó también a cederle una porción equivalente, que hubiera pasado a manos de Fortimbrás, como herencia suya, si hubiese vencido; así como, en virtud de aquel convenio y de los artículos estipulados, recayó todo en Hamlet. Ahora el joven Fortimbrás, de un carácter fogoso, falto de experiencia y lleno de presunción, ha ido recogiendo de aquí y de allí por las fronteras de Noruega, una turba de gente resuelta y perdida, a quien la necesidad de comer determina a intentar empresas que piden valor; y según claramente vemos, su fin no es otro que el de recobrar con violencia y a fuerza de armas los mencionados países que perdió su padre. Este es, en mi dictamen, el motivo principal de nuestras prevenciones, el de esta guardia que hacemos, y la verdadera causa de la agitación y movimiento en que toda la nación está.
 
Bernardo: Si no es esa, yo no alcanzo cuál puede ser..., y en parte lo confirma la visión espantosa que se ha presentado armada en nuestro puesto, con la figura misma del Rey, que fue y es todavía el autor de estas guerras.
 
Horacio: Es por cierto una mota que turba los ojos del entendimiento. En la época más gloriosa y feliz de Roma, poco antes que el poderoso César cayese quedaron vacíos los sepulcros y los amortajados cadáveres vagaron por las calles de la ciudad, gimiendo en voz confusa; las estrellas resplandecieron con encendidas colas, cayó lluvia de sangre, se ocultó el sol entre celajes funestos y el húmedo planeta, cuya influencia gobierna el imperio de Neptuno, padeció eclipse como si el fin del mundo hubiese llegado. Hemos visto ya iguales anuncios de sucesos terribles, precursores que avisan los futuros destinos, el cielo y la tierra juntos los han manifestado a nuestro país y a nuestra gente... Pero. Silencio... ¿Veis?..., allí... Otra vez vuelve... Aunque el terror me hiela, yo le quiero salir al encuentro. Detente, fantasma. Si puedes articular sonidos, si tienes voz háblame. Si allá donde estás puedes recibir algún beneficio para tu descanso y mi perdón, háblame. Si sabes los hados que amenazan a tu país, los cuales felizmente previstos puedan evitarse, ¡ay!, habla... O si acaso, durante tu vida, acumulaste en las entrañas de la tierra mal habidos tesoros, por lo que se dice que vosotros, infelices espíritus, después de la muerte vagáis inquietos; decláralo... Detente y habla... Marcelo, detenle.
 

William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616).
 
La ilustración corresponde a los personajes Marcelo, Bernardo y Horacio, escena inicial del primer acto de Hamlet.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Eclipse: AL HOMBRO EL CIELO, AUNQUE SU SOL SIN LUMBRE, de Lope de Vega


Soneto 28

A un caballero, llevando su dama a enterrar él mismo
 
Al hombro el cielo, aunque su sol sin lumbre,
y en eclipse mortal las más hermosas
estrellas, nieve ya las puras rosas,
y el cielo tierra, en desigual costumbre.
 
Tierra, forzosamente pesadumbre,
y así, no Atlante, a las heladas losas
que esperan ya sus prendas lastimosas,
Sísifo sois, por otra incierta cumbre.
 
Suplícoos me digáis, si Amor se atreve
¿cuándo pesó con más pesar, Fernando,
o siendo fuego, o convertida en nieve?
 
Mas el fuego no pesa, que exhalando
la materia a su centro, es carga leve;
la nieve es agua, y pesará llorando.
 
 
Félix Lope de Vega y Carpio (España, 1562-1635).

jueves, 14 de septiembre de 2017

Eclipse: LOS MISERABLES, de Víctor Hugo

"Punto de partida: la materia; punto de llegada: el alma. La hidra al principio, el ángel al fin."
 
Quinta parte: Jean Valjean; Libro primero: La guerra entre cuatro paredes
 
(Fragmento del capítulo XX: Los muertos tienen razón y los vivos no se equivocan)

No hay nada que decir. Los pueblos, como los astros, tienen el derecho al eclipse. Y todo está bien, con tal de que vuelva la luz y el eclipse no degenere en noche. Alba y resurrección son sinónimos. La reaparición de la luz es idéntica a la persistencia del yo.
 
Hagamos constar estos hechos con calma. La muerte en la barricada o la tumba en el exilio es un recurso aceptable para la abnegación. El verdadero nombre de la abnegación es desinterés. Que los abandonados se dejen abandonar, que los exiliados se dejen exiliar, y limitémonos a suplicar a los grandes pueblos que no vayan demasiado lejos cuando retrocedan. No se debe, so pretexto de volver a la razón, descender demasiado. La materia existe, y el minuto y los intereses y el vientre existen; pero no se deben oír los consejos del vientre. La vida momentánea tiene su derecho, lo admitimos, pero la vida permanente tiene el suyo. ¡Ay! El haber subido no impide caer. Ejemplos de esto, más de los que se quisieran, se encuentran en la historia. Una nación es ilustre, toma el gusto al ideal, y luego se revuelve en el fango, y le sabe bien; y si se le pregunta cómo es que deja a Sócrates por Falstaff, responde: «Porque me gustan más los hombres de Estado». Unas palabras más antes de volver a la refriega.
 
Una batalla como la que referimos en este momento no es otra cosa que una convulsión hacia lo ideal. El progreso con trabas es enfermizo y padece epilepsias trágicas. Esa enfermedad del progreso, la guerra civil, hemos debido encontrarla a nuestro paso. Es una de las fases fatales, a la vez acto y entreacto, de ese drama cuyo pivote es un condenado social, y cuyo título verdadero es: El Progreso. ¡El Progreso! Este grito que lanzamos a menudo es todo nuestro pensamiento; y en el punto del drama al que hemos llegado, teniendo que experimentar aún más de una prueba la idea que contiene, quizá nos sea permitido, si no descorrer el velo, al menos dejar entrever claramente la luz.
 
El libro que el lector tiene ante los ojos en este instante, en su conjunto y en sus pormenores, cualesquiera que sean las intermitencias, las excepciones o las debilidades, es la marcha del mal al bien, de lo injusto a lo justo, de lo falso a lo verdadero, de la noche al día, del apetito a la conciencia, de la podredumbre a la vida, de la bestialidad al deber, del infierno al cielo, de la nada a Dios. Punto de partida: la materia; punto de llegada: el alma. La hidra al principio, el ángel al fin.


Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).
 
(Traducido al español por Aurora Alemany).