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Vancouver: atardecer en English Bay.

viernes, 30 de junio de 2017

Carnaval: LA HIERBA, de Claude Simon

"... como cubierta por una capa de maquillaje, como esa gente que se disfraza de negros en carnaval..."
 
(Fragmento)

Después su voz cesa. No porque se niegue a pronunciar, repetir las mismas palabras, la burla, la ofensa, sino porque él (el viejo sentado delante de ella) ha dejado ostensiblemente de escucharla, aunque siga mirando en su dirección (ella dando la espalda a la puerta), con la cuchara otra vez detenida entre el plato y la boca, pero pasando la mirada ahora por encima de ella, fija en algo -o en alguien- que ella no ve, que sin duda queda a sus espaldas, y cuando ella se da vuelta también lo ve, ya no detrás de sí, sino a su izquierda, pasando silenciosamente a lo largo del trinchero, penetrando en la zona iluminada: el cuerpo enflaquecido, la cara también enflaquecida, y no atezada, sino, parece, como ennegrecida, o mejor manchada por el sol, como cubierta por una capa de maquillaje, como esa gente que se disfraza de negros en carnaval: no oscura, sino manchada, y tal vez grasa sucia en uno de los pómulos huesudos y a través de la frente, pasando sobre los cabellos pálidos, apenas diferenciables -las manchas, la grasa- del bronceado, los antebrazos, de pelos rubios descoloridos también por el sol, sobresaliendo de las mangas arremangadas, sucios también por el bronceado y la grasa, y extendidos ahora a un lado y otro del plato, el busto revestido de un mono manchado inclinado ahora hacia adelante, la cabeza casi metida en el plato, el mentón rozando el borde, de manera que la mano huesuda y fina que sostenía la cuchara sólo recorría en cada ida y venida un trayecto reducido al mínimo (habiéndose sentado y llenado su plato sin decir una sola palabra, comiendo ahora con esa especie de concentración, de avidez taciturna y metódica de los campesinos, la mirada del viejo siempre fija en él), y, al cabo de un rato, el viejo, como si recordara de pronto su propia cuchara, terminando el gesto suspendido, llevándosela a la boca y tragando, como quien dice por debajo de su mirada, sin dejar ni un instante de observar a Georges, y la mano bajando, volviendo a hundir la cuchara en lo que quedaba de sopa, pero quedándose allí, no volviendo a subir, la mirada siempre fija en la cabeza de la que sólo se veían los cabellos rubios, casi mojándose en el plato, detrás la cuchara en su vaivén metódico, y entonces Sabine carraspeando precipitadamente y diciendo: «Pierre...», pero el hombre gordo sin inmutarse, enorme, paquidérmico, sin dejar de observar a Georges, y Sabine de nuevo: «Pierre, por favor, sabes bien que...
 
Claude Simon (Francés nacido en Madagascar, 1913-2005). Obtuvo el premio Nobel en 1985.

jueves, 29 de junio de 2017

Carnaval: CAMPO DEI FIORI, de Czeslaw Milosz

"... un claro anochecer de primavera al compás de una tonada de carnaval."
 
En Roma en el Campo dei Fiori
canastas de aceitunas y limones,
adoquines salpicados con vino
y restos de flores.
Los vendedores cubren los caballetes
con pescados color rosa;
brazadas de uvas oscuras
apiladas junto a las pelusas de duraznos.
 
En esta misma plaza
Giordano Bruno fue quemado.
Sus seguidores encendieron la pira
presionados por la multitud.
Antes de que las llamas murieran
las tabernas estaban llenas de nuevo,
otra vez sobre los hombros de los vendedores
canastas de aceitunas y limones.
 
Pensé en el Campo dei Fiori
en Varsovia por el cielo en forma de carrusel
un claro anochecer de primavera
al compás de una tonada de carnaval.
La brillante melodía ahogó
los truenos en la pared del ghetto,
y las parejas volaron
alto en el cielo carente de nubes.
 
A veces el viento de la quema
avienta cometas oscuros
y los jinetes en el carrusel
atraparían pétalos suspendidos en el aire.
Ese mismo viento caliente
abrió las faldas de las niñas
y las multitudes reían
en Varsovia ese hermoso domingo.
 
Alguien leerá como moral
que el pueblo de Roma o Varsovia
regatee, ría, haga el amor
mientras pasa frente a la pira de los mártires.
Alguien más leerá
de la muerte de las cosas humanas,
del olvido
nacido antes de que murieran las llamas.
 
Pero ese día sólo pensé
en la soledad de los moribundos,
de cómo, cuando Giordano
subido a la quema
no pudo encontrar en ninguna lengua humana
palabras de humanidad,
de humanidad que sobrevive.
 
Ya habían vuelto a su vino
o vendían su blanca estrella de mar,
habían cargado a la feria
canastas de aceitunas y limones,
y él ya estaba lejos
como si hubieran pasado siglos
mientras que se detuvieron un instante
para ver su partida en el fuego.
 
Aquellos muriendo aquí, los solitarios
olvidados del mundo,
nuestra lengua se vuelve para ellos
el lenguaje de un planeta antiguo.
Hasta que, cuando todo sea leyenda
y muchos años hayan pasado,
en un nuevo Campo di Fiori
la rabia se encienda en la palabra de un poeta.
1943.
Czeslaw Milosz (Polaco nacido en Lituania, 1911-2004). Obtuvo el premio Nobel en 1980.
(Traducido al español por Juan Carlos Villavicencio).

miércoles, 28 de junio de 2017

Carnaval: GENTE INDEPENDIENTE, de Halldor Laxness


(Fragmento del capítulo 48)

Pero Asta Sóllilja había estado esperando el miércoles de ceniza, porque le parecía recordar que el miércoles de ceniza era una cumbre desde la cual podía divisar la Pascua, pero ahora, aparentemente, debía pasar todo el mes de Porri y todo el mes de Góa, y después vendría... el ayuno de nueve semanas. ¿El ayuno de nueve semanas? ¿Nueve semanas? ¿Quién podría sobrevivir a un ayuno así? Pero cobró nuevos ánimos y expresó la esperanza de que cuando el ayuno de las nueve semanas hubiese terminado, el miércoles de ceniza no estuviese ya tan lejos.

- Oh, yo siempre entendí que primero venía el martes de carnaval.

- Pero el miércoles de ceniza debe llegar alguna vez, abuela, y entonces no faltará mucho para Pascua.
 
- Será una novedad, entonces -replicó la anciana, echando la cabeza hacia atrás y lanzando una mirada oblicua, hacia abajo, a sus agujas-. En mis tiempos el miércoles de ceniza era siempre seguido del ayuno.
 
- ¿Qué ayuno?
 
- ¡Pues, el largo ayuno, la Cuaresma mujer... la Cuaresma! ¡Habrase visto tamaña ignorancia! ¡Tiene casi dieciséis años de edad y cree que la Pascua viene inmediatamente después del miércoles de ceniza! En mi época se te habría considerado una boba por no conocer la Cuaresma y las más importantes festividades que hay en ella, las témporas, por ejemplo, y la Anunciación.
 
- Pero conozco el Viernes Santo -dijo la joven con repentina inspiración-. Alguna vez llegará, ¿no es cierto?
 
- Oh, creo que San Magno viene antes -replicó la anciana-. Y el Jueves Santo.
 
Esto terminó con la tentativa de centrar la Pascua. Se rindió. Se había extraviado en los desiertos del calendario, perdió todo el sentido de dirección, la lana repentinamente pegajosa en sus dedos, todos los vellones convertidos de pronto en masas enmarañadas que jamás lograría peinar. ¿Por qué estos jóvenes no podían consolarse con el pensamiento de que todo pasa, de un modo o de otro, tal como mejor le place al Hacedor?

 
Halldór Laxness (Islandia, 1902-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1955.

martes, 27 de junio de 2017

Carnaval: LA MONTAÑA MÁGICA, de Thomas Mann

"Por la tarde, todo el mundo fue a Davos Platz para ver el ajetreo del carnaval en las calles."

(Fragmento del capítulo Noche de Walpurgis)

Pero, por el momento, cierto es que sólo estamos en Carnaval. Ya le he dicho que me parece muy bien que celebremos cada fecha ordenadamente, como marca el calendario. La señora Stöhr decía que en la garita del portero venden cornetas de juguete.

Así era, desde el primer desayuno del martes de Carnaval, que llegó enseguida, antes de que nadie se hubiese hecho a la idea todavía, se oyeron en el comedor toda suerte de pitidos y zumbidos producidos por instrumentos de viento de juguete. Durante la comida se lanzaron serpentinas desde la mesa de Gänser, de Rasmussen y de la Kleefeld, y algunos internos, como por ejemplo Marusja, la de los ojillos redondos, llevaban gorros de papel comprados igualmente al portero cojo. Por la noche reinó un auténtico ambiente de fiesta en el comedor y en los salones... De momento, sólo nosotros sabemos cómo terminó y qué trajo consigo esa velada de Carnaval gracias al valiente espíritu emprendedor de Hans Castorp. Pero no dejemos que esta información sobre el desenlace precipite nuestro sereno relato: rendiremos al tiempo el honor que le corresponde y no adelantaremos nada; de hecho, incluso ralentizaremos la narración de los acontecimientos porque compartimos los escrúpulos que, durante tanto tiempo, habían llevado a Hans Castorp a retrasar tales acontecimientos.

Por la tarde, todo el mundo fue a Davos Platz para ver el ajetreo del carnaval en las calles. La gente paseaba disfrazada, pierrots y arlequines inundaban el pueblo con carracas en la mano, y no fueron pocas las batallas de confeti entre los paseantes y los internos del sanatorio, también disfrazados para la ocasión.


Thomas Mann (Alemán, 1875-1955). Obtuvo el premio Nobel en 1929.

lunes, 26 de junio de 2017

Carnaval: LA ZARZA EN LLAMAS (Juan Cristóbal, tomo 9), de Romain Rolland

"Aquellos pasquines con chismes se publicaron durante los tres días de carnaval."
 
(Fragmento)

Despreciaba la ciudad; y ese mismo desprecio le hacía imposible soportarla. Sin embargo, había llegado la ocasión de enfrentar a la maledicencia pública para poder liberarse a sí misma. El carnaval se aproximaba.
 
El carnaval había mantenido en la ciudad, hasta el momento en el que ocurre esta historia –aunque algo habrá cambiado desde entonces-, su carácter poco permisivo, de una gran dureza arcaica. Fiel a sus orígenes, debería prestarse a la relajación del espíritu para liberarlo del yugo de la razón. En cualquier parte, incluso en otras épocas y países, siempre resulta difícil disponer de la audacia necesaria para confrontar a los guardianes de la razón. Por eso, la ciudad en la que vivía Ana, debía ser su propia tierra de elección. El rigor moral paraliza los gestos, amordaza las voces, aunque algunos de esos gestos alcancen a expresarse como voces audaces y libres. Todo lo que se va amasando en el fondo del alma: celos, odios secretos, curiosidad lasciva, los instintos inherentes a la maliciosa bestia social, habría de enfrentarse de golpe con el ruido y la alegría de una revancha. Cada quien ejercía su propio derecho a descender por las calles y Ana, oculta bajo una prudente máscara, llegó para clavar en la picota, en plena plaza pública, a aquellos a quienes detestaba, mostrando a los transeúntes todo lo que había aprendido durante un año de esfuerzo paciente, su tesoro de secretos escandalosos acumulados gota a gota. Tal fue su propio desfile de carros alegóricos. Tales las linternas que erraban para transparentar las inscripciones e imágenes con la historia secreta de la ciudad. Se atrevió incluso a ponerse la máscara de su enemigo, tan fácilmente reconocible que las bromas corrientes referían su nombre. Aquellos pasquines con chismes se publicaron durante los tres días de carnaval.


Romain Rolland (Francia, 1866-1944). Obtuvo el premio Nobel en 1915.

domingo, 25 de junio de 2017

CARNAVAL*, de Giosué Carducci

"Y no hay un pájaro, ni aura entre las plantas, ni canto de doncella o caminante."

(Fragmento)
 
Una niebla blanca
Llena el aire durmiente, y se confunde
Con la lenta nevada en el horizonte lejano
Suave color rojizo y cansado
Del sol la rueda que tras el vapor se esconde
Como el ojo humano de sus párpados mudos.
Y no hay un pájaro, ni aura entre las plantas,
Ni canto de doncella o caminante.
 
 
Giosué Carducci (Italia, 1835-1907), recibió el premio Nobel en 1906.

* El poema sólo se titula Carnaval pero se trata de una alegoría ya que en ningún momento se ocupa del festejo con máscaras y disfraces. Sin embargo, he decidido incluirlo por tratarse de Giosué Carducci e impulsado por la belleza de esta estrofa que he traducido del italiano.

sábado, 24 de junio de 2017

Carnaval: EL LIBRO DE MANUEL, de Julio Cortázar

"... ese tipo de reacciones en las internadas jóvenes era habitual en las vísperas de carnaval."
 
(Fragmento)

- «Un sorpresivo apagón -les leyó Susana en francés a Monique y a Roland- fue la ocasión para que se librara una infernal batalla entre el personal y las menores que se habían mostrado sumamente nerviosas en esos días.» Oscar habla de la luna llena, pero ya vas a ver la explicación oficial, y de paso admira el estilo del cronista. «La falta de luz causó un caótico espectáculo al desbandarse, en primer término, un grupo de niñas que en precipitada huida se dirigió a la cocina para después forzar una puerta y ganar la calle. Al propio tiempo otras internadas abrieron un boquete en las alambradas de una ventana de la cocina y se descolgaron por allí hacia un terreno baldío que comunica con la calle 41. La rápida intervención policial» (me imagino la rapidez de los canas cuando previeron ciertas posibilidades) «impidió una fuga masiva y con grandes esfuerzos pudo restablecerse el orden». Hum. «Apenas conocido el suceso se trasladó al lugar el titular de la unidad regional de La Plata, inspector Jorge Schoo, con personal a sus órdenes, sumándose efectivos del cuartel de bomberos y efectivos de la comisaría segunda.» Los muchachos se constituyeron como fierro, dijo Patricio. Esta parte es la buena, adelantó Susana. «Se entabló una verdadera batalla campal» (¿pero qué es una batalla campal, ustedes saben?) «en donde los policías debieron hacer denodados esfuerzos para restablecer el orden, por cuanto las mujercitas se encontraban en alto grado de nerviosismo». Dio patata, dijo Patricio, de aquí a nueve meses el trabajo que van a tener las monjas del hospital. Lo dice por los denodados esfuerzos de los policías y los bomberos, informó Susana a Monique y a Roland. «En fin, cuando renació aparentemente la calma, 24 jóvenes fueron trasladadas a la sede de la brigada femenina y atendidas por los médicos, quedando alojadas allí hasta que las autoridades dispongan las medidas pertinentes.» Nadie sabrá nunca por qué el reportero usó el adverbio aparentemente, pero escuchen el final que es lo mejor. «El secretario técnico del Consejo General de la Minoridad restó importancia a los sucesos» (pavadita, claro) «indicando que ese tipo de reacciones en las internadas jóvenes era habitual en las vísperas de carnaval. Por su parte la directora del establecimiento informó que la capacidad de la casa es para 80, y sin embargo alberga en la actualidad 196 y en los próximos días se agregarán otras 56 niñas». Y la desgraciada, esto lo digo yo, agregó, esto lo dice el cronista, «que el causante del mal fueron las propagandas sobre bailes de carnaval de los clubes vecinos que enloquecen a las internadas». Aprendan lo que es el tercer mundo ustedes dos, hijos de Corneille y de Racine. Bah, dijo Monique, si te crees que en algunos «hogares» de los suburbios de París la cosa es mejor, algo sé de eso, a los catorce años mis sensibles padres me pusieron con las monjas en un pequeño paraíso cerca de Estrasburgo porque estaban hartos de sorprenderme leyendo a Sartre y a Camus, ustedes se dan cuenta de la inmoralidad de los tiempos modernos, las monjas eran unas pobres imbéciles llenas de buena voluntad y mal olor, en fin, lo de siempre, bañarse con la camisa puesta, ave maría, no hagas preguntas inconvenientes, eso se llama las reglas pero no se habla, Sor Honorine te dará una prenda y te dirá cómo tienes que ponértela, a lo mejor fue la luna llena como Céline disfrazada de botánica de Hevillier et Monthéry, castigada, y a otras cinco chicas por cosas parecidas, lo malo para las monjas fue que éramos muy populares entre las más pequeñas, pero sobre todo la luna llena, seguro, porque cuando se dieron cuenta era como en tu recorte aunque sin policía ni bomberos, Maité y Gertrude rompieron la cerradura del aula donde estábamos encerradas, salimos gritando y cantando al patio de los naranjos, las pequeñas que ya tenían que acostarse le pasaron por encima a Sor Marie Jeanne y de golpe estábamos todas cantando y haciendo rondas y gritando entre los naranjos, igual que en esa película polaca, las monjas llegaban como aviones en picada y nos agarraban por el pelo o la ropa, nos cacheteaban, estaban tan histéricas como nosotras, las pequeñas empezaban a gritar y a llorar pero no querían abandonarnos, de golpe todas las grandes se descolgaron por el árbol pegado a la ventana del dormitorio del primer piso, nunca me olvidaré del árbol lleno de chicas, de frutas blancas que caían una tras otra y corrían al patio, la primera en aparecer con una correa fue Sor Claudine, era previsible, las otras sacaron sogas y látigos de no sé dónde, empezaron a pegarnos y a acorralarnos contra la pared del refectorio para que huyéramos por la puerta que daba al aula mayor y pudieran encerrarnos, las pequeñas se habían desbandado llorando y gritando y no quedábamos más que unas veinte grandes contra la pared, siete monjas nos azotaban enloquecidas, no teníamos con qué defendernos hasta que de golpe vi a Maité desnuda, se había arrancado el camisón y se lo había tirado por la cabeza a Sor Honorine, Gertrude hizo lo mismo y las monjas estaban cada vez más frenéticas, pegaban a marcar, yo oí como un chasquido y era un trapo rojo que le daba en plena cara a Sor Felisa, eso se llama las reglas, cuatro o cinco chicas les zampaban las toallas higiénicas por la cabeza a las monjas, yo me había desnudado y casi todas las grandes también, con los camisones arrollados devolvíamos los golpes, recogíamos del suelo las toallas asquerosas y pisoteadas y se las volvíamos a tirar buscando darles en plena jeta, el jardinero se había asomado al patio con un bastón pero Sor Marie Jeanne le gritó que no entrara, era para llorar de risa el dilema de la imbécil, cómo nos iba a ver desnudas, un hombre, y Maité corrió hacia el jardinero y se le puso por delante para no dejarlo salir, era la mayor de todas y tenía unos senos altos y gordos, se los ponía contra la cara al jardinero y le cantaba a gritos, las monjas corrían para proteger la moral y al jardinero estupefacto, empezaba la histeria final, los llantos, de golpe estábamos cansadas, en fuga, nos volvíamos a los dormitorios arrastrando los camisones por el suelo, vencedoras tristes bajo la luna llena entre los naranjos, una semana después estaba de vuelta en mi casa, y si quieren saberlo Maité es hoy una de las mejores bailarinas del Lido, esa chica hizo más carrera que yo.
 

Julio Cortázar (Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914; y fallecido en París, Francia en 1984).

viernes, 23 de junio de 2017

CARNAVAL, de Pierre Reverdy

"En los muelles, con una mirada atenta..."

Las alfombras bien sacudidas dejaban signos entre los árboles. Aparecían descoloridas bajo los pies.
 
En los muelles, con una mirada atenta, las cabezas se tornaban, pero los paseantes mantenían su máscara.
 
Toda la perspectiva se estampaba sobre las alfombras descoloridas o más vivas y a veces se oían gritos que proclamaban la vergüenza de los atacados. Por la tarde, la luz y las sombras se enfrentan. Enmascarado, todo el odio se descarga y lo más oculto llega a ser lo más audaz.
 
Es un gran entretenimiento general, un juego y este juego sigue siendo una lucha.

(Les tapis fortement secoués laissaient des signes entre les arbres. On les avait déteints avec les pieds.

Sur les quais, avec un regard attendri, les têtes se tournaient, mais les passants gardaient leur masque.

Toute la perspective se bariolait en tapis déteints ou plus riches et parfois on en­tendait des cris qui proclamaient la honte de ceux qu’on attaquait. Le soir la lumière et les ombres se battent. Masquée, toute la haine se choque et le mieux caché devient le plus hardi.

C’est un grand divertissement général, un jeu et ce jeu c’est encore une lutte).)


Pierre Reverdy (Francia, 1889-1960).
 
(Traducido del francés por Jules Etienne).

jueves, 22 de junio de 2017

Carnaval: VIAJE A LA SEMILLA, de Alejo Carpentier

"... con el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo."

(Fragmento)
 
VI
 
Una noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío, dejados por sus amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y media... Era como la percepción remota de otras posibilidades. Como cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso con el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo. Fue una impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su espíritu, poco llevado, ahora, a la meditación.
 
Y hubo un gran sarao, en el salón de música, el día en que alcanzó la minoría de edad. Estaba alegre, al pensar que su firma había dejado de tener un valor legal, y que los registros y escribanías, con sus polillas, se borraban de su mundo. Llegaba al punto en que los tribunales dejan de ser temibles para quienes tienen una carne desestimada por los códigos. Luego de achisparse con vinos generosos, los jóvenes descolgaron de la pared una guitarra incrustada de nácar, un salterio y un serpentón. Alguien dio cuerda al reloj que tocaba la Tirolesa de las Vacas y la Balada de los Lagos de Escocia.
 
Otro embocó un cuerno de caza que dormía, enroscado en su cobre, sobre los fieltros encarnados de la vitrina, al lado de la flauta traversera traída de Aranjuez. Marcial, que estaba requebrando atrevidamente a la de Campoflorido, se sumó al guirigay, buscando en el teclado, sobre bajos falsos, la melodía del Trípili-Trápala. Y subieron todos al desván, de pronto, recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el repello, se guardaban los trajes y libreas de la Casa de Capellanías. En entrepaños escarchados de alcanfor descansaban los vestidos de corte, un espadín de Embajador, varias guerreras emplastronadas, el manto de un Príncipe de la Iglesia, y largas casacas, con botones de damasco y difuminos de humedad en los pliegues. Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto, miriñaques amarillos, túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero con redecilla de borlas, nacido en una mascarada de carnaval, levantó aplausos. La de Campoflorido redondeó los hombros empolvados bajo un rebozo de color de carne criolla, que sirviera a cierta abuela, en noche de grandes decisiones familiares, para avivar los amansados fuegos de un rico Síndico de Clarisas.
 
Disfrazados regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con un tricornio de regidor, Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y se dio comienzo a la danza de la valse, que las madres hallaban terriblemente impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por la cintura, recibiendo manos de hombre sobre las ballenas del corset que todas se habían hecho según el reciente patrón de "El Jardín de las Modas". Las puertas se obscurecieron de fámulas, cuadrerizos, sirvientes, que venían de sus lejanas dependencias y de los entresuelos sofocantes para admirarse ante fiesta de tanto alboroto. Luego se jugó a la gallina ciega y al escondite. Marcial, oculto con la de Campoflorido detrás de un biombo chino, le estampó un beso en la nuca, recibiendo en respuesta un pañuelo perfumado, cuyos encajes de Bruselas guardaban suaves tibiezas de escote. Y cuando las muchachas se alejaron en las luces del crepúsculo, hacia las atalayas y torreones que se pintaban en grisnegro sobre el mar, los mozos fueron a la Casa de Baile, donde tan sabrosamente se contoneaban las mulatas de grandes ajorcas, sin perder nunca -así fuera de movida una guaracha- sus zapatillas de alto tacón. Y como se estaba en carnavales, los del Cabildo Arará Tres Ojos levantaban un trueno de tambores tras de la pared medianera, en un patio sembrado de granados. Subidos en mesas y taburetes, Marcial y sus amigos alabaron el garbo de una negra de pasas entrecanas, que volvía a ser hermosa, casi deseable, cuando miraba por sobre el hombro, bailando con altivo mohín de reto.
 
 
Alejo Carpentier (Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia; 1904-1980).

miércoles, 21 de junio de 2017

Carnaval: AMORES, de E. E. Cummings

"... el mudo carnaval de la noche (...) lentamente volverán a los labios rojos elegidos desnudas visiones."

IV
considera Oh
mujer este
cuerpo mío.
pues ha

yacido
con brazos vacíos
sobre las vertiginosas colinas
para soñar contigo,

aprueba estos
energéticos insatisfechos
ojos
que han contemplado

el mudo carnaval de la noche
el adorno
de la oscuridad
con meteoros

que brotan de unas juguetonas
manos inmortales
el repentino brillo
de las flotantes estrellas

(en tiempos venideros
recordarás de esta noche asombrosos
éxtasis   lentamente
en el colmado
corazón fugaces
recuerdos
terribles como flores
se

alzarán, lentamente
volverán a los
                      rojos labios elegidos
desnudas visiones)

E. E. Cummings: Edward Estlin Cummings (Inglaterra, 1894-1962).

martes, 20 de junio de 2017

Carnaval: L'AMELANCHIER, de Jacques Ferron

"Era martes de carnaval..."

(Fragmento)

La droga, lejos de darme nuevas energías, me dejó en una debilidad extrema. Apenas si me quedaban fuerzas para ver a la gallina, con su cara perversa, las cejas juntas por encima de la mirada burlona que me dirigía mientras se alejaba en medio de sus seis energúmenas, mitad gallinas, mitad mujeres; ella iba jugando con la mandarina que yo había guardado previendo los días difíciles, luego la lanzaba al aire, la atrapaba de nuevo, después ya no vi más que su copete amarillo flotando en la oscuridad...
 
Cuando recobré el sentido, me levanté con una precipitación que no tenía nada de natural; mis brazos se movían como por resortes; mis ojos estaban abiertos, redondos, como nunca habían estado, no distinguía nada. De repente, un viento furioso sacudió el castillo, una ventana se abrió estruendosamente, me sentí aspirada hacia fuera, me agarré de un palo, el palo me siguió y allí estoy planeando en la ola de los aires, sin saber bien a bien lo que me sucedía, qué vehículo me transportaba, qué espacio estaba recorriendo. En un momento dado, me pareció estar rozando la luna y me dije que el condado de Maskinongé ya no quedaba lejos, luego me percaté de que estaba descendiendo, a caballo sobre un palo de escoba, en medio de una asamblea tumultuosa. Era martes de Carnaval o la mitad de la Cuaresma. Por encima de las máscaras, envuelto en sus harapos, León de Portanqueau, más señor que nunca, presidía la fiesta desde lo alto de su trono. Sólo que, observé, en lugar de tener sus pies y piernas normales, tenía pezuñas y patas de chivo.
 
Apenas llegué, fui recibida por grandes carcajadas; me rodearon; sentí que me jalaban la nariz. No entendía cómo podían hacerme eso. Al mismo tiempo, se desató un abucheo general y todos, al unísono, me gritaban a los oídos: “¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Che naso brutto!
 
El presidente quiso alzar la voz para imponerse; pero las carcajadas no hicieron sino volverse más violentas, acompañadas por el mismo refrán: “¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Che naso brutto! Entonces me di cuenta de que yo, Tinamer de Portanqueau, estaba cubierta de plumas, con el cuerpo recogido, los ojos redondos, el pico largo y puntiagudo igual que un ave zancuda de Canadá; por encima del pico, allí donde estaba mi nariz, tenía incluso una especie de gamonito emplumado, muy largo y fino, del que carece la especie mencionada. Un duende me había atrapado por esta excrecencia anormal y me paseaba enfrente de la concurrencia, siempre seguida por las carcajadas y el naso brutto.
 
 
Jacques Ferron (Canadá, 1921-1985)
 
(Traducido al español por Laura López Morales) 

lunes, 19 de junio de 2017

CARNAVAL, de Adrian Păunescu

"... cuando alguien tuvo la genial idea de que se parecieran todas nuestras mujeres reales."

La mayor sorpresa
el choque más grande,
entre tanta locura,
el punto culminante
de nuestro baile de máscaras
en el que
nadie
ha conocido nunca a nadie
fue cuando alguien
tuvo
la genial idea
de que se parecieran
todas nuestras mujeres reales.
 
Tenemos que estar enmascarados
otra vez
sólo así podremos
reconocernos
para darnos
los buenos días.
 
 
Adrian Păunescu (Rumania, 1943-2010)

domingo, 18 de junio de 2017

Carnaval: EL ABUELO, de Benito Pérez Galdós


(Fragmento)

«No, no son los sueños un carnaval en nuestro cerebro. Es que... bien claro lo veo ahora..., es que el mundo espiritual, invisible que en derredor nuestro vive y se extiende, posee la razón y la verdad, y por medio de imágenes, por medio de proyecciones de lo de allá, sobre lo de acá, nos enseña, nos advierte lo que debemos hacer...»
 
 
Benito Pérez Galdós (España, 1943-1920)

sábado, 17 de junio de 2017

Carnaval: POR EL CAMINO DE RICHTER, de Yuri Borísov

"¡El scherzo es como un carnaval de gente desnuda!"

(Fragmento del primer capítulo: Carnaval de Viena)

¿Ve? ¡Los he tocado «a ciegas» y me han salido a la primera! Pero usted no se cree que lo haya hecho «a ciegas», ¿verdad?
 
Las partes centrales de la obra me recuerdan a los dibujos de Egon Schiele. En Rusia este pintor es absolutamente desconocido. Retrata la auténtica Viena de principios de siglo, muy distinta a la de Klimt o Kokoschka.
 
El final de Carnaval en Viena no es para nada más sencillo: ¡al contrario, es muy difícil! Allí es como si todo ocurriera junto al despacho de un famoso doctor vienés. Una multitud de ansiosos pacientes, con sus neurosis y sueños acude a él. Todos ellos le cuentan su historia, aunque el doctor no se deja ver. Por supuesto, todos llevan máscara: ¡todo ocurre con el carnaval de fondo! En la primera parte hay el mismo abigarramiento. Mi padre vivió en Viena alrededor de veinte años, y mi debut en esa ciudad, en 1962, fue absolutamente desastroso. ¿Y sabe con qué empecé ese concierto? ¡Precisamente con el Carnaval de Viena! Aunque todo lo personal permanece oculto, porque ¡también aquí hay máscaras! De hecho, se parece al segundo acto de El murciélago. Como hay máscaras, hay engaño: nadie es quien pretende ser.
 
La romanza parece el carnaval a los ojos de un niño. Es como una pequeña obra maestra de Schiele: el niño está sentado, encorvado, con las piernecitas encogidas. Tiene los ojos muy abiertos y... las manos de viejo.
 
¡El scherzo es como un carnaval de gente desnuda! Schiele era un gran maestro en esto: la Viena más profunda, mucho más interesante que el monumento a Strauss o que el Prater. Al tocar puedo ver su danza torpe y absurda.
 
 
Yuri Borísov (Ruso nacido en Ucrania, 1956-2007).
 
(Traducido al español por Joaquín Fernández Valdés)

viernes, 16 de junio de 2017

Carnaval: EL MURCIÉLAGO RUBIO, de Spencer Holst

"El murciélago tenía los ojos azules más lindos que el barman hubiera visto."
 
Hubo una vez un gran murciélago rubio que se sentó junto a un barman.
 
El murciélago tenía los ojos azules más lindos que el barman hubiera visto.
 
Mientras volaban a cuarenta millas por hora en el Subterráneo Independiente, el barman se preguntó si esos cándidos ojos azules arderían en la penumbra como tranquilas llamas purpúreas, como las lamparitas azules en los extremos de las plataformas del metro.
 
El vestido de ella estaba hecho de terciopelo negro con alas de seda negra y guantes de raso; llevaba una curiosa máscara que revelaba más de su rostro de lo que ocultaba; sus zapatos eran de taco alto y afelpados, y él advirtió que sus pies eran delicados, y se preguntó si ella estaría descalza debajo de esos zapatos, o si llevaría medias, y apostó a que tenía lindos dedos de los pies.
 
Este barman se estaba enamorando.
 
Era realmente algo raro: un barman enamorándose de una extraña chica rubia que llevaba un traje de murciélago, en un subterráneo.
 
La mayoría de los idilios en subterráneo se bajan en la calle 34 para ir a una estación de ferrocarril de ahí a Saskatchewan: pero no tiene por qué ser de esa manera.
 
Por ejemplo, en esta historia el barman no sólo tendrá el valor de hablarle a esta chica: hasta se enamorarán los dos.
 
¡Cómo!, dicen ustedes. Están un poco indignados.
 
Me acusan de sadismo. Permitir que mi personaje, el barman gordo, de cara colorada, se enamore de esta muchachita. Ella se cansará pronto de él, dicen ustedes, lo dejará por un hombre más joven, más adecuado, pues a través de la riqueza y el buen gusto de su traje, y la dignidad y la gracia de sus rasgos, es obvio que proviene de una buena familia. ¡Cuán infeliz harás al barman!, me dicen ustedes.
 
¡Tonterías! Yo no voy a hacer infeliz al barman.
 
Con seguridad, sin embargo, el barman tendrá muchos meses horribles después de esta noche de amor, y muchos años de tristeza después, pero esto no es la infelicidad, porque él hará muchas buenas acciones en agradecimiento al mundo por permitirle esta noche mágica.
 
No, la infelicidad es otra cosa; la infelicidad es no tener el valor.
 
Pero volvamos a la historia: el tren entró rugiendo en la estación de Delancey Street y los ojos del barman se le salieron de las órbitas porque montones de gente disfrazada estaban bailando y cantando y soplando cornetas y corriendo y gritando y exaltándose en la plataforma del subte.
 
La chica se levantó.
 
El barman se levantó también, y con ojos ausentes y distraídos la siguió hasta el andén y fue allí donde habló con ella.
 
Ella lo miró, asombrada; lo miró de arriba a abajo; después se rió, pero no estaba riéndose de él, de eso él estaba seguro: era una risa de alegría que él iba a recordar.
 
Ella corrió.
 
¡Él la persiguió!
 
Ella corrió a través de la muchedumbre, era escurridiza, parecía deslizarse entre estos locos parranderos gesticulantes, mientras él tenía que luchar por cada pulgada y en su apasionada persecución le pisó un dedo a Napoleón, derribó a una bruja gorda y chillona, golpeó a un payaso en el estómago, sentó en el suelo a un sorprendido gorila, tropezó con la reina de Inglaterra, y ella corría y corría, fuera del subte, por Delancey Street hacia el río, hasta que él la atrapó y ella se quedó quieta en sus brazos mientras tomaba aliento, lanzando ocasionales risitas de alegría.
 
Era tan suave que él la besó, y después caminaron juntos, del brazo, mirando los fuegos artificiales y las multitudes, deteniéndose aquí y allá para tomar una cerveza.
 
¡Toda la ciudad estaba de fiesta!
 
Todo el mundo estaba disfrazado, todo el mundo tenía careta, y había reflectores, papel picado y fuegos artificiales por todas partes, como si fuera un maravilloso Carnaval o algo así, y el barman se sintió un poco fuera de lugar con sus apagadas ropas de calle, sin una careta siquiera.
 
Pero la chica le dijo que estaba muy bien vestido.
 
Y él le preguntó qué era toda esta celebración, no había oído hablar de ninguna, pero ella simplemente se rió y lo besó, y eso fue todo.
 
Y así bregaron felizmente a través de las multitudes y de la noche, deteniéndose de vez en cuando para bailar, con una extraña música lenta en las tabernas, o con el jazz salvaje que se tocaba en casi todos los rincones.
 
Ella señaló un gran reloj en un edificio. Eran las once en punto.
 
Ella lo hizo apurar hasta una larga fila que caminaba lentamente ante la plataforma de un jurado, y cuando les llegó el turno los jurados hicieron un gran alboroto sobre ellos, y un jurado insistía en señalar con admiración la corbata brillante del barman, de modo que ganaron el concurso y ambos obtuvieron grandes copas de amor.
 
Los jurados los condujeron hasta un gigantesco trono de amor, alzado muy por encima de la multitud que aclamaba, un tremendo almohadón, más grande que un colchón.
 
¡Era el trono para ellos! ¡Eran el rey y la reina de la noche! Habían ganado el concurso de disfraces.
 
Entonces el barman escuchó un tremendo tañido. La muchedumbre empezó a gritar y a aullar.
 
Él escuchó una sirena, baja, mucho tiempo.
 
La calle Delancey había enloquecido.
 
Su chica se sacó la máscara y él contuvo el aliento, tan hermosa era mientras señalaba el gran reloj en el edificio; ella lo dijo en susurros, tierna de pasión, amorosamente; le dijo: “¡Es medianoche! ¡Quítate la careta!”

 
Spencer Holst (Estados Unidos, 1926-2001).