Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
miércoles, 7 de febrero de 2024
Mirándolas dormir: SU ÚNICO HIJO, de Leopoldo Alas «Clarín»
domingo, 13 de febrero de 2022
Día de reyes: EL REY BALTASAR, de Leopoldo Alas «Clarín»
(Fragmento)
El día de Reyes, muy tempranito, los chicos se encontraron en el terrado sendos juguetes de todo lujo: él, un guerrero indomable, con uniforme de teniente de caballería, con todas las armas y galones que eran de ordenanza; ella, una casa puesta para un matrimonio de porcelana, con ama de cría, un chiquitín y dos criadas, una de ellas negra. Era una maravilla.
El entusiasmo de aquellos niños pobres, que otros años
se contentaban con una caja de pinturas de peseta y una «pepona» de precio
semejante, no tuvo límites… ni entrañas. A Marcelo, el hijo segundo, el más
cariñoso, más aplicado y más metido por los mimos de su padre, los Reyes… no le
habían traído nada, porque nada era un cartucho de dulces que se encontró al
lado de esos soberbios juguetes. Pues bien, Pepilla y Carlos no tuvieron
lástima, ni siquiera delicadeza, y delante de su hermano, sin padrino rico, ni
pobre, porque lo había sido un abuelo, ya difunto, hicieron alarde de su
riqueza, de su suerte escandalosa, de su alegría insolente.
Los niños son así, ya lo dijo Víctor Hugo pintando el
tormento de un sapo. ¿Cómo a don Baltasar no se le ocurrió remediar aquella injusticia
de la suerte? No supo nada a tiempo. El encargado de dar la sorpresa fue un
muchacho que, con el mayor sigilo, de parte de los ricachos americanos, dejó de
noche, con pretexto de una visita, en el terrado, los regalos aquellos con
tarjetas en que se leía: «A Pepilla. Gaspar» y «A Carlitos. Melchor». El
cartucho de dulces de Marcelo era uno de los tres que su madre había comprado,
porque aquel año el presupuesto de los Miajas andaba apuradísimo, y la noche
anterior, la del cuatro al cinco, el matrimonio, con profunda tristeza,
resignado, había resuelto, después de melancólica deliberación, que era una
locura gastar aquel año en juguetes, por modestos que fueran, cuando no había
apenas para garbanzos ni para remendar las botas de los chicos.
Cuando don Baltasar, muy temprano, subió al terrado y
vio a sus hijos en torno del portentoso hallazgo y se enteró de todo, y
contempló la alegría loca, salvaje, de los egoístas agraciados (¡inocentes de
su alma!), y después miró a Marcelo que, pálido, sonreía con una mueca
dolorosa, chupando la cinta azul de seda de su cartucho de dulces, sintió una
angustia dolorosa en el alma, una especie de agonía de todo lo bueno que tenía
su corazón puro, de pobre resignado. Aquello era lo mismo que una puñalada.
Dios los perdonará, pero sus queridos compadres habían incurrido en una omisión grosera, de solterones sin delicadeza: muy ricos, espléndidos, pero que no sabían lo que eran hijos… Aquellos juguetes finísimos, de príncipes, valían uno con otro, lo menos… treinta duros… ¡Virgen Santísima! Pues con treinta reales hubieran podido Melchor y Gaspar hacer feliz a toda la familia… Y ahora, ahora…, en tono de broma, él, Miajas, estaba pasando por una amargura… pueril… que era inexplicable, por lo fuerte, por lo profunda.
Clarín: Leopoldo García-Alas Ureña (España, 1852-1901).
viernes, 12 de marzo de 2021
Miércoles de ceniza: LA REGENTA, de Leopoldo Alas «Clarín»
«Pero no importaba; ella se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la juventud huía; veintisiete años jde mujer eran la puerta de la vejez a que ya estaba llamando... y no había gozado una sola vez esas delicias del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena de vivir, había ella oído y leído muchas veces. Pero ¿qué amor? ¿dónde estaba ese amor? Ell no lo conocía. Y recordaba entre avergonzada y furiosa que su luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los sentidos, un sarcasmo en el fondo; sí, sí, ¿para qué ocultárselo a sí misma si a voces se lo estaba diciendo el recuerdo?: la primer noche, al despertar en su lecho de esposa, sintió junto a sí la respiración de un magistrado; le pareció un despropósito y una desfachatez que ya que estaba allí dentro el señor Quintanar, no estuviera con su levita larga de tricot y su pantalón negro de castor; recordaba que las delicias materiales, irremediables, la avergonzaban, y se reían de ella al mismo tiempo que la aturdían: el gozar sin querer junto a aquel hombre le sonaba como la frase del miércoles de ceniza, quia pulvis es! eres polvo, eres materia... pero al mismo tiempo se aclaraba el sentido de todo aquello que había leído en sus mitologías, de lo que había oído a criados y pastores murmurar con malicia... ¡Lo que aquello era y lo que podía haber sido!... Y en aquel presidio de castidad no le quedaba ni el consuelo de ser tenida por mártir y heroína... Recordaba también las palabras de envidia, las miradas de curiosidad de doña Águeda (q. e.p. d.) en los primeros días del matrimonio; recordaba que ella, que jamás decía palabras irrespetuosas a sus tías, había tenido que esforzarse para no gritar: «¡Idiota!» al ver a su tía mirarla así. Y aquello continuaba, aquello se había sufrido en Granada, en Zaragoza, en Granada otra vez y luego en Valladolid. Y ni siquiera la compadecían. Nada de hijos. Don Víctor no era pesado, eso es verdad. Se había cansado pronto de hacer el galán y paulatinamente había pasado al papel de barba que le sentaba mejor. ¡Oh, y lo que es como un padre se había hecho querer, eso sí!; no podía ella acostarse sin un beso de su marido en la frente. Pero llegaba la primavera y ella misma, ella le buscaba los besos en la boca; le remordía la conciencia de no quererle como marido, de no desear sus caricias, y además tenía miedo a los sentidos excitados en vano. De todo aquello resultaba una gran injusticia no sabía de quién, un dolor irremediable que ni siquiera tenía el atractivo de los dolores poéticos; era un dolor vergonzoso, como las enfermedades que ella había visto en Madrid anunciadas en faroles verdes y encarnados. ¿Cómo había de confesar aquello, sobre todo así, como lo pensaba? y otra cosa no era confesarlo.»
Leopoldo Alas «Clarin» (España, 1852-1901).
La ilustración corresponde a la primera página del manuscrito original de la novela.

