Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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miércoles, 31 de marzo de 2021

Miércoles de ceniza: LOS ASESINA- TOS DEL ROSARIO, de William X. Kiensle

"Deja un rosario en cada víctima para puntualizar que lo está haciendo durante los días de pentiencia de la cuaresma."

(Fragmento del jueves 31 de marzo)

- Nellie, eso es.Acabo de regresar a la morgue y leí de nuevo algo que escribí antes de la cuaresma. Decía que los católicos acostumbran el ayuno y la abstinencia todos los días de cuaresma. Pero durante los últimos años se supone que sólo deben hacer penitencia el miércoles de ceniza y cada viernes de cuaresma. Eso debe ser. El asesino del rosario ha ejecutado un sacerdote o una monja los miércoles de ceniza y los últimos cuatro viernes. Deja un rosario con cada víctima para puntualizar que lo está haciendo durante los días de penitencia de la cuaresma.

Kane caviló durante unos minutos, su mente exploraba las posibilidades: «De acuer- do, suponiendo que eso tiene sentido... ¿Qué significa?»

- Nellie... si es que estoy en lo cierto, el asesino va a atacar mañana y de nuevo el próximo viernes -Viernes Santo, el último viernes de la cuaresma-. Y entonces dará todo por concluido.

William Xavier Kiensle (Estados Unidos, 1928-2001).

domingo, 21 de marzo de 2021

Miércoles de ceniza: SUSANITA Y LA CUARESMA, de Ramón López Velarde

"Porque en las comidas de abstinencia hay platillos de privanza eclesiástica. Lentejas, capirotada..."

(Fragmento)

Ha esparcido el miércoles de ceniza su polvo gris sobre la ciudad. Ni por ser éste el año del Centenario, ha podido sustraerse el municipio a la calma tristona de la Cuaresma. Matracas y ventarones: he aquí todo. Digo mal, muy mal. Porque en las comidas de abstinencia hay platillos de privanza eclesiástica. Lentejas, capirotada, chilaquiles, camarón, torrejas... Y es lo que dice en su sabiduría anticlerical el doctor Barreto: "¿Así entiende la iglesia la templanza?" Para la penetrante observación de mi maestro, el doctor Barreto, la abstinencia de carnes fue establecida no como un remedio contra la gula ni como un sacrificio grato al cielo, sino como una mera práctica de higiene. El alumno que olvide esto ya lleva noventa y nueve probabili- dades de salir reprobado en medicina legal.

Ramón López Velarde (México, 1888-1921).

sábado, 13 de marzo de 2021

Miércoles de ceniza: LA VÍSPERA DE LA CUARESMA, de Antón Chéjov

"Delante de una mesa manchada de tinta y arañada, se encuentra Stiopa, colegial del segundo grado."

- ¡Pawel Vasilevitch! -grita Pelagia Ivanova, despertando a su marido-. Pawel Vasilevitch, ayuda un poco a Stiopa, que está preparando sus lecciones y llora.  Pawel Vasilevitch, bostezando y haciendo la señal de la cruz delante de la boca, contesta bondadosamente:  
- Ahora mismo, mi alma.
  
El gato, que dormía junto a él, levanta a su vez el rabo, arquea la espina dorsal y cierra los ojos. Todo está tranquilo. Se oye cómo detrás del papel que tapiza las paredes los ratones circulan. Pawel Vasilevitch se calza las botas, viste la bata y, medio dormido aún, pasa de la alcoba al comedor. Al verlo entrar, otro gato, que andaba husmeando una galantina de pescado sita al borde de la ventana, da un salto y se oculta detrás del armario.
  
- ¿Quién te manda oler esto? -dice Pawel Vasilevitch al gato, mientras cubre el pescado con un periódico-. Eres un cochino y no un gato.
  
El comedor comunica directamente con la habitación de los niños.
  
Delante de una mesa manchada de tinta y arañada, se encuentra Stiopa, colegial del segundo grado. Tiene los ojos llorosos. Está sentado; las rodillas levantadas a la altura de la barbilla, y se agita como un muñeco chino, fijos los ojos en su libro de problemas.
  
- ¿Qué? ¿Estudias? -le pregunta Pawel Vasilevitch, sentándose junto a la mesa y bostezando siempre-. Sí, niño, sí, nos hemos dormido, nos hemos hartado de blinnis y mañana ayunaremos, haremos penitencia y luego a trabajar. Todo lo bueno se acaba. ¿Por qué tienes los ojos llorosos? Se ve que, después de los blinnis, el estudiar te coge cuesta arriba. Eso es.
   
- ¿Qué es eso? ¿Te estás burlando del niño? -pregunta Pelagia Ivanova desde el aposento vecino-. Ayúdalo, en vez de mofarte de él. Si no, mañana ganará otro cero.  
- ¿Qué es lo que no comprendes? -añade Pawel Vasilevitch dirigiéndose a Stiopa.  
- La división de los quebrados.  
- ¡Hum! Es extraño. Esto no tiene nada de particular. Coge la regla y léela atentamente. Ella te enseñará lo que has de hacer.  
- La cuestión es saber cómo se debe hacer. Enséñaselo tú mismo.  
- ¿Que te diga cómo? Muy bien; dame tu lápiz. Imagínate que tenemos que dividir siete octavos por dos quintos... ¡Oye; el té! ¿Está listo? Me parece que ya es tiempo de tomarlo... Sigamos la operación. Imaginémonos que no son dos quintos, sino tres quintos. ¿Qué obtendremos?  
- Siete por dieciséis -contesta Stiopa.  
- Es así; perfectamente; pero el caso es que lo hemos hecho al revés. Ahora para corregir... ¡Me has trastornado la cabeza! Cuando yo frecuentaba el colegio, mi maestro, un polaco, me equivocaba cada vez que le daba la lección. Al empezar por explicar un teorema se ponía encarnado, corría por toda la clase como si lo persiguieran, tosía y acababa por llorar. Nosotros, generosos, hacíamos como si no lo comprendiéramos. ¿Qué tiene usted? ¿Le duelen acaso las muelas? -le preguntábamos-. Nuestra clase se componía de muchachos traviesos, sin duda; mas por nada en el mundo hubiéramos pecado de falta de generosidad. Alumnos como tú no los había; todos eran mocetones; por ejemplo, en la tercera clase había uno que se llamaba Mamajin. ¡Qué tronco, Dios mío!; su estatura era de más de dos metros. Sus puñetazos eran temibles. Al caminar hacía temblar el suelo. Pues esto mismo Mamajin... 

Detrás de la puerta resuenan los pasos de Pelagia Ivanova. Pawel Vasilevitch guiña el ojo y dice a Stiopa:
  
- Tu madre viene. Sigamos... De modo que lo has comprendido bien -dice alzando la voz-. Para hacer esta operación se requiere... 
 
Pelagia Ivanova exclama:
  
- El té está listo.
  
Pawel Vasilevitch arroja el libro y van a tomar el té. En el comedor se hallan ya, en torno de la mesa, Pelagia Ivanova, una tía que jamás despegaba los labios, otra tía que es sordomuda, la abuela y la comadrona.
  
El samovar canta y despide ondas de vapor que suben hasta el techo. De la antesala, las colas al aire, llegan los gatos, soñolientos y melancólicos.
  
- Bebe más té -dice Pelagia Ivanova a la comadrona-. Endúlzalo más; mañana es vigilia; hártate.
  
La comadrona toma una cucharadita de dulce, la acerca a sus labios con indecisión, pruébalo y su cara se ilumina.
  
- Muy bueno es este dulce. ¿Lo han hecho en casa?  
- ¡Naturalmente! Todo lo confecciono yo misma. Stiopa, hijito mío, ¿no es demasiado flojo tu té?... ¿Te lo has bebido ya?... Te voy a poner otra tacita.
  
Pawel Vasilevitch, dirigiéndose a Stiopa:
  
- Aquel Mamajin no podía soportar al maestro de francés. «Yo soy de noble estirpe», alegaba Mamajin. «Yo no he de permitir que un francés sea mi superior; nosotros vencimos a los franceses en 1812.» A Mamajin se le propinaban palizas; pero, en general, cuando él veía que lo iban a castigar, saltaba por la ventana y no se le veía más en cinco o seis días. Su madre acudía al director, suplicando que mandara a alguien en busca de su hijo y que lo reventara a palos. «Por Dios, señora, suplicaba el maestro, si hacen falta cinco auxiliares para sujetarlo.»  
- ¡Jesús, qué pillete! -murmura Pelagia Ivanova aterrorizada-. ¡Y qué madre más importuna!  

Todos callan. Stiopa bosteza y contempla en la tetera la figura de chino que ya vio mil veces.

Las dos tías y la comadrona beben el té que vertieron en los platillos. El calor que dan la estufa y el samovar es sofocante. En la fisonomía de todos se revela la pereza de quien tiene el estómago repleto y que, sin embargo, se cree dispuesto a comer todavía. El samovar está vacío; se retiran las tazas; mas la familia continúa en torno de la mesa. Pelagia Ivanova se levanta de cuando en cuando y se encamina a la cocina para entenderse con la cocinera respecto a la cena. Las dos tías permanecen inmóviles y dormitan sin cambiar de postura. La comadrona tiene hipo y a cada momento exclama:
  
- Se diría que apenas he comido y bebido.
  
Pawel Vasilevitch y Stiopa, sentados aparte, ojean un periódico ilustrado de 1878.
  
«El monumento de Leonardo de Vinci, frente a la galería Víctor Manuel» -lee uno de ellos-. Vaya, parece un arco de triunfo. Un caballero y una señora. En perspectiva, hombrecitos.  
- Aquel hombrecito -dice Stiopa- se parece a un colegial.  
- Vuelve la hoja. «La trompa de una mosca vista al microscopio.» Valiente trompa. Valiente mosca. ¿Qué aspecto será el de una chinche vista al microscopio? ¡Qué feo es eso!
  
En el reloj suenan las diez. La cocinera entra y se prosterna a los pies de su amo:
  
- Perdóname, por Dios, Pawel Vasilevitch -dice ella levantándose en seguida.  
- Y tú perdóname también -responde Pawel Vasilevitch con indiferencia.
  
La cocinera pide perdón en la misma forma a todos los presentes, excepto a la comadrona, que ella no considera digna de tal atención. Así transcurre otra media hora en toda calma.  
El periódico ilustrado es relegado encima de un sofá, y Pawel Vasilevitch declama unos versos que aprendió en su niñez. Stiopa lo contempla, escucha sus frases incomprensibles, se frota los ojos y dice:
  
- Tengo sueño, me voy a acostar.  
- ¿Acostarte? No es posible. Si no has comido nada...  
- No tengo hambre.  
- No puede ser -insiste la madre asustada-. Mañana es vigilia... 
 
Pawel Vasilevitch interviene.
  
- Es imposible...; hay que comer. Mañana comienza la Cuaresma...; es necesario que comas.  
- ¡Tengo mucho sueño!  
- En tal caso, a comer en seguida -añade Pawel Vasilevitch con agitación...-. ¡Pronto! ¡A poner la mesa!  

Pelagia Ivanova hace un gran gesto y corre hacia la cocina, como si se hubiese declarado en la misma un incendio.
  
- ¡Pronto! ¡Pronto! Stiopa tiene sueño. ¡Dios mío! Hay que apresurarse.  

A los cinco minutos, la mesa está puesta; los gatos vuelven al comedor con los rabos erguidos, y la familia empieza a cenar. Nadie tiene hambre. Los estómagos están repletos. Sin embargo, hay que comer.
 
Antón ChéjovAnton Pavlovich Chekhov
(Ruso fallecido en Alemania, 1860-1904).

La ilustración corresponde a un detalle del cuadro
Niño y mujer bebiendo té (1880), de Vladimir Makovsky.

domingo, 14 de junio de 2020

Epidemias: EL TÍO VANIA, de Antón Chéjov

"... durante la epidemia, tuve que ir a Malitzkoe… cuando el tifus exantemático..."

(Fragmento final de la escena I del primer acto)

Marina: Puede que quieras comer algo.

Astrov: No. En la tercera semana de Cuaresma, durante la epidemia, tuve que ir a Malitzkoe... Cuando el tifus exantemático... Allí, en las «isbas», se moría la gente como moscas... ¡Suciedad..., pestilencia..., humo..., terneros por el suelo, junto a los enfermos!... ¡Hasta cerdos había!... Yo no me senté en todo el día, ni probé bocado; pero, eso sí..., cuando llegué a casa, tampoco me dejaron descansar. Me traían al guardagujas de la estación... Le tendí sobre la mesa para operarle, y se me murió bajo el cloroformo... Pues bien.... entonces..., cuando menos falta hacía, el sentimiento despertó dentro de mí. La conciencia me dolía como si le hubiera matado premeditadamente. Me senté, cerré los ojos..., así..., y pensé: aquellos que hayan de sucedernos dentro de cien o doscientos años, y para los que ahora desbrozamos el camino..., ¿tendrán para nosotros una palabra buena?... ¡No la tendrán, Nana!

Marina: La gente no la tendrá, pero Dios, sí.

Astrov: Sí. Gracias... Has hablado muy bien.


Antón Chéjov (Ruso fallecido en Alemania, 1860-1904).

(Traducido al español por E. Podgursky).
La ilustración corresponde a Richard Armitage en el papel de Astrov y Anne Calder-Marshall como Marina durante la puesta en escena de El tío Vania en el teatro Harold Pinter de Londres, dirigida por Ian Ricckson en 2020.

domingo, 7 de junio de 2020

Epidemias: CRIMEN Y CASTIGO, de Fiódor Dostoyevski


"Se reunían y formaban enormes ejércitos para lanzarse unos contra otros..."

(Fragmento del epílogo, capítulo II)

Raskolnikof pasó en el hospital el final de la cuaresma y la primera semana de pascua. Al recobrar la salud se acordó de las visiones que había tenido durante el delirio de la fiebre. Creyó ver el mundo entero asolado por una epidemia espantosa y sin precedentes, que se había declarado en el fondo de Asia y se había abatido sobre Europa. Todos habían de perecer, excepto algunos elegidos. Triquinas microscópicas de una especie desconocida se introducían en el organismo humano. Pero estos corpúsculos eran espíritus dotados de inteligencia y de voluntad. Las personas afectadas perdían la razón al punto. Sin embargo -cosa extraña- jamás los hombres se habían creído tan inteligentes, tan seguros de estar en posesión de la verdad; nunca habían demostrado tal confianza en la infalibilidad de sus juicios, de sus teorías científicas, de sus principios morales. Aldeas, ciudades, naciones enteras se contaminaban y perdían el juicio. De todos se apoderaba una mortal desazón y todos se sentían incapaces de comprenderse unos a otros. Cada uno creía ser el único poseedor de la verdad y miraban con piadoso desdén a sus semejantes. Todos, al contemplar a sus semejantes, se golpeaban el pecho, se retorcían las manos, lloraban... No se ponían de acuerdo sobre las sanciones que había que imponer, sobre el bien y el mal, sobre a quién había que condenar y a quién absolver. Se reunían y formaban enormes ejércitos para lanzarse unos contra otros, pero, apenas llegaban al campo de batalla, las tropas se dividían, se rompían las formaciones y los hombres se estrangulaban y devoraban unos a otros.

En las ciudades, las trompetas resonaban durante todo el día. Todos los hombres eran llamados a las armas, pero ¿por quién y para qué? Nadie podía decirlo y el pánico se extendía por todas partes. Se abandonaban los oficios más sencillos, pues cada trabajador proponía sus ideas, sus reformas, y no era posible entenderse. Nadie trabajaba la tierra. Aquí y allá, los hombres formaban grupos y se comprometían a no disolverse, pero poco después olvidaban su compromiso y empezaban a acusarse entre sí, a contender, a matarse. Los incendios y el hambre se extendían por toda la tierra. Los hombres y las cosas desaparecían. La epidemia seguía extendiéndose, devastando. En todo el mundo sólo tenían que salvarse algunos elegidos, unos cuantos hombres puros, destinados a formar una nueva raza humana, a renovar y purificar la vida humana. Pero nadie había visto a estos hombres, nadie había oído sus palabras, ni siquiera el sonido de su voz.


Fiódor Dostoyevski (Rusia, 1821-1881).

domingo, 19 de abril de 2020

Epidemias: CARTAS DESDE PARÍS, de Heinrich Heine

"... los muertos habían sido enterrados tan rápido que ni siquiera les había dado tiempo a quitarles sus disfraces de rombos..."

La rebelión de los muertos
Artículo publicado en un diario de Augsburgo el 19 de abril de 1832

(Fragmento inicial)

Su llegada fue anunciada oficialmente el 29 de marzo; y como era Micarême,* además hacía un día soleado y claro, los parisinos inundaban los bulevares con más alegría que de costumbre, donde se vieron máscaras burlándose del miedo al cólera y a la propia enfermedad en una caricatura deforme y descolorida. Aquella noche los bailes estaban más concurridos, las risas de la gente ahogaban la música más alta; durante el chahut, un baile incondicional, aumentó el calor, por lo que se engulleron todo tipo de helados y bebidas; repentinamente, el más alegre de los arlequines sintió un escalofrío en sus piernas, se quitó la máscara y, para regocijo de los asistentes, reveló su rostro amoratado. Pronto se vio que no era broma; las risas se apagaron, se enviaron coches directamente del baile al Hôtel-Dieu, el Hospital Central, donde morían vestidos con sus trajes de carnaval... Se decía que los muertos habían sido enterrados tan rápido que ni siquiera había dado tiempo a quitarles sus disfraces de rombos; tan alegres como cuando estaban vivos, así yacen ahora en sus tumbas.


Heinrich Heine (Alemán fallecido en Francia, 1797-1856).

* Mi-carême es un festejo tradicional de carnaval, de origen francés, que se remonta al siglo X y tiene lugar a mitad de la cuaresma. A partir del año 2009 en París, se le denomina Carnaval de las mujeres: Carnaval des femmes. En la región francoparlante de Canadá se festeja durante la tercera semana de cuaresma y se extiende desde el domingo hasta el viernes. 

viernes, 21 de julio de 2017

Carnaval: SENILIDAD, de Italo Svevo

 
(Fragmento del capítulo VI)
 
El cielo estaba limpio y claro, a pesar de la presencia de un viento de siroco que desde primera hora de la mañana se había apoderado de la ciudad. Parecía imposible que bajo aquella temperatura húmeda y fría pidiera resistir aquel tísico y descolorido carnaval, que había dado comienzo esa misma noche con un primer baile de disfraces.
 
«¡Cómo me gustaría poder ser perro para mordisquear esas pantorrillas» pensaba Balli al ver que pasaban dos pierrettes con las piernas al descubierto.
 
Aquel carnaval, por lo que tiene de mezquino, le despertaba una inquina de tipo moralista. Aunque más tarde, hasta él mismo se iba a entregar a aquel baile de máscaras, inhibiéndose de aquella ira y dejándose embelesar por el lujo y el colorido. Mientras tanto, era consciente de estar asistiendo al preludio de una triste comedia. Aquel torbellino, que por poco tiempo iba a arrancar del aburrimiento de la vida vulgar al obrero, a la modista, o al pobre burgués para conducirlos luego al dolor, comenzaba a tomar forma. Vencidos, descarriados, algunos conseguirían volver a retomar los hábitos de la vida pesada, aunque con mayor gravedad; otros, sin embargo, no volverían a encontrar ya nunca la senda que les devolviera a la cuaresma.
 
 
Italo Svevo (Italia, 1861-1928).

lunes, 17 de abril de 2017

Carnaval: LA ISLA INAUDITA, de Eduardo Mendoza

"... acertaba a barruntar la identidad de aquella diosa, cuya cabeza envolvía una caperuza de terciopelo negro..."
 
(Fragmento del capítulo VIII)

La enferma agitó el pañuelo en dirección a su marido.
 
- Charlie, amor, ¿por qué no enciendes alguna lámpara? Con esta oscuridad ya no veo la cara de nuestro invitado -dijo.
 
Sin hacerse de rogar, Charlie corrió a prender una luz de muy poca potencia y regresó luego a su silla, donde adoptó nuevamente la actitud embelesada con que había seguido la primera parte del relato que ahora la enferma se disponía a proseguir.
 
- Por aquellas fechas –siguió diciendo-, se celebraba en Venecia el legendario carnaval, que, como usted sabrá sin duda, empezaba en la festividad de San Esteban y se prolongaba hasta el primer día de la Cuaresma. Durante esos meses toda actividad productiva quedaba postergada; las calles y plazas eran guarnecidas de adornos; las embarcaciones eran pintadas y ornamentadas para convertirlas en alegorías pobladas de sirenas, tritones y monstruos marinos; todos los días había desfiles, bailes y mascaradas, y por doquier reinaban la confusión y el desenfreno. Como es lógico, mientras duraban estos festejos impíos, las personas decentes no osaban salir de sus casas ni dejarse ver.
 
»Aquel año habían caído sobre la ciudad fuertes nevadas y el frío era intenso. Por esta razón la comparsa había optado atinadamente por disfraces cálidos, como el de oso, gallina, arcángel, borrego o espantajo, y dejando para más entrado el año los atavíos bíblicos y mitológicos, más vistosos, pero más expuestos por su naturaleza y representación a los agentes atmosféricos. De ahí que aquel día la multitud que se agolpaba al paso de las carrozas quedara atónita al ver en una de ellas el cuerpo escultural que una mujer, pues un leve cendal que ondeaba al viento no ocultaba a las miradas ninguno de sus atributos, exhibía con doble atrevimiento. Ni siquiera en esta ciudad de vicio y liviandad, obsesionada por el culto enfermizo a la belleza habían sido vistas unas formas tan perfectas como las que ahora les era dado contemplar. Un silencio sepulcral rodeaba el paso de aquella diosa cuya blancura sin mácula sólo alteraba el lustre dorado de su vello primerizo y el pálido rosetón que coronaba sus senos. Por más que todos se hacían cábalas, nadie, ni siquiera el tristemente célebre seigneur de Seingalt, el corrupto y despiadado Giacomo Casanova, presente en Venecia, de quien se decía que podía reconocer cualquier hembra de Europa con sólo serle mostrado un fragmento o extremidad de ella, acertaba a barruntar la identidad de aquella diosa, cuya cabeza envolvía una caperuza de terciopelo negro sujeta por una gargantilla de perlas al cuello de alabastro. Pero más aún que el secreto de su persona conturbaba en aquellos momentos el ánimo de los venecianos, pese a estar habituados a que año tras año acudieran al carnaval meretrices y sarasas de todo el mundo, la insolencia con que la diosa pregonaba sus intenciones por medio de un letrero colgado de la parte posterior de la carroza, cuya leyenda, pintada en letra grande y clara, decía así: «Estoy en venta. Quien quiera saber más, acuda al anochecer a la taberna de San Cosme.» Poco podía sospechar aquel público salaz y malpensado que oculta por la tela tupida y asfixiante de la bolsa que velaba el rostro a su curiosidad la diosa seguía desgranando las letanías que la noche anterior había interrumpido el usurero con su llegada y que, como las imágenes sacras de las procesiones, sobre cuya serena majestad ahora trataba ella de modelar su porte, se sentía protegida de las miradas lascivas, que notaba en la piel como aguijones, por el manto invisible de la virtud.


Eduardo Mendoza (España, 1943)