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Vancouver: atardecer en English Bay.

lunes, 27 de mayo de 2019

Tu boca: LUJURIA, de Joaquín Dicenta

"... gozar tu cuerpo, que a gozar me llama, ¡ver tu carne a mi carne confundida y oír tu beso respondiendo al mío!"

Cuando murmuras con nervio acento
tu cuerpo hermoso que a mi cuerpo toca
y recojo en los besos de tu boca
las abrasadas ondas de tu aliento.
 
Cuando más que ceñir, romper intenso
una frase de amor que amor provoca
y a mí te estrechas delirante y loca,
todo mi ser estremecido siento.
 
Ni gloria, ni poder, ni oro, ni fama,
quiero entonces, mujer. Tu eres mi vida,
esta y la otra si hay otra; y solo ansío
 
gozar tu cuerpo, que a gozar me llama,
¡ver tu carne a mi carne confundida
y oír tu beso respondiendo al mío!
 
 
Joaquín Dicenta (España, 1862-1917).

viernes, 24 de mayo de 2019

Tu boca: PAN, de Knut Hamsun

"¡Cuánto amor hay en la ingenuidad de su sonrisa... !"
 
(Fragmento del capítulo XXIX)

La pobre Eva no cesa de trabajar; trabaja más que un hombre: tan pronto lleva uno de los caballos del señor Mack de la casa al molino como hace de caballo ella misma, cargada de grano y harina. Muchas veces me la encuentro en el camino y quedo atónito ante la frescura frutal de su cara. ¡Cuánto amor hay en la ingenuidad de su sonrisa... !El día será para el trabajo del señor Mack; pero las noches son para mí y para ella... Noches de pasión y de susurros.
 
- No pareces tener ni la menor sombra de preocupación, Eva adorada -le digo.
 
- No digas que me adoras…  ¿Qué soy yo sino una pobre mujer sin cultura, que lo único que sabe y sabrá siempre es serte fiel? Aun cuando me amenazaran con matarme lo sería; ya ves, el señor Mack es cada día más duro con nosotros, y nada me importa.. .   Cuando me ve se pone furioso, y el otro día llegó hasta zarandearme de un brazo, lívido de rabia... Sin embargo, no te lo quiero negar, tengo una pena...
 
- ¿Una pena tú?
 
- Sí, el señor Mack te amenaza.. .   Anoche me dijo: ¿De modo que es el teniente quien te ha sorbido el seso?" "Sí, es mío y soy suya", le respondí. "Pues ya verás qué pronto le hago dejar el campo..." Y esto me dio miedo.
 
- No te importe lo que ese viejo diga... Son tonterías, Eva… Tonterías nada más… Ea, déjame ver si tus piececitos siguen tan lindos; déjame ver ahora tu cara..., tu boca... Así... Cierra los ojos.
 
Y cae en mis brazos con los ojos cerrados, estremecida, feliz.


Knut Hamsun (Noruega, 1859-1952). Obtuvo el premio Nobel en 1920.

lunes, 20 de mayo de 2019

Tu boca: SALOMÉ, de Oscar Wilde

 "Es tu boca lo que deseo. ¡Tu boca es como una rama de coral que los pescadores han encontrado en el crepúsculo del mar...!"
 
(Fragmento)
 
Jokanaán: ¡Atrás, hija de Sodoma! No me toques. No profanes el templo del Señor Dios. 
 
Salomé: Tu cabello es horrible. Está cubierto de fango y de polvo. Es como una corona de espinas que han puesto sobre tu frente. Es como un nudo de negras serpientes que se enroscan en torno de tu cuello. No amo tus cabellos... Es tu boca lo que deseo. ¡Tu boca es como una rama de coral que los pescadores han encontrado en el crepúsculo del mar, el coral que guardan para los reyes....! Es como el bermellón que los moabitas encuentran en Las minas de Moab, el bermellón que el rey recibe de ellos. Es como el arco del Rey de los Persas, que está pintado de bermellón y guarnecido de coral. No hay nada en el mundo tan rojo como tu boca... ¡Déjame besar tu boca!
 
Jokanaán: Jamás, hija de Babilonia! ¡Hija de Sión! ¡Jamás!
 
Salomé: Yo besaré tu boca, Jokanaán. Yo besaré tu boca.
 
El joven sirio: Princesa, Princesa. Es  usted como un jardín de mirra, como la tórtola de todas las tórtolas. ¡No mire a ese hombre, no lo mire! No le diga palabras semejantes. No puedo sufrirlas... Princesa, Princesa, no hable de esas cosas.
 
Salomé: Yo besaré tu boca, Jokanaán.
 
El joven sirio: ¡Ah! 
Se da muerte y cae entre Salomé y Jokanaán.
 
 
Oscar Wilde (Irlanda, 1854-1900).

domingo, 19 de mayo de 2019

Tu boca: BOSQUE DE ROSAS, de José Martí

"¡Allí en tu boca escribiré mis versos!"

Allí despacio te diré mis cuitas;
¡Allí en tu boca escribiré mis versos! -
Ven, que la soledad será tu escudo!
Pero, si acaso lloras, en tus manos
Esconderé mi rostro, y con mis lágrimas
Borraré los extraños versos míos.
 
Sufrir ¡tú a quien yo amo, y ser yo el casco
Brutal, y tú, mi amada, el lirio roto?
Oh, la sangre del alma, tú la has visto?
Tiene manos y voz, y al que la vierte
Eternamente entre la sombra acusa.
¡Hay crímenes ocultos, y hay cadáveres
De almas, y hay villanos matadores!
Al bosque ven: del roble más erguido
Un pilòn labremos, y en el pilòn
Cuantos engañen a mujer pongamos!
 
Esta es la lidia humana: la tremenda
Batalla de los cascos y los lirios!
Pues los hombres soberbios ¿no son fieras?
Bestias y fieras! Mira, aquí te traigo
Mi bestia muerta, y mi furor domado. -
Ven, a callar; a murmurar; al ruido
De las hojas de Abril y los nidales.
Deja, oh mi amada, las paredes mudas
De esta casa ahoyada y ven conmigo
No al mar que bate y ruge sino al bosque
De rosas que hay al fondo de la selva.
Allí es buena la vida, porque es libre -
Y la virtud, por libre, será cierta,
Por libre, mi respeto meritorio.
Ni el amor, si no es libre, da ventura.
¡Oh, gentes ruines, las que en calma gozan
De robados amores! Si es ajeno
El cariño, el placer de respetarlo
Mayor mil veces es que el de su goce;
Del buen obrar ¡qué orgullo al pecho queda
Y còmo en dulces lágrimas rebosa,
Y en extrañas palabras, que parecen
Aleteos, no voces! Y ¡qué culpa
La de fingir amor! Pues hay tormento
Como aquél, sin amar, de hablar de amores!
Ven, que allí triste iré, pues yo me veo!
Ven, que la soledad será tu escudo!


José Martí (Cuba, 1853-1895).

viernes, 17 de mayo de 2019

Tu boca: PAISAJE SENTIMENTAL, de Paul Bourget

"Ramas muertas que ningún soplo mueve, ramas negras con alguna hoja desvanecida..."

El sol de invierno, si dulce, si triste, si durmiente,
Donde el sol errante vaga entre vapores blancos,
Era tal ese dulce, profundo sentimiento
Que nos hizo melancólicamente felices
Por esta tarde de sueños bajo las ramas…
 
Ramas muertas que ningún soplo mueve,
Ramas negras con alguna hoja desvanecida
- ¡Ah! que mi alma se entregue en tu boca
Más tiernamente en este gran bosque mudo
Y con esta languidez en que muere el año.
 
La muerte de todo, aunque no la tuya a quien tanto amo,
Y si no la felicidad con la que mi alma está colmada,
Felicidad que duerme en el fondo de esta alma aislada,
Misteriosa, apacible y fresca como el estanque
Que desaparece en el fondo del pálido valle.
 
 
Paul Bourget (Francia, 1852-1935).

jueves, 16 de mayo de 2019

Tu boca: EL MARISCAL PEDRO PARDO, de Emilia Pardo Bazán

"La llave abre la reja ¡pero el cielo se me abrió con la llave de tu boca!"
 
(Parlamentos del segundo acto, escena 7)

(Al ruido que hace Fernán para alejarse, vuélvese Aura dando un grito).
 
Aura: ¿Eres tú, Fernán?
 
Fernán: Yo soy. (Se adelantan cogidos de la mano). Por verte una vez más en este mundo bajé esa escalera entre la sombra guiado por las huellas de tus pasos solo para mis ojos luminosos. Tú dejas estos muros, yo los guardo, yo moriré, tú viviras dichosa, tú tienes porvenir, largo y risueño, yo no presente, pues te pierdo ahora; a quien tiene tan poco, injusto fuera negarle que aún te vea una vez sola, la postrimera vez… ¡y el adiós último reciba al menos de tu dulce boca!
 
(Esconde la cabeza entre las manos).
 
* * *
Fernán: ¿Qué me aleje?
 
Aura: ¡Presto, por Dios! Que cerca está la hora.
 
Fernán: ¿Por qué quieres que viva?
 
Aura: Yo lo quiero.
 
Fernán: Esta humilde existencia ¿qué te importa? (Rechaza la llave). Tu compasión rehúso.
 
Aura: No me mueve tan sólo compasión.
 
Fernán: Tiernas memorias de nuestra infancia… fraternal cariño…
 
Aura: ¡Ingrato! ¡Mucho más! ¡La llave toma! Y parte.
 
Fernán: No comprendo tus palabras… Temo un error…  mi fantasía loca se finge… ¡no sé qué! Con lo infinito toco… y toco en la tierra… Tú te gozas en esta incertidumbre...
 
Aura: Por qué exiges…
 
Fernán: ¡Arranca de una vez la venda toda que ampara mi ilusión! Vivir no quiero sin que hables.
 
Aura: El silencio ya me ahoga. ¡Fernán! Sálvate pronto… por mi vida, ¡por mi amor!, ¡por mi amor! (Reclina la cabeza en su pecho).
 
Fernán: ¡Oh luz! ¡Oh gloria! ¡Oh sueño! No, no es sueño…, es Aura, es Aura.
 
Aura: Fernán mío, ¿huirás?
 
Fernán: ¡Huir ahora! La llave abre la reja ¡pero el cielo se me abrió con la llave de tu boca!
 
(Permanecen un instante el uno en los brazos del otro. Óyese en esto el alerta de los centinelasy las campanadas de las doce. Viva luz de luna).
 
Aura (Separándose vivamente de los brazos de Fernán): ¡Cielos! ¡Las doce ya…! Déjame… (Parte).
 
 
Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921).

miércoles, 15 de mayo de 2019

Tu boca: TE AMO, de Ella Wheeler Wilcox

"... bésame dulcemente con tu ardiente y húmeda boca, todavía fragante de vino tinto..."

Amo tus labios cuando están húmedos de vino
y rojos con un deseo desenfrenado;
amo tus ojos cuando brillan con la luz del amor
iluminados por un fuego apasionado.
Amo tus brazos cuando tu cálida piel blanca
toca la mía en un intenso abrazo;
amo tu cabello cuando se pega
con tus besos en mi cara.
 
No es para mí ese frío, apacible beso,
del amor displicente de una virgen;
no es para mí la dicha de una santa,
ni el corazón de una paloma impoluta.
Pero dame el amor que libre se da
y se ríe de toda la culpa del mundo,
con tu cuerpo tan joven y cálido en mis brazos,
encendiendo el fuego de mi pobre corazón.
 
Así que bésame dulcemente con tu ardiente y húmeda boca,
todavía fragante de vino tinto,
y dime con fervor nacido en el Sur
que tu cuerpo y tu alma son míos.
Estréchame en tus cálidos brazos jóvenes,
mientras las pálidas estrellas brillan,
y viviremos el resto de nuestras vidas
entre las delicias de un amor vibrante.


Ella Wheeler Wilcox (Estados Unidos, 1850-1919).

martes, 14 de mayo de 2019

Tu boca: EL BESO, de Guy de Maupassant

"... nuestro afán de lanzarnos al beso en los momentos peor elegidos..."
 
(Fragmento final)

Presta fe a mi experiencia. Para empezar, no beses nunca a tu marido en público, en un vagón, en un restaurante. Es un acto del peor gusto. Aguántate las ganas. Él creería hacer el ridículo, y te guardaría siempre rencor.
 
Desconfía sobre todo de los besos inútiles, prodigados en la intimidad. Tengo la certeza de que haces un espantoso consumo de ellos.
 
Y para citarte un caso, te diré que un día estuviste verdaderamente desagradable.
 
Nos hallábamos los tres en tu saloncito, y como mi presencia no los embarazaba, tu marido te tenía sentada en sus rodillas y te daba largos besos en la nuca, oculta su boca entre los rizados cabellos de tu cuello. De pronto exclamaste: "¡El fuego!" No se acordaron del fuego, y estaba a punto de consumirse. Todo lo que brillaba en la hoguera eran unos tizones mortecinos y a punto de apagarse. Tu marido se levantó en el acto, se precipitó hacia el arcón de la leña y sacó del mismo dos troncos grandísimos, que llevaba con gran dificultad a la chimenea; y en ese preciso momento fuiste hacia él con tus labios mendicantes y le dijiste: "Bésame". Tu marido volvió la cabeza haciendo un gran esfuerzo para no dejar caer los maderos. Y tú posaste tu boca suave, lentamente, en la de aquel desdichado, que tuvo que aguantar, con el cuello doblado, la cintura en torsión, los brazos doloridos, temblando de cansancio y de esfuerzo violento. Y tú, sin ver ni comprender, eternizaste aquel beso martirizador. Después, cuando lo dejaste en libertad, te pusiste a refunfuñar con gesto de enojo: "¡No sabes besarme!..." ¡Era mucho pedirle encanto!
 
Ten cuidado con eso. Raya en estúpida manía, en tonto impulso inconsciente, nuestro afán de lanzarnos al beso en los momentos peor elegidos: Cuando él lleva en la mano un vaso de agua; cuando se está poniendo el calzado; cuando se hace el nudo de la corbata, en fin, cuando se encuentra en alguna postura incómoda, entonces lo inmovilizamos con alguna caricia molesta que le fuera a permanecer un minuto en una actitud iniciada, sin sentir, otro deseo sino el de desembarazarse de nosotras.
 
Sobre todo, no tomes esta crítica como insignificante y mezquina. El amor es cosa delicada, pequeña mía; un nada lo lastima; ten presente que todo depende de nuestro tacto en las zalamerías. Un beso torpe puede ocasionar un gran daño.

Pon en práctica mis consejos.

Tu tía que te quiere,
 
Collette
 
 
Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

lunes, 13 de mayo de 2019

Tu boca: AMOR, de Naborre Campanini

"Y espaciaste en el mar una mirada; yo añadí: -Con esas trenzas blondas no me atormentes más ¡oh mi adorada!"

Juntos los dos sentados
Sobre las rocas que la mar lamía,
Te dije: -Con los ojos abrasados
No me mires así ¡oh amada mía!
Murmuraron las ondas
Y espaciaste en el mar una mirada;
Yo añadí: -Con esas trenzas blondas
No me atormentes más ¡oh mi adorada!
Trajo a mi oído el viento
Una trova de dulce melodía,
Y entonces dije: -Con tan hondo acento
No me hables más así ¡oh amada mía!
Callada y fijamente
Me miraste de amor, como una loca;
Y se unieron en una estrechamente
Tu boca amante con mi amante boca
De tu cabeza de oro
Las hebras en mi pecho se derraman
Mientras exclama el inefable coro
De ondas y vientos, con dulzura: se aman.

 
Naborre Campanini (Italia, 1850-1925).
 
(Traducido al español por Juan Luis Estelrich).

domingo, 12 de mayo de 2019

Tu boca: AZIYADÉ, de Pierre Loti

"¡Me podría comer las palabras de tu boca!"
 
(Fragmento del capítulo III: Eyoub para dos)

Y mi pasión brotó en un raudal de palabras, los pensamientos acudían a mi mente a la par que las voces turcas. Le dirigí multitud de preguntas, pidiéndole:
 
- ¡Contéstamel
 
Ella, ella me miraba con éxtasis, absorta, arrobada; pero parecía no entenderme.
 
- Aziyadé -le dije-: ¿No me comprendes?
 
- No –respondió. Y me dijo con voz grave de matices dulces y salvajes:
 
- ¡Me podría comer las palabras de tu boca! Senin laf yemek isterim! (Quisiera comerme el sonido de tu voz).


Pierre Loti: Louis-Marie-Julien Viaud (Francia, 1850-1923).
 
El título completo de la novela es: Aziyadé, extractos de notas y cartas de un oficial de la marina inglesa. 

sábado, 11 de mayo de 2019

Tu boca: POR LA NOCHE..., de Mihai Eminescu



Por la noche, perezoso y cárdeno, arde el fuego en la chimenea;
desde un rincón en un sofá rojo yo lo miro de frente,
hasta que mi mente se duerme, hasta que mis pestañas se bajan;
la vela está apagada en la casa... el sueño es cálido, lento, suave.

Entonces tú te acercas por la oscuridad, sonriente,
blanca como la nieve invernal, dulce como un día de verano:
te sientas en mis rodillas, querida, tus brazos rodean
mi cuello... y tú con amor miras mi rostro que palidece.

Con tus brazos blancos, delicados, redondos, perfumados,
tú encadenas mi cuello, sobre mi pecho apoyas tu cabeza;
y como salida de un sueño, con manos blancas, dulces,
tú vas apartando los mechones de mi triste frente.

Alisas, despacio y perezosamente, mi frente tranquila
y, pensando que estoy dormido, astuta, posas tu boca de fuego,
como el sueño, sobre mis ojos cerrados y en medio de mi frente
y sonríes, como se ríen los sueños en un corazón amado.

Oh! Acaríciame, hasta que mi frente vuelva a ser lisa y suave,
Oh! Acaríciame, hasta que vuelvas a ser joven como la luz del sol,
hasta que seas clara como el rocío, dulce como una flor,
hasta que mi rostro no esté arrugado, mi corazón ya no sea viejo.
 
 
Mihai Eminescu (Rumania, 1850-1889).

(Traducido al español por Dana Giurca  y José Manuel Lucía Megías).

viernes, 10 de mayo de 2019

Tu boca: EL DIABLO DE LA BOTELLA, de Robert Louis Stevenson

"... tu boca estaba siempre llena de risas y de canciones y tu rostro resplandecía como la aurora. Después te casaste con la pobre Kokua..."
 
(Fragmento)
 
Keawe regresó a Hawaii en el primer vapor y tan pronto como fue posible se casó con Kokua y la llevó a la Casa Resplandeciente en la ladera de la montaña.
 
Cuando los dos estaban juntos, el corazón de Keawe se tranquilizaba; pero tan pronto como se quedaba solo empezaba a cavilar sobre su horrible situación, y oía crepitar las llamas y veía el fuego abrasador en el pozo sin fondo. Era cierto que la muchacha se había entregado a él por completo; su corazón latía más deprisa al verlo, y su mano buscaba siempre la de Keawe, y estaba hecha de tal manera de la cabeza a los pies que nadie podía verla sin alegrarse. Kokua era afable por naturaleza. De sus labios salían siempre palabras cariñosas. Le gustaba mucho cantar y cuando recorría la Casa Resplandeciente gorjeando como los pájaros era ella el objeto más hermoso que había en los tres pisos. Keawe la contemplaba y la oía embelesado y luego iba a esconderse en un rincón y lloraba y gemía pensando en el precio que había pagado por ella; después tenía que secarse los ojos y lavarse la cara e ir a sentarse con ella en uno de los balcones, acompañándola en sus canciones y correspondiendo a sus sonrisas con el alma llena de angustia.
 
Pero llegó un día en que Kokua empezó a arrastrar los pies y sus canciones se hicieron menos frecuentes y ya no era sólo Keawe el que lloraba a solas, sino que los dos se retiraban a dos balcones situados en lados opuestos, con toda la anchura de la Casa Resplandeciente entre ellos. Keawe estaba tan hundido en la desesperación que apenas notó el cambio, alegrándose tan sólo de tener más horas de soledad durante las que cavilar sobre su destino y de no verse condenado con tanta frecuencia a ocultar un corazón enfermo bajo una cara sonriente Pero un día, andando por la casa sin hacer ruido, escuchó sollozos como de un niño y vio a Kokua moviendo la cabeza y llorando como los que están perdidos.
 
- Haces bien lamentándote en esta casa, Kokua -dijo Keawe-. Y, sin embargo, daría media vida para que pudieras ser feliz.
 
- ¡Feliz! -exclamó ella-. Keawe, cuando vivías solo en la Casa Resplandeciente, toda la gente de la isla se hacía lenguas de tu felicidad; tu boca estaba siempre llena de risas y de canciones y tu rostro resplandecía como la aurora. Después te casaste con la pobre Kokua y el buen Dios sabrá qué es lo que le falta, pero desde aquel día no has vuelto a sonreír. ¿Qué es lo que me pasa? Creía ser bonita y sabía que amaba a mi marido. ¿Qué es lo que me pasa que arrojo esta nube sobre él?
 
- Pobre Kokua -dijo Keawe. Se sentó a su lado y trató de cogerle la mano; pero ella la apartó-. Pobre Kokua -dijo de nuevo-. ¡Pobre niñita mía! ¡Y yo que creía ahorrarte sufrimientos durante todo este tiempo! Pero lo sabrás todo. Así, al menos, te compadecerás del pobre Keawe; comprenderás lo mucho que te amaba cuando sepas que prefirió el infierno a perderte; y lo mucho que aún te ama, puesto que todavía es capaz de sonreír al contemplarte.
 
Y a continuación, le contó toda su historia desde el principio.
 
- ¿Has hecho eso por mí? -exclamó Kokua-. Entonces, ¡qué me importa nada! -y, abrazándole, se echó a llorar.
 
- Querida mía! -dijo Keawe-, sin embargo, cuando pienso en el fuego del infierno, ¡a mí sí que me importa!
 
- No digas eso -respondió ella-; ningún hombre puede condenarse por amar a Kokua si no ha cometido ninguna otra falta. Desde ahora te digo, Keawe, que te salvaré con estas manos o pereceré contigo. ¿Has dado tu alma por mi amor y crees que yo no moriría por salvarte?
 
- ¡Querida mía! Aunque murieras cien veces, ¿cuál sería la diferencia? -exclamó él-. Serviría únicamente para que tuviera que esperar a solas el día de mi condenación.
 
 
Robert Louis Stevenson (Inglés fallecido en Samoa, 1850-1894).
 
En este vínculo es posible leer el texto íntegro de El diablo de la botella.

jueves, 9 de mayo de 2019

Tu boca: MADRIGAL, de Manuel Acuña

"... que si querube fuera, y por unir tu boca con la mía, existencia y Edén juntos perdiera..."

Son tus labios tan rojos y tan bellos,
y tan suave y tan dulce
la dulce y suave miel que mana de ellos,
que si querube fuera,
y por unir tu boca con la mía,
existencia y Edén juntos perdiera,
sin vacilar siquiera
a existencia y Edén renunciaría.
 
 
Manuel Acuña (México, 1849-1873).

miércoles, 8 de mayo de 2019

Tu boca: EL JARDÍN DE LOS SUPLICIOS, de Octave Mirbeau

"Tu boca... dame, dame tus labios..."

(Fragmento del primer capítulo de la segunda parte)

- Qué bueno eres... querido... querido amor... ¡Besa mis labios... mi nuca... mis cabellos... adorado mío!...
 
Su cabellera tenía un olor animal tan penetrante y me rozaba la faz con tan eléctricas caricias, que a su solo contacto olvidaba yo fiebres, fatigas y dolores... y sentía circular, correr por las venas heroicos ardores, nuevas fuerzas...
 
- ¡Ah, cómo vamos a divertimos, alma mía!... La vista de los presos... me trastorna... y agitan mi cuerpo estremecimientos iguales á los que produce el amor... Paréceme... ¿sabes?... paréceme que penetro en lo más recóndito, hasta el fondo de las tinieblas de mi ser... Tu boca... dame, dame tus labios...
 
Y ligera, ágil, impúdica y gozosa, seguida del perro que saltaba alegre también, fue en busca de las mujeres encargadas de vestirla.
 
 
Octave Mirbeau (Francia, 1848-1917).

martes, 7 de mayo de 2019

Tu boca: CANCIÓN DEL SILENCIO (Paisaje)*, de Jens Peter Jacobsen

"... corre brillante el musgo sobre el suelo. Los rayos de luna se derraman..."

¡Silencio, querida mujer!
sigilosamente debemos dar un paso, juntos los dos.
Hay una canción dentro
del reposo nocturno del bosque.
 
Tranquilas están las olas y el viento,
silencio en tu boca y la de cada pajarillo,
los manantiales también guardan silencio
corre brillante el musgo sobre el suelo.
 
Los rayos de luna se derraman
silenciosamente entre las olas
y a lo largo de las tranquilas veredas
el contorno brillante de la luna parpadea.
 
La nube de plata está allí,
descansa sobre su ala ancha,
arriba de las copas de los árboles
mira hacia abajo a quien la escucha.
 
Tranquilas están las olas y el viento,
sigilosamente debemos dar un paso, juntos los dos.
Hay una canción dentro
del reposo nocturno del bosque.
 
 
Jens Peter Jacobsen (Dinamarca, 1849-1885).
 
* A la versión original en danés se le conoce por su primera línea: Stille, du elskede kvinde!,
en cambio la versión en inglés de Mark DeGarmeaux lleva por título Landscape (Paisaje). 

lunes, 6 de mayo de 2019

Tu boca: LOS CANTOS DE MALDOROR, del Conde de Lautrémont

"... quiero que estemos estrechamente abrazados para toda la eternidad..."

(Fragmento del Canto Primero)

Cuando hayamos abandonado esta vida efímera, quiero que estemos estrechamente abrazados para toda la eternidad, que ambos formemos un único ser, tu boca íntimamente unida a la mía. Pero aun así mi castigo no será completo. Tendrás, además, que desgarrarme sin detenerte nunca, con los dientes y las uñas a la vez. Adornaré mi cuerpo con guirnaldas perfumadas para este holocausto expiatorio; y entonces sufriremos los dos, yo por ser desgarrado, tú por desgarrarme... con mi boca unida a la tuya.
 
 
Conde de Lautréamont: Isidore Ducasse (Francés nacido en Uruguay, 1846-1870). 

domingo, 5 de mayo de 2019

Tu boca: FUERA DE LA PUERTA, de Lorenzo Stecchetti (Olindo Guerrini)

"Oh, si esa voz en tu pensamiento mientras habla te sonroja, créelo, hermosa, te digo lo que siento..."

Glaucos los ojos, rubios los rizos,
pasó delante de mi vista;
toda temblorosa dijo mi nombre
y sonrojada me saludó.
 
Tenía en sus ojos como un deseo,
un verdadero destello de amor…
Oh, dime, dime, del amor mío,
presiento, ¿quizás hablar del corazón?
 
¿Tal vez hablar de mis suspiros?
¿Te digo el primero de mis pensamientos?
¿Te cuento los sueños de mis noches
y del amplio vacío de la almohada?
 
¿Te digo que sólo, sólo un rizo
de tu cabello quiero besar?
¿Que por un beso de tu boca
podría a la muerte desafiar?
 
Oh, si esa voz en tu pensamiento
mientras habla te sonroja,
créelo, hermosa, te digo lo que siento:
Te amo y el amor no sabe mentir.
 
 
Lorenzo Stecchetti: Olindo Guerrini (Italia, 1845-1916).

viernes, 3 de mayo de 2019

Tu boca: A UNA ESTATUA DE PERSÉFONE EN EL JARDÍN, de Maurice Thompson

 
Y tú que por el capullo de la amapola te detienes
vestido con las prendas oscuras del sur
con el sueño en tus ojos y en tu boca,
enredado en el silencio, sosteniendo en tu mano
una poción para la muerte y una varita somnolienta,
¿Traes contigo el fuego inmitigable y la sed?
No; porque tu cabello sombrío está lleno de bálsamo,
Tu poción es deleite, tu varita mágica le da descanso.
Ven, tócame con tu palma fresca y plácida,
Arrúllame hacia el sueño sin medida, inefable calma,
Y llévame a tu jardín en el oeste,
Más allá de donde yacen sus nublados confines
¡Un dulce paraíso sin límites!
 
 
Maurice Thompson (Estados Unidos, 1844-1901).