Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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miércoles, 12 de septiembre de 2018

Hermann Hesse: DEMIAN NACIÓ DE UN SUEÑO


Hermann Hesse ya había publicado dos trabajos previos, Bajo la rueda y Peter Camenzind, cuando escribió Demian, considerada de manera unánime el punto de partida que recoge y plantea las preocupaciones existenciales y metafísicas que van a permear la totalidad de su obra. El propio autor admitía que el 12 de septiembre de 1917 tuvo un sueño del cual formaba parte el que sería el protagonista de la novela, misma que da principio con una suerte de epígrafe en primera persona: "Quería tan sólo intentar vivir lo que tendía a brotar espontáneamente de mí. ¿Por qué había de serme tan difícil?"

Como Demian se originó en un sueño, no es extraño que Hesse le confiera a la actividad onírica la condición de eje sobre el que giran en buena medida las reflexiones de los personajes e incluso el desarrollo mismo de la trama, como se advierte, por ejemplo, en el capítulo 3, El mal ladrón:

Todos los hombres pasan por estas dificultades. Para el hombre medio es éste el punto en que las exigencias de su propia vida entran en colisión dramática con las circunstancias, el punto en que tiene que luchar más duramente por alcanzar el camino que conduce hacia adelante. Muchos viven tal morir y renacer, que es nuestro destino, sólo en ese momento de su vida en que el mundo infantil se resquebraja y se derrumba lentamente, cuando todo lo que amamos nos abandona y, de pronto, sentimos la soledad y la frialdad mortal del universo que nos rodea. Muchos se estrellan para siempre en este escollo y permanecen toda su vida apegados dolorosamente a un pasado irrecuperable, al sueño del paraíso perdido, que es el peor y más nefasto de todos los sueños.

Los sueños de Emile Sinclair - incluyendo las pesadillas en las que aparece su antagonista, Franz Kromer- abundan, pero destaca este párrafo del capítulo 4, Beatrice:

Precisamente en aquel tiempo volví a soñar mucho, como cuando era pequeño. Me parecía no haber soñado hacía años. Ahora volvían los sueños, una especie nueva de imágenes entre las que aparecía frecuentemente el retrato pintado, viviendo y hablando, amistoso u hostil, a veces deformado hasta la mueca y otras increíblemente bello, armonioso y noble.

Y una mañana, al despertar de uno de aquellos sueños, de pronto le reconocí. Me miraba con un gesto muy familiar, parecía llamarme por mi nombre, parecía conocerme como una madre, parecía estar esperándome desde tiempos inmemoriales. Con el corazón palpitante, contemplé la pintura, el pelo castaño y espeso, la boca blanda, casi femenina, la frente firme, extrañamente clara -con aquel color se había secado la pintura- y sentí cada vez más cerca el reconocimiento, el reencuentro, la certeza.

Más adelante Hesse reincide con las obsesiones del protagonista en el capítulo 5, El pájaro rompe el cascarón:

La extraña existencia que yo llevaba, ensimismado como un sonámbulo, empezó a tomar un rumbo distinto. El deseo de vivir floreció en mí, o más bien el deseo de amor; el instinto sexual, que durante un tiempo se había disuelto en la adoración de Beatrice, reclamaba nuevas imágenes y metas. Seguía sin permitirme ninguna satisfacción; y más que nunca me era imposible engañar mi deseo y esperar algo de las muchachas con las que mis amigos buscaban su felicidad. Empecé a soñar otra vez; y más aun durante el día que durante la noche. Imágenes, ideas, deseos brotaban en mí y me apartaban del mundo exterior, hasta el punto de tener un trato más verdadero y vivo con los sueños, con las imágenes y sombras, que con el mundo verdadero que me rodeaba.

Un sueño determinado, un juego de la fantasía que aparecía una y otra vez, cobró una significación especial. Este sueño, el más importante y perdurable de mi vida, era aproximadamente así: yo regresaba a mi casa sobre el portal relucía el pájaro amarillo sobre fondo azul- y mi madre salía a mi encuentro; pero al entrar y querer abrazarla no era ella sino una persona que yo no había visto nunca, alta y fuerte, parecida a Max Demian y al retrato que yo había dibujado pero algo distinta y, a pesar de su aspecto impresionante, totalmente femenina. Esta figura me atraía hacia sí y me acogía en un abrazo amoroso, profundo y vibrante. El placer y el espanto se mezclaban; el abrazo era culto divino y a la vez crimen. En el ser que me estrechaba anidaban demasiados recuerdos de mi madre, demasiados recuerdos de mi amigo Demian. Su abrazo atentaba contra las leyes del respeto; y, sin embargo, era pura bienaventuranza. Muchas veces me despertaba con un profundo sentimiento de felicidad; otras, con miedo mortal y conciencia atormentada, como si despertara de un terrible pecado.

Este es un diálogo que aparece en el capítulo 6, el cual se titula La lucha de Jacob:


-Muchacho -dijo con vehemencia-, también usted celebra misterios. Sé que tiene usted sueños de los que nada me dice. No los quiero conocer. Pero le digo una cosa: ¡vívalos todos, viva esos sueños, eríjales altares! No es lo perfecto, pero es un camino. Ya se verá si nosotros, usted y yo y algunos más, somos capaces de renovar el mundo. Pero debemos renovarlo en nosotros mismos, día a día; si no, nada valemos. ¡ Piense en ello! Usted tiene dieciocho años, Sinclair, y no corre detrás de las prostitutas; usted debe tener sueños de amor, deseos de amor. Quizá son de tal especie que le asustan. ¡No los tema! ¡Son lo mejor que posee! Créame. Yo he perdido mucho por haber amordazado mis sueños cuando tenía su edad. Eso no debe hacerse. Cuando se conoce a Abraxas, ya no se debe hacer. No hay que temer rada ni creer ilícito nada de lo que nos pide el alma.

-Siempre es difícil nacer. Usted lo sabe; el pájaro tiene que luchar por salir del cascarón. Reflexione otra vez y pregúntese: ¿fue tan difícil el camino? ¿Fue sólo difícil? ¿No fue también hermoso? ¿Hubiera usted conocido uno más hermoso y más fácil?

-Sí, hay que encontrar el sueño de cada uno, entonces el camino se hace fácil. Pero no hay ningún sueño eterno; a cada sueño le sustituye uno nuevo y no se debe intentar retener ninguno.

Para concluir, un sueño que Max Demian le relata a Sinclair a punto de concluir el capítulo 7, Frau Eva:

-¿A mí? Pues claro. Nadie sueña cosas que no se refieren a él. Pero no me atañe a mi solo, tienes razón. Yo distingo bien los sueños que me anuncian movimientos de mi alma y los otros, muy raros, en los que se presagia el destino de toda la humanidad. He tenido pocas veces sueños de éstos, y nunca uno del que pudiera decir que ha sido una profecía y que se haya cumplido. Las interpretaciones son demasiado vagas. Pero de una cosa sí estoy seguro. He soñado algo que no sólo me atañe a mí. Porque es semejante a otros sueños antiguos que he tenido y de los que es continuación. De éstos, Sinclair, brotan los presentimientos, de que ya te he hablado. Que nuestro mundo está corrupto, ya lo sabemos; esto no sería un motivo suficiente para profetizarle su destrucción o algo parecido. Pero desde hace varios años he tenido sueños de los que he sacado la conclusión o el presentimiento -o como quieras llamarlo- que me hacen intuir que se acerca la destrucción de un mundo viejo. Primero fueron atisbos imprecisos y lejanos; pero cada vez se han ido haciendo más concisos y potentes. Aún no sé más que se avecina algo grande y terrible que me concierne. Sinclair, vamos a vivir lo que hemos discutido más de una vez. El mundo quiere renovarse. Huele a muerte. No hay nada nuevo sin la muerte. Es más terrible de lo que yo había pensado.

Con esta última alusión a los sueños, casi al final del relato, se sintetiza la idea de destruir el antiguo orden de las cosas para proceder a construir uno nuevo. El renacimiento al que aspira el protagonista a lo largo de la novela.
 

Jules Etienne
 
La ilustración corresponde a Las puertas de la percepción (The Doors of Perception), de Paulo Ramones.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Páginas ajenas: EL DIARIO DE ANDRÉS FAVA, de Julio Cortázar


 
(Cuando Andrés Fava lee Demian)

Leído Demian. Curioso cómo hay ciertas repulsiones previas a la lectura, corroboradas casi siempre cuando se cede a la solicitación de terceros. ¿Me parecerán Bernanos, Pritchett, Orwell, Plisnier, tan desagradables como este Hermann Hesse? Demian pudo ser exactamente todo lo que no es. Apuntes inmediatos a la lectura: 1° Presumible talento narrativo del autor -no olvidar que lo leo en español- al servicio de un relato estúpido, inverosímil (con esa inverosimilitud última, que no tiene nada que ver con el ilogismo ni la exageración ni la fantasía). Sinclair es cualquiera de nosotros cruzando la charca de la adolescencia: con los mismos chapoteos usuales. Pero Demian -su famoso "guía"- resulta la criatura más estúpida genre superman que haya dado la novela alemana (cierto que Hesse es ciudadano suizo). En cuanto a Eva, monstruo inenarrable, objeto fetiche entrando y saliendo sin que se sepa nunca what's cooking... Madre e hijo explican demasiado la confusión mental de Hesse. Elementos de este cocktail: el om, Abraxas (¡otro!), la magia, diversas demostraciones telepáticas, volitivas, etcétera, mezcladas con una sensiblería de modista (llantos, vahídos, borracheras simbólicas, sin contar el fantoche máximo después de Demian: Pistorius). 2° La tesis (to thy own self be true) cabía en menos páginas, sin contar que es más vieja que Demian -en quien supongo una especie de Ashaverus vergonzante. El hecho paralelo, la educación sentimental y moral de Sinclair, no está mal contada. Pero, hijo mío, después de Rimbaud, de Radiguet, hasta de Alain Fournier... 3° Lo de superman a la U.S.A. es deplorable. El pasaje en que Sinclair baja al jardín de Demian y lo encuentra entrenándose para pelear con un japonés, es de un ridículo digno de una película de Alan Ladd. (En el capítulo siguiente Hesse no olvida informarnos que el japonés cobró).
 
Y ahora, en serio: ¿qué es Demian? Novela perceptiblemente homosexual, ¿por qué esos disfraces esotéricos, esa no-Beatrice, no-Eva, no-nada (nonada)? Sabemos bien lo que Sinclair quería y necesitaba, lo que obtiene en la última página: que Demian lo bese en la boca.
 
Dios mío, cómo respetaría este libro si hubiese visto en su autor la valentía que alza en flor perfecta La Muerte en Venecia. Pero no, había que sacar a relucir el pajarraco alegórico, Abraxas y esas mujeres insensatas. Maniquizar al pobre Demian, figurín. Escribir con guantes de goma (y bordados, además, con los peores bordados retóricos del siglo XIX). Me pregunto si este libro repugnante tendrá un mejor equilibrio, alguna virtud secreta, en su original alemán. La verdad es que entre nosotros suena como el texto de La flauta mágica cantado con la música de Manon Lescaut.
 
Julio Cortázar (Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914; y fallecido en París, Francia en 1984).

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Thomas Mann: un prólogo para DEMIAN


Constituye para mí una gran alegría poder prologar esta edición del Demian de Herman Hesse, el vibrante poema en prosa de su edad madura, con una palabra de simpatía y una calurosa recomendación. Un volumen de pocas páginas, es verdad; pero los libros de escaso volumen son los que muchas veces desarrollan las dinámicas más intensas… pensemos en el Werther de Goethe, cuya repercusión en Alemania es ampliamente evocada por la del Demian.
 
El sentimiento de Hesse respecto a la validez supraindividual de su creación debió haber sido muy intenso: de ello da testimonio la intencionada ambigüedad del subtítulo: Historia de una juventud, que puede referirse tanto a un individuo como englobar a toda una generación de jóvenes. Prueba de ello es el hecho de que Hesse no quisiera publicar este relato bajo su verdadero nombre -ya conocido y muy difundido- sino que hizo imprimir en la portada el seudónimo “Sinclair” (nombre que proviene del círculo de Hölderlin) y ocultó cuidadosamente su paternidad por mucho tiempo. Yo le escribí entonces a su editor, que también era el mío, preguntándole con insistencia acerca del llamativo libro y de la identidad de “Sinclair”. El fiel anciano mintió, diciéndome que había recibido el manuscrito desde Suiza a través de un intermediario. Sin embargo, la verdad fue imponiéndose poco a poco, gracias en parte a la crítica estilística y en parte también a la indiscreción. Pero sólo hasta la décima edición apareció bajo el nombre de Hesse.
 
Hacia el final del libro, en 1914, Demian le dice a su amigo Sinclair: "Aún no se ha declarado. Pero hay guerra. Seguro. Desde aquel día no te he vuelto a molestar con mis visiones, pero ya he tenido tres nuevos avisos. Así que no será el fin del mundo, ni un terremoto, ni una revolución. Será la guerra. ¡Ya verás qué impacto! La gente estará entusiasmada, todos están deseando empezar a matar. Tan insípida les resulta la vida. Pero verás, Sinclair, cómo esto es sólo el principio. Seguramente será una gran guerra, una guerra monstruosa. Pero también será sólo el principio. Lo nuevo empieza, y lo nuevo será terrible para los que están apegados a lo viejo. ¿Qué vas a hacer?" La respuesta correcta sería: “Apoyar lo nuevo, sin renunciar a lo antiguo”. Los mejores servidores de lo nuevo -entre los que Hesse es un ejemplo- son sin duda quienes conocen y aman lo antiguo, y lo traspasan hacia la dimensión de lo nuevo.

 
Thomas Mann (Alemán, 1875-1955). Obtuvo el premio Nobel en 1929.
 
Las ilustraciones corresponden a una fotografía de Hermann Hesse junto a Thomas Mann y la portada de la primera edición en alemán de Demian, en la que figura Emil Sinclair como su autor.

martes, 3 de julio de 2012

Páginas ajenas: DEMIAN, de Hermann Hesse

 
(Fragmento)
 
No podía comprender cómo nadie, excepto yo, se daba cuenta. ¡Todos tenían que verle, todos tenían que estremecerse! Pero nadie se fijó en Demian. Seguía erguido como una estatua, rígido como un ídolo -según me pareció entonces-, mientras una mosca se posaba sobre su frente y recorría lentamente su nariz y sus labios, sin que él reaccionara con el más leve gesto.
 
¿Dónde se encontraba en esos instantes? ¿Qué pensaba, qué sentía? ¿Se hallaba en un paraíso o en un infierno?
 
No me fue posible preguntárselo. Cuando al final de la clase le volví a ver vivir y respirar, nuestras miradas se cruzaron y constaté que era el de antes. ¿De dónde venía? ¿Dónde había estado? Parecía cansado. Su rostro tenía otra vez color, sus manos se movían; su pelo castaño, sin embargo, parecía ahora sin brillo y como cansado. En los días que siguieron intenté varias veces en mi dormitorio un nuevo ejercicio: me sentaba muy derecho en una silla, inmovilizaba los ojos, me quedaba completamente quieto y esperaba a ver cuánto tiempo podía aguantar y qué sensaciones tenía. Pero sólo conseguí cansarme y que 105 párpados me escocieran fuertemente.
 
Poco después fue la confirmación, de la que no me ha quedado ningún recuerdo importante.
 
Después, todo cambió. La niñez fue derrumbándose a mi alrededor. Mis padres empezaron a mirarme un poco desconcertados. Mis hermanas me resultaban muy extrañas. Un vago desengaño deformaba y desteñía los sentimientos y las alegrías a que estaba acostumbrado. El jardín ya no tenía perfume, el bosque no me atraía; el mundo a mi alrededor parecía un saldo de cosas viejas, gris y sin atractivo; los libros eran papel y la música ruido. Así van cayendo las hojas de un árbol otoñal, sin que él lo sienta; y la lluvia, la escarcha y el sol resbalan por su tronco, mientras su vida se retira a lo más íntimo y recóndito. No muere. Espera.
 
 
Hermann Hesse
(Alemán nacionalizado suizo; 1877-1962). Recibió el premio Nobel de literatura en 1946. 

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Herman Hesse: la vocación de escribir


"Desde que cumplí los trece años estaba claro para mí que quería ser poeta o nada", dice Hermann Hesse en su autobiografía. Sin embargo, el camino para lograrlo resultó más sinuoso de lo que había previsto y por eso, cuando al fin logró convertirse en un escritor publicado y respetado, dijo: "ahora me había convertido en un poeta y, al parecer, había ganado la larga y dura batalla contra el mundo". Así percibía Hesse lo que fue, al principio de su vida, la lucha para mantenerse fiel a su vocación.

Entre los obstáculos que tuvo que enfrentar se encontraba la rigurosa disciplina paterna, puesto que su entorno familiar era profundamente religioso, su padre era misionero pietista y su abuelo materno, Hermann Gundert -de donde proviene su nombre-, dirigía una editorial especializada en textos cristianos, por lo que fue enviado a estudiar al seminario evangélico de Maulbronn. Cuando Hesse adquirió conciencia de que su auténtica aspiración en la vida era escribir, terminó escapando del seminario ante las predecibles objeciones de su familia. La sensación de rechazo, exacerbada por una decepción amorosa, lo llevaron a su primer intento de suicidio, cuando aún era adolescente. Eso provoca que sea internado en una institución siquiátrica y, una vez que lo dan de alta, se traslada a estudiar a Suiza, nación de la que era originaria su madre.

Alejado de las presiones familiares, logra encontrar paulatinamente la serenidad necesaria para escribir y publica sus primeras obras: "Al cabo de un tiempo me di cuenta de que, en lo intelectual, una vida en el mero presente, en lo nuevo y más reciente era insoportable y carecía de sentido, que la relación existente con lo que había sucedido, con la historia, con lo antiguo y con lo ancestral era lo único que permitía una vida intelectual."

Permanece en Suiza, se casa con la fotógrafa María Bernoulli -nueve años mayor que él-, y los encuentra la guerra. Entonces comienza a trabajar como voluntario en un hospital, atendiendo a los heridos, lo que exalta su vocación pacifista y publica un artículo al respecto por el que en Alemania es considerado un traidor a la patria. Padece otro colapso que lo lleva a iniciar un tratamiento con J. B. Lang, discípulo de Carl Gustav Jung, y tras 72 consultas de tres horas, es decir, más de doscientas horas de terapia, establece contacto con el propio Jung en un hotel de Berna, con quien inicia una amistad que perdurará a lo largo de los años. Dicha experiencia sicoanálitica se refleja en su novela Demian, escrita en 1917 y publicada dos años después bajo el seudónimo de Emil Sinclair, su propio protagonista. "Cuando por fin acabó la guerra también para mí, en la primavera de 1919, me retiré a un apartado rincón de Suiza y me convertí en un ermitaño."

Se instala en la pequeña aldea alpina de Montagnola, con vista al lago de Lugano, adquiere la nacionalidad suiza y se casa, primero con Ruth Wenger, y más tarde, en 1931, con la historiadora del arte Ninon Ausländer, su tercera y última esposa, con quien permanecerá hasta su muerte, en 1962. Este poema se llama Para Ninón:

Que conmigo decidas quedarte
siendo ya mi vida oscura,
mientras bailan las estrellas
y todo es brillante,
conociendo el centro
de la rueda de la vida
a ti y a tu amor por mí
en mi ángel te transforma.
En mi oscuridad sospechas
la existencia de una estrella oculta,
con tu amor me recuerdas
la dulce esencia de la vida.

Al caminar frente a su casa, uno podía toparse con el siguiente letrero que traducía al alemán del chino antiguo, las palabras de Mench-Hsi:

Cuando uno ha llegado a viejo
y ha cumplido su misión,
tiene derecho a enfrentarse apaciblemente
con la idea de la muerte.

No necesita de los hombres.
Los conoce y sabe bastante de ellos.
Lo que necesita es paz.

No está bien visitar a este hombre, hablarle,
hacerle sufrir con banalidades.
Es menester pasar de largo
delante de la puerta de su casa,
como si nadie viviera en ella.

Hesse no encontraba -según sus propias palabras-, "ninguna posibilidad de reconcilación entre el mundo tal y como es, o como parece ser, y la voz del propio corazón".

En los próximos días me seguiré ocupando de Hermann Hesse y su obra, un gurú para los adolescentes de mi generación, a finales de la década de los sesenta y principios de los setenta.
 
Jules Etienne
 
La ilustración corresponde a una fotografía del museo Hermann Hesse,
en la Torre Camuzzi, en Montagnola, Suiza.

martes, 16 de noviembre de 2010

Páginas ajenas: DEMIAN, de Hermann Hesse


(Fragmento)

Hasta la suave lluvia de otoño era bella, silenciosa y festiva, llena de música serena y alegre. Por primera vez en mi vida el mundo exterior coincidía perfectamente con mi mundo interior. Cuando esto sucede es fiesta para el alma y merece la pena vivir. Ninguna casa, ningún escaparate, ningún rostro en la calle me molestaba; todo era como tenía que ser, pero sin el aspecto vacío de lo cotidiano y acostumbrado: era naturaleza expectante, preparada respetuosamente a recibir al destino.


(Traducido del alemán por Genoveva Dieterich)


La ilustración corresponde a la fotografía Otoño (Fall), de Eren Ozkapici, en Pixdaus.