.

.
Verano en Vancouver: luz de agosto en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

domingo, 31 de marzo de 2019

Tu boca: EL HOMBRE QUE RÍE, de Víctor Hugo

"Y esa boca que hace tu fortuna, esa cara que hace tu riqueza, no te pertenecen. No naciste con ese rostro."

Segunda parte: Por orden del rey

(Fragmento del capítulo 11: Gwynplaine está en lo justo y Ursus en lo cierto)

Un filósofo es un espía. Ursus, acechador de sueños, estudiaba a su alumno. Nuestros monólogos tienen en nuestro rostro una reverberación clara para la mirada del fisonomista. Por eso lo que sucedía en Gwynplaine no pasaba inadvertido para Ursus. Un día en que Gwynplaine meditaba Ursus le tiró de la ropa y le dijo:

- ¡Me causas la impresión de que observas, imbécil! Ten cuidado, eso no es cosa tuya. Tú sólo tienes que hacer una cosa: amar a Dea. Eres feliz con dos dichas; la primera es que la gente ve tu hocico; la segunda, que Dea no lo ve. No tienes derecho a esa dicha que posees. Ninguna mujer, viendo tu boca, aceptaría tu beso. Y
esa boca que hace tu fortuna, esa cara que hace tu riqueza, no te pertenecen. No naciste con ese rostro. Lo tomaste de la mueca que está en el fondo del infinito. Le has robado la máscara al diablo. Eres horrible; conténtate con esa quina. Hay en este mundo, que es una cosa muy bien hecha, los dichosos por derecho y los dichosos por chiripa. Tú eres dichoso por chiripa. Estás en una cueva donde se halla presa una estrella. La pobre estrella te pertene- ce. No trates de salir de la cueva y cuida tu astro, ¡araña! Tienes en tu tela el carbúnculo Venus. Hazme el favor de sentirte satisfecho.


Víctor Hugo (Francia. 1802-1885).

(Traducido al español por Luis Echávarri).

Las ilustraciones corresponden a Dave Droxler personificando a Gwynaplane en una puesta en escena que adapta la novela y a Christa Theret y Marc-André Grondin en la versión cinematográfica de L'homme qui rit, dirigida por Jean-Pierre Améris en 2012.

sábado, 30 de marzo de 2019

Tu boca: POR EL LITORAL DE TU PATRIA DISTANTE, de Aleksandr Pushkin

"... tú, en el último sueño te has dormido, tu hermosura y tu dolor se han ido para en una tumba reposar..."

Por el litoral de tu patria distante
abandonaste esta tierra extranjera.
En la triste hora sin olvido,
he llorado sin reposo ante ti
el dolor de esta gran pena.
Mientras mis manos heladas
se aferraban inútiles a tu vida
tratando con ansia de prolongar
el momento de la despedida.
Tus labios se despegaron de mi abrazo
y arrancaste tu boca de la mía.
Desde el país sombrío
del exilio, me decías:
Allí nos reuniremos, amor,
a la sombra de los viejos olivos
bajo el eterno azul de un cielo en resplandor.
Mas en ese lejano país
donde brillan los días sin olvido,
y las olas duermen junto a los acantilados,
tú, en el último sueño te has dormido,
tu hermosura y tu dolor se han ido
para en una tumba reposar,
también ese beso del encuentro...
¡He de esperarlo, porque me lo has de dar!


Aleksandr Pushkin (Rusia, 1799-1837).

(Versión al español de Sergio Paratov).

viernes, 29 de marzo de 2019

Tu boca: LA PIEL DE ZAPA, de Honoré de Balzac

"El Cielo habla por tu linda boca. ¡Déjame besarla y muramos!"

(Fragmento del capítulo III: La agonía)

Y saltando de la cama, con la ligereza de un gato, se mostró radiante bajo la envoltura de las finas batistas y se sentó sobre las rodillas de Rafael.

- ¿De qué abismo hablabas, amor mío? - le preguntó, dejando asomar a su frente una sombra de preocupación.

- ¡De la muerte!

- ¡No me atormentes! Hay ciertas ideas, en las que nosotras, pobres mujeres, no podemos fijarnos, porque nos matan. ¿Es exceso de cariño, o falta de valor? No lo sé. Y no es que me asuste la muerte -añadió riendo-. Morir contigo mañana mismo, con mi boca pegada a tu boca, sería una dicha ¡Me parecería haber vivido más de cien años! ¿Qué importa el número de días, si en una noche, en una hora, hemos agotado toda una vida de aventura y de amor?

- Tienes razón -contestó Rafael-. El Cielo habla por tu linda boca. ¡Déjame besarla y muramos!

- Muramos pues –respondió ella riendo.

Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850).

jueves, 28 de marzo de 2019

Tu boca: ODA A LA MELANCOLÍA, de John Keats

"... y al lado del doloroso gozo, que se torna veneno al beber de él tu boca, como abeja."

I

No vayas, no, no vayas al Leteo, ni extraigas del acónito,
firmemente arraigado, su licor venenoso;
que no bese tu pálida frente la belladona,
fruto color rubí de Proserpina;
no formes un rosario con las baya del tejo
ni permitas que sea escarabajo o fúnebre falena
ni dolorida Psique, ni el búho compañero
en los misterios de tu gran pesar;
si no sombras y sombras vendrán igual que un sueño muy profundo
y ahogarán la despierta angustia de tu alma.

II

Pero cuando la carga melancólica caiga
de pronto de los cielos como llanto de nube,
que alimenta a las flores de abatido semblante
y que oculta el verdor de la colina tras mortajas de abril,
hunde entonces tu pena en una rosa al alba
o en la irisada ola, rota en sal en la arena,
o en el rico esplendor que encierran las redondas peonías;
o si tu amante muestra algún crecido enojo
toma su suave mano, deja que se enfurezca
y en sus incomparables ojos bebe profunda y hondamente.


III

Melancolía hay en lo que es bello-lo que es bello y que muere-,
y en la alegría, que se lleva siempre la mano hasta sus labios
diciendo adiós; y al lado del doloroso gozo,
que se torna veneno al beber de él tu boca, como abeja.
Ay, que en el mismo templo
del deleite,
oculto, guarda la melancolía su soberano trono,
no observado por nadie, salvo por quienes con sus fuertes lenguas
deshacen, contra el fino paladar, las uvas del placer;
entonces saborean la tristeza del poder que ella tiene
y pasan a engrosar su galería de sombríos trofeos.


John Keats (Inglés fallecido en Italia, 1795-1821). 

miércoles, 27 de marzo de 2019

Tu boca: NUEVA PRIMAVERA, de Heinrich Heine

"Cuando mañana estas rosas ya deshojadas te enseñe." 

XXXI

Tras mucho tiempo extinguidas,
En mi corazón florecen
Las que alumbraron mi vida
Imágenes sonrientes:
¿Qué hay en tu voz, que mi alma
De tal modo se estremece?

¡No digas, no, que me adoras!
¡No digas, no, que me quieres!
Yo sé que todo lo hermoso
Que sobre la tierra crece,
Amores y primavera,
Por destino horrible deben
Perecer en breve plazo.
¡Morir en término breve!

¡No digas, no, que me adoras!
¡No digas, no, que me quieres!
Cierra tu boca, bien mío,
Y abrázame solamente.
Cierra tu boca y sonríe,
Sonríe feliz y alegre
Cuando mañana estas rosas
Ya deshojadas te enseñe.
 
 
Heinrich Heine (Alemania, 1797-1856).

martes, 26 de marzo de 2019

Tu boca y Primavera: PEREGRINACIÓN, de Iuliu Cezar Săvescu

"... y una música como no había oído desde hacía mucho se derramó sobre el desierto, (...) y tan sólo los reptiles se arrojaron al fondo de las aguas."

(Fragmento)
 
Oh, mi alma se extravió en un terrible furor de recuerdos. Los deleites desmedidos de un amor imaginado me hacen pedazos sangrientos el alma.
 
Si me hubiera amado, si me hubiera lanzado una flor desde el cielo sereno de la doncellez;  tan sólo un gesto que me hubiera hecho con la punta de los dedos, si hubiera dejado volar una sola sonrisa de su rostro divino, rayos de luz habrían regado mi camino, habría vagado por jardines en flor, entre los suspiros de las hojas, el canto de las aves, y mi vida habría sido un paraíso.
 
Pero una sola criatura me desvió en el camino de la vida.
 
Y lloré mucho, y las lágrimas me acariciaban el alma, pero no era capaz de olvidar a la criatura amada.
 
Entonces, de la profundidad arqueada de la eternidad azul, suave y blandamente, y desconocido en aquellos lugares, se alzó un viento, un viento extraviado de los campos de la felicidad, de la boca perfumada de la primavera.
 
Sus alas batieron encima del desierto y una música como no había oído desde hacía mucho se derramó sobre el desierto, y el desierto se puso en movimiento.
 
Las cañas se doblaban con susurros enternecedores, las marismas se mecían blandamente, y tan sólo los reptiles se arrojaron al fondo de las aguas.
 
De arriba, de la claridad, hendiendo la nube purpúrea, ella bajó hasta mí con la rapidez del rayo. Era tan hermosa y refulgía de tal manera que mi frente chocó con la arena ardiente. No habría podido mirarla directamente al rostro ni un momento, sus miradas cortaban como espadas, y sentí el hierro frío y ardiente que me partía el alma.
 
¡Oh, sombra refrescante de mi vida! Tú, única luz que ha atravesado mi alma hasta lo más profundo, ámame. No pido nada más, y nunca he pedido nada más que una sonrisa, sonríeme.
 
Sonríeme, y dime una palabra, que sepa que la criatura que he querido me ha hablado.
 
O dime, que oiga de tu boca, que eres la causa de mi sufrimiento, para sufrir con alegría.
 
Que el dolor sea mi última esperanza, para pedirlo como un bien supremo. Mírame.
 
Lánzame un solo rayo de luz y pon en él el secreto de tu amor para ser la criatura más feliz. O, al menos, pisa, aplasta en medio del desierto llameante mi frente que se arrastra, y mi último suspiro será bendito.
 
Pero mis palabras se perdieron en la inmensidad encendida y, como si los cielos hubieran sido de metal, las palabras se repetían, quebrándose, a través del firma- mento.
 
Cuando levanté la frente, arada por los cantos de la arena, ella permanecía delante de mí, muda y fría, inmóvil, como siempre me ha mirado.
 
 
Iuliu Cezar Săvescu (Rumania, 1866-1903).
 
(Traducido del rumano por Mariano Martín Rodríguez).

lunes, 25 de marzo de 2019

Tu boca y Primavera: ODA XIX, EL ESPEJO, de Juan Meléndez Valdés

"Tu boca y tus mejillas, do esparce primavera (…) Ornar tus blondas trenzas..."

Toma el luciente espejo,
Y en su veraz esfera
Ve, Dorita, el encanto
De tu sin par belleza:

La alba frente en contraste
Con las hermosas cejas
Que en arco prolongadas
Dos iris asemejan:

La gracia de tus ojos,
En cuya ardiente hoguera
Flechando sus arpones
Amor su trono asienta:
 
Su majestad afable,
Y esa languidez tierna
De su mirar, o cuando
Rientes centellean:

Tu boca y tus mejillas,
Do esparce primavera
Sus rosas y claveles,
Derrama sus esencias:

Ese tu enhiesto cuello,
El seno, las dos pellas
Que en él de firme nieve
Elásticas se elevan:

Y ondulando suaves
Cuando plácida alientas,
Animarse parecen,
Y su cárcel desdeñan.

Ve el aire de tu talle,
La gracia y gentileza
Con que flexible torna,
Derecho se sustenta:

Tus perfecciones goza,
Y cariñosa al verlas
Mis lágrimas disculpa,
Mis esperanzas premia,

¡Ay! tú al espejo puedes
Pararte, y en su escuela
De las Gracias guiada
Formarte muy más bella.

De cien vistosas flores
Ornar tus blondas trenzas,
Relevar con sus rizos
La frente de azucena:

Gobernar de tus ojos
Las miradas arteras,
Y fijar de sus niñas
La inocente licencia:

Adiestrar en su juego
La boca pequeñuela:
La sonrisa en sus labios
Hacer más halagüeña,

Mas donosos los quiebros
De tu linda cabeza,
Tu andar aun más picante,
Tu talla más esbelta.

Yo ¡triste! contemplarlo
No puedo, sin que sienta
Doblarse mis pesares,
Más grave mi tristeza.

Ayer en él buscaba
Tu imagen, y en vez de ella
Vi abatido mi rostro,
Mis ojos sin viveza,

Áridas las mejillas,
Mi boca sin aquella
De risas y donaires
Festiva competencia:

Do quier en fin marcadas
Mil dolorosas huellas
De tu rigor injusto,
De mi infeliz terneza.

Asi tú en el espejo
Consultándolo encuentras
A Venus y sus Gracias,
Yo un retrato de penas.


Juan Meléndez Valdés (Español fallecido en Francia, 1754-1817).

domingo, 24 de marzo de 2019

Tu boca y Primavera: LA MONTAÑA MÁGICA, de Thomas Mann

".. a ti y a tus maravillosos ojos oblicuos, y tu boca y la voz con que me hablas..."

(Fragmento del capítulo Noche de Walpurgis)

- ¡Oh! El amor no es nada si no es la locura, una cosa insensata, prohibida y una aventura en el mal. Si no es así es una banalidad agradable, buena para servir de tema a cancioncitas tranquilas en las llanuras. Pero que yo te he reconocido y que he reconocido mi amor hacia ti, sí, eso es verdad, yo ya te conocí antiguamente, a ti y a tus maravillosos ojos oblicuos, y tu boca y la voz con que me hablas; una vez ya, cuando era colegial, te pedí tu lápiz para entablar contigo una relación social, porque te amaba sin razonar, y es por eso, sin duda, por mi antiguo amor hacia ti, por lo que me quedan esas marcas que el médico ha encontrado en mi cuerpo y que indican que en otro tiempo estaba ya enfermo... te amo, te he amado siempre, pues tú eres el Tú de mi vida, mi sueño, mi destino, mi deseo, mi eterno deseo.

(Párrafo del capítulo Cambios)

El calendario decía: marzo. Era la primavera, casi el verano, y se sacaban los vestidos de muselina para mostrarse con ellos antes de la venida del otoño. Y era, en efecto, una especie de otoño.

Thomas Mann
(Escritor alemán nacionalizado primero checoslovaco y más tarde estadounidense, 1875-1955).
Obtuvo el premio Nobel en 1929.

sábado, 23 de marzo de 2019

Tu boca y Primavera: EPITALAMIO, de Pablo Neruda

"... la primavera con nosotros para siempre, y cuando se desprenda de las enredaderas una hoja..."

(Fragmento final)

El mar conoce nuestro amor, las piedras
de la altura rocosa
saben que nuestros besos florecieron
con pureza infinita,
como en sus intersticios una boca
escarlata amanece:
así conocen nuestro amor y el beso
que reúnen tu boca y la mía
en una flor eterna.
Amor mío,
la primavera dulce,
flor y mar, nos rodean.
No la cambiamos
por nuestro invierno,
cuando el viento
comenzó a descifrar tu nombre
que hoy en todas las horas repite,
cuando
las hojas no sabían
que tú eras una hoja,
cuando
las raíces
no sabían que tú me buscabas
en mi pecho.
Amor, amor,
la primavera
nos ofrece el cielo,
pero la tierra oscura
es nuestro nombre,
nuestro amor pertenece
a todo el tiempo y la tierra.
Amándonos, mi brazo
bajo tu cuello de arena,
esperaremos
cómo cambia la tierra y el tiempo
en la isla,
cómo caen las hojas
de las enredaderas taciturnas,
cómo se va el otoño
por la ventana rota.
Pero nosotros
vamos a esperar
a nuestro amigo,
a nuestro amigo de ojos rojos,
el fuego,
cuando de nuevo el viento
sacuda las fronteras de la isla
y desconozca el nombre
de todos,
el invierno
nos buscará, amor mío,
siempre,
nos buscará, porque lo conocemos,
porque no lo tememos,
porque tenemos
con nosotros
el fuego
para siempre.
Tenemos
la tierra con nosotros
para siempre,
la primavera con nosotros
para siempre,
y cuando se desprenda
de las enredaderas
una hoja
tú sabes, amor mío,
qué nombre viene escrito
en esa hoja,
un nombre que es el tuyo y es el mío,
nuestro nombre de amor, un solo
ser, la flecha
que atravesó el invierno,
el amor invencible,
el fuego de los días,
una hoja
que me cayó en el pecho,
una hoja del árbol
de la vida
que hizo nido y cantó,
que echó raíces,
que dio flores y frutos.
Y así ves, amor mío,
cómo marcho
por la isla,
por el mundo,
seguro en medio de la primavera,
loco de luz en el frío,
andando tranquilo en el fuego,
levantando tu peso
de pétalo en mis brazos,
como si nunca hubiera caminado
sino contigo, alma mía,
como si no supiera caminar
sino contigo,
como si no supiera cantar
sino cuando tú cantas.


Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.

viernes, 22 de marzo de 2019

Tu boca y Primavera: MIREYA (poema provenzal), de Frédéric Mistral

"- Sí, bebe pronto, que esto reanima -añadió Mireya. Y lista la muchacha tomó el vino..."

(Fragmentos del Canto VI)

¡Oh, dulces amigos de mi juventud, bravos poetas de Provenza, que escucháis atentos mis cantares de otro tiempo; tú que sabes, oh Romanil, entremezclar entre tus armonías los llantos del pueblo y el reír de las muchachas y las flores de la primavera; tú, que de los bosques y de las riberas buscas la sombra y el fresco para tu corazón consumido en ilusiones de amor.

(...)

Alza suavemente la cabeza de su amado y le contempla un buen rato, muda, consternada y como petrificada por el dolor, y al mismo tiempo de gruesas y rápidas lágrimas se inunda la débil prominencia de su seno. Vicente ha reconocido la mano de la enamorada niña, y con voz desmayada de dice:

- Compadéceme, Mireya, y ruega a Dios que venga en mi socorro, que bien lo necesito.

- Deja humedecer tu boca con ese licor de guindas silvestres -dijo Maese Ramón.

- Sí, bebe pronto, que esto reanima -añadió Mireya.

Y lista la muchacha tomó el vino y le dio a beber gota a gota de aquel licor vivificante, y mientras tanto le dirigía palabras de consuelo y le quitaba el malestar.


Frédéric Mistral (Escritor francés en lengua occitana, 1830-1914).
Obtuvo el premio Nobel en 1904, compartido con José Echegaray.

jueves, 21 de marzo de 2019

Tu boca: PRIMAVERA Y AMOR, de Giosué Carducci

"Palpitante tu boca se abre como una flor."

Sobre las verdes márgenes
Tierna violeta crece,
El almendro florece
Y alza el ave su voz.

Riza el viento las aguas
En los revueltos senos...
De tus ojos serenos
Parte un rayo veloz.

¿Qué me importa si el aura
Leve mi frente toca?
Palpitante tu boca
Se abre como una flor.

¿Qué del ave canora
El gárrulo contento?
Su melodioso acento
Puso en tu labio amor.

Colúmpianse las ramas
De los árboles bellos;
La onda de tus cabellos
Tú libre al viento das.

Del nuevo año las flores
Me oculten dulce juego;
Ellas volverán luego...
Tú ya no volverás.


Giosué Carducci (Italia, 1835-1907). Obtuvo el premio Nobel en 1906.

(Traducido al español por Cayetano de Alvear).

miércoles, 20 de marzo de 2019

Tu boca y Primavera: DESPEDIDA, de J. W. von Goethe

"Ya no cortaré más fragantes rosas para con ellas coronar tu frente."

¡Deja que adiós te diga con los ojos
ya que ha decirlo se niegan mis labios!
La despedida es una cosa seria
aún para un hombre, como yo, templado.

Triste en el trance se nos hace, incluso
del amor la más tierna y dulce prueba;
frío se me antoja el beso de tu boca
floja tu mano, que la mía estrecha.

¡La caricia más leve, en otro tiempo
furtiva y volátil, me encantaba!
Era algo así cual precoz violeta,
que en marzo en los jardines arrancaba.

Ya no cortaré más fragantes rosas
para con ellas coronar tu frente.
Frances, es primavera, pero otoño
para mí, por desgracia, será siempre.


Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832).

martes, 19 de marzo de 2019

Tu boca: LA NOVIA DE ABYDOS (Leyenda turca), de Lord Byron

"Porque te juro por Alá que creo que tu boca debe ser de fuego."

(Fragmento del Canto primero)

XIII

Tú no eres amargado como estás ahora, Selim, sino que has cambiado tristemente. Por la mañana te vi gentil y enamorado, pero ahora te has alejado de ti mismo. Mi amor, que ya con seguridad presentías de tiempo atrás, no ha disminuido ni puede hacerse más grande. Te vi, te oí, te tuve junto a mí, y no sabiendo por qué, odié la noche, quizá porque nos veíamos durante el día. Deseo vivir y morir contigo, y no abandono la esperanza de tener tus mejillas, tus labios y tus ojos para besarlos. Así, así y nada más que así. Porque te juro por Alá que creo que tu boca debe ser de fuego. Dime qué fiebre se enciende en tus venas, porque también se ha encendido en las mías: lo advierto en la forma que se enrojecen mis mejillas. Quiero cuidarte en tus enfermedades, velarte en tu salud, compartirlo todo contigo; y jamás derrocharé tus riquezas, ni olvidaré dedicarte las más amables sonrisas. Pondrá alivio a la mitad de tus penurias, y por ti haré todo lo que pueda hacer hasta casi cerrar tus ojos moribundos. ¿Es que acaso no debo aspirar a vivir sólo por eso a que aspiran mis pensamientos? ¿Puedo hacer más, o tú puedes pedir más? Selim: deseo saber por qué andas con tantos misterios. No puedo decir ni alcanzo a comprender a qué se debe que yo hable así; pero tú, Selim, con seguridad que lo entiendes bien.


Lord Byron: George Gordon Byron (Inglés fallecido en Grecia, 1788-1824).

La ilustración corresponde a La novia de Abydos (The Bride of Abydos),
pintada por William Allan en 1836 e inspirada por la obra de Lord Byron.

lunes, 18 de marzo de 2019

Tu boca: ELENA, de Manuel Bretón de los Herreros


(Fragmento de la escena XI del tercer acto)

Victorina:
¿Matarle? ¡Pobre señor!
No le quiero yo tan mal,
Ni ha sido tan criminal
Que merezca ese rigor.
¡Oh! Ni es conveniencia mía;
Porque él pudiera vencer,
Y es fuerte cosa perder
Dos amantes en un día.

Conde:
¡Cuál me halaga ese temor! Luego ¿renace en tu pecho...?

Victorina:
Mira no sea despecho
Lo que te parece amor.

Conde:
No; que tu boca divina
Que me dio tantos enojos...
Grata sonríe, y tus ojos...
¡Ah! Tú me amas, Victorina.

Victorina:
Sí, mi celoso; y en vano
Te lo quisiera negar.

Conde:
¡Oh dicha! ¡Un cura! ¡Un altar!

Victorina:
¿Estás loco?

Conde:
He aquí la mano.

Victorina:
Aún es mayor mi impaciencia
Que la tuya puede ser.

Conde:
¡Qué escucho! A tanto placer
Ya no basta mi existencia.


Manuel Bretón de los Herreros (España, 1796-1873).

domingo, 17 de marzo de 2019

Tu boca: KENILWORTH, de Walter Scott

"... dime que es lo que quieres cambiar ó añadir, y tu boca será la medida, luz de mis ojos."

(Fragmento del capítulo VII)

- ¿Pero iré yo contigo á uno de tus castillos, para ver como la magnificencia de tus habitaciones se avendrá con vestidos tan sencillos?

- ¿Como? Amy, dijo el conde mirando a todas parles, ¿estas habitaciones no están acaso adornadas con bastante lujo y brillantez? Habia dado orden de que las amueblasen de un modo digno de tí y de mí; me parece en efecto que pudieran estarlo mejor; pero dime que es lo que quieres cambiar ó añadir, y tu boca será la medida, luz de mis ojos.

- Te quieres reir a mi costa, sin duda: la magnificencia de esta habitación es superior a mis deseos y a mi mérito. ¿Pero tu esposa no se verá.revestida algún día, pronto, del lustre que no resulta ni del trabajo de los artesanos que decoran su habitación, ni de las ricas telas y joyas con que tu liberalidad quiere adornarla, sino que es anexo al rango que debe tener entre las damas inglesas, como esposa del conde mas noble del reino?

-  ¡Algún día sí, Amy, amor mió! llegará ese día por cierto, y tú no deseas con más ardor que yo que llegue cuanto antes ¡Con que gusto abandonaré los cuidados del Estado, las penas y las inquietudes de la ambición, para pasar honradamente mi vida en mis dominios contigo, mi amiga y mi dulce compañera! Pero, Amy, ahora es imposible, y estas visitas secretas, estos instantes preciosos son todo lo que puedo dar a la mujer mas amable y mas amada de todo su sexo.


Walter Scott (Inglaterra, 1771-1832).

La ilustración corresponde a Robert Dudley, Earl de Leicester visita a su esposa Amy Robsart en Cumnor Place (1825), de Henri-Joseph Fradelle.

sábado, 16 de marzo de 2019

Tu boca: SEDUCCIÓN, de Kushal Khan Khattak

"¡Toda el alma me roban tus pupilas negrísimas, y el reír de tu boca!"

Tus undosos cabellos,
que a tu rostro dan sombra,
a la espalda te caen
y fulgura radiosa
tu pupila brillante,
y se ríe tu boca.

Y me embriagan los ecos
de tu voz melodiosa,
como el vino aromático,
que se vierte en las copas:
¡y qué dulce es tu beso
y qué fresca es tu boca!

Y al mirar tus mejillas,
que son hojas de rosa,
mis pupilas contemplan,
fascinadas, absortas,
los hoyuelos formados
al reír de tu boca.

Y si alguno te acusa
de tirana imperiosa
es un hombre inconstante,
cuya fe, cual la onda,
si se pierde, no vale,
el reír de tu boca.

Y tu beso dulcísimo
cual la flor, tiene aroma;
el perfume del cáliz
con que embriaga la rosa,
y las almas seduces
al besar de tu boca.

Tus traiciones olvido,
¡es tu faz tan hermosa!
cuando dices mirándome:
"¡Mis pecados perdona!"
y se ríen tus ojos,
como ríe tu boca.

Mis amigos te llaman
desleal, veleidosa,
¡mas no hay otra tan bella!
¡Toda el alma me roban
tus pupilas negrísimas,
y el reír de tu boca!


Kushal Khan Khattak (Afganistán, 1613-1690).

(Traducido al español por Luis Castelló). 

viernes, 15 de marzo de 2019

Tu boca: MANUSCRITO ENCONTRADO EN ZARAGOZA. de Jan Potocki


(Fragmento de la jornada séptima)

Al pie de mi árbol había un fresco arroyo, una mesa de mármol y bancos. Era la parte más adornada del jardín. Supuse que los invitados no demorarían en llegarse hasta allí, y decidí esperarlos para verlos de cerca. En efecto, al cabo de media hora apareció una muchacha de mi edad. Los ángeles no eran más hermosos que ella, y la impresión que me causó fue tan intensa y súbita que tal vez habría caído de lo alto del árbol, si no hubiese tenido la precaución de atarme a él con el cinturón, cosa que hacía en ocasiones para descansar con más seguridad. La muchacha tenía los ojos bajos y una expresión de profunda melancolía. Sentóse en un banco, se apoyó en la mesa de mármol y derramó muchas lágrimas. Sin saber demasiado lo que hacía, me dejé resbalar por el tronco y me coloqué de manera de verla y no ser visto. Entonces apareció el Principino, llevando un ramo de flores en la mano. Hacía cerca de tres años que no tenía yo el disgusto de verlo. Estaba más robusto. Su rostro, aunque hermoso, era insípido. Cuando la muchacha lo vio, su rostro expresó el desprecio de una manera que me llenó el corazón de gratitud. El Principino la abordó, sin embargo, irradiando contento de sí mismo, y le dijo:

- Querida prometida, he aquí el ramo que te daré si me aseguras que tu boca no mencionará nunca más a ese pequeño harapiento de Soto.

La señorita respondió:

- Señor príncipe, me parece que haces mal en poner condiciones a vuestros favores. Por lo demás, aunque yo no hablara del encantador Soto, toda vuestra casa seguiría ocupándose de él. Vuestra misma nodriza ha dicho que nunca había visto un muchacho de tan buen parecer, y sin embargo vos estabas allí.

El Principino, harto amoscado, replicó:

- Señorita Silvia, no olvides que eres mi prometida.

Silvia no respondió y se deshizo en lágrimas. Entonces, furioso, el Principino reclamó:

- Despreciable criatura, puesto que estás enamorada de un bandido, he aquí lo que te mereces.

Y al mismo tiempo le dio una cachetada. Entonces la señorita exclamó:

- ¡Soto, que no puedas castigar a este cobarde!

No había ella terminado sus palabras, cuando aparecí y le dije al príncipe:

- Debes reconocerme. Soy bandido y podría asesinarte. Pero respeto a la señorita que se ha dignado a llamarme en su auxilio, y accedo a batirme como vosotros, los nobles.

Llevaba yo dos puñales y cuatro pistolas. Separé tres y tres, coloqué a diez pasos un grupo de armas y el otro, y dejé al Principino que escogiera. Pero el infeliz había caído desvanecido en un banco. Entonces Silvia tomó la palabra y me dijo:

- ¡Bravo, Soto! Mañana debía casarme con el príncipe o entrar al convento. No haré ni una cosa ni otra. Quiero ser tuya para toda la vida.

Y se echó en mis brazos. Pensaréis bien que no me hice de rogar. Sin embargo, había que impedir que el príncipe turbase nuestro retiro. Cogí un puñal y, sirviéndome de una piedra a modo de martillo, le clavé la mano al banco sobre el cual estaba sentado. Lanzó un grito y volvió a caer desvanecido. Nosotros salimos por el agujero que yo había hecho en el muro del jardín, y después llegamos hasta la cumbre de los montes.


Jan Potocki (Polonia, 1761-1815).

jueves, 14 de marzo de 2019

Tu boca: OVILLEJOS, de Sor Juana Inés de la Cruz

"El diablo me ha metido en ser pintora; dejémosle, Mi Musa, por ahora, a quien sepa el oficio; más esa tentación me quita el juicio."

(Fragmentos)

El pintar de Lisarda la belleza,
En que así se excedió naturaleza,
Con un estilo llano,
Se me viene á la pluma, y á la mano.
Y cierto que es locura
El querer retratar su hermosura,
Sin haber en mi vida dibujado,
Ni saber que es azul ó colorado,
Que es regla, que es pincel, oscuro ó claro,
Aparejo, retoque, ni reparo.
El diablo me ha metido en ser pintora;
Dejémosle, mi Musa, por ahora,
Á quien sepa el oficio;
Más esta tentación me quita el juicio.
(...)

Ellas, en fin, aunque parecen rosa,
Lo cierto es que son carne, y no otra cosa.
¡Válgame Dios! lo que se sigue ahora,
Haciéndome está cocos el Aurora,
Por ver si la comparo con tu boca,
Y el Oriente con perlas me provoca;
Pero no hay que mirarme,
Que ni una sed de Oriente ha de costarme.


Sor Juana Inés de la Cruz: Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana
(México, 1648-1695).