Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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jueves, 3 de marzo de 2022

Día de reyes: LOS REYES MAGOS, de G. K. Chesterton

"... y nosotros tan sólo somos niños pequeños que bajo lluvia y nieve prosiguen su camino."

Andamos muy despacio, llueva o nieve,
en busca del lugar donde rezan los hombres.
Es tan llano el camino que no es fácil
seguirlo sin perderse.

Aprendimos de jóvenes
a resolver oscuros acertijos
y los tres conocemos
la antigua tradición del laberinto.
Somos los reyes magos de otros tiempos
y excepto la verdad sabemos todo.

Dimos vueltas y vueltas en torno a la montaña,
y perdimos la vista del bosque entre los árboles,
y para cada mal aprendimos un nombre
interminable. Honramos a los dioses dementes;
a las Furias llamábamos Euménides.

Los dioses de la fuerza les quitaron el velo
a la imaginación y a la filosofía.
La serpiente que tantas desdichas trajo al hombre
muerde su propia cola retorcida
y se llama a sí misma Eternidad.

Humildemente vamos… Bajo nieve y granizo…
Las voces apagadas y el farol encendido.
Tan sencilla es la senda que podríamos
perder la orientación.

El mundo está volviéndose blanquísimo y terrible,
y blanco y cegador el día que despunta.
Rodeados de luz andamos, deslumbrados
por algo que es tan grande que no puede mirarse
y tan simple que no puede decirse.

El niño que existía
antes de que los mundos comenzaran
(… Sólo necesitamos andar un poco más,
sólo necesitamos abrir la cerradura),
el niño que jugaba con la luna y el sol
juega ahora con el heno.

La morada en la cual los cielos se alimentan
-esa antigua y extraña morada que es la nuestra-
donde no se pronuncian palabras engañosas
y es la Misericordia sencilla como el pan
y tan duro el Honor como la piedra.

Vamos humildemente, humildes son los cielos,
y brilla intensamente la estrella, baja, enorme,
y descansa el pesebre tan cerca de nosotros
que habremos de viajar lejos para encontrarlo.

¡Escuchad! Se despierta como un león la risa,
resuena su rugido en la llanura
y el cielo entero grita y se estremece
porque Dios en persona ha nacido de nuevo,
y nosotros tan sólo somos niños pequeños
que bajo lluvia y nieve prosiguen su camino.

Gilbert Keith Chesterton (Inglaterra, 1874-1936).

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Venecia: INCONVENIENTES BIEN CONSIDERADOS, de G. K. Chesterton


Disfrutando de las inundaciones y otros desastres

Siento una envidia casi amarga al escuchar que Londres se ha inundado en mi ausencia, mientras estoy en el mero campo. (Una lluvia excepcional también en Londres, el 30 de junio, más de dos pulgadas en veinticuatro horas, causó graves inundaciones allí y en los condados cercanos). Tengo entendido que mi propia Battersea ha sido particularmente favorecida como un encuentro de las aguas. Battersea ya era, como no necesito decirlo, la más hermosa de las localidades humanas. Ahora que tiene el esplendor adicional de las grandes capas de agua, debe haber algo bastante incomparable en el paisaje (o paisaje acuático) de mi propia ciudad romántica. Battersea debe ser una visión de Venecia. El bote que traía la carne de la carnicería debió de haber disparado por aquellos carriles de plata ondulante con la extraña suavidad de la góndola. El verdulero que trajo coles a la esquina de Latchmere Road debió apoyarse en el remo con la gracia sobrenatural del gondolero. No hay nada tan perfectamente poético como una isla; y cuando un distrito se inunda se convierte en un archipiélago.

Gilbert Keith Chesterton (Inglaterra, 1874-1936).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

domingo, 11 de agosto de 2019

Tu boca: LA ESFERA Y LA CRUZ, de G. K. Chesterton


(Fragmento del capítulo XV: El sueño de MacIan)

- ¿La disciplina para la sociedad -repetía, recalcando- es más importante... que la justicia para el individuo?

Tras un largo silencio, exclamó:

- ¿Quién y qué es usted?

- Un ángel -dijo el del ropaje blanco sin volverse.

- Usted no es católico -dijo Evan.

El otro, como si no le hubiese oído, volvió al tema principal:

- En nuestros ejércitos celestiales, sabemos infundir en los subordinados un temor saludable.

MacIan tendía el cuello hacia adelante con ansiedad extraordinaria e inexplicable.

- ¡Prosiga! -gritó, enlazando y desenlazando sus largos y huesudos dedos-. ¡Adelante!

- Por otra parte -continuó el otro, en la proa-, debe usted admitir en los tipos superiores cierta altivez y elevación de ánimo.

- ¡Prosiga! -dijo Evan, ardiéndole los ojos.

- Lo mismo que la vista del pecado ofende a Dios -dijo el desconocido-, la vista de lo feo ofende a Apolo. Lo bello y lo egregio se impacientan necesariamente con lo mezquino y...

- ¡Cómo grandísimo loco! -grito MacIan, enderezándose en toda su tremenda estatura-. ¿Piensa usted que solamente he dudado a causa de ese golpe con la espada¡ Bien sé que órdenes muy nobles tienen malos caballeros, que buenos caballeros tienen mal carácter, que la iglesia tiene curas brutos y cardenales groseros; lo sé desde que nací. ¡Loco! Con que hubiese dicho: "Sí, es una vergüenza", habría yo olvidado ese asunto. Pero vi en tu boca la huella de una sofística infernal; conocí que había algo malo en ti y en tus catedrales. Algo de malo; todo es malo. No eres un ángel. Es decir, no eres una iglesia. El rey que ha vuelto no es el rey legítimo.

- Es una lástima -dijo el otro, con voz tranquila, pero ruda-, porque vamos a ver a Su Majestad.

- No -dijo MacIan-; a donde voy es a saltar por la borda.

- ¿Deseas morir?

- No -dijo Evan con entera calma-. Deseo un milagro.

- ¿A quién se lo pides? ¿A quién acudes? -dijo su compañero, severamente-. Has sido traidor al rey, renegado de la cruz en la catedral e insultado a un arcángel.

- Recurro a Dios -dijo Evan, y de un salto se puso en pie sobre la borda de la nave, que se bamboleaba. El ser que estaba en la proa se volvió lentamente; miró a Evan con ojos que parecían dos soles, y se tapó la boca con una mano, un poco tarde para mostrar una sonrisa horrible.

- ¿Y cómo sabes -dijo- que no soy Dios?

MacIan dio un grito.

- ¡Ah! -exclamó-. Ahora ya sé quien eres, en efecto. No eres Dios. No eres un ángel de Dios. Pero lo has sido.

El ser dejó caer la mano de la boca y MacIan cayó fuera del navío.


Gilbert Keith Chesterton (Inglaterra, 1874-1936).

(Traducido al español por Manuel Azaña).

jueves, 16 de marzo de 2017

Carnaval: EL HOMBRE QUE FUE JUEVES, de G. K. Chesterton

"Había un hombre vestido de elefante..."

(Fragmento del capítulo XV: El acusador)

Bajaron juntos la escalera. Se encontraron con Ratcliffe, vestido de verde primaveral, como cazador: sus armas consistían en un grupo de árboles enlazados. Era el tercer día: el de la creación de la tierra y las cosas verdes. Su cara franca y sensible, con su expresión de amable cinismo, casaba muy bien con el traje.

Pasando por una puerta baja y ancha, los condujeron a un vasto y antiguo jardín inglés lleno de antorchas y fogatas. A su trémula luz, vestida con trajes abigarrados, bailaba la turba carnavalesca. Syme descubrió en los trajes de fantasía una imitación de todas las formas de la naturaleza. Había un hombre vestido de elefante, otro vestido de globo. Estos dos últimos, juntos, parecían continuar el hilo de las aventuras anteriores. También vio Syme con horror a un danzante disfrazado de enorme cálao, con un pico dos veces mayor que su cuerpo: el pájaro cuyo recuerdo le acosaba como una interrogación desde el episodio del jardín zoológico. Había mil objetos más: un farol danzante, un árbol danzante, un barco danzante. Se dijera que la música irresistible de algún músico loco obligaba a danzar a todos los objetos del campo y de la calle en una perenne zarabanda. Años más tarde, cuando Syme llegó a la edad madura, no podía ver faroles, árboles o molinos de viento, sin pensar que eran unos trasnochadores que volvían de la mascarada.


Gilbert Keith Chesterton (Inglaterra, 1874-1936)

viernes, 4 de diciembre de 2015

Unicornios: LOS MONSTRUOS Y LA EDAD MEDIA, de G. K. Chesterton

"El pataleo del horrible Unicornio sacudía el infinito..."
 
No recuerdo haber leído una relación adecuada y comprensiva de los monstruos fabulosos de que tanto se ha escrito en la Edad Media. Los estudios que he visto presentaban los mismos disparates extraños y sin sentido que asfixian todos nuestros pensamientos al respecto.
 
El disparate fundamental, naturalmente, es ese tan gracioso al que estudiosos como Frazer han prestado, o mejor dicho dado en prenda, su autoridad. Me refiero a esa absurda idea de que en cuestiones de imaginación los hombres tienen necesidad de copiarse unos de otros. Los poemas y las leyendas poéticas tienden a semejarse, no porque los hebreos fueran en realidad caldeos, ni porque los cristianos fueran verdaderamente paganos, sino porque todos eran realmente hombres. Porque existe, a pesar de toda la tendencia del pensamiento moderno, algo llamado hombre y la hermandad de los hombres; cualquiera que haya observado la Luna puede haberla llamado virgen y cazadora sin haber oído hablar jamás de Diana. Cualquiera que haya observado el Sol puede haberlo llamado el dios de los oráculos o de las curaciones sin haber oído hablar jamás de Apolo. Un hombre enamorado, recorriendo jardines, compara una mujer a una flor y no a una tijereta; aunque la tijereta también fue creada por Dios y es muy superior a la flor en cuanto a cultura y viajes. Al oír hablar a cierta gente, se creería que el amor a las flores ha sido impuesto por alguna larga tradición sacerdotal y que el amor a las tijeretas ha sido prohibido por algún terrorífico tabú tribal.
 
El segundo gran disparate es suponer que tales fábulas, aun cuando realmente fueron tomadas en préstamo de fuentes más antiguas, se utilizan con un espíritu antiguo, cansado y consuetudinario. Cuando el alma en verdad despierta, siempre debe tratar con los objetos más cercanos. Si un hombre despierta en la cama de un sueño celestial que le ordenó pintar y pintar hasta que todo esté azul, comenzaría por pintarse a sí mismo de azul, después la cama y así sucesivamente. Pero utilizaría la maquinaria que tuviera más cerca; y esto es exactamente lo que ocurre en las verdaderas revoluciones espirituales. Trabajan de acuerdo con el medio ambiente, aun cuando lo alteran.
 
De este modo, cuando los profesores nos dicen que los cristianos "tomaron prestada" esta o aquella fábula de los paganos, es como si dijéramos que un ladrillero "tomó prestados" los ladrillos a la arcilla o que un químico "tomó prestados" los explosivos a los elementos químicos; o que los constructores góticos de Lincoin o Beauvais "tomaron prestado" el arco ojival a las angostas celosías de los moros. Tal vez lo tomaron prestado, pero (¡por todos los santos!) lo devolvieron con creces.
 
Cinco o seis errores más no deben detenernos. Pues, sobre estos dos fundamentales, descansa el error principal sobre los unicornios, por ejemplo. Los monstruos míticos de que se habla en la Edad Media tenían en su mayoría, sin ninguna duda, una tradición más antigua que el cristianismo. No admito esto último porque muchas de las más eminentes autoridades dirían lo mismo. Como dijo Swinburne en su conversación con Perséfone, "He vivido lo bastante para saber una cosa", que hombres eminentes significa hombres de éxito y que los hombres de éxito en realidad odian el cristianismo.
 
Pero esto es algo evidente en la tradición general de vida y letras. Creo que alguien en el Antiguo Testamento dijo que el unicornio es un animal muy difícil de cazar; y en realidad aún no lo han cazado. Si nadie ha dicho todavía que en este caso "unicornio" debe significar rinoceronte, alguien lo hará muy pronto, pero no seré yo. Aunque es probablemente cierto que muchos de esos monstruos medievales tienen origen pagano, esta verdad, que se repite siempre, es mucho menos sorprendente que otra verdad que siempre se ignora.

El monstruo de las fábulas paganas era, siempre, por lo menos que yo recuerde, un emblema del mal. Es decir, un verdadero monstruo; era, como dijo Kingsley en estos hermosos y paganos hexámetros:
 
De formas extrañas; sin igual, que no obedecen
a los gobernantes de cabellos dorados.
Rebeldes en vano, braman hasta que mueren por la espada
de algún héroe.

A veces, una vez muerto, el monstruo podía usarse para matar a otros monstruos, como Perseo usó a la Gorgona para matar al Dragón del océano. Pero es un simple accidente material. Imagino que, del mismo modo, si pudiera colocar la cabeza de un profesor de folclore en un extremo de una pica, a la manera de la Revolución Francesa, serviría a la perfección como garrote para golpear las cabezas menos duras de otros profesores de folclore. Asimismo, la Hidra, que desarrollaba dos cabezas por cada tina que le corlaban, podría haber sido usada como emblema de la evolución que se ramifica y del avance de una población creciente. Pero, en verdad, nunca se alabó a la Hidra. La mataron con alivio general. El Minotauro pudo haber sido alabado por los modernos como un lugar de encuentro de hombres y animales; la Quimera podría ser admirada por los modernos como un ejemplo del principio de que tres cabezas son mejor que una. Digo que la Quimera y la Hidra podrían haber sido admiradas por los modernos. Pero los antiguos no las admiraban. Entre los paganos, el animal grotesco, fabuloso, era algo que debía matarse. A veces lo mataba a uno, como la Esfinge. Pero nunca se la amaba.
 
El hecho de la reaparición de animales tan espantosos después de que Europa se convirtió al cristianismo es lo que jamás vi descrito con propiedad. En una de las leyendas más antiguas de san Jorge y el Dragón, san Jorge no mataba al Dragón, sino que lo guardaba cautivo y lo rociaba con agua bendita. A veces, algo semejante ocurría en ese departamento de la mente humana que crea imágenes violentas y nada naturales. Tomemos al Grifo, por ejemplo. En nuestra época, el Grifo, como la mayoría de los símbolos medievales, ha sido convertido en algo insignificante y ridículo, digno de un baile de máscaras; en veinte dibujos de Punch, por ejemplo, vemos al Grifo y a la tortuga que sostienen el escudo cívico de Londres. Para el "ciudadano" moderno, el arreglo es excelente. El Grifo, que lo come, no existe; la tortuga, a la que él come, sí existe. Pero el Grifo no sólo no fue siempre trivial, sino que tampoco fue siempre malo. Era la reunión mística de dos animales considerados sagrados: el león de san Marcos, el león de la generosidad, el valor, la victoria; y el águila de san Juan, el águila de la verdad, de la aspiración, de la libertad intelectual. De ese modo, el Grifo se usó a menudo corno símbolo de Cristo, pues combinaba el águila y el león del mismo modo misterioso e íntegro en que Cristo combinaba lo divino y lo humano. Pero, aunque se pensara que el Grifo era bueno, no por eso se lo temía menos. Tal vez más.
 
Pero el caso más notable es el del Unicornio, que. yo tenía la intención de hacer figurar de manera prominente en este artículo, pero que parece haber evadido mis pensamientos de manera milagrosa y hasta este momento he omitido. El Unicornio es una criatura terrible y, aunque parece vivir vagamente en África, no me sorprendería verlo caminar por uno de los cuatro caminos que conducen a Beaconsfield; el monstruo, más blanco que los caminos, y el cuerno, más alto que la aguja de la iglesia. Pues todos estos animales místicos eran imaginados enormemente grandes, así como incalculablemente feroces y libres. El pataleo del horrible Unicornio sacudía el infinito desierto en que vivía; y la alas del gigantesco Grifo subían por sobre nuestras cabezas hasta el Paraíso, con el trueno de mil querubines. Y, sin embargo, subsiste el hecho de que, si le preguntáramos a un hombre de la Edad Media qué quería significar el Grifo, hubiera respondido "la castidad".
 
Cuando hayamos comprendido este hecho, comprenderemos muchas otras cosas pero, por encima de todo, la civilización de la que descendemos. El cristianismo no concibió las virtudes cristianas como algo suave, tímido y respetable. Las concibió como algo amplio, desafiante y hasta destructivo, que despreciaba el yugo de esta vida, vivía en el desierto y buscaba su alimento en Dios. Mientras no hayamos comprendido esto, nadie comprenderá realmente ni siquiera el cartel "El Unicornio y el león" sobre alguna panadería.
 

Gilbert Keith Chesterton (Inglaterra, 1874-1936)