Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 25 de enero de 2022

Día de reyes: BALTASAR, de Anatole France

"Y los tres Reyes Magos continuaron su camino juntos. La estrella que habían visto en el oriente los precedía..."

(Fragmento del capítulo V)

Cuando la estrella dejó de hablar, el rey y sus dos compañeros descendieron de la torre. Luego, habiendo preparado una medida de mirra, formaron una caravana y fueron a donde los llevó la estrella. Viajaron mucho tiempo por países desconocidos, y la estrella caminó delante de ellos.

Un día, encontrándose en un lugar donde confluían tres caminos, vieron a dos reyes que avanzaban con un gran séquito. Uno era joven y de cara blanca. Saludó a Bal- tasar y le dijo:

- Mi nombre es Gaspar, soy rey ​​y voy a llevar oro como regalo al niño que acaba de nacer en Belén de Judá.

El segundo rey se adelantó a su vez. Era un anciano cuya barba blanca cubría su pecho.

- Mi nombre es Melchor, dijo, soy rey ​​y voy a llevar incienso al divino niño que viene a enseñar la verdad a los hombres.

- Voy como ustedes-, respondió Baltasar-. Sometí a mi lujuria, por eso me habló la estrella.

- Yo -dijo Melchor-, vencí mi orgullo, y por eso fui llamado.

- Yo -dijo Gaspar-, he vencido mi crueldad, por eso voy contigo.

Y los tres Reyes Magos continuaron su camino juntos. La estrella que habían visto en el oriente los precedía hasta que, pasando sobre el lugar donde estaba el niño, allí se detuvo.

Anatole France: Anatole François Thibault
(Francia, 1844-1924). Obtuvo el premio Nobel en 1921.

lunes, 4 de enero de 2021

Año nuevo: UN CUENTO DE AÑO NUEVO, de Anatole France


Horteur, el fundador de la Etoile, el director político y literario de la Revue National y del Nouveau Siécle Ilustré, habiéndome recibido en su gabinete, repantigado en su silla dictatorial, me dijo:

- Mi buen Marteau, hazme un cuento para el número extraordinario del Nouveau Siécle. Trescientas líneas con ocasión del “año nuevo”. Alguna cosa viviente, con cierto perfume aristocrático.Contesté a Horteur que yo no podría hacerlo como él quería, pero que de buena gana le escribiría un cuento.

- Me gustaría -dijo-, que se titulase: “Cuento para los ricos”.

- Yo preferiría titularlo: “Cuento para los pobres”.

- Es lo mismo. Un cuento que inspire a los ricos piedad para los pobres.

- Es que precisamente no me gusta que los ricos tengan piedad de los pobres.

- ¡Bravo!

- No bravo, sino científico. Creo que la piedad del rico hacia el pobre es injuriosa y contraria a la fraternidad humana. Si quieres que hable a los ricos, les diré: “Ahórrenle a los pobres su piedad; para nada les sirve. ¿Por qué la piedad y no la justicia? Están en deuda con ellos; salden sus cuentas. Esta no es cuestión de sentimiento; es una cuestión económica. Si lo que les dan graciosamente es para prolongar la pobreza de ellos y la riqueza de ustedes, ese don es inicuo y las lágrimas que mezclen no lo harán más equitativo. Hay que restituir, como decía el procurador al juez después del sermón del hermano Maillard. Ustedes hacen limosna para no restituir. Dan un poco para guardar mucho, y se felicitan por ello. Así el tirano de Samos arrojó su anillo al mar. Pero la Némesis de los dioses no recibió la ofrenda. Un pescador devolvió al tirano su anillo dentro del vientre de un pescado. Y Polycrato fue despojado de todas sus riquezas.”

- Estás bromeando.

- No bromeo. Quiero hacer comprender a los ricos que son benéficos con descuento y generosos de conveniencia, que entretienen al acreedor y que no es así como se hacen los negocios. Es un aviso que puede serles útil.

- Y quieres meter semejantes ideas en el Nouveau Siécle para acreditarlo. ¡Nada de esto, amigo mío, nada de esto!

- ¿Por qué quieren que el rico proceda con el pobre de otro modo que con los ricos y los poderosos? Les pagan lo que les deben, y si nada les deben, nada les pagan. Esta es la probidad. Si es honrado, que haga lo mismo con los pobres. Y no digan que los ricos nada deben a los pobres. Yo no creo que lo piense ni un solo rico. Las incertidumbres comienzan al tratar de la extensión de la deuda, que no se tiene prisa por solventar. Se prefiere permanecer en la duda. Se sabe que se debe, no se sabe lo que se debe, y se entrega de cuando en cuando una pequeñez a cuenta. Esto se llama la beneficencia; y es muy ventajoso.

- Pero lo que dices no tiene sentido común, mi querido colaborador. Yo tal vez soy más socialista que tú; pero soy práctico. Suprimir un sufrimiento, prolongar una existencia, reparar una pequeña parte de las injusticias sociales, ya es un resultado. El poco bien que se hace, hecho queda. No es todo, pero es algo. Si el cuentecito que te pido enternece a un centenar de mis ricos suscriptores y los dispone a dar, esto se habrá ganado contra el mal y contra el sufrimiento. Así, poco a poco, se hace soportable la condición de los pobres.- ¿Acaso es bueno que la condición de los pobres sea soportable? La pobreza es indispensable a la riqueza; la riqueza es necesaria a la pobreza. Estos dos males se engendran el uno al otro y se sostienen el uno por el otro. No se ha de mejorar la condición de los pobres; hay que suprimirla. Yo no induciré a los ricos a que den limosna, porque su limosna está envenenada, porque la limosna beneficia al que la da y daña al que la recibe, y porque, en fin, la riqueza, siendo por sí misma dura y cruel, no debe revestir la apariencia engañosa de la dulzura. Si quieres que escriba un cuento para los ricos, yo les diré: “Sus pobres son sus perros a quienes alimentan para morder. Los socorridos son para los poseedores una jauría que ladra a los proletarios. Los ricos no dan sino a los que piden. Los trabajadores nada piden; por lo tanto nada reciben.”

- Pero, ¿los huérfanos, los enfermos, los ancianos?…

- Tienen derecho a vivir. Para ellos no excitaría la piedad, sino que invocaría el derecho.

- ¡Todo esto son teorías! Volvamos a la realidad. Me escribes un cuentecito con ocasión del año nuevo y puedes meter en él un poco de socialismo. El socialismo está de moda. Es una elegancia. No hablo del socialismo de Guesde, ni de Jaurés; sino del buen socialismo que la gente de mundo opone, con intención e ingenio, al colectivismo. Ha de haber en tu cuento figuras jóvenes. Se publicará con ilustraciones y la gente gusta de las láminas que representan asuntos agradables. Pon en escena una muchacha joven y hermosa. Esto no es difícil.

- Efectivamente, no es difícil.

- ¿No podrías también introducir en el cuento un muchacho deshollinador? Tengo una ilustración a propósito, un grabado en colores que representa una linda joven que da limosna a un pequeño deshollinador en las escalinatas de la Magdalena. Sería una ocasión de utilizarlo… Hace frío, nieva; la linda señorita socorre al muchacho… ¿Te haces cargo?

- Comprendo perfectamente.

- Tú harías primores sobre este tema.

- Los haré. El pequeño deshollinador, en un transporte de agradecimiento, se arroja al cuello de la linda señorita, que resulta ser la propia hija del señor conde de Linotte. Le da un beso e imprime sobre la mejilla de la graciosa criatura una pequeña O de hollín, una hermosa O redonda y negra. La ama. Edma (porque ella se llama Edma) no se muestra insensible a un sentimiento tan sincero y tan ingenuo… Me parece que la idea es sugestiva.

- Sí… con esto podrías hacer algo.

- Me animas a continuar… De vuelta en su morada suntuosa del bulevar Malesherbes, Edma experimenta por primera vez repugnancia a lavarse, quisiera guardar sobre su mejilla la huella de los labios que en ella se posaron. Entre tanto, el chiquillo la ha seguido hasta la puerta y ha quedado en éxtasis bajo las ventanas de la encantadora muchacha… ¿Va bien así?

- Bueno… sí.

- Pues prosigo. A la mañana siguiente, Edma, acostada en su camita blanca, ve salir de la chimenea de su cuarto al pequeño deshollinador, que se arroja ingenuamente sobre la deliciosa niña y la cubre de redondas O de hollín. He olvidado decirte que él es maravillosamente bello. La condesa de Linotte los sorprende en esa dulce tarea. Grita, llama. Se halla él tan ocupado que ni la ve ni la oye.

- Mi querido Marteau…

- Se halla él tan ocupado que ni la ve ni la oye. Acude el conde, que tiene espíritu caballeresco, y coge al muchacho por los fondillos del pantalón, que es lo que ve primero, y lo tira por la ventana.

- Mi querido Marteau…

- Abreviaré… Nueve meses después, el pequeño deshollinador se casa con la noble señorita. No había tiempo que perder. He aquí las consecuencias de una caridad bien practicada.

- Mi querido Marteau, ¿te has burlado bastante de mí?

- No lo creas. Voy a terminar. Casado con la señorita de Linotte, el pequeño deshollinador llegó a ser conde pontificio y se arruinó en las carreras. Hoy día es fumista en la calle de la Gaité, en Montparnasse. Su mujer despacha en la tienda y vende calentadores, a 18 francos, pagaderos en ocho meses.

- Mi querido Marteau, esto no tiene nada de divertido.

- Atiende, mi querido Horteur. Lo que te acabo de contar es, en el fondo, La caída de un ángel, de Lamartine, y Eloa, de Alfredo de Vigny. En todo caso, vale más que tus historietas lacrimosas que hacen creer a las gentes que son muy buenas, cuando no son buenas; que obran bien, cuando no obran bien; que es fácil ser bienhechores, cuando es la cosa más difícil del mundo. Mi cuento es moral. Además, es optimista y acaba bien. Porque Edma encuentra en la tienda de la calle de la Gaité la felicidad que hubiera buscado en vano en las diversiones y en las fiestas, de haberse casado con un diplomático o un oficial… Mi querido director, respóndeme: ¿quieres mi cuento “Edma o la caridad bien practicada” para el Nouveau Siécle Illustré?

- ¿Es que me lo propones seriamente…?

- Te lo propongo seriamente. Si no lo quieres, lo publicaré en otra parte.

- ¿Dónde?- En un periódico burgués.

- No creo que te lo admitan.

- Pues ya lo verás.


Anatole France (Francia, 1844-1924). Obtuvo el premio Nobel en 1921.

miércoles, 24 de enero de 2018

Nieve: LA ISLA DE LOS PINGÜINOS, de Anatole France



(Fragmento del capítulo II:
El amojonamiento de los campos y el origen de la propiedad)


La isla no conservaba ya el primitivo y rudo aspecto de cuando, entre témpanos de hielo, reunía en un anfiteatro de rocas un pueblo de aves. Al borrarse la nieve perpetua de sus alturas, quedaba sólo una colina, desde cuya cumbre se descubrían las costas de Armórica, cubiertas de una bruma eterna, y el Océano, sembrado de oscuros escollos semejantes a espaldas de monstruos que flotaban sobre los abismos.

Sus costas eran muy extensas y accidentadas, y su conjunto ofrecía cierta semejanza con el perfil de una hoja de morera. La tierra se cubría de una hierba salobre agradable a los ganados, de sauces, de antiguas higueras y de encinas augustas. Lo atestiguan el venerable Bede y varios otros autores dignos de crédito.
 
Anatole France: Jacques Anatole François Thibault (Francia, 1844-1924).
Obtuvo el premio Nobel en 1921.

La ilustración corresponde a la isla Cachagua, en Chile, conocida como la isla de los pingüinos.

lunes, 16 de octubre de 2017

Eclipse: SOBRE LA PIEDRA BLANCA, de Anatole France

"... es el ángel Gabriel quien causa los eclipses cuando se pone frente al sol."
 
(Fragmento del capítulo III)

- Venerable anciano -le dijo-, los franceses hemos venido a Egipto a traer justicia y libertad.

- Yo sabía que vendrían -respondió el derviche.

- ¿Y cómo es que lo sabía?

- Por un eclipse de sol.

- ¿Cómo puede un eclipse de sol haberle informado los movimientos de nuestro ejército?

- A los eclipses los trae el ángel Gabriel, que se coloca delante del sol para anunciar a los fieles las desventuras que se ciernen sobre ellos.

- Venerable anciano, usted ignora por completo la verdadera causa de los eclipses. Se lo voy a explicar.

Tomó un lápiz y un trozo de papel para dibujar unas figuras.

- Digamos que A es el sol, B la luna y C, la tierra.

Al término de su demostración concluyó satisfecho:

- Esta es la teoría que rige a los eclipses de sol.

Y como el derviche mascullaba algunas palabras, el General preguntó al intérprete:

- ¿Qué dice?

- Mi general, dice que es el ángel Gabriel quien causa los eclipses cuando se pone frente al sol.

- Este sujeto no sólo está loco sino que es un fanático -exclamó.


Anatole FranceFrançois-Anatole Thibault (Francia, 1844-1924).
Obtuvo el premio Nobel en 1921.

sábado, 29 de abril de 2017

Carnaval: EL SEÑOR BERGERON EN PARÍS, de Anatole France

"... vivía, con traje de carnaval, en la generosa intimidad de Alcestes y de Safo."

(Fragmento del capítulo IV)

- Zoé, una de dos: o bien cuando éramos niños había más locos que ahora, o nuestro padre los acaparaba todos. Creo que le gustaban los locos, ya sea porque le inspirasen lástima, o porque le resultaran menos fastidiosos que las personas razonables; el caso es que tenía un gran cortejo de locos.
 
La señorita Bergeret meneó la cabeza.
 
- Nuestros padres trataban a gentes muy sensatas y a hombres de mérito. Lo que te ha sucedido, Luciano, es que las extravagancias inocentes de algunos viejos fijaron tu atención y conservas de ellas un vivo recuerdo.
 
- Zoé, no lo neguemos: crecimos entre personas que no pensaban de manera común y corriente. La señorita Lalouette, el señor Mathaléne y el señor Grille no tenían sentido común; esto es indudable. ¿Te acuerdas del señor Grille? Alto, grueso, rubicundo, con una barba blanca muy corta; en verano como en invierno llevaba unos trajes de tela de colchón, desde que sus dos hijos habían perecido en Suiza al subir a un ventisquero. Era, según nuestro padre, un helenista delicioso; sentía con delicadeza la poesía de los líricos griegos; cogía con mano firme y ligera el fatigoso texto de Teócrito; su locura consistía en negar la muerte de sus dos hijos. Y mientras los esperaba con obstinación inverosímil, vivía, con traje de carnaval, en la generosa intimidad de Alcestes y de Safo.
 
- Nos daba caramelos -dijo la señorita Bergeret.
 
- Hablaba con prudencia, con elegancia, con sabiduría -repuso el señor Bergeret-, y nos asustaba mucho porque un loco infunde más miedo cuando más acertadamente razona.


 Anatole France: François-Anatole Thibault (Francia, 1844-1924).
Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1921.

La ilustración corresponde a la estatua de Eurípides, autor de Alcestes, que se encuentra en el museo del Vaticano.

martes, 12 de enero de 2016

Unicornios: LA AZUCENA ROJA, de Anatole France

"Estas historias del unicornio, cuya serie completa se conserva en Cluny..."

(Fragmento del capítulo XXVI)

Subieron a la sala que sirvió en un principio de estudio al arquitecto y donde el escultor dibujaba, modelaba, y sobre todo leía, porque amaba como un opio la lectura, solo interrumpida para forjar ensueños.
 
Góticos tapices, muy descoloridos. que dejaban adivinar en un bosque maravilloso una dama con su caperuza en la cabeza y el unicornio tendido a sus pies sobre la hierba florida, cubrían las paredes hasta rozar en las pintadas vigas del techo.
 
Dechartre la condujo a un diván ancho y bajo, provisto de almohadones forrados con suntuosos restos de capas pluviales españolas y de dalmáticas bizantinas; pero ella prefirió sentarse en una butaca. Él dijo:
 
-¡Ya estás aquí! ¡Ya estás aquí! Teniéndote a mi lado no temo ni al fin del mundo.
 
Ella respondió:
 
- Antes pensaba yo en el fin del mundo, pero no lo temía. El académico Lagrange me lo prometió galantemente, y lo esperaré con cierta curiosidad. Mientras no te conocí, ¡me aburría tanto!
 
Miró Teresa en torno suyo las mesas cargadas de jarrones y estatuitas, los tapices, la multitud confusa y espléndida de armas, esmaltes, mármoles y libros antiguos.
 
- Tienes preciosos objetos.
 
- La mayor parte los heredé de mi padre, que vivía en la edad de oro de las colecciones. Estas historias del unicornio, cuya serie completa se conserva en Cluny, las encontró en el año mil ochocientos cincuenta y uno en una posada de Meungsur-Yévre.
 
Pero ella, curiosa y lánguida, observó:
 
- No veo nada tuyo, ni una estatua, ni un bajo relieve, ni uno de los bocetos tan estimados en Inglaterra, ni una figurita, ni una medalla.
 
- ¿Crees que yo podría vivir a gusto entre mis obras? Conozco demasiado mis obras, y me aburren. Lo que no tiene secretos no tiene encanto.
 
Ella le miró entonces con despecho fingido.

- Nunca me advertiste que no hubiera para ti encanto sin secreto.
 
 
 Anatole France: François-Anatole Thibault (Francia, 1844-1924).
Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1921.

martes, 10 de noviembre de 2015

Venecia: LA AZUCENA ROJA, de Anatole France

"Sonreía. ¡Qué boca! La más preciada joya, la más hermosa luz."

(Fragmento del capítulo IV)

- Hasta en Florencia -dijo el escultor- el cielo es lejano, se ve a distancia. Sólo en Venecia está en todas partes, acaricia la tierra y el agua, envuelve con amor las cúpulas de plomo y las fachadas de mármol, y lanza en el espacio irisado sus perlas y sus cristales. La hermosura de Venecia está en su cielo y en sus mujeres. Las venecianas, ¡hermosas criaturas de un contorno tan atrevido, tan puro! Aquellos cuerpos flexibles que se adivinan macizos bajo el chal negro… Aunque sólo quedara de tales mujeres un huesecillo, revelaría el encanto de su estructura exquisita. El domingo, en la iglesia, forman grupos risueños, agitados. Un conjunto de caderas algo salientes, de nucas elegantes, de sonrisas floridas, de miradas luminosas. Y todas se inclinan con soltura de cachorro al paso de un cura con cabeza de Vitelio y barbilla rebosante sobre la casulla, que lleva el cáliz, precedido de dos acólitos. Él andaba desigualmente al compás de sus ideas, tan pronto perezosas como aceleradas, y ella sostenía un paso regular con tendencia a adelantarse. El escultor la contemplaba, admirando en ella el porte ligero y firme que le agradaba, y advertía el estremecimiento que por instantes su cabeza voluntariosa comunicaba a los tallos de muérdago prendidos en su toca. Sin proponérselo, sentía el encanto de aquel paseo casi íntimo con una mujer casi desconocida.
 
Habían llegado al lugar donde la ancha avenida muestra sus cuatro hileras de plátanos; avanzaban junto al parapeto de piedra rematado por una cortina de boj que oculta piadosamente la fealdad de los edificios militares del muelle. Al otro lado se adivinaba el río, por la atmósfera lechosa que en los días sin bruma descansa sobre las aguas. El cielo era claro. Las luces de la ciudad se confundían con las estrellas. Al Sur brillaban los tres clavos de oro del Tahalí de Orión.

- El último año, en Venecia, todas las mañanas, al salir de mi casa, encontraba delante de la puerta, que tenía tres escalones sobre el canal, a una joven admirable, de cabeza pequeña, de cuello redondo y fuerte, de caderas vigorosas. Allí estaba envuelta en rayos de sol y en basura, graciosa como una ánfora, sutil como una flor. Sonreía. ¡Qué boca! La más preciada joya, la más hermosa luz. Advertí a tiempo que aquella sonrisa iba dirigida a un muchacho carnicero que se hallaba detrás de mí con el cesto en la cabeza. En el ángulo de la corta calle que baja al muelle, entre dos jardincillos, la señora Martín apresuró el paso.
 
- ¿Es cierto que en Venecia -le dijo- las mujeres son hermosas?
 
- Casi todas lo son. Hablo de las hijas del pueblo, de las cigarreras, de las humildes obreras de las vidrierías. Las otras son como en todas partes.
 
 
 Anatole France: François-Anatole Thibault (Francia, 1844-1924).
Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1921.
 
La ilustración corresponde a La pesca del día (Catch of the Day), de Eugene de Blaas, 1898.