Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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lunes, 6 de noviembre de 2023

Eclipse solar: LAS OLAS, de Virginia Woolf

"Laten de azul y verde los bosques, y gradualmente los campos se embeben de rojo, amarillo y marrón."

(Fragmento)

¿Cómo regresa al mundo la luz después del eclipse de sol? Frágil, milagrosamente. Con finas rayas. Cuelga como una jaula de cristal. Es un círculo al que fracturará una menuda jarra. Ahí hay una chispa. Y a continuación un brote ceniciento. Después un vapor como si la tierra estuviera inspirando y espirando, una, dos veces, por ver primera. Y entonces, bajo el aburrimiento, alguien camina con una luz verde. Enton- ces se desgaja un blanco fantasma.
 
Laten de azul y verde los bosques, y gradualmente los campos se embeben de rojo, amarillo y marrón. De repente, un río arrebata un azul claro.
 
La tierra absorbe color como una esponja que bebe agua lentamente. Adquiere peso, se redondea, cuelga pendiente, se estabiliza y se mueve bajo nuestros pies.
 
Así es como regresó a mi el paisaje; así es como vi los campos rodar con olas de color bajo de mí...
 
Virginia Woolf: Adeline Virginia Stephen (Inglaterra, 1882-1941).

jueves, 21 de julio de 2022

Julio: LAS OLAS, de Virginia Woolf

"He arrancado ya todas las hojas del mes de mayo y de junio -dijo Susana- y veinte días de julio..."

(Fragmentos)

- ¡Durante cuántos meses -dijo Susana., durante cuántos años he subido estas escaleras, en los días lúgubres del invierno y en los días helados de la primavera!. Ahora estamos en pleno verano. Jinny y yo subimos a cambiarnos trajes blancos para ir a jugar tenis. Rhoda nos sigue. A medida que subo, voy contando los peldaños que quedan atrás como algo definitivamente pasado. En la misma forma, cada noche, arranco del calendario el día que acaba de terminar y hago con él una pelotilla de papel. Hago esto para vengarme, mientras Betty y Clara dicen sus oraciones arrodilladas. Yo no rezo. Yo me vengo del día que acaba de pasar. Sobre su imagen le enrostro mi despecho y mi rencor. «Por fin estás muerto, le digo, ¡día pasado en el internado, día aborrecido!...»

(...)

He arrancado ya todas las hojas del mes de mayo y de junio -dijo Susana- y veinte días de julio. Las he arrancado y he formado con ellas una pelotilla, de modo que ya no existen, excepto como un peso sobre mi corazón. Han sido días truncos, semejantes a mariposas nocturnas con sus alas quemadas, incapaces de emprender el vuelo. Sólo me quedan ocho días aquí; dentro; de ocho días, descenderé del tren y saltaré a la plataforma a las seis veinticinco. Entonces mi libertad desplegará sus alas desprendiéndose de todas las restricciones que las tenían trabadas: de las horas de disciplina, de la rutina de los días, de la obligación de estar aquí y allá a horas determinadas. La vida comenzará de nuevo el día en que, al abrir la portezuela del tren, vea a mi padre con su viejo sombrero y sus polainas. Voy a estremecerme de emoción, voy a echarme a llorar. Y, a la mañana siguiente, me levantaré al amanecer. Saldré por la puerta de la cocina e iré a pasearme por el campo. Grandes caballos montados por fantasmas galoparán detrás de mí y se detendrán súbitamente. Veré a las golondrinas rozar la hierba. Me dejaré caer sobre la tierra húmeda, junto al río, y contemplaré a los peces deslizándose entre las cañas. Las agujas de los pinos dejarán sus huellas en las palmas de mis manos. Allí voy a poder entreabrir y examinar de cerca esta cosa dura que ha crecido aquí dentro de mí durante todos estos inviernos y veranos, en las escaleras y en los dormitorios. Yo no quiero, como Jinny, ser admirada. Yo no quiero que la gente alce sus ojos en éxtasis al entrar a una habitación. Yo quiero dar y que me den, y quiero la soledad para desplegar en ella mis posesiones.
 
Virgina Woolf (Inglaterra, 1882-1941).
 
(Traducido del inglés por Lenka Franulik).

martes, 3 de septiembre de 2019

Tu boca: FIN DE VIAJE, de Virginia Woolf

"... de duda entre las expresiones «afectuosamente» y «sinceramente» eligió aquélla y firmó la carta."
 
(Fragmento del capítulo XXII)
 
Acabó la frase que había dejado interrumpida en su carta -una frase torpe y estúpida-, y añadió que los dos se sentían muy dichosos y se casarían, probablemente, en el otoño; se proponían vivir en Londres «donde esperamos encontrarnos y volver a ver a nuestro regreso». Tras unos momentos de duda entre las expresiones «afectuo- samente» y «sinceramente» eligió aquélla y firmó la carta. Se disponía a empezar otra cuando Terence la interrumpió para citarle algunos trozos del libro que estaba leyendo. Se trataba de una novela en la que el protagonista, Hugh, hombre de letras también, no había comprendido exactamente la índole de las relaciones entre hombre y mujer hasta que llega al matrimonio. Al principio, fue feliz con su esposa; pero después de darle ésta un hijo, empieza a distanciarse, a hastiarse de ella, hasta olvidarla por completo. «Eran distintos entre sí. Tal vez en un lejano futuro, cuando generaciones de hombres se hayan combatido y engañado como nos engañamos y combatirnos nosotros, las mujeres lleguen a ser, en lugar de lo que ahora parece constituir la razón de su existencia, no la enemiga y el parásito del hombre, sino su verdadera amiga y compañera».
 
- Al final, Hugh vuelve de nuevo a su mujer. Era su obligación como hombre casado. ¡Señor! -concluyó Terence-, ¿tú crees que podrá sucedemos algo semejante a nosotros
 
Ella, en lugar de responder, preguntó:
 
- ¿Por qué no se escriben las cosas que se sienten? ésa es la dificultad –contestó Terence dejando el. libro.
 
- Bien; entonces, ¿qué crees tú que será de nosotros cuando nos casemos?...
 
- Ven, siéntate en el suelo -le dijo él- y déjame que te miré.
 
Rachel apoyó el mentón sobre las rodillas y se quedó mirándole fijamente. Él la contempló con detenimiento.
 
- No eres hermosa, pero me gustas como eres. Adoro tus cabellos, tus ojos... Tu boca es demasiado grande, y a tus mejillas les falta color. Pero me subyugas de tal modo, que al mirarte es como si me arrebataras el aliento.
 
Se acercó tanto a ella, contemplándola fijamente, que ella retrocedió un poco sus espaldas.
 
- Hay momentos -continuó Terence- en los que, si estuviéramos juntos sobre un acantilado, harías que me arrojase al mar.
 
Hipnotizada por aquel mirarse entrambos fijamente a los ojos, ella repitió: «Si estuviéramos juntos sobre un acantilado...» Ser arrojado al mar, ser llevado de aquí para allá. La idea le sonó extrañamente sugestiva. Se puso en pie de un salto. Se movió por la habitación apartando sillas y mesitas, como si en realidad nadase. Él la miró gozoso. Parecía abrirse camino, saliendo triunfante de los obstáculos que se interponían en su vida.
 
Virginia Woolf (Inglaterra, 1882-1941).

martes, 28 de marzo de 2017

Carnaval: ORLANDO, de Virginia Woolf

"... y lo cambió en un parque de diversiones, con glorietas, laberintos, alamedas y barracones de feria."
 
(Fragmento del capítulo Uno)
 
Pero mientras el campo sufría una extrema indigencia, y el comercio del país estaba paralizado, Londres gozó de un Carnaval por demás brillante. La Corte estaba en Greenwich; y el nuevo rey aprovechó la oportunidad que su coronación le daba para congraciarse con los ciudadanos. A su costo, hizo barrer y decorar el río (que estaba helado hasta unos veinte pies de profundidad y una anchura de seis o de siete millas), y lo cambió en un parque de diversiones, con glorietas, laberintos, alamedas y barracones de feria. Reservó para él y sus cortesanos un recinto frente a las puertas de Palacio; que, vedado al público por un cordón de seda, fue inmediatamente el centro de la más brillante sociedad de Inglaterra. Grandes hombres de Estado, con sus barbas y sus gorgueras, despachaban asuntos oficiales bajo el toldo carmesí de la Pagoda Real. En glorietas rayadas coronadas de plumas de avestruz, los militares concertaban la conquista del moro y la caída del turco. Los almirantes recorrían de arriba abajo los angostos senderos, telescopio en mano, barriendo el horizonte y refiriendo historias de los hielos boreales de América y de la Gran Armada. Los amantes se demoraban en los divanes tendidos de pieles de marta. Cataratas de rosas escarchadas se desprendían cuando paseaba la Reina con sus damas. En el aire se cernían, inmóviles, globos de colores. Aquí y allá ardían vastas fogatas de madera de cedro y de roble, profusamente salada, para que las llamas fueran de fuego verde, anaranjado, y purpúreo. Ardían ferozmente pero su calor no bastaba a derretir el hielo que, aunque de transparencia singular, tenía la dureza del acero. Era tan límpido que se veían, congelados a una profundidad de varios pies, aquí un puerco marino, allá un lenguado. Cardúmenes de anguilas yacían sin movimiento, y los filósofos perplejos se preguntaban si estaban muertas o si era una simple suspensión de vida que reanimaría el calor.
 
Cerca del Puente de Londres, donde el río estaba helado hasta unas veinte brazas de profundidad, se veía claramente un bote en el fondo, donde había naufragado el último otoño, cargado de manzanas. La vieja del bote, que traía su fruta al mercado de la ribera de Surrey, estaba sentada entre su guardainfante y sus chales con la falda llena de manzanas, como si fuera a atender a un cliente, aunque cierto tinte azulado de los labios insinuaba la verdad. Era un espectáculo que le agradaba particularmente al Rey Jaime y solía traer a sus cortesanos a que lo contemplaran con él. En una palabra, nada podía superar el brillo y la alegría de la escena durante el día. Pero era por la noche cuando el Carnaval alcanzaba su apogeo. Porque la escarcha seguía intacta; las noches eran de perfecta quietud, la luna y las estrellas ardían con la dura fijeza de los diamantes, y al fino compás de la flauta y de la trompeta bailaban los cortesanos.
 

Virginia Woolf (Inglaterra, 1882-1941)

sábado, 5 de septiembre de 2015

Venecia: LAS OLAS, de Virginia Woolf

"Una mujer lanzaba antaño este grito hacia su amante, inclinada sobre su balcón en Venecia."
 
(Fragmento)

«He aquí una sala donde uno tiene derecho a entrar pagando su boleto para escuchar música, en medio de auditores somnolientos que han venido aquí después de almorzar, en una tarde calurosa. Todos hemos comido carne y budín en cantidad suficiente para mantenernos vivos durante una semana sin probar bocado y por consiguiente nos apiñamos como larvas sobre el dorso de alguna bestia que nos conducirá adelante. Correctamente vestidos, llenos de gravedad, hay entre nosotros viejas damas con cabellos blancos cuidadosamente ondulados debajo de sus sombreros, con pequeños zapatos, pequeños bolsos de mano y caballeros de mejillas cuidadosamente afeitadas; uno que otro luce un breve bigote militar y el menor vestigio de polvo ha sido cuidadosamente sacudido de sus vestones. Moviéndonos acompasadamente; abriendo programas, saludamos a los conocidos y nos instalamos  igual que focas sobre una roca, como pesadas criaturas incapaces de sumergirnos en el mar por nuestro propio impulso y aguardando que una ola nos levante: pero somos demasiado pesados y hay demasiado ripio entre nosotros y el mar. Yacemos, pues, hartados de alimentos, embotados por el calor. De pronto, la enorme dama ceñida en un traje de raso verde mar acude a rescatarnos. Se humedece los labios, asume una expresión apasionada, dilata el pecho y avanzando como para coger una manzana, lanza la flecha de su voz en el corazón de la nota: «¡Ah!»

«Un hacha ha partido en dos la manzana: el corazón de la fruta es tibio: los sonidos se estremecen dentro de su corteza. «¡Ahhhhhh…!» Una mujer lanzaba antaño este grito hacia su amante, inclinada sobre su balcón en Venecia. «¡Ahhhh!…» Ella lanza este grito y luego vuelve a comenzar. Ella nos ha dado un grito. Pero solo un grito. Y, ¿qué es un grito? Enseguida hombres parecidos a grandes insectos entran en escena con sus violines. Aguardan: cuentan; hacen un signo y sus arcos se inclinan. Y ahora, todo es un estallido de risas como la danza de los olivares agitando sus miríadas de lenguas de plata cuando un viajero venido del mar, cogiendo una ramita con sus dientes, salta a la orilla sobre la ribera que cierra el semicírculo de las colinas.


Virginia Woolf (Inglaterra, 1882-1941)

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Henry James, Oscar Wilde y Virginia Woolf en Venecia: helados en el Florian


El caffè Florian fue fundado en Venecia en 1720, es decir, hace casi trescientos años. No resulta extraño, entonces, que se cuenten anécdotas de clientes tan célebres como Lord Byron, Goethe o Henry James, entre la nutrida población de escritores que han habitado durante alguna época en dicha ciudad a orillas del mar Adriático. Éste último, en el quinto capítulo de su novela Los papeles de Aspern, ubica al protagonista-narrador en una de sus mesas al calor del verano:
 
"Rara vez me quedaba en casa al anochecer, pues cuando trataba de ocuparme en mis habitaciones, la luz de la lámpara atraía una multitud de insectos molestos, y hacía demasiado calor para cerrar las ventanas. Por tanto, pasaba las últimas horas o bien en el agua (la luz de la luna en Venecia es famosa) o en la espléndida plaza que sirve como vasto atrio a la extraña y vieja basílica de San Marcos.
 
Me sentaba ante el café de Florian, tomando helados, oyendo música, hablando con conocidos: el viajero se acordará de cómo la inmensa acumulación de mesas y sillas se extiende como un promontorio penetrando en el liso lago de la Piazza. La plaza entera, en anochecer de verano, bajo las estrellas y con todas las lámparas, todas las voces y leves pasos sobre el mármol (los únicos sonidos de las arquerías que la rodean), es como un salón al aire libre dedicado a bebidas refrescantes y a una degustación aún más fina -la de las exquisitas impresiones recibidas durante el día-. Cuando no prefería quedarme las mías para mí, siempre había un turista errante, desembarazado de su Baedeker, con quien comentarlas, o algún pintor naturalizado que se regocijaba con el retorno de la estación de los efectos fuertes. La maravillosa iglesia, con sus bajas cúpulas y erizada de ornamentos, el misterio de su mosaico y esculturas, parecía fantasmal en la templada sombra, y la brisa marina pasaba entre las columnas gemelas de la Piazzetta, jambas de una puerta ya no custodiada, tan suavemente como si se meciera allí una rica cortina.
 
En esas ocasiones pensaba en las señoritas Bordereau y en la lástima de que estuvieran encerradas en habitaciones que, en el julio veneciano, ni siquiera la vastedad de Venecia conseguía evitar que estuvieran sofocantes. Su vida parecía estar a millas de distancia de la vida de la Piazza, y sin duda ya era realmente tarde para hacer cambiar de costumbres a la austera Juliana. Pero la pobre señorita Tita, estaba seguro de que habría disfrutado con un helado de Florian; a veces incluso pensaba llevarle uno a casa. Afortunadamente, mi paciencia dio fruto y no me vi obligado a hacer nada tan ridículo."
 
Por supuesto, Henry James no era el primero ni sería el último en referirlo. Oscar Wilde emprende una seria reflexión estética sobre la relación entre el arte y la vida a la manera platónica, esto es, a través de un diálogo entre Cyril y Vivian, únicos personajes en La decadencia de la mentira -de la que suele asegurarse era la favorita del propio Wilde entre sus obras-. Aunque la alusión sea sólo tangencial, en el siguiente parlamento de Vivian se menciona el Florian:
 
"Un día empezó a publicarse una novela en una revista francesa. En aquella época leía yo esa clase de literatura, y recuerdo mi gran sorpresa al llegar a la descripción de la heroína. Era tan parecida a mi amiga, que le llevé la revista. Ella misma se reconoció al momento y pareció fascinada por la semejanza. Debo decirle de paso que la obra estaba traducida de un escritor ruso fallecido, de modo que el autor no habría podido tomar a mi amiga por modelo. Abreviando: algunos meses después, hallándome en Venecia, vi la revista en el salón del hotel y la abrí para conocer cuál era la suerte de la heroína. Se trataba de una historia lamentable. La joven había acabado por fugarse con un hombre de clase inferior, social, moral e intelectual. Escribí aquella misma noche a mi amiga, dándole mi opinión sobre Giovanni Bellini, los admirables helados del Florian y el valor artístico de las góndolas, y añadí una posdata para decirle que su «doble» del relato se había comportado muy neciamente. No sé por qué añadí aquellas líneas; pero recuerdo que me obsesionaba el temor de verla imitar a la heroína. Y antes que mi carta le llegase, se fugó con un hombre, que la abandonó seis meses después. La volví a ver en mil ochocientos ochenta y cuatro, en París, donde vivía con su madre, y le pregunté si aquella narración era responsable de su acto. Me confesó que se había sentido impulsada por una fuerza irresistible a seguir paso a paso a la heroína en su marcha extraña y fatal, y que fue presa de un auténtico terror mientras esperaba los últimos capítulos. Cuando se publicaron, le pareció que estaba obligada a copiarlos, y así lo hizo. Este es un eje clarísimo y extraordinariamente trágico de ese instinto imitativo del que hablaba hace un momento. Pero, no quiero insistir más en esos ejemplos individuales y aislados. La experiencia personal es un círculo vicioso y limitado. Todo lo que deseo demostrar es este principio general: La Vida imita al Arte mucho más que el Arte a la Vida. Y estoy seguro de que si reflexiona usted sobre ello, verá que tengo razón."
 
También Virginia Woolf en su cuento El legado, que se publicó en 1944 como parte del volumen La casa encantada y otros relatos, evoca la visita al Florian de sus personajes:
 
"Fueron a Venecia. Recordó aquellas felices vacaciones después de la elección. «Comimos helados en Florian.» Sonrió; todavía era como una niña, le gustaban los helados. «Gilbert me hizo un relato interesantísimo de la historia de Venecia. Me dijo que los Dogos...», y su esposa lo escribió todo, con su caligrafía de colegiala."
 
 
Jules Etienne 

viernes, 6 de junio de 2014

Espejos (36): UNA HABITACIÓN PROPIA, de Virginia Woolf

"... ¿(si) no puede verse a sí mismo por lo menos de tamaño doble de lo que es?"

(Fragmento del capítulo 2)

Durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural. Sin este poder, la tierra sin duda seguiría siendo pantano y selva. Las glorias de todas nuestras guerras serían desconocidas. Todavía estaríamos grabando la silueta de ciervos en los restos de huesos de cordero y trocando pedernales por pieles de cordero o cualquier adorno sencillo que sedujera nuestro gusto poco sofisticado. Los Superhombres y Dedos del Destino nunca habrían existido. El Zar y el Káiser nunca hubieran llevado coronas o las hubieran perdido. Sea cual fuere su uso en las sociedades civilizadas, los espejos son imprescindibles para toda acción violenta o heroica. Por eso, tanto Napoleón como Mussolini insisten tan marcadamente en la inferioridad de las mujeres, ya que si ellas no fueran inferiores, ellos cesarían de agrandarse. Así queda en parte explicado que a menudo las mujeres sean imprescindibles a los hombres. Y también así se entiende mejor por qué a los hombres les intranquilizan tanto las críticas de las mujeres; por qué las mujeres no les pueden decir este libro es malo, este cuadro es flojo o lo que sea sin causar mucho más dolor y provocar mucha más cólera de los que causaría y provocaría un hombre que hiciera la misma crítica. Porque si ellas se ponen a decir la verdad, la imagen del espejo se encoge; la robustez del hombre ante la vida disminuye. ¿Cómo va a emitir juicios, civilizar indígenas, hacer leyes, escribir libros, vestirse de etiqueta y hacer discursos en los banquetes si a la hora del desayuno y de la cena no puede verse a sí mismo por lo menos de tamaño doble de lo que es? Así meditaba yo, desmigajando mi pan y revolviendo el café, y mirando de vez en cuando a la gente que pasaba por la calle. La imagen del espejo tiene una importancia suprema, porque carga la vitalidad, estimula el sistema nervioso. Suprimidla y puede que el hombre muera, como el adicto a las drogas privado de cocaína. La mitad de las personas que pasan por la acera, pensé mirando por la ventana, se van a trabajar bajo el sortilegio de esta ilusión. Se ponen el sombrero y el abrigo por la mañana bajo sus agradables rayos. Empiezan el día llenas de confianza, fortalecidas, creyendo su presencia deseada en la merienda de Miss Smith; se dicen a sí mismas al entrar en la habitación: «Soy superior a la mitad de la gente que está aquí.» Y así se explica sin duda que hablen con esta confianza, esta seguridad en sí mismas que han tenido consecuencias tan profundas en la vida pública y dado origen a tan curiosas notas en el margen de la mente privada.
 
 
Virginia Woolf (Inglaterra, 1882-1941)