Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne)

martes, 3 de septiembre de 2019

Tu boca: FIN DE VIAJE, de Virginia Woolf

"... de duda entre las expresiones «afectuosamente» y «sinceramente» eligió aquélla y firmó la carta."
 
(Fragmento del capítulo XXII)
 
Acabó la frase que había dejado interrumpida en su carta -una frase torpe y estúpida-, y añadió que los dos se sentían muy dichosos y se casarían, probablemente, en el otoño; se proponían vivir en Londres «donde esperamos encontrarnos y volver a ver a nuestro regreso». Tras unos momentos de duda entre las expresiones «afectuo- samente» y «sinceramente» eligió aquélla y firmó la carta. Se disponía a empezar otra cuando Terence la interrumpió para citarle algunos trozos del libro que estaba leyendo. Se trataba de una novela en la que el protagonista, Hugh, hombre de letras también, no había comprendido exactamente la índole de las relaciones entre hombre y mujer hasta que llega al matrimonio. Al principio, fue feliz con su esposa; pero después de darle ésta un hijo, empieza a distanciarse, a hastiarse de ella, hasta olvidarla por completo. «Eran distintos entre sí. Tal vez en un lejano futuro, cuando generaciones de hombres se hayan combatido y engañado como nos engañamos y combatirnos nosotros, las mujeres lleguen a ser, en lugar de lo que ahora parece constituir la razón de su existencia, no la enemiga y el parásito del hombre, sino su verdadera amiga y compañera».
 
- Al final, Hugh vuelve de nuevo a su mujer. Era su obligación como hombre casado. ¡Señor! -concluyó Terence-, ¿tú crees que podrá sucedemos algo semejante a nosotros
 
Ella, en lugar de responder, preguntó:
 
- ¿Por qué no se escriben las cosas que se sienten? ésa es la dificultad –contestó Terence dejando el. libro.
 
- Bien; entonces, ¿qué crees tú que será de nosotros cuando nos casemos?...
 
- Ven, siéntate en el suelo -le dijo él- y déjame que te miré.
 
Rachel apoyó el mentón sobre las rodillas y se quedó mirándole fijamente. Él la contempló con detenimiento.
 
- No eres hermosa, pero me gustas como eres. Adoro tus cabellos, tus ojos... Tu boca es demasiado grande, y a tus mejillas les falta color. Pero me subyugas de tal modo, que al mirarte es como si me arrebataras el aliento.
 
Se acercó tanto a ella, contemplándola fijamente, que ella retrocedió un poco sus espaldas.
 
- Hay momentos -continuó Terence- en los que, si estuviéramos juntos sobre un acantilado, harías que me arrojase al mar.
 
Hipnotizada por aquel mirarse entrambos fijamente a los ojos, ella repitió: «Si estuviéramos juntos sobre un acantilado...» Ser arrojado al mar, ser llevado de aquí para allá. La idea le sonó extrañamente sugestiva. Se puso en pie de un salto. Se movió por la habitación apartando sillas y mesitas, como si en realidad nadase. Él la miró gozoso. Parecía abrirse camino, saliendo triunfante de los obstáculos que se interponían en su vida.
 
Virginia Woolf (Inglaterra, 1882-1941).

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