Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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viernes, 16 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: PUCK DE LA COLINA DE POOK, de Rudyard Kipling

"... y encuentra a Titania, reina de las hadas, dormida."

(
Fragmento del capítulo I: La espada de Weland)

Los niños estaban en el teatro representando ante las tres vacas todo lo que podían recordar del Sueño de una noche de verano. Su padre les había hecho un extracto de la larga comedia de Shakespeare y lo habían ensayado con él y con su madre hasta que lo aprendieron de memoria. Comenzaron cuando Nick Bottom, el tejedor, aparece entre los matorrales con una cabeza de asno sobre sus hombros y encuentra a Titania, reina de las hadas, dormida. Después pasaron a la escena en la que Bottom solicita de las tres pequeñas hadas que le rasquen la cabeza y le traigan miel y concluyeron cuando cae dormido en los brazos de Titania. Dan interpretaba los papeles de Puck y de Nick Bottom y también los de las tres hadas. Llevaba un gorro de trapo acabado en punta, para hacer de Puck, y una cabeza de asno de papel que se rasgaba si no se manejaba con cuidado, extraída del interior de un triquitraque navideño, para representar a Bottom. Una hacía de Titania, con una guirnalda de columbinas y una varita en los dedos.
Rudyard Kipling
(Británico nacido en la India y fallecido en Inglaterra, 1865-1936).
Obtuvo el premio Nobel en 1907.

miércoles, 10 de enero de 2024

Mirándolas dormir: OTELO, de William Shakespeare


(Fragmento inicial del acto V, escena segunda)

Alcoba en el castillo.

Desdémona duerme. A su lado una luz. Entra Otelo en escena.

Otelo: Con razon lo hago, con razon ¡alma mia! No os lo quiero contar, cas- tas estrellas. Tampoco quiero derramar la sangre de ella, ni ajar su cútis más blanco que la nieve, y más tierno que mármol sepulcral. Y con todo eso, tengo que matarla, para que no engañe á otros hombres. Apagaré esta luz... y luego aquella. Si apago esta luz y luego me arrepiento puedo volver á encenderla, pero si te apago á tí, luz clarísima, primor y ejemplar de la naturaleza, ¿dónde hallaré el fuego de Prometeo, para volverte á dar la vida? Si arranco la flor de su tallo, ¿cómo he de restituirla su frescura y lozanía? Necesario es que se marchite. Quiero respirar por la última vez su aroma exquisito. (La besa.) ¡Oh regalado aliento de su boca, casi bastas para arrancar el hierro de la mano de la justicia! Otro beso y nada más. ¡Quédate así, cuando yo te mate: que muerta y todo te he de amar! Otro beso, el último. Nunca le hubo más delicioso ni más fatal: lloremos. Mi llanto es feroz, y mi ira es como la de Dios, que hiere donde más ama. Ahora se despierta.

Desdémona (despertando): ¿Eres tú, Otelo?

William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616).

La ilustración corresponde a William Bryant (Otelo) y Amy Jirsa (Desdémona),
durante la puesta en escena de la obra por Flatwater Shakespeare, en 2011.

martes, 24 de octubre de 2023

Eclipse solar: HAMLET, de William Shakespeare

"... se ocultó el sol entre celajes funestos y el húmedo planeta, cuya influencia gobierna el imperio de Neptuno, padeció eclipse como si el fin del mundo hubiese llegado."
 
(Fragmento del primer acto, escena I)
 
Horacio: Yo te lo diré, o a lo menos, los rumores que sobre esto corren. Nuestro último Rey (cuya imagen acaba de aparecérsenos) fue provocado a combate, como ya sabéis, por Fortimbrás de Noruega estimulado por la más orgullosa emulación. En aquel desafío, nuestro valeroso Hamlet (que tal renombre alcanzó en la parte del mundo que nos es conocida) mató a Fortimbrás, el cual por un contrato sellado y ratificado según el fuero de las armas, cedía al vencedor (dado caso que muriese en la pelea) todos aquellos países que estaban bajo su dominio. Nuestro Rey se obligó también a cederle una porción equivalente, que hubiera pasado a manos de Fortimbrás, como herencia suya, si hubiese vencido; así como, en virtud de aquel convenio y de los artículos estipulados, recayó todo en Hamlet. Ahora el joven Fortimbrás, de un carácter fogoso, falto de experiencia y lleno de presunción, ha ido recogiendo de aquí y de allí por las fronteras de Noruega, una turba de gente resuelta y perdida, a quien la necesidad de comer determina a intentar empresas que piden valor; y según claramente vemos, su fin no es otro que el de recobrar con violencia y a fuerza de armas los mencionados países que perdió su padre. Este es, en mi dictamen, el motivo principal de nuestras prevenciones, el de esta guardia que hacemos, y la verdadera causa de la agitación y movimiento en que toda la nación está.
 
Bernardo: Si no es esa, yo no alcanzo cuál puede ser..., y en parte lo confirma la visión espantosa que se ha presentado armada en nuestro puesto, con la figura misma del Rey, que fue y es todavía el autor de estas guerras.
 
Horacio: Es por cierto una mota que turba los ojos del entendimiento. En la época más gloriosa y feliz de Roma, poco antes que el poderoso César cayese quedaron vacíos los sepulcros y los amortajados cadáveres vagaron por las calles de la ciudad, gimiendo en voz confusa; las estrellas resplandecieron con encendidas colas, cayó lluvia de sangre, se ocultó el sol entre celajes funestos y el húmedo planeta, cuya influencia gobierna el imperio de Neptuno, padeció eclipse como si el fin del mundo hubiese llegado. Hemos visto ya iguales anuncios de sucesos terribles, precursores que avisan los futuros destinos, el cielo y la tierra juntos los han manifestado a nuestro país y a nuestra gente... Pero. Silencio... ¿Veis?..., allí... Otra vez vuelve... Aunque el terror me hiela, yo le quiero salir al encuentro. Detente, fantasma. Si puedes articular sonidos, si tienes voz háblame. Si allá donde estás puedes recibir algún beneficio para tu descanso y mi perdón, háblame. Si sabes los hados que amenazan a tu país, los cuales felizmente previstos puedan evitarse, ¡ay!, habla... O si acaso, durante tu vida, acumulaste en las entrañas de la tierra mal habidos tesoros, por lo que se dice que vosotros, infelices espíritus, después de la muerte vagáis inquietos; decláralo... Detente y habla... Marcelo, detenle.
 
William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616).
 
La ilustración corresponde a los personajes Marcelo, Bernardo y Horacio, escena inicial del primer acto de Hamlet.

miércoles, 1 de febrero de 2023

Conejos: ROMEO Y JULIETA, de William Shakespeare


(Fragmento del segundo acto, escena IV)

Romeo:
¿Has visto una liebre?

Mercucio:
Una liebre, no: tal vez un conejo viejo y pellejo para un pastel de Cuaresma

Anda alrededor de ellos cantando.

Conejo viejo y pellejo,
conejo pellejo y viejo
es buena carne en Cuaresma.
Pero conejo pasado
ya no puede ser gozado
si se acartona y reseca.

Romeo, ¿vienes a casa de tu padre? Comemos allí.

Romeo:
Ahora os sigo.

Mercucio:
Adiós, vieja señora. Adiós, señora, señora, señora.

Salen Mercucio y Benvolio.

William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616).

lunes, 23 de enero de 2023

Conejos y liebres saltan de página en página


La presencia de conejos y liebres en la literatura es abundante y variada. Fueron material indispensable para las fábulas escritas por Esopo en la antigua Grecia, y más tarde el francés La Fontaine o los españoles Iriarte y Samaniego. Aparecen lo mismo en textos hindúes como el Ramayana ("Es como un orgulloso elefante y una liebre que están juntos en el bosque"; "Era como un león cuando mira a una liebre") que en la mitología egipcia, el teatro griego o la poesía china.

En Las mil y una noches y en Romeo y Julieta, de Shakespeare, pueden encon- trarse referencias a liebres y conejos. Uno de los más famosos es, sin duda, el de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol. Fieles a su naturaleza han saltado de las páginas literarias al teatro y de allí, desde luego, al cine.

Para empezar estaría el conejo invisible de la obra teatral Harvey, de Mary Chase, ganadora del premio Pulitzer en 1945, que se adaptó al cine con James Stewart como Elwood P. Dowd, el único humano capaz de establecer contacto con el conejo, reminiscente del que sólo Donnie Darko podía ver, en una película posterior. El conejo Roger Rabbit no fue concebido originalmente para la película, sino que era el personaje de una novela: ¿Quién censuró a Roger Rabbit?, escrita por Gary Wolf y publicada en 1981.

Pero sería posible continuar ampliando el tema hasta el infinito si se incluye también a la literatura infantil. Los días subsecuentes estarán dedicados a liebres y conejos, puesto que ahora se vive, de acuerdo con la milenaria tradición china: el año del conejo.

Jules Etienne

domingo, 4 de diciembre de 2022

Diciembre: RICARDO II, de William Shakespeare

"¿... o revolcarse desnudo en las nieves de diciembre tan sólo imaginando el calor del verano?"

(Fragmento del segundo acto, escena III)

Bolingbroke:

Mi corazón suspirará con ese falso nombre,
al darse cuenta de que es una peregrinación forzada.

Juan de Gante:

Considera la triste procesión de tus pasos fatigados
como una montura en la que habrás de engastar
la muy preciosa joya de tu regreso a casa.

Bolingbroke:

Ah, ¿quién puede sostener un fuego entre las manos
pensando solo en el helado Cáucaso,
saciar el voraz filo del hambre }
con la simple ilusión de un gran festín,
o revolcarse desnudo en las nieves de diciembre
tan solo imaginando el calor del verano?
¡Ah, no!, anticipar el bien futuro
solo realza el dolor del mal presente.
El diente de la feroz congoja nunca infecta más
que cuando muerde sin dejar herida abierta.

William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616).

(Traducido al español por Juan Fernando Merino).

La ilustración corresponde a Julian Glover en el papel de Juan de Gante y Jasper Britton como Henry Boloingbroke, durante la puesta en escena de la Royal Shakespeare Company en el teatro Baerbican, dirigida por Gregory Doran en 2016. La fotografía es de Keith Pattison.

jueves, 6 de enero de 2022

Día de reyes: UNA COMEDIA DE SHAKESPEARE (Twelfth Night)

 
Con frecuencia escenificada en español como Noche de Reyes o también Noche de Epifanía, la traducción literal de su título en inglés, Twelfth Night, significa la duodécima noche, esto es, contando a partir de la navidad. Se dice que William Shakespeare la escribió con motivo de la visita del Duque de Bracciano a la reina Isabel de Inglaterra, como una forma de mostrar hospitalidad al noble huésped, y también que el personaje de Olivia estaba inspirado en la propia reina. El caso es que se representó por primera vez justo durante la celebración de la Epifanía y se volvió una tradición en esa fecha, hasta avanzado el siglo XVII. Una costumbre equivalente a la que todavía se practica en los países de habla española con Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, durante el día de los muertos.

Se trata de una comedia de enredos que acontece en el reino de Iliria, en la región de los Balcanes -lo que en la geografía moderna son Serbia, Croacia, Bosnia y Albania-. El barco en el que viajan Sebastián y Viola, hermanos gemelos muy unidos, naufraga, y cada uno supone que el otro ha muerto, aunque ambos logran salvarse y toman distinto rumbo. La clave de la trama que da origen a las equivocaciones, es que Viola decide hacerse pasar por hombre, adopta el nombre de Cesario y queda al servicio del duque Orsino. A partir de ese momento se generan confusiones y malentendidos y los personajes se enamoran unos de otros sin lograr ser correspondidos. Al final, con la aparición de Sebastián, todo se aclara y cada quien se queda con su pareja respectiva: "El amor buscado es bueno, pero si se da sin buscarlo, es mejor".

Shakespeare emplea el mismo tono festivo que en Sueño de una noche de verano y demuestra que no todo su teatro es tragedia. Esta pieza forma parte de la serie que suele denominarse "comedias felices" y debió ser escrita entre 1598 y 1600. Fue representada por primera vez en el palacio real, el 6 de enero de 1601. Ha sido objeto de diversas adaptaciones al cine y también se hace referencia a ella en Shakespeare enamorado (Shakespeare in Love, 1998), ya que la protagonista se llama precisa- mente Viola y la reina encarga al dramaturgo que escriba una obra para la noche de epifanía. La película termina cuando él empieza a trabajar en su Noche de Reyes.

Jules Etienne 

martes, 1 de junio de 2021

Venecia: LA MIRADA DE WILLIAM SHAKESPEARE


Tanto expertos en la obra de Shakespeare como sus biógrafos ponen en duda la posibilidad de que hubiese visitado Italia, donde transcurre la acción de una buena parte de sus dramas. El aspecto económico sería señalado como el principal motivo. De acuerdo con Fynes Moryson -en 1593-, un viaje por Europa durante la época isabelina debía costar entre 50 y 60 libras esterlinas. El pago por cada obra teatral lo estableció la propia reina en 6£, de tal manera que habría sido bastante complicado viajar con base en dicho ingreso. Sin embargo, Carol Rutter de la universidad de Warwick, cita varias obras de aquella época que Shakespeare bien pudo haber leído para documentarse, como sería el caso de los escritos de Gasparo Contarino sobre la república veneciana que fueron traducidos al inglés en 1543; años después John Florio publicó el primer diccionario italiano-inglés y Cesare Vecellio una obra ilustrada sobre la sociedad veneciana y sus costumbres, incluyendo los tipos de vestuario. Si a eso le añadimos el hecho de que una pieza escénica no demanda la misma minuciosidad descriptiva que una novela, resulta factible un cierto grado de verosi- militud para escribir sobre Venecia sin haberla visitado.

Por otra parte, así como abrevó en el relato Julieta y Romeo, de Luigi da Porto, para escribir el clásico romántico de todos los tiempos, se inspiró a su vez en El moro de Venecia, de Giambattista Giraldi Cinthio o Cinzio, para escribir la tragedia de Otelo.

Su obra más representativa sería El mercader de Venecia, debido a que se establece desde el título mismo. Al final de la escena con que da principio el acto tercero, tiene lugar este diálogo entre Shylock y Tubal, en que se refiere la ruina de Antonio, quien esperaba la llegada de varios barcos procedentes de Trípoli, la India, Inglaterra, Lisboa y México, pero todos naufragaron.
 
Tubal: Han venido en mi compañía, camino de Venecia, diversos acreedores de Antonio, que juraban que no podría evitar la bancarrota.

Shylock: Me alegro mucho de eso; le haré padecer, le torturaré. Estoy gozoso.

Tubal: Uno de estos acreedores me ha enseñado un anillo que había recibido de vuestra hija a cambio de un mono.

Shylock:¡Maldita sea! Me atormentas, Tubal. Era mi turquesa. La adquirí de Leah cuando era muchacho; no la habría dado por todo un desierto lleno de monos.

Tubal: Pero Antonio está ciertamente arruinado.

Shylock: Sí, sí, es verdad; es muy cierto. Anda, Tubal; tenme a sueldo un corchete; prevenle con quince días de anticipación. Si no está puntual en el día fijado, quiero tener su corazón; porque, una vez fuera de Venecia, podré hacer todo el negocio que se me antoje. Anda, Tubal, y ven a reunirte conmigo en nuestra sinagoga; anda, mi buen Tubal; a nuestra sinagoga, Tubal.

(Ambos salen).
 
En cuanto a Otelo, la llamada tragedia del pañuelo que, como ya hemos visto, se le conoce con el subtítulo El moro de Venecia, todo el primer acto acontece en dicha ciudad, el resto en la isla de Chipre. "Estamos en Venecia. Mi casa no es una granja en pleno campo", le responde Brabancio a Rodrigo. Es durante el tercer acto cuando Yago comienza a infundir los celos en Otelo: "Conozco bien el carácter de nuestro país: en Venecia las mujeres dejan ver al cielo las tretas que no se atreven a mostrar a sus maridos. Toda su conciencia estriba, no en no hacer, sino en tener oculto."
 
Por último, en la segunda escena del acto cuarto en Trabajos de amor perdidos, (Love’s Labour’s Lost) tiene lugar este parlamento de Holofernes en el que, haciendo gala de pedantería, alude a Venecia:
 
¡Ah, buen viejo mantuano! De ti puedo decir lo que el viajero de Venecia:
                 - Venetia, Venetia,  Chi non te vede, non te pretia.
¡Viejo mantuano! ¡Viejo mantuano! Quien no te comprende no te ama. Ut, re, sol, la, mi, fa. Con perdón, señor, ¿qué contiene esta carta; o más bien, como dice Horacio en su... ¡Cómo! ¡Por mi alma! ¿Versos?

No sólo Venecia corrobora y destaca la presencia de Italia en el teatro de William Shakespeare, Romeo y Julieta acontece en Verona los mismo que Los dos hidal- gos de Verona; por su parte, La fierecilla domada tiene lugar en Padua, mientras que Cimbelino desarrolla su acción en Bretaña e Italia y La comedia de equi- vocaciones entre Éfeso y Siracusa, en Sicilia. El contexto histórico tanto de Julio César como de Antonio y Cleopatra, es el imperio romano. Es evidente la preferen- cia del dramaturgo inglés por escenarios en la península itálica y, por lo mismo, habría sido imposible que ignorara el trazo del imponente estilo veneciano.

Jules Etienne

La ilustración corresponde a Otelo y Desdémona (acto V escena II), de Antonio Muñoz Degrain.

lunes, 31 de mayo de 2021

Venecia: OTELO, de William Shakespeare


(Fragmento del primer acto, escena tercera)

Brabancio: Lo agradezco humildemenete a Vuestra Gracia. He aquí al hombre, este moro, a quien ahora, por mandato especial, habéis traído aquí, parece, por asuntos de Estado que preocupan a Venecia.

Dux y Senadores: Sentimos por ello el más profundo pesar.

Dux (a Otelo): ¿Qué podéis responder a esto en defensa propia? 

Otelo: Muy poderosos, graves y reverendos señores, mis muy nobles y muy amados dueños; es por demás cierto que me he llevado la hija de este anciano; es cierto que me casé con ella: la verdadera cabeza y frente de mi crimen tiene esta extensión, no más. Soy rudo en mis palabras, y poco bendecido con el dulce lenguaje de la paz, pues desde que estos brazos tuvieron el desarrollo de los siete años, salvo durante las nueve postreras lunas, han hallado siempre sus más caros ejercicios en los campos cubiertos de tiendas. Y fuera de lo que concierne a las acciones guerreras y a los combates, apenas puedo hablar de este vasto universo. Por consiguiente, poco embelleceré mi causa hablando de mí mismo. No obstante, con vuestra graciosa autorización, os haré llanamente y sin ambages el relato de la historia entera de mi amor. Os diré qué drogas, qué encantos, qué conjuros, qué mágico poder (pues de tales procedimientos se me acusa) he empleado para seducir a su hija.

Brabancio: Una virgen nunca desenvuelta, de un carácter tan apacible y tímido, que al menor movmiento enrojecía; y, a despecho de su naturaleza, de sus años, de su país, de su reputación, de todo, ¡caer enamorada de quien tenía miedo de mirar! Mostraría un juicio mutilado y muy imperfecto quien declarase que la perfección puede errar a tal punto contra todas las reglas de la naturaleza; y ante un hecho parecido, debe buscarse la explicación en las prácticas astutas del infierno. Manten- go, pues, de nuevo que ha operado sobre ella con algunas poderosas mixturas sobre la sangre, o por alguna poción conjurada a este efecto.

Dux: Mantenerlo no es probarlo. Necesitáis testimonios mucho más precisos y más claros que esas ligeras aserciones y las probabilidades superficiales de esas ordina- rias apariencias.

Senador primero: Pero hablad, Otelo. ¿Habéis conquistado y emponzoñado por medios indirectos y violentos las afecciones de esta joven doncella? ¿O ha sucedido ello por plegarias y esas bellas instancias que el corazón dirige al corazón?

Otelo: Os lo suplico, enviad a buscar la dama al Sagitario y que se explique respecto de mí delante de su padre. Si en el relato me halláis culpable, no os contentéis con retirarme la confianza y el cargo que os debo, sino que vuestra sentencia caiga sobre mi propia vida.

Dux: Traed acá a Desdémona.

Otelo: Alférez, guiadles; vos conocéis mejor el sitio. (Salen Iago y acompañantes). Y mientras llega, tan sinceramente como confieso al cielo los vicios de mi sangre, así explicaré, con la misma franqueza, a vuestros graves oídos, cómo conquisté el amor de esta bella dama, y ella el mío.

Dux: Referidlo, Otelo.

Otelo: Su padre me quería; me invitaba a menudo; interrogábame siempre sobre la historia de mi vida, detallada año por año; acerca de las batallas, los asedios, las diversas suertes que he conocido. Yo le contaba mi historia entera desde los días de mi infancia hasta el momento mismo en que mandaba hablar. Le relación de muchos azares desastrosos, de accidentes patéticos por mar y tierra; de cómo había escapa- do por el espesor de un cabello a una muerte inminente; de cómo fui hecho prisionero por el insolente enemigo y vendido como esclavo; de cómo me rescaté y de mi manera de proceder en mi historia de viajero. Entonces necesitaba hacer mención de vastos antros y de desiertos estériles, de canteras salvajes, de peñascos y de monta- ñas cuyas cimas tocaban el cielo, y hacía de ellos la descripción. Luego hablaba de los caníbales, que se comen los unos a los otros (los antropófagos), y de los hombres que llevan su cabeza debajo del hombro. Desdémona parecía singularmente interesa- da por estas historias, pero las ocupaciones de la casa la obligaban sin cesar a levantarse; las despachaba siempre con la mayor diligencia posible, luego volvía y devoraba mis discursos con un oído ávido. Habiéndolo yo observado, elegí un día una hora oportuna y hallé fácilmente el medio de arrancarle del fondo de su corazón la súplica de hacerla por entero el relato de mis viajes, de que había oído algunos fragmentos, pero sin la debida atención. Accedí a ello, y frecuentemente le robé lágrimas, cuando hablaba de alguno de los dolorosos golpes que habían herido mi juventud. Acabada mi historia, me dio por mis trabajos un mundo de suspiros. Juró que era extraño, que en verdad era extraño hasta el exceso, que era lamentable, asombrosamente lamentable; hubiera deseado no oírlo, no obstante anhelar que el cielo le hiciera nacer de semejante hombre. Me dio las gracias y me dijo que si tenía un amigo que la amara me invitaba a contarle mi historia, y que ello bastaría para que se casase con él. Animado con esta insinuación, hablé. Me amó por los peligros que había corrido y yo la amé por la piedad que mostró por ellos. Ésta es la única brujería que he empleado. Aquí llega la dama; que sea testigo de ello.

Entran Desdémona, Iago y acompañantes.

Dux: Pienso que un relato así hubiera vencido también a mi hija. Mi buen Brabancio, tomad por el lado mejor este asunto hecho trizas. Los hombres se defienden más seguramente con armas rotas que con sus manos desnudas.

Brabancio: Oídme, os ruego. ¡Que ella confiese que recorrió la mitad del camino, y entonces que la destrucción caiga sobre mi cabeza si mi más fuerte censura se dirige contra este hombre! Venid acá, linda señorita. ¿Descubrís entre toda esta noble compañía a quién debéis sobre todo obediencia?

Desdémona: Mi noble padre, noto aquí un deber compartido. Os estoy obligada por mi vida y mi educación; mi vida y mi educación me enseñan qué respeto os debo. Sois el dueño de mi obediencia, ya que hasta aquí he sido vuestra hija. Mas he aquí mi esposo; y la misma obediencia que os mostró mi madre, prefiriendo a vos sobre su padre, reconozco y declaro deberla al moro, mi marido.


William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616).

La ilustración corresponde al acto primero, escena tercera, de la obra escenificada en el teatro Guthrie, en 2014, con Peter Macon como Otelo, dirigida por Marion McClinton.

domingo, 30 de mayo de 2021

Venecia: EL MORO DE VENECIA, de Giambattista Giraldi Cinthio


(Fragmento inicial)
 
Hubo un tiempo en Venecia un moro que, por sus hazañas y por haber dado en la guerra pruebas de gran prudencia e ingenio, era muy apreciado por los dogos, los cuales superan a los gobernantes de cuantas repúblicas ha habido en premiar las acciones virtuosas de los hombres.
 
Aconteció que una mujer virtuosa y de maravillosa belleza llamada Desdémona, se enamoró de él, atraída no por simple sensualidad sino más bien por la virtud del Moro; y éste, sojuzgado por la belleza y por los nobles sentimientos de la dama, también quedó prendado de ella, con tan buen fortuna que se unieron en matrimonio, aún cuando los parientes de la mujer hicieran lo posible porque ella tomara otro marido. Durante su estancia en Venecia vivieron juntos con tanta armonía y tranquilidad que nunca surgió entre ellos, no digo un disgusto, sino una palabra que no fuera amorosa.
 
Ocurrió que los señores venecianos hicieron relevo de los soldados que tenían en Chipre y eligieron al moro como capitán de los soldados que allí enviarían. Éste, aunque muy contento del honor que se le rendía (porque ese cargo de gran dignidad se otorgaba sólo a hombres nobles, fuertes, fieles y de probado valor), se entristeció al considerar lo largo e incómodo del viaje, suponiendo que Desdémona se fastidiaría: la mujer, que no tenía otra felicidad en el mundo que el Moro, estaba muy contenta por el reconocimiento al valor de su marido por parte de la poderosa y noble república, no veía la hora de que se embarcara con sus tropas para acompañarlo en su honorable encomienda, pero le apenaba ver al moro preocupado y desconociendo el motivo, un día, cuando se encontraban comiendo, le dijo:
 
- ¿Cómo es posible, Moro, que cuando su Señoría te ha conferido un puesto tan importante te encuentres así de melancólico?
 
Contestó a Desdémona:
 
- El amor que te tengo altera mi alegría, porque es forzoso que ocurra una de estas dos cosas: que yo te lleve conmigo exponiéndote a los peligros del mar o que, para evitarte esas incomodidades te deje aquí en Venecia.
 
 
Giambattista Giraldi Cinthio o Cinzio (Italia, 1504.1573).

La ilustración corresponde al Palazzo Contarini Fasan, conocido como La casa de Desdémona, en Venecia.

sábado, 29 de mayo de 2021

Venecia: LOS RELATOS DE GIRALDI CINTHIO, REITERADA FUENTE DE INSPIRACIÓN

"Nativo de Ferrara, distante poco más de ochenta kilómetros de Venecia..."

A pesar de que en la actualidad es un escritor muy olvidado, Giambattista Giraldi Cinthio o Cinzio, según una variante italiana fue, durante su vida, un autor prolífico y bastante popular. Nativo de Ferrara, distante poco más de ochenta kilómetros de Venecia, no resulta extraño que ésta haya sido el escenario de numerosos relatos suyos.

Uno de ellos, tal vez el más famoso, es El moro de Venecia -también conocido como Un capitano moro, storia di Otello e del perfido Alfiere-, en el que se basó William Shakespeare para elaborar el andamiaje dramático de su famoso Otelo, como indica con precisión Irene Romera Pintor en un acucioso estudio sobre el autor italiano "Shakespeare traspuso punto por punto en su drama de Othello el cuento «Il moro di Venezia», conservando incluso el nombre que Giraldi con gran acierto de auténtico helenista atribuyó a la desdichada heroina: Desdémona".

No será el único caso, puesto que otro de sus relatos también sirvió como base para El piadoso veneciano, de Lope de Vega, según lo establece Franco Meregalli en el ensayo Venecia en las letras hispánicas:

«El argumento procede de un cuento de Giraldi Cintio (Ferrara, 1504-73) y la acción se coloca, según parece, en la época de éste. Se trata de un caso humano causado por causado una peculiaridad de la justicia veneciana, representada en la obra de manera coherente con la divulgada imagen de severidad, una severidad, sin embar- go, justa y moderada. Sidonio, noble veneciano, mata a Fulgencio, también noble veneciano , que insidia a su esposa, Lucinda. Huye a Ferrara; el senado le proscribe y confisca todos sus bienes. Pasan seis años, en que Sidonio trata "sincero amor" con una pastora del campo ferrarés (el duque de Ferrara no puede hospedarlo por consi- deraciones diplomáticas); cuando recibe una carta de Lucinda, en que ésta le pide socorro (la hija Elisa se ha hecho mujer; es "hermosa y pobre, dos cosas ocasionadas a cualquier deshonra": vuelve a Venecia, a pesar de la proscripcion: se presentara a la autoridad veneciana y pedirá los dos mil escudos de la talla puesta sobre él: de tal forma perderá la vida, pero salvará la honra de su hija y de su esposa. Llega a su casa en el momento en que dos jóvenes tienen una pendencia, causada precisamen- te por Elisa. Sidonio salva la vida del que corre más peligro, y resulta que se trata de Otavio, hijo de Fulgencio, que se ha enamorado de Elisa. Sidonio pierde los dos mil escudos, porque la policía lo descubre antes de que él se entregue a la autoridad; pero el senado hace "un hecho cristiano /digno de la gran Venecia", como se lo pedía Lucinda: si Otavio, hijo de Fulgencio, perdona a Sidonio por la muerte de su padre, puesto que Sidonio le ha salvado, el Senado está conforme. Otavio acepta, con una condición: que Elisa se case con él.

No es preciso decir que los resortes psicológicos de los personajes de Lope son más españoles que venecianos: ni Lope hubiera podido hacer de otra forma, ni el público español hubiera podido comprender a venecianos auténticos; pero la obra es de las buenas de Lope, por lo compacto y claro, a pesar de los muchos golpes de escena, del desarrollo; y la Venecia representada en ella es una Venecia conocida indirecta- mente pero bastante exacta y específica.»

En los días subsecuentes tendremos oportunidad de explorar, aunque sólo sea de manera superficial, tanto el texto original de Giraldi que inspiró Otelo como, en fecha posterior, algunos parlamentos de El piadoso veneciano de Lope de Vega.

Jules Etienne

lunes, 29 de marzo de 2021

Miércoles de ceniza: EL ÁNGEL QUE NOS MIRA, de Thomas Wolfe

"Sólo el Bufón de Lear le parecía admirable; un bufón triste, trágico, misterioso."

(Fragmento del capítulo 23)

Leyó todas las obras menos Timón, Tito Andrónico, Pericles, Coriolano y El rey Juan, pero la única que mantuvo su interés desde el principio hasta el fin fue El rey Lear. Muchos famosos pasajes declamatorios le habían sido familiares durante años, gracias a los recitados de Gant, pero ahora le cansaban. Y todos los juegos de palabras de los bufones, que Margaret reía sumisamente y eran exhibidos como muestra del gran ingenio del maestro, sentía vagamente que eran muy obtusos. Nunca confió en el humor de Shakespeare, pues sus graciosos no eran solo bufones pomposos, sino también insulsos.

«Por mi parte preferiría conllevar contigo a cargar contigo; sin embargo, no llevaría ninguna cruz si cargase contigo, pues creo que no llevas dinero en la bolsa.»

Estas cosas le recordaban desagradablemente a los Pentland. Sólo el Bufón de «Lear» le parecía admirable; un bufón triste, trágico, misterioso. En cuanto a los demás, componía parodias que, con maliciosa sonrisa, se decía que harían desternillarse de risa a la posteridad. Tales como: «Sí, tío, y si el martes de carnaval fuese miércoles de ceniza, yo caparía a tu gallo, como dijo Tom O’Ludgate al pastor cuando vio que ya no había velloritas. ¿Ladras con dos gargantas, Cerbero? Siéntate, muchacho, ¡siéntate!».

Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).

jueves, 18 de febrero de 2021

Miércoles de ceniza: EL MERCADER DE VENECIA, de William Shakespeare


(Fragmento del acto segundo, escena V)

Launcelot: Vuestra señoría tenía el hábito de reprocharme el no poder jamás hacer nada sin órdenes.

(Entra Jessica).

Jessica: ¿Me llamáis? ¿Qué queréis?

Shylock: Estoy invitado a cenar, Jessica; he aquí mis llaves. Pero, ¿por qué había de ir? No es por afecto por lo que me invitan: quieren adularme. ¡Bah! Iré por odio, nada más que por hartarme a expensas del pródigo cristiano. Jessica, hija mía, vigila en la casa. Salgo verdaderamente contra ni deseo; algo se fragua contra mi reposo pues he soñado esta noche con sacos de dinero.

Launcelot: Os ruego, señor, que vayáis; mi joven amo aguarda vuestra «desgracia».

Shylock: Y yo la suya.

Launcelot: Y han conspirado juntos... no quiero deciros que veréis una mascarada, pero si la veis no fue entonces baldío el que mi nariz sangrara el último lunes de Pascua, a las seis de la mañana, que caía este año el mismo día que el Miércoles de Ceniza de hace cuatro años por la tarde.

Shylock: ¡Cómo! ¿Hay máscaras? Escúchame bien, Jessica. Cierra con cerrojo mis puertas y cuando escuches el tambor o el silbido ridículo del pifano de cuello encorvado, no te encarames a las ventanas, ni alargues tu cabeza sobre la vía pública para embobarte ante los payasos cristianos de pintados semblantes, sino, al contrario, tapa los oídos de mi casa, quiero decir, mis ventanas; no dejes entrar en mi severa morada los ruidos inútiles de la disipación. Por el báculo de Jacob juro que no tengo ninguna gana de festejar hoy; sin embargo, iré. Andad delante, bribón; decid que voy a llegar.

William Skakespeare (Inglaterra, 1564-1616).

(Traducido al español por María Enriqueta González Padilla).

La ilustración corresponde a Jessica (Mónica López) y Shylock (Tony Amendola) durante una puesta en escena de El mercader de Venecia, dirigida por Sharon Ott en 2010.

miércoles, 21 de octubre de 2020

Epidemias: ROMEO Y JULIETA, de William Shakespeare

"Aquí te la devuelvo. Ni siquiera pude encontrar un mensajero que te la devolviera. Tanto miedo hay a la peste..."

(Acto V, escena III)

Entra Fray Juan.

Fray Juan: ¡Fray Lorenzo! ¡Hermano! Entra Fray Lorenzo.

Fray Lorenzo: ¡Fray Juan...! ¡Bienvenido! ¿Cómo está Romeo?

Fray Juan: No lo he visto Lorenzo. Fui a buscar un hermano, uno de nuestra orden, estaba en la ciudad visitando a un enfermo. Lo encontré en el momento en que la guardia sospechó que pudiese venir de alguna casa donde hubiese contagio de la peste. Sin dejarnos salir, sello las puertas, y fue así que no pude hacer el camino hasta Mantua.

Fray Lorenzo: ¿Quién llevó mi carta hasta Romeo?

Fray Juan: Nadie... Aquí te la devuelvo. Ni siquiera pude encontrar un mensajero que te la devolviera. Tanto miedo hay a la peste...

Fray Lorenzo: ¡Por mis santas órdenes! No era una carta cualquiera. Haberla dejado sin entregar es muy peligroso. Rápido hermano Juan. Necesito una barra de hierro....

Fray Juan: La estoy trayendo...

Sale Fray Juan.

Fray Lorenzo: Debo ir ya mismo a la tumba. Despertará en tres horas... Pobre cuerpo viviente, encerrado entre muertos...

Sale.

William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616).

(Traducido al español por Mauricio Kartun).

La ilustración corresponde al quinto acto de Romeo y Julieta durante la puesta en escena de la Royal Shakespeare Company en 2004. La fotografía fue tomada por Peter Coombs. 

domingo, 3 de marzo de 2019

Tu boca: ROMEO Y JULIETA, de William Shakespeare


 (Fragmento de la escena V del primer acto)

Romeo: Entonces, santa, mi oración te invoca: suplico un beso por mi salvación. 

Julieta: Los santos están quietos cuando acceden.

Romeo: Pues, quieta, y tomaré lo que conceden. (La besa). Mi pecado en tu boca se ha purgado. 

Julieta: Pecado que en mi boca quedaría.

Romeo: Repruebas con dulzura ¿Mi pecado? ¡Devuélvemelo!

Julieta: Besas con maestría.

(Versión rimada).


Romeo: ¡Entonces, dulce santa, que los labios hagan también lo que las manos hacen! ¡Ellos ruegan, concédeles la gracia y así no desesperen de su fe!

Julieta: ¡Los santos no se mueven, aunque otorguen!

Romeo: ¡Entonces no te muevas, que mis ruegos van a obtener la gracia que esperaban! ¡Ahora por la gracia de tu boca quedan mis labios libres de pecado! (La besa). (Dura la canción).
 
Julieta: ¡Ahora tu pecado está en mis labios!

Romeo: ¿Pecado de mis labios? ¡Que culpa deliciosa me reprochas! ¡Tienes que devolverme mi pecado!

Julieta: Besas por devoción... (Entra el Ama).
 
(Versión de Pablo Neruda). 

William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616).

jueves, 21 de junio de 2018

Solsticio de verano: EL DÍA MÁS LUMINOSO


Las menciones al solsticio en la literatura, tanto en novelas y relatos como en la poesía, suelen darse de manera indistinta entre el invernal y el que corresponde al estío. Llegado el momento preciso, en diciembre, me ocuparé del primero de ellos con la amplitud que se merece, pero ahora, por tratarse de la época en que estamos al norte del planeta, me referiré únicamente al que nos concierne en el inicio del verano.

Robert Graves explicaba en Los mitos griegos que “En Atenas las muchachas salían a la luz de la luna llena en el solsticio de verano para recoger rocío —la misma costumbre sobrevivió en Inglaterra hasta el siglo pasado— para fines sagrados. El festival se llamaba las Herseforias, o «recolección de rocío».”

Resulta difícil encontrar a otro experto en el tema de los solsticios más calificado que el rumano Mircea Eliade. En Tratado de historia de las religiones establece su importancia: “Muchas hierofanías arcaicas del sol se han conservado en las tradiciones populares, integradas en mayor o menor grado en otros sistemas religiosos. Las ruedas en llamas que se hacen rodar montaña abajo en los solsticios, sobre todo en el solsticio de verano; las procesiones medievales en las que llevaban ruedas montadas en carros o en barcas, de las que se conocen antecedentes prehistóricos; la costumbre de atar hombres a las ruedas (en “la caza fantástica”, por ejemplo)…”

El propio Eliade es autor de las novelas Isabel y las aguas del diablo y La noche de San Juan, en las que el solsticio de verano se erige como un elemento dramático esencial en su estructura narrativa. Por ese motivo, antes de agotar este tema, más adelante incluiré un texto dedicado exclusivamente a comentar dicho autor.

La obra más simbólica al respecto podría ser el relato Las noches blancas, de Dostoievski, cuyo título alude de manera evidente a ese período que se vive en algunas regiones de Rusia, como en San Petersburgo, entre la segunda quincena de junio y la primera del mes de julio, en que la luz brilla durante la noche y menciona la importancia del sol en esa ciudad tan septentrional:

"Oye uno entre tanto cómo en torno suyo circula ruidosamente la muchedumbre en un torbellino de vida, ve y oye cómo vive la gente, cómo vive despierta, se da cuenta de que para ella la vida no es una cosa de encargo, que no se desvanece como un sueño, como una ilusión, sino que se renueva eternamente, vida eternamente joven en la que ninguna hora se parece a otra; mientras que la fantasía es asustadiza, triste y monótona hasta la trivialidad, esclava de la sombra, de la idea, esclava de la primera nube que de pronto cubre al sol y siembra la congoja en el corazón de Petersburgo, que tanto aprecia su sol. ¿Y para qué sirve la fantasía cuando uno está triste? Acaba uno por cansarse y siente que esa inagotable fantasía se agota con el esfuerzo constante por avivarla. Porque, al fin y al cabo, va uno siendo maduro y dejando atrás sus ideales de antes; éstos se quiebran, se desmoronan, y si no hay otra vida, la única posibilidad es hacérsela con esos pedazos. Mientras tanto, el alma pide y quiere otra cosa. En vano escarba el soñador en sus viejos sueños, como si fueran ceniza en la que busca algún rescoldo para reavivar la fantasía, para recalentar con nuevo fuego su enfriado corazón y resucitar en él una vez más lo que antes había amado tanto, lo que conmovía el alma, lo que enardecía la sangre, lo que arrancaba lágrimas de los ojos y cautivaba con espléndido hechizo."

Es muy frecuente que se haga referencia al solsticio de verano en la noche de San Juan, aunque no coincidan sus fechas, puesto que el día más luminoso suele ser el 21 de junio, como lo establecen Jules Verne en su novela Robur, el conquistador: “Se aproximaba el solsticio de junio, el día más largo del año en el hemisferio boreal…” y James Joyce en el capítulo 17 –se dice que era su favorito-, de Ulises: “… durante las noches cada vez más largas que seguían gradualmente al solsticio de verano en el día siguiente más tres, a saber, el martes, 21 de junio (San Luis Gonzaga), el sol sale a las 3.33 de la mañana, se pone a las 8.29 de la tarde.”

En tanto que la noche de San Juan tiene lugar tres días después, como aclara Marguerite Yourcenar en Los fuegos del solsticio: “El día de San Juan, fiesta del solsticio de verano, ha apagado casi por todas partes sus fogatas, salvo quizá en los países escandinavos, en donde pueden verse, reflejadas en el agua de los lagos, sus esbeltas llamas. Pero ya nadie en Sicilia acecha al amanecer el día 24 de junio a Salomé desnuda bailando al sol naciente, y llevando en una bandeja de oro, que es una imagen solar, la cabeza cortada del Precursor.” Por eso es que en algunas de las versiones al español del Sueño de una noche de verano, de Shakespeare, prefieren llamarlo Sueño de una noche de San Juan, como sería el caso de la traducción de Luis Astrana Marín.

Y a propósito de Marguerite Yourcenar, el siguiente es un párrafo de su novela Memorias de Adriano: “Días alciónicos, solsticio de mi vida… Lejos de embellecer mi dicha distante, tengo que luchar para no empalidecer su imagen; hasta su recuerdo es ya demasiado fuerte para mí.”
 
Por su parte, la costarricense Yolanda Oreamuno, autora de La ruta de su evasión, escribió: ".... fue en el solsticio de un verano...viajaban hacia la ciudad unas mujeres de largas crines, rizadas...oscuras como el azabache... con atuendos vivaces y conspicuos atributos....acarreaban gigantescos frutos....soñé que llegaban desde Canaán... pero respondieron con voces altaneras que procedían de Fanzara....la otra tierra de promisión..."
 
Para no dejar a los autores en nuestra lengua, habría que mencionar Los pasos perdidos del cubano Alejo Carpentier: “Yo había visto a las parejas ascender, en noches de solsticio, al Monte de las Brujas para encender viejos fuegos votivos, desprovistos ya de todo sentido.” El otro, menos conocido, es el uruguayo Francisco Piria, a su novela El socialismo triunfante corresponde “Nuestros años no tienen fechas: hoy estamos en el solsticio de verano."

Knut Hamsun, premio Nobel de literatura en 1920, hace una de las descripciones más logradas sin tener siquiera que mencionar la palabra solsticio en su novela Pan:

“Comenzó a no haber noche, el sol apenas sumergía su disco en el mar para volver a emerger, rojo y renovado, como si se hubiera sumergido a beber. Por la noches se me ocurrían las cosas más extrañas; ningún ser humano podría creerlas. ¿Pan estaba sentado en un árbol observando mi comportamiento? ¿Tenía el estómago abierto, y estaba tan encogido que bebía de su propio estómago? Hacía todo eso sólo para espiarme, y el árbol entero temblaba con su risa callada cuando veía que mis pensamientos se desbordaban. El bosque entero estaba ajetreado: animales que husmeaban, pájaros que se llamaban los unos a los otros y cuyos reclamos llenaban el aire. Era el año del vuelo del abejorro, sus zumbidos se mezclaban con los de las mariposas nocturnas, parecían susurros, susurros que recorrían el bosque. ¡Cuántas cosas podían escucharse! No dormí en tres noches pensando en Diderik e Iselin."
 
Para Jules Verne, quien era miembro de algunas sociedades secretas, el solsticio tenía un gran valor simbólico. Por eso es frecuente que se encuentren referencias a dicho fenómeno en varias de sus novelas, además de la ya citada Robur, el conquistador, como sería el caso de Veinte mil leguas de viaje submarino, París en el siglo XX o Los náufragos del Jonathan, entre otras. Pero ese es un tema que también estaré abordando en su momento.
 
Esos serían algunas autores notables. La lista podría ampliarse incluyendo a Tim Powers, escritor estadounidense considerado como el alumno más destacado de Philip K. Dick -autor del relato que dio origen a la película de culto Blade Runner-, y en La fuerza de su mirada (The Stress of Her Regard), ubica el acontecimiento en determinado momento de la narración: “Aquella noche era el solsticio de verano, y los dos se quedaron levantados hasta una hora más tardía que cualquiera de los demás ocupantes de la casa, aunque podían oír a Ed Williams hablando en voz baja en su habitación, seguramente con su esposa.”

También la novela policiaca Casa de verano con piscina, del holandés Herman Koch, inspirada en la detención y arraigo del cineasta Roman Polanski, debido al juicio que dejó inconcluso en los Estados Unidos por la violación de una menor de edad, acontece durante la celebración del solsticio de verano. Aquí el autor reúne en la casa de verano que da título a la obra, propiedad de Ralph Meier, un famoso actor de cine, al doctor Schlosser y su hija Julia, una adolescente de trece años, a un famoso cineasta septuagenario y su joven esposa Emmanuel -casualmente la mujer de Polanski en realidad es la actriz Emanuelle Seigner-. Y al llegar a este punto me he topado con una curiosa coincidencia, porque en la pieza escénica La señorita Julia, del dramaturgo sueco August Strindberg, la protagonista no sólo se llama igual que la adolescente de Casa de verano con piscina, sino que la acción da principio durante el mismo festejo, como queda establecido en uno de sus parlamentos: “¿Se trata quizás de algún filtro mágico que las señoras preparan en la noche de San Juan? ¿Algo con que poder leer en las estrellas propicias del nombre de nuestra prometida?”.

Y a propósito de teatro, en La noche de San Juan, obra de Lope de Vega, el personaje de Pedro asegura que: “Extrañas cosas suceden una noche de San Juan”.

Desde Cervantes en Don Quijote y Dante en la Divina Comedia hasta Henry Miller en Trópico de Capricornio, pasando por La montaña mágica, de Thomas Mann o El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, relatos de Rudyard Kipling, Hermann Hesse y Julio Cortázar, el solsticio siempre ha estado presente en la literatura, como lo podremos corroborar en los días subsecuentes.
 
Este es el archivo correspondiente al solsticio aquí en Mitos y reincidencias:
 

Jules Etienne

martes, 19 de junio de 2018

Solsticio: PUCK DE LA COLINA DE POOK, de Rudyard Kipling


(Fragmento)

El teatro estaba en la pradera conocida por el Gran Declive. Un pequeño canal que llevaba agua a un molino situado dos o tres campos más allá, ceñía uno de sus confines y en la mitad de la ladera había un amplio y espacioso circulo de hierba oscura que formaba el viejo escenario donde se reunían las hadas. Las orillas del canalillo molinero se cubrían con matojos espesos de sauce, de avellano y de bola de nieve y proporcionaban lugares adecuados para esperar, antes de que llegase el momento de aparecer en escena; y hasta una persona mayor que conocía los contornos, había afirmado que ni el mismo Shakespeare hubiese podido imaginar escenario más adecuado para representar su obra. Como es lógico, no se les permitía actuar la noche misma del solsticio de verano, pero sí les dejaban bajar la víspera, después del té, cuando las sombras comenzaban a caer. Llevaban consigo la cena: huevos duros, galletas Bath Oliver y un sobrecillo con sal. Las tres vacas habían sido ya ordeñadas y pastaban sin pausa, produciendo un rumor de hierba desgarrada que descendía a lo largo de la pradera; el ruido del molino sonaba como pies desnudos arrastrándose sobre una superficie endurecida y un cuclillo, posado en el portón de la valía, entonaba su cantar de junio "cu-cu-cú" mientras un martín pescador volaba desde el canal al río que corría al otro lado de la pradera. Todo lo demás se cubría de una especie de calma adormecida, espesa, con perfume a hierba seca.

La comedia discurría a la perfección. Dan recordaba todos los papeles: Puck, Bottom y las tres hadas, y Una no olvidó tampoco ni una sola palabra del de Titania, ni siquiera el difícil fragmento en el que cuenta a las hadas cómo alimentar a Bottom coz, «albaricoques, higos verdes y zarzamoras», ni los versos concluidos en «íes». Quedaron ambos tan satisfechos que repitieron la obra tres veces, de principio a fin, antes de sentarse en el Centro del círculo, limpio de matojos y de cardos, para tomar los huevos y las galletas Bath Oliver. Fue entonces cuando oyeron un silbido entre los alisos de la orilla y ambos se pusieron en pie de un salto.

La maleza se abrió. Y en el mismo lugar donde Dan había interpretado a Puck, descubrieron la presencia de un personaje menudo, de tez morena, amplias espaldas, orejas agudas, nariz achatada y ojos azules y oblicuos, que les dirigía una sonrisa que iluminaba su rostro pecoso. Se llevó una mano a la frente como si estuviese observando a Quince, Snout, Bottom y todos los demás, ensayando Piramo y Tisbe, y con voz tan profunda como la de las tres vacas cuando pedían ser ordeñadas, comenzó:

¿Qué rústicos patanes son éstos que están charlando
tan cerca del lugar donde reposa la reina de las hadas...?

Se interrumpió, ahuecó la mano sobre un oído y con un guiño travieso, siguió recitando:

¡Cómo! ¿Van a representar una comedia?
Pues asistiré como espectador.
Y aún haré de actor si se presenta el caso...


Rudyard Kipling (Británico nacido en India; 1865-1936).
Obtuvo el premio Nobel en 1907.

(Traducido del inglés por Jorge Ferrer-Vidal).