(Fragmento del capítulo I: La espada de Weland)
Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
viernes, 16 de febrero de 2024
Mirándolas dormir: PUCK DE LA COLINA DE POOK, de Rudyard Kipling
(Fragmento del capítulo I: La espada de Weland)
miércoles, 10 de enero de 2024
Mirándolas dormir: OTELO, de William Shakespeare
martes, 24 de octubre de 2023
Eclipse solar: HAMLET, de William Shakespeare
miércoles, 1 de febrero de 2023
Conejos: ROMEO Y JULIETA, de William Shakespeare
lunes, 23 de enero de 2023
Conejos y liebres saltan de página en página
La presencia de conejos y liebres en la literatura es abundante y variada. Fueron material indispensable para las fábulas escritas por Esopo en la antigua Grecia, y más tarde el francés La Fontaine o los españoles Iriarte y Samaniego. Aparecen lo mismo en textos hindúes como el Ramayana ("Es como un orgulloso elefante y una liebre que están juntos en el bosque"; "Era como un león cuando mira a una liebre") que en la mitología egipcia, el teatro griego o la poesía china.
domingo, 4 de diciembre de 2022
Diciembre: RICARDO II, de William Shakespeare
(Fragmento del segundo acto, escena III)
jueves, 6 de enero de 2022
Día de reyes: UNA COMEDIA DE SHAKESPEARE (Twelfth Night)
martes, 1 de junio de 2021
Venecia: LA MIRADA DE WILLIAM SHAKESPEARE
- Venetia, Venetia, Chi non te vede, non te pretia.
No sólo Venecia corrobora y destaca la presencia de Italia en el teatro de William Shakespeare, Romeo y Julieta acontece en Verona los mismo que Los dos hidal- gos de Verona; por su parte, La fierecilla domada tiene lugar en Padua, mientras que Cimbelino desarrolla su acción en Bretaña e Italia y La comedia de equi- vocaciones entre Éfeso y Siracusa, en Sicilia. El contexto histórico tanto de Julio César como de Antonio y Cleopatra, es el imperio romano. Es evidente la preferen- cia del dramaturgo inglés por escenarios en la península itálica y, por lo mismo, habría sido imposible que ignorara el trazo del imponente estilo veneciano.
lunes, 31 de mayo de 2021
Venecia: OTELO, de William Shakespeare
Brabancio: Lo agradezco humildemenete a Vuestra Gracia. He aquí al hombre, este moro, a quien ahora, por mandato especial, habéis traído aquí, parece, por asuntos de Estado que preocupan a Venecia.
Dux y Senadores: Sentimos por ello el más profundo pesar.
Dux (a Otelo): ¿Qué podéis responder a esto en defensa propia?
Otelo: Muy poderosos, graves y reverendos señores, mis muy nobles y muy amados dueños; es por demás cierto que me he llevado la hija de este anciano; es cierto que me casé con ella: la verdadera cabeza y frente de mi crimen tiene esta extensión, no más. Soy rudo en mis palabras, y poco bendecido con el dulce lenguaje de la paz, pues desde que estos brazos tuvieron el desarrollo de los siete años, salvo durante las nueve postreras lunas, han hallado siempre sus más caros ejercicios en los campos cubiertos de tiendas. Y fuera de lo que concierne a las acciones guerreras y a los combates, apenas puedo hablar de este vasto universo. Por consiguiente, poco embelleceré mi causa hablando de mí mismo. No obstante, con vuestra graciosa autorización, os haré llanamente y sin ambages el relato de la historia entera de mi amor. Os diré qué drogas, qué encantos, qué conjuros, qué mágico poder (pues de tales procedimientos se me acusa) he empleado para seducir a su hija.
Brabancio: Una virgen nunca desenvuelta, de un carácter tan apacible y tímido, que al menor movmiento enrojecía; y, a despecho de su naturaleza, de sus años, de su país, de su reputación, de todo, ¡caer enamorada de quien tenía miedo de mirar! Mostraría un juicio mutilado y muy imperfecto quien declarase que la perfección puede errar a tal punto contra todas las reglas de la naturaleza; y ante un hecho parecido, debe buscarse la explicación en las prácticas astutas del infierno. Manten- go, pues, de nuevo que ha operado sobre ella con algunas poderosas mixturas sobre la sangre, o por alguna poción conjurada a este efecto.
Dux: Mantenerlo no es probarlo. Necesitáis testimonios mucho más precisos y más claros que esas ligeras aserciones y las probabilidades superficiales de esas ordina- rias apariencias.
Senador primero: Pero hablad, Otelo. ¿Habéis conquistado y emponzoñado por medios indirectos y violentos las afecciones de esta joven doncella? ¿O ha sucedido ello por plegarias y esas bellas instancias que el corazón dirige al corazón?
Otelo: Os lo suplico, enviad a buscar la dama al Sagitario y que se explique respecto de mí delante de su padre. Si en el relato me halláis culpable, no os contentéis con retirarme la confianza y el cargo que os debo, sino que vuestra sentencia caiga sobre mi propia vida.
Dux: Traed acá a Desdémona.
Otelo: Alférez, guiadles; vos conocéis mejor el sitio. (Salen Iago y acompañantes). Y mientras llega, tan sinceramente como confieso al cielo los vicios de mi sangre, así explicaré, con la misma franqueza, a vuestros graves oídos, cómo conquisté el amor de esta bella dama, y ella el mío.
Dux: Referidlo, Otelo.
Otelo: Su padre me quería; me invitaba a menudo; interrogábame siempre sobre la historia de mi vida, detallada año por año; acerca de las batallas, los asedios, las diversas suertes que he conocido. Yo le contaba mi historia entera desde los días de mi infancia hasta el momento mismo en que mandaba hablar. Le relación de muchos azares desastrosos, de accidentes patéticos por mar y tierra; de cómo había escapa- do por el espesor de un cabello a una muerte inminente; de cómo fui hecho prisionero por el insolente enemigo y vendido como esclavo; de cómo me rescaté y de mi manera de proceder en mi historia de viajero. Entonces necesitaba hacer mención de vastos antros y de desiertos estériles, de canteras salvajes, de peñascos y de monta- ñas cuyas cimas tocaban el cielo, y hacía de ellos la descripción. Luego hablaba de los caníbales, que se comen los unos a los otros (los antropófagos), y de los hombres que llevan su cabeza debajo del hombro. Desdémona parecía singularmente interesa- da por estas historias, pero las ocupaciones de la casa la obligaban sin cesar a levantarse; las despachaba siempre con la mayor diligencia posible, luego volvía y devoraba mis discursos con un oído ávido. Habiéndolo yo observado, elegí un día una hora oportuna y hallé fácilmente el medio de arrancarle del fondo de su corazón la súplica de hacerla por entero el relato de mis viajes, de que había oído algunos fragmentos, pero sin la debida atención. Accedí a ello, y frecuentemente le robé lágrimas, cuando hablaba de alguno de los dolorosos golpes que habían herido mi juventud. Acabada mi historia, me dio por mis trabajos un mundo de suspiros. Juró que era extraño, que en verdad era extraño hasta el exceso, que era lamentable, asombrosamente lamentable; hubiera deseado no oírlo, no obstante anhelar que el cielo le hiciera nacer de semejante hombre. Me dio las gracias y me dijo que si tenía un amigo que la amara me invitaba a contarle mi historia, y que ello bastaría para que se casase con él. Animado con esta insinuación, hablé. Me amó por los peligros que había corrido y yo la amé por la piedad que mostró por ellos. Ésta es la única brujería que he empleado. Aquí llega la dama; que sea testigo de ello.
Entran Desdémona, Iago y acompañantes.
Dux: Pienso que un relato así hubiera vencido también a mi hija. Mi buen Brabancio, tomad por el lado mejor este asunto hecho trizas. Los hombres se defienden más seguramente con armas rotas que con sus manos desnudas.
Brabancio: Oídme, os ruego. ¡Que ella confiese que recorrió la mitad del camino, y entonces que la destrucción caiga sobre mi cabeza si mi más fuerte censura se dirige contra este hombre! Venid acá, linda señorita. ¿Descubrís entre toda esta noble compañía a quién debéis sobre todo obediencia?
Desdémona: Mi noble padre, noto aquí un deber compartido. Os estoy obligada por mi vida y mi educación; mi vida y mi educación me enseñan qué respeto os debo. Sois el dueño de mi obediencia, ya que hasta aquí he sido vuestra hija. Mas he aquí mi esposo; y la misma obediencia que os mostró mi madre, prefiriendo a vos sobre su padre, reconozco y declaro deberla al moro, mi marido.
William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616).
La ilustración corresponde al acto primero, escena tercera, de la obra escenificada en el teatro Guthrie, en 2014, con Peter Macon como Otelo, dirigida por Marion McClinton.
domingo, 30 de mayo de 2021
Venecia: EL MORO DE VENECIA, de Giambattista Giraldi Cinthio
sábado, 29 de mayo de 2021
Venecia: LOS RELATOS DE GIRALDI CINTHIO, REITERADA FUENTE DE INSPIRACIÓN
A pesar de que en la actualidad es un escritor muy olvidado, Giambattista Giraldi Cinthio o Cinzio, según una variante italiana fue, durante su vida, un autor prolífico y bastante popular. Nativo de Ferrara, distante poco más de ochenta kilómetros de Venecia, no resulta extraño que ésta haya sido el escenario de numerosos relatos suyos.
Uno de ellos, tal vez el más famoso, es El moro de Venecia -también conocido como Un capitano moro, storia di Otello e del perfido Alfiere-, en el que se basó William Shakespeare para elaborar el andamiaje dramático de su famoso Otelo, como indica con precisión Irene Romera Pintor en un acucioso estudio sobre el autor italiano "Shakespeare traspuso punto por punto en su drama de Othello el cuento «Il moro di Venezia», conservando incluso el nombre que Giraldi con gran acierto de auténtico helenista atribuyó a la desdichada heroina: Desdémona".
No será el único caso, puesto que otro de sus relatos también sirvió como base para El piadoso veneciano, de Lope de Vega, según lo establece Franco Meregalli en el ensayo Venecia en las letras hispánicas:
«El argumento procede de un cuento de Giraldi Cintio (Ferrara, 1504-73) y la acción se coloca, según parece, en la época de éste. Se trata de un caso humano causado por causado una peculiaridad de la justicia veneciana, representada en la obra de manera coherente con la divulgada imagen de severidad, una severidad, sin embar- go, justa y moderada. Sidonio, noble veneciano, mata a Fulgencio, también noble veneciano , que insidia a su esposa, Lucinda. Huye a Ferrara; el senado le proscribe y confisca todos sus bienes. Pasan seis años, en que Sidonio trata "sincero amor" con una pastora del campo ferrarés (el duque de Ferrara no puede hospedarlo por consi- deraciones diplomáticas); cuando recibe una carta de Lucinda, en que ésta le pide socorro (la hija Elisa se ha hecho mujer; es "hermosa y pobre, dos cosas ocasionadas a cualquier deshonra": vuelve a Venecia, a pesar de la proscripcion: se presentara a la autoridad veneciana y pedirá los dos mil escudos de la talla puesta sobre él: de tal forma perderá la vida, pero salvará la honra de su hija y de su esposa. Llega a su casa en el momento en que dos jóvenes tienen una pendencia, causada precisamen- te por Elisa. Sidonio salva la vida del que corre más peligro, y resulta que se trata de Otavio, hijo de Fulgencio, que se ha enamorado de Elisa. Sidonio pierde los dos mil escudos, porque la policía lo descubre antes de que él se entregue a la autoridad; pero el senado hace "un hecho cristiano /digno de la gran Venecia", como se lo pedía Lucinda: si Otavio, hijo de Fulgencio, perdona a Sidonio por la muerte de su padre, puesto que Sidonio le ha salvado, el Senado está conforme. Otavio acepta, con una condición: que Elisa se case con él.
No es preciso decir que los resortes psicológicos de los personajes de Lope son más españoles que venecianos: ni Lope hubiera podido hacer de otra forma, ni el público español hubiera podido comprender a venecianos auténticos; pero la obra es de las buenas de Lope, por lo compacto y claro, a pesar de los muchos golpes de escena, del desarrollo; y la Venecia representada en ella es una Venecia conocida indirecta- mente pero bastante exacta y específica.»
En los días subsecuentes tendremos oportunidad de explorar, aunque sólo sea de manera superficial, tanto el texto original de Giraldi que inspiró Otelo como, en fecha posterior, algunos parlamentos de El piadoso veneciano de Lope de Vega.
Jules Etienne
lunes, 29 de marzo de 2021
Miércoles de ceniza: EL ÁNGEL QUE NOS MIRA, de Thomas Wolfe
(Fragmento del capítulo 23)
Leyó todas las obras menos Timón, Tito Andrónico, Pericles, Coriolano y El rey Juan, pero la única que mantuvo su interés desde el principio hasta el fin fue El rey Lear. Muchos famosos pasajes declamatorios le habían sido familiares durante años, gracias a los recitados de Gant, pero ahora le cansaban. Y todos los juegos de palabras de los bufones, que Margaret reía sumisamente y eran exhibidos como muestra del gran ingenio del maestro, sentía vagamente que eran muy obtusos. Nunca confió en el humor de Shakespeare, pues sus graciosos no eran solo bufones pomposos, sino también insulsos.
«Por mi parte preferiría conllevar contigo a cargar contigo; sin embargo, no llevaría ninguna cruz si cargase contigo, pues creo que no llevas dinero en la bolsa.»
Estas cosas le recordaban desagradablemente a los Pentland. Sólo el Bufón de «Lear» le parecía admirable; un bufón triste, trágico, misterioso. En cuanto a los demás, componía parodias que, con maliciosa sonrisa, se decía que harían desternillarse de risa a la posteridad. Tales como: «Sí, tío, y si el martes de carnaval fuese miércoles de ceniza, yo caparía a tu gallo, como dijo Tom O’Ludgate al pastor cuando vio que ya no había velloritas. ¿Ladras con dos gargantas, Cerbero? Siéntate, muchacho, ¡siéntate!».
Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).
jueves, 18 de febrero de 2021
Miércoles de ceniza: EL MERCADER DE VENECIA, de William Shakespeare
Launcelot: Vuestra señoría tenía el hábito de reprocharme el no poder jamás hacer nada sin órdenes.
(Entra Jessica).
Jessica: ¿Me llamáis? ¿Qué queréis?
Shylock: Estoy invitado a cenar, Jessica; he aquí mis llaves. Pero, ¿por qué había de ir? No es por afecto por lo que me invitan: quieren adularme. ¡Bah! Iré por odio, nada más que por hartarme a expensas del pródigo cristiano. Jessica, hija mía, vigila en la casa. Salgo verdaderamente contra ni deseo; algo se fragua contra mi reposo pues he soñado esta noche con sacos de dinero.
Launcelot: Os ruego, señor, que vayáis; mi joven amo aguarda vuestra «desgracia».
Shylock: Y yo la suya.
Launcelot: Y han conspirado juntos... no quiero deciros que veréis una mascarada, pero si la veis no fue entonces baldío el que mi nariz sangrara el último lunes de Pascua, a las seis de la mañana, que caía este año el mismo día que el Miércoles de Ceniza de hace cuatro años por la tarde.
Shylock: ¡Cómo! ¿Hay máscaras? Escúchame bien, Jessica. Cierra con cerrojo mis puertas y cuando escuches el tambor o el silbido ridículo del pifano de cuello encorvado, no te encarames a las ventanas, ni alargues tu cabeza sobre la vía pública para embobarte ante los payasos cristianos de pintados semblantes, sino, al contrario, tapa los oídos de mi casa, quiero decir, mis ventanas; no dejes entrar en mi severa morada los ruidos inútiles de la disipación. Por el báculo de Jacob juro que no tengo ninguna gana de festejar hoy; sin embargo, iré. Andad delante, bribón; decid que voy a llegar.
William Skakespeare (Inglaterra, 1564-1616).
(Traducido al español por María Enriqueta González Padilla).
La ilustración corresponde a Jessica (Mónica López) y Shylock (Tony Amendola) durante una puesta en escena de El mercader de Venecia, dirigida por Sharon Ott en 2010.
miércoles, 21 de octubre de 2020
Epidemias: ROMEO Y JULIETA, de William Shakespeare
Entra Fray Juan.
Fray Juan: ¡Fray Lorenzo! ¡Hermano! Entra Fray Lorenzo.
Fray Lorenzo: ¡Fray Juan...! ¡Bienvenido! ¿Cómo está Romeo?
Fray Juan: No lo he visto Lorenzo. Fui a buscar un hermano, uno de nuestra orden, estaba en la ciudad visitando a un enfermo. Lo encontré en el momento en que la guardia sospechó que pudiese venir de alguna casa donde hubiese contagio de la peste. Sin dejarnos salir, sello las puertas, y fue así que no pude hacer el camino hasta Mantua.
Fray Lorenzo: ¿Quién llevó mi carta hasta Romeo?
Fray Juan: Nadie... Aquí te la devuelvo. Ni siquiera pude encontrar un mensajero que te la devolviera. Tanto miedo hay a la peste...
Fray Lorenzo: ¡Por mis santas órdenes! No era una carta cualquiera. Haberla dejado sin entregar es muy peligroso. Rápido hermano Juan. Necesito una barra de hierro....
Fray Juan: La estoy trayendo...
Sale Fray Juan.
Fray Lorenzo: Debo ir ya mismo a la tumba. Despertará en tres horas... Pobre cuerpo viviente, encerrado entre muertos...
Sale.
domingo, 3 de marzo de 2019
Tu boca: ROMEO Y JULIETA, de William Shakespeare
(Fragmento de la escena V del primer acto)
Romeo: Entonces, santa, mi oración te invoca: suplico un beso por mi salvación.
Julieta: Los santos están quietos cuando acceden.
Julieta: Pecado que en mi boca quedaría.
Romeo: Repruebas con dulzura ¿Mi pecado? ¡Devuélvemelo!
Julieta: Besas con maestría.
Romeo: ¿Pecado de mis labios? ¡Que culpa deliciosa me reprochas! ¡Tienes que devolverme mi pecado!
Julieta: Besas por devoción... (Entra el Ama).
jueves, 21 de junio de 2018
Solsticio de verano: EL DÍA MÁS LUMINOSO
martes, 19 de junio de 2018
Solsticio: PUCK DE LA COLINA DE POOK, de Rudyard Kipling
Obtuvo el premio Nobel en 1907.

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