(Fragmentos que aluden al otoño)
Había sido un error el llevar allí a Lola, y lo comprendí desde el instante mismo en que descendimos del tren, en la pequeña estación pueblerina. En una tarde de otoño, uno se acuerda más de su niñez que en cualquier otra época del año, y el rostro vivo de mi acompañante y la maletita en la que pretendía llevarlo todo para la noche no combinaba demasiado con el antiguo almacén de granos, situado al otro lado del canal, las luces que titilaban sobre la colina y los anuncios de una antigua película. Pero había dicho: “Vámonos al campo”, y el nombre de Bishop’s Hendron fue el primero que acudió a mi cabeza. Nadie me conocería allí, y no se me había ocurri- do que el pueblo fuera a recordarme tantas cosas.
Incluso el viejo mozo de equipajes despertó mis añoranzas.
—Habrá un coche a la entrada —dije a Lola. Y, efectivamente, así era, aunque al principio no pude verle, sumido en la contemplación de dos taxis. “El lugar resurge de nuevo ante mi vista”, pensé. Estaba todo muy oscuro, y la leve niebla otoñal, y el olor de la hojarasca húmeda y del agua del canal, me resultaban altamente familiares.
—¿Por qué has escogido este pueblo? —preguntó Lola—. Me parece muy triste.
Era inútil explicarle que a mí no me causaba semejante impresión, y añadir que la arena apilada junto al canal había estado siempre en aquel sitio. Tomé el maletín, muy ligero como dije antes, y con el cual intentábamos, más que otra cosa, rodearnos de cierta atmósfera de respetabilidad, y nos pusimos en marcha.
(...)
No sé lo que la hizo volver a mí. Quizá fuese tan sólo el otoño, el frío, las húme- das hojas esparcidas por el suelo, más que el piano, de cuyo interior tantas tonadas diferentes habían salido durante mi niñez. El caso es que, de improviso, recordé a aquella muchachita, con la misma nitidez que si la estuviera contemplando en una fotografía. Era un año mayor que yo; debía tener entonces ocho, y la quise con una intensidad como jamás la he vuelto a sentir desde entonces. Nunca he cometido la equivocación de reirme del amor de los niños. Éste posee una característi- ca inevitable de separación, porque en ningún caso puede ser consumado. Desde luego, uno inventa historias de incendios, de guerras y de actos heroicos con los que se intenta aparecer valiente ante los ojos de ella; pero jamás se saca a relucir el matrimonio. Uno sabe, sin que nadie se lo diga, que tal cosa no puede ocurrir; pero no por eso sufre menos. Recordé los juegos de la “gallina ciega” durante las fiestas de cumpleaños, cuando vanamente traté de atraparla, disponiendo así de una excusa para estrecharla en mis brazos; aunque sin conseguirlo jamás, porque siempre se me escabullía de entre las manos.
Graham Greene (Inglaterra, 1904-1991).

.jpeg)



















