Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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jueves, 8 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: DORMIDA, de José Martí

"Siento que puede el amor, dormida y desnuda al verla..."

De sus pestañas al peso
el ancho párpado entorna,
lirio que, al sol que se torna,
se cierra pidiendo un beso.

Y luego como fragante
magnolia que desenvuelve
sus blancas hojas, revuelve
el tenue encaje flotante:

De mi capricho al vagar
imagínala mi amor,
¡una Venus del pudor
surgiendo de un nuevo mar!

Cuando la lámpara vaga
en este templo de amores,
con sus blandos resplandores
más que la alumbra, la halaga.

Cuando la ropa ligera
sobre su cutis rosado,
ondula como el alado
pabellón de primavera.

Cuando su seno desnudo,
indefenso, a mi respeto
pone más valla que el peto
de bravo guerrero rudo.

Siento que puede el amor,
dormida y desnuda al verla,
dejar perla a la que es perla,
dejar flor a la que es flor.

"--- dejar perla a la que es perla, dejar flor a la que es flor."

Sobre sus labios podría
los labios míos posar,
y en su seno reclinar
la pobre cabeza mía.

Y con mi aliento volver
mariposa a la crisálida;
y a la clara rosa pálida
animar y enrojecer.

Pero aquí, desde la sombra
donde amante la contemplo,
manchar no quiero del templo
con paso impuro la alfombra.

Al acercarme, en ligera
procesión avergonzado,
¿no volaría el alado
pabellón de primavera?

¡Al reflejarme el espejo,
que la copia entre albas hojas,
negras las tornara y rojas
de la lámpara al reflejo!

Dicen que suele volar
por los espacios perdida
el alma, y en otra vida
sus alas puras bañar.

Dicen que vuelve a venir
a su cuerpo con la aurora,
para volver –¡la traidora!–
con cada noche a partir.

Y si su espíritu en leda
beatitud los cielos hiende,
de esa mujer que se extiende
bella ante mí qué me queda?

Blanco cuerpo, línea fría,
molde hueco, vaso roto,
¡y viajera por lo ignoto
la luz que los encendía!

Y ¿a mí que tanto te quiero,
delicada peregrina,
turbar la marcha divina
de tu espíritu viajero?

¡Duerme entre tus blancas galas!
¡Duerme, mariposa mía!
Vuela bien: -¡mi mano impía
no irá a cortarte las alas!-

José Martí (Cuba, 1853-1895).

viernes, 27 de enero de 2023

Alusiones eróticas al conejo en LAS MIL Y UNA NOCHES

"¡Oh conejos de todos los colores y de todas las variedades entre los muslos de aquellas jóvenes hijas de reyes!"

Pero cuando llegó la novena noche...

Historia del mandadero y las tres doncellas

(Fragmento)

Entonces la joven cogió la copa de manos del mandadero, se la llevó a los labios y después fue a sentarse junto a sus hermanas. Y todos empezaron a cantar, a danzar y a jugar con las flores exquisitas. Y mientras tanto, el mozo las abrazaba y las besaba. Y una le dirigía chanzas, otra lo atraía hacia ella, y la otra le golpeaba con las flores. Y siguieron bebiendo, hasta que el vino se les subió a la cabeza. Cuando el vino reinó por completo, la joven que había abierto la puerta se levantó, se quitó toda la ropa y se quedó desnuda. Y de un salto echó su alma en el estanque, se puso a jugar con el agua, se llenó de ella la boca y roció ruidosamente al mandadero. Esto no le estorbaba para que el agua corriese por todos sus miembros y por entre sus muslos juveniles. Después salió del estanque, se echó sobre el pecho del mandadero, y tendiéndose luego boca arriba, dijo señalando a la cosa situada entre sus muslos:

«¡Oh mi querido! ¿Sabes cómo se llama esto?» Y contestó el mozo: «¡Ah!... ¡ah!... Ordinariamente, suele llamarse la casa de la misericordia.» Pero ella exclamó: «¡Yu! ¡yu! ¿No te da vergüenza tu ignorancia?» Y le cogió del pescuezo y empezó á darle golpes. Entonces dijo él: «¡Basta! ¡basta! Se llama la vulva.» Y repitió ella: «Tampoco es así.» Y el mandadero dijo: «Pues tu pedazo de atrás.» Y ella repitió: «Otra cosa.» Y dijo él: «Es tu zángano.» Pero ella, al oírlo, golpeó al joven con tal fuerza, que le arañó la piel. Y entonces él dijo: «Pues dime cómo se llama.» Y ella contestó: «La albahaca de los puentes.» Y exclamó el mozo: «¡Ya era hora! ¡Alabado sea Alá! y él te guarde, ¡oh mi albahaca de los puentes!»

Después volvió a circular la copa y la subcopa. En seguida la segunda joven se desnudó y se metió en el estanque, e hizo lo mismo que su hermana. Salió después, se echó en el regazo del mozo, y señalando con el dedo hacia sus muslos y a la cosa situada entre los muslos, preguntó: «¿Cuál es el nombre de esto, luz de mis ojos?» Y él dijo: «Tu grieta.» Pero ella exclamó: «¡Qué palabras tan abominables dice este hombre!» Y le abofeteó con tal furia, que retembló toda la sala. Y después dijo él: «Entonces será la albahaca de los puentes.» Pero ella replicó: «¡No es eso, no es eso!» Y volvió a darle golpes. Entonces preguntó el mozo: «¿Pues cuál es su nombre?» Y contestó ella: «El sésamo descortezado.» Y él exclamó: «¡Para ti sean, ¡oh el más descortezado de entre los sésamos! las mejores bendiciones!»

Después se levantó la tercera joven, se desnudó y se metió en el estanque, donde hizo como sus hermanas, y luego se vistió, y fue a tenderse entre las piernas del mandadero, y le dijo, señalando hacia sus partes delicadas: «Adivina su nombre.» Entonces él le dijo: «Se llama esto, se llama lo otro.» Y enumerando con los dedos, decía: «El estornino mudo, el conejo sin orejas, el polluelo sin voz, el padre de la blancura, la fuente de las gracias.» Y por fin, en vista de sus protestas, acabó por preguntarle, para que no le pegara más: «¿Pues cuál es su nombre?» Y ella contestó: «El Khan de Aby-Mansur».

Entonces el mandadero se levantó, se despojó de sus vestidos y se metió en el agua. ¡Y su espalda sobrenadaba majestuosa en la superficie! Se lavó todo el cuerpo, como se habían lavado las doncellas, y después salió del baño y fue a echarse en el regazo de la más joven, apoyó los pies en el regazo de la otra hermana, y señalando a su virilidad, preguntó a la mayor de todas: «¿Sabes ¡oh soberana mía! cuál es su nombre?» Al oír estas palabras, las tres se echaron a reir tan a gusto, que cayeron sobre sus posaderas, y exclamaron: «¡Tu zib!» Y él dijo: «No es eso, no es eso.» Y les dio a cada una un mordisco. Entonces dijeron: «¡Tu herramienta!» Y él contestó: «Tampoco es eso.» Y a cada una les dio un pellizco en un seno. Y ellas, asombradas, replicaron: «Sí que es tu herramienta, porque está ardiente; sí que es tu zib, porque se mueve.» Y el mozo seguía negando con un movimiento de cabeza, y luego las besaba, las mordía, las pellizcaba y las abrazaba, y ellas reían a más no poder, hasta que acabaron por decirle: «¿Cómo se llama, pues?» Entonces él meditó un momento, se miró entre los muslos, guiñó los ojos, y señalando a su zib, dijo: «¡Oh señoras mías! vais a oír lo que acaba de decirme este niño: «Me llaman el macho poderoso y sin castrar, que pace la albahaca de los puentes, se deleita con raciones de sésamo descortezado y se alberga en la posada de Aby-Mansur».

Y cuando llegó la noche 586...

Cuando acabaron su baño, salieron del lago; y la más bella subió al estrado y fue a sentarse en el trono, sin tener más vestido que su cabellera. Y al contemplar sus encantos, sintió Hassán que se le huía la razón, y pensó: "¡Ah! ¡bien sé ahora por qué me prohibió mi hermana Botón-de-Rosa abrir esa puerta! ¡He aquí que perdí mi reposo para siempre!" Y continuó detallando las diversas bellezas de la joven desnuda. ¡Qué maravillas no vió! ¡ah! ¡En verdad que era, a no dudar, la cosa más perfecta salida de los dedos del Creador! ¡Oh su espléndida desnudez! Superaba a las gacelas en la hermosura de su nuca y en el brillo de sus ojos negros, y a la araka en la esbeltez de su talle. Su cabellera de tinieblas era una noche de invierno, espesa y negra. Su boca, que emulaba a la rosa, era el sello de Soleimán. Sus dientes de marfil joven eran un collar de perlas o de granizos de igual tamaño; su cuello era un lingote de plata; su vientre tenía rincones y escondrijos, y su grupa hoyuelos y protuberancias; su ombligo poseía la capacidad suficiente para contener una onza de almizcle negro; sus muslos eran pesados y a la vez firmes y elásticos cual cojines rellenos de plumas de avestruz, y sobre ellos, en su nido cálido y encantador, semejante a un conejo sin orejas, aparecía una historia llena de gloria, con su terraza y su territorio, y sus cañadas en declive, para dejarse caer allá a fin de olvidar las penas negras. Y también se la hubiera podido tomar por una cúpula de cristal, redonda por todos lados y asentada sobre una base sólida, o por una taza de plata colocada al revés.

Y cuando llegó la noche 607...

Pero entre tantos rostros de luna y talles flexibles, entre tantos ojos negros y dientes blancos, entre tantas cabelleras de colores distintos y grupas de bendición, por más que miró Hassán no reconoció la incomparable belleza de su bienamada Esplendor. Y dijo a la vieja: "¡Oh mi buena madre, no está Esplendor entre ellas!"

Y contestó la anciana jinete: "¿Quién sabe, hijo mío? ¡Quizá la distancia no te permita enterarte bien!" Y dió una palmada, y salieron del agua todas las jóvenes y fueron a ponerse en fila sobre la arena, húmedas de pedrerías aún. Y una tras otra, flexibles y ondulantes, pasaron por delante de la roca en que estaba Hassán con la Madre-de-las-Lanzas, sin llevar encima de sí, por toda armadura, más que sus cabellos esparcidos por la espalda, y ataviadas solamente con las joyas de su carne desnuda.

¡A la sazón, ¡oh Hassán! fue cuando viste lo que viste! ¡Oh conejos de todos los colores y de todas las variedades entre los muslos de aquellas jóvenes hijas de reyes!

Y cuando llegó la noche 841..

"Antes del combate, ¡oh Jeique! es preciso que yo sepa si conoces el nombre de tu adversario. ¿Cómo se llama?" Y contesté: "¡La fuente de las gracias!" Ella dijo: "¡No!" Yo dije: "¡El padre de la blancura!" Ella dijo: "¡No!" Yo dije: "¡El pasto dulce!" Ella dijo: "¡No!" Yo dije :"¡El sésamo descortezado!" Ella dijo: "¡No!" Yo dije: "¡La albahaca de los puentes!" Ella dijo: "¡No!" Yo dije: "¡El mulo terco!" Ella dijo: "¡No!" Yo dije: "Pues, por Alah, ¡oh mi señora! que no conozco ya más que un nombre, y es el último: ¡el albergue de mi padre Mansur!" Ella dijo: "¡No!" Y añadió "¡Oh estúpido! ¿qué te han enseñado entonces los sabios teólogos y los maestros de gramática?" Yo dije: "¡Nada absolutamente!" Ella dijo: "¡Pues escucha! He aquí algunos de sus nombres: el estornino mudo, el carnero gordo, la lengua silenciosa, el elocuente sin palabras, la rosca adaptable, la grapa a la medida, el mordedor rabioso, el sacudidor infatigable, el abismo magnífico, el pozo de Jacob, la cuna del niño, el nido sin huevo, el pájaro sin plumas, el pichón sin mancha, el gato sin bigotes, el pollo sin voz y el conejo sin orejas".

Y habiendo acabado de adornar de este modo mi entendimiento y de aclarar mi juicio, me tomó de pronto entre sus piernas y sus brazos, y me dijo: "¡Yalah! ¡yalah oh infeliz! sé rápido en el asalto, y pesado en el descenso, y ligero en el peso, y fuerte en el abrazo, y nadador de fondo, y tapón hermético, y saltador sin tregua. Porque el detestable es el que se levanta una vez o dos veces para sentarse luego, y el que alza la cabeza para bajarla, y el que se pone de pie para caer. Brío, pues, ¡oh valiente!" Y yo ¡oh mi señor! contesté: "¡Oye, por tu vida, ¡oh mi señora! procedamos con orden, procedamos con orden!" Y añadí: "¿Por quién vamos a empezar?" Ella contestó: "A tu gusto. ¡oh truhán!" Yo dije: "¡Entonces vamos a dar primero su comida al estornino mudo!" Ella dijo: "Ya está esperando! ¡ya está esperando!"

Entonces ¡oh mi señor sultán! dije a mi niño: "¡Satisface al estornino!" Y el niño contestó con el oído y la obediencia, y fué pródigo y generoso en la pitanza del estornino mudo (…)

Pero cuando llegó la noche 842...

Ella dijo:

- Y el niño, siempre despierto, habló al conejo, por más que éste no tenía orejas, y le dió tan buenos consejos, que hubo de exclamar el aludido: "¡Qué maravilla! ¡qué maravilla!"

Pero cuando llegó la noche 917...

Entonces la joven abandonó de pronto su postura displicente, y corrió a mí, cual movida de un deseo irresistible, y me tomó en sus brazos, y me estrechó contra ella con calor, y se puso muy pálida y cayó desvanecida en mis brazos. Y no tardó en moverse, jadeando y estremeciéndose, de modo y manera que, sin interrupción, entró el niño en su cuna, sin gritos ni sufrimientos, igual que el pez en el agua. Y mi espíritu conmovido, libre de inconvenientes de los celos, ya sólo se preocupó del goce puro y sin trabas. Y nos pasamos todo el día y toda la noche sin hablar, ni comer, ni beber, haciendo contorsiones de piernas y de riñones y todo lo consiguiente respecto a movimientos de avance y retroceso. Y el cordero corneador no perdonó a aquella oveja batalladora, y sus sacudidas eran las de un verdadero padre de cuello gordo, y la confitura que le sirvió era una confitura de nervio gordo, y el padre de la blancura no fue inferior a la herramienta prodigiosa, y la carne dulce fue la ración del asaltante tuerto, y el mulo terco fue domado por el báculo del derviche, y el estornino mudo se acordó con el ruiseñor modulador, y el conejo sin orejas marchó a compás con el gallo sin voz, y el músculo caprichoso hizo moverse a la lengua silenciosa, y en una palabra, se arrebató lo que había que arrebatar, y se redujo lo que había que reducir; y no cesamos en nuestra tarea hasta la aparición de la mañana, en que nos interrumpimos para recitar la plegaria e ir al baño.

Y de tal modo nos pasamos un mes, sin que nadie sospechara mi presencia en el palacio ni la vida extraordinaria que llevábamos, toda llena de copulaciones sin palabras y de otras cosas semejantes. Y habría sido completa mi alegría, a no ser por la aprensión que no cesaba de sentir mi amiga, temerosa de ver nuestro secreto descubierto por su padre y su madre, aprensión tan viva, en verdad, que partía el corazón.

Y he aquí que no dejó de llegar el tan temido día. Porque una mañana el padre de la joven, al despertarse, fue al aposento de su hija, y observó que su belleza lunar y su lozanía había disminuido y que una especie de fatiga profunda alteraba sus facciones y las velaba de palidez. Y al instante llamó a la madre y le dijo: "¿Por qué ha cambiado el color del rostro de nuestra hija? ¿No ves que el viento funesto de otoño ha marchitado las rosas de sus mejillas?" Y la madre miró durante largo rato en silencio y con aire suspicaz a su hija, que dormía apaciblemente, y sin pronunciar palabra se acercó a ella, le levantó con un movimiento brusco la camisa, y con los dedos de la mano izquierda separó las dos mitades encantadoras de cierta parte inferior de su hija. Y con sus ojos vio lo que vio, o sea la prueba fehaciente de la virginidad volatilizada de aquel conejo color de jazmín...

Anónimo persa del siglo X.

(Traducido al español por Vicente Blasco Ibáñez).

martes, 10 de enero de 2023

Enero: DOCTOR ZHIVAGO, de Boris Pasternak

"... ejecutaba caprichosos arpegios semejantes a una lluvia de perlas."

(Fragmento del capítulo 20)

La casa era de dos pisos. El superior, con los dormitorios, la sala para las clases, el estudio de Alexandr Alexándrovich y la biblioteca, el boudoir de Anna Ivánovna y las habitaciones de Tonia y Yura, estaba destinado a vivienda, y el piso bajo a las recepciones. Las cortinas de color de alfóncigo, los brillantes reflejos sobre la tapa del piano, el acuario, los muebles de color aceituna y las plantas de adorno parecidas a las algas daban a la parte inferior de la casa el aspecto de un verde fondo marino, soñolientamente ondeante.

Los Gromeko eran personas cultas, hospitalarias, grandes conocedores de la música y apasionados por ella. Habían reunido a su alrededor a un círculo de amigos y organizaban veladas de música de cámara, durante las cuales se ejecutaban tríos al piano, sonatas de violín y cuartetos de cuerda.

En enero de 1906, inmediatamente después de la partida de Nikolái Nikoláevich al extranjero, debía tener efecto en la casa de Sívtsev el acostumbrado concierto de cámara. En el programa figuraba una nueva sonata para violín compuesta por un discípulo de la escuela de Taniéev y un trío de Tchaikovski.

La víspera comenzaron los preparativos. Se habían apartado algunos muebles para hacer más espaciosa la sala, y por centésima vez el afinador hacía vibrar la misma nota o ejecutaba caprichosos arpegios semejantes a una lluvia de perlas. En la cocina se desplumaban pollos, se limpiaba la verdura y se trituraba la mostaza en aceite para las salsas y ensaladas.

Boris Pasternak (Rusia, 1890-1960).
Obtuvo el premio Nobel en 1958.

(Traducido al español por Fernando Gutiérrez).

jueves, 14 de marzo de 2019

Tu boca: OVILLEJOS, de Sor Juana Inés de la Cruz

"El diablo me ha metido en ser pintora; dejémosle, Mi Musa, por ahora, a quien sepa el oficio; más esa tentación me quita el juicio."

(Fragmentos)

El pintar de Lisarda la belleza,
En que así se excedió naturaleza,
Con un estilo llano,
Se me viene á la pluma, y á la mano.
Y cierto que es locura
El querer retratar su hermosura,
Sin haber en mi vida dibujado,
Ni saber que es azul ó colorado,
Que es regla, que es pincel, oscuro ó claro,
Aparejo, retoque, ni reparo.
El diablo me ha metido en ser pintora;
Dejémosle, mi Musa, por ahora,
Á quien sepa el oficio;
Más esta tentación me quita el juicio.
(...)

Ellas, en fin, aunque parecen rosa,
Lo cierto es que son carne, y no otra cosa.
¡Válgame Dios! lo que se sigue ahora,
Haciéndome está cocos el Aurora,
Por ver si la comparo con tu boca,
Y el Oriente con perlas me provoca;
Pero no hay que mirarme,
Que ni una sed de Oriente ha de costarme.


Sor Juana Inés de la Cruz: Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana
(México, 1648-1695).

lunes, 17 de abril de 2017

Carnaval: LA ISLA INAUDITA, de Eduardo Mendoza

"... acertaba a barruntar la identidad de aquella diosa, cuya cabeza envolvía una caperuza de terciopelo negro..."
 
(Fragmento del capítulo VIII)

La enferma agitó el pañuelo en dirección a su marido.
 
- Charlie, amor, ¿por qué no enciendes alguna lámpara? Con esta oscuridad ya no veo la cara de nuestro invitado -dijo.
 
Sin hacerse de rogar, Charlie corrió a prender una luz de muy poca potencia y regresó luego a su silla, donde adoptó nuevamente la actitud embelesada con que había seguido la primera parte del relato que ahora la enferma se disponía a proseguir.
 
- Por aquellas fechas –siguió diciendo-, se celebraba en Venecia el legendario carnaval, que, como usted sabrá sin duda, empezaba en la festividad de San Esteban y se prolongaba hasta el primer día de la Cuaresma. Durante esos meses toda actividad productiva quedaba postergada; las calles y plazas eran guarnecidas de adornos; las embarcaciones eran pintadas y ornamentadas para convertirlas en alegorías pobladas de sirenas, tritones y monstruos marinos; todos los días había desfiles, bailes y mascaradas, y por doquier reinaban la confusión y el desenfreno. Como es lógico, mientras duraban estos festejos impíos, las personas decentes no osaban salir de sus casas ni dejarse ver.
 
»Aquel año habían caído sobre la ciudad fuertes nevadas y el frío era intenso. Por esta razón la comparsa había optado atinadamente por disfraces cálidos, como el de oso, gallina, arcángel, borrego o espantajo, y dejando para más entrado el año los atavíos bíblicos y mitológicos, más vistosos, pero más expuestos por su naturaleza y representación a los agentes atmosféricos. De ahí que aquel día la multitud que se agolpaba al paso de las carrozas quedara atónita al ver en una de ellas el cuerpo escultural que una mujer, pues un leve cendal que ondeaba al viento no ocultaba a las miradas ninguno de sus atributos, exhibía con doble atrevimiento. Ni siquiera en esta ciudad de vicio y liviandad, obsesionada por el culto enfermizo a la belleza habían sido vistas unas formas tan perfectas como las que ahora les era dado contemplar. Un silencio sepulcral rodeaba el paso de aquella diosa cuya blancura sin mácula sólo alteraba el lustre dorado de su vello primerizo y el pálido rosetón que coronaba sus senos. Por más que todos se hacían cábalas, nadie, ni siquiera el tristemente célebre seigneur de Seingalt, el corrupto y despiadado Giacomo Casanova, presente en Venecia, de quien se decía que podía reconocer cualquier hembra de Europa con sólo serle mostrado un fragmento o extremidad de ella, acertaba a barruntar la identidad de aquella diosa, cuya cabeza envolvía una caperuza de terciopelo negro sujeta por una gargantilla de perlas al cuello de alabastro. Pero más aún que el secreto de su persona conturbaba en aquellos momentos el ánimo de los venecianos, pese a estar habituados a que año tras año acudieran al carnaval meretrices y sarasas de todo el mundo, la insolencia con que la diosa pregonaba sus intenciones por medio de un letrero colgado de la parte posterior de la carroza, cuya leyenda, pintada en letra grande y clara, decía así: «Estoy en venta. Quien quiera saber más, acuda al anochecer a la taberna de San Cosme.» Poco podía sospechar aquel público salaz y malpensado que oculta por la tela tupida y asfixiante de la bolsa que velaba el rostro a su curiosidad la diosa seguía desgranando las letanías que la noche anterior había interrumpido el usurero con su llegada y que, como las imágenes sacras de las procesiones, sobre cuya serena majestad ahora trataba ella de modelar su porte, se sentía protegida de las miradas lascivas, que notaba en la piel como aguijones, por el manto invisible de la virtud.


Eduardo Mendoza (España, 1943)